INMIGRACIÓN ALEMANA EN LA ARGENTINA
I -
Esta primera parte pertenece a una investigación
y recopilación
efectuada por la Licenciada María González Rouco.
II -
A continuación se expondrá un trabajo que se incluyó
en la Obra
"Presencia Alemana y Austríaca en la Argentina"
de Martínez Zago Ediciones, cuya autoría es de Gerardo
Álvarez.
Introducción
- (de María González Rouco)
Entre los inmigrantes que llegaron
a la Argentina entre 1850 y 1950, vinieron los alemanes.
“ ‘Los inmigrantes alemanes son muy particularmente deseados
por los nacionales, por su honradez proverbial, sus costumbres laboriosas
y su carácter pacífico y tranquilo’, decía
Sarmiento en 1847 y proponía que dos millones de alemanes se
radicaran en el país, para dedicarse a la agricultura, a la fabricación
de quesos y manteca y a la cría de merinos. Las propuestas alemanas
de Sarmiento no se concretaron, pero, entre 1810 y 1860, el 22% de los
inmigrantes fue alemán. Y tambien lo era Augusto Krause (el padre
de Otto Krause), amigo de Sarmiento y co-fundador de Chivilcoy, la colonia
que mereció el mas exaltado elogio del prócer”.
“Hugo Stroeder tambien fue fundador de pueblos (SalliqueIó)
y propulsor de la colonización agricola en Santa Fe, Entre Rios,
Santiago del Estero y La Pampa, de quien Roca decia que la Argentina
necesitaba muchos hombres como este aleman. En 1909 Stroeder fundó
Villa Iris, cerca de Bahia Blanca”.
“Alberto Runge fundó la bodega Santa Ana y tuvo viñedos
en Mendoza y en Rio Negro. Juan Plate fue pionero del desarrollo patagónico
y hacia 1890 fundó la estancia Nueva Lubecka. Enrique Klein tuvo
en PIa, provincia de Buenos Aires, una empresa de cultivo de semillas
para trigo cuyos logros Ie valieron el doctorado honoris causa de la
Universidad de Bonn. Phillipp Schwarz fabricó en su taller de
Magdalena, las primeras trilladoras”.
“Altgelt, Ferber y Cia, sucesores de Carlos Bunge, se dedicaron
a la exportación de lanas y cueros y a la importación
de maquinaria agricola. La firma se transformó, luego, en Ernesto
Tornquist y Cia, continuando la evolución familiar. EI padre
de Ernesto Tornquist habia llegado en 1823. EI hijo tuvo un importante
saladero, luego un frigorifico en Rosario, una refineria de azucar y
adquirió tierras en Santa Fe, Entre Rios, y en los territorios
de la Conquista del Desierto. Fue el mas notorio financista de la epoca
de Roca, y tambien fue fundador de colonias agricolas de inmigración”.
“En 1867, Adolfo J, Bullrich, hijo de un militar aleman hecho
prisionero por el ejercito de Alvear, fundó la empresa que lleva
su nombre. Consignatario de hacienda y empresario inmobiliario organizó
importantes y resonantes remates de reproductores, Con mas de 120 años
de actuación, es la suya una de las empresas mas antiguas del
pais. Su historia es la historia misma de la Exposición Rural”.
“En 1884 fue fundada la empresa Bunge y Born, como extensión
de su casa matriz de Amberes. Asociada a la "revolución
del trigo", en la decada de 1920 fue la principal exportadora de
cereal, con vasta red de representantes en el exterior”.
“Klaus Stegmann tuvo, hacia 1850, una estancia en Flores, En 1856,
German Frers administraba otra en Rosario, German Frers fue el fundador
de la Colonia Suiza, de Baradero, Su hijo ocupó importantes cargos
en el Ministerio de Agricultura de la Nación”.
“Hubo colonos alemanes en Santa Fe (en las colonias Esperanza,
San Carlos, Helvecia, Humboldt, Germania, Hansa, Guadalupe y varias
mas), Los Tiejten, de Colonia Hansa, trajeron las primeras liebres que
llegaron al pais. En Corrientes, en Colonia Liebig, se establecieron
alemanes del sur. En la Provincia de Buenos Aires, por iniciativa de
Carlos Heine, se fundó la colonia de Chorroarín, que no
prosperó. Hubo alemanes en Rio Gallegos y en Neuquen. Bariloche
fue fundada y colonizada por alemanes en primer lugar. En 1930, la "Unión
de Campesinos" alemanes de Buenos Aires radicó en el Chaco
a los colonos que huian de las sequias de La Pampa”.
“Pero es en Misiones donde la colonización alemana fue
mas singular. Al fin de la Primera Guerra Mundial, v mas aun despues
de la Gran Inflación de 1923, cientos, miles de colonos alemanes
llegaron a Misiones, radicandose en la Colonia Eldorado fundada por
Adolfo Schwelm-, a la colonia Puerto Rico y a Monte Carlo. Los alemanes
venidos entonces, superan los veinte mil.”.
“En 1910, en homenaje al Centenario, las colectividades de inmigrantes
donaron a la Argentina monumentos conmemorativos, que se hallan en la
Capital. El donado por los alemanes es una fuente llamada ‘Riqueza
Agropecuaria Argentina’, un nombre, sin dudas, elocuente".
"Riqueza agropecuaria a la que los alemanes han ayudado en forma
sustancial, como estancieros, colonizadores, empresarios y agricultores.
Cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria y ampliaron nuestro patrimonio
espiritual”
“En 1877, al llegar a nuestro pais el primer grupo de "Alemanes
del Volga" , fue suscripto, entre ellos y el Comisario General
de Inmigracion --don Juan Dillon- un convenio de radicacion sumamente
alentador, que fue un gran aliciente para la instalacion, en la Argentina,
de un gran numero de familias de aquellos agricultores alemanes que,
en el siglo XVIII, habian emigrado a Rusia, asentandose en la cuenca
del Volga”.
“El convenio les otorgaba tierras fiscales (6 millas de campo),
manutencion por un año, madera para construir sus casas, arados,
bueyes, vacas lecheras y la semilla necesaria. Sin embargo, no fueron
necesarias demasiadas facilidades para que este pueblo esforzado y emprendedor
de empeñosos labriegos, se arraigara definitivamente en el campo
argentino. La primera colonia -"General Alvear" , 20.000 hectareas,
en Entre Rios-, se hizo prospera y mas de 3000 habitantes, propietarios
del suelo y del fruto de su labor, manteniendo el acervo de sus tradiciones
al amparo de nuestra Constitucion, se convirtieron en nuevos argentinos
de origen rusoaleman”.
“En la Provincia de Buenos Aires, la colonia madre de "Hinojo"
--cerca de Olavarria- se extendió: en 1878 se fundo "Nievas";
en 1881, "San Miguel". En Entre Rios surgieron San Jose, Maria
Luisa, Santa Maria, Eigenfeld, Colonia Merou, Centeraio, Colonia San
Simon y tantas mas.
Al principio, se agruparon segun la "aldea" a que pertenecian
en su Alemania ancestral. Mas tarde, la vastedad de la Pampa y de la
llanura entrerriana, propiciaron su dispersion. Con todo, en medio de
la inmensidad, -en medio del paisaje rural- las esbeltas agujas de sus
iglesias, señalan la constancia de su presencia, de su arraigo
y de su devoción”.
“Alemanes del Volga hicieron crecer a Coronel Suarez, en Buenos
Aires, a Colonia Winifreda, en La Pampa, a Presidencia Roque Saenz Pena,
en el Chaco y a muchas otras colonias en Rio Negro, Neuquen y otras
provincias. Mas de 800.000 descendientes, hijos de los hijos de aquellos
primeros pioneros que aqui encontraron su segunda patria en nuestra
libertad, viven hoy integrados indisolublemente a la nación”.
“Alemanes del Volga -hombres rubios del surco- fueron agricultores
y ganaderos en Buenos Aires y en Entre Rios; transformaron su campo
virgen y selvatico, en la zona productora de trigo mas importante del
pais en su hora; mas tarde, de la agricultura se volcaron a la avicultura,
dando nacimiento a esa fuente de la riqueza entrerriana, y desarrollando
la produccion de alimentos balanceados”.
“Alemanes del Volga, cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria
y agrandaron nuestro patrimonio espiritual” (1).
Ema Wolf señala, a partir de una investigación
de Cristina Patriarca: “Es un alemán, Josef Fucks, el que
en 1906 descubre petróleo en Comodoro Rivadavia mientras buscaba
agua potable. Era alemana la empresa que en 1936 construyó el
obelisco de Buenos Aires y fueron alemanes los primeros que ensayaron
el cultivo sistemático de la vid en Mendoza” (2).
De 1933 a 1945 –afirma Carlota Jackisch-, hubo una
“inmigración involuntaria”, que se caracterizó
por su elevado nivel cultural; en efecto, la mayoría de ellos
eran profesionales y comerciantes, que debieron aprender labores rurales,
ya en Alemania, para procurarse la subsistencia en la nueva tierra.
Muchos de estos alemanes escaparon de su patria con pasaje de primera
clase, como turistas, ya que a veces era imposible hacerlo de otro modo.
En Argentina se plantea un problema: los emigrantes se
dividen en dos grupos, aunque de diferente magnitud. Algunos de ellos
desean trabajar por sus ideales, opuestos al nazismo; otros, en cambio,
son fervorosos seguidores de esa corriente en el extranjero. Esta divergencia
se traslada, como era de esperar, a los medios de comunicación
masiva y a la educación.
Así como aparecieron diarios oficialistas y opositores,
también encontramos colegios en los que se inculcaba el nazismo
y otros que rechazaban esta influencia. La diferencia que no podía
existir en el país europeo se verificaba allende el mar.
Señala Jackisch: “A pesar de las restricciones
inmigratorias, aproximadamente 30.000 alemanes, judíos y no-judíos
que huían del nazismo ingresaron en Argentina. Paradójicamente
al llegar al pais, estos alemanes descubrieron que la comunidad de su
mismo origen nacional, estaba bajo la influencia de grupos nacionalsocialistas,
y que desde las asociaciones tradicionales hasta las escuelas alemanas
respondían a las directivas de la Auslandsorganisation del NSDAP
en Alemania. La forma en que organizaron su existencia; sus organizaciones
de ayudas, sus escuelas y su expresion politica, a traves de "La
Otra Alemania", ha sido bosquejada en este trabajo.
La actividad del nacionalsocialismo en la Argentina gozó
de total impunidad durante los primeros años. Los primeros ataques
surgieron desde la prensa. Con la llegada al poder del presidente Ortiz
-al mismo tiempo que se cerraban las posibilidades de ingreso al país
de las victimas del nazismo- se limitaban, a traves de distintas medidas
que tomó el Poder Ejecutivo, las actividades de los grupos nazis.
El radicalismo y el socialismo, a traves de los diputados Damonte
Taborda y Dickmann respectivamente, logran imponer un proyecto de resolución
para encarar una investigacion destinada a mostrar el grade de infiltracion
de los activistas nazis, en distintas organizaciones alemanas. Todas
estas medidas repercuten sobre la estrategia de la AO para Argentina,
como para otros paises sudamericanos.
Como el imperativo era lograr mantener la neutralidad de estos
paises en caso de una guerra que era cada vez mas inminente, en la lucha
sorda entre el Ministerio de Asuntos Extranjeros del Reich y la Auslandsorganisation,
triunfó v. Ribbentrop sobre Bohle. Sin. embargo la influencia
nacionalsocialista, ahora de manera menos visible, sobre la comunidad
alemana continuó hasta finalizar la guerra.
Mientras tanto los judios alemanes se habian instalado en Argentina
y si alguno pensó en volver a Alemania finalizada la guerra,
el conocimiento del holocausto cortó de raíz esa posibilidad.
Los opositores políticos del nacionalsocialismo, en cambio, regresaron
a Alemania, por lo menos los que actuaron desde aquí en alguna
organizacion política como por ejemplo, «La Otra Alemania".
El regreso de aquellos que nunca cortaron los lazos con Alemania
y por eso quisieron prestar testimonio de la existencia de "otra
Alemanla" no nacionalsocialista, comenzó a producirse a
partir de 1949, es decir cuando Alemania volvía a organizarse
desde sus ruinas por carriles democraticos.
No quisiera terminar este trabajo, sin mencionar al menos -aun
sabiendo que no esta directamente relacionado con esta obra-- que a
partir de 1949, nuevamente comienzan a llegar a la Argentina alemanes
que ya no tenían lugar en Alemania. Esta vez se trataba de dirigentes
nacionalsocialistas de distintas jerarquías y profesionales alemanes
comprometidos con el III Reich. El gobierno de Perón les dio
albergue en universidades, en empresas, y se creó una organización
especial para ubicar a los ahora exnazis en Argentina. Con la caída
de Perón en 1955, muchos emigraron hacia Colombia y actualmente
algunos viven en Alemania” (3).
Trajeron su religión y sus costumbres; fundaron sus periódicos,
influyeron en la enseñanza y en la alimentación. Se los
evoca en testimonios, memorias, biografías, obras literarias
y filmes, que evidencian la importancia de esta colectividad en la sociedad
argentina.
Notas
1. S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo
argentino. Buenos Aires, Clarín.
2. Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos
Aires, Sudamericana, 1991.
