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LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


Capítulo XXVI

POLÉMICAS DE TRES VASCOS SOBRE

TRES TERRITORIOS NACIONALES

  Entre mis numerosos amigos indianos, en vacaciones por esta su tierra natal, cuento con tres que son fuertes propietarios en las más alejadas zonas de la República Argentina. Uno, Errandonea, es estanciero en la Pampa Central; otro, Zugasti, es yerbatero en Misiones y partícipe o socio en una empresa explotadora de bosques, que arrastra la madera, grandes vigas y cabrios, unidos en jangadas, Paraná abajo, sirviendo, a la vez, el magnífico río, de camino y vehículo; y el tercero, Ybarrondo, tiene en el Chaco diversas explotaciones: aserradero, exportación de quebracho en rollizos o tueros, una puntita de vacas, algunas hectáreas de algodón (“de prueba no más” —dice él) y una casa de negocio en que prepondera la pulpería, que es —esto no lo dice él, sino yo —lo que más rinde.

  Grandes emprendedores los tres, laboriosos y tenaces, como la raza a que pertenecen. Errandonea es un viejo fuerte, sanguíneo, curtido por los recios vientos de la Pampa, donde se estableció de muchacho, siendo uno de sus primeros pobladores, apenas barridos los indios, arrojados al Sur por el ejército en la campaña del desierto.

  Los otros dos, hombres también de edad, se conservan aún vigorosos, aunque no tanto como el pampeano, pues el clima subtropical de Misiones y el Chaco ha dejado marcada en sus organismos la huella de largas sofocaciones.

  Los finos y fríos aires del Pirineo, apenas iniciado el otoño, les producen ligeros escalofríos, “chucho”. Errandonea, por el contrario, habituado a las escarchas de la Pampa, no se “achucha” nunca, aunque caigan copiosas nevadas.

El hablar del chaqueño y del misionero es lento y un poco lánguido, al revés del pampeano, que es impetuoso, dogmático y concluyente en sus afirmaciones. Los tres usan esa prosodia y sintaxis propias del vasco acriollado.

  En un paseo reciente con ellos por estos bellos alrededores de San Sebastián, discutióse el problema de la provincialización de aquellos tres territorios, que contienen ya, con exceso, la población que determinan las leyes para alcanzar esta categoría.

  Los dos pobladores del Chaco y Misiones, Ybarrondo y Zugasti, son partidarios de la provincialización inmediata, mientras Errandonea, por lo que toca a la Pampa, se opone de la manera más firme y un tanto acalorada.

— Vean, compañeros —dice—, yo no sé lo que pasará en el Chaco y Misiones, porque nunca anduve por aquellos andurriales, donde ustedes se han calentado los cascos; pero les “garanto” que la Pampa, convertida en provincia, no saldría ganando nada. Ahora estamos medio regular, sometidos al gobierno nacional, que nos atiende bastante bien. Pero en cuanto fuera declarada provincia, con su gobierno, sus ministros, sus diputados y senadores, sus elecciones y el diablo a cuatro, vendrían los bochinches políticos, y la vida sería un infierno, Y, además, todo esto costaría mucha plata, que ahora no pagamos. Lo que ocurre —agrega un poco exaltado— que no faltan los que quieren una nueva cancha para politiquear.

— Sin embargo —atrevo a insinuar—, es necesario que se cumpla la ley. Y ella ordena que excediendo la población de sesenta mil habitantes debe declararse provincia.

—Vea, amigo don Pancho —me replica—  sobre eso de la población  hay mucho que hablar. La Pampa es una región ganadera y agrícola. Los hacendados constituimos una población estable; hemos echado anclas. Allí vamos mestizando mucho, y las haciendas son ya casi tan puras como en los mejores campos centrales. A los pampeanos no nos pisan el poncho los mejores criadores del “páis”. Pero la población agrícola, que forma el mayor número, no tiene la misma estabilidad: fluctúa mucho, es ambulatoria, se trasiega de un punto a otro. Hoy la Pampa tiene la población necesaria para ser provincia; pero unos años de sequía, allí tan frecuentes, puede hacer que gran parte de esta población se corra a los campos de la provincia de Buenos Aires, o de Córdoba, o de San Luis, o al Sur, hacia Río Negro: Y entonces, ¿qué ocurriría, amigo? Que la Pampa, tan pronto tendría población para ser provincia como no la tendría. Y cuando no la tuviera, después de declarada provincia, ¿cómo se desharía el barro? ¿Se le volvería a quitar a la Pampa los galones de provincia, colgando la galleta al gobierno, a los ministros, los diputados y a los senadores? ¿Qué me retruca, amigo don Pancho?

