Primera
Parte
Mi primera Patria
Capítulo I
ECHALAR, pueblo natal.
Nací en 1908,
el 28 de mayo, el mes de las flores, ya que en el hemisferio norte,
mayo es plena primavera. Nací en Echalar, pequeño
pueblo de la provincia de Navarra; región muy próxima
al mar. Esta es, en sus paisajes, como una síntesis de toda
España: desde las desoladas tierras de las Bardenas hasta
las más agrestes de los Pirineos pasando por viñedos,
praderas y bosques frondosos. Se ha dicho que por sus contrastes
resulta la transición de la España verde a la España
seca, del zortziko a la jota.
Mi pueblito natal (una
de las cinco Villas; las otras son Vera, Lesaca, Aranaz y Yanci);
está enclavado en los Bajos Pirineos, fronterizos con Francia,
en un pequeño valle rodeado de montañas que a partir
de marzo o abril se hallan completamente verdes de helechales, robles,
pastos, hierbas recién nacidas... Del pueblo sale una carretera
que serpentea por las laderas de los montes; en la cumbre se encuentra
el límite entre Francia y España. Allí la Aduana
muestra del lado español a los carabineros y del francés
a los gendarmes.
De la belleza de Echalar
no puede hablarse con propiedad; cualquier comentario es menor que
la impresión que causa al contemplarlo. Transcribo un párrafo
de la carta de un sacerdote lasallano que visitó el pueblo
cuando aún vivía en él nuestra querida madre:
"¡Echalar, qué lugar de paz y qué paisaje
virgiliano! ¡Pueblo limpio y recogido de villa serena y sedante!
Por algo a los vascos navarros de estas tierras se les caen las
lágrimas cuando, desde las pampas, recorren con la imaginación
los paisajes que llenaron las retinas de sus ojos jóvenes...
".
Realmente es una tarjeta postal. Pocas comarcas de
Navarra pueden competir con él. Tiene un trazado irregular
pero dividido en barrios: Jaureguieta, Iñarreta, Anduzeta
y Ansolocueta. Sus casas y caseríos blancos están
diseminados como palomas en medio del verde de los campos y las
arboledas. No llevan número para individualizarlos pues casi
todos tienen nombre propios Xurinea, Arría, Marticonea, etc..
De estilo "basko" con hermosos balcones se destaca grabada
en sus frentes de piedra, además de los nombres y los escudos
nobiliarios, su edad.
Recuerdo que la cara
Mainea, data del año 1871 y así muchas de aquellas
fechas y algunas más antiguas. No existen monumentos artísticos
notables, salvo cruces que recuerdan la devoción del pueblo.
La cruz de Iñarrea seguramente marca alguna acción
de hidalguía de tiempos pasados. Hace algunos años
cuando se realizó la Feria Internacional de Sevilla, fue
desarmada, llevada y expuesta en esa ciudad andaluza y luego restituida
a su origen en Echalar.
La plaza, centro
de fiestas y ceremonias, tiene su consabido frontón de pelota.
Actualmente se juega poco a ese deporte típico pero antes
hubo algún campeón en el pueblo como por ejemplo Sansiñena,
hijo del sacristán.
Además de
acequias y regatas que se encuentran aquí y allí con
sus aguas transparentes, cruza por la mitad del pueblo un río
llamado Tximista (relámpago) con varios riachos como afluentes.
En mi niñez
vivíamos en el pueblo unas mil trescientas personas. En el
viaje que realicé hace siete años me explicaron que
sólo la habitan hoy algo menos de ochocientas. En general
gente fuerte, robusta, criada en la aspereza del Pirineo, pero que
se precia de su nobleza moral y de su empecinamiento para sobrellevar
dificultades y sobrevivir a través de su larga historia.
Con esos prados
que sufren dos o tres cortes de hierba cada año (y que guardan
en los desvanes de las casas) mantienen y ceban al ganado. Con los
helechos que siegan en otoño hacen las camas para las vacas
y reduciéndolos a estiércol abonan sus minúsculas
parcelas de tierra, obteniendo a fuerza de trabajo, cereales, legumbres
y otros frutos.
El declive del
río es aprovechado por dos usinas hidroeléctricas,
ya que antes de pasar por el pueblo hay un salto de agua (aquí
se encuentra la primera usina) y en el pueblo sale el canal para
la segunda que provee de energía a varias fábricas
de la zona de Guipuzcoa. Echalar, en cambio, no posee industrias,
y para delicia de los ecologistas conserva por lo tanto su fisonomía
típica con las tradiciones de antaño y el aire casi
tan límpido como antes, salvo los escapes de los automóviles
que abundan ahora para trasladarse de un sitio a otro, como concesión
al ritmo de la época
En el verano se
acercan muchos turistas pare conocer Echalar. Recuerdo que cuando
era niño ya un señor Antonio Maura, Presidente del
Consejo de Ministros, estuvo varios días allí para
pintar distintos aspectos del paisaje. En 1985 tuve oportunidad
de visitar a Bernardino Bienabe Artia, viejo artista de Irún,
instalado en la Casa Torre de Irigoyenea, un austero caserón
para plasmar en sus telas los contornos de la tierra, los árboles,
los huertos, los hombres y los rebaños tendidos por las faldas
de los montes.
En el silencio de la
tarde, sólo roto por el mugido de las vacas y el balir de
los corderillos, me mostró sus cuadros que constituyen ya
un clásico de la pintura vasca. En ese momento parecía
no haber pasado el tiempo; era el mismo silencio del Echalar de
mi niñez y habían transcurrido setenta años.
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Capítulo
II:
LA FAMILIA (1)
Mis padres fueron Pablo
Legaz y Jacoba Ozcáriz Como éramos diez hermanos (seis
hombres y cuatro mujeres) en nuestra casa natal Arría (piedra)
existía una organización muy bien establecida. Al
no poder contar con una empleada doméstica todos cooperábamos
para que la marcha de esa numerosa familia fuera lo más disciplinada
posible. Los mayores cuidábamos a los más pequeños
y cada uno teníamos nuestros quehaceres.