3. Jackisch, Carlota: El nazismo y los refugiados alemanes en la Argentina
1933-1945. Buenos Aires, Ed. de Belgrano, 1989.
En testimonios
Emigró Silvio Gesell: “Para los argentinos el apellido
Gesell es familiar, primero por la casa de venta de artículos
para bebés y luego por la figura del pionero Carlos Gesell quien
puso su apellido en la villa turística que fundó luego
de domesticar la naturaleza de esa zona de la costa atlántica.
Lo que pocos saben es que la villa hace honor a la memoria del padre
de Carlos Gesell, Silvio Gesell, otro pionero en el mundo de los negocios
primero y en el campo de las teorías económicas después.
Silvio Gesell fue un próspero comerciante alemán,
radicado en Argentina en 1887. A los 25 años llegó al
país acompañado solamente por un cajón de madera
repleto de instrumentos odontológicos, cajón que su hermano
le había confiado para intentar fortuna en América. Liquidados
los trámites aduaneros y con el cajón ya en su poder alquiló
una modesta pieza de pensión donde se instaló sin más
muebles que un armario y una mesa que usaba para comer y sobre la cual
dormía de noche.
En pocas semanas consiguió ubicar la mercadería
en los consultorios de los odontólogos que visitó. Al
tiempo y luego de un corto viaje a Alemania para organizar mejor las
entregas, el moblaje de su pieza mejoró y ya compró una
cama. Con el tiempo, aparecen también otros muebles hechos del
material de los cajones que recibe regularmente con artículos
desde Alemania. Trabajo y ahorro son sus lemas” (1).
La investigadora Olga Weyne escribe: “Un modesto testigo criollo
de la época de la inmigración masiva a la provincia de
Entre Ríos, vio de esta manera a los alemanes recién llegados:
‘Vimos llegar la cantidad de inmigrantes como quien ve llegar
la langosta, le via (sic) ser franco; parecía una invasión.
Pero se nos dijo que el gobierno les había entregado la
tierra. Ultimamente no perdimos nada porque la tierra era de los estancieros
y habrán tenido sus arreglos (...). Había que dejar la
tierra a los nuevos dueños. (Pero) mienten si dicen que los peliamos
(sic). (...) Los colonos son gente buena y tengo muchos amigos entre
ellos, pero pa’ comprenderlos con la jerigonza que hablaban (...);
bueno, le hablo de los viejos y no pa’ ofenderlos” (2).
Don Pedro Goette, alemán del Volga, relató:
“En Diamante nos esperaban con carros los colonos de Valle María
y San Francisco (...). (Una vez en la primera de estas aldeas) ... me
convidaron con el primer mate. Yo creía que esto era tabaco y
que debía fumarse en una pipa bastante diferente de las que usábamos
(en el Volga). Chupé fuerte, como es natural. Las consecuencias
(fueron) una formidable neblina que produje con mi resoplido al sentir
la quemazón. La gente se moría de risa. Para ellos, el
mate ya había desalojado el té de China que tomábamos
en Rusia” (3).
Entre los alemanes del Volga, “había otra
tradición secular que es descripta de la siguiente manera por
José Brendel, en su evocación de San Miguel Arcángel:
‘Para Año Nuevo, existe en la colonia una tradición
multisecular, única, no en su fondo sino en su ritual. No en
cualquier parte se puede formular el deseo de prosperidad, sino que
está sujeto a un estricto código ancestral, sin el cual
el augurio no vale nada. No es colectivo, ni siquiera familiar, sino
estrictamente personal, de cada uno, ya frente a sus padres o amigos.
Entra en la categoría de los actos serios’ ” (4).
Víctor Dorsch recuerda sus años escolares,
en Entre Ríos, a principios del siglo XX: “Nosotros asistíamos
a las dos escuelas, por la mañana a una y por la tarde a otra
(...). Regresábamos de la escuela al caer la tarde, y tras una
breve pausa para ingerir algún alimento, había que entregarse
a la tarea de hacer los deberes para la escuela castellana, tarea que
se prolongaba hasta bien entrada la noche. Y a la mañana éramos
los primeros de la casa en abandonar la cama (para) memorizar la parte
que se nos había asignado del catecismo, en idioma alemán,
por supuesto. La tarea de memorizar, que se prolongaba a lo largo de
todo el año escolar, nos resultaba terriblemente engorrosa y,
como es natural, disminuía nuestra posibilidad de obtener las
mejores notas en (...) la escuela castellana” (5).
En 1910, los alemanes del Volga fundaron Santa María.
“Pese a su nacimiento tardío, esta colonia conservó
con decisión muchas de sus antiguas tradiciones. El diseño
de su planta, por ejemplo, fue el rigurosamente establecido desde siempre:
una sola calle dividida en medio por otra, con las casas dando su frente
a la calle principal. Cada casa, a su vez, poseía fondos de 500
metros en los que se encontraban jardines, huertas y establos”.
Alejandro Guinder, descendiente de un pionero pampeano,
escribe: “Nuestros chacareros fueron vilmente explotados, (...).
Se les daba una lonja, (...) 100 o 200 hectáreas cubiertas de
caldenes y sucias de piquillines y chañares; el colono contratista
debía limpiarlas y podía luego trabajar para dos cosechas.
Cuando estaban limpias les daban otra parcela (...) sucia para limpiar,
y así. Cuando todas (las hectáreas de la estancia, de
enorme extensión) estuvieron limpias, el señor Larrague
hizo tirar a la calle de un día para otro, allá por los
años 1930, a todos los 30 colonos, sin ninguna indemnización,
habiéndose quedado con las cosechas en muchos casos sin pagar
siquiera lo convenido en porcentaje. Así fueron tratados muchos
de los agricultores vendios del Volga; con familias de 12 o más
hijos debieron cargar sus herramientas y muebles y demás en sus
carros y carritos, sus arados y sembrados e irse a una calle vecinal
a hacer una Hütte (choza) techada con paja puna, para su familia
con sus hijos menores de edad” (6).
María Brunswig de Bamberg es la autora de Allá
en la Patagonia (7), obra en la que evoca la inmigración
alemana a través de las cartas que su madre enviaba a su abuela,
que había quedado en la tierra natal. "El 3 de febrero de
1923, después de una travesía de treinta días desde
Hamburgo, Ella Hoffman llega con sus tres hijas a Buenos Aires, rumbo
a la Patagonia, donde Hermann Brunswig, su marido y padre de las niñas,
trabaja como administrador de una estancia y espera ansioso el reencuentro
con su familia después de tres años y medio de separación.
Esta es una selección de las cartas intercambiadas hasta
1930 entre Ella y Mutti, su madre, y que fueron recuperadas setenta
años después por María Brunswig, la hija mayor.
Pero no se trata de una simple recopilación, sino de un juego
de tiempos y voces, pleno de agilidad y riqueza, en el que intervienen
tres generaciones de mujeres: Mutti, Ella y la propia María.
Algunas cartas de Hermann incorporan, por su parte, una visión
masculina y un toque de humor. El diálogo epistolar le otorga
a la obra una intensidad inusual, además de una visión
europea del sur argentino en los años veinte.
Ella habla a su madre del mundo nuevo que está descubriendo
y se revela como una gran luchadora. Educada para ir a la Ópera,
aprender francés y tocar el piano, ahora lava ropa en el arroyo,
friega, zurce, remienda, come huevos de avestruz e incluso carnea zapones.
En síntesis, una sensible crónica familiar que abre distintos
horizontes sobre una región inhóspita y al mismo tiempo
generosa” (8).
Con la autora y su familia viajó una mucama. Pedro
Dobrée relata que esta empleada “Nació en la ciudad
de Kiel, puerto alemán sobre el mar Báltico. De familia
de escasos recursos, se empleó como cocinera y mucama en la casa
del general Franz Sydow, en Berlín. Además del general,
en esta casa vivían su esposa y una hija de ella que esperaban,
con sus tres niñas pequeñas, la oportunidad para viajar
a la Patagonia argentina y reunirse con su esposo”.
“Hermann Brunswig, el esposo que aguardaba, había llegado
a la Argentina en 1919 para emplearse como ovejero en la cordillera
santacruceña y cuando fue nombrado administrador de la estancia
Lago Guío, propiedad de Mauricio Braun, Rudolf Stubenrauch y
Lucas Bridges, decidió que era el momento de hacer viajar a su
joven familia”.
“Berta Freytag se había encariñado con las nenas
y sentía la seguridad de un hogar que no tenía en Kiel.
Esto fue motivo suficiente para ofrecerse a viajar también hacia
Argentina, acompañando a la joven Ella de Brunswig y a las pequeñas
en el vapor Vigo, que partió de Hamburgo en enero de 1923. Llegados
a Buenos Aires se reembarcaron para viajar hasta San Julián,
puerto del entonces territorio nacional de Santa Cruz”.
“Mientras el barco en el que viajaron anclaba en la bahía,
Berta se desembarazó momentáneamente de las niñas,
para observar la costa y el pequeño villorio que en la madrugada
ventosa aparecía ante sus ojos”.
“Por Dios, ¿será esto un puerto? La única
similitud con su Kiel era el olor a pescado muerto y el de las algas
secándose al sol. Pero 20 ó 30 casas dispersas sobre una
playa barrida por el viento y varios centenares de fardos de lana apilados
sobre la línea de la marea más alta, no parecían
formar un puerto.
Al menos no lo era en el criterio de esta alemana de 40 años
que acababa de llegar. Pues, ¿dónde estaban los muelles,
los demás barcos, los remolcadores, los equipos de carga y descarga,
el ruido de las máquinas y el humo de las chimeneas, el aceite
en el agua, los marineros, las enormes pilas de carbón y los
depósitos de mercaderías que provenían de las más
diversas ciudades del mundo?”.
“Las gaviotas revoloteaban por encima de los techos de estas casas
grises, de chapas acanaladas y puertas despintadas; sus solitarios graznidos
inundaban el aire y con el viento llegaban hasta la cubierta del barco
sobre el que, con angustia, escudriñaba Berta su nuevo paisaje.
Y estos graznidos eran la representación exterior de los gritos
de silencio que la solitaria mujer dirigía a nadie, impulsada
por una sensación de dolor, soledad e impotencia, ante una decisión
que consideraba ahora equivocada”.
“A media mañana bajaron a un pequeño bote a remos
y fueron llevadas, ella, las niñas y la madre, hasta la playa.
El corto viaje sobre la pequeña embarcación que por instantes
se elevaba permitiendo ver toda la costa y por otros se hundía
en los estrechos callejones que formaban las olas, le pareció
interminable. El agua salada que golpeaba su rostro se confundió
con las lágrimas que caían por sus mejillas”.
“Mojada la ropa por el salpicar de las olas, mojados los zapatos
por el difícil desembarco, sintieron el frío del viento
que soplaba por detrás de las casas y llenaba de polvo el aire
sobre las aguas de la bahía. Varios hombres, al reparo de las
paredes de las primeras construcciones, las miraron con curiosidad.
Con la ayuda de los remeros con los que habían llegado a tierra
firme, trasladaron varios bultos grandes de ropa y enseres hasta la
puerta de una de las casas en cuyo frente había tres caballos
ensillados y atados. Sobre la puerta colgaba un pequeño cartel
que indicaba que era el hotel Miramar”.
“El ánimo de Berta se hacía cada vez más
pesado. A la incomprensión absoluta del idioma castellano y al
reducido hotel de camas incómodas y un escusado compartido en
el fondo de un patio sucio, se sumó un viaje de dos días
en un Ford T, abierto al viento y al sol del desierto”.
“Antes de llegar a destino, Berta había tomado la decisión:
volver a Alemania, de donde nunca debía haber salido. Tras arribar
al lago Guío buscó excusas; la vajilla no era de su agrado,
la ropa había que lavarla en el frío arroyo cercano, rondaban
animales salvajes y no quería compartir su pequeña habitación
con las niñas. El vehículo con el que llegaron debía
volver a San Julián y con él se volvería ella.
Nuevamente el desierto, la estepa interminable cubierta de "mata
negra" y calafate y el Ford T, que perseguía lentamente
el sinuoso camino de los carros que, tirados por caballos, transportaban
lana hacia el puerto”.
“Pero, ¿qué puede hacer una mujer, que sólo
habla en alemán, sin dinero, que está sola en San Julián
y que quiere volver a Europa ? Sólo quedarse en San Julián.
Dos años más tarde la familia Brunswig "bajó
al pueblo", parando en el Hotel Aguila. Berta, con tristeza y desde
la oscuridad, observó a las pequeñas niñas a quienes
había aprendido a querer durante todo el tiempo en que convivieron.
Pero no se dejó ver por ellas; sería imposible explicarles
su vida ahora. Esa vida que, con el tiempo, la llevaría a ser
conocida por los hombres de toda la costa atlántica como ‘La
emperatriz de San Julián’ ".
“Mucho tiempo después, en la década de 1980, en
Berlín, María Brunswig de Bamberg -una de aquellas pequeñas
con las cuales Berta llegó a la Argentina austral y que luego
fue autora de ese muy simpático libro llamado Allá en
la Patagonia, editado por Vergara - asistía a una conferencia
de Osvaldo Bayer. Al finalizar le preguntó si en sus trabajos
de investigación sobre la vida patagónica había
tomado conocimiento de Berta Freytag. ‘Cómo no -le contestó
Bayer- Berta Freytag fue amante del comisario del pueblo durante muchos
años, hasta que un día éste la ultimó de
dos tiros, por celos’ " (9).
