LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo X
EL NEGOCIO DEL PRIMER «GRINGO»
Después de muy prolijas investigaciones y cálculos minuciosos, un estadígrafo norteamericano ha logrado determinar, hasta el último céntimo, lo que costó el descubrimiento de América.
Colón cobró por la concepción de su proyecto —asiático, no americano— y su feliz arribo adonde nunca soñó, 320 dólares. No son muchos para pagar el soberbio lío cósmico del navegante al confundir el primer islote dominicano con el aurífero Ofir, ya columbrado por las remotas naos salomónicas que retornaban cargadas de oro y sándalo para hacer arpas y cítaras que alegrasen la vida, de suyo muy alegre, del voluptuoso autor del “Cantar de los cantares”.
Los Pinzones, pilotos de las otras dos carabelas, cobraron 30 dólares cada uno. Los marineros salieron a razón de 29 dólares por cabeza o por remo. Prescindamos de detalles para englobar las diversas partidas. El descubrimiento, según el estadígrafo yanqui, costó a España, o, mejor dicho, a Luis Santángel, que fue quien dio la mayor parte del dinero, 7.250 dólares, o sea unas 45.000 pesetas, suma inferior a lo que gasta, por amor a las instituciones, cualquier diputadillo en una campaña electoral.
La cuenta de lo que costó el descubrimiento se presta a sinnúmero de reflexiones. Aun concediendo alguna razón a Pascarella, el poeta romañolo, al plantear en sus célebres sonetos el arduo problema de si fue Colón quien descubrió a los indios, o los indios a Colón, forzoso es reconocer que el mutuo encuentro, aunque fuese casual y fortuito, valía más de 7.250 dólares.
¿Y para allegar esta mísera suma, que se gasta en mondadientes cualquier hija de Rockefeller, era necesario inventar la patrañuela del empeño de todas las joyas de Isabel la Católica? ¿Tan pocas y de tan escaso valor eran las suyas? Para sufragar la insignificante suma que costó el descubrimiento hubiera bastado el más modesto de los anillos que lleva ahora la bella Otero, o la Chelito, que no es menos bella ni está peor alhajada.
La reina, Isabel nunca empeñó sus joyas. No hubiera podido hacerlo, aunque realmente fuera su deseo. Porque ¿dónde estaba el judío prendero que en aquel momento de horribles persecuciones se atreviese con la operación? El infundio, tan difundido por el mundo, de este rasgo pignoraticio, está destruido por la historia.
Insinúa algún autor que, a raíz de la conquista de Granada, y bajo la vibrante emoción que produjo en el espíritu de la reina ver flamear las banderas cristianas en los alminares de la Alhambra, habló de este empeño de sus preseas. Pero la noticia parece fruto del espíritu adulón que imperaba en las plumas de la época, constreñidas y aterradas por el despotismo de los delegados de la Providencia.
Lo cierto es que Doña Isabel no se sacó los anillos de los dedos para impulsar las carabelas. Fue Santángel, el escribano mayor de la Corona de Aragón — ¡vaya un notario rumboso! —, quien se adelantó a ofrecer un millón de maravedises que pedía el director de la aventura.
Una mujer, aunque sea reina, no se desprende de sus alhajas ni a trueque de todo un Continente, además problemático. El principal “pagano” del descubrimiento fue Santángel, acto magnífico que dignifica al gremio de los escribanos, colocándole por encima de las acerbas diatribas de Quevedo.
Sería ofender al lector ocuparnos aquí de las andanzas de Colón antes de verse a bordo de la “Santa María”. No pocos enemigos de España —que por serlo gratuitos acusan su majadería ingénita— han hablado y escrito mucho sobre las luchas de Colón con la ignorancia española. ¿Y cómo no encontró oídos el argonauta en las demás Cortes de la “culta Europa”?
Las viejas hermanas de España en latinidad no pueden admitir de buen grado que, habiendo dado una de ellas el hombre descubridor, y creyéndose la otra el orto lumínico del alma latina, el imperio verbal sea español.
La profundidad de la sorda ojeriza sólo la conocemos los españoles que hemos convivido en el torrente inmigratorio con los que presumen de orto y los que se envanecen del nauta. Pero… sofrénate, pluma, que en tus puntos es de vidrio esta cuestión.
Las dilaciones no tuvieron por origen la ignorancia, ni tampoco la incredulidad. Dimanaron del estado del Erario, o de los recursos de la Corona, absorbidos por la guerra contra el árabe. Cierto que hubo algún espíritu incrédulo, como fray Hernando de Talavera, quien sostuvo en la primera junta de Córdoba que, en tantos siglos y con tantos sabios, ya se hubieran descubierto aquellas tierras, si ellas existieran.
