LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XXIIIROMA Y HOLLYWOOD
La más moderna, pujante y maravillosa ciudad norteamericana, Hollywood, la Meca de los cineastas o peliculistas, cuenta ya, a pesar de ser tan reciente su creación, con tantos historiadores como el mismo Imperio Romano.
Parece natural que un poblado nacido en nuestros días fuera fácil de historiar, de recoger todo el contenido de sus breves anales. Sin embargo, nada más dificultoso y verdaderamente arduo, pues en Hollywood han ocurrido y ocurren a toda hora tantas cosas, tantas, tantas que sería menester una legión de cronistas para ordenarlas y referirlas puntualmente.
Con ser tan extraordinariamente larga, la historia de Roma puede encerrarse en cuatro palabras: la loba, o la mujer de Fáustulo, amamantando a Rómulo y Remo; disputa entre los dos hermanos por quién ha de ser el epónimo, el verdadero fundador; perece Remo en la lucha, y Rómulo establece la monarquía, coronándose rey.
Cuando después de muchos siglos los romanos se cansan de este régimen, proclaman la república. Dura trescientos años; también les parece monótono el sistema republicano, y lo cambian por el imperio.
Luego viene el cristianismo y surge la Roma papal. Unos siglos de auge, otros siglos de decadencia, y... se acabó la historia del Imperio Romano. El lector debe reconocer que he ganado a Tácito en ceñida concisión.
Cierto que Roma dominó casi todo el universo; pero Hollywood lo domina sin “casi”, en absoluto, totalmente. Sus héroes “sombríos” llegan adonde no llegaron las legiones romanas; no hay rincón de la tierra que no lo hayan invadido.
Cierto también que en el Imperio Romano el amor y la gloria, juntamente con el anhelo de opulencia —las tres grandes pasiones que mueven y atorbellinan el mundo—, cambiaron no pocas veces el curso de los sucesos humanos: Agripina, Julia, Fulvia, Lucrecia y tantas otras imprimieron, al irse de unos brazos a otros, rumbo insospechable a las orientaciones imperiales.
Los trastrueques talámicos tienen una influencia considerable en la historia marcial de Roma. Lo mismo ocurre en Hollywood, en el imperio fantasmagórico; allí se casan y se divorcian veinte veces las estrellas o reinas de la pantalla, influyendo este trasiego de las damas en la combinación de las películas, en lo que podríamos llamar historia interna de Hollywood, proyectada luego al exterior.
Y con tanta pasión y arrebatada vehemencia como en la Roma antigua se lucha en la moderna ciudad californiana por la gloria universal y por las ingentes riquezas doláricas. Imperar en Roma equivalía a imperar en el mundo. Florecer en Hollywood supone extender la propia sombra sobre toda la redondez de la tierra.
Pero Roma sólo alcanzó la dominación universal tras de muchas centurias de dura brega, mientras Hollywood ha conseguido igual o superior resultado con una celeridad insólita, en cuatro días. Y en esto radica precisamente la dificultad de los historiadores, que han de cambiar los viejos métodos de la historiografía, de la historiología y de la historiosofía, asiendo una colosal multiplicidad de sucesos acaecidos en brevísimo espacio de tiempo.
En resolución, la historia de Hollywood sólo puede escribirse cinematográficamente. Y yo creo que la estoy llevando demasiado despacio. Cúlpese esta lentitud a que soy un historiador formado en la lata lectura de los grandes narradores de la historia de Roma...
* * *
Asentemos con celeridad de “cine” tres hechos fundamentales. En 1870 caen sobre la pelada loma de Hollywood doce emigrantes procedentes de todos los puntos de la rosa de los vientos. En 1903, los habitantes eran setecientos; en el momento en que escribo, la ciudad cuenta con ciento treinta mil moradores epilépticos.
Cuando este ensayo adquiera forma impresa, la población habrá aumentado considerablemente con el arribo de nuevos peliculistas. Ya se ve lo difícil que es trazar una historia de Hollywood. Cualquiera que se intente resulta en seguida anticuada. Es de todo punto imposible historiar un torbellino permanente. En este desarrollo demográfico apenas existe crecimiento vegetativo; todo es de aluvión. Se explica. Como los connubios se desbaratan tan pronto, falta el tiempo que requieren los ensayos de la creación normal. El amor en Hollywood no fragua más que películas.
La prehistoria de la ciudad puede fijarse más tranquilamente y con mayor exactitud. En el fondo es también algo cinematográfica y fantástica la presencia de los doce primeros pobladores, pertenecientes a todas las razas.
Henri de Kerelis publica la lista en su ensayo o crónica prehistórica. Hela aquí: Dennis Sullivan (irlandés); Clausen (alemán); Ben Duin y Hansen (daneses); Ameztoy (vasco, de San Sebastián); Manuel Andrade (gallego); Ramón Villa, Fernando Sepúlveda, Claudio López, Miguel Linares (mejicanos); Sutton (norteamericano), y Jim Denaldson (procedencia misteriosa: nadie sabe de dónde llegó, habiéndose lanzado la hipótesis —no la sostengo— de que este inmigrante, antes de salir de su casa, hizo algo más que la maleta).