Grete Stern nació en 1904; falleció en Buenos
Aires en 1999. “Estudió con Walter Peterhaus en la Bauhaus
y con Wassily Kandinsky. Fue amiga de Paul Klee, Oskar Sclemmer, Johannes
Itten y otros creadores. En 1935, ante la persecución nazi, se
refugió en la Argentina. Fue fotógrafa del Museo Nacional
de Bellas Artes y retratista de personalidades como Jorge Luis Borges,
Victoria Ocampo y María Elena Walsh, entre otras. Realizó,
además, series sobre distintos lugares del país”
(10).
Acerca de la retrospectiva “Retratos”, escribió
Alberto Giudici: “Es una invitación a la nostalgia, al
reencuentro con entrañables figuras de las letras y el arte que
alimentaron lo mejor de lo que llevamos dentro. Un Borges, un Spilimbergo,
un Berni, una María Elena Walsh, un Badíi, una Grete Stern,
autorretratándose, y autora de esta galería de rostros
realizados a lo largo de medio siglo. La mágica luz de la fotógrafa,
envolvente, plástica, alienta la ilusión de vida que tienen
esos instantes congelados.
La mirada que es pura ensoñación en los claros
ojos de don Lino; la límpida y casi infantil sonrisa de Borges
cuando todavía no había sido atacado por ese ligero rictus
nacido, quizás, por la progresiva barrera de la ceguera; una
niña apenas entrando en la adolescencia, recostada en el marco
de una ventana como quien se asoma a la vida, lejos todavía de
sus célebres canciones infantiles, "capturada" en 1947,
en Ramos Mejía, donde vivía el matrimonio Grete Stern-Horacio
Coppola (otro grande de la fotografía)”.
“El alma se devela a través del rostro, y la luz, como
quería Harmenszoon Rembrandt van Rijn, es el medio de ese aflorar
del espíritu a través del cuerpo. Una vibración,
un aleteo misterioso, que asoma en cada una de las imágenes.
La potencia constructiva de Emilio Petorutti, de cuerpo entero en un
balcón mientras las verticales de la puerta caen a plomo como
si fueran un lienzo del propio pintor”.
“El barroquismo del taller de Santiago Cogorno, como encerrando
su desbordada y sensual producción; la límpída
geometría del estudio de Noemí Gerstein; Berni, con su
imagen duplicada en un espejo, como si la avidez inquieta del Picasso
argentino se proyectara a infinitos desafíos crea tivos. Ningún
detalle —un caballete, cuadros apilados, un muñeco gigante
junto a Horacio Butler— es anecdótico. Hace al clima de
intimidad del retratado, integra el hábitat que rodea su mundo
interior.
Son retratos psicológicos excepcionales. Por eso,
conjetura Ricardo Coppa Oliver, director de la galería Principium,
sus fotos no gustaban en los que buscaban tomas de estudio, escenografías
ficticias y luces desmedidas, para mostrar no lo que se es sino lo que
se quiere ser. Protesta feliz en última instancia, porque Grete
se volcó a los que dieron su savia al país, incluyendo
los curtidos rostros de los aborígenes del Norte, en lo que fue
el primer relevamiento antropológico de nuestros ancestros, tan
negados en Buenos Aires y mirados con una sensibilidad única
por esta alemana que arribó a la Argentina en 1936 huyendo del
nazismo”.
“Por entonces, había transitado por la Bauhaus, el mayor
intento de socialización del arte desde el Renacimiento. De ahí
vino, de la Bauhaus de Dessau, la de Walter Groppius, pero lo maravilloso
en ella es que el rigor formativo y de vanguardia -como los collages
fotográficos surrealistas, cargados de ironía feminista-,
no anularon su sensibilidad a la hora de captar la atmósfera
de un país lejano”.
“Ventanas, espejos, encuadran la sugestión de un espacio
que se prolonga fuera de la imagen vinculando al retratado con su mundo
físico: la casa, el taller o simplemente la naturaleza, como
en esa obra maestra que es el de Margarita Guerrero: el rostro de perfil
sobre un espejo que devuelve el otro perfil pero también un jardín
restallante de luz a espaldas de la cámara. El ratio lumínico
de Grete es estricto: nunca un blanco quemado, jamás un negro
saturado. En las medias tintas, apasteladas, la luz baña sus
inefables criaturas”.
“Todas las fotos exhibidas son primeras copias. Algunas, sacadas
en los 40, fueron pasadas al papel medio siglo después. "Es
que ella no tenía dinero para hacer las copias", acota Coppa
Oliver. Así vivió, en un humilde dos ambientes sobre la
calle Uruguay. Tras su muerte, en 1999, a los 95 años de edad,
su hija Silvia atesoró el inmenso legado materno, soñando
con una Fundación que lo preservara. No llegó a concretarlo
ni a ver esta muestra que armó con el inestimable aporte de Luis
Priamo: Silvia murió hace un par de semanas”.
“Sin descendencia, ahora, este inmenso patrimonio visual, inició
el errático destino de los estrados judiciales y el riesgo de
su dispersión. Quizás ésta sea la última
muestra de Grete Stern. Otro dato para la nostalgia” (11).
Annemarie Heinrich nació en Darmstadt en
1912. Es una de las fotógrafas “más destacadas del
país. Cursó estudios en Berlín y en 1926 se trasladó
a la Argentina con su familia, iniciando su formación fotográfica
en la provincia de Entre Ríos. Ante la carencia de escuelas de
esa especialidad, se formó de manera práctica trabajando
en laboratorios y tomando fotos hasta que, en 1930, abrió su
primer estudio en Buenos Aires. Dos años más tarde se
trasladó a un estudio mayor, y empezó a trabajar para
revistas y a fotografiar a las grandes figuras locales y extranjeras
que actuaban en el Teatro Colón. Sus fotos fueron también
tapa de las revistas Antena y Radiolandia durante cuarenta años”.
“En 1937 hizo los primeros envíos para Salones nacionales
e internacionales y a partir de entonces fue requerida por el cine como
fotógrafa permanente de publicidad y escenas con primeras figuras,
trabajando así más de veinte años. Realizó
la primera exposición individual en 1947 y sus fotos comenzaron
a aparecer en revistas europeas y americanas. Recibió premios
y fue designada miembro de las más importantes asociaciones extranjeras,
de la Federación International d’Art Photographique y de
la Academia Argentina de Artes y Ciencias Fotográficas. Viajó
a Europa y presentó sus trabajos en Francia, Italia y Alemania”.
“En 1953 fue cofundadora del grupo de fotografía ‘La
Carpeta de los Diez’, que funcionó varios años con
trabajos de seminario y exposiciones, y fue miembro de ‘Amigos
de la danza’. En 1960, y continuó cinco años consecutivos,
ganó el primer puesto en el ranking mundial de Fotoclub Buenos
Aires. Como resultado de su tarea de fotografiar durante veinticinco
años a bailarines y ballets publicó en 1962 su libro El
ballet en la Argentina, con 233 fotos seleccionadas entre miles, un
testimonio de esa disciplina entre 1934 y 1960.. Fue contratada para
las fotos del Pressbook del ‘American Ballet Theater’ de
Nueva York. Recibió numerosas distinciones y premios e integra
organismos de la especialidad”.
“En 1975 fue designada Académica de la Comisión
Nacional de Cultura, en 1979 fue miembro fundador del Consejo Argentino
de Fotografía, en 1980 invitada de honor al VII Salón
Nacional de Fotografía, y en 1982 a la Exposición Colectiva
de Fotografía Latinoamericana en Suiza y París. Recibió
el diploma de la Fundación Konex como uno de los cinco mejores
fotógrafos del país. Fue homenajeada al cumplir sus cincuenta
años en la fotografía e invitada por el Centro Cultural
General San Martín, donde expuso 350 obras. El Centro Editor
de América Latina publicó un fascículo en la Serie
Fotógrafos Argentinos en 1982. En 1983 expuso en Berlín.
Se desempeñó como directivo de la Asociación de
Fotógrafos Profesionales. Ha sido declarada Ciudadana Ilustre
de la Ciudad de Buenos Aires” (12). Falleció en Buenos
Aires en 2006.
Entrevistada por Matilde Sánchez, Alicia Sanguinetti
–hija de la alemana- se refiere a las fotos que su madre tomó
a Eva Perón “durante su etapa artística”:
“Cuando mi madre fotografía a Eva, ella llega al estudio
para iniciarse en la vida artística, un poco como las modelitos
del pasado de Korda. Heinrich no podía imaginar la proyección
que ella tendría. Por entonces, Evita era una más. Pero
dentro de esa situación, tenía un algo en su personalidad.
La fotógrafa no se iluminó, no dijo: "Esta
mujer va a ser alguien en Argentina". Y eso también ocurre
con frecuencia en el estudio. Estás con alguien y así
sea Juan de los Palotes, de pronto irradia ese algo que te hace trabajar
y crear. Pero creo que ella captó una verdad interior que luego
adquirió sentido en la historia. Porque es la historia la que
nos hace leer las fotos con otro sentido. (...) De las decenas de fotos
que Heinrich hizo de Eva, sólo quedan ocho en el país.
Las demás se dispersaron en el mundo.
Desde el punto de vista fotográfico, de esas ocho
fotos mi madre reconoce una sola como una obra perfecta. Me refiero
a la foto del anillo de oro y el peinado con banana. Las demás
son meramente documentales, lo que no quita que el público las
haya cargado de aura. La foto del anillo es de 1944. Eva se la hizo
tomar especialmente para el escritorio de Perón en la Secretaría
de Trabajo, y no debía ser empleada ni colocada en ningún
otro sitio. Una copia de esa misma foto estaba colgada en la pared del
departamento del general en la calle Posadas. Ninguna de esas fotos
fue usada por el peronismo, pero esto también obedece a la posición
de mi madre a partir de 1945. Ella tenía una buena relación
con Eva, comenzado tiempo atrás, pero no era peronista. De hecho,
Annemarie se negó a retratar a Perón” (13).
Renate Schotellius, pionera de la danza argentina,
emigrada en 1936 a los catorce años, manifestó: “Yo
viajaría treinta y ocho días en barco y llegaría
un día determinado, que mi tío sabía cuál
era. El problema fue que el barco se atrasó tres días
y, al llegar era carnaval. Me sentí muy asustada, porque pensaba
que mi tío me dejaría allí y tendría que
ir a los hoteles para inmigrantes. Finalmente llegó sin ningún
problema, le habían avisado” (14).
Juan Carlos Marina tenía diecinueve años
cuando presenció, el 17 de diciembre de 1939, el hundimiento
del Graf Spee, acorazado alemán “destinado a hundir buques
que llevaban alimentos de acá para Europa”, que se encontraba
en el Río de la Plata. Marina relató sus recuerdos de
aquella jornada memorable; en su relato se refirió al Hotel de
Inmigrantes de Puerto Madero: “a las ocho de la noche de ese día
lo hundió el mismo comandante, la misma tripulación. Un
capitán, que después vivió en La Falda, Córdoba,
fue el encargado de ponerle tres cargas de dinamita. Sacaron la pólvora
de los cartuchos de las balas, formaron tres paquetes explosivos y los
pusieron uno en la popa, otro en las máquinas y otro en la proa.
Después el comandante hizo bajar a toda la tripulación
a los remolcadores y desde una lancha fue el que accionó la percusión
de los explosivos. Todos se salvaron y fueron al Hotel de Inmigrantes
de Buenos Aires”.
Es en ese establecimiento donde el comandante toma una
trágica decisión: “de acuerdo a las órdenes
de Hitler tenía que salir a presentar batalla. Pero eso era un
suicidio. Fue tan impresionante que después de hundirlo, el comandante
se pegó un tiro en el Hotel de Inmigrantes” (15).
Un militar alemán que llegó en el acorazado escribe
en su diario: “Hace calor. En el patio de la inmigración
florecen las hortensias y las acacias y no podemos creer que estemos
cerca de la Navidad. Esto es bueno, porque la idea de esta fiesta, la
más grande para nosotros los alemanes, nos llena de tristeza
sin esperanzas. Para esta fecha deberíamos estar navegando rumbo
a nuestra tierra y cada uno de nosotros habíamos soñado
y hecho proyectos para el año nuevo, cuando estuviéramos
en casa. Y ahora estamos aquí, en la Argentina, a 8000 millas
de la patria, y con miras a ser internados hasta el fin de la contienda,
que recién está en sus principios. ¿Qué
será de nosotros? Esta es la pregunta que llena nuestros pensamientos”
(16).
En un libro de Uki Goñi se relata lo siguiente: en 1998,
el investigador se presenta en el Hotel de Inmigrantes para consultar
“expedientes individuales donde se registraban exactamente las
rutas de escape que habían seguido los fugitivos más perversos
de todo el siglo XX”. Así evoca Goñi el encuentro
con “la persona letrada de Migraciones que había redactado
la respuesta de Franco”: “Salimos, pues, al extenso parque
situado frente al Hotel de Inmigrantes, junto a los viejos árboles
bajo los que muchos criminales nazis agradecidos debieron de dar sus
primeros pasos en la Argentina. ‘Esos expedientes resultaban extremadamente
embarazosos. Fueron destruidos hace dos años. Eso es todo lo
que puedo decirle. Obviamente, no podíamos ponerlo por escrito
en una carta oficial. Estoy seguro de que lo comprenderán’.