La madre nos despertaba
temprano y antes de ir a la escuela dejábamos ordenada toda
la casa: tendíamos las camas, íbamos a comprar la
leche, preparábamos el desayuno, limpiábamos los pisos
y también buscábamos el agua ya que en aquellos tiempos
no teníamos "agua corriente" sino una fuente pública
en la plaza. Para la hora de irnos ya estaba todo listo y así
la madre podía cuidar de los hermanos menores y preparar
la comida.
Teníamos clase
mañana y tarde y el maestro de los varones era nuestro padre.
"Don Pablo" estuvo a cargo de la escuela primaria de Echalar
durante 42 años. Al jubilarse entregó la misma llave
que había recibido. Antes de llegar al pueblo había
hecho algunas suplencias en la ribera de Navarra. Natural de Ochagavía,
desde niño había vivido con sus padres en Alsasua
y luego cursó sus estudios en Pamplona.
En su profesión
era excelente, con una dedicación total al magisterio como
un verdadero sacerdocio. Se afligía cuando alguno de sus
alumnos quedaba rezagado y luego de las clases de todo el día
lo llevaba a casa y dándole lecciones gratuitas, trataba
de que se recuperara de su atraso.
También dictaba
clases nocturnas aún en el más crudo invierno, para
aquellos que de niños no habían recibido instrucción
y estaban próximos a cumplir el servicio militar. Esta enseñanza
primaria era muy eficaz; nos enseñaban en especial lengua,
acentuando siempre la importancia de la buena ortografía,
matemáticas y geografía.
Aparte de las tareas
de maestro, para poder mantener a una familia de diez hijos, se
desempeñaba en otras ocupaciones, tales como el cobro de
letras de cambio con las que se manejaba el comercio local; llevaba
la administración de la panadería y de la Cooperativa
de Luz, y cuando ocurría algún desperfecto eléctrico
en el pueblo, lo solucionaba ya que entendía algo de electricidad.
Además era una especie de "asesor jurídico"
de la mayoría de los caserianos y consejero para cualquier
problema que se suscitara entre vecinos.
Necesitaba de esos trabajos
extras para hacer frente a los gastos de la familia, pues el sueldo
de maestro era insuficiente y por otra parte, como nuestro pueblo
está en la zona fría del norte y estábamos
creciendo, todos teníamos un apetito insaciable.
Su carácter era
muy severo y áspero. No recuerdo algún gesto de cariño
o afecto de su parte. Le teníamos un gran respeto. Jamás
nos permitía a los niños hablar durante las comidas,
sólo podíamos contestar las preguntas que se nos formulaban.
Hablaban los adultos: él, la madre y el abuelo.
A veces, cuando había
períodos de lluvia durante varios días y no podíamos
salir de casa, tantos como éramos armábamos buenas
trifulcas. La madre no podia dominarnos pero cuando llegaba el padre
con una sola mirada nos hacía callar a todos. Recuerdo que
en una oportunidad hubo exámenes en la escuela controlados
por los inspectores; yo obtuve muy buenas notas y al presentarle
el resultado me dijo: "Es lo único que corresponde".
Sus enseñanzas
no dejaron de acompañarme a pesar de que a los quince años
tuve que trasladarme a América. Lo vi por última vez
en ese momento. Aún recuerdo las observaciones que hacía
en ese único viaje que realicé con él, cambiando
trenes y atravesando ciudades como Burgos, León, Valladolid,
Venta de Baños y la región de Galicia. Se refería
a la pobreza y decadencia de la España de ese entonces.
Después seguí
recibiendo sus consejos por carta. Por personas allegadas a él,
sus amigos, supe muchos años después cuando viajé
para ver a la madre (él ya había fallecido), que dos
sentimientos lo embargaban cuando pensaba en sus hijos mayores lejanos.
Uno, el dolor de habernos impulsado a salir de casa a tan corta
edad para buscar otras posibilidades en la que consideraba una tierra
de promisión. Pero a la vez no reprimía el orgullo
de que jamás le hubiese llegado una mala noticia sobre nuestra
conducta a pesar de estar solos en otro continente.
Cuando miro su fotografía,
evoco su rostro pecoso y su cabello rojizo y pienso en su rectitud,
comprendo que el recuerdo que tengo de mi padre debí reconstruirlo
con lo que otras personas me contaron de él. Poco pude estar
a su lado. Me hubiera gustado conocerlo más.
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CAPÍTULO
III:
LA FAMILIA (2)
Tengo el mejor recuerdo
de mi querida "amacho" Jacoba Ozcáriz Matilla.
Era una verdadera Madre, de ancho corazón. Cariñosa
y comprensiva; con una paciencia como el Santo Job para criar y
educar a tantos hijos.
Se casó joven
y se dedicó exclusivamente a la familia. En largos días
de invierno cuando no se podía salir y estábamos todos
los niños en casa, nunca nos riñó ni nos castigó;
nos convencía siempre dándonos buenos consejos. Cuando
el padre nos retaba ella trataba de suavizar las cosas con su proverbial
diplomacia. Además de atender al esposo y a los hijos con
abnegación, cuidaba de su padre anciano, Ignacio, que vivía
con nosotros y todavía hacia favores a todos los vecinos
por lo que era venerada en el pueblo.
Solía tener fuertes
jaquecas (que heredamos varios de sus descendientes); le duraban
dos o tres días pero no podía hacer reposo a causa
de los quehaceres de la casa. Posiblemente esas dolencias estaban
agudizadas por el exceso de labores diarias. Su aspecto físico
era frágil, de baja estatura y rostro muy dulce en el que
se destacaban los ojos grandes y oscuros.
Tenía una fe y
una convicción religiosa a toda prueba; ello le permitio
sobrellevar la partida de la mayoria de sus hijos, la falta de dinero
y las vicisitudes de la Guerra Civil que la tocaron muy de cerca
ya que nuestro hermano Enrique fue herido gravemente al alistarse
como voluntario.
Falleció un 10
de agosto, justo el día de mi Santo y su pérdida me
produjo una larga depresión. No pudimos despedirla pero supimos
que en los últimos momentos tuvo un recuerdo para cada uno
de sus hijos ausentes. Era una mujer santa y seguramente ha ganado
el cielo.
Cuando volví por
primera vez a España en 1954 para visitarla, tuvimos largas
conversaciones y rememoramos con emoción episodios de la
niñez. En ese entonces ya tenía los cabellos blancos
pero conservaba la placidez de su sonrisa.
