Lorenzo Legaz Ozcáriz



MEMORIAS DE UN
INMIGRANTE VASCO.

"Estas memorias han sido escritas en forma periódica, o sea a medida que iba recordando los episodios. Quizás algunos estén repetidos, pues no tengo paciencia para revisarlos. Mi hija es quien se encarga de "ordenar" estos papeles y quizás de publicar lo que ella considere más interesante".
El autor. Córdoba - 1993


A Josefina, María Elena y Patricia.
A la memoria de Carlitos y Sonia.


Prólogo

  Mi padre se llamaba Lorenzo y era (es, porque su espíritu está y estará con nosotros siempre) un hombre increíblemente bueno. Dios le concedió muchos talentos: la agudeza de su inteligencia, su extraordinaria memoria, la alegría y la capacidad lúdica que mantuvieron jóvenes su mente y sus sentidos hasta el fin, la tenacidad propia de su pueblo, su fortaleza moral escondida por su fragilidad física, su aptitud para persuadir y convencer con dulzura... pero, sobre todos estos dones, sobresalió la bondad de su corazón.     Nunca perdió la pureza y la generosidad de alma, a pesar de su difícil vida de inmigrante, de los dolores profundos que soportó, -como la pérdida de un hijo- de las injusticias e ingratitudes que muchas veces reconoció y perdonó.

  En estas memorias relata una historia común a muchos otros seres humildes que partieron para América casi niños, palpitantes de ilusión por la aventura, pero temerosos al pensar en las incógnitas del viaje y de los días posteriores. Y después llegarían la lucha constante, el trabajo en épocas de desamparo social, la nostalgia de los suyos y del "txoko", los momentos de angustia en que deseaban regresar y no podían hacerlo, prisioneros de las obligaciones. Y también, poco a poco, el lento arraigo a esta otra tierra y el futuro al alcance de la mano, esa imagen luminosa, casi utópica, que los impulsó a crear y cobijar una familia en el nuevo espacio construido con esfuerzos, lágrimas y sueños, a enraizarse en el gran proyecto del Trabajo, la tarea cotidiana simple y trascendente a la vez: así creció nuestro suelo.

  Divididos entre la patria natal, la de los ancestros y la infancia, y la realidad de la tierra adoptada, debieron ensanchar su corazón para amarlas a las dos, para sufrir por las dos cuando la Historia las golpeaba y era la guerra, la crisis, la ausencia de libertad. Entre una y otra siempre la enorme distancia, el mar de recuerdos que solían doler, la necesidad de estar allá y acá al mismo tiempo. Por eso mi padre se refugiaba en la música que escuchaba o interpretaba, primero con su clarinete y luego con su acordeón. Los zortzikos, las jotas, las melodías vascas, le daban las alas que buscaba para viajar a su pueblo natal, contemplar esos montes entrañables, descansar en Xurinea... y luego del vértigo de notas y acordes, regresaba con nosotros. Era feliz en casa, en este Hernando del que no quería partir, cerca de sus amigos y vecinos, para quienes cada día tenía preparados un sucedido, un chiste o un cuento, una palabra de afecto. Pero esperaba ansiosamente carta de sus hermanos y de sus seres queridos desde España, y las contestaba al instante, en una avidez de comunicación y de noticias que sólo pueden comprender aquellos que han vivido en el exilio o la ausencia.

  En estos tiempos en que el valor de la honestidad resulta casi inexistente, cuando la actitud corrupta en la esfera privada y pública es moneda corriente y las tapas de las publicaciones de moda, reflejan personajes que han conseguido el éxito o las riquezas a cualquier precio, la vida de mi padre puede parecer sin brillo ni relieves. Sin embargo, ha dejado tras de sí las huellas intachables de su paso y quienes lo amamos nos sentimos invadidos por el orgullo de todo lo que nos dio: el cariño, la ternura, la protección, la seguridad, la magia, la sabiduría y constante ejemplo de rectitud y desprendimiento. Los bienes materiales fueron secundarios en su visión del mundo y prefirió perder en ese aspecto para no fracturar la unidad de la familia, para conservar la sonrisa de un amigo o el saludo cordial de un vecino.

  Papá Lorenzo solía decir que en esta vida siempre queda algo por hacer. Esto sucedió con sus "Memorias de un inmigrante vasco", ya que no pudo verlas convertidas en libro con sus claros ojos terrenales. Pero en la Luz, donde sé que ahora se encuentra, sentirá que las palabras con las que ha rememorado su historia, son leídas por quienes él quería a uno y otro lado del océano. Su mensaje llegará tal como lo deseaba.

María Elena Legaz.
Hernando. Diciembre de 1993.


Primera Parte
Mi primera Patria


Capítulo I
ECHALAR, pueblo natal.

  Nací en 1908, el 28 de mayo, el mes de las flores, ya que en el hemisferio norte, mayo es plena primavera. Nací en Echalar, pequeño pueblo de la provincia de Navarra; región muy próxima al mar. Esta es, en sus paisajes, como una síntesis de toda España: desde las desoladas tierras de las Bardenas hasta las más agrestes de los Pirineos pasando por viñedos, praderas y bosques frondosos. Se ha dicho que por sus contrastes resulta la transición de la España verde a la España seca, del zortziko a la jota.

  Mi pueblito natal (una de las cinco Villas; las otras son Vera, Lesaca, Aranaz y Yanci); está enclavado en los Bajos Pirineos, fronterizos con Francia, en un pequeño valle rodeado de montañas que a partir de marzo o abril se hallan completamente verdes de helechales, robles, pastos, hierbas recién nacidas... Del pueblo sale una carretera que serpentea por las laderas de los montes; en la cumbre se encuentra el límite entre Francia y España. Allí la Aduana muestra del lado español a los carabineros y del francés a los gendarmes.

  De la belleza de Echalar no puede hablarse con propiedad; cualquier comentario es menor que la impresión que causa al contemplarlo. Transcribo un párrafo de la carta de un sacerdote lasallano que visitó el pueblo cuando aún vivía en él nuestra querida madre:

  "¡Echalar, qué lugar de paz y qué paisaje virgiliano! ¡Pueblo limpio y recogido de villa serena y sedante! Por algo a los vascos navarros de estas tierras se les caen las lágrimas cuando, desde las pampas, recorren con la imaginación los paisajes que llenaron las retinas de sus ojos jóvenes... ".

   Realmente es una tarjeta postal. Pocas comarcas de Navarra pueden competir con él. Tiene un trazado irregular pero dividido en barrios: Jaureguieta, Iñarreta, Anduzeta y Ansolocueta. Sus casas y caseríos blancos están diseminados como palomas en medio del verde de los campos y las arboledas. No llevan número para individualizarlos pues casi todos tienen nombre propios Xurinea, Arría, Marticonea, etc.. De estilo "basko" con hermosos balcones se destaca grabada en sus frentes de piedra, además de los nombres y los escudos nobiliarios, su edad.

