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LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


CHISTUS Y GAITAS,
O EL REGIONALISMO DE LOS EMIGRADOS

  Hallábame en Los Carpinchos, floreciente pueblo de la Pampa Central, en vísperas de las romerías españolas. En todos los puntos de la República Argentina, de Buenos Aires hasta la última aldea patagónica, celébrase con gran regocijo esta fiesta, que suele durar tres o cuatro días, consagrados por los nostálgicos en tierras longincuas a recordar la patria ausente.

  La preponderancia de la colonia española en las prósperas ciudades y villas de aquel gran país influye para que las romerías tengan un carácter de festividad general, pues al suspender el trabajo nuestros connacionales, quedan también, por natural relación y engarce, casi suspensas las actividades de las demás razas que moran y laboran en aquella nación pujante y hospitalaria. Directa o indirectamente, todo el mundo toma parte en el ya clásico holgorio hispánico.

  Las romerías suelen ser ruidosísimas, extremadamente bullangueras. La aflicción de ausencia, la nostalgia resuélvese esos días en una juerga estrepitosa que tiene mucho de embriaguez patriótica, un regocijo exultante, como si los desterrados, por virtud evocadora de los aires populares, las canciones y la danza, sintiéranse de pronto transportados a los lares inolvidables. Sobre las praderas americanas, la fiesta española es completamente dionisíaca.

  Los peninsulares sedentarios desconocen esta forma exaltada del patriotismo. Es necesario haber emigrado muy lejos, con retorno difícil, para experimentar el hervor febril de este sentimiento. La melancolía acumulada, las morriñas y añoranzas que tuvieron como opreso nuestro corazón, estallan, con motivo de las romerías, en gritos y brincos, que son el homenaje ingenuo, henchido de emoción desbordada, a la tierra natal. Nadie recuerda las causas de su emigración: las penurias que nos lanzaron hacinados sobre la cubierta de un buque; las expoliaciones de la partida; el desamparo nacional en nuestra odisea; la descomposición del país, regido por el charlatanismo y la inepcia. Todo, en fin, se olvida para no ver más que la imagen pura, sin mácula alguna, de una España ideal, viva, latente y grande, en el centro de nuestro corazón, donde germinan todas nuestras potencias de amor.

  En cada localidad organiza las romerías la Sociedad Española de Socorros Mutuos, a la cual pertenecen todos los españoles, aunque, además, formen parte de los respectivos círculos regionales. La Sociedad de Socorros Mutuos viene a representar la unidad nacional, un remedo del Estado español, mucho más eficaz, desde luego, para amparar a los súbditos que el verdadero Estado, impotente para dilatar su acción protectora sobre los expatriados. El Estado español, más que un protector, es un expulsador de la raza.

  También suelen formar parte de la Sociedad de Socorros Mutuos algunos criollos, descendientes de peninsulares, vinculados a la colonia española, educados en sus costumbres y aficionados a sus fiestas. Generalmente, estos criollos se divierten mucho en las asambleas de la Sociedad, que suelen ser —excusado es decirlo— tumultuosas, ya por el choque de las tendencias regionalistas, ora por las disputas en torno de la presidencia. Porque el presidir Socorros Mutuos da preeminencia, implica ser el primer español del pueblo. Y como en toda reunión de españoles no hay un solo miembro que no se crea preeminente y presidenciable, el genio de la raza se manifiesta en las tremolinas, trapatiestas y bochinches de aquellas asambleas.

  Una de ellas, extraordinariamente tormentosa, me tocó presenciar en Los Carpinchos. Y quiera, para mayor exactitud, reflejar la sesión en su propio lenguaje, donde van a mezclarse los acentos regionales con los argentinismos y sus formas de construcción sintáctica. Una asamblea de este género tiene un gran valor musical, pues ofrece la rara oportunidad de escuchar todos los tonos en que se habla el español.