Como se ve, no figura más que un yanqui en la fundación de Hollywood. La creación de los Estados Unidos es una obra universal en beneficio de los norteamericanos. Después de creada, Monroe estableció la doctrina de que todo era para ellos.
Gracias al gallego Andrade y al donostiarra Ameztoy, España está representada en la primitiva formación de Hollywood. Los vascos han sido excelentes epónimos en todas las Américas. Sin duda alguna, nuestra significación en Roma tiene mayores proporciones: el segoviano Trajano, los cordobeses Séneca y Lucano, los Balbos gaditanos, el bilbilitano Marcial, Quintiliano el calagurritano, etc.
Pero los cuatro mejicanos que figuran como fundadores llevan también apellidos de la raza castellana, tan expansiva en todos los tiempos. Ha de tenerse en cuenta, además, que la historia de Hollywood apenas ha comenzado. Cuando pasen los siglos, quizá tengamos en ella tan gloriosos peliculistas como los que figuran en los anales del Imperio Romano.
España, peliculera de actividad incansable en la Historia Universal, no dejará de aportar a Hollywood elementos que sepan estirar la cinta.
Los doce fundadores, los doce apóstoles de Hollywood, no eran, como los bíblicos, pescadores, sino pastores. Por muy poco dinero compraron al Estado, deseoso de fomentar la colonización, la desierta colina donde pacieran algunos hatillos de ganado menor, de ovejuelas desmirriadas y cazcarrientas. Norteamérica no seleccionaba entonces la inmigración, sin que esto quiera decir que no fueran seres selectos los doce fundadores.
La restricción inmigratoria actual no significa que aquella sociedad reúna todas las virtudes imaginables y tema la infección de morbos morales de lejano origen. Se trata, sencillamente, de poner la mano de obra nacional al abrigo de toda competencia.
Tras de los doce “pionners” llegaron otros, a ejercer igualmente el pastoreo, la primera actividad de los hombres. Y cuando la ranchería inicial albergaba a setecientos pobladores, Horacio Wilcox, convertido en Bautista, dio nombre al aldeorrio pastoril, llamándole Hollywood.
Ocurría esto en 1903. Ocho años más tarde era agregado a Los Ángeles, de donde había de venirle nueva y original vitalidad. La inicia un judío, hombre de fino instinto económico, que establece el primer taller de fotografía animada. Los rancheros y sus majadas obtienen la inmortalidad en sombras movibles. De esta primera cinta de celuloide parte el colosal kilometraje que ha invadido todo el universo.
A la vida pastoril, de égloga, ha sucedido el bullicioso industrial más atronador. Los ranchos son sustituidos por palacios, Bancos, hoteles, restaurantes, bares.
Es una eclosión urbana surgida en veinte años. Las estrellas y los ases del “cine”, los directores y empresarios, levantan para su regalo mansiones dignas de los príncipes. Y a esta edificación verdadera estable, hay que añadir otra de quita y pon, simulada y ficticia, de tramoya, donde con un artilugio imponderable se imitan fastuosidades desconocidas por el mismo Salomón, que, a la vez del más sabio, fue el más ostentoso y magnífico de los reyes. Salomón es el único poeta que pudo realizar sus quimeras.
Todo es suntuoso en Hollywood: lo verdadero y lo falso. El clima, como en toda California, es dulce y benigno; el cielo, luminoso y translúcido; el mar, azul, como un firmamento desplomado y en reposo; tibio el aire, saturado de los aromas de una flora magnífica.
Allí, sin embargo, se falsifica la Naturaleza: se fraguan nevadas, formidables aludes y ventisqueros, témpanos de hielo, desolados paisajes lunares, parameras polares. Y siendo una ciudad archiburguesa, llena de Bancos y de millonarios, aparece en la pantalla como un nidal de bandoleros y forajidos, falsificadores, abigeos, cuatreros y raptadores de —vamos al decir— honestas doncellas.
Felizmente, este retrato movible de Hollywood no guarda relación alguna con el original. De los Bancos no falta nunca un solo centavo. La propiedad, así la raíz como la semoviente, está siempre segura. Los raptos son innecesarios ante la facilidad de las entregas voluntarias. La vida es lujosa, alegre, embriagadora, feliz, una juerga continua. Hollywood, en fin, es el paraíso de cuantos poseen la facultad de gesticular con arte.
* * *
Su poder de atracción es enorme. Así como cuantos poseen una voz de timbre sonoro sueñan con Milán, no hay hombre o mujer de esbelta figura y rostro agraciado que no sueñe con Hollywood.
La cinematografía ejerce hoy una sugestión mucho mayor que el teatro. En torno de la farándula de “cine” se hacen un reclamo y una publicidad apologética que superan a las más exageradas hipérboles y loas rimbombantes dedicadas a cantantes, actores y actrices.
