LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XVEL PRIMER ESTADISTA DEL IMPERIO ESPAÑOL
En la galería de vizcaínos ilustres del palacio de la Diputación de Vizcaya fue colocado hace poco el retrato del más ilustre de todos: del durangués Bruno Mauricio de Zavala, antiguo gobernador de las Provincias del Río de la Plata y fundador de Montevideo. El retrato es una obra maestra del pintor Tellaeche.
Los historiadores suramericanos han inmortalizado la figura de Zavala por su excelente gobierno y, sobre todo, por su lucha con el Consejo de Indias y con la Casa de Contratación para reformar el absurdo sistema de monopolio comercial, que aislaba de toda relación con el mundo el extremo Sur del Continente, o sea los territorios que hoy constituyen la Argentina, el Uruguay y el Paraguay.
La decisiva influencia que la Casa de Contratación y los exportadores de Sevilla y Cádiz ejercían sobre el Consejo de Indias determinó que el Imperio español adoptara una política comercial absolutamente quimérica. Consistía en concentrar las mercancías en dos puntos del istmo panameño, en Portobelo, sobre el Atlántico, y en Panamá, sobre el Pacífico. Los puertos de Suramérica quedaban cerrados a todo tráfico. Buenos Aires no podía comerciar directamente ni con España ni con el resto de Europa.
Las mercancías destinadas al Río de la Plata habían de cruzar por tierra el Continente, desde Panamá a la Argentina. En este colosal recorrido, el trasporte, las comisiones y los impuestos de tránsito iban elevando el costo de los artículos a extremos fantásticos, quedando muy a menudo retenidos a enorme distancia por no poder sufragar su importe, que superaba con frecuencia incalculables veces su valor inicial. El comercio de retorno —cueros, lana, trigo “charque” (carne salada) —era materialmente imposible realizarlo, teniendo que recorrer todo el Continente hasta el puerto de salida, o sea Panamá. Era frecuente que transcurriesen tres años sin que Buenos Aires recibiese los artículos de uso más indispensable.
Repitamos aquí las palabras, antes ya transcritas, del historiador argentino: “Los pobladores tienen abundancia de carne, de pan y de ciertas verduras; pero carecen de otros artículos imprescindibles. Muchos habitantes andan cubiertos de pieles, como los indios, y las mujeres se visten hilando lana de las ovejas, que, por fortuna, comienzan a abundar.”
¿“Qué quieren más?, decían los que en Cádiz y en Sevilla tenían monopolizado el surtido del Perú y el retorno con la plata, el oro y otros artículos valiosísimos que fácilmente salían de aquellas costas y puertos a incorporarse en el convoy de las dos flotas de guerra que los protegían a su regreso.” (Vicente Fidel López: “Historia Argentina”, página 130.)
Estas dos escuadras se llamaban: “Flota de Tierra Firme”, la que protegía el comercio con Centroamérica y el Perú, y “Flota de Nueva España”, la que vigilaba la ruta de Méjico. Salían cada seis meses de Cádiz.
La piratería era terrible, trágica. El mar de las Antillas y de Panamá se llenó de corsarios, llamados “filibusteros”, que saqueaban e incendiaban las naves españolas. No existía garantía alguna contra estos salteadores marítimos. Las quejas de España eran desoídas en toda Europa. La contestación de las diversas naciones era idéntica: “España —decían Inglaterra y Holanda— nos prohíbe con todo rigor que trafiquemos legítimamente con sus colonias; luego a ella sola, y no a nosotros, le corresponde hacer la policía de sus mares y defenderlos como pueda.” Esta doctrina autorizaba a los marinos de todas las costas europeas para lanzarse a la piratería.
Todo régimen cerradamente restrictivo engendra el contrabando. Gracias a él pudieron desenvolverse, aunque penosamente, las provincias del Río de la Plata y el puerto de Buenos Aires. Punto de apoyo de corsarios y contrabandistas fue la colonia del Sacramento (Uruguay), establecida por los portugueses. Por diversas convenciones, esta colonia pasó de manos tres o cuatro veces entre Portugal y España, hasta que, por el Tratado de Utrecht, y debido a la presión ejercida por Inglaterra, que anhelaba perdurase el foco del contrabando con Buenos Aires, quedó reconocido el derecho de Portugal sobre aquel punto de la costa uruguaya.
Tales eran las circunstancias cuando fue nombrado gobernador de Buenos Aires el brigadier D. Bruno Mauricio de Zavala. El período de los gobernadores sucedió al de los adelantados, durando hasta la creación del virreinato del Río de la Plata.
Desde que se hizo cargo del Gobierno (julio de 1717) hasta que fue destituido por la influencia que sobre el Consejo de Indias ejercían los corrompidos y corruptores elementos de la Casa de Contratación el brigadier Zavala no descansó un momento. Sofocó en el Paraguay el movimiento de los “encomenderos”, que acusaban a las Misiones de los jesuitas de realizar grandes especulaciones de yerba mate.