  El punto árduo de esta asamblea es la elección de los instrumentos que han de amenizar las romerías. Los asambleístas están divididos en forma irreductible: unos quieren que sea el chistu; otros, la gaita. ¿Se pedirá a Buenos Aires un gaitero o un chistulari? También existen partidarios de una rondalla. Numerosos “puesteros” vascos (pastores de ovejas) han venido de las estancias para defender el chistu. Todos se agrupan, en torno de D. Martín Elizalde, cuya casa de comercio abarca todos los artículos imaginables, bebidas, comestibles, tejidos, ferretería, loza talabartería, materiales de construcción, cal, maderas, ladrillos, ¡la mar!

  En los pueblos nacientes de la Pampa no existe la especialidad. El mismo comerciante vende de todo. La víspera de la asamblea, los vascos se han reunido en casa de Elizalde, y después de una bacalada y algunas libaciones de sagardúa, han jurado, por los manes de Aitor, defender el chistu con toda energía.

  Los gallegos, astures, leoneses y castellanos proclamarán la supremacía de la dulzaina y la gaita. Riojanos, aragoneses y navarros de la llanura (los del Baztán están con los vascos), también traman algo con un bandurrista que ha caído por aquellos pagos remotos.

  Todos llegan ternes a la asamblea, con el ánimo dispuesto a no ceder. Aquel año preside la Sociedad un asturiano, comerciante en Los Carpinchos. Al coger la campanilla con cierto énfasis parlamentario, se hace un silencio sepulcral en la sala. Un asturiano, aunque sea comerciante en la Pampa Central, posee siempre cierto barniz de cultura, una palabra fácil y armoniosa y un espíritu cordial y conciliador.

  Y así, nuestro astur espeta a la asamblea el discurso de apertura, bien mechado de citas históricas; y recordando que es paisano de Pelayo, del patriarca de la nacionalidad española, excita a todos a. permanecer unidos “bajo los pliegues de la bandera roja y gualda, enseña de la patria grande, que tuvo su cuna en Asturias”. Hace mención de Covadonga, de Trafalgar, de Lepanto (aquí, de pasada, lo ensarta a Cervantes); recuerda Numancia, Otumba, Gerona, San Marcial, los Arapiles, todo revuelto.

  Él no sabe de fijo lo que sucedió en los citados sitios, ni el origen de aquellos episodios; pero, solamente citándolos, raja a toda la asamblea con el peso formidable de tanta sabiduría. Terminada la alocución patriótica, añade:
— Señores: se va a discutir el programa de las romerías.

  ¡Aquí fue Troya! Un hijo de Lugo, joven, ardiente y tenaz, dispuesto a todo, hace la apología de la gaita, diciendo que es el instrumento nacional.

— ¡Pido el voz!

  La asamblea suelta la carcajada. Es José Mari, que ha llegado, a caballo, desde treinta leguas, donde cuida su majada, para asistir a la asamblea y defender el chistu. Viste como los gauchos: poncho, “chiripá”, botas de cuero crudo de potro; tirador, o sea un ancho cinto, ornado de viejas monedas de plata, del tiempo de los virreinatos; gran daga, con su vaina, en la cintura, y en la mano el rebenque. Sólo le distingue de los gauchos la boina y el lenguaje.

— Te he pedido el voz, señor presidente.

  Todos siguen riéndose. Sólo el bochinchero Lezica, el criollo, que ha ido a la asamblea con objeto de meter cizaña y divertirse, le anima y estimula con sus aplausos guasones: “¡Bien, José Mari que te den el voz ¡una gran flauta!, porque vos también “tenés” derecho de hablar!”

— ¿Derecho dises? —repite agitadísimo José Mari—. ¡Oh, sí, bai, bai, ya tengo, sí, tanto derecho como esos que ríen, y más también; ya lo creo, sí, sí!...

(Varias voces): — ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Que le dejen hablar a José Mari!

Acallada la gritería, el “puestero”, de pie, encendido por la cólera, trata de formular su pensamiento, traduciéndolo mentalmente del vascuence al castellano, y procurando, con esfuerzos inauditos, encerrarlo en una concordancia apropiada. Al fin, como quien expele un tarugo, grita lleno de coraje:
— La chistu ya es más nasional que el gaita!