La pálida sombra del viejo hotel se extendía detrás
de nosotros como una gigantesca ballena varada. Otros funcionarios de
Migraciones confirmaron la quema, añadiendo más detalles.
Los expedientes individuales que contenían el voluminoso papeleo
de la admisión de Eichmann, Mengele, Priebke y otros se habían
guardado en una caja fuerte para documentos secretos hasta 1996, cuando
todos fueron destruidos. Se encendió una hoguera de noche, detrás
del antiguo hotel, en el borde del muelle. Todo desapareció.
La tapadera peronista había perdurado hasta el mismo final del
siglo” (17).
Ida y Walter Eichhorn, los dueños “más
famosos” del Hotel Edén, de La Falda, provincia de Córdoba,
“eran amigos personales del führer, y se sabe que no poco
dinero de las arcas del Edén sirvió para solventar parte
de la campaña de ascenso a la Cancillería de Hitler, en
1934”. El hotel llegó a manos de los Eichhorn en 1912:
“Cuando arribaron por primera vez a La Falda desde Alemania, Walter
y Bruno Eichhorn tenían 35 y 37 años. Bruno estaba casado
con Gretel. Walter, con Ida, una mujer que, poco a poco, los superaría
en liderazgo y se convertiría en el alma mater del hotel. Ida
había llegado a la Argentina en 1909 a bordo del barco ‘Koning
Friedrich August’ con una niña en sus brazos: Sigune Vitze.
Tres años después se casó con Walter y opacó
a sus tres socios. Se puso al frente del lugar. Y de la historia”.
Un cordobés aporta a la periodista Marta Platía
su testimonio: “ ‘Doña Ida era una mujer hermosa.
Hermosa y temible’, dice acariciándose su espesa cabellera
blanca Héctor Montoya, un médico de 71 años. Su
papá fue el primer cartero del pueblo. Montoya se recuerda a
sí mismo, pequeño, de la mano de su padre y de punta en
blanco para ir a saludar a ‘Tante (tía) Ida’, como
todos la conocían por aquí. Era altísima, tenía
unos ojos azules profundos, una cara redonda y su presencia imponía
respeto. Yo la quería. Me acuerdo que me pasaba la mano por los
rulos, me decía ‘Hola, negrito’ y abría un
cajón de su escritorio. De allí sacaba una latita octogonal
con unos bombones con los que yo soñaba día y noche. Se
imagina. ¿De dónde, un chico como yo, hijo de un cartero
de pueblo, podía sacar esos bombones finísimos? Mi infancia,
cuando la recuerdo, tiene ese sabor’, rememora” (18).
En Entre Ríos conoce Javier Villafañe a un extraño
personaje: “Un día, caminando por las calles de Gualeguaychú,
entré en una librería. Allí conocí a Carolus
Günge, un pintor alemán, ex combatiente de la guerra
de 1914. Vivía en una canoa y se ocupaba de alimentar a los peces
de esos grandes ríos de la Mesopotamia argentina. Con él
nos dedicamos a recorrer los puertos fluviales del Uruguay y la Argentina,
haciendo títeres para los pobladores ribereños. Por supuesto,
navegábamos en la canoa de Carolus. (...) Pasado un tiempo, (...)
Carolus se fue a vivir río arriba; años después
moriría de lirismo, reumatismo y pena en un pueblo perdido de
esas latitudes” (19).
Aurora Alonso de Rocha relata que era alemán
uno de los pretendientes que los padres habían elegido para Alejandra
Pizarnik. Los padres de la escritora “eran judíos polacos;
el padre, corredor de joyerías. Buma estudiaba hebreo y, como
le gustaba todo lo extremado, contaba historias de pogromos, cosacos,
incendios de aldeas. (...) Sus padres le hablaban con interés
de dos presuntos pretendientes, hijos de un almacenero alemán
uno, y de un sedero sefaradí el otro. Buma se burlaba o enojaba.
Un día le dijo a su madre que se iba a casar con los dos para
tener aseguradas ropa y comida, la madre la miró ceñuda
y disparó una rápida respuesta en idish. Me tradujo: ‘Que
sean tres, así también hay vivienda’. Creo que,
por lo menos en parte, las sutilezas de Buma nacían de la dialéctica,
escondida en un mal castellano, de los Pizarnik” (20).
“El libro Yo, Oskar Schindler (21), una recopilación
de documentos fidedignos y originales, según su autora, Erika
Rosenberg, intenta reivindicar la imagen de Schindler frente a la que
presentó Steven Spielberg en su película sobre este empresario
alemán salvador de miles de judíos. La escritora argentina,
quien presentó en Budapest la versión húngara de
este libro escrito originalmente en alemán y presentado el año
pasado en la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, recalcó
que siente ‘una obligación moral, como amiga de la viuda
de Schindler, de borrar esa imagen de 'don Juan' y especulador que ofreció
Spielberg en La Lista de Schindler'.
Rosemberg señaló que ‘quizás ésta
sea una de las mejores formas de recordar la memoria de Oscar Schindler,
fallecido en Alemania en 1974, y de la viuda de Schindler, Emilie, quien
falleció hace una semana, a los 93 años de edad, en Brandemburgo’.
Schindler, junto a su esposa, salvó la vida de más de
1.300 judíos al darles trabajo en su fábrica y protegerles
así de la deportación, recalcó la autora del libro
y biógrafa de Emilie Schindler. El industrial alemán,
además, repartió más de dos millones de marcos
entre los judíos a quienes salvó, según atestiguan
los documentos, explicó Rosenberg.
‘Yo nunca vi que los estadounidenses hayan puesto en una
película las buenas actuaciones de un alemán, así
que Spielberg no podía hacer otra cosa que lo que hizo»,
señaló Rosenberg. ‘Una película nacida de
un sentimiento estadounidense, dirigida por un director estadounidense
y escrita por un australiano presentado al público como americano,
no pudo tener otro resultado que La lista de Schindler’, comentó
la escritora argentina. ‘Es cierto que Spielberg no pudo utilizar
la documentación que aparece en mi libro porque no sabía
de su existencia, ya que la misma apareció en el año 1998,
pero mi pregunta es que por qué no utilizó a la viuda’,
recalcó Rosenberg. Agregó que, ‘según la
carta que tengo en mi poder, Spielberg invitó a Emilie Schindler
a Jerusalén para rodar las últimas imágenes de
su película, como una sobreviviente y nada más’
” (22).
Oskar Schindler “Después de la guerra,
dirigió un rancho en Argentina (1949-1957), quebró y regresó
a Alemania. En 1961 fue invitado a Israel, donde recibió la Cruz
del Mérito en 1966 y una pensión del Estado en 1968. La
novela de Thomas Keneally, El arca de Schindler (1982), fue llevada
al cine con el título de La lista de Schindler, en 1994 por el
director Steven Spielberg, y obtuvo los premios Oscar más importantes,
entre otros al mejor director y a la mejor película en ese año,
dando a conocer las actividades de este héroe de guerra a un
público mucho más numeroso” (23).
“Al terminar la guerra, Eichmann se ocultó en un
monasterio católico en Italia. Wiesenthal decidió dedicar
‘unos años’ a buscar justicia y se enroló
para trabajar con los aliados en la recolección de evidencias
de crímenes de guerra. En 1947, cuando Eichmann huyó a
América del Sur usando un nombre falso, Wiesenthal creó
el Centro Judío de documentación en Lidz, para reunir
evidencias para juicios futuros. (...) Ese año la esposa de Eichmann
trató de conseguir que se declarara muerto a su marido. (...)
Aunque Wiesenthal tomó contacto con la Mossad nuevamente, y también
con Nahum Goldman, presidente del Congreso Judío Mundial, no
pasó nada hasta 1959, cuando Israel recibió la información
de Alemania de que Eichmann estaba en Buenos Aires. Se organizó
una operación encubierta. Un equipo de agentes secretos de la
Mossad secuestraron al ex nazi y lo llevaron a Israel. (...) fue encontrado
culpable de todos los cargos, sentenciado a muerte y colgado justo después
de la medianoche el 1 de junio de 1962” (24).
En “Pensamientos Incorrectos ¡Pobre alemán
Blumberg!”, escrbe Rolando Hanglin: “Un importante comunicador
argentino se refiere al ingeniero Juan Carlos Blumberg con el epíteto
"¡ese alemán!". En el contexto, la palabra "alemán"
está dicha con la carga denigratoria de un insulto, lo que conocemos
en otros casos más frecuentes, por ejemplo: "¡Ese
judío!", "¡ese gitano!", "¡ese
negro de m...!".
Está bien, cada uno habla como quiere y piensa como puede.
Hace unos días, el ingeniero Blumberg se reunió con un
referente de la protesta social, el sonriente piquetero Raúl
Castells. Fue un encuentro armado por una revista de actualidad, aprovechando
que uno (¿la derecha?) y el otro (¿la izquierda?) coincidirían
en una manifestación.
Durante la charla, el Sr. Blumberg expresó alguna idea
sobre el crimen y el castigo, a lo que replicó Castells: "
No, ingeniero, ahí está lo que no me gusta de los alemanes;
son muy rígidos, muy despiadados. Otra cosa, más cálida,
son los italianos, por ejemplo".
Blumberg se limitó a responder que los italianos hablaban
con las manos y resultaban más expresivos, pero sus excusas fueron
rápidamente rechazadas. Se encontró con el racismo antialemán.
A veces pienso: ¡pobres, los alemanes! Cargan con la cruz de ser
los inventores del nazismo y, antes, del autoritarismo prusiano.
Por falta de cultura histórica, Castells y otros ignoran
que el maestro de Adolfo Hitler fue un simpático italiano que
hacía muchos gestos: ¡Benito Mussolini! Porque no hay nazismo,
sino nazifascismo. Y es básicamente italiano. Los auténticos
fachos de los años 40 tenían pocos ídolos: Hitler,
Mussolini, Franco, Perón. Sí, Perón también.
Lo lamento. En realidad, el nazifascismo fue un movimiento paneuropeo
de vasta repercusión: hubo millones de nazis franceses e ingleses,
croatas y serbios, árabes y sudamericanos, húngaros y
turcos, españoles y hasta rusos.
Hoy resulta que los nazis fueron solamente alemanes. Qué
pena, y qué mentira. Por otra parte, las lacras del nazismo (tiranía,
genocidio, estado policial, supresión de la libertad, nacionalismo
bélico, crueldad inaudita, fanatismo irracional) son compartidas
por muchos movimientos sociales, líderes "carismáticos"
y héroes de cualquier tiempo.
Es lindo pensar en Alemania como la tierra del trabajo, la perseverancia,
la fuerza, la profundidad. Y, sobre todo, como la patria de las ideas.
Basta recordar a los creadores del marxismo (Karl Marx y Friedrich Engels),
a filósofos de toda tendencia (Wittgentstein, Kant, Feuerbach
o Hegel), a los fundadores del psicoanálisis (Freud y Jung),
al mentor del nudismo, Richard Ungewitter, y a los que desarrollaron
el automóvil, Benz y Daimler.
Cuando un país ha conocido tantas caricaturas del káiser
Guillermo, tantos pavos reales que se hacen llevar en carroza hasta
la Rural, tantos zonzos dispuestos a afirmar que "la situación
es gravísima y debemos proceder manu militari" , cuando
uno ha visto el desfile de Fidel Castro (47 años sojuzgando a
un país, decretando fusilamientos y dirigiendo la policía),
Onganía, Videla, Chávez, Pinochet, Franco, Oliveira Salazar.
¿Por qué no dejan en paz a los alemanes?(In memoriam Gustavo
Ruprecht)” (25).
Notas
1 Ambrosini, Cristina: “Una mirada filosófica Lugares:
Villa Gesell, en homenaje al economista Silvio Gesell. Un profeta entre
Marx y Keynes”, en La Unión Digital, Edición Número
2539, Miércoles 28 de Enero de 2004.
2 Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga
al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato Di Tella,
1986.
3 ibídem
4 ibídem
5 ibídem
6 ibídem
7 Brunswig de Bamberg, María: Allá en la Patagonia. Buenos
Aires, Vergara, 1995.
8 S/F: en Ediciones B América Allá en la Patagonia.
9 Dobrée, Pedro: “La emperatriz de San Julián”,
en Río Negro on line, General Roca, 19 de julio de 2003.
10 Varios autores: Enciclopedia Visual de la Argentina. Buenos Aires,
Clarín, 2002.
11 Giúdici, Alberto: “Grete Stern, la fotógrafa
que ponía el alma en cada retrato”, en Clarín, Buenos
Aires, 5 de abril de 2003.
12 Sosa de Newton, Lily: Diccionario biográfico de mujeres argentinas.
Buenos Aires, Plus Ultra, 1986 / Varios autores: Enciclopedia Visual
de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
13 Sánchez, Matilde: “El aura de la Historia”, en
Clarín, Buenos Aires,. 6 de julio de 1997.
14 Schönthal, Colegio: Bajaron de los barcos. www.monografias.com.
15 Urús, Mariana: “En el combate del Graf Spee el mar estaba
calmo”, en El Tiempo, Azul, 3 de marzo de 2002.