  Recuerdo que la cara Mainea, data del año 1871 y así muchas de aquellas fechas y algunas más antiguas. No existen monumentos artísticos notables, salvo cruces que recuerdan la devoción del pueblo. La cruz de Iñarrea seguramente marca alguna acción de hidalguía de tiempos pasados. Hace algunos años cuando se realizó la Feria Internacional de Sevilla, fue desarmada, llevada y expuesta en esa ciudad andaluza y luego restituida a su origen en Echalar.

   La plaza, centro de fiestas y ceremonias, tiene su consabido frontón de pelota. Actualmente se juega poco a ese deporte típico pero antes hubo algún campeón en el pueblo como por ejemplo Sansiñena, hijo del sacristán.

   Además de acequias y regatas que se encuentran aquí y allí con sus aguas transparentes, cruza por la mitad del pueblo un río llamado Tximista (relámpago) con varios riachos como afluentes.

   En mi niñez vivíamos en el pueblo unas mil trescientas personas. En el viaje que realicé hace siete años me explicaron que sólo la habitan hoy algo menos de ochocientas. En general gente fuerte, robusta, criada en la aspereza del Pirineo, pero que se precia de su nobleza moral y de su empecinamiento para sobrellevar dificultades y sobrevivir a través de su larga historia.

   Con esos prados que sufren dos o tres cortes de hierba cada año (y que guardan en los desvanes de las casas) mantienen y ceban al ganado. Con los helechos que siegan en otoño hacen las camas para las vacas y reduciéndolos a estiércol abonan sus minúsculas parcelas de tierra, obteniendo a fuerza de trabajo, cereales, legumbres y otros frutos.

   El declive del río es aprovechado por dos usinas hidroeléctricas, ya que antes de pasar por el pueblo hay un salto de agua (aquí se encuentra la primera usina) y en el pueblo sale el canal para la segunda que provee de energía a varias fábricas de la zona de Guipuzcoa. Echalar, en cambio, no posee industrias, y para delicia de los ecologistas conserva por lo tanto su fisonomía típica con las tradiciones de antaño y el aire casi tan límpido como antes, salvo los escapes de los automóviles que abundan ahora para trasladarse de un sitio a otro, como concesión al ritmo de la época

   En el verano se acercan muchos turistas pare conocer Echalar. Recuerdo que cuando era niño ya un señor Antonio Maura, Presidente del Consejo de Ministros, estuvo varios días allí para pintar distintos aspectos del paisaje. En 1985 tuve oportunidad de visitar a Bernardino Bienabe Artia, viejo artista de Irún, instalado en la Casa Torre de Irigoyenea, un austero caserón para plasmar en sus telas los contornos de la tierra, los árboles, los huertos, los hombres y los rebaños tendidos por las faldas de los montes.

  En el silencio de la tarde, sólo roto por el mugido de las vacas y el balir de los corderillos, me mostró sus cuadros que constituyen ya un clásico de la pintura vasca. En ese momento parecía no haber pasado el tiempo; era el mismo silencio del Echalar de mi niñez y habían transcurrido setenta años.

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Capítulo II:
LA FAMILIA (1)

  Mis padres fueron Pablo Legaz y Jacoba Ozcáriz Como éramos diez hermanos (seis hombres y cuatro mujeres) en nuestra casa natal Arría (piedra) existía una organización muy bien establecida. Al no poder contar con una empleada doméstica todos cooperábamos para que la marcha de esa numerosa familia fuera lo más disciplinada posible. Los mayores cuidábamos a los más pequeños y cada uno teníamos nuestros quehaceres.

  La madre nos despertaba temprano y antes de ir a la escuela dejábamos ordenada toda la casa: tendíamos las camas, íbamos a comprar la leche, preparábamos el desayuno, limpiábamos los pisos y también buscábamos el agua ya que en aquellos tiempos no teníamos "agua corriente" sino una fuente pública en la plaza. Para la hora de irnos ya estaba todo listo y así la madre podía cuidar de los hermanos menores y preparar la comida.

  Teníamos clase mañana y tarde y el maestro de los varones era nuestro padre. "Don Pablo" estuvo a cargo de la escuela primaria de Echalar durante 42 años. Al jubilarse entregó la misma llave que había recibido. Antes de llegar al pueblo había hecho algunas suplencias en la ribera de Navarra. Natural de Ochagavía, desde niño había vivido con sus padres en Alsasua y luego cursó sus estudios en Pamplona.

  En su profesión era excelente, con una dedicación total al magisterio como un verdadero sacerdocio. Se afligía cuando alguno de sus alumnos quedaba rezagado y luego de las clases de todo el día lo llevaba a casa y dándole lecciones gratuitas, trataba de que se recuperara de su atraso.

  También dictaba clases nocturnas aún en el más crudo invierno, para aquellos que de niños no habían recibido instrucción y estaban próximos a cumplir el servicio militar. Esta enseñanza primaria era muy eficaz; nos enseñaban en especial lengua, acentuando siempre la importancia de la buena ortografía, matemáticas y geografía.

  Aparte de las tareas de maestro, para poder mantener a una familia de diez hijos, se desempeñaba en otras ocupaciones, tales como el cobro de letras de cambio con las que se manejaba el comercio local; llevaba la administración de la panadería y de la Cooperativa de Luz, y cuando ocurría algún desperfecto eléctrico en el pueblo, lo solucionaba ya que entendía algo de electricidad. Además era una especie de "asesor jurídico" de la mayoría de los caserianos y consejero para cualquier problema que se suscitara entre vecinos.

  Necesitaba de esos trabajos extras para hacer frente a los gastos de la familia, pues el sueldo de maestro era insuficiente y por otra parte, como nuestro pueblo está en la zona fría del norte y estábamos creciendo, todos teníamos un apetito insaciable.

  Su carácter era muy severo y áspero. No recuerdo algún gesto de cariño o afecto de su parte. Le teníamos un gran respeto. Jamás nos permitía a los niños hablar durante las comidas, sólo podíamos contestar las preguntas que se nos formulaban. Hablaban los adultos: él, la madre y el abuelo.

  A veces, cuando había períodos de lluvia durante varios días y no podíamos salir de casa, tantos como éramos armábamos buenas trifulcas. La madre no podia dominarnos pero cuando llegaba el padre con una sola mirada nos hacía callar a todos. Recuerdo que en una oportunidad hubo exámenes en la escuela controlados por los inspectores; yo obtuve muy buenas notas y al presentarle el resultado me dijo: "Es lo único que corresponde".

