Creación de la Bandera


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CONSIDERACIONES SOBRE LA
CREACIÓN DE LA BANDERA NACIONAL



  Muchos han sido los hombres y mujeres que dejaron una honda huella en nuestra historia. Por las circunstancias políticas en las que les tocó vivir y actuar, y fundamentalmente por sus grandes merecimientos y patriotismo, destacaremos la labor de Manuel Belgrano. Actor decisivo en las jornadas de la Revolución de Mayo, tanto por su actuación anterior como posterior a 1810, sacrificado ejemplo de pureza cívica y valentía militar, fue el creador de la bandera, síntesis emblemática de la nacionalidad Argentina.

  La primera bandera surgió en la historia con el primer pueblo que debió aglutinar a sus hombres para defender su suelo, y su veneración se inició con la primera victoria.

  Nuestra bandera, asociada para siempre al nombre de su ilustre creador, nació durante una revolución, la revolución de la libertad, de la independencia y de la soberanía popular y fue concebida heroicamente en la víspera de una batalla. Por eso nosotros, los argentinos, la sentimos como el signo de nuestra historia, de nuestras libertades, de nuestros derechos, de nuestra dignidad como nación.

  Con razón ha podido decir el historiador y fundador del Museo Histórico Nacional, Adolfo P. Carranza: “Nuestra bandera ha sido auxiliadora y generosa a todos los rumbos en que, fuera de las fronteras, se precisaba combatir; una llegó hasta el corazón de Bolivia, en manos de su propio autor; otra flameó en las alturas, en manos de un genio más alto aún más que el eterno pedestal de su gloria; la última de ellas en el Perú cumplió la profecía del Himno Nacional, conmoviendo la tumba de los Incas, y su sombra vigilaba la presencia airosa y viril de sus pocos hijos que asistieron a la jornada de Ayacucho”.

  La bandera Argentina fue, desde sus primeras jornadas, un testimonio de afirmación nacional y patriótica del nuevo Estado. Belgrano, convencido de la necesidad de enarbolar una bandera propia tomando los colores de la escarapela decretada a iniciativa por el gobierno de Buenos Aires, la izó en Rosario, sobre las barrancas del río Paraná, el 27 de febrero de 1812.

  Es indudable que la simpatía por los colores celeste y blanco surgió en Buenos Aires alrededor del uniforme del Cuerpo de Patricios. La historia debate aún su aparición como distintivo el 25 de mayo de 1810 en manos de French y Berutti o el 23 de marzo de 1811 al constituirse la Sociedad Patriótica a cuya reunión inicial en el Café de Marcos se convocó fundamentalmente a los jóvenes provistos de un lazo de cintas celestes y blancas.

  El Triunvirato integrado por Manuel de Sarratea, Juan José Paso y Feliciano Chiclana, con Bernardino Rivadavia como secretario, acordó el 18 de febrero de 1812, a solicitud de Belgrano que se reconociera el uso de la escarapela de las Provincias del Río de la Plata y que deberá componerse de dos colores: celeste y blanco.

  A partir de aquello, pudo decir Manuel Belgrano: “Siendo preciso enarbolar bandera, y no teniéndola, mandé hacer blanca y celeste conforme los colores de la escarapela nacional”.

  El gobierno de Buenos Aires no aprobó la creación de la bandera. Aquellos hombres no podían asumir aún que la revolución de la libertad era irrevocable. Sin embargo eso era algo muy claro para Belgrano, como años después lo sería para San Martín, cuando exigió para emprender la campaña libertadora del continente, que se declarara la independencia.

  El gobierno que había ordenado la desaparición del paño enarbolado en Rosario, recibió un oficio de Belgrano por el que se le comunicaba que la bandera se había izado en Rosario, ya había sido jurada en Jujuy. El Ejecutivo le contestó que no se atrevía a aprobar su resolución y que pasaría los antecedentes a la Asamblea.

  La Bandera, como el Escudo y el Himno Nacional, manifestaban la voluntad de reivindicar la herencia indígena y la vocación de integración con los otros pueblos sudamericanos. Dice Fernández Latour: “La iconización del sol flamígero, de factura claramente americana, no es por cierto, ajena a la revalorización cívica del culto andino a Inti”.

  Pero sin duda su verdadero sentido es el que surge de la interpretación de Bartolomé Mitre, publicada en La Nación, el 28 de mayo de 1900, en el contexto de un artículo titulado: “El sol en la Bandera Argentina”. Allí dice: “El sol de la bandera Argentina no es el sol radiante, símbolo clásico de la antigüedad, sino el sol flamígero o sea el sol incásico, que según las ideas predominantes en la época, adoptaban los símbolos genuinamente americanos, pretendiendo hasta restaurar el antiguo imperio peruano, cuando era el sol de una nueva época que asomaba como una nueva aurora nacional, según se simboliza en el sol naciente que corona sus armas”.

  Un ilustre rosarino, Calixto Lassaga, estudioso de la historia de Rosario, de la bandera y de la vida de Manuel Belgrano, fue integrante de la comisión que se constituyó para determinar el lugar preciso donde se izó por primera vez la enseña nacional, donde hoy se levanta majestuoso el monumento orgullo de los argentinos.

  Pero además interpretó cabalmente el mensaje de Belgrano y su preocupación por la educación. Belgrano promovió la educación como funcionario, como general y como civil, sin ningún otro propósito que la educación misma, para la promoción de los sectores populares. Así lo entendió Lassaga al proponer que la celebración del Día de la Bandera no sea el 27 de febrero ya que no hay actividad escolar, sino el 20 de junio, coincidente con la fecha del fallecimiento de Belgrano.

  Para que ese día se honre en todas las escuelas no sólo al creador de la bandera, al del Consulado, al vocal del Primer Gobierno libre y al jefe heroico de las expediciones al Paraguay y al Alto Perú, vencedor en Tucumán y Salta; sino también al hombre que renunció a su sueldo y donó sus recompensas para fundar escuelas.



 


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