LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
LA CONQUISTADORA DE AMÉRICA
Unida su buena estrella a la propia diligencia, pronto mi dilecto amigo Francisco Fernández logró prosperar en la capital argentina. Apenas llegado, procedente de un mísero aldeorrio del noroeste de España, encontró colocación en un “registro”, como allí se denomina el almacén de tejidos por mayor, comercio que se halla, por regla general, en manos de españoles.
Sus primeras funciones fueron barrer el registro, abrir las puertas, despertar a los dependientes, levantar los catres, sacudir el polvo de la estantería, desempañar los escaparates, empaquetar las telas vendidas, callar, obedecer y sufrir algún manteo. Era el mocete un serrano listo, dócil y activo. Poseía, además, en máximo grado, ese ágil sentido de adaptación, tan útil en América, que caracteriza a nuestros aldeanos; sentido que no suelen poseer los hijos de las ciudades, cuya vida en la inmigración es —casi regla absoluta— un completo y lamentable fracaso.
Con tales aptitudes, rápidos fueron en el registro los ascensos de Paquito Fernández. Viajante por los poblados pamperos, sus notas de venta eran copiosas, imponiéndose a la consideración, siempre atenta al negocio, de los “registreros”, sus patronos, dos socios industriales, y del comanditario, los tres españoles, conterráneos del nuevo impulsor del negocio textil.
Pronto fue “habilitado”, término con que se expresa allí la condición de copartícipe en las ganancias, no en la propiedad del registro, que sólo pasa a manos de los habilitados cuando el capital acumulado en concepto de participación en las ganancias suma tanto como el de los socios industriales, pasando entonces éstos a la categoría de comanditarios. Esta es la bella y humanísima tradición del comercio español en América. Mucho antes de que la palabra socialismo sonara en el mundo, su contenido económico regía la vida mercantil de los indianos.
El fácil y flexible sentido de adaptación de Paco Fernández no excluía un patriotismo ardiente. Carecía de toda cultura histórica, y sólo había visto de España su aldea natal y el puerto donde embarcó. Pero le bastaba para sentir hondamente la emoción patriótica una sola frase de nuestros anales: “En los dominios de España no se ponía el sol”. No necesitaba más Fernández para advertir toda la magnitud de nuestra significación histórica en el mundo.
El hecho de haber sido un día dueños absolutos de todo el alumbrado celestial producíale, como español, una sensación de íntima gigantez que le hacía mirar por encima del hombro al resto de la inmigración europea. Su patriotismo tornábase entonces acalorado y encendido, como si realmente tomara su temperatura de la propia condición de una raza tan soleada. Quizá la interpretación más clara y exacta de la decadencia de España se halle en los efectos enervantes de la insolación...
* * *
Los compueblanos que llegaban a la Argentina encontraban en Fernández cariñosa acogida y eficaz amparo en sus primeros pasos por la gran Cosmópolis. Esta solícita protección había hallado eco de gratitud oficial en el Concejo de su aldea nativa. En solemne sesión se le nombró hijo predilecto, “en justa aunque modesta, recompensa por el auxilio prestado a los paisanos que huyen en busca de mejor suerte, y también por sus generosas donaciones para edificar una escuela, hacer una fuente en la plaza, fundir de nuevo las rotas campanas y adquirir un reloj de torre, cuya grandiosa esfera recordará siempre al vecindario la filantropía y acendrado patriotismo del hijo ilustre de este pueblo, que tanto nos honra a todos en las tierras que descubrió Colón”. Fernández no hubiera cambiado el plebeyo papel de barba en que constaba todo esto por todos los pergaminos de la Casa de Austria.
Un día recibió una carta de su madre anunciándole que Petrilla, una moza de la aldea, se disponía a “dir a serbir a Buenos Aires, porque en el pueblo, destripando terrones, nunca se sale de probe”.
Paco Fernández acudió al puerto a recibir a la paisana. Era guapa, con ese género de belleza que dimana, ante todo, de la salud: una cara fresca y simpática en el marco de una cabellera negra, abundosa, recogida en rodete; sobre las sienes, unos rizos inquietos, blanca la piel, incitadora del sentido táctil, en donde, al fin, acaban, mudas y activas, las imágenes que fragua el amor con auxilio de la retórica; entre garzos y negros los grandes ojos, tímidos y sonrientes en lo que tenían de azules, escrutadores y penetrantes en su matiz oscuro.