Hemos sido en total diez
hermanos: Concepción, la mayor, José, Felipa, yo,
Lorenzo, Victoriana, Jesús, Emilio, Enrique, Josefa y Juan,
todos muy seguidos en los nacimientos. AI escribir estas memorias
han fallecido varios: Concepción, que era religiosa en Córdoba,
José, que murió en un accidente de automóvil
en Río Colorado, Jesús, que esta sepultado en Laborde,
donde vivía, y Juan, el menor.
Actualmente quedamos
Felipa que vive en Echalar, en la segunda casa que habitamos de
niños, Victoriana (Vitxory), que reside en Mar del Plata,
Emilio que está en Ucacha donde tiene su comercio, Enrique
que vive en Monóvar (Alicante) ya jubilado, y Josefa (Pepita),
monja jesuitina quien se encuentra en San Sebastián, aunque
viaja periódicamente a Echalar para acompañar y atender
a su hermana mayor, y yo.
Cuando estábamos
aún todos en casa, de pequeños cada uno tenía
su labor. Por ejemplo, Concepción se encargaba de la costura,
arreglando las prendas de vestir. Yo nunca estrené ropa alguna:
las que le quedaban chicas al hermano mayor, José, me las
adaptaban para mí. Se vivía en una verdadera "economía
de guerra", así lo requerían las circunstancias
ya que una sola persona poseía un salario.
La alimentación
era a base de leche, legumbres y vegetales en general; abundaba
el "cocido" (puchero). Nunca se comía postre, salvo
en algún cumpleaños. En ese caso teníamos arroz
con leche. No había vino en la mesa; a veces, el padre tomaba
una copita de cognac luego de las comidas pero muy espaciadamente
y eso que siempre ha sido una bebida barata en España.
Entre los hermanos nos
entendíamos bien, salvo algunas disputas propias de la edad,
pero nada más. Los ejemplos de casa eran excelentes y doña
Jacoba nos inculcaba siempre buenas costumbres. Esas enseñanzas
nos sirvieron luego para no inclinarnos hacia el mal cuando salimos
de la patria.
Los varones mayores,
José, Emilio y yo tuvimos que abandonar el hogar muy jóvenes
porque el padre tenía crecientes dificultades económicas
para mantenernos a todos. Fue un verdadero alivio y así los
que se quedaron pudieron estudiar un poco más. Resultó
un poco difícil para nosotros pero tuvimos las satisfacción
de haber contrubuido al sostén de la familia desde temprano.
Ese desgarrón valió la pena.
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CAPÍTULO
IV:
LA FAMILIA (3)
A pesar que estuve tres
años (los primeros de la vida escolar) en Alsasua en casa
de la abuela paterna. Francisca Larraza Maskiaran, el recuerdo más
fuerte que tengo de mis abuelos es el del abuelo materno, Ignacio
Ozcáriz. Desde que arranca mi memoria era viudo; no conocimos
a su esposa María. Vivía contiguo a nuestra casa y
ambas viviendas tenían comunicación interna.
El era estanquero o
sea el distribuidor en el pueblo del tabaco, los cigarrillos y sellos
postales, ya que el Estado español tenía el monopolio
en toda la nación. Además poseía varias parcelas
de tierra atendidas por peones y el único toro semental que
había en esos tiempos en la localidad.
Durante la guerra del
'14 había sido contrabandista y ganó buenas pesetas
pasando por la frontera ganado y mercaderías en sociedad
con un señor Agustín Arrieta, tratante de animales
en las Ventas de Yanci. Al terminar la guerra fueron felicitados
por los gobiernos de Francia e Inglaterra. El señor Arrieta
fue condecorado por haber proporcionado a los aliados ganado en
pie y alimentos, que en definitiva los favoreció y contribuyó
a ganar la guerra ya que los ejércitos alemanes se rendían
por falta de víveres.
Por otra parte era el
caudillo político del pueblo y manejaba los hechos según
su conveniencia. En aquellos tiempos no existía el voto secreto
y las elecciones "se cocinaban" de antemano. Por ejemplo,
si se presentaban cuatro candidatos a diputados para las Cortes
y en el pueblo había un número determinado, de votantes,
el abuelo Ignacio, de acuerdo con los vecinos más caracterizados
hacia por anticipado la distribución de votos a cada uno
de los postulantes. Era, como digo, el conductor en la cuestión
política Ni qué decir que todos tenían ideas
conservadoras o liberales, pues todavía no actuaba la fracción
de la izquierda en España.
A pesar de ser íntimo
amigo de los curas del pueblo, entre ellos del padre José
María (muy fumador y al que le proveía "cuarterones"
o paquetes de tabaco que escaseaban en épocas de guerra),
jamás asistía a ceremonias religiosas ni se lo veía
por la Iglesia.
Muchos caserianos lo
consultaban sobre problemas de agricultura y de la tierra y las
propiedades en general. En nuestro pequeño pueblo se lo consideraba
como un verdadero patriarca, todo un personaje.
Nos decía mamá
Jacoba que el abuelo ya de joven tenía un carácter
raro, que luego de su viudez y con el paso de los años se
fue deteriorando. Ya anciano se había vuelto caprichoso y
hosco por sus achaques.
Permanecía en
cama pero no dejaba de comer caramelos y dulces pues era extremadamente
goloso. Me pedía que le escribiera cartas a los políticos
que tenían relación con él y me llamaba "su
secretario particular". Luego de dictarme me pagaba con algún
caramelo de los muchos que llevaba en sus bolsillos.
A veces lo cuidaba una
criada, "la Joshepa", de un carácter muy fuerte;
hacía lo que ella quería y manipulaba al abuelo a
su antojo por to que él después se ponía furioso.
Una mañana la
madre me dijo (yo tendría unos diez años): "Vete
a ver al abuelo (atauchi), que se encuentra en la cama enfermo y
pregúntale cómo está y si necesita algo".
Yo me acerqué a la cama y tuve el siguiente diálogo
con él, en vasco:
"-¿Buenos días
abuelo?". Me contestó de bastante mal humor:
-"Buenas..."
"-¿Dice la mamá
que si necesita algo?"
"-No necesito nada",
dijo amargado". Le volví a hablar:
"-Dice la mamá que
cómo está". Él repuso:
"-Estoy mal"-
Yo, como cosa de chicos dije:
"-¿Qué es
lo que tiene usted para estar mal?"