  Y, en medio de nuevas risas, prosigue: “Es de nasión vasco, y hay que traer para las erromerías de Los Carpinchos. Yo te digo, señor presidente, que hay que traer..., quieras que no quieras éstos que están aquí, grita, grita y grita como los teruterus.” (Pájaros muy chillones que viven en las Pampas.)
— ¡Bien, José Mari! —exclama el criollo Lezica, torciéndose de risa.
— ¿Vos tamién “tenés” que reír? Es porque no “sabés” cómo es la chistu, ni tampoco el presidente sabe cómo es, porque es gallego de Galicia.
— Asturiano, señor —dice el presidente, que, sufre la pueril aprensión de no ser confundido.
— Gallegos y asturianos, el diferencia es muy poco — añade José Mari.

  Unos robustos puños se agitan en el aire: “¡Pues yo soy gallego, muy español y muy gallego, aquí y en todas partes!”

  De toda la asamblea brota un aplauso cerrado Las enérgicas palabras del orensano han obrado, por un instante, el milagro de la unidad nacional en Los Carpinchos. Pero, aunque nadie lo dice, el aplauso tiene, además, otra significación: es una protesta contra la costumbre americana de llamar gallegos, con intención depresiva, a todos los españoles. No procede de los americanos este concepto absurdo sobre el gallego. Saltó a América desde Andalucía y Castilla. El gallego no es inferior, ni intelectual ni moralmente, al resto de los españoles, y acaso nos supere a todos en hacer compatible la tierna adhesión a su paraíso —que tal es la naturaleza en Galicia— con el amplio amor a toda España. Para combatir ese concepto deprimente y necio se escribió “La Hermana de San Sulpicio”, uno de los libros más bellos y, desde luego, el más noble y patriótico de cuantos se han producido en nuestro país.

  El presidente asturiano, con palabra mesurada y construcción tersa y purista, responde al orensano:
— Si yo fuera gallego, condujérame de igual suerte que el distinguido consocio, afirmando a la faz del mundo, sin alharacas, pero con ánimo resuelto, mi condición de honrado hijo de Galicia y, sobre todo, señores, de súbdito fiel de nuestra gloriosa España, representada en Los Carpinchos por la Sociedad de Socorros Mutuos.¡ He dicho!
— ¡Bravo! ¡Bien! ¡Viva España!—exclama la asamblea.

  También José Mari se une a los vítores: “¡Viva España, pero con la chistu!”

  Se levanta un andaluz:
— Pío la palabra, zeñó prezidente.
— Tiene la palabra el distinguido consocio señor Ramírez.

  El distinguido consocio señor Ramírez, conterráneo de Castelar, tiene el culto de la oratoria, y en aquel momento quiere lucirse abogando por la unión de todos los españoles de la Pampa Central. Tose, se da un tirón de las solapas, y dice:
— Zeñó prezidente, zeñore: Dende lo vergele der Beti, la tierra de lo Cánova y de lo Catelare, jata la garganta der Pirene, donde vieron la lu lo Ezpoze y Mina; dende la zerva etremeña jata lo muro de la inmortá Saragosa...
— ¡Viva la Pilarica! —clama un aragonés...
— tooo zemo epañole.
— ¡Bravo! ¡Viva España!
— ¡Epañole, zeñore! —repite Ramírez, animadísimo por los aplausos—. Aquí no hay gayego, ni vazcos, ni catalane, ni andaluse; aquí no hay má que epañole. La Pampa, zeñore, etá azombrá de nuetro patriotizmo, de nuetro amó a Ezpaña, la gloriosa nasión en cuyo dominio sobre la faz der globo terráqueo no ze ponía er zol en jamá de lo jamaze.
— ¡Muy bien! ¡Bravo! ¡Viva España!
— Y por ezo, zeñore, aunque yo creo que el inztrumento nasioná ez la guitarra, no quiero jazé cueztión. Ez lo mezmo que traigamo la gaita que el chizme de José Mari.
— ¡La chistu! ¡A la jinkua! ¿Qué estás usté ahí disiendo de chisme? Dises usté tanta seta, que no te entiende yo nada. Aquí no haser falta discursos. Haser más falta que te venga pronto la chistu, ¿sabés?
— ¡Que se calle el ovejero! —grita uno.
—Tiene tanto derecho para hablar como ése que grita —replica D. Martín Elizalde.
— ¿Por qué, señor, se ha de callar?—pregunta el criollo Lezica, pronto al bochinche—. “Hablá”, no más, José Mari, “defendé” tu chistu.
— Usted no es español —dice un joven que ha llegado hace poco al país—; usted es criollo, y no tiene nada que hacer aquí.