La mirada, alma del semblante, suele ofrecer estas complejidades, que provienen de la sutilísima combinación que emplea la Naturaleza para formar los vitales colores de los ojos. Amplias, sin exceso, eran las caderas de la moza; cimbreño el talle; levantado y opulento el restaurante de los niños; erguido el cuello, torneados los brazos, pequeño el pie, esbelta la continuación. En toda ella no podía ofrecerse más amable el tercer enemigo del alma.
Abrazáronse en el muelle. Por toda respuesta a las aceleradas preguntas de Fernández, ella soltó una sonora carcajada, diciendo: “¡Aquí me tienes, Paquillo!
Traía para Fernández una carta del cura: «Ahí va Petrilla; no he logrado disuadirla de su viaje. Temo que le hayan brotado a la pobre chica una porción de ambiciones. Las noticias de tu prosperidad están enloqueciendo al pueblo. No vamos a quedar aquí más que tu madre y yo; yo, para decir misa, y ella, para oírla. Me parece que Petrilla sueña con un novio indiano; pero es buena cristiana; protégela; añade esta buena obra las muchas que llevas hechas a este pueblo. Las campanas han quedado magníficas, y en sus tañidos parece que lanzaran al aire de esta sierra tu nombre querido. Prospera mucho, honradamente, hijo mío, y recibe mi bendición.”
— Estás macanuda, Petrilla—dijo Fernández.
— ¿Cómo?
— Que estás hecha una real moza. ¡De mi pueblo, al fin!...
— Cuando te fuiste tenía nueve años. Va para diez:
— Así que ahora...
— Tengo veinte...
— Bueno, ¿y qué piensas hacer aquí?
— Servir.
— ¿Quieres ser mucama?...
— ¿Qué…?
— En Buenos Aires se llama mucamas a las criadas.
— ¿No se habla aquí como en España?...
— Casi igual. En toda América se habla español, porque todo esto fue de España. Los grévanos y los bachichas...
— ¿Quiénes son esos?
— Los italianos. Les da mucha rabia que les llamen así, Y tienen razón, porque no se debe poner motes deprimentes a nadie. Pues los italianos dicen que todo se debió a Colón. Pero ¿qué hubiera hecho Colón sin España? ¿Cómo habrían salido las carabelas si Doña Isabel la Católica no llega a empeñar las sortijas? Digan lo que quieran los grévanos —¡nos tienen una tirria!—, nunca podrán negar que en los dominios de España no se ponía el sol. ¡Eso no hay grévano que pueda desmentirlo!...
— No se pondría el sol; pero el lenguaje, Paquito, se va poniendo bueno. En fin, lo que me importa ahora es hallar colocación en una buena casa.
— No te aflijas, Petrilla. Estás ya colocada.
— ¿En dónde?
— En casa del comanditario
— ¿Del comendador?
— ¡Del comanditario, mujer! Es uno de mis patronos. Ahora te voy a llevar a almorzar al mejor restaurán de Buenos Aires, y después iremos a casa del comanditario para que te quedes allí de mucama, o sea de criada.* * *
Tenía el comanditario dos hijos criollos que iban para doctores. Las Pandectas quedaron arrumbadas. Los atractivos de la nueva criada ejercían sobre los estudiantes un poder de sugestión mucho mayor que los sabios principios jurídicos de Justiniano. “¡Qué gayeguita, ché! ... “Alarmada ante el primer tentón furtivo del más audaz, Petrilla fue a ver a Fernández: “¡Ay, Paquito, no puedo seguir en la casa!...
— ¡Me lo maliciaba! ¿Se te han querido ir al humo...?Sin comprender bien la popular expresión criolla, aunque adivinara su sentido, la moza repuso sencillamente: “Sácame de allí, Paquito. Búscame otra casa.”
A los dos días la colocaba en casa de uno de los socios industriales del registro. No tardó una semana en tornar toda azorada: “¡Peor, Paquito; ahora es el señor quien me persigue...!”
— ¡Parece mentira que sea español! ¡¡Y del pueblo!!...
— ¡Cómo siento molestarte tanto!
— Si no fuera por no tener disgustos en el registro, ya le diría yo cuatro cosas al tío ése... ¡sinvergüenza! Pero ahora no me conviene, Petrilla, porque no tengo aún bastante capital para establecerme.
— Por mí no te perjudiques, Paquito. Eso, de ninguna manera. ¡Ay, Jesús, qué cosas le pasan a una en cuanto sale de su pueblo!Tenía los ojos húmedos, y dirigía a su protector miradas en que se confundían el espanto, la gratitud y un anhelo oculto, muchas veces soñado, que tuvo en aquel instante expresión equívoca: “¡Ay, Paquito; sólo a ti tengo en el mundo!...” Fernández interpretó que aludía al amparo que la prestaba.