  Sus enseñanzas no dejaron de acompañarme a pesar de que a los quince años tuve que trasladarme a América. Lo vi por última vez en ese momento. Aún recuerdo las observaciones que hacía en ese único viaje que realicé con él, cambiando trenes y atravesando ciudades como Burgos, León, Valladolid, Venta de Baños y la región de Galicia. Se refería a la pobreza y decadencia de la España de ese entonces.

  Después seguí recibiendo sus consejos por carta. Por personas allegadas a él, sus amigos, supe muchos años después cuando viajé para ver a la madre (él ya había fallecido), que dos sentimientos lo embargaban cuando pensaba en sus hijos mayores lejanos. Uno, el dolor de habernos impulsado a salir de casa a tan corta edad para buscar otras posibilidades en la que consideraba una tierra de promisión. Pero a la vez no reprimía el orgullo de que jamás le hubiese llegado una mala noticia sobre nuestra conducta a pesar de estar solos en otro continente.

  Cuando miro su fotografía, evoco su rostro pecoso y su cabello rojizo y pienso en su rectitud, comprendo que el recuerdo que tengo de mi padre debí reconstruirlo con lo que otras personas me contaron de él. Poco pude estar a su lado. Me hubiera gustado conocerlo más.

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CAPÍTULO III:
LA FAMILIA (2)

  Tengo el mejor recuerdo de mi querida "amacho" Jacoba Ozcáriz Matilla. Era una verdadera Madre, de ancho corazón. Cariñosa y comprensiva; con una paciencia como el Santo Job para criar y educar a tantos hijos.

  Se casó joven y se dedicó exclusivamente a la familia. En largos días de invierno cuando no se podía salir y estábamos todos los niños en casa, nunca nos riñó ni nos castigó; nos convencía siempre dándonos buenos consejos. Cuando el padre nos retaba ella trataba de suavizar las cosas con su proverbial diplomacia. Además de atender al esposo y a los hijos con abnegación, cuidaba de su padre anciano, Ignacio, que vivía con nosotros y todavía hacia favores a todos los vecinos por lo que era venerada en el pueblo.

  Solía tener fuertes jaquecas (que heredamos varios de sus descendientes); le duraban dos o tres días pero no podía hacer reposo a causa de los quehaceres de la casa. Posiblemente esas dolencias estaban agudizadas por el exceso de labores diarias. Su aspecto físico era frágil, de baja estatura y rostro muy dulce en el que se destacaban los ojos grandes y oscuros.

  Tenía una fe y una convicción religiosa a toda prueba; ello le permitio sobrellevar la partida de la mayoria de sus hijos, la falta de dinero y las vicisitudes de la Guerra Civil que la tocaron muy de cerca ya que nuestro hermano Enrique fue herido gravemente al alistarse como voluntario.

  Falleció un 10 de agosto, justo el día de mi Santo y su pérdida me produjo una larga depresión. No pudimos despedirla pero supimos que en los últimos momentos tuvo un recuerdo para cada uno de sus hijos ausentes. Era una mujer santa y seguramente ha ganado el cielo.

  Cuando volví por primera vez a España en 1954 para visitarla, tuvimos largas conversaciones y rememoramos con emoción episodios de la niñez. En ese entonces ya tenía los cabellos blancos pero conservaba la placidez de su sonrisa.

  Hemos sido en total diez hermanos: Concepción, la mayor, José, Felipa, yo, Lorenzo, Victoriana, Jesús, Emilio, Enrique, Josefa y Juan, todos muy seguidos en los nacimientos. AI escribir estas memorias han fallecido varios: Concepción, que era religiosa en Córdoba, José, que murió en un accidente de automóvil en Río Colorado, Jesús, que esta sepultado en Laborde, donde vivía, y Juan, el menor.

  Actualmente quedamos Felipa que vive en Echalar, en la segunda casa que habitamos de niños, Victoriana (Vitxory), que reside en Mar del Plata, Emilio que está en Ucacha donde tiene su comercio, Enrique que vive en Monóvar (Alicante) ya jubilado, y Josefa (Pepita), monja jesuitina quien se encuentra en San Sebastián, aunque viaja periódicamente a Echalar para acompañar y atender a su hermana mayor, y yo.

  Cuando estábamos aún todos en casa, de pequeños cada uno tenía su labor. Por ejemplo, Concepción se encargaba de la costura, arreglando las prendas de vestir. Yo nunca estrené ropa alguna: las que le quedaban chicas al hermano mayor, José, me las adaptaban para mí. Se vivía en una verdadera "economía de guerra", así lo requerían las circunstancias ya que una sola persona poseía un salario.

  La alimentación era a base de leche, legumbres y vegetales en general; abundaba el "cocido" (puchero). Nunca se comía postre, salvo en algún cumpleaños. En ese caso teníamos arroz con leche. No había vino en la mesa; a veces, el padre tomaba una copita de cognac luego de las comidas pero muy espaciadamente y eso que siempre ha sido una bebida barata en España.

  Entre los hermanos nos entendíamos bien, salvo algunas disputas propias de la edad, pero nada más. Los ejemplos de casa eran excelentes y doña Jacoba nos inculcaba siempre buenas costumbres. Esas enseñanzas nos sirvieron luego para no inclinarnos hacia el mal cuando salimos de la patria.

  Los varones mayores, José, Emilio y yo tuvimos que abandonar el hogar muy jóvenes porque el padre tenía crecientes dificultades económicas para mantenernos a todos. Fue un verdadero alivio y así los que se quedaron pudieron estudiar un poco más. Resultó un poco difícil para nosotros pero tuvimos las satisfacción de haber contrubuido al sostén de la familia desde temprano. Ese desgarrón valió la pena.

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CAPÍTULO IV:
LA FAMILIA (3)

  A pesar que estuve tres años (los primeros de la vida escolar) en Alsasua en casa de la abuela paterna. Francisca Larraza Maskiaran, el recuerdo más fuerte que tengo de mis abuelos es el del abuelo materno, Ignacio Ozcáriz. Desde que arranca mi memoria era viudo; no conocimos a su esposa María. Vivía contiguo a nuestra casa y ambas viviendas tenían comunicación interna.

  El era estanquero o sea el distribuidor en el pueblo del tabaco, los cigarrillos y sellos postales, ya que el Estado español tenía el monopolio en toda la nación. Además poseía varias parcelas de tierra atendidas por peones y el único toro semental que había en esos tiempos en la localidad.