Me contestó:
"-Tengo una enfermedad
muy grave"
Le volví a preguntar:
"-¿Cuál es
esa enfermedad que llama usted tan grave?"
"-iVejez!"(zarriya),
contestó. Tenía más de 85 años en ese
entonces.
Cuando vine a la Argentina
aún vivía y me recomendó que me portara bien,
que tuviera cuidado con las amistades y, como a él le gustaba
jugar algún billete de lotería de vez en cuando, me
aconsejó que "había que tentar la suerte".
Después
de tantos años conservo en la memoria la imagen de "Inashio":
la indumentaria del abuelo consistía en una larga blusa característica
de los negociantes de ganado y acostumbraba usar dos pares de pantalones,
uno sobre otro y ambos muy amplios. En la cabeza, la típica
boina vasca.
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CAPÍTULO
V
LA VIDA EN ARRÍA
Todos los hermanos nacimos
en la casa llamada "Arría" (piedra). El abuelo
Ignacio tenía varias casas de su propiedad: Arría,
Xurinea, y otras dos: Anchurdenea, donde atendía el estanco
y donde guardaba las vacas, es decir esta le servía de establo.
Cuando murió el abuelo llegó momento de repartir los
bienes; la casa de Arría le tocó al tío Alfredo,
hermano menor de mamá Jacoba, y a nosotros Xurinea, donde
viven actualmente las hermanas.
Arría se compone de varios pisos. En la planta
baja tenía su carpinteria el tío Alfredo. En el primer
piso vivía él con su familia (la tía Ana Brunetón,
y tres hijos, nuestros primos, Ignacio, Pilar y José María).
En el segundo piso estábamos los Legaz. Había un tercero
que utilizábamos como adicional, depósito y un dormitorio,
el de la hermana mayor, Concepción.
El segundo piso tenía cocina, comedor y tres
dormitorios. Usábamos cama de una plaza, pero dormíamos
dos en cada cama con almohadas de ambas partes. No teníamos
baño instalado pues no había agua corriente, como
dije antes. Para lavar la ropa, debíamos llevar el fuentón
a una regata que pasaba cerca de la casa. La madre lavaba y luego
los hijos teníamos que ayudarla a volver el barreño,
para tender en el balcón del tercer piso. Cuando se compraba
leña para el fogón -ya que no existía cocina
económica- había que subirla toda al hombro, (un carro
entero) al desván. Poco a poco hasta terminar.
Como en Echalar
hace inviernos fríos y húmedos, los edificios son
de paredes de piedra, de casi ochenta centímetros o un metro
de espesor. En aquellos tiempos no había estufas ni aparatos
de calefacción, el único calor provenía del
fogón y un par de hornillos de carbón. Había
pocas comodidades pero vivíamos contentos y felices.
Como dije en otra parte, nuestra alimentación
era sencilla; muy poca carne consumíamos porque resultaba
cara; pan del día anterior. Lo comprábamos en la panificadora
local y mamá Jacoba guardaba la llave del armario que lo
contenía. Más de una vez se olvidaba de cerrarlo y
al poco rato se había terminado: como éramos pequeños
y sanos teníamos un apetito de primera. En verdad, no pasábamos
hambre pero tampoco comíamos de más; nunca había
abundancia. Los caserianos que consultaban al padre y a los que
asesoraba y ayudaba, a veces le Ilevaban huevos, pollos, morcillas
o chorizos cuando carneaban. Ni qué decir que, cuando ocurría
eso, era un día de fiesta.
Recuerdo que el tío
Benedicto, que estaba en Argentina, volvió a España
enfermo (problemas de columna) y estuvo en cama reponiéndose,
dieciocho meses acostado en una tabla. Todas las semanas viajaba
a San Sebastián para que lo tratara el médico especialista.
En uno de esos viajes, y ya próxima la Navidad, compró
turrones, mazapanes y almendras, que la madre ocultó muy
bien. Pero, descubierto el escondite, íbamos "rasguñando"
cada rato de los paquetes. El caso es que terminamos con todo. La
madre se enojó, pero el tío nos apoyó y volvió
a hacer la misma compra para Navidad.
Como expliqué en otro capítulo, cada
uno en la casa tenía su labor antes y después de ir
a la escuela, entre ellas cuidar al hermanito más pequeño,
pues siempre había uno para Ilevar en brazos. Al atardecer
nos dejaban ir a jugar un rato pero en cuanto tocaban la campana
del Angelus debíamos regresar a casa.
Siempre comparo las características de nuestra
niñez con las que protagonizan ahora muchos chicos. Cuando
van a la escuela, los padres no les enseñan a cooperar en
el hogar, e inclusive los esperan a la salida de clases con su auto
para evitarles todo esfuerzo. Algunas veces nosotros tuvimos que
ir a cumplir nuestra obligación en calles nevadas y con miedo
de resbalarnos. Quizás sea contraproducente el exceso de
confort.
Lo mismo pasa con la
libertad: se ha ido de un extremo a otro. Mientras los niños
no tienen experiencia del mundo, corren peligro cuando andan solos
a altas horas de la noche. Creemos que podría haber un poco
más de disciplina y vigilancia en la crianza y educación
y exigirles un mayor esfuerzo y no que las cosas sean demasiado
fáciles. Es complicado lograr un equilibrio, pero en nosotros
y en nuestra voluntad está intentarlo.
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CAPÍTULO
VI:
LA VIDA EN ECHALAR
(LAS FIESTAS)
Como todos los pueblos,
Echalar tiene su patrono, la Ascensión de Nuestra Señora,
la Virgen María. Por lo tanto su fecha es el 15 de agosto
de cada año, en pleno verano de aquel hemisferio.
Los festejos -que continúan
ahora casi con las mismas alternativas que en mi niñez-
comienzan el día 14 cuando desde el Ayuntamiento se dispara
el cohete anunciándolos. A las ocho recorre las calles del
pueblo la Banda de Música (en los últimos años
lo hace la orquesta), alegrando a los vecinos. La comparsa de gigantes
y cabezudos hace el mismo recorrido.