— Le retruco, amigo Errandonea, que sus temores a esos posibles vaivenes de la población pampeana me parecen un poco exagerados. La experiencia de medio siglo nos demuestra que esos supuestos trasiegos —sin desconocer del todo su existencia— no son tan violentos como usted supone y teme. La Pampa comienza a poblarse por el año 1880. Región en apariencia desolada (la conozco, aunque no tengo hacienda mestizada, como usted), el descubrimiento de hallarse en muchas zonas el agua cerca, a seis o siete metros, hizo posible el surgimiento de las praderas artificiales, de los alfalfares. Después vino la agricultura. Pues bien: según el señor I. Ruiz Moreno, en su interesante monografía histórica y geográfica de los territorios nacionales, la Pampa tenía en el año 1895 cerca de 26.000 habitantes; en 1905 sube a 41.377. El año 12 el número se eleva a 88.683. Ignoro el crecimiento de estos últimos veinte años, que seguramente será considerable. Como usted ve, amigo Errandonea, el aumento es incesante, sin esos retrocesos que usted teme. En cuanto a la producción agrícola, obsérvase un constante desarrollo progresivo, pues “a pesar de las frecuentes sequías —dice el señor Ruiz Moreno—, un año bueno compensa varios años malos”. En 1895, el área cultivada en la Pampa abarcaba 8.761 hectáreas; en 1904 asciende a 300.000, y el año 14 salta a 1.988.000. Desconozco las cifras de los años posteriores. Pero las apuntadas bastan para advertir que el desenvolvimiento poblador y el de la producción han sido continuos. Así, pues, no hay temor de que la Pampa pierda la población que le da categoría de provincia, rango que hace tiempo debía ya haber adquirido. Esa oposición de usted y de otros pampeanos, amigo Errandonea, se funda en un estrecho egoísmo, en simplificar la vida todo lo posible, viviendo en una especie de Arcadia, sin los conflictos que trae consigo una intensa actividad política.

— ¡Retrúquele ahora! —dice Zugasti, el yerbatero de Misiones.

— ¡Y cómo no, amigo! No se crea que don Pancho me ha “voltiado” con sus argumentos. El temor a una reducción de los agricultores, por trasladarse a otras zonas, existe, y no lo niega del todo el mismo don Pancho. Unos años de sequía pronunciada y la baja de los cereales puede producir el desbande.

  Entonces, ¿por qué no esperar a que la población se haga más estable, más fija? Ahora, levantada la cosecha, no queda nada, la gente puede largarse a otros pagos. Esperemos a que surja la granja, la         unión de agricultura y ganadería, con todas sus industrias rurales, que son las que vinculan la población a la tierra. Y, últimamente, la provincialización nos traería un bochinche político diario y, probablemente, alguna revolución, baleándose unos a otros.

  Yo mantengo una lucha constante en mi casa contra la provincialización, pues tengo un hijo “dotor” (¿quién no tiene algún “dotor” en su casa?) que es partidario de ella. El mozo es despierto—no lo digo porque sea su padre—, y ya sueña con verse diputado nacional por la Pampa. Y temo, amigo, que algún día, en unas elecciones duras, en que corra la plata, me funda la estancia. Y eso, no, ¡carancho!, que me ha costado muchos años y muchos sudores el formarla.

— Si no la funde el hijo la fundirá el nieto —le digo irónicamente.

— Bueno...; pero que yo no lo vea.