  Durante la guerra del '14 había sido contrabandista y ganó buenas pesetas pasando por la frontera ganado y mercaderías en sociedad con un señor Agustín Arrieta, tratante de animales en las Ventas de Yanci. Al terminar la guerra fueron felicitados por los gobiernos de Francia e Inglaterra. El señor Arrieta fue condecorado por haber proporcionado a los aliados ganado en pie y alimentos, que en definitiva los favoreció y contribuyó a ganar la guerra ya que los ejércitos alemanes se rendían por falta de víveres.

  Por otra parte era el caudillo político del pueblo y manejaba los hechos según su conveniencia. En aquellos tiempos no existía el voto secreto y las elecciones "se cocinaban" de antemano. Por ejemplo, si se presentaban cuatro candidatos a diputados para las Cortes y en el pueblo había un número determinado, de votantes, el abuelo Ignacio, de acuerdo con los vecinos más caracterizados hacia por anticipado la distribución de votos a cada uno de los postulantes. Era, como digo, el conductor en la cuestión política Ni qué decir que todos tenían ideas conservadoras o liberales, pues todavía no actuaba la fracción de la izquierda en España.

  A pesar de ser íntimo amigo de los curas del pueblo, entre ellos del padre José María (muy fumador y al que le proveía "cuarterones" o paquetes de tabaco que escaseaban en épocas de guerra), jamás asistía a ceremonias religiosas ni se lo veía por la Iglesia.

  Muchos caserianos lo consultaban sobre problemas de agricultura y de la tierra y las propiedades en general. En nuestro pequeño pueblo se lo consideraba como un verdadero patriarca, todo un personaje.

  Nos decía mamá Jacoba que el abuelo ya de joven tenía un carácter raro, que luego de su viudez y con el paso de los años se fue deteriorando. Ya anciano se había vuelto caprichoso y hosco por sus achaques.

  Permanecía en cama pero no dejaba de comer caramelos y dulces pues era extremadamente goloso. Me pedía que le escribiera cartas a los políticos que tenían relación con él y me llamaba "su secretario particular". Luego de dictarme me pagaba con algún caramelo de los muchos que llevaba en sus bolsillos.

  A veces lo cuidaba una criada, "la Joshepa", de un carácter muy fuerte; hacía lo que ella quería y manipulaba al abuelo a su antojo por to que él después se ponía furioso.

  Una mañana la madre me dijo (yo tendría unos diez años): "Vete a ver al abuelo (atauchi), que se encuentra en la cama enfermo y pregúntale cómo está y si necesita algo". Yo me acerqué a la cama y tuve el siguiente diálogo con él, en vasco:

"-¿Buenos días abuelo?". Me contestó de bastante mal humor:

-"Buenas..." 

"-¿Dice la mamá que si necesita algo?"

"-No necesito nada", dijo amargado". Le volví a hablar:

"-Dice la mamá que cómo está". Él repuso:

"-Estoy mal"-

Yo, como cosa de chicos dije:

"-¿Qué es lo que tiene usted para estar mal?"

Me contestó:

"-Tengo una enfermedad muy grave"

Le volví a preguntar:

"-¿Cuál es esa enfermedad que llama usted tan grave?"

"-iVejez!"(zarriya), contestó. Tenía más de 85 años en ese entonces.

  Cuando vine a la Argentina aún vivía y me recomendó que me portara bien, que tuviera cuidado con las amistades y, como a él le gustaba jugar algún billete de lotería de vez en cuando, me aconsejó que "había que tentar la suerte".

   Después de tantos años conservo en la memoria la imagen de "Inashio": la indumentaria del abuelo consistía en una larga blusa característica de los negociantes de ganado y acostumbraba usar dos pares de pantalones, uno sobre otro y ambos muy amplios. En la cabeza, la típica boina vasca.

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CAPÍTULO V
LA VIDA EN ARRÍA

  Todos los hermanos nacimos en la casa llamada "Arría" (piedra). El abuelo Ignacio tenía varias casas de su propiedad: Arría, Xurinea, y otras dos: Anchurdenea, donde atendía el estanco y donde guardaba las vacas, es decir esta le servía de establo. Cuando murió el abuelo llegó momento de repartir los bienes; la casa de Arría le tocó al tío Alfredo, hermano menor de mamá Jacoba, y a nosotros Xurinea, donde viven actualmente las hermanas.

   Arría se compone de varios pisos. En la planta baja tenía su carpinteria el tío Alfredo. En el primer piso vivía él con su familia (la tía Ana Brunetón, y tres hijos, nuestros primos, Ignacio, Pilar y José María). En el segundo piso estábamos los Legaz. Había un tercero que utilizábamos como adicional, depósito y un dormitorio, el de la hermana mayor, Concepción.

   El segundo piso tenía cocina, comedor y tres dormitorios. Usábamos cama de una plaza, pero dormíamos dos en cada cama con almohadas de ambas partes. No teníamos baño instalado pues no había agua corriente, como dije antes. Para lavar la ropa, debíamos llevar el fuentón a una regata que pasaba cerca de la casa. La madre lavaba y luego los hijos teníamos que ayudarla a volver el barreño, para tender en el balcón del tercer piso. Cuando se compraba leña para el fogón -ya que no existía cocina económica- había que subirla toda al hombro, (un carro entero) al desván. Poco a poco hasta terminar.

   Como en Echalar hace inviernos fríos y húmedos, los edificios son de paredes de piedra, de casi ochenta centímetros o un metro de espesor. En aquellos tiempos no había estufas ni aparatos de calefacción, el único calor provenía del fogón y un par de hornillos de carbón. Había pocas comodidades pero vivíamos contentos y felices.

   Como dije en otra parte, nuestra alimentación era sencilla; muy poca carne consumíamos porque resultaba cara; pan del día anterior. Lo comprábamos en la panificadora local y mamá Jacoba guardaba la llave del armario que lo contenía. Más de una vez se olvidaba de cerrarlo y al poco rato se había terminado: como éramos pequeños y sanos teníamos un apetito de primera. En verdad, no pasábamos hambre pero tampoco comíamos de más; nunca había abundancia. Los caserianos que consultaban al padre y a los que asesoraba y ayudaba, a veces le Ilevaban huevos, pollos, morcillas o chorizos cuando carneaban. Ni qué decir que, cuando ocurría eso, era un día de fiesta.

  Recuerdo que el tío Benedicto, que estaba en Argentina, volvió a España enfermo (problemas de columna) y estuvo en cama reponiéndose, dieciocho meses acostado en una tabla. Todas las semanas viajaba a San Sebastián para que lo tratara el médico especialista. En uno de esos viajes, y ya próxima la Navidad, compró turrones, mazapanes y almendras, que la madre ocultó muy bien. Pero, descubierto el escondite, íbamos "rasguñando" cada rato de los paquetes. El caso es que terminamos con todo. La madre se enojó, pero el tío nos apoyó y volvió a hacer la misma compra para Navidad.