El día 15, a las
diez de la mañana, se realiza una solemne Misa Mayor en la
Iglesia Parroquial, a la que asisten junto con todo el pueblo, el
alcalde y sus concejales. Al entrar el cuerpo municipal, el párroco
les ofrece el agua bendita. Cuando termina el oficio religioso,
los miembros del Ayuntamiento regresan a la Casa Municipal y se
sirve un vino de honor. A las doce y media se puede gozar la exhibición
de danzas vascas por los grupos de la localidad. Por la tarde hay
baile en la plaza animado por banda y orquesta hasta el oscurecer.
Luego de cenar y tomar abundantes vasos de vino, prosigue el baile
hasta la medianoche. (En la época actual este baile se prolonga
hasta las tres de la madrugada).
El día 16 a la mañana tiene lugar un
partido de pelota entre pelotaris profesionales de la región;
los enfrentamientos son de distintas categorías: benjamines,
alevines, infantiles, juveniles y mayores. Se sabe apostar y mucho,
pues el juego es libre. Se hacen también desafíos
de hachas y arpanas, se cortan troncos de 45 y 54 pulgadas... En
todas estas pruebas resalta la fuerza y la destreza de los aitzkolaris
(hacheros) y los trontzalaris (arpaneros). Por la tarde, en la presa.
se efectúa la pesca del pato y la kukaña.
Los días subsiguientes repiten más o
menos el mismo prograrna, alternando con campeonatos relámpagos
de mus, peleas de carneros, entre otras destrezas y entretenimientos.
En los últimos años, según vemos en los programas
que nos envían desde el pueblo, se han agregado a los actos
tradicionales -que se conservan- carreras de bicicletas, rallys
de automóviles y kartings hasta Lizayeta, frontera con Francia.
Ahora se privilegian los juegos infantiles y el teatro ikastola.
incluso se establece una tarde de las Fiestas como dedicada a los
niños.
Como en esta zona los pueblos estan cercanos, cinco
o seis kilómetros unos de otros, llegan de las localidades
vecinas, autobuses llenos de jóvenes de ambos sexos. Todos
los espectáculos son gratuitos, ya que el Ayuntamiento tiene
partidas asignadas para financiar las Fiestas Patronales. Cuando
éramos niños, el baile se componía de jotas
vascas, pasodobles, mazurkas y polcas, ahora se ha modernizado con
música de actualidad y de influencia norteamericana e inglesa,
como en todas partes.
El último día de la Fiesta, o sea el
19 de agosto, en un caserío llamado Olazarra. se celebra
el famoso "asado americano", que preparan aquellos vecinos
que estuvieron algunos años en América del Sur, sobre
todo en el Río de la Plata (Argentina y Uruguay). Se trata
de carne asada, lo que aquí se llama "asado con cuero"
que hacen en unos hierros hincados en el suelo y con brasas alrededor.
Se come mucho en el transcurso de toda la Fiesta y
se bebe más. El caso es que, cuando regresan, la mayoría
de los asistentes, saben estar bastante alegres. El pueblo vasco
en general (dejando de lado las apreciaciones sobre la bebida) es
de espíritu festivo y amante de los bailes y las diversiones,
pero cuando acaban vuelve a su laboriosidad habitual, para sacarle
a la tierra su máximo rendimiento. Ésta es pobre y
todo depende del esfuerzo del hombre.
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CAPÍTULO
VII:
LA VIDA EN ECHALAR
(LAS PALOMERAS)
"Las Palomeras"
son famosas en toda España y se le han dedicado innumerables
artículos periodísticos. En el límite entre
Francia y España, entre Sara y Echalar, hay una garganta
en la montaña, entre las hayas: allí están
"Las Palomeras". Como las palomas torcaces que habitan
Rusia, Noruega, Finlandia, por instinto se trasladan en invierno
al norte de África buscando calor, pasan por esa zona.
En torno de los enormes y centenarios árboles
se colocan redes de unos quince metros de altura, y en varios puntos
estratégicos unas torres de madera parecidas a los mangrullos
de la guerra del desierto argentino (trepas). Los hombres encargados
de esa tarea tienen una vista de águila pues ven las bandadas
de palomas que vienen desde muy lejos; luego con toques de corneta
convenidos, avisan al grupo de la cercanía de las palomas.
Agitan unas banderas blancas y con gritos van atrayendo a esas bandadas.
Desde las trepas les
tiran unas paletas de madera pintadas de blanco, que les hacen creer
que es algún milano o halcón que las persiguen. Instantáneamente
las bandadas son atraídas y descienden volando al ras del
suelo. No ven las redes que están entre los árboles.
Como ya les avisan desde la torre más cercana que la bandada
se está aproximando, los hombres que manejan las redes, ya
en guardia, sueltan las riendas de esas redes (tienen unos anillos
de hierro).
Las palomas quedan enredadas
sin necesidad de ningún golpe y en segundos están
en el suelo y los palomeros tienen todo su cargamento. Las redes
son de cáñamo y siempre las están remendando
para que no tengan orificios por donde escapen las palomas. Luego
de la caza las colocan en cestas para venderlas en el mercado; pagan
buen precio por ellas.
El equipo de palomeros es del mismo pueblo y el oficio
pasa de una generación a otra, por eso los actuales son hijos
y nietos de los viejos palomeros. Los antecedentes de esta tradición
se remiten al siglo XVII, aunque para los lugareños exista
"desde siempre". Antiguamente los notables y autoridades
de ambos lados de la frontera tenían reservados sus propios
puestos.
Después que se acaba el trabajo con las redes
los cazadores tienen permiso para tratar de cazar algunas que se
han escapado. (Eso es lo más combatido por los ecologistas
y defensores de la vida animal).
Esos puestos de cazadores salen a subasta antes de
la temporada y son pagados a precios altísimos. Los días
buenos de caza alcanzan a veinte o treinta docenas diarias. Es más
fácil con el viento norte (frío), pues el sur, que
en vasco llaman "viento loco", pone a las palomas mucho
más difíciles de ser cazadas.
La temporada de palomeras abarca dos meses: entre mediados
de septiembre y mediados de noviembre. De niños fuimos varias
veces a presenciar esa caza de palomas. Íbamos a pie por
aquellos Pirineos y a la vez pasábamos un día de campo,
ya que nos daban una tortilla con pan y bebíamos agua pura
de los manantiales que surgen de cada pliegue de los montes. Éste
era uno de los pocos momentos de esparcimiento que teníamos.