Los empresarios de “cine”, sagaces psicólogos de la multitud, son los mejores anunciantes, los más ingeniosos y eficaces. Ninguna industria ha llegado a manejar el anuncio con tal acierto.
Las estrellas de la pantalla han eclipsado a las estrellas de la escena. Los recursos de actrices y cantatrices para llamar la atención son puerilidades y candideces al lado de las rarezas, insólitas extravagancias y actos estrepitosos de las artistas de “cine”. Su arte es silencioso; pero ellas, en cuanto se relaciona con su vida, no pueden ser más habladoras. Se enamoran y desenamoran en un instante.
A la pasión más fogosa sucede la frigidez más absoluta. Su conducta es insumisa a toda vida regular. Y a la vertiginosa zarabanda de connubios sigue una publicidad atronadora, en cuyo manejo para extender sus ecos hasta el fin del inundo es maestro el yanqui productor de cintas.
El oro corre a raudales en Hollywood. Los gestos seductores y los mohines hechiceros de una estrella de la pantalla son manifestaciones artísticas que obtienen una cotización mucho más alta que el más alto gorgorito de una tiple o el más pleno do de pecho de un tenor.
Las peliculistas ganan más en una semana que las sopranos en toda una temporada. Y sin moverse de Hollywood —aunque moviéndose allí mucho—, actúan en todo el universo, provocando su sombra viva la admiración entusiasta y clamorosa de los públicos más heteróclitos.
¡Gloria y pecunia! ¡Fama y millones! (En Hollywood se “millonea” mucho, como dicen los suramericanos.) Nada existe en la vida que ejerza mayor poder sugestivo. Triunfar en Hollywood es la ilusión perennemente encendida de todas las beldades y de todos los buenos mozos de Europa y América.
En su mesocracia sobre todo, cada día más apretada entre la espada de los cortos recursos y la pared de las subsistencias inasequibles, el anhelo de verse en la pantalla es una suprema aspiración que resuelve el doble problema de la celebridad y la holgura económica.
Y así se explica que de todos los puntos del globo acudan a la maravillosa ciudad del celuloide muchedumbre de señoritas y garzones para emular la gloria de las mayores eminencias del teatro de las sombras movibles.
Pero no basta ser linda para llegar a estrella, ni gallardo doncel para conquistar el puesto de “as”. Requiérese personalidad, porte distinguido, gentileza, gracia en los movimientos, airosa agilidad, gallardía, donaire: una serie, en fin, de facultades especiales de orden espiritual que avaloren y enaltezcan las puramente físicas de juventud y hermosura.
Según Mr. Samuel Goldwyn, uno de los principales directores de películas, es tan difícil que surja una nueva estrella en la pantalla como que aparezca en el firmamento un nuevo lucero. Mr. Goldwyn, astrónomo terrestre, busca por todo el globo nuevos asteroides. “Mis agentes —ha dicho— recorren todo el mundo, desde las montañas heladas en Groenlandia hasta los arrecifes de coral de la India.” ¡Oh yanqui exagerador! ...
Por su parte, personalmente, visita los teatros y las salas de baile de Europa y América, buscando estrellas en potencia, bellezas en que la Naturaleza haya agotado todos sus dones en colaboración —necesaria siempre— con el diablo, que es quien, según todas las sospechas, pone el atractivo de la seducción. Porque, como decía Ninón de Lendos, la belleza sin gracia es como un anzuelo sin cebo.
Para dar idea de la cantidad de pretendientas a figurar en la artística Cosmópolis californiana, nada mejor que estas palabras del gran director Goldwyn: “Los ofrecimientos me llegan a millares. Cuando estuve en Londres formaban cola las señoritas que venían a verme. La experiencia me ha demostrado que la casualidad juega un papel muy importante en el hallazgo de estrellas.” ¡Ah Mr. Goldwyn, el genio es siempre una gran casualidad!
La lucha es dura en Hollywood. Y no pocas beldades se quedan en la sombra, sin poder expandir la suya por el mundo.
Quiero terminar con una tristísima confesión personal. Gustándome mucho el “cine”, apenas aparecen las sombras me quedo dormido. La obscuridad y el rumor del aparato me producen el efecto del beleño.
Pero lo que más contribuye a dejarme como un cesto es la tenue y sorda vibración de la pantalla. Siento como si una multitud de suaves y dulces chiribitas vagaran por mi cuenca ocular. Caen pesadamente los párpados y queda sumido el espíritu en el sueño más profundo.
Creía yo que este fenómeno de mi retina fuera único, constituyendo un caso interesante para los oculistas. Y estaba orgulloso, porque ser un “caso” es ser algo para quien no puede ser otra cosa. Pero después me he enterado de que hay otros espectadores a quienes les ocurre lo propio. Mi desencanto ha sido grande. Está visto que ni de cuencas afuera ni de cuencas adentro puede uno tener la menor originalidad...
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