  Toma la palabra Zugasti, el yerbatero, y sosegadamente, con languidez tropical, va perorando en esta forma:

— Ustedes, amigo Errandonea, nos llevan en la Pampa Central la media arroba; tienen todas las ventajas; están cruzados por todos los ferrocarriles: el Oeste; el Sur y el Pacífico. En un momentito no más se plantan en todas partes. Cualquier cosa que les pase, bajan a Buenos Aires y ya lo arreglaron sobre la marcha. La mayor parte de los estancieros de la Pampa lo son, a la vez, en la provincia de Buenos Aires, y viven en la capital, consiguiendo que el carro del gobierno no se empaque. Pero nosotros, compañero, allá en Misiones, estamos aislados; nuestra vía principal de comunicación es la fluvial, de una lentitud casi tan grande como en tiempos de Irala. Nuestros asuntos con el gobierno nacional se resuelven tarde, mal y nunca. Por eso necesitamos la provincialización, el gobierno autónomo, para resolver rápidamente mil problemas de orden interior que ahora se demoran una eternidad. En la época de los jesuitas, Misiones tenía 100.000 habitantes, y a pesar de los malones que destruyeron todo aquello y dispersaron la población, se ha vuelto a repoblar, porque Misiones es lo más lindo de la República y está llamado a un gran porvenir. Además, en Misiones tenemos monumentos, ruinas, que no hay en la Pampa Central.

— ¿Y para qué queremos ruinas en la Pampa? —dice ásperamente Errandonea—; allí lo que necesitamos son vacas, buenos reproductores y mucha mestización. Toda la Europa está llena de ruinas, y ya ve cómo anda. Lo que hace falta es progreso y mucha plata. Hay que poner la mirada en el porvenir y no en lo que ya no existe.

— No diga eso, amigo: las ruinas hacen pensar en los antepasados; elevan el espíritu.

— Lo urgente, mi amigo, es que se eleve el precio de las haciendas y de los cereales, que ahora andan por el suelo.

  Como el chaqueño permanece callado, escuchando muy atentamente a los otros, le pregunto:

— ¿Y usted, amigo Ybarrondo, ¿qué dice? ¿Es partidario de la provincialización del Chaco?

— Completamente. El Chaco se va poblando ligerito no más. Va a la cabeza de todos los territorios. Y ahora, al olorcito del algodón, ¡viera, compañero, cómo acude la gente de todas partes! Lástima que los precios son bajos. Por allí maliciamos que los hacen bajar los yanquis, para fundirnos al nacer. Pero no lo han de lograr, porque nadie, amigo, atropella al Chaco por mucho que empuje. Aunque no estamos tan aislados como Misiones, nuestro problema viene a ser, más o menos, el mismo. Y convertido el Chaco en provincia nos manejaremos mejor. Los inconvenientes que ve el amigo Errandonea están contrarrestados por otras ventajas. Yo no entiendo mucho de estas cosas; pero mi compadre, el “dotor” Galletagasti, que es médico en Resistencia —y de los buenos, ¡vieran cómo opera, mejor que en Buenos Aires! —me sabe decir que el Chaco, en cuanto fuera provincia, se iría a las nubes. Y yo hago mucho caso de mi compadre. Pero el gran problema hoy es el de los rollizos. Las empresas de tanino no quieren que los exportemos. Y andan trabajando con el gobierno nacional para conseguirlo. Los obrajeros protestamos, porque lo que desean las empresas es “voraciarse” nuestros rollizos, pagando por ellos lo que se les antoje.

— ¿Y por qué no hacen ustedes tanino, en vez de exportar madera en bruto? —pregunta Errandonea.

— Y ustedes, en la Pampa, ¿por qué no exportan tejidos, en lugar de lana sucia?

— ¡Qué pregunta! Porque no tenemos fábricas ni capital para fundarlas.

— Pues lo mismo nos ocurre a nosotros. Cada cual debe exportar lo que pueda. ¡Cancha libre, amigo! Nosotros tenemos derecho, no me le negará. amigo Errandonea, a largar nuestros rollizos por donde más nos convenga.

— Tiene tazón el amigo Ybarrondo —interviene Zugasti, el misionero—; convénzase, compañero: ustedes, los pampeanos, los hombres del Sud, no comprenden los problemas del Norte.

  Errandonea se impacienta un poco y se dispone a replicar. Intervengo, porque a pesar del lenguaje, en apariencia cordial, con mucho “amigo” y “compañero”, la procesión anda por dentro y el diapasón va subiendo. Entre criollos o acriollados, la suavidad de las palabras no altera la firmeza de las opiniones.

  Procuro encarrilar la conversación por vías serenas. Y los tres siguen, aunque sin ceder, exponiendo tranquilamente sus puntos de vista sobre la provincialización. Se aproxima la noche. Las sombras van invadiendo las cumbres pirenaicas...


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Biografía del autor Francisco Grandmontagne

 

 


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