   Como expliqué en otro capítulo, cada uno en la casa tenía su labor antes y después de ir a la escuela, entre ellas cuidar al hermanito más pequeño, pues siempre había uno para Ilevar en brazos. Al atardecer nos dejaban ir a jugar un rato pero en cuanto tocaban la campana del Angelus debíamos regresar a casa.

   Siempre comparo las características de nuestra niñez con las que protagonizan ahora muchos chicos. Cuando van a la escuela, los padres no les enseñan a cooperar en el hogar, e inclusive los esperan a la salida de clases con su auto para evitarles todo esfuerzo. Algunas veces nosotros tuvimos que ir a cumplir nuestra obligación en calles nevadas y con miedo de resbalarnos. Quizás sea contraproducente el exceso de confort.

  Lo mismo pasa con la libertad: se ha ido de un extremo a otro. Mientras los niños no tienen experiencia del mundo, corren peligro cuando andan solos a altas horas de la noche. Creemos que podría haber un poco más de disciplina y vigilancia en la crianza y educación y exigirles un mayor esfuerzo y no que las cosas sean demasiado fáciles. Es complicado lograr un equilibrio, pero en nosotros y en nuestra voluntad está intentarlo.

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CAPÍTULO VI:
LA VIDA EN ECHALAR
(LAS FIESTAS)

  Como todos los pueblos, Echalar tiene su patrono, la Ascensión de Nuestra Señora, la Virgen María. Por lo tanto su fecha es el 15 de agosto de cada año, en pleno verano de aquel hemisferio.

  Los festejos -que continúan ahora casi con las mismas alternativas que en mi niñez-  comienzan el día 14 cuando desde el Ayuntamiento se dispara el cohete anunciándolos. A las ocho recorre las calles del pueblo la Banda de Música (en los últimos años lo hace la orquesta), alegrando a los vecinos. La comparsa de gigantes y cabezudos hace el mismo recorrido.

  El día 15, a las diez de la mañana, se realiza una solemne Misa Mayor en la Iglesia Parroquial, a la que asisten junto con todo el pueblo, el alcalde y sus concejales. Al entrar el cuerpo municipal, el párroco les ofrece el agua bendita. Cuando termina el oficio religioso, los miembros del Ayuntamiento regresan a la Casa Municipal y se sirve un vino de honor. A las doce y media se puede gozar la exhibición de danzas vascas por los grupos de la localidad. Por la tarde hay baile en la plaza animado por banda y orquesta hasta el oscurecer. Luego de cenar y tomar abundantes vasos de vino, prosigue el baile hasta la medianoche. (En la época actual este baile se prolonga hasta las tres de la madrugada).

   El día 16 a la mañana tiene lugar un partido de pelota entre pelotaris profesionales de la región; los enfrentamientos son de distintas categorías: benjamines, alevines, infantiles, juveniles y mayores. Se sabe apostar y mucho, pues el juego es libre. Se hacen también desafíos de hachas y arpanas, se cortan troncos de 45 y 54 pulgadas... En todas estas pruebas resalta la fuerza y la destreza de los aitzkolaris (hacheros) y los trontzalaris (arpaneros). Por la tarde, en la presa. se efectúa la pesca del pato y la kukaña.

   Los días subsiguientes repiten más o menos el mismo prograrna, alternando con campeonatos relámpagos de mus, peleas de carneros, entre otras destrezas y entretenimientos. En los últimos años, según vemos en los programas que nos envían desde el pueblo, se han agregado a los actos tradicionales -que se conservan- carreras de bicicletas, rallys de automóviles y kartings hasta Lizayeta, frontera con Francia. Ahora se privilegian los juegos infantiles y el teatro ikastola. incluso se establece una tarde de las Fiestas como dedicada a los niños.

   Como en esta zona los pueblos estan cercanos, cinco o seis kilómetros unos de otros, llegan de las localidades vecinas, autobuses llenos de jóvenes de ambos sexos. Todos los espectáculos son gratuitos, ya que el Ayuntamiento tiene partidas asignadas para financiar las Fiestas Patronales. Cuando éramos niños, el baile se componía de jotas vascas, pasodobles, mazurkas y polcas, ahora se ha modernizado con música de actualidad y de influencia norteamericana e inglesa, como en todas partes.

   El último día de la Fiesta, o sea el 19 de agosto, en un caserío llamado Olazarra. se celebra el famoso "asado americano", que preparan aquellos vecinos que estuvieron algunos años en América del Sur, sobre todo en el Río de la Plata (Argentina y Uruguay). Se trata de carne asada, lo que aquí se llama "asado con cuero" que hacen en unos hierros hincados en el suelo y con brasas alrededor.

   Se come mucho en el transcurso de toda la Fiesta y se bebe más. El caso es que, cuando regresan, la mayoría de los asistentes, saben estar bastante alegres. El pueblo vasco en general (dejando de lado las apreciaciones sobre la bebida) es de espíritu festivo y amante de los bailes y las diversiones, pero cuando acaban vuelve a su laboriosidad habitual, para sacarle a la tierra su máximo rendimiento. Ésta es pobre y todo depende del esfuerzo del hombre.

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CAPÍTULO VII:
LA VIDA EN ECHALAR
(LAS PALOMERAS)

  "Las Palomeras" son famosas en toda España y se le han dedicado innumerables artículos periodísticos. En el límite entre Francia y España, entre Sara y Echalar, hay una garganta en la montaña, entre las hayas: allí están "Las Palomeras". Como las palomas torcaces que habitan Rusia, Noruega, Finlandia, por instinto se trasladan en invierno al norte de África buscando calor, pasan por esa zona.

   En torno de los enormes y centenarios árboles se colocan redes de unos quince metros de altura, y en varios puntos estratégicos unas torres de madera parecidas a los mangrullos de la guerra del desierto argentino (trepas). Los hombres encargados de esa tarea tienen una vista de águila pues ven las bandadas de palomas que vienen desde muy lejos; luego con toques de corneta convenidos, avisan al grupo de la cercanía de las palomas. Agitan unas banderas blancas y con gritos van atrayendo a esas bandadas.

  Desde las trepas les tiran unas paletas de madera pintadas de blanco, que les hacen creer que es algún milano o halcón que las persiguen. Instantáneamente las bandadas son atraídas y descienden volando al ras del suelo. No ven las redes que están entre los árboles. Como ya les avisan desde la torre más cercana que la bandada se está aproximando, los hombres que manejan las redes, ya en guardia, sueltan las riendas de esas redes (tienen unos anillos de hierro).

