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LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


Capítulo XXIV

EL VASCUENCE DE BUENOS AIRES

  Son numerosos los filólogos y sabios lingüistas que en diversos países europeos han prestado constante atención a la lengua milenaria de los vascos, la más antigua de todas las vivas existentes en el Mundo.

  A principios del siglo pasado, Guillermo de Humboldt, célebre filólogo, hermano del gran naturalista, aprendió en Guipúzcoa el vascuence, sirviéndole de maestro el euscarófilo y gramático Pablo Pedro de Astarloa.

  Posteriormente, otros alemanes, maestros de la filología, lo estudiaron con igual interés. Basta citar los nombres de Mann, Jorge Phillips, Federico Pott, Arno Grimm, Hannemann, Hoffmann y Schuschardt. Algunos llegaron a dominar por completo el difícil idioma.

  Durante muchos años, hasta las vísperas de la guerra europea, se publicaba en Berlín la revista “Euskara”, dedicada a estudiar los problemas del secular lenguaje de la raza vascónica.

  En Inglaterra ha tenido también notables cultores: Webster, Arturo Hall, Boyd Davkins, el conde Enrique Russel y, especialmente, Spencer Dogson, que hablaba y escribía correctamente el guipuzcoano. Solía pasar grandes temporadas en San Sebastián, viviendo entre los pescadores, por el gusto de hablar con ellos en vascuence.

  Añadamos a estos nombres el del holandés Van Eys, el sueco Loris y el húngaro Ribary. Entre los franceses, no vascos, merecen señalarse los filólogos Bladé, Baudrimont, Blanc, Lespade, Voltoire, Boudad, Cerquand, Broca, Charency, A. Judas, Brunet, Saint-Hilaire, Vinson, Cordier, Lejosne, Mazure, Luzaire, varios más, y, sobre todo, el príncipe Luciano Bonaparte, el que mejor llegó a dominar la vetusta lengua de Aitor y sus múltiples variedades dialectales.

  Figuró este príncipe singular entre los más reputados filólogos europeos del siglo pasado; Al morir en Londres (de noviembre de 1891) dejó la biblioteca más importante y original que se haya reunido sobre lingüística. Era nieto del segundo hermano de Napoleón, de Luciano Bonaparte, príncipe de Canino, el más ambicioso y acaso el más inteligente de aquella familia, que salió de Ajaccio para dominar casi toda Europa.

  Nunca pudo el Emperador manejar a su gusto a este hermano, que tanto contribuyó al auge de todos los Bonapartes, incluso Napoleón, el cual, según los historiadores de la afortunada familia, siempre se sintió un poco celoso de la inteligencia vivaz de Luciano, inquietándole constantemente sus desmesuradas aspiraciones.

 Para alejarle le nombró embajador en España. Más que premio era un destierro. Logró gran ascendiente sobre el desdichado Carlos IV, sobre la Reina y el favorito Godoy.

  Gracias a estos apoyos y a su despierto ingenio consiguió levantar en España, en forma harto turbia, una considerable fortuna personal, no menos de medio millón de francos de renta, que le permitió llevar luego en París una vida fastuosa.

  Napoleón quiso elevarle al trono de España, pero con la previa condición de que se divorciara de su esposa, Alejandrina Blescham, y se casara con la viuda del Rey de Etruria.

  El programa no sedujo a Luciano, que además de estar muy enamorado de su cónyuge, conocía mejor el espíritu español que su hermano José.

  El nieto de aquel truchimán, nuestro euscarófilo, nunca sintió afición por la política. Sin embargo, fue diputado varias veces y senador en 1858. De su paso por las Cámaras francesas no ha quedado ningún recuerdo.

  La lingüística y la filología absorbieron todas sus actividades. Su cultura en estas disciplinas alcanzó un grado extraordinario. Dominaba a la perfección las lenguas muertas, la mayor parte de las vivas y multitud de dialectos. Aparte sus trabajos sobre el vascuence, de que hablaremos luego, publicó numerosas obras de lexicología, que no mencionaremos por no alargar con exceso esta narración. Sólo indicaremos, para dar idea de su poliglotismo, que tradujo a setenta y dos idiomas y dialectos muchos pasajes de la Biblia.

  Su biblioteca fue famosa entre los filólogos y lingüistas del Mundo entero. En ella invirtió parte de su fortuna durante los tiempos prósperos de la familia. Y luego, en la adversidad, según cuenta Martiartu, se imponía penosos sacrificios para adquirir cualquier libro o manuscrito raro que contuviera alguna enseñanza sobre la ciencia que tanto le apasionaba.