Nuestros entretenimientos pueden considerarse realmente sanos porque
transcurrían en permanente contacto con la Naturaleza.
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CAPÍTULO
VIII:
LA VIDA EN ECHALAR
(LUGARES Y PERSONAJES)
No sé si
con exactitud pero con cierta nitidez recuerdo ahora algunos lugares
y personajes típicos de Echalar. Entre ellos esta "Gala
- riko - Esponda", la curva que el río Tximista describe
antes de llegar al pueblo. Hay allí una especie de remanso
(playita) donde nuestra madre, Jacoba, nos permitía bañarnos.
Lo mismo tengo
presente la cuesta de Akoka, subida muy pronunciada de la montaña
que ascendíamos a menudo para llegar al caserío de
ese nombre. En la ladera se encuentra el depósito de agua
que proviene de los manantiales y desde donde se provee de agua
corriente a todo el pueblo.
En la época
de verano, cuando las Iluvias son escasas, la presión no
alcanza para que el líquido llegue a los pisos altos; tal
lo que ocurre muchas veces en nuestra casa actual de Xurinea, donde
viven las hermanas Legaz.
Muy ligado a nuestra emoción tengo presente
el edificio de la escuela en la que papá era maestro. Fue
ofrecido por Leandro Ozcáriz Armasa, hermano del abuelo Ignacio,
que estuvo en Cuba y desde allí envió su donación.
Por eso hay una placa en el Ayuntamiento que menciona esa circunstancia.
Otra casa que nos convocaba de niños: la Xirrima, antigua
tellería donde el tío Alfredo tenía un aserradero
de madera para luego realizar sus artesanías de muebles y
objetos de adorno.
Nos Ilamaba la atención "Gaztelúa",
una mansión tipo castillo con un famoso escudo de piedra
de sus antiguos propietarios, los condes de Gaztelna. Sé
que ahora está deshabitado y muy viejo.
Al lado de nuestra casa había un almacén,
Casa de Lara, atendido por Doña Tomasa. Su marido, que era
castellano, tenía una jardinera (pues todavía no había
autos) para llevar pasajeros y mercaderías hasta las localidades
vecinas. Cuentan que un día al subir la famosa cuesta de
Irún, se rompió la cincha del caballo y todos los
pasajeros cayeron a la carretera. Como nadie se lastimó fue
considerado un episodio jocoso.
Han permanecido también en mi memoria de aquellos
años algunos personajes, ya sea porque nos parecían
extraños, ya sea porque estabámos orgullosos de ellos.
Éste era el caso de un vecino llamado Modesto Irisarri. Llegó
a ser campeón de acordeón de la comarca y luego ganó
varios concursos en Suiza y Alemania. Lamentablemente falleció
en un accidence de automóvil durante la Guerra Civil.
Entre los extraños
figuraba una familia: los Ashura: algunos comentaban que eran gitanos
y su tez morena parecía ratificarlo. Salían por la
noche, con linternas, a pescar salmones y truchas y se los vinculaba
con el contrabando. Hablaban el vasco medio andaluzado y no eran
muy apreciados en el pueblo porque no se integraban a la mayoría
de los pobladores.
Un personaje típico era el sacristán
("Santtuss"). Cuando pasaba el limosnero para pedir por
la Iglesia, hacía muecas con los ojos y la boca. Como le
gustaba mucho el trago las "malas lenguas" comentaban
que al estar "alegre" vendía a sus hijas, unas
jóvenes agraciadas, por un vaso de vino. Los domingos por
la tarde, al Ilegar a la Parroquia con unas copas de más
intentaba encender los cirios del altar con una caña en cuyo
extremo se acoplaba una vela encendida. Su cuerpo se mantenía
en difícil equilibrio ¡Imposible acertar y encender
una sola!
Quiero recrear también la figura del farmacéutico
José 0suna (cuya hija Aurea, "Aureíta" para
sus allegados), continuó con la misma profesión hasta
hace poco tiempo, y en la farmacia ubicada en la planta baja de
Xurinea. En la antesala de su "botica" se realizaban tertulias
y partidos de tresillos. Era egresado de Filosofía y Letras
y resultaba muy conocida su afición al Quijote. Se sabía
casi de memoria la gran novela de Cervantes. No había un
lector tan voraz como él e inculcaba a sus amigos el amor
a la lectura.
Finalmente recuerdo a Don Francisco Bayona. Fue médico
de Echalar durante muchos años; en 1923 cuando yo vine a
la Argentina ejercía esa profesión y en 1954 cuando
hice mi primer viaje a este pueblo natal, todavía trabajaba
allí. Nunca se enriqueció pues era médico municipal
y tenía sólo ese sueldo del Ayuntamiento. Como excelente
médico rural atendía solícitamente a cualquier
hora, de día y de noche, a caballo por aquellos montes. La
única fortuna que hizo en su larga carrera profesional fue
un auto modesto y la carrera de sus dos hijos. Uno de ellos, Javier
Mary es en la actualidad el médico del Ayuntamiento. Don
Francisco Bayona era un verdadero ejemplo para los que se dedican
a curar: atento y solícito con sus enfermos, tratándose
con cariño y sacrificándose por ellos.
iQué presentes tengo esas imágenes en
mí! iPor momentos no me parecen del pasado sino de un continuo
presente que no cambia!
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CAPÍTULO
IX:
EPISODIOS DE MI
NIÑEZ
(ALSASUA Y ECHALAR)
Conservo recuerdos de
mi infancia desde Ios seis años aproximadamente. Uno de ellos
es de 1914, cuando nuestro padre volvió de San Sebastián,
ciudad vecina, con la noticia de que Francia había declarado
la guerra a Alemania. Como estábamos en la misma frontera
francesa, nuestro pueblo temía los riesgos de esas circunstancias.
Por suerte España se mantuvo neutral.
Si bien la mayoría
simpatizaba con los aliados, el gobierno no tomó partido.
Muchos vecinos de Echalar hicieron fortuna pasando contrabando a
Francia, sobre todo de ganado en pie (caballos), mulas y también
vacas. Francia pagaba altos precios en los últimos tiempos
de la contienda. Esas pingües ganancias se lograban con las
consabidas propinas a los carabineros que patrullaban la frontera
y hacían "la vista gorda".