  Las palomas quedan enredadas sin necesidad de ningún golpe y en segundos están en el suelo y los palomeros tienen todo su cargamento. Las redes son de cáñamo y siempre las están remendando para que no tengan orificios por donde escapen las palomas. Luego de la caza las colocan en cestas para venderlas en el mercado; pagan buen precio por ellas.

   El equipo de palomeros es del mismo pueblo y el oficio pasa de una generación a otra, por eso los actuales son hijos y nietos de los viejos palomeros. Los antecedentes de esta tradición se remiten al siglo XVII, aunque para los lugareños exista "desde siempre". Antiguamente los notables y autoridades de ambos lados de la frontera tenían reservados sus propios puestos.

   Después que se acaba el trabajo con las redes los cazadores tienen permiso para tratar de cazar algunas que se han escapado. (Eso es lo más combatido por los ecologistas y defensores de la vida animal).

   Esos puestos de cazadores salen a subasta antes de la temporada y son pagados a precios altísimos. Los días buenos de caza alcanzan a veinte o treinta docenas diarias. Es más fácil con el viento norte (frío), pues el sur, que en vasco llaman "viento loco", pone a las palomas mucho más difíciles de ser cazadas.

   La temporada de palomeras abarca dos meses: entre mediados de septiembre y mediados de noviembre. De niños fuimos varias veces a presenciar esa caza de palomas. Íbamos a pie por aquellos Pirineos y a la vez pasábamos un día de campo, ya que nos daban una tortilla con pan y bebíamos agua pura de los manantiales que surgen de cada pliegue de los montes. Éste era uno de los pocos momentos de esparcimiento que teníamos. Nuestros entretenimientos pueden considerarse realmente sanos porque transcurrían en permanente contacto con la Naturaleza.

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CAPÍTULO VIII:
LA VIDA EN ECHALAR
(LUGARES Y PERSONAJES)

   No sé si con exactitud pero con cierta nitidez recuerdo ahora algunos lugares y personajes típicos de Echalar. Entre ellos esta "Gala - riko - Esponda", la curva que el río Tximista describe antes de llegar al pueblo. Hay allí una especie de remanso (playita) donde nuestra madre, Jacoba, nos permitía bañarnos.

   Lo mismo tengo presente la cuesta de Akoka, subida muy pronunciada de la montaña que ascendíamos a menudo para llegar al caserío de ese nombre. En la ladera se encuentra el depósito de agua que proviene de los manantiales y desde donde se provee de agua corriente a todo el pueblo.

   En la época de verano, cuando las Iluvias son escasas, la presión no alcanza para que el líquido llegue a los pisos altos; tal lo que ocurre muchas veces en nuestra casa actual de Xurinea, donde viven las hermanas Legaz.

   Muy ligado a nuestra emoción tengo presente el edificio de la escuela en la que papá era maestro. Fue ofrecido por Leandro Ozcáriz Armasa, hermano del abuelo Ignacio, que estuvo en Cuba y desde allí envió su donación. Por eso hay una placa en el Ayuntamiento que menciona esa circunstancia. Otra casa que nos convocaba de niños: la Xirrima, antigua tellería donde el tío Alfredo tenía un aserradero de madera para luego realizar sus artesanías de muebles y objetos de adorno.

   Nos Ilamaba la atención "Gaztelúa", una mansión tipo castillo con un famoso escudo de piedra de sus antiguos propietarios, los condes de Gaztelna. Sé que ahora está deshabitado y muy viejo.

   Al lado de nuestra casa había un almacén, Casa de Lara, atendido por Doña Tomasa. Su marido, que era castellano, tenía una jardinera (pues todavía no había autos) para llevar pasajeros y mercaderías hasta las localidades vecinas. Cuentan que un día al subir la famosa cuesta de Irún, se rompió la cincha del caballo y todos los pasajeros cayeron a la carretera. Como nadie se lastimó fue considerado un episodio jocoso.

   Han permanecido también en mi memoria de aquellos años algunos personajes, ya sea porque nos parecían extraños, ya sea porque estabámos orgullosos de ellos. Éste era el caso de un vecino llamado Modesto Irisarri. Llegó a ser campeón de acordeón de la comarca y luego ganó varios concursos en Suiza y Alemania. Lamentablemente falleció en un accidence de automóvil durante la Guerra Civil.

   Entre los extraños figuraba una familia: los Ashura: algunos comentaban que eran gitanos y su tez morena parecía ratificarlo. Salían por la noche, con linternas, a pescar salmones y truchas y se los vinculaba con el contrabando. Hablaban el vasco medio andaluzado y no eran muy apreciados en el pueblo porque no se integraban a la mayoría de los pobladores.

   Un personaje típico era el sacristán ("Santtuss"). Cuando pasaba el limosnero para pedir por la Iglesia, hacía muecas con los ojos y la boca. Como le gustaba mucho el trago las "malas lenguas" comentaban que al estar "alegre" vendía a sus hijas, unas jóvenes agraciadas, por un vaso de vino. Los domingos por la tarde, al Ilegar a la Parroquia con unas copas de más intentaba encender los cirios del altar con una caña en cuyo extremo se acoplaba una vela encendida. Su cuerpo se mantenía en difícil equilibrio ¡Imposible acertar y encender una sola!

   Quiero recrear también la figura del farmacéutico José 0suna (cuya hija Aurea, "Aureíta" para sus allegados), continuó con la misma profesión hasta hace poco tiempo, y en la farmacia ubicada en la planta baja de Xurinea. En la antesala de su "botica" se realizaban tertulias y partidos de tresillos. Era egresado de Filosofía y Letras y resultaba muy conocida su afición al Quijote. Se sabía casi de memoria la gran novela de Cervantes. No había un lector tan voraz como él e inculcaba a sus amigos el amor a la lectura.

   Finalmente recuerdo a Don Francisco Bayona. Fue médico de Echalar durante muchos años; en 1923 cuando yo vine a la Argentina ejercía esa profesión y en 1954 cuando hice mi primer viaje a este pueblo natal, todavía trabajaba allí. Nunca se enriqueció pues era médico municipal y tenía sólo ese sueldo del Ayuntamiento. Como excelente médico rural atendía solícitamente a cualquier hora, de día y de noche, a caballo por aquellos montes. La única fortuna que hizo en su larga carrera profesional fue un auto modesto y la carrera de sus dos hijos. Uno de ellos, Javier Mary es en la actualidad el médico del Ayuntamiento. Don Francisco Bayona era un verdadero ejemplo para los que se dedican a curar: atento y solícito con sus enfermos, tratándose con cariño y sacrificándose por ellos.

   iQué presentes tengo esas imágenes en mí! iPor momentos no me parecen del pasado sino de un continuo presente que no cambia!