— No llores. Te buscaré otra casa donde estés más segura. Es un problemita, porque, claro, en cuanto te ven..., pues, naturalmente, no se puede ser tan buena moza sin que..., por supuesto... ¡Es que enciendes el pelo, chiquilla!...
— Yo no hago nada por encenderlo...
—Ya, ya...; por eso precisamente se enciende más. Si hicieras algo, se apagaría. Pero yo te protejo —terminó enérgicamente.Para Fernández, proteger a Petrilla de estas rijosas asechanzas equivalía a defender el honor de España. Sentía la patria como encarnada en la doncellez de la moza. Y no se tenga por estrafalaria esta manera de sentirla en tal ocasión y momento. El patriotismo, emoción de múltiple abarcadura, desde la tierra al cielo, y desde la sociedad viviente hasta las remotas generaciones que yacen en los Camposantos, avivase lo mismo con el amor a un pajarito local; familiar, que con el culto a los dioses penates. El motivo en que prende el sentimiento es en cada ciudadano un problema de gradación de cultura. Y acaso el patriotismo más intenso y firme sea aquel derivado del amor puesto en las cosas más humildes, en el huerto, en el campanario, en las amapolas del campo nativo.
Convertida Petrilla, no ya en símbolo, sino en la patria misma, Paco Fernández, evocando aquella permanencia solar de España, creyóse obligado al mayor denuedo para evitar que se pusiera el sol en la resplandeciente virtud de la paisana, expuesta a las soflamas, socaliñas y arrumacos de viles seductores.
Buscóle nuevo “conchabo”, o acomodo, en otra casa. Servía a un matrimonio sin hijos, provecto y de una austeridad imponente. El resultado fue idéntico, peor, más intolerable y ofensivo.La moza acudió de nuevo al amparo de su amigo:
— ¡Ay, Paco! ¡En todas partes quieren perderme!
— ¡Pero, muchacha! ¡Tú has vuelto loco a todo Buenos Aires!...
— ¡Qué desgraciada soy! Dime, Paquito: ¿qué es un cheque en blanco?...
— ¿Pues?... ¡Ay, ay!...
— El viejo me ha ofrecido un cheque en blanco. Yo, al pronto, le entendí un coche blanco, y le dije que a mi no me lleva el diablo ni en coche; que se lo regalara a su señora. El pobre hombre me mira con ojos desfallecidos, de carnero a medio morir. ¡Ay qué miedo, Paquito!...
— ¡Mico octogenario y repulsivo! ¡Y yo que le creía un santo! ... No vuelves más, Petrilla, a esa casa.Ahora mismo irá un “changador” (mozo de cordel) a recoger tu baúl. Y voy a ver si te puedo colocar en casa del arzobispo, para que estés más segura. Mientras yo hago las gestiones necesarias, vivirás en el hotel donde yo me alojo. Así podré protegerte mejor.
La moza sintió íntima alegría, que no pudo disimular su rostro lloroso.
* * *
Petrilla quedó instalada en el hotel. Todas las noches, al volver del registro, Fernández iba a verla por si le ocurría algo, dándola al propio tiempo cuenta del curso de sus gestiones para conseguir colocación en alguna casa de absoluta confianza. “De aquí no sales —decía— más que para servir a una señora vieja y sola, cuyos parientes masculinos se hallen, lo más cerca, en los antípodas.”
Generalmente la encontraba sumida en aflicción profunda, haciendo ganchillo, o encaje, de un modo maquinal, con la atención ausente de la randa, sus puntos y sutiles ataduras. Sus ojos, de lagrimal fácil a la secreción, guardaban la huella húmeda de un llanto silencioso y continuo. Era su espíritu como alga flotante en onda de múltiples amarguras: la añoranza, conmovida evocación del pago natal; constante el temor al porvenir, si un día le faltaba el amparo de Fernández; incesante la zozobra conturbadora ante los lazos seductores que a su virtud se tendían dondequiera que fuese.
Al llegar a este punto de sus tristes pensamientos no estaba segura de que las persecuciones tuvieran la pertinacia aviesa y el obstinado erotismo que ella suponía en aquellas azoradas narraciones a su amigo y paisano. Bastaba, a veces, la más ligera galantería, el menor requiebro, para que echara a correr al lado de Paco.
Había en esta actitud dos causas determinantes, dos impulsos distintos, dos voliciones, que diría un psicólogo ducho en el arte de expresar complejidades abismáticas. La primera causa, el miedo a los codiciosos de su venustidad hechicera, adquiría clara explicación en su propia huída de las casas, azorada cual tímida torcaz ante el gavilán.