En esa época tuve que alejarme de casa por primera
vez para vivir en Alsasua. Tenemos una cassette que nos regalaron
en España, del acordeonista Enrique Celaya: en verdad un
virtuoso en la ejecución de ese instrumento y especializado
en música vasca. Éste Celaya es nacido en Alsasua.
Nos acordamos de que nuestro tío, Martín Celaya, nacido
también en esa localidad era casado con la tía Paca,
hermana de nuestro padre Pablo. Estimamos que este acordeonista
debe ser de esa familia, pues tengo presente que había varios
Celaya en Alsasua, y todos estaban emparentados. Entonces este "mago
del acordeón" debe tener alguna vinculación familiar
con nosotros.
Pasé tres años junto a la abuela Francisca
Larraza, madre de papá y a la tía Paca, mi madrina,
que en ese entonces era soltera. Fui a la escuela allí y
así se aliviaba un poco el mantenimiento de la familia Legaz
de Echalar.
Alsasua era un pueblo que constaba de una calle larga
muy extendida desde la estación del ferrocarril hasta la
plaza. En el pueblo se bifurcaba la línea férrea:
una hacia Madrid, la otra a Pamplona. Hacíamos paseos por
la vía del ferrocarril hasta las aldeas vecinas: Urdiain,
Bakaik:ua y Echarri-Aranaz.
La escuela estaba sobre una cuesta; abajo era el lavadero
del pueblo donde las mujeres Ilevaban sus ropas para asearlas. En
Alsasua se cosechaban mucho las patatas (papas) y la abuela tenía
una huerta grande; solí sacar bastante y mandaba algunas
bolsas como regalo a Echalar.
Todos los años por el mes de octubre se celebraban
verbenas y romerías muy divertidas. Tengo imágenes
muy gratas de mi vida en casa de la abuela. Allí yo era el
único niño y todos los "mimos" eran para
mí, no como en casa donde éramos muchos y pocas caricias
nos tocaban a cada uno.
Recuerdo que cuando Enrique nació, un 26 de
abril, yo estaba jugando a la pelota y vino la hermana Felipa a
decirme que dejara de jugar porque teníamos un hermano más.
Seguí jugando y le contesté que me dejara en paz,
ya que todos los años había aumento de la familia.
Después de ese tiempo que viví en Alsasua,
con tanto afecto y atención, al regresar a Echalar, me costó
mucho integrarme de nuevo a la casa. En los primeros días
me sentía extraño y trataba con indiferencia a los
hermanos. Los padres tuvieron una conversación en la que
comentaron lo contraproducente que había sido alejarme tanto
de la familia. Esto sucedió sólo al principio; luego,
poco a poco, me habitué a compartir lo bueno y lo malo con
los demás.
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CAPÍTULO
X:
EPISODIOS DE MI NINEZ
(TRAVESURAS Y PRIMERAS LABORES)
Como decía
en otra parte de estos relatos en nuestra familia había una
verdadera disciplina "militar" y cada uno debía
desarrollar tareas para contribuir al desenvolvimiento de la vida
diaria: encerar los pisos de madera, Ilevar la leña al desván,
cuidar al hermanito menor... Sin embargo, como todos los niños,
hacíamos también travesuras.
En casa estaba
enfermo el tío Benedicto con un problema de ciática
y aunque muchos especialistas lo habían tratado, el médico
rural de Echalar, Francisco Bayona, "dio con la tecla"
para su curación. Nuestra madre lo cuidaba con cariño.
El caso es que
un sábado por la tarde me mandaron que fuera a casa de Román
Aguirre (un señor que se proveía en los caseríos
de huevos y pollos y luego los llevaba al mercado de Irún)
a comprar una docena de huevos para la comida del tío convaleciente.
Salí de casa y cuando pasaba por la plaza varios amigos que
estaban en el frontón, me invitaron a jugar un partido de
pelota. Jugamos uno y otro partido y cuando me di cuenta ya anochecía.
Regresé
a casa y le mentí a mamá diciendo que no había
huevos en lo de Roman. Como dicen que se descubre a un mentiroso
antes que a un rengo, sucedió que al día siguiente
domingo, papá se encontró con el señor Román
y le comentó que parecía mentira que en el pueblo
no se consiguiera una docena de huevos para un enfermo. Al replicarle
el vecino que yo no había estado allí para realizar
el mandato, papá se dio cuenta de lo que había ocurrido.
Llegó
a casa y se enfrentó conmigo: ¿Así que en lo
de Román no había huevos?". Me pegó una
bofetada que me hizo retroceder sobre el armario. Agregó
luego: "Me hubieras dicho la verdad. No hay que mentir y menos
a los padres". Me mandó al desván castigado y
sin comer: "Que sea la última vez que me digas una mentira".
Lo cierto es que
todo ese domingo estuve en el desván sin alimentarme. Mamá
no me defendió y era lógico que no lo hiciera. Me
hizo bien el castigo pues desde ese día no volví a
mentir. De este episodio quiero rescatar la rectitud de nuestro
padre que quizás era demasiado severo, sobre todo si se lo
compara con la actualidad.
En otra oportunidad,
luego de salir de la escuela, con otros niños nos dirigimos
al caserío de Larrabeta. Era primavera y sabíamos
que allí habia cerezas. Los árboles estaban en el
interior de un prado. Sacándonos las alpargatas, nos las
atamos al cuello por los cordones y nos trepamos para robar la fruta.
Las cerezas estaban exquisitas. Las que nos sobraban las poníamos
entre la camisa y el pecho ("colco").
Al rato fuimos
descubiertos por el dueño en esta acción y nos largó
varios perros, profiriendo agudos gritos. Saltamos descalzos de
los árboles y corriendo a gran velocidad nos pusimos a salvo.
AI día siguiente el damnificado se quejó ante el maestro,
nuestro padre, y cuando nos individualizó tuvimos una buena
reprimenda y nos quedamos sin recreo varios días.
Así transcurría
el tiempo de mi ninez; concurría a la escuela y luego el
organista del pueblo nos enseñaba solfeo. Como teníamos
oportunidad de aprender gratis algún instrumento musical,
me dediqué al clarinete y formamos una Banda Municipal con
otros jóvenes. Tenía diez años; me acuerdo
que mis dedos de chico apenas llegaban a tapar las clavijas del
instrumento.