En realidad, los misioneros eran los verdaderos protectores de los indios guaraníes, no permitiendo el sistema de “encomiendas” establecido en todas las demás colonias. “Consistía este sistema en reunir a los indígenas en agrupaciones, bajo la dirección de una persona influyente con las autoridades españolas, la cual, con el título de “encomendero”, hacía trabajar en su provecho exclusivo a los pobres indios.” (Julián O. Miranda: “Historia del Uruguay”, (página 70).
Zavala puso orden en la anarquía del Paraguay, y apoyado por los indios venció a los rebeldes en una batalla decisiva en Río Tabapuy, restableciendo de nuevo las humanitarias Misiones. Este largo desorden, extinguido por el célebre gobernador de Buenos Aires, que unía a un sagaz espíritu político singulares aptitudes de estratega, es calificado por los historiadores suramericanos con el nombre de “Guerra de los Comuneros del Paraguay”.
Seguidamente arrolló a los corsarios ingleses, franceses y portugueses que infestaban las costas uruguayas. El capitán Moreau, que mandaba los barcos Franceses, pereció en el combate. Vencidas fueron igualmente las cuatro naves portuguesas mandadas por el aguerrido Freites da Fonseca.
Para realizar esta campaña, los jesuitas, que tanto contribuyeron a impedir el establecimiento de los portugueses en el Río de la Plata, armaron tres mil indios paraguayos que pusieron a las órdenes de Zavala. Con ellos y 400 soldados criollos, adiestrados por el propio gobernador, fue Freites sitiado y vencido.
Poco más tarde (1726) fundaba Montevideo Los primitivos pobladores llegaron de Canarias y Tucumán. El dinero para levantar las murallas y los primeros edificios procedía de Potosí, enviado por el virrey del Perú. La base española de la colonización del Uruguay, cuya influencia se nota hoy mismo, fue principalmente canaria y maragata.
Por su brillante historia militar, anterior a su llegada al Río de la Plata, gozaba el brigadier Zavala de gran prestigio. En Flandes ganó el grado de capitán, distinguiéndose en la acción sobre Namur; se halló en el sitio de Gibraltar, y en la batalla de Lérida, “que no debió perderse”, según nuestros historiadores, perdió Zavala el brazo izquierdo.
* * *
Abrir el puerto de Buenos Aires al comercio directo con España y con el resto de Europa fue el ideal constante del gran gobernador. La colonización de las regiones del Río de la Plata era punto menos que imposible haciendo depender su tráfico del otro extremo del Continente, de Panamá.
Debido a este régimen, cuya absurdidad salta a la vista con sólo contemplar el mapa de Hispanoamérica se retrasó en más de dos siglos el desarrollo de los territorios del extremo Sur del Nuevo Mundo.
“Zavala fue un verdadero hombre de Estado, admirable por su visión, por su sagacidad y prudencia.” (V. Fidel López: “Historia Argentina”, página 172.)
Contestando a las órdenes apremiantes que recibiera del imbécil Consejo de Indias de aquel período para reprimir el contrabando que se introducía en Buenos Aires por la colonia del Sacramento (dominio portugués en la costa uruguaya), exponía el brigadier y gobernador Zavala este juicio, que no podía ser más exacto: “Considero imposible atajar las furtivas negociaciones de la colonia del Sacramento, en razón de no encontrarse en esta plaza (Buenos Aires) un sólo artículo legítimamente “comerciable”, y no veo sino dos cosas que pudieran hacerse: o dejar que se abastezca libremente, o se haga un esfuerzo y se destruya por las armas el establecimiento portugués. En este río miran las naciones marítimas, enemigas o rivales de España, un canal predispuesto por la Naturaleza para el comercio de contrabando y para surtir por él todo el interior del país. Los mismos negociantes españoles aquí establecidos son conniventes, partícipes y ocultadores, y no hay término medio entre cortar este abuso con un golpe sobre la colonia portuguesa, o permitir el comercio, dándole una forma legal.”
El Consejo de Indias se escandalizó ante esta última solución, que era la natural y lógica. “No puedo —añadía el gobernador— arrasar la colonia, porque a ello se opone el Tratado de Utrecht.”
La situación era muy curiosa. El Gobierno español, por medio de un Convenio internacional, reconocía a Portugal la posesión de una zona de costa uruguaya, frente a Buenos Aires, y luego quería que el gobernador evitase la filtración de mercancías por aquel punto. Todo ello dimanaba de la incultura geográfica del Consejo de Indias y del Gobierno de Felipe V, a quien arrullaba y adormecía el “tiplo Farinelli con sus romanzas. Brindo este nuevo dato a D. Gonzalo de Reparaz, que tan amplias, profundas y exactas observaciones ha formulado en sus admirables folletones de El Sol sobre la relación existente entre la cultura geográfica y todo buen Gobierno.