  Lezica, simulando gran enojo, se levanta, y...
— Cállese la boca, amigo, ¡oh... y vea lo que habla! Usted es un trompeta, mi amigo. Yo soy tan socio como usted, ¿“compriende”? aunque no sea español. (A grito pelado.) ¡Soy argentino, señores; pero desciendo de la noble raza española!
(Todos los socios, enloquecidos de entusiasmo.)
— ¡Bien! ¡Bravo! ¡Viva la República Argentina!

  Y sigue Lezica:
— Entuavia estaba ese sotreta en las verijas de su mamita cuando ya era yo uno de los fundadores de la Sociedad Española de Socorros Mutuos de Los Carpinchos. Que lo diga D. Martín Elizalde, que fundó el pueblo y regaló el solar para la Sociedad.
— Así es no más, Lezica; pero no se acalore —dice Elizalde.
— ¡Cómo quiere, amigo D. Martín, que no me acalore, y se me vuelen los patos, y lo mande a ese pendejo a la gran flauta que lo tiró de las patas!...
— ¡Compadrón! —exclama el muchacho.

  ¡Gran trapatiesta! Lezica quiere arrojarse sobre su ofensor; éste pretende caer sobre Lezica; José Mari enarbola el rebenque, amenazando a un gallego que le ha llamado bárbaro; el gallego gesticula:
“¡Dejaime, cásume con Cristu, dejaime!” El presidente agita una esquila y trata de imponer silencio. Ramírez jura y perjura que todos “zemo epañole”. Por aquí se grita “Viva España”. Por allá.” “¡Viva la Pampa!”. Y unos piden la gaita y otros el chistu.

  Al fin logra el presidente que se calmen los ánimos; pero apenas restablecido orden, un gallego muy cerrado dice con terrible fuerza sintética:
—Yo pidu que se traija la jaita.
— ¡Cáyate, asaúra! —le dice Ramírez.
— ¡La chistu! —clama José Mari.

  Y otra vez se reproduce la tremolina. La asamblea queda disuelta sin arribar a solución alguna. Ya en la calle, Elizalde pregunta a José Mari.
— ¿Quieres que traigamos el chistu? Lo pagaremos entre los dos.
— Bai, jauna Martinchol Todo el lana que usté me debes, emplear harás en traer la chistu.

* * *

  En los días que preceden a las romerías, los diversos grupos regionales conspiran para que impere su música. Y llega la fiesta. Se inicia con una misa, dicha en el campo por un cura emigrante (que también nuestros curas, constreñidos por la estrechez, intentan hacer la América). Todos los españoles acuden al acto religioso. El sacerdote pronuncia un sermón patriótico, y al hablar de nuestras glorias hace, en párrafos de cívico entusiasmo, la apología de la unidad nacional. El cura es castellano.

  Luego ocurre algo extraordinario: llegado el momento de alzar, rompen a tocar tres instrumentos distintos; en tono agudísimo, la gaita entona la Marcha Real; el chistu toca el Guernikako-arbola y una estridente bandurria lanza las notas del Himno de Riego.

  El señor cura se lleva las manos a la cabeza.

  Al son de los tres instrumentos se baila por la tarde en las romerías españolas de Los Carpinchos.
— ¡Sermón perdido! —dice el cura al presidente de Socorros Mutuos—. Con razón nos advierte el sabio padre Gracián que el mundo se concierta de desconciertos.
—Y España, sobre todo —añade el asturiano.


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Biografía del autor Francisco Grandmontagne

 

 


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