En el año
1918 cuando terminó la Primera Guerra Mundial, nos contrataron
para tocar en el pueblo francés de Sara ("Sare"),
cercano al nuestro. (De Sara era oriundo el abuelo del futuro presidente
argentino, Irigoyen).
Estuvimos cuatro
días y recuerdo los festejos. Me quedó grabado que
en ese pueblo de apenas mil habitantes murieron 34 jóvenes
y los que regresaron daban mucha pena: casi todos estaban mutilados.
En Sara lo pasamos bien y nos pagaron algunos francos que le di
a mi padre. Luego tocaba todos los domingos por la tarde en la plaza
para que la juventud bailara.
Además ayudaba
como escribiendo en la Secretaría del Ayuntamiento y esos
pequeños haberes siempre los entregaba para los gastos de
la casa (una peseta semanal). Era poco pero ya empezaba a ayudar
a la familia.
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CAPÍTULO
XI:
EPISODIOS DE MI NIÑEZ
(MIS PEQUEÑOS VIAJES)
Como había
contado en un capítulo anterior, una de las actividades de
nuestro padre era cobrar los recibos de la luz eléctrica
y de las letras de cambio que en aquellos tiempos se utilizaban
para el pago de las facturas de comercio. Venían esas letras
de cambio con diez días de vencimiento y una vez aceptadas,
cuando llegaba el plazo, había que ir a efectuar el cobro
de ese dinero.
Como en Echalar
no había sucursal de Bancos, me tocaba a mí Ilevar
el efectivo a la vecina localidad de Vera del Bidasca. Unos ocho
kilómetros era la distancia, todo entre montañas.
En casa había una bicicleta vieja, muy torpe, que se deslizaba
con más o menos normalidad en el Ilano pero escalaba los
montes con mucha dificultad.
Sin embargo, al
no contar con otro vehículo, debía ir en ella, a menudo,
para hacer ese trámite. Llevaba los billetes en el bolsillo
interior con un alfiler de gancho y los duros (monedas de cinco
pesetas) en un paquete, en el cuadro de la bicicleta. Yo apenas
tenía once o doce años. Mamá Jacoba siempre
temía por mis viajes, tanto es así que me prometía
darme a merendar una barra de chocolate si regresaba pronto. Por
eso trataba de demorar lo menos posible.
En uno de esos viajes, cuando llegaba cerca del puerto
de Lesaca, había al lado de la carretera una tribu de gitanos
acampados. Los vi desde lejos y tuve bastante miedo pero reaccioné
y tomando coraje acelere todo to posible. Quisieron cortarme el
paso pero pasé como una exhalación entre ellos. Por
suerte al regreso ya se habían ido.
Más adelante vi un automóvil detenido
en el camino, de los primeros que llegaron a España, "Panard
Levaso" (francés). En él estaban un señor
y unas senoritas. Se les había terminado el combustible y
el señor me pidió por favor que fuera a Vera, donde
el vivía, y le trajera un poco de gasolina, ya que todavía
no existían los surtidores para expedir combustible. Así
lo hice y le llevé en un bidón la nafta. Me regaló
dos pesetas que después entregué a la madre.
Me enteré al poco tiempo que se trataba de un
escritor muy conocido, Pío Baroja. Tenía fama de ser
poco amable, lo llamaban "el hombre malo de ltzéa",
nombre de la casa que habitaba y que en la actualidad es un Museo.
Hace un tiempo leí una novela de él, "Las inquietudes
de Shanti-Andia", que describe la vida aventurera de un marinero
vasco, y evoqué ese episodio de mi infancia.
Otra de las experiencias
en cuanto a esos pequeños viajes ocurrió unos meses
después. En esa oportunidad debía ir a San Sebastián,
distante 40 kilómetros de Echalar para buscar inyecciones
que le colocaban al tío Benedicto. Había que hacer
el trayecto primero a pie hasta la estación de ferrocarril,
luego en tren hasta Irún y luego en otro tren hasta San Sebastián.
Un día demoraron
en prepararme las inyecciones en la farmacia. El caso es que salí
de allá como una hora más tarde de to habitual. Y
cuando llegué a Irún, ciudad distante 20 kilómetros
de nuestro pueblo, el último tren ya se había marchado.
Mis padres, sólo me habían dado dinero para los billetes,
nada más, por lo que no podía quedarme en esa ciudad.
Era invierno, ya
casi de noche, pero no tenía más remedio que emprender
a pie la marcha por la carretera entre montes y abundantes árboles.
Cuando arribé a Endarlaza, me detuvo en un puesto de carabineros
una patrulla de la policía. Les dije mi nombre, la edad (cartorce
años) y los puse al tanto de lo que me había ocurrido.
Luego en otro puesto
de esa misma policía, entre Vera y el Puente de Lesaca, otra
pareja de carabineros me detuvo nuevamente y les dije lo mismo.
Recuerdo que tuvieron compasión de mí e incluso me
acompañaron un pequeño trecho para darme un poco de
ánimo porque se dieron cuenta del estado en que me encontraba.
Seguí por
la carretera adicional y las sombras de los árboles a ratos
me daban la impresión de que alguien me seguía. Pero
poco a poco iba avanzando a pesar del miedo. Por fin me di cuenta
de que no me faltaba mucho para Ilegar.
Estuve en la puerta
de casa hacia las dos de la mañana, muerto de miedo. Tire
una piedra a la ventana del dormitorio donde estaban los padres,
se despertaron y me abrieron la puerta. Les conté lo sucedido
y expliqué que no había podido quedarme porque no
tenía dinero ya que ellos sólo me habían dado
para los billetes del ferrocarril.
Desde ese día
me dejaban algunas pesetas más cuando viajaba, para una emergencia
como la que me había ocurrido.
Así eran las cosas en aquel entonces. Esa noche
tuve que sacar fuerzas dentro mío para sobreponerme. Así
nos hacíamos hombres.
De esa manera,
entre travesuras, primeros trabajos y pequeños viajes, iban
transcurriendo los días entre la niñez y la adolescencia.
Una tarde, en San Sebastián,
el tío Alfredo me Ilevo a ver mi primera película:
era una producción francesa y se llamaba "Violetas imperiales".
Quedé fascinado. Por ese entonces ya había comenzado
los trámites para viajar a América.
Fin de la Primera Parte