La otra causa, recatada y oculta, apenas formulada en su propia mente, movimiento, en fin, del instinto más que propósito determinado de la conciencia, tendía a que Fernández, ante aquellas incesantes persecuciones, advirtiese la subida calidad de los encantos de la moza. “Paquito, quisiera ser fea para no molestarte. “Y, al decirlo, sus ojos húmedos y sonrientes remedaban esa alegría empañada del iris sobre el cielo melancólico.
Una noche, al retornar Paco de su trabajo, se la encontró más afligida que de costumbre.
— No llores —dijo él, sentándose a su lado—; calla, no te aflijas; todo se arreglará como tú deseas.
— ¡Ay, como yo deseo!...
— Como tú deseas, y yo... Cálmate. Hablemos de nuestro pueblo...
— ¡Qué razón tenía tu madre al decirme: “No te vayas, Petrilla, hija mía, tan lejos!” ¡Es muy buena tu madre, Paquito: una santa! Me quería mucho. Todas las tardes me hacía ir a su casa para hablarme de ti. Mirábamos tus retratos horas y horas; sobre todo uno en que estás de frac. Le hicimos entre las dos un marco de papel picado, y todos los días traía yo de los trigales un manojo de amapolas para tejerte una corona. Lo hacía por dar gusto a tu madre... —terminó, bajando los ojos, entre pudorosa y asustada de la audacia de su mal disfrazado pensamiento.Pero la audacia es comunicativa, en la guerra y en el amor. Paco, emocionado, enardecido y mudo, cerró con la suya la boca de la moza. Se puso ella roja como un ascua; pero nada hizo por desasirse de los brazos que la estrechaban; toda palpitante y temblorosa; estúvose quieta, como transpuesta y desfallecida; en sus sienes martilleaba el pulso, experimentando, en su confusa y conturbada conciencia, la rara sensación de que aquel golpeteo acelerado era la manera que tenía su antiguo y constante ensueño de adquirir corporeidad positiva.
Poco lugar dejaba el deliquio a la reflexión, pálida luz en la onda de embriaguez amorosa que envolvía su corazón. Pudo quizá este tenue resto de lucidez ensayar un melindre para contener los arrebatos del mozo; pero se abstuvo de hacerlo, temerosa de interrumpir la feliz coyuntura en que se realizaba, por modo palpable, la ilusión de su vida.
Y, así, antes de huir o escabullirse, con fingidos remilgos, de los brazos de Fernández, abandonábase a ellos, derretida de amor, rendida de gratitud, febril la materia y enajenado el espíritu, ardiendo alma, carne y pensamiento en la llamarada de la pasión. Aquel abrazo mudo, repentino, inesperado, sin prólogo verbal, era la patente revelación de lo que tanto ansiara ella en su pertinaz, callado y recogido ensueño. Y, en lugar de conquistada, sentíase conquistadora en la brusquedad de aquellos prietos besos, eterna expresión inarticulada del máximo sabor de la vida...
En el volcánico espíritu de Fernández naufragaron muchos principios. Todos los frenos conceptuales y éticos cedieron en un momento de avasalladora preponderancia de la naturaleza. La opinión condenatoria de la aldea lejana, las recomendaciones del cura para que protegiera a la moza, el símbolo que él mismo hiciera de su virtud, emparejándola nada menos que con la perpetuidad solar en los dominios de España... todo cayó en un momento de ofuscadora vibración de los sentidos. Fue un defensor víctima de su propia acción defensora. Y es que Petrilla se ponía tan bonita en su aflicción, tan atractiva en su quedo llanto, que era difícil limitarse en la misión consoladora.
Tras de varias horas pasadas en el cuarto de su protegida, Fernández trasladóse al suyo y se acostó, dulcemente exhausto. A punto de dormirse cruzó por su mente esta idea: “Pues no me ha sido muy difícil lo que a otros imposible. Esto no tiene más que un remedio...”
Inconsolable se la encontró a la siguiente mañana. Paco Fernández pensó que no era para menos ante el eclipse total del sol de España.
— Sé acabó el llanto —dijo, cogiéndola las manos—; ahora mismo escribes al cura pidiendo los papeles; yo pondré una postdata. Nos casaremos en cuanto lleguen. Y no vuelves a servir a nadie más que a mí. ¡Te protejo hasta la muerte!...Resplandeció en el rostro lloroso de la barbiana una alegría inmensa; su corazón saltó a la garganta, anudándose en congoja. Y, en medio de tan dulce turbación, ese positivismo, signo de estos duros tiempos, que no nos abandona ni en los instantes de más subida espiritualidad, la hizo exclamar en silencio:
“¡América es mía!...”
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