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CAPÍTULO IX:
EPISODIOS DE MI NIÑEZ
(ALSASUA Y ECHALAR)

  Conservo recuerdos de mi infancia desde Ios seis años aproximadamente. Uno de ellos es de 1914, cuando nuestro padre volvió de San Sebastián, ciudad vecina, con la noticia de que Francia había declarado la guerra a Alemania. Como estábamos en la misma frontera francesa, nuestro pueblo temía los riesgos de esas circunstancias. Por suerte España se mantuvo neutral.

  Si bien la mayoría simpatizaba con los aliados, el gobierno no tomó partido. Muchos vecinos de Echalar hicieron fortuna pasando contrabando a Francia, sobre todo de ganado en pie (caballos), mulas y también vacas. Francia pagaba altos precios en los últimos tiempos de la contienda. Esas pingües ganancias se lograban con las consabidas propinas a los carabineros que patrullaban la frontera y hacían "la vista gorda".

   En esa época tuve que alejarme de casa por primera vez para vivir en Alsasua. Tenemos una cassette que nos regalaron en España, del acordeonista Enrique Celaya: en verdad un virtuoso en la ejecución de ese instrumento y especializado en música vasca. Éste Celaya es nacido en Alsasua. Nos acordamos de que nuestro tío, Martín Celaya, nacido también en esa localidad era casado con la tía Paca, hermana de nuestro padre Pablo. Estimamos que este acordeonista debe ser de esa familia, pues tengo presente que había varios Celaya en Alsasua, y todos estaban emparentados. Entonces este "mago del acordeón" debe tener alguna vinculación familiar con nosotros.

   Pasé tres años junto a la abuela Francisca Larraza, madre de papá y a la tía Paca, mi madrina, que en ese entonces era soltera. Fui a la escuela allí y así se aliviaba un poco el mantenimiento de la familia Legaz de Echalar.

   Alsasua era un pueblo que constaba de una calle larga muy extendida desde la estación del ferrocarril hasta la plaza. En el pueblo se bifurcaba la línea férrea: una hacia Madrid, la otra a Pamplona. Hacíamos paseos por la vía del ferrocarril hasta las aldeas vecinas: Urdiain, Bakaik:ua y Echarri-Aranaz.

   La escuela estaba sobre una cuesta; abajo era el lavadero del pueblo donde las mujeres Ilevaban sus ropas para asearlas. En Alsasua se cosechaban mucho las patatas (papas) y la abuela tenía una huerta grande; solí sacar bastante y mandaba algunas bolsas como regalo a Echalar.

   Todos los años por el mes de octubre se celebraban verbenas y romerías muy divertidas. Tengo imágenes muy gratas de mi vida en casa de la abuela. Allí yo era el único niño y todos los "mimos" eran para mí, no como en casa donde éramos muchos y pocas caricias nos tocaban a cada uno.

   Recuerdo que cuando Enrique nació, un 26 de abril, yo estaba jugando a la pelota y vino la hermana Felipa a decirme que dejara de jugar porque teníamos un hermano más. Seguí jugando y le contesté que me dejara en paz, ya que todos los años había aumento de la familia.

   Después de ese tiempo que viví en Alsasua, con tanto afecto y atención, al regresar a Echalar, me costó mucho integrarme de nuevo a la casa. En los primeros días me sentía extraño y trataba con indiferencia a los hermanos. Los padres tuvieron una conversación en la que comentaron lo contraproducente que había sido alejarme tanto de la familia. Esto sucedió sólo al principio; luego, poco a poco, me habitué a compartir lo bueno y lo malo con los demás.

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CAPÍTULO X:
EPISODIOS DE MI NINEZ
(TRAVESURAS Y PRIMERAS LABORES)

   Como decía en otra parte de estos relatos en nuestra familia había una verdadera disciplina "militar" y cada uno debía desarrollar tareas para contribuir al desenvolvimiento de la vida diaria: encerar los pisos de madera, Ilevar la leña al desván, cuidar al hermanito menor... Sin embargo, como todos los niños, hacíamos también travesuras.

   En casa estaba enfermo el tío Benedicto con un problema de ciática y aunque muchos especialistas lo habían tratado, el médico rural de Echalar, Francisco Bayona, "dio con la tecla" para su curación. Nuestra madre lo cuidaba con cariño.

   El caso es que un sábado por la tarde me mandaron que fuera a casa de Román Aguirre (un señor que se proveía en los caseríos de huevos y pollos y luego los llevaba al mercado de Irún) a comprar una docena de huevos para la comida del tío convaleciente. Salí de casa y cuando pasaba por la plaza varios amigos que estaban en el frontón, me invitaron a jugar un partido de pelota. Jugamos uno y otro partido y cuando me di cuenta ya anochecía.

   Regresé a casa y le mentí a mamá diciendo que no había huevos en lo de Roman. Como dicen que se descubre a un mentiroso antes que a un rengo, sucedió que al día siguiente domingo, papá se encontró con el señor Román y le comentó que parecía mentira que en el pueblo no se consiguiera una docena de huevos para un enfermo. Al replicarle el vecino que yo no había estado allí para realizar el mandato, papá se dio cuenta de lo que había ocurrido.

    Llegó a casa y se enfrentó conmigo: ¿Así que en lo de Román no había huevos?". Me pegó una bofetada que me hizo retroceder sobre el armario. Agregó luego: "Me hubieras dicho la verdad. No hay que mentir y menos a los padres". Me mandó al desván castigado y sin comer: "Que sea la última vez que me digas una mentira".

   Lo cierto es que todo ese domingo estuve en el desván sin alimentarme. Mamá no me defendió y era lógico que no lo hiciera. Me hizo bien el castigo pues desde ese día no volví a mentir. De este episodio quiero rescatar la rectitud de nuestro padre que quizás era demasiado severo, sobre todo si se lo compara con la actualidad.

   En otra oportunidad, luego de salir de la escuela, con otros niños nos dirigimos al caserío de Larrabeta. Era primavera y sabíamos que allí habia cerezas. Los árboles estaban en el interior de un prado. Sacándonos las alpargatas, nos las atamos al cuello por los cordones y nos trepamos para robar la fruta. Las cerezas estaban exquisitas. Las que nos sobraban las poníamos entre la camisa y el pecho ("colco").

   Al rato fuimos descubiertos por el dueño en esta acción y nos largó varios perros, profiriendo agudos gritos. Saltamos descalzos de los árboles y corriendo a gran velocidad nos pusimos a salvo. AI día siguiente el damnificado se quejó ante el maestro, nuestro padre, y cuando nos individualizó tuvimos una buena reprimenda y nos quedamos sin recreo varios días.