16 S/F: “El episodio Graf Spee”, en La Voz del Interior
on line, 24 de julio de 2002.
17 Goñi, Uki: La auténtica Odessa. Paidós, 2002.
18 Platía, Marta: “Los gozos y las sombras”, en Clarín
Viva, Buenos Aires, 26 de septiembre de 1999.
19 Medina, Pablo: “Historias de ida y vuelta”, en Villafañe,
Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana,
1990.
20 Alonso de Rocha, Aurora: “Entonces la mujer”, en El Tiempo,
Azul, 2003.
21 Rosenberg, Erika: Las memorias de Oskar Schindler. Buenos Aires,
Distal, 1998.
22 S/F: “Un matiz diferente”, en www.grupopayne.com.ar.
23 Pérez García, José Javier: “Biografía
de Oskar Schindler”, en www.alipso.com.
24 Vallely, Paul: “Justicia, justicia perseguirás SIMON
WIESENTHAL”, en La Nación, Buenos Aires, 25 de septiembre
de 2005. Traducción: Gabriel Zadunaisky.
25 Hanglin, Rolando: “Pensamientos Incorrectos ¡Pobre alemán
Blumberg!”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 1º
de octubre de 2006.
En biografías
En Victoria Ocampo, escribe María Esther Vázquez: "Delfina
Bunge, a quien Victoria imploraba amistad, era una muchacha muy diferente
a ella y quizá la mejor influencia posble que pudo encontrar. Tenía
entonces 24 años, había nacido en la Nochebuena de 1881.
Su abuelo, Carlos Augusto Bunge, descendía de una larga
línea de pastores luteranos enfrascados en arduos problemas ideológicos
y ocupó un lugar de relieve dentro de la colonia extranjera en
la época de Rosas. Había llegado a la Argentina en 1827
con sólo 23 años. Fue miembro fundador del Club de Residentes
Extranjeros, ayudó a levantar la Iglesia Luterana de Buenos Aires
y actuó como Cónsul de Prusia y de los Países Bajos.
Se casó con Genara Peña Lezica y de este matrimonio nacieron
ocho hijos, varios de los cuales se destacaron en la política,
el comercio, el campo y en las llamadas profesiones liberales.
Una de las tías paternas de Delfina, Sofía
Bunge, fundó una orden religiosa femenina, lo que da a su personalidad
un rasgo no habitual entre las mujeres de esa clase social de la época.
El padre de Delfina, Octavio Bunge, abogado, fue un magistrado con gran
vocación y su carrera judicial culminó con el cargo de
ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Se casó
con María Luisa Arteaga, de origen uruguayo, y se dedicó
con verdadero fervor a la educación de sus hijos, transmitiéndoles
su amor por la literatura, en especial por la poesía alemana,
por la música y por la naturaleza; además de inculcarles
un espíritu creativo, tesonero y metódico.
En este ambiente de excepcional formación intelectual
se criaron Delfina y sus hermanos varones, de los que puede decirse
que fueron personas notables: Carlos Octavio, el mayor y por el cual
ella sentía particular afecto y admiración, fue jurista,
sociólogo y escritor de novelas y cuentos; Augusto, socialista,
se dedicó a la medicina de tipo higienista, es decir preventiva;
Alejandro fue ingeniero y economista de ideas avanzadas e innovadoras;
Jorge, arquitecto y urbanista, fundó el balneario de Pinamar.
Delfina, de caracter introspectivo y espiritual por un
lado y razonador y artístico por otro, fue alumna de la Santa
Union. Allí encontró en algunas religiosas delicadeza,
dedicación a la tarea educativa, aspiración a una vida
de discreta perfeccion espiritual y estos modelos muy seductores para
su forma de ser ofrecían un serio contraste con el de jeune fille
que le ofrecia su clase social. Debió abandonar el colegio contra
su voluntad; entonces comenzó a escribir un diario, en el que
aprendió a dialogar consigo misma y a buscar con coraje su vocación
artistica y religiosa. En algun momento de su adolescencia se planteó
la posibilidad de entrar en un convento y aunque fue desechada, contribuyo
a fortalecer su convicción de que pese a ser mujer y casarse,
podría preservar su independencia y su creatividad" (1).

Nora Ayala evoca en Mis
dos abuelas. 100 años de historias (2) las vidas de
Gerónima, su abuela criolla que vivía en Misiones, y la
de Christina, su abuela alemana que se estableció en Trelew.
Christina es una mujer con estudio que viaja a la Argentina
contratada como ama de llaves en casa de un director de un banco de
su país. Ya en Adrogué, provincia de Buenos Aires, conoce
a un italiano con el que se casa. Habiendo nacido los hijos, el hombre
decide que lo mejor es volver a su tierra, para vivir de rentas. No
imaginaba que, para ello, debería dejar aquí a una de
sus hijas, que no pudo embarcar a causa de una enfermedad. Cuando el
hombre, dos años después, vuelve temporariamente a la
Argentina, no es a la niña a quien lleva a Italia -como le había
pedido su esposa-, sino al padre, deseoso de ver su pueblo. Se avecina
la guerra y el italiano hace oídos sordos a su mujer, quien insiste
en que deben regresar, aprovechando que los hijos –salvo la menor-
son argentinos.
Finalmente vuelve Christina, sin marido y con algunos de
los hijos, ya que otros quedan trabajando y uno está preso por
haberle pegado a un superior, durante una estadía forzada en
la milicia. Comienza entonces una vida nueva para la alemana, quien,
utilizando los conocimientos que traía de su tierra, además
de su ingenio y esfuerzo, pone un negocio que prospera y se sobrepone
a las dificultades.
Si la abuela criolla era soberbia y dominante, la alemana
–con un carácter tan fuerte como el de su consuegra- era
afable y comprensiva: “cada una en su tribu gozó de respeto
y predicamento. En el caso de Christina, además, de cariño;
en el de Gerónima del Rosario, por qué no, de temor”.
Ayala narra en qué circunstancias llegó
a la Argentina su abuela, en 1891: “Un aviso en el Bremer Zeitung
en el que se solicitaba una ama de llaves dispuesta a viajar a Buenos
Aires, la había conectado con herr Jantzen y su esposa, que irían
a instalarse en un remoto país sudamericano llamado Argentina.
El caballero iba como gerente del Deutsche Transatlantik Bank y lo acompañaban
su esposa y sus tres pequeños hijos”.
Se despide de su familia y de su tierra, a la que tardaría
años en regresar: “El puerto de Bremen se iba empequeñeciendo
en la lejanía mientras Christina, con los ojos llenos de lágrimas,
abrazaba fuertemente la estatuita del Bremer-Staedt-Musikanten que su
padre le había regalado al despedirse. Ya no se veían
las figuras de herr Peter con Lina, Ana y Johan, agitando los pañuelos”.
Otros alemanes también viajaban hacia ese país
desconocido. El ingeniero Walter Rathhof, afincado en el litoral,
recuerda: “ ‘¿Cómo vine a parar acá?
Hace tres meses ni sabía que existía este lugar. ¡Misiones!’
Apenas si había visto el nombre de Argentina en el mapa. En Alemania
no conocía a nadie que hubiera andado por esta parte del mundo,
pero bastó una propuesta para dejar la familia, el empleo seguro,
la patria, los amigos, por la aventura. (...)
Allá era un ingeniero más, sin mucha experiencia
entre tantos otros, en cambio acá estaba todo por hacer ¡Y
justo puentes! Si hubiera sabido que alguna vez tendría que hacer
puentes, tan lejos y sin poder consultar con nadie, hubiera prestado
más atención a aquel viejo profesor que siempre hablaba
de los de la India y de la China. Después de todo, los que tendría
que hacer acá tendrían más en común con
esos que con los prolijos puentes de hierro que diseñaba en la
facultad. Además, había que hacer todo desde el principio,
ni siquiera las mensuras estaban y los lugareños medían
las distancias en tiempo: dos días de barco, un día de
a caballo”.
Para comunicarse en la nueva tierra, debía aprender
el idioma: “Tres meses estudiando español. Por suerte en
el viaje había un valenciano que le sirvió de involuntario
profesor y lo llamaba ‘el alemán del diccionario’.
Pero lo importante era que se hacía entender y comprendía
bastante. Y a la fuerza, porque hasta ahora no había encontrado
a nadie que hablara alemán”.
Los criollos eran prejuiciosos con los inmigrantes: “Nosotros
no vinimos a matarnos el hambre como los gringos, estuvimos siempre
acá...”, afirma la abuela Gerónima. Los inmigrantes
también tenían sus prejuicios. Un criollo era discriminado
en el trabajo. Samuel estaba empleado en una empresa alemana: “al
principio estuvo muy contento hasta que se dio cuenta de que los alemanes
discriminaban a favor de los compatriotas en el momento de los ascensos”.
La religión era otro de los motivos de discriminación,
esta vez entre una inmigrante italiana y su futura nuera, alemana: “La
señora Irene era muy católica, de comunión diaria
y colaboraba con el párroco en las labores sociales de Adrogué.
El hecho de que Christina fuera protestante no contribuyó a facilitar
las cosas”.
Ayala nos habla de los oficios que desempeñaban
los alemanes. Christina fue ama de llaves, luego repostera y empresaria.
Walter era ingeniero.
Disfrutaban de la música inmigrantes y criollos,
en Misiones: “Por las noches, después de cenar, los martes
y viernes en lo de Rathhof se hacía música. Venía
herr Engelsberg con su esposa y su violoncello y el señor Di
Matteo con su violín, Walter arrimaba su propio viloncello y
rodeaban el piano de Zaida, dedicándose a hacer música
durante un poco más de una hora”.
La historia de estas dos abuelas permite a Ayala realizar
un cuadro costumbrista de una época de la Argentina, a la que
evoca a través de los relatos familiares y de su propia rememoración.
Notas
1 VICTORIA OCAMPO, por María Esther Vázquez. Buenos Aires,
Planeta, 1991. 239 páginas.(Colección Mujeres Argentinas,
dirigida por Félix Luna). Foto de tapa: Man Ray, 1930. Investigación
y edición fotográfica: Marisel Flores, Graciela García
Romero Felicitas Luna. Reproducciones: Filiberto Mugnani.
2 Ayala, Nora: Mis dos abuelas. 100 años de historias. Buenos
Aires, Editorial Vinciguerra, 1996.
En textos escolares
Cien lecturas se titula
el libro destinado a alumnos de quinto grado, que publicó la
Editorial Guillermo Kraft Limitada. Son sus autores José Mazzanti
e I. Mario Flores. La lectura n° 41 de esas cien, es “Los
inmigrantes”. Transcribo un fragmento de la misma: “¿Quiénes
son los que se han atrevido a desafiar así las penurias de la
travesía, abandonando su hogar y su patria? Son los inmigrantes.
A medida que van desembarcando, les oímos hablar veinte idiomas
distintos. Ved aquel italiano, que baja, de amplio pantalón de
pana y raro sombrero; aquel español, de chaqueta corta y ajustada;
aquel alemán, rubio y mofletudo... Y desfilan así, con
sus trajes y rasgos característicos, rusos, franceses, turcos,
belgas... ciudadanos de todos los países que vienen en procura
del pan y del bienestar que ofrece nuestro pródigo suelo a todos
los hombres de buena voluntad que deseen habitarlo” (1).
Notas
1. Mazzanti, José y Flores, I. Mario: “Los inmigrantes”,
en Mazzanti, José y Flores, I. Mario: Cien lecturas. Buenos Aires,
Editorial Guillermo Kraft Limitada, 1956. 19° edición. 249
pp.
En novelas
Acerca de Sobre la tierra, por Diego
Angelino, manifestó Nicolás Sarquís: "La
novela posee un mundo mágico y perturbador que se desarrolla entre
gente solitaria. Es una historia de amor trágico. El mundo de Angelino
se mezcló así con mis personajes que deben brotar desde
lo más íntimo de mi ser" (1).
Jorge Isaac escribió Una ciudad junto al río
(2), novela que el Gobierno de Entre Ríos declaró, por
iniciativa del Consejo General de Educación, de lectura complementaria
en las escuelas superiores de la provincia, a partir del séptimo
grado, recomendando su utilización en la enseñanza.
La obra está dedicada “a los inmigrantes árabes
–sirios y libaneses- y, por natural extensión, a españoles,
italianos, alemanes, judíos, suizos, rusos, polacos, yugoslavos,
y de cuanto otro origen y procedencia más, que se lanzaron un
día por los riesgosos caminos del mar a la aventura de ‘hacer
la América’ “.Partiendo de su propia etnia, la mirada
de Isaac se vuelve abarcadora, hasta incluir a hombres de diversa procedencia.
La acción transcurre durante el año 1925.
Cada acontecimiento se detalla prolijamente, ya que estos papeles eran
un diario personal. El autor del diario, un joven, cuenta sus andanzas
por el puerto, desde donde podía observar la llegada de los extranjeros:
“Los inmigrantes, aunque vengan en el mismo barco, llegan y descienden
aquí de manera diferente según sea su origen que nosotros,
con sólo mirarlos y hasta a veces sin oírlos, hemos aprendido
a determinar con riesgo escaso de equivocarnos”.