  El año 1894, ya muerto el príncipe, el filólogo inglés Mr. Victor Collins formó el catálogo de la biblioteca. Ocupa 718 páginas en cuarto, dividido en tres secciones: lenguas monosilábicas, lenguas aglutinantes y lenguas de inflexión.

  En un apéndice complementario se incluyen otras tres secciones: una comprende todas las variedades del criollo de los países americanos; otra, la literatura “macarrónica” o lenguaje degenerado de distintos pueblos, y la última, destinada al volapük. Mister Collins tardó dieciocho meses en clasificar la biblioteca y formar el catálogo.

  En esta labor, y por lo que se refiere a la parte vascongada, le secundó el padre Azcué, que es actualmente el euscarófilo de mayor autoridad.

  Copiosa era la biblioteca en cuanto concierne a la lengua castellana y sus dialectos: gallego, asturiano, andaluz (términos y modismos), aragonés (localismos), judaicoespañol, jergas y germanías. Lo relativo al catalán, valenciano, mallorquín y menorquín, figuraba en la parte francesa, por corresponder a la lengua del oc.

  Era, en suma, una biblioteca riquísima en obras de lingüística, y a ella recurrían con frecuencia los principales filólogos: Max Muller, Peile, Rhys, Lony, Wright, Sayce y otros.

  “Pero la sección más interesante de la biblioteca del príncipe —añade Martiartu —es la de libros referentes al vascuence y al país vasco. Ocupa en el catálogo 33 páginas, con 719 artículos, que comprenden más de dos mil volúmenes.”

  De este amor del príncipe al vascuence guardo un lejano recuerdo personal, pues le vi muchas veces, siendo yo muy niño, en Fuenterrabía. Venía a consultar diversos problemas, relativos a la lengua, con el que mejor la escribía y hablaba, Claudio de Otaegui (mi tío materno, maestro de escuela que me enseñó las primeras letras).

  Además de una copiosa obra propia, Otaegui tradujo al vascuence, en verso, numerosas composiciones poéticas de los clásicos castellanos, de Calderón, Lope, fray Luis de León y Santa Teresa. El castizo poeta éuscaro y el príncipe fueron grandes amigos; solían recorrer juntos las dos regiones del país vasco, la francesa y la española, estudiando las diversas formas de expresión de los labriegos y los pescadores.

* * *

  He aquí las principales obras del príncipe relativas al vascuence, de las cuales se ocupa Martiartu en el interesante estudio aludido más arriba: “Dialogues basques, guipuzcoans, biscaïens, laburdaus, souletins, acompagnes de deux traductions espagno le et française”, “Gramaire basque”, “Langue basque et langue française”, “Mapa lingüístico de las siete provincias vascongadas”, “Verbe basque en tableaux”, “Langue basque et langues finoises”, “Etudes sur les trois dialects basques des vallées de Azcona, Salazar et de Roncal”, “Remarques sur plusieurs assertions concernant la langue basque”.

  Publicó además multitud de trabajos sueltos en los periódicos y revistas de ambas regiones del país vasco, especialmente en la “Euskal-Erria”, de San Sebastián.

  Pero no se contentó con la obra propia, interesantísima por muchos conceptos, sino que estimuló y secundó cuanto pudo la obra de los demás. Para hacer ediciones en vascuence montó una imprenta especial en Bayona. Por su cuenta se imprimieron las obras siguientes: “Salmos de David”, traducidos al vascuence por Samper; el “Apocalipsis” (traducción del abate Inchauspe), el “Evangelio de San Mateo”, vertido al vascuence suletino por Ibarrolle; el mismo “Evangelio”, traducido al vascuence navarro (baztanes) por Echenique; la “Profecía de Jonás” y el “Evangelio de San Juan”, vertidos al bajo y al alto vascuence navarro por Lizárraga y el abate Casenave, y, por último, la Biblia entera, traducida al vascuence labortano por el capitán Duvoisin.

  Gastó un dineral en estas y otras ediciones. Cuando murió estaba ya casi arruinado. Y si bien no es achacable en absoluto a estos gastos el origen de tal quebranto, hay que reconocer que su amor al vascuence contribuyó en parte a tan deplorable peripecia económica. No fue la lengua éuscara su Waterloo financiero, pero sí una de las vías, si se quiere la menor, que a este fin le condujo. Porque claro está que la Biblia en vascuence, y en vascuence limitado, labortano, sólo la leían el príncipe, el capitán Duvoisin, su traductor, y una docena de amigos de Bayona que podían comprender y saborear el interesantísimo trabajo.

  Actualmente los raros ejemplares que existen de esta edición tienen gran valor bibliográfico, que llegará a ser con el tiempo extraordinario, verdaderamente inestimable. El valor futuro de los ejemplares, ya muy escasos, de la Biblia vascolabortana está asegurado, pues no es probable que surja otro príncipe tan entusiasta y espléndido dispuesto a lanzar una nueva edición de obra tan costosa y de circulación limitadísima.

