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LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


Capítulo XVIII

TORNAVIAJE DE LAS DOS PUNTAS DE AMÉRICA

  Hallándome la última primavera en la bella Coruña, toda ella atalayada de cristales sobre el mar, coincidió en su puerto el arribo de dos trasatlánticos, procedente uno de La Habana y el otro de Buenos Aires, de los dos extremos del Continente en que un almácigo de prósperos pueblos constituye la revelación imperecedera del pujante genio expansivo de la España antigua.

  Casi a la par entraron en la amplia bahía ambos buques, empenachados de humo y lanzando al espacio sus potentes sirenas agudos silbidos. Al estrépito de las maniobras de anclaje uníase la algazara de los pasajeros, sobre todo de aquellos que traía el “Orizaba”, el barco procedente de las Antillas. El pasaje del vapor que venía de Suramérica, el “Delfino”, si no recuerdo mal, era más silencioso, más circunspecto en sus maneras y gestos, más mesurado; se componía, en fin, de indianos más señoriles, de mayor entono burgués. Porque entre los indianos también hay clases, determinándola, generalmente, el grado de cultura media del país en que hacen su pacotilla o se elevan a la opulencia.

  Me atavié a escape y bajé al puerto, pues gústame presenciar estas escenas en que los sentimientos suelen manifestarse con espontánea desnudez. Cuando llegamos o partimos, la emoción se indisciplina, y la máxima vitalidad que adquieren los afectos se expresa en ademanes y gestos impulidos y pintorescos, exentos de aquella compostura a que los sometemos en la vida ordinaria. En tales ocasiones ninguna persona parece que encerrase en su corazón un solo móvil de perversidad.

 

LOS «HABANEROS»

  Se acercan los vaporcitos y lanchones que traen los primeros pasajeros desde la rada donde anclaron los trasatlánticos. Reina gran alborozo: agitación de pañuelos, gritos, brincos, algunas sonoras notas de gaita que sobresalen del general vocerío. La melancólica y silenciosa morriña se ha convertido en alegría activa frente a la tierra natal.

  Indago en el muelle la procedencia de los que llegan. “Son los habaneros”, me dice un coruñés con cierto airecillo despectivo, Y agrega: “De todos los que vienen de las Américas son los más ruidosos, los más alborotadores. Y presumir..., ¡recorcho!, no tiene usted idea.”

  Son las diez de la mañana. Los “habaneros” desembarcan fumando unos largos cigarros puros, de elaboración tosca y agradable perfume. Se advierte en seguida que los viajeros, catadores excelentes, se atienen a la calidad del tabaco y no a su pulida estructura. La hora es algo impropia para este sibaritismo. Indudablemente, como afirma el coruñés sedentario y acedo crítico, se ve que son algo fachendosos en el hecho de entrar en La Coruña echando humo de La Habana.

  La mayoría parecen menestrales, jóvenes aún, que retornan al cabo de ocho o diez años de residencia en Cuba. Trátase de pequeños indianos, obreros hábiles en el manipuleo del tabaco o del azúcar, que han reunido unos cuantos miles de pesetas y se vienen a España, movidos por la nostalgia, a “juerguear” en las romerías durante el verano.

  Por el acento deduzco que casi todos son gallegos y leoneses. Los parientes y amigos que en el muelle los esperan ofrecen igualmente el aspecto de gente del campo, que ha llegado muy endomingada y peripuesta. Abrazos, estrujones, risas, lágrimas. “¡Fillo mío!...” “Rapaciño! ...“ Y el “habanero”, vibrante, rojo, mudo..., vaya humo..., como si tirando aceleradamente del cigarro quisiera desatar el nudo de congoja al verse entre aquellos queridos brazos sarmentosos que tantas veces se levantaron a Dios pidiendo por él.

  Los indianetes cubanos se interna por la ciudad. Lloviznea. ¿Cuándo no en Galicia? Allí, como en el país vasco, la riqueza del suelo procede del cielo exclusivamente, que forra de hierba las piedras. Muchedumbre de niñeras con un enjambre de chiquillos se guarecen bajo los porches de una plaza cerrada. Las garridas mozas, en cuanto los ven llegar, cantando melosos aires cubanos, exclaman: “¡Los habaneros! ¡Ahí vienen los habaneros!”