“Los italianos –que forman la corriente numérica
más importante en este tiempo- lo hacen en grupos compuestos
por una o muchas familias que cantan, ríen o gritan tanto como
pueden, volcando su entusiasmo contagioso y vital. (...) Los alemanes
–que también suelen arribar en grupos familiares- ofrecen
un marcado contraste con aquellos. Hablan lo indispensable y se mueven
con marcada compostura. Nunca cantan. Las diferencias físicas,
se advierten con más claridad en las mujeres y en los niños,
rubios y de cutis rosado éstos cuya belleza despierta siempre
admiración”.

El viajero de Agartha (3), de Abel Posse, fue distinguida con
el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México.
Transcribimos un resumen de su argumento: “En 1943, cuando el
curso de la Segunda Guerra Mundial se vuelve contra Alemania, Hitler
ordena a un oficial de su confianza emprender una importante misión
secreta. Deberá iniciar un viaje solitario a través de
Asia Central con el objetivo de descubrir, en algún lugar oculto
de la India o del Tibet, la mítica Agartha, Ciudad de los Poderes.
Irá con la falsa identidad de un arqueólogo británico
ejecutado por la Gestapo.
Esta aventura a través de la geografía exótica
se va transformando en un viaje hacia el universo esotérico de
las mitologías paganas, en las que el nazismo fundamentó
su ‘Teología de la violencia’. Retomando el tema
de Los demonios ocultos, esta gran novela de Abel Posse es, en definitiva,
una metáfora reveladora del fracaso de la ideología nazi”
(4).
En la nota que abre el volumen, Posse se refiere a los
nazis y a la forma en que surgió esta novela: “Conocí
algunos nazis refugiados en la Argentina de mis años de estudiante.
Desde entonces se instaló en mí la pregunta: ¿Qué
convicción oculta, inexplicable, llevó a estos hombres
a optar por la muerte, el sacrificio sangriento y la autodestrucción
individual y nacional? ¿Qué fuerza secreta los hizo saltar
del previsible surco de la burguesía alemana y de su encomiable
cultura? Sin duda un dios tan sediento de sangre como el dios de los
mexicas tuvo que haberlos impulsado. Este texto nació en torno
de aquella pregunta. El tema, todavía hoy, ha sido escamoteado
con entusiasmo por los autores alemanes, pero está ligado a la
esencia del autoritarismo y de la locura de este siglo que expira. Es
por lo tanto un tema universal, un tema profundamente americano”.
El protagonista de la novela es Walther Werner, graduado
en lenguas orientales y arqueología, teniente coronel de las
fuerzas especiales nazis, quien se define como “el mensaje de
salvación arrojado al mar enfurecido”. “Soy un SS
–afirma-: mi primer mandato es matar o morir matando esa sucia
rémora hija de una cultura pestilente y sentimental: la nostalgia,
la roñosa humanidad y su engendro bastardo, el mentado ‘humanismo’
“.
Es justamente esa postura ante la vida la que hace que
se desvincule del hijo que tuvo con una española, que apareció
muerta en Burgos “cuando entraron las fuerzas vencedoras de Franco”.
Sin embargo, el pensamiento en el niño aparece con persistencia
y motiva la carta que le escribe en Singapur en 1943. “No puedo
imaginar ya su rostro –afirma-. Le faltan los años necesarios
para comprender el sentido de mis líneas y en especial las causas
que me obligaron a abandonarlo”.
Aunque quiera convencerse, no es tan indiferente a la paternidad
como él desearía: “Tuve el acoso de la imagen, absolutamente
imaginaria de mi hijo lejano. Curiosamente, al no conocerlo ni tener
fotografías de él, fui creando un ser con facciones casi
precisas, hasta con gestos individuales y un cierto tono de voz que
no comprendo”.
Recuerda el momento en el que, en Madrid, cortó
el débil lazo que lo unía al niño: “Un hijo
puede provocar una extraña ternura cuando se lo alza y se oye
su risa inocente y feliz. Pero me era indispensable extrañarme
de él y de su madre. (...) Como había dicho Bullmann,
un SS no tiene familia, ni origen, ni otra consecuencia que el desafío
de construir un mundo nuevo. (...) ¿Cómo renunciar a todo
y quedarme junto a mi hijo? El mito era ya más fuerte que la
realidad”.
Entonces aparecen las referencias a la Argentina, país
en el que se cría el pequeño, lejos de su padre: “Es
un ser lejano que repite mi sangre. Nada sabe de mí. Crece en
una ciudad periférica como al margen de la historia, Buenos Aires.
(Estas palabras me suenan a paz, a tierras vacías y aventadas)”.
Repite, sin convencerse, los principios que lo privaron de este niño
que “Crece en Argentina. En Buenos Aires. Allí crece olvidado
el hijo de mi sangre, de mi ‘etapa meramente humana’ (...)
Cuesta liberarse de las trampas con las que nos castra el judeocristianismo:
vivir cargando a la espalda un gran crimen innominable. La Culpa. Sobrevive
en mí ese repudiable otro”.
Pero la moral es más fuerte que el adoctrinamiento,
afortunadamente, y lo obliga a imaginar una ciudad de la que poco sabe:
“¿Cómo sería esa ciudad de Buenos Aires?
Tengo referencias vagas, fotos vistas en un álbum de turismo.
Imagino una ciudad de casas bajas, calles muy quietas, con avenidas
largas y monótonas como las de ciertos barrios de Londres. Es
un pueblo bastardo, pero casi blanco y amigo de Alemania”. Una
vez más, el racismo hace su nefasta aparición.
“Albert, Alberto, mi hijo. Ahora corre por esas calles abiertas
donde suenan guitarras lejanas. Gute winde, Buenos Aires”. La
pena sobrecoge a este hombre aparentemente tan duro, que muere sin ver
a su hijo, y lo reencuentra más de treinta años después,
cuando Albert –el periodista Alberto Werner Lorca- recibe en París
el libro de notas de su padre, circunstancia en la que “Detrás
del horror de la historia y de la atrocidad de la ideología,
sin embargo, encontró las vibraciones del alma de ese padre al
que nunca conoció”.
En Singapur, un hombre imagina la Argentina. En Buenos
Aires, un hijo imagina a su padre. Esta es otra de las facetas del exilio,
que encuentra en Posse una voz empeñada en evocarlo.
En Barcelona se edita Frontera Sur, del hispano
argentino Horacio Vázquez-Rial. “Prostitutas, fantasmas,
jugadores, gallos de riña, socialistas primitivos, héroes
del trabajo, anarcosindicalistas o músicos que se cruzan en la
vida de tres generaciones de emigrantes gallegos, van tejiendo la trama
de Frontera Sur y la historia de Buenos Aires, entre 1880 y 1935.
Roque Díaz Ouro, que llega viudo y con un hijo a la capital
argentina, que se enamora de una prostituta de alto vuelo y que recibe
en su carrera ascendente la ayuda del espectro de un compadrito degollado,
es protagonista de este relato épico, junto al alemán
Hermann Frisch, portador de un bandoneón y de los principios
de la organización obrera. Pero también aparecen en él
figuras legendarias como Yrigoyen, Durruti o el propio Gardel, que definieron
el espíritu de una época y de una ciudad apasionantes”
(5).
Acerca del alemán Frisch, escribe Vázquez-Rial:
“Todos vieron alejarse al hombre alto y rubio que durante la travesía
de Montevideo a Buenos Aires había tocado aires tristes en ese
instrumento nuevo, el bandoneón. Ni le mareaba el barco, ni deslucían
su aspecto las infames acrobacias del traslado a la costa. Había
plantado cara a las autoridades de inmigración, y eludido la
barraca en que los más aceptaban asilo provisional. Llevaba sus
bienes –prendas escasas, libros, y aún su rara caja de
música- atados a una improvisada carretilla: dos varas de madera
nudosa clavadas a un travesaño, que iban a dar a los lados del
eje de una única rueda”.
El alemán recibe sugerencias acerca del idioma de
la nueva tierra: “le adelanto un consejo, gratis, si se piensa
quedar a vivir: agárrese al vos, con fuerza, como hizo antes.
Si habla de tú, va a ser siempre un extranjero. Eso, si no lo
toman por algo peor”.
Hay en la novela referencias a la educación orientada
hacia los países de origen. Un personaje dice que a Sarmiento
le parecía mal que se abrieran escuelas italianas, o alemanas,
o inglesas”. Otro interviene: “Era lógico que le
pareciera mal. (...) No estaba loco. (...) Un Estado. Quería
un Estado, con mayúscula. Y eso se hace con la escuela pública.
Esto no puede ser eternamente un centón mal cosido. La gente
que llegue tiene que adaptarse, recomponerse, mezclarse para formar
una raza argentina” (6).
En Secretos de familia (7), de Graciela Beatriz
Cabal, “Una abuela que calza trabuco y cruza los ríos a
caballo, un abuelo que se desangra por amor, las uñas largas
y filosas de la loca de la casa: “En la familia de nosotros –dice
la autora– hay secretos terribles. Yo mucho no puedo enterarme,
porque soy chica, porque son secretos y porque son terribles’.
Con la implacable y feroz lógica de la infancia, y a
través de un humor entre corrosivo y tierno, la niña de
Secretos de familia va registrando el inquietante mundo que la
rodea. Las complejas y entrañables relaciones familiares, los
grandes silencios, los suicidios, la muerte y sus rituales se entrelazan
con la vida y el paisaje de un barrio del sur de Buenos Aires en un
período que empieza en 1940 y culmina, no por azar, en 1952,
con la muerte de Evita.
Acaso la mayor conquista de este libro autobiográfico
haya sido lograr un verdadero desafío lingüístico:
el todo exacto para que la escritura no distorsione, opacándola,
la voz de la infancia. Una voz obstinada y poco complaciente que parece
haber nacido con el mandato de hurgar en la memoria. En la propia y
en la ajena. De eso trata, entre otras cosas, la literatura” (8).
En esa obra la autora se refiere a los vecinos alemanes.
La pequeña protagonista manifiesta: “A la noche dormimos
tranquilos porque el sereno nos cuida. Me gusta escuchar desde la cuna
el pito del sereno, sobre todo si mi papá ya volvió a
casa. Porque hasta que mi papá no llega yo tengo una cosa en
la barriga que me sube y me baja. Me da miedo de que mi papá
no vuelva nunca más. Me da miedo de que los alemanes se lo lleven
para la guerra. Me da lástima de mi mamá, que llora en
la cama grande... (...) Mi papá dice que los alemanes no son
el peligro, que el peligro son los chinos, que hay muchísimos
y se van a desparramar por el mundo para mandarnos a todos. (...)
Doña Lola, que es la madre de mi novio, tiene anteojos
azules y un diente negro. Don Oscar, que es el padre de mi novio, es
alto y colorado. ‘Porque es alemán’, dice mi mamá.
Pero éste no es maldito como los alemanes de Punta Mogotes y
los que hacen la guerra: es alemán nomás, y arregla los
barcos que se rompen”.

En La matriz del infierno (9), Marcos Aguinis
relata: "Rolf había tenido que viajar en tren a la austral
Bariloche. (...) El almanaque que colgaba en la vasta cocina del conventillo
donde bebió café antes de dirigirse a la estación
terminal le recordó que ya era el 11 de febrero de 1930. Don
Segismundo, mientras sorbía ruidosamente de su tazón,
trató de infundirle ánimo y le aseguró que Bariloche
era bellísimo, que encontraría allí los panoramas
disfrutados en su infancia, en las vecindades de la Selva Negra. Muchos
inmigrantes austríacos, suizos y alemanes la había elegido
por su semejanza con la tierra natal".

En 1999 se publica Hotel Edén (10), novela
de Luis Guzmán a la que pertenece este párrafo:
“En el frente del edificio, el águila imperial había
dominado el valle hasta que a comienzos del 45 Argentina declaró
la guerra a Alemania. Seguramente todo el pueblo asistió a la
demolición del águila, símbolo de un poder que
se extinguía en el mundo. Posiblemente también ese mismo
día destruyeron la antena de onda corta que estaba en la torre
y permitía que se comunicaran clandestinamente con Alemania.
(...)
Observó el hueco que el águila había dejado
y después localizó la fecha borrosa de la fundación
del Edén. De inmediato vino a su mente el nombre de los primeros
propietarios sobre los que caía, desde tiempos remotos, una leyenda
negra”.
Acerca de esta obra, expresó Jorgelina Nuñez:
“Hotel Edén es un libro complejo, evasivo en una
primera lectura. Una promesa de silencio pesa sobre la relación
con Mónica y el pasado del hotel del título -"¿Quién
quiere hablar de una pesadilla?", le dirá Ochoa a su segunda
mujer-, una construcción que de a poco se va resquebrajando,
mostrando sucesivas capas que dejan al descubierto no la verdad de la
historia sino su fondo oscuro de catástrofe, de cataclismo interior.
De allí que el curso temporal de los acontecimientos
es rescatado como de un sueño turbulento, oscilando entre el
presente que va en busca de la reconstrucción y el instante pretérito
que se sabe perdido”. (...) La narrativa de Luis Gusmán,
que desde hace tiempo no duda en llamar las cosas por su nombre, descree
de los paraísos; por eso de este Edén no puede esperarse
otra cosa que un módico infierno de clase media habitado por
fantasmas difíciles de conjurar” (11).
Notas
1. Martínez, Adolfo "En la tierra de Sarquís",
en La Nación, 17 de julio de 1996.
2. Isaac, Jorge: Una ciudad junto al río. Buenos Aires, Marymar,
1986.
3. Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé.
4. S/F: en Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé.
5. S/F: en Vázquez Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones
B.
6. Vázquez Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones
B.
7. Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Sudamericana,
2003.
8. S/F: Gacetilla de prensa en www.sudamericanadigital.com.ar.
9. Aguinis, Marcos: La matriz del infierno. Buenos Aires, Sudamericana,
1997.
10. Gusmán, Luis: Hotel Eden. Buenos Aires, Norma, 1999.
11. Núñez, Jorgelina: “Fantasmas del edén”.
Buenos Aires, Clarín, 15 de agosto de 1999
En cuentos
Eduardo L. Holmberg evoca en “La
pipa de Hoffmann” a un judío alemán que
“Conocía profundamente la historia y la literatura antiguas,
las pocas reliquias de la edad media, y era capaz de apreciar los grandes
hechos y los grandes hombres de los tiempos modernos y contemporáneos”
(1).
Jorge Luis Borges se refirió a la inmigración
alemana en uno de sus cuentos. El lector recordará con qué
frase se inicia el cuento titulado “El sur”: “El
hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes
Dahlmann y era pastor de la iglesia evangélica”. Pasados
los años, nos enteramos de que este inmigrante dejó descendencia
en suelo americano: “en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann,
era secretario de una biblioteca municipal en la calle Córdoba
y se sentía hondamente argentino” (2).
María Teresa Gramuglio sostiene que “en
‘El Sur’, relato que Borges ha calificado de autobiográfico,
‘al menos en sus primeras páginas’, otra oposición,
la de lo criollo y lo europeo, se condensa en el protagonista, Juan
Dahlmann, descendiente de un pastor alemán y de un coronel argentino.
En el nivel más visible –agrega-, los datos ‘autobiográficos’
se multiplican: Dahlmann trabaja en una biblioteca, sufre un accidente
similar al sufrido por Borges en 1938, conserva unos vagos campos que
no visita. (...) En un nivel menos visible, la dicotomía entre
lo criollo y lo europeo define una elección que se resuelve en
el relato (ir al sur, aceptar el duelo) y que a la vez lo resuelve con
la muerte” (3).
Al igual que el escritor, Juan Dahlmann siente correr por
sus venas sangre de dos tierras: “Su abuelo materno había
sido aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea,
que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por indios
de Catriel”. Elige una de estas ascendencias, por un motivo que
arriesga el cuentista: “en la discordia de sus dos linajes, Juan
Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió
el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica”.
Esa elección marca su personalidad: “Un estuche con el
daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la
dicha y el coraje de ciertas músicas, el hábito de estrofas
del Martín Fierro. (...)
Esta elección sella su destino: morir, o soñar
que muere, en el Sur, en un duelo a cuchillo. ‘Sintió que
morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto, hubiera sido una liberación
para él, una felicidad y una fiesta... Sintió que si él,
entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta
es la muerte que hubiera elegido o soñado’ “.
En “La tos”
Ezequiel Martínez Estrada presenta a Rauch, un descendiente
de alemanes, quien recibe la visita de un “empresario de reducciones
orgánicas”. El visitante manifiesta ser alemán y
dice a su interlocutor: “Supongo que usted también es de
ascendencia alemana. –Rauch asintió con la cabeza-. Nos
entenderemos mejor entonces; lo espero. Hablaremos un lenguaje de caballeros”
(4).
Juan José Hernández relata, en “El
inocente”, que ha desaparecido un gato. “Poco
tiempo después Julia y yo lo descubrimos muerto en la quinta
del alemán. Ocultamos nuestro hallazgo. Nos habían prohibido
subir a la pared del fondo que daba a la quinta, pero a menudo desafiábamos
el peligro para robar naranjas. Nunca saltábamos la tapia; hacerlo
hubiera sido correr la misma suerte del gato. Provistos de un palo de
escoba en cuyo extremo habíamos dispuesto un alambre en forma
de gancho, cortábamos de un violento tirón las naranjas
de los árboles cercanos. Abajo, los perros guardianes de la quinta
ladraban, echaban espuma por la boca, mostraban los dientes, gemían
de furia y de impotencia. El alemán, un ingeniero agrónomo
que vivía en el centro de la ciudad, sólo les daba de
comer una vez por semana para volverlos más feroces” (5).
En "Bajo la luna, sobre la
tierra, bajo la noche", el autor presenta a una pareja
de gringos. El marido habla alemán, y la esposa, "su media
lengua" (6).
El protagonista de “Esperanza”,
de Santiago Korovsky, “Con la gente del conventillo se
había ido encariñando, había cinco polacos, una
pareja de gallegos, una pareja de judíos con un hijo, tres italianos
y dos alemanes. Era gente humilde, cariñosa, generosa y solidaria.
Algunos habían probado suerte como él, pero, también,
habían perdido” (7).
Magdalena Ruiz Guiñazú evoca, en “El
sortilegio”, la relación entre una pareja de
alemanes y la novia del hijo: “Digamos que aquellos germanos,
los Sachs, mostraron sólo una educada indiferencia. ¿Qué
podía importarles aquella criolla rioplatense, exuberante, alegre
y pobre, que ni siquiera sabía hablar el alemán? Sin embargo,
guardaron las apariencias con formalidad. Se cumplirían las reglas
y sus amistades sólo percibirían que aquella no era la
nuera esperada, pero que la vida es tal como es y que las personas inteligentes
saben adaptarse a cualquier circunstancia” (8).
En “El hombre frío”,
Horacio Vázquez-Rial presenta a un descendiente de alemanes:
“Ese rubiecito flaco, que seguramente vivía en el barrio,
aunque nadie sabía exactamente dónde, daba para todo:
para una madre represiva, posesiva, castradora, que no le permitía
tener una novia como todo el mundo, o para un padre violento, de tradición
prusiana”.
En “Tablero desierto”,
de Héctor Alvarez Castillo, un alemán contrae enlace
en la nueva tierra. Relata el protagonista: “La historia familiar
que alcancé a conocer es sencilla. Si soy sincero debo confesar
que a ella la vi más de un par de veces. Mi amigo descendía
de alemanes. Su padre llegó a Buenos Aires durante el segundo
gobierno de Irigoyen en un barco que lo trajo de África, de un
continente que no era su país, a otro más alejado aún
del mundo en el que se había criado. Provenía de una ciudad
cercana a Berlín. En ella había logrado un título
de ingeniero que lo conectó dentro de la comunidad germana ya
instalada en el Río de la Plata y, en una de las reuniones a
las que con frecuencia era invitado, la esposa del hombre con quien
comenzara a trabajar le presentó a Eloisa. Una joven delgada
que vio a su primer hombre en esa velada con el pudor y la ambición
en tornadizo vaivén” (9).
Notas
1. Holmberg, Eduardo L.: Cuentos fantásticos. Buenos Aires, Hachette,
1957.
2. Borges, Jorge Luis: “El sur”, en Ficciones. Buenos Aires,
Sur, 1944.
3. Gramuglio, María Teresa: “Jorge Luis Borges”,
en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
4. Martínez Estrada, Ezequiel: “La tos”, en Arlt,
Roberto, Borges, J.L. y otros: El cuento argentino. 1930-1959***. Buenos
Aires, CEAL, 1981.
5. Hernández, Juan José: “El inocente”, en
Hernández, Juan José; Tizón, H., Blaisten, I. y
otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Buenos Aires,
CEAL, 1981.
6. Angelino, Diego: "Bajo la luna, sobre la tierra, bajo la noche",
en Con otro sol, Corregidor, 1993, volumen que acompaña las ediciones
de Diario Popular (Buenos Aires), El Día (La Plata) y Democracia
(Junín).
7. Korovsky, Santiago: “Esperanza”, en Aequalis.
8. Ruiz Guiñazú, Magdalena: “El sortilegio”,
en La Nación, 20 de diciembre de 1998.
9. Alvarez Castillo, Héctor: “Tablero desierto”,
del libro de cuentos inédito "En la noche".
En poesías
José Pedroni se refiere, en el poema “Peter
y Anna”, a “los fundadores de Esperanza. Naturales de
Hintertiefenbach (Alemania). Peter murió de pena a los catorce
días de su llegada”. Su mujer no tiene dónde enterrarlo:
“No hay una caja para Peter Zimmermann/ muerto en la madrugada./
-‘Los ataúdes de Hintertiefenbach/ eran de pino y haya’-./
Anna Elisabeth Leiser/ está vaciando el arca./ Sin hablar, sus
tres hijos/ míranla arrodillada./ Por el suelo la ropa, los retratos,/
la Biblia deshojada” (1).
En su poema “En el día
de la recolección de los frutos”, Alfredo Bufano
dice “Salud!” “también a vosotros, hombres de
la vieja Alemania” (2).
Notas
1 Pedroni, José: Hacecillo de Elena.. Santa Fe, Colmegna, 1987.
2 Bufano, Alfredo: “En el día de la recolección
de los frutos”, en Para todos los hombres del mundo que quieran
habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
En teatro
“La urbe no consigue absorber del todo el aluvión
tumultoso que avanza desde el puerto –afirma Luis Ordaz-,
y si bien el inmigrante se va incorporando al medio que habita e integra.
Éste (el medio) se conforma, asimismo, con dicha participación
e incidencia.
El inmigrante se adapta o no, pero, a la vez, impone un nuevo
sentido a las cosas y hasta las nombra y condimenta con vocablos y giros
que componen una nueva jerga de frontera. Italianos y españoles,
particularmente, pero también ‘turcos’, polacos,
‘rusos’ (judíos de variadas procedencias), animan
una población pintoresca por el enfrentamiento, habitualmente
apacible y sin prejuicios de ninguna índole, de todas las nacionalidades,
razas y credos. Todo esto resalta, de manera natural, en el ‘sainete
porteño’ “ (1).
“En Mustafá, sainete
que Armando Discépolo y Rafael José De Rosa
escriben en colaboración, y estrenan en 1921, don Gaetano (tano
típico del género) se entusiasma ante la fusión,
la ‘mescolanza’, que se logra en las bulliciosas casas de
vecindad porteñas” (2).
Conversando con el turco que da nombre a la obra acerca del
casamiento del hijo del primero con la hija del segundo. Destaca el
clima amistoso del conventillo: “E lo lindo ese que en medio de
esto batifondo nel conventillo todo ese armonía, todo se entiéndano:
ruso co japonese; francese con tedesco; italiano co africano; gallego
co marrueco. ¿A qué parte del mondo se entiéndono
como acá: catalane co españole, andaluce co madrileño,
napoletano co genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte.
Este e no paraíso. Ese ne jauja. ¡Ne queremo todo!”
(3).
A criterio de Ordaz, “Don Gaetano se refiere, efusivo,
a una parte verdadera e importante del conventillo, mientras la otra
parte, que sirve para completar la visión, queda soslayada: ¿quiénes
habitan las enormes casonas, cómo se vive en un conventillo?”
(4).
Andrea Bauab es la autora de Desde
la cuna (5), obra en la que muestra algunas de las posturas
posibles con respecto a la religión, la tradición, y el
respeto por los ideales de la comunidad. Varios personajes encarnan
esos puntos de vista, que los llevarán a plantear aspectos de
una situación acerca de la cual todos ellos tienen algo valioso
para decir.
En esa misma obra, un personaje se refiere a algunos exiliados:
“lo que yo no entiendo es qué es lo que motiva a una mujer
como vos, que vivió tantos años en Israel, que estudió
aquí y sabe lo que es sentirse judío en el país
de los judíos, qué la motiva a instalarse en uno de los
más famosos nidos-refugios de nazis que existen, y a vivir rodeada
por sus descendientes, y a elegir que tus hijos crezcan rodeados por
los hijos de los nazis”.
Notas
1. Ordaz, Luis: “Armando Discépolo o el ‘grotesco
criollo’ “, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos
Aires, CEAL, 1980.
2. Ordaz, Luis: ibídem
3. Discépolo, Armando y De Rosa, Rafael: Mustafá. Citado
por Páez, Jorge en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
4. Ordaz, Luis: op. cit.
5. Bauab, Andrea: Desde la cuna, en Cuatro Obras de Teatro Judío
Moderno. Buenos Aires, Milá, 2005. 160 pp.
En cine
“En La Patagonia rebelde (1974),
Héctor Olivera dramatiza las huelgas de los trabajadores
anarquistas, en el sur de la Argentina, durante 1920 y 1921, según
la investigación realizada por Osvaldo Bayer en Los vengadores
de la Patagonia trágica. Rodada en momentos de gran tensión
política, intenta una lectura aleccionadora de la historia.
Para eso, el film se constituye en un vasto flash back, que
protagonizan los cabecillas Soto, Facón Grande y el alemán
Schultze, seguido de la secuencia que marca el presente de la narración,
con la muerte del teniente coronel Zabala (Varela, en la realidad).
Completando este juego de tiempos, sobre el final, un plano
detalle de la mirada desconcertada del militar, mientras le hacen oír
una canción en inglés, envía al espectador a una
reflexión sobre el futuro. La crítica especializada destacó
la esmerada dirección del elenco, encabezado por Héctor
Alterio (Zavala), Federico Luppi, Luis Brandoni, Pepe Soriano, Osvaldo
Terranova, Pedro Aleandro, José María Gutiérrez,
entre otros.