  Luciano Bonaparte llegó a dominar todas las formas del vascuence que se habla en ambas vertientes del Pirineo: guipuzcoano, vizcaíno, alavés, alto y bajo navarro, suletino y labortano, más los modismos de las diversas comarcas, como puede verse en su curioso estudio acerca de los tres dialectos de los valles de Azcona, Salazar y Roncal.

  Frecuentemente intervenía en las discusiones mantenidas por los principales vascófilos acerca de la formación y etimología de algunas palabras. Su opinión gozaba máxima autoridad, fundada en su profundo conocimiento de todas las variedades del lenguaje éuscaro.

  El vascuence no es sólo una lengua dificilísima de comprender para los demás, sino también para los propios vascos: un vizcaíno y un guipuzcoano apenas se entienden, y para ambos es casi por completo extraño el lenguaje de los suletinos y labortanos, de los vascofranceses. Luciano Bonaparte fue uno de los pocos euscarófilos que pudo entender a todos lo moradores de ambas vertientes pirenaicas.

  Pero un buen día nuestro príncipe oyó hablar a un vasco de Bayona un vascuence que no estaba en sus libros, un lenguaje para él desconocido geográficamente, y le interrogó:

— ¿De dónde es usted?...

— De los Alduides.

— Pero en los Alduides no se habla ese vascuence. Usted mezcla muchas palabras vascas de otras partes.

— Así hablamos en Buenos Aires.

— ¡Como!... ¿Un vascuence de Buenos Aires? —exclamó Bonaparte—. No comprendo; no es posible. ¿En Buenos Aires se ha formado un nuevo vascuence? Es decir, lo que habla usted no es nuevo: es todos los vascuences reunidos.

  El vascofrancés, que había regresado de la Argentina, no le dio al sabio príncipe más explicaciones. Era un hombre del pueblo; había pasado muchos años en la emigración ejerciendo el oficio de lechero. Volvía ya viejo, y él mismo no se daba cuenta del género de vascuence en que se expresaba, creyendo que era igual al que hablara cuando en su lejana juventud salió de los Alduides (pueblo vasco francés fronterizo, entre Mauleon y Roncesvalles).

  Ocurría esto por el año 1880, en la época en que el reparto de leche en Buenos Aires era un comercio monopolizado en absoluto por los vascos, realizándolo a caballo. La generación argentina y extranjera allí radicada que frisa en el medio siglo recuerda aquellos tropeles de bravos vascos, jinetes admirables, que irrumpían al amanecer por los cuatro puntos de la ciudad a galope, a veces de pie sobre el caballo, entre los seis tarros.

  Antes de entrar en la población, de noche aún, reuníanse en una pulpería, en Flores, en Constitución, en el Once o en el Retiro, según la zona del reparto. Allí tomaban algunas copas mientras despuntaba el alba. Eran vascos de todas las regiones de España y Francia; cada cual hablaba su vascuence: guipuzcoano, vizcaíno, alavés, alto y bajo navarro, suletino y labortano.

  En esta mezcla tomábanse palabras unos a otros, hasta producir una fusión de los diversos modos de hablar, una especie de unidad de lenguaje en que todos acababan por entenderse perfectamente. Lo mismo que en estas pulperías debió ocurrir en la Torre de Babel.

  La necesidad y el contacto establecen la mutua comprensión, y es posible que el vascuence, unificado en esta forma, sea más perfecto, más lógico, más natural que el formado artificialmente por las Academias y los eruditos, lenguaje, sin duda, muy científico, pero que no logra circulación en el pueblo, que es quien mantiene vivas todas las lenguas.

  Este era el vascuence que hablaba el hombre de los Alduides, cuyos descendientes quizá tengan palacio en la avenida Alvear o Quintana y “chalet” en Mar del Plata.

  Porque aquellos hombres que galoparon entre tarros de latón por las calles de Buenos Aires y establecieron los primeros “tambos” fueron troncos fundadores de aristocracia, o alta burguesía, de la aristocracia que vale, la fuerte, la útil, la que forma y empuja la prosperidad de los pueblos.

  Intrigadísimo el príncipe por aquel nuevo vascuence, o vascuence unificado, lo estudió también, pasando luego una comunicación a las Sociedades sabias, en que daba cuenta del nuevo hallazgo lingüístico. Lo que no explicaba con los detalles aquí expuestos era la causa de su formación. Bien lejos estaba el rapacejo, aprendiz del silabario en Fuenterrabía, de suponer que algún día le tocara explicar lo que aquel gran señor y gran sabio no podía conocer...


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Biografía del autor Francisco Grandmontagne

 


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