Suizos
DESDE SUIZA HACIA LA CONFEDERACION ARGENTINA
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Por Prof. Lic. Mónica A. MorenoHace 144 años atrás, en 1857, la Confederación Argentina ofrecía una perspectiva amplia de esperanzas, de vida digna para el agricultor y de tierras fértiles.
Mientras que en el viejo continente, precisamente en Suiza, desde 1848 habían comenzado los problemas, sin que el cantón de Valais fuese la excepción: una ley prohibió a los nacionales servir a países o reinos extranjeros, por lo cual gran cantidad de mercenarios se vieron obligados a regresar a sus pueblos sin trabajo ni recursos.
La miseria había comenzado a sentirse en el cantón alrededor de 1850, debido al exceso de población y a la falta de tierras a lo que se sumaron las inundaciones del río Ródano y frecuentes incendios masivos en las casas de madera.
Por estos motivos, salieron de Valais los carros que transportaban las primeras familias hacia América. Desde el puerto francés de Havre, salieron los Dupraz, los Addy, los Rudaz, los Favre, los Micheloud, los Bonzon, los Thenisch, y muchos otros.
La travesía duraba ochenta días en barco, donde las plegarias eran el único consuelo ante el hacinamiento y la falta de alimentos; eran trescientos cincuenta y una personas soportando lo insoportable en busca de un mundo mejor. Pero una vez llegados al puerto de Buenos Aires, los nuevos inmigrantes se encontraron con una desagradable sorpresa: el contrato de colonización para la formación de centros agrícolas en la provincia de Corrientes en virtud del cual habían viajado, estaba vencido.Fue entonces cuando Carlos Beck, socio de la empresa europea Beck, Herzog y Cía., dedicada a la emigración y participante de la firma de aquel contrato, decidió actuar dirigiéndose al presidente Justo José de Urquiza, de quien obtuvo autorización para la instalación colonial en tierras entrerrianas.Consiguió el otorgamiento de 20 cuadras de terreno para cada familia, dinero para establecerse y empezar a trabajar, y alimentos por un año. Su destino serían los campos de Ibicuy, al sur del departamento de Gualeguay, donde llegaron a principios de junio de 1857, pero una creciente del río Paraná demostró que no era ese el lugar más propicio para el asentamiento agrícola.
Por orden del General Urquiza, el agrimensor francés Carlos Saurigues, encargado de la administración, dispuso el traslado de los colonos a la Calera de Espiro, al norte de Concepción del Uruguay y, para el 28 de junio, se hallaba navegando el núcleo de inmigrantes que jugaría un rol de importancia en el movimiento colonizador de Entre Ríos.
Los colonos se asentaron en las cercanías de la costa, en casas improvisadas hasta el momento de la limitación definitiva de los terrenos que les serían asignados, y de este modo pasaron los primeros días en las costas del río Uruguay, donde se halla actualmente la ciudad de Colón.
Sin embargo, un movimiento más les esperaba, ya que, dadas las dificultades que la ribera presentaba para la actividad agrícola por sus características pedregosas, sus lotes comenzaron a entregarse desde una legua de la costa hacia el oeste y luego hacia el norte, hasta el arroyo Perucho Verna.
Comenzó entonces la tarea de la construcción, para lo cual era utilizada la piedra y la cal abundante en la región.
Durante el transcurso del mes de julio, arribaron otros contingentes, originarios en su mayoría de Valais, y así el número de personas superó ligeramente las quinientas, grupo que puede considerarse como fundador de la colonia, en tanto se completó cuando todavía los primeros inmigrantes arribados al lugar se hallaban provisoriamente alojados en la costa del río Uruguay.
Estos inmigrantes, en su mayoría suizos de Valais, de habla francesa, en un 90 por ciento católicos, fueron los fundadores de la colonia de San José.
Cada familia firmaba un contrato, cuyo texto se presentaba en castellano y en francés y según el cual recibía de Urquiza 16 cuadras de terreno, cien pesos que serían entregados a la administración para comprar objetos de primera necesidad para las familias como por ejemplo: semillas, bueyes de labranza, caballos, vacas lecheras, madera y leña y la manutención de la familia durante un año desde su llegada a razón de diez libras de carne y tres libras de fariña por día para cinco personas adultas.
Por su parte, los colonos tenían la obligación de permanecer en la tierra y trabajarla hasta la cancelación de la deuda y aun después, su venta quedaba condicionada a la predisposición del comprador y a continuar desarrollando las tareas de agricultor en ella.
La administración, que en un principio estuvo a cargo de Sourigues, pasó a manos de su compatriota Alejo Peyret a fines de 1857; en tanto que los inmigrantes velaban por los intereses colectivos mediante el Concejo Municipal, compuesto por cinco miembros, elegidos entre los colonos.
Una vez organizados, enfrentaron problemas como el desarraigo, la langosta y la sequía. Trabajaron el maíz, la papa, el algodón, el maní, el tabaco y los árboles frutales; y sumaron maquinaria a su férrea voluntad y el incentivo financiero y moral que les daba el general Urquiza.
Con el devenir del tiempo, la colonia prosperaba cada vez más, lo que permitía que sus habitantes indujeran a sus familiares y amigos a trasladarse al venturoso lugar.
Sumado a esto, el ingreso de inmigrantes también estuvo incentivado por el accionar de las agencias de emigración y por el presbítero Lorenzo Cot, quien en 1859 viajó, por orden de Urquiza, a Suiza con el fin de activar la inmigración.
Entre junio de 1860 y octubre de 1861 siguieron ocho olas migratorias considerables y en abril de ese mismo año, comenzó a funcionar la escuela, cuya construcción estuvo a cargo de los mismos colonos; como así también la comisaría y el juzgado de paz(1862) y la municipalidad (1863).