   Así transcurría el tiempo de mi ninez; concurría a la escuela y luego el organista del pueblo nos enseñaba solfeo. Como teníamos oportunidad de aprender gratis algún instrumento musical, me dediqué al clarinete y formamos una Banda Municipal con otros jóvenes. Tenía diez años; me acuerdo que mis dedos de chico apenas llegaban a tapar las clavijas del instrumento.

   En el año 1918 cuando terminó la Primera Guerra Mundial, nos contrataron para tocar en el pueblo francés de Sara ("Sare"), cercano al nuestro. (De Sara era oriundo el abuelo del futuro presidente argentino, Irigoyen).

   Estuvimos cuatro días y recuerdo los festejos. Me quedó grabado que en ese pueblo de apenas mil habitantes murieron 34 jóvenes y los que regresaron daban mucha pena: casi todos estaban mutilados. En Sara lo pasamos bien y nos pagaron algunos francos que le di a mi padre. Luego tocaba todos los domingos por la tarde en la plaza para que la juventud bailara.

   Además ayudaba como escribiendo en la Secretaría del Ayuntamiento y esos pequeños haberes siempre los entregaba para los gastos de la casa (una peseta semanal). Era poco pero ya empezaba a ayudar a la familia.

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CAPÍTULO XI:
EPISODIOS DE MI NIÑEZ
(MIS PEQUEÑOS VIAJES)

   Como había contado en un capítulo anterior, una de las actividades de nuestro padre era cobrar los recibos de la luz eléctrica y de las letras de cambio que en aquellos tiempos se utilizaban para el pago de las facturas de comercio. Venían esas letras de cambio con diez días de vencimiento y una vez aceptadas, cuando llegaba el plazo, había que ir a efectuar el cobro de ese dinero.

   Como en Echalar no había sucursal de Bancos, me tocaba a mí Ilevar el efectivo a la vecina localidad de Vera del Bidasca. Unos ocho kilómetros era la distancia, todo entre montañas. En casa había una bicicleta vieja, muy torpe, que se deslizaba con más o menos normalidad en el Ilano pero escalaba los montes con mucha dificultad.

   Sin embargo, al no contar con otro vehículo, debía ir en ella, a menudo, para hacer ese trámite. Llevaba los billetes en el bolsillo interior con un alfiler de gancho y los duros (monedas de cinco pesetas) en un paquete, en el cuadro de la bicicleta. Yo apenas tenía once o doce años. Mamá Jacoba siempre temía por mis viajes, tanto es así que me prometía darme a merendar una barra de chocolate si regresaba pronto. Por eso trataba de demorar lo menos posible.

   En uno de esos viajes, cuando llegaba cerca del puerto de Lesaca, había al lado de la carretera una tribu de gitanos acampados. Los vi desde lejos y tuve bastante miedo pero reaccioné y tomando coraje acelere todo to posible. Quisieron cortarme el paso pero pasé como una exhalación entre ellos. Por suerte al regreso ya se habían ido.

   Más adelante vi un automóvil detenido en el camino, de los primeros que llegaron a España, "Panard Levaso" (francés). En él estaban un señor y unas senoritas. Se les había terminado el combustible y el señor me pidió por favor que fuera a Vera, donde el vivía, y le trajera un poco de gasolina, ya que todavía no existían los surtidores para expedir combustible. Así lo hice y le llevé en un bidón la nafta. Me regaló dos pesetas que después entregué a la madre.

   Me enteré al poco tiempo que se trataba de un escritor muy conocido, Pío Baroja. Tenía fama de ser poco amable, lo llamaban "el hombre malo de ltzéa", nombre de la casa que habitaba y que en la actualidad es un Museo. Hace un tiempo leí una novela de él, "Las inquietudes de Shanti-Andia", que describe la vida aventurera de un marinero vasco, y evoqué ese episodio de mi infancia.

   Otra de las experiencias en cuanto a esos pequeños viajes ocurrió unos meses después. En esa oportunidad debía ir a San Sebastián, distante 40 kilómetros de Echalar para buscar inyecciones que le colocaban al tío Benedicto. Había que hacer el trayecto primero a pie hasta la estación de ferrocarril, luego en tren hasta Irún y luego en otro tren hasta San Sebastián.

   Un día demoraron en prepararme las inyecciones en la farmacia. El caso es que salí de allá como una hora más tarde de to habitual. Y cuando llegué a Irún, ciudad distante 20 kilómetros de nuestro pueblo, el último tren ya se había marchado. Mis padres, sólo me habían dado dinero para los billetes, nada más, por lo que no podía quedarme en esa ciudad.

   Era invierno, ya casi de noche, pero no tenía más remedio que emprender a pie la marcha por la carretera entre montes y abundantes árboles. Cuando arribé a Endarlaza, me detuvo en un puesto de carabineros una patrulla de la policía. Les dije mi nombre, la edad (cartorce años) y los puse al tanto de lo que me había ocurrido.

   Luego en otro puesto de esa misma policía, entre Vera y el Puente de Lesaca, otra pareja de carabineros me detuvo nuevamente y les dije lo mismo. Recuerdo que tuvieron compasión de mí e incluso me acompañaron un pequeño trecho para darme un poco de ánimo porque se dieron cuenta del estado en que me encontraba.

   Seguí por la carretera adicional y las sombras de los árboles a ratos me daban la impresión de que alguien me seguía. Pero poco a poco iba avanzando a pesar del miedo. Por fin me di cuenta de que no me faltaba mucho para Ilegar.

   Estuve en la puerta de casa hacia las dos de la mañana, muerto de miedo. Tire una piedra a la ventana del dormitorio donde estaban los padres, se despertaron y me abrieron la puerta. Les conté lo sucedido y expliqué que no había podido quedarme porque no tenía dinero ya que ellos sólo me habían dado para los billetes del ferrocarril.

   Desde ese día me dejaban algunas pesetas más cuando viajaba, para una emergencia como la que me había ocurrido.
 
   Así eran las cosas en aquel entonces. Esa noche tuve que sacar fuerzas dentro mío para sobreponerme. Así nos hacíamos hombres.

   De esa manera, entre travesuras, primeros trabajos y pequeños viajes, iban transcurriendo los días entre la niñez y la adolescencia.

  Una tarde, en San Sebastián, el tío Alfredo me Ilevo a ver mi primera película: era una producción francesa y se llamaba "Violetas imperiales". Quedé fascinado. Por ese entonces ya había comenzado los trámites para viajar a América.

Fin de la Primera Parte