  Y, aludiendo a los cigarros, añaden: “¡Hoy, puro, y mañana, ninguno! “, queriendo indicar que al día siguiente no tendrán dinero ni para pitillos. Los chicos gritan a su vez, burlándose de algunas expresiones antillanas de los “habaneros”. Se forman parejas y escucho los diálogos:

—Oye, prenda: ¿por qué no te vienes conmigo a Cuba? Me vuelvo en noviembre. Allí nos casaremos.

— ¡Ja, ja! Va te habrás casado por allá con alguna negra.

—  Yo tengo allí una negra, pero es para abanicarte si te vienes conmigo.

— ¿Tienes muchos cuartos?

— Los suficientes para convertirte en la reina de la Manigua.

— Y yo tengo Cienfuegos para ti —añade otro “habanero” con cómico rapto de pasión.

  Escucho a otra pareja:

— ¿Cuánto ganas aquí, morena?

— Cuatro duros.

— Vente a Cuba y ganarás cuarenta.

— Serán pesos, que no es lo mismo que duros.

— ¡Son dólares, que valen mucho más!

  La morena llama a una amiga. “¡Nicanora! Oye a éste. Dice que en Cuba ganan las niñeras cuarenta duros. ¿Vámonos allá?...”

  La Nicanora, que es un poco subversiva, responde: “Sí, chica; vámonos. Aquí los burgueses, por cuidarles los críos, nos pagan cuatro cochinos duros, y aun nos preguntan si sabemos francés...”

  En los soportales hay una densa y olorosa humareda.

— ¿Y qué tal está aquello?—pregunta una buena moza, a quien empieza a seducir la idea de emigrar.

— Aquéllo está pero que “mu” bueno, rubia. Allí hay la mar de guita.

— ¿Y no hay cólera?

— La única cólera será la mía, ¡resalá!, si no te vienes conmigo.

— ¡Vaya un guasón! Pareces andaluz.

— ¡De Ribadeo, mi vida! ¿Crees tú que los gallegos no somos graciosos? La gracia surge de estar contento de la vida y de hallarse al lado de una buena moza como tú. Pero aquí lo gracioso es tu cara, que parece una aurora de los trópicos.

— Di, gracioso: ¿no es chunga que en Cuba ganan las niñeras cuarenta duros?  —pregunta la guapa rubia, a cuyas faldas se agarran dos chiquitines que contemplan con ojos extáticos al “habanero”.

— ¡Qué ha de ser chunga! Pero tú no serás niñera de nadie estando yo en Cuba. He venido a España a buscar novia y... ¿para qué más pasos? Digo... si tú no te opones. En América se aprende a resolver las cosas al vuelo. Ahora mismo te llevo a Ribadeo en el automóvil de más caballos que haya en La Coruña. Pasamos allí las romerías bailando muñeiras, nada de “fostrotes”, y en noviembre, ¡hala, a Cuba! Con todas las bendiciones echadas en España, “pa” que no digas, remonona, ¡uy!, que te vengo con cuentos de las Américas.

  Gritos, risas, algazara, algún tentón... El buen humor de los “habaneros” denota su éxito en e país de las guajiras.

  Poco después, en diversos autobuses, parten con dirección a sus pueblos respectivos. Las modernas diligencias van despacio por aquellas carreteras, que son como la calle real, uniendo el continuo caserío de ciudades, villas y aldeas, El camino esta cuajado de viandantes y fauna domestica. Galicia, por su belleza incomparable, obra maravillosa del Arquitecto Máximo, seria una Arcadia si el exceso de densidad humana no amargara un poco la vida con el duro problema de la propiedad insuficiente.

  De ahí su movimiento migratorio. El minifundismo es muy antiguo en Galicia. Ya Quevedo lo define con su pluma inmortal, maestra en la concisión, insuperable en la gracia:

Región copiosa de pueblos,

 pues en medio celemín

parten términos un grajo,

dos señores y una vid...