Nadie puede dirigir con acierto núcleos de población radicados en parajes cuya estructura territorial desconoce. Ya Rousseau, como decimos en otro capítulo, establece el origen de todo desacierto en la dirección de los negocios públicos: “Para que un Estado monárquico pudiera ser bien gobernado sería preciso que su extensión fuese proporcionada a las facultades del que le gobernase. Es más fácil conquistar que reinar.” Esta desproporción fue infinita y constante en el Imperio español. Y de ahí su derrumbe prematuro.
Tanto el Consejo de Indias como el nidal de obtusos especuladores de la Casa de Contratación no cesaban de dirigir al rey quejas y cargos contra el hábil, bravo, laborioso y progresista gobernador, empeñado en abrir el gran estuario del Plata a la corriente comercial.
Ello suponía fundar una floreciente colonización agraria que valdría mucho más (como vale hoy) que todas las minas y baratijas auríferas de las “tierras calientes” del centro continental. Zavala tuvo la visión de la futura, fácil y permanente riqueza agrícola y pastoril de la Argentina.
Los consejeros de Indias le enviaban avisos conminatorios. Dos grandes buques ingleses, el “Carteret” y el “Duque de Cambridge”, habían salido para Londres con valiosos cargamentos de lana, cueros y otros productos.
Al mismo tiempo se introducían artículos europeos, incluso de España, que pasaban de la banda oriental (Uruguay) a la occidental (hoy provincias de Entre Ríos y Corrientes) Esto era intolerable, a juicio del Consejo de Indias. “El Río de la Plata debía quedar absolutamente cerrado a todo tráfico mercantil.”
Como buen vizcaíno, Zavala acabó por hablar claro: “Yo no puedo reformar la geografía ni la naturaleza de las cosas”; “anulen el Tratado de Utrecht y arrasaré la colonia portuguesa”; “entre tanto, lo mejor es abrir el puerto de Buenos Aires al comercio directo con todos los puertos y mercados de España, independientemente del tráfico del Perú.”
Y añadía esto, que pinta la corrupción de! régimen imperial: “El contrabando se organiza en Cádiz mediante el cohecho; se cargan artículos extranjeros con nombres y rótulos españoles, y este contrabando para el Potosí y otros puntos lo tolera abiertamente la Casa de Contratación en pro del monopolio de Cádiz y Sevilla.”
El Consejo de Indias, tan soberbio como inepto, destituyó a Zavala, el único estadista con que en aquel momento contaba el vasto Imperio español. Fue reemplazado en el Gobierno de Buenos Aires por D. Miguel de Salcedo (1734).
El sistema era tan descabellado, que los propios gobernadores anteriores a Zavala ejercían el contrabando. En tal sentido, los dos más célebres fueron el general Góngora y el marqués de Villacorta. “Al pasar por Lisboa, un rico comerciante, a quien había conocido en Flandes, le propuso que tomase a su cargo y a buena cuenta entre ambos un valiosísimo cargamento de mercancías. El general Góngora aceptó; se embarcó en la nave del cohecho, y junto con su persona metió el cargamento en Buenos Aires.” (Fidel López: “Historia Arg.”, Pág. 155).
Al hacerse luego cargo del Gobierno, el marqués de Villacorta expuso su programa con esta frase: “Ni pájaros han de pasar con comida en el pico de Buenos Aires al interior.” Y añade el principal historiador argentino ya citado: “Pero a poco se le presentó en el puerto un navío holandés con papeles de navegación otorgados en Amberes por D. Juan de Austria, hijo natural de Felipe IV, joven corrompido, dilapidador y soberbio, que gobernaba en Flandes. El capitán del navío ofreció entregar su cargamento por veintidós mil cueros de toro, diez mil libras de lana de carnero y vicuña, treinta mil pesos en plata y los viceversas de regreso. Villacorta aceptó de plano, dando de ello cuenta al Rey. Pero lo que no comunicó es que, fuera de la vista del puerto, había otros tres buques holandeses, a los cuales el del contrato pasaba de noche lo que recibía de día. Según el aviso que dio el comisionado que Felipe IV tenía en Holanda, y que presenció el desembarco, los valores que llegaron en los cuatro buques ascendían a tres millones de pesos en cueros, lana y barras de plata.”
De las justas críticas, bastante duras y airadas por cierto, que formulan todos los historiadores suramericanos contra un régimen que en tal forma anquilosaba en su iniciación la vida de aquellos pueblos, sálvase el brigadier Zavala, a quien rinden constante tributo de respeto, admiración y simpatía.
El gobernador de Buenos Aires y fundador de Montevideo fue, sin duda alguna, el principal, acaso el único, estadista venadero que desde su fundación tuvo el Imperio español. Las virtudes de !a raza vasca para el ejercicio del Gobierno se vieron representadas por él en Suramérica de una manera inmortal...
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