Obtuvo el Oso de Plata en el Festival de Berlín, mientras
la exhibición local fue demorada dos meses en espera de la calificación
del Instituto Nacional de Cinematografía. Cuatro meses después
del estreno fue levantada de las pantallas por amenazas de grupos violentos,
en el país.
Las crudas imágenes de este film emblemático,
lamentablemente premonitorias, son el ejemplo de un cine histórico
en el que no se niega el compromiso del realizador, expuesto en el punto
de vista desde donde se cuentan los sucesos” (1).
“En el cine de Héctor Olivera (La Patagonia rebelde, 1974)
y de Ricardo Wullicher (Quebracho, 1974), la estructura épica
se aprisiona en una heroicidad social y adopta la forma de un sujeto
político y combativo. Desde la dialéctica historia pasada-tiempo
presente se interpela el accionar ideológico del espectador.
Ambos buscan su referente en los actos autoritarios de la historia argentina”
(2).
En abril de 1998, anuncia una noticia de la agencia Télam:
“La novela de Horacio Vázquez Rial, ‘Frontera sur’,
finalmente fue elegida –después de cantidad de lecturas-
por el cineasta español Gerardo Herrero para dar vida a una historia
de inmigrantes. ‘La filmación se hará enteramente
en la Argentina; hay muchas locaciones en Luján, donde el 27
de este mes empieza el rodaje, que durará ocho semanas’,
confirmó el autor de ‘El soldado de porcelana’ a
Télam. Entre los actores contratados figuran Federico Luppi,
el alemán Peter Lomaier (conocido por su trabajo en ‘El
enigma de Kaspar Hauser’, de Werner Herzog) y Maribel Verdú
en los papeles principales. ‘Pero habrá varias sorpresas
más’, dice el escritor, que prefiere no hacer adelantos.
También dice que el guión de ‘Frontera...’
le pertenece: ‘Es una experiencia muy enriquecedora e intensa.
Y es curioso, porque el director tiene un respeto por la novela mucho
mayor que el autor’. ‘Me traiciona cada tres líneas,
pero el resultado me gusta. Y, aunque no participo en el proceso (de
producción, filmación, montaje, etc.), no iría
nunca en plan Javier Marías quejándome porque me cambiaron
la novela’, agrega. ‘Es un trabajo de ida y vuelta. Yo despojé
la novela. Gerardo la devolvió. Después hicimos un trabajo
de poda. En fin, agregamos cosas por indicación de los actores.
El cine, en ese sentido, no tiene nada que ver con la literatura: es
un trabajo en común’, dijo el escritor” (3).
En Saladillo "terminó el rodaje de El ultimo
mandado, largometraje de Fabio Junco (36) y Juli Midú (31), protagonizado
por Ellen Wolf, ganadora del premio Trinidad Guevara, que otorga el
gobierno de la ciudad de Buenos Aires, como mejor actuación femenina
de reparto, por su trabajo en La omisión de la familia Coleman,
de Claudio Tocachir, y por el joven vecino saladillense Lucas Midú,
hermano de uno de los cineastas. (...) 'Soy judía y hago de nazi,
¿qué le parece?, confesó la veterana actriz (su
apellido de soltera es Rottemberg) hace dos meses, al iniciar el rodaje
de este lagometraje de bajo presupuesto con locaciones en Saladillo
y en Buenos Aires. (...) Según Junco y Midú, la película
aborda una realidad argentina todavía inexplorada en la ficción:
la de los pueblos del interior que sirvieron como refugio para numerosos
personajes vinculados con el régimen nazi" (4).
Notas
1 Kriger, Clara: “La Patagonia rebelde”, en Cien años
de cine.
Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo II.
2 Manetti, Ricardo: “El cine de la digresión”, en
Cien años de cine.
Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo II.
3 S/F: “ ‘Frontera sur’ llega a la pantalla grande”,
en El Tiempo, Azul, 12 de abril de 1998.
4 Minghetti, Claudio D.: "Saladillo ya es un pueblo de película",
en La Nación, Buenos Aires, 10 de septiembre de 2006.
.....
Así se recuerda a la inmigración alemana que llegó
a la Argentina. A lo largo del siglo al que nos referimos, distintos
fueron los motivos que impulsaron a los alemanes a dejar su tierra,
y distinta también, la forma en que se integraron al país
que los recibió.
Octubre de 2006
Fin del trabajo de la Lic. María González Rouco.
Sigue otro trabajo muy interesante de Gerardo
Álvarez que es parte del Libro
"Presencia Alemana y Austríaca en la Argentina" de Ed.
Martínez Zago.
Clic en Parte II de
Gerardo Alvarez
Del Libro
"Presencia Alemana y Austríaca
en la Argentina"
por Gerardo Álvarez.
Martinez Zago Ediciones de Bs. As., 1985.
Este artículo se compone de dos partes,
transcriptas una a continuación de la otra.
En el Campo:
Santa Fe.
Uno de los testimonios más
precisos y válidos para el estudio del rápido proceso
de inmigración y colonización de la Argentina en la segunda
mitad del siglo XIX, es el informe presentado a la Comisión Nacional
de Inmigración por el Inspector de colonias Guillermo Wilcken,
luego de concretar en 1872 un fatigoso viaje por las creadas hasta entonces
en las pampas. En ese trabajo titulado "Las Colonias", expresa
que la inmigración alemana estaba en ellas "escasamente
representada", a su criterio porque, "lo mismo que al suizo,
al colono alemán le cuesta acostumbrarse al país; inconveniente
al que contribuye la dificultad que experimenta para aprender el idioma
nacional". Sin embargo, agrega que "una vez vencida aquella
dificultad y familiarizado con las costumbres, no hay mejor colono ni
agricultor más inteligente."
En la década de los
'1880 los italianos predominaban en Santa Fe; representan un 70% del
total de inmigrantes, seguidos por los suizos, españoles, franceses
y alemanes. Estos que no llegaban a 500 en 1858, eran más
de mil cuando Sarmiento levantó un censo en 1869, y dos mil ochocientos
en 1887.
Aarón Castellanos fundó
Esperanza en 1858, con el aporte de colonos suizos y alemanes. Un lustro
después, el alemán Juan Gaspar Helbling
abrió en ese pueblo un colegio particular, y Tomás Hutchinson,
uno de los viajeros ingleses que nos visitaron en el siglo XIX, refiere
que ese maestro había organizado un coro entre jóvenes
suizos y alemanes que entonaban sus canciones tradicionales.
En San Jerónimo y San
Carlos el número de alemanes fue menor, aunque en la segunda
de esas colonias ambas colectividades tuvieron activa participación
en la Deutsche Schule, la iglesia Evangélica y la biblioteca
pública, entre cuyo material se encontraban libros y periódicos
alemanes.
Según Carlos
Beck-Bernard - el colonizador que fundó San
Carlos - los primeros habitantes de Guadalupe, creada en 1864
en las cercanías de Santa Fe, fueron alemanes de Hannover procedentes
del Brasil.
Otros grupos de inmigrantes germanos
de cierta consideración se nuclearon en Helvecia
(1865), Humboldt (1869) y en las colonias fundadas
por el Central Argentino algo después de la iniciación
del servicio ferroviario entre Rosario y Tortugas, el 1º de Mayo
de 1866.
En ellas se destacaron los maestros suizos Pedro
Dürst, Roberto Weihmüller y Juan Meyer, quienes
gozaron de mucho prestigio como educadores de acreditados colegios y
contribuyeron al cultivo del idioma alemán.
En Cañada de
Gómez el primer habitante y Jefe de la Estación
del Central Argentino se llamaba Pedro Reün
y era oriundo de Kappeln, de donde vino en 1867 con
su esposa e hijos y una cuñada, Margarita Hansen.
Esta alemana que luego contrajo matrimonio con Augusto
Schnack, escribió en su vejez el relato "Quien
realiza un viaje tiene algo que narrar", en el
que evoca la travesía desde Hamburgo en la frágil goleta
Antílope y los difíciles tiempos que vivieron en la solitaria
estación de ese pueblo, todavía inexistente, cuyos pobladores
iniciales eran alemanes y criollos. Allí se fundó el 1866
el importante establecimiento Schönberg del alemán
Pablo Krell, que según Wilcken "estaba
dotado de todos los instrumentos y máquinas de agricultura más
modernos" y contaba con carpintería y herrería,
inmensos alfalfares y cabañas de vacas de cría inglesa.
Entre cuatro y seis leguas
al norte de Cañada de Gómez se encontraban algunas de
las más grandes estancias de alemanes de Santa Fe. Una de ellas,
Los Leones, fue establecida en 1864 por los jóvenes
Enrique von Post y Felipe Bleck.
Otras fundadas hacia 1870-75, eran las colonias
La Germania de Guillermo
Nordenholz, y La Hansa, de Woltje
Tietjen, cuyos propietarios se desempeñaron
como cónsules alemanes en Buenos Aires y Rosario.
A comienzos de la década
de 1890 los Tietjen trajeron desde Hamburgo
las primeras liebres que llegaron al país, algunas de las cuales
escaparon y se reprodujeron con rapidez.
La presencia de alemanes pudo
advertirse en distintas expresiones de la vida cotidiana en las colonias
agrícolas de Santa Fe. Se manifestó en chacras y estancias,
en humildes negocios y rudimentarias industrias, en escuelas, coros
y oficios religiosos, en costumbres, diversiones y voces, y hasta en
las banderas alemanas que proclamaban, durante los días festivos,
la procedencia de muchos de los esforzados pioneros de esas fascinantes
colonias que contribuyeron a edificar aquella Argentina que, como bien
expresara Rubén Darío, era una Babel en la que todos se
comprendían.
En la ciudad:
Rosario.
Desde mediados del
siglo XIX algunos alemanes comenzaron a radicarse en Rosario, recordándose
entre ellos a Heinrich Amelong, un maestro de música procedente
de Buenos Aires, donde había tenido como alumna a Manuelita
Rosas. El censo de 1869 señaló que esa pequeña
clonia estaba integrada por ciento treinta y seis personas, de las
cuales sólo quince eran mujeres.
La
primera institución alemana de Rosario fue creada a fines de
1868 por Woltje Tietjen, designado por ese tiempo cónsul de
la Confederación Germánica del Norte en el Rosario,
y se llamó Deutscher Hilfsverein. Esta Sociedad
Alemana de Socorros Mutuos, una de las primeras en su tipo de la provincia
de Santa Fe, se proponía asistir a los connacionales enfermos
o en dificultades económicas y auxiliar a los familiares de
los que fallecieran.
Tres lustros después, en
1885, la colectividad constituyó el Deutsche Verein,
para asociarse al cual se requería "ser persona de antecedentes
intachables, mayor de edad y poseer el idioma alemán"
y cuyo lema era "sed unidos en bien de la probada lealtad
nacional". Los integrantes de ese Club Alemán,
que presidía Hermann Schlieper, reunieron
rápidamente los recursos necesarios para adquirir un terreno
donde al año siguiente levantaron su casa propia, que se convirtió
en el centro de las reuniones sociales y culturales de la comunidad.
En 1886, cuando los residentes
germanos de Rosario eran alrededor de ochocientos, se anunció
la edición de un periódico alemán. Hacia 1892
se fundó el Deutscher Frauenverein,
Sociedad de Damas de Auxilio, que se proponía
la protección de la mujer y desarrolló una notable tarea
asistencial. Dos años más tarde se organizó la
Congregación Evangélica Alemana, que entre 1912 y 1913
edificó su propia iglesia.
Como otras colectividades
extranjeras, los alemanes de Rosario fundaron hacia fines del siglo
XIX escuelas en las que trataban de conservar la lengua y la
cultura de su tierra. La primera de ellas fue el Deutsche
Schulverein, un Colegio Alemán nacido por iniciativa
de Wilhelm Schneider.
En 1900 se constituyó
el Deutscher Argentinischer Schulverein. La Escuela,
cuyo principal animador fue Ernst Deutsch,
era conocida por el nombre de Germania. Otra destacable inquietud
cultural de los alemanes de Rosario fue el Deutscher
Männerchor, coro masculino constituido a partir
de un conjunto vocal suizo.
Durante la década
de los '1930 surgieron la Sociedad Alemana de Beneficiencia
y Cultura y una comunidad de trabajo - Arbeitsgemeinschaft
der Deutschen Vereine von Rosario - que agrupó a todas
las entidades germanas. Después
de la Segunda Guerra Mundial los bienes de la Deutsche Schulverein
fueron confiscados como propiedad enemiga. Aunque se los restituyó
en 1957, al estar ocupados por colegios nacionales recién fueron
recuperados efectivamente en 1965.
Más tarde reabrió sus puertas
el prestigioso Colegio Alemán Argentino, que
cuenta con un kindergarten, una escuela primaria y otra de nivel medio.
En la postguerra se había constituido también el Círculo
Cultural Argentino-Alemán, que en 1953 reorganizó
el Deutscher Männerchor, bajo la dirección
de Nora Heitz
y posteriormente el maestro Juan
Untersander.
En el presente, el
Club Alemán, la Congregación Evangélica Alemana
y el Colegio Alemán Argentino testimonian la vigencia
de una colectividad que, a lo largo de más de 130 años,
(referidos a 1985) ha realizado significativos aportes a la vida social,
educativa y cultural de Rosario.
GERARDO ÁLVAREZ.