LOS  DE  SURAMÉRICA

  Los que regresan del otro extremo del Continente, de Buenos Aires y las pampas argentinas, no se parecen a los “habaneros”. Pronto se advierte que son indianos de mayor volumen económico o más abundante peculio.

  Los parientes que aguardándolos están ofrecen también, en sus atavíos, modales y lenguaje, el aire de la burguesía, más o menos improvisada, y una distinción muy superior —salvo excepciones— a la de aquellos que retornan de Cuba, jóvenes menestrales cuyo espíritu apenas ha modificado la emigración. Constituyen los que retornan de Suramérica algo así como la aristocracia de los indianos.

  Divídese ella en dos grupos muy distintos: en estancieros y comerciantes urbanos, en los que levantaron su fortuna con el pastoreo y en los que tienen sus tiendas y “registros” (almacén de tejidos por mayor) en Buenos Aires, telas que compran —bueno es repetirlo— en Inglaterra, Francia y Alemania.

  Los estancieros o ganaderos son los más ricos. Y también los más aristócratas, pues en Suramérica la estancia, como en España la dehesa, da distinción y viso social. Si además este indiano ha fundado en la pampa algún pueblo que lleva su nombre, como es frecuente gozará en el mundo americano de la inmortalidad del epónimo, que es la más honrosa de las aristocracias, y entre la colonia española, del prestigio y respetabilidad que se derivan de la aureola que acompañará eternamente a su nombre en la historia de la formación de la República.

  Este tipo de indiano, estanciero o epónimo, siéntese superior al indiano comerciante. Está mucho más vinculado a sociedad criolla y es más profunda su adhesión al pueblo que fundó, trazando personalmente sus calles y plazas, que la sentida hacia aquel en que nació y cuyas rúas trazaron los celtas, los romanos, los godos o los árabes.

  El hombre tiene su espíritu más adherido al lugar de su obra que al de su nacimiento. Allí donde creó algo floreciente y eterno están las raíces de su vida. Los epónimos construyen sus sepulturas en los pueblos que fundaron.

  Unos y otros, los indianos comerciantes y los indianos estancieros, retornan de Suramérica mucho más transformados que los “habaneros”. En el espíritu de éstos apenas se ha operado cambio alguno; su readaptación se produce fácilmente. Cuba, en la modalidad de sus costumbres, debe seguir siendo una prolongación de España.

  Los procedentes del Sur llegan saturados de nuevas formas de vida. Dominan mucho más el panorama del mundo. Ello se debe, sin duda, a la influencia de Buenos Aires, de aquella gran Cosmópolis abierta a todas las corrientes del Universo, ágil en sus evoluciones, con un brío progresivo imponderable.

  La misma índole de sus negocios influye para que los indianos rioplatenses ofrezcan cierto barniz universalista y tengan un concepto más amplio de la vida y del mundo. Los comerciantes están en relación constante con los grandes Centros mercantiles europeos: Londres, París, Manchester, Hamburgo, etcétera. Sus firmas, desconocidas en España, gozan de alto prestigio en las grandes plazas del Viejo Continente.

  Los intereses pecuarios del indiano estanciero están unidos a Inglaterra por doble vinculación práctica y positiva. El capital inglés trazó el ferrocarril que cruza la estancia de nuestro epónimo y a los mercados de Inglaterra van, congelados, la mayor parte de los novillos que se crían en los campos de Suramérica. Ninguna relación de intereses, aparte los giros de socorro a la familia, une a estos opulentos indianos con nuestro país.

* * *

  La presencia en las diversas comarcas españolas de estos grandes y pequeños triunfadores constituye la mejor incitación al éxodo. Su influencia es decisiva en el pueblo rural y en nuestra desmarrida clase media. Son los indianos, sin proponérselo, los más eficaces e involuntarios agentes de emigración. A su paso se encienden las ambiciones dormidas.

  Nuestras colonias de toda América envían anualmente a la Península entre seiscientos y setecientos millones de pesetas en pequeños giros familiares. Ellos cubren en buena parte el déficit de nuestra balanza mercantil. No es flojo este servicio de la España rodante a la España sedentaria. La potencialidad de la raza es más evidente fuera que dentro del solar nacional...


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Biografía del autor Francisco Grandmontagne

 

 


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