Monseñor Talavera era un hombre razonable al no creer en su propia sabiduría. Pero frente a este argumentador simplista, hubo otros hombres con plena fe en el audaz proyecto: fray Diego de Deza, que tanto contribuyó al dictamen favorable de los cosmógrafos; según palabras del propio Colón, a Deza, el educador del príncipe, se debe que “sus Altezas hobiesen las Indias”; González de Mendoza, privado de los reyes; Quintanilla, contador mayor del reino; el astrónomo Marchena, Medinaceli, fray Juan Pérez, confesor de la Reina; Cabrero, Cárdenas, el mismo Cisneros, toda la “élite”, lo escogido, selecto y preponderante del mundo político prestaron asidua atención a los planes del audaz marino.
No había en aquella época en el resto de Europa mayor cultura náutica y geográfica. Y todo eso de la ignorancia y de la barbarie española dimana de ciertos focos de odio a España, eternamente latentes, en nuestros viejos hermanos en latinidad, ultrapirenaicos unos y moradores otros en las fronteras costas mediterráneas. Pero tornemos a nuestra intención, que no era grave al coger la pluma.
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El costo del descubrimiento resulta una bicoca si se compara con las empresas coloniales modernas. El Rif le irroga diariamente a España un gasto de seis millones de pesetas. De manera que la civilización de un solo rifeño cuesta más que la de todo un Continente. Como todas las cosas, la civilización se encarece de una manera extraordinaria. Los salvajes acabarán por arruinar a los civilizados, y sabido es que el arruinado, por muy buen carácter que tenga, se pone como un salvaje en cuanto se queda sin dinero.
Europa está dividida en colonistas y anticolonistas. Los colonistas hablan en nombre de la civilización. Los anticolonistas, en nombre de los impuestos y de las balas que reciben sus hijos por meter la civilización cristiana donde sólo se acepta la budista, la musulmana o cualquier otra.
No es necesario decir que el verdadero ideal de los colonistas no es tanto la civilización como las tierras, las minas y los bosques de los inciviles. Ahora bien: el aumento de valor que todo esto adquiere con la civilización puede ser un buen negocio cuando sólo cuesta 7.000 dólares; pero no costando 7.000 millones; en cuyo caso el negocio de exportar civilización resulta ruinoso.
Y no se arguya con el problema espiritual, con redimir de la barbarie a las regiones insumisas a nuestra civilización, porque, después de la guerra europea, es difícil emplear con éxito este argumento en el centro de África.
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Con lo dicho sobre el punto económico no se quiere advertir que Colón tuviera el propósito de ser un civilizador barato. Wáshington Irving le describe poseído de un idealismo grandioso y sublime. Mejor le analiza Herrera al observar que un juicio positivista y “una naturaleza mercurial” refrenaban su fantasía.
Como a los colonistas modernos, a Colón le movía más la utilidad que la civilización. Y la mejor prueba está en que, al acordarse la expedición, en Granada, se irguió ante los reyes, como cuadraba a su gran carácter, y pidió todo esto: almirantazgo general en los Océanos (¡formidable título!), virreinato de las tierras que hallara y el diezmo sobre mercancías, especias, oro, plata y pedrería, para él y sus descendientes, a perpetuidad.
El mismo Santángel, que ponía el capital, se quedó un poco turulato ante la magnitud de las peticiones. Don Cristóbal no ofreció participación alguna al generoso escribano. ¡Qué diferencia entre Santángel y e1 Padre Luque, el socio de Pizarro y Almagro en el reparto del Perú!
En la célebre escritura hecha en Panamá, documento único en la historia del Universo, el agudo y cómodo presbítero, que perseguía en América algo más que la difusión del Evangelio, se reservaba la tercera parte del imperio de los Incas, participación correspondiente a los 20.000 pesos que ponía en la empresa.
Y luego, para dar solemne fuerza religiosa al contrato, administraba a los dos socios, a los estupendos porqueros extremeños, el sacramento de la Eucaristía.
Sólo el quimérico espíritu español de la época, asistido por organismos de acero, por una carne inmune al dolor y por una voluntad diamantina, podía realizar el acto fantástico de repartirse, por escritura pública, todo un Continente, donde aún no se había puesto la planta.
Santángel, a pesar de ser escribano, no exigió ni recibo del millón de maravedises. De reyes abajo, es el aragonés el primer altruista en el negocio inicial de América.
En nada desmerece la gran memoria de Colón por decir que, además de un nauta genial, era un financiero de larguísima vista; porque, de persistir en la actualidad, como él suponía que persistiría, el 10 por 100 de la producción de las Indias, calcúlese las entradas que ahora tendrían sus descendientes, aun estando tan bajas las vacas en la Argentina.
No se puede, con el millón de maravedises de Santángel, tirar un lance más descomunal. Al lado del duque de Veragua, descendiente de Colón, Creso sería un pordiosero. Téngase en cuenta que, según las capitulaciones, le correspondería también el 10 por 100 de la producción norteamericana, ya que Colón llevaba parte igualmente en los descubrimientos derivados del suyo inicial. Así, pues, los reyes del petróleo y del acero, y hasta los menores de las tachuelas y de las “Gillettes”, serian unos míseros vasallos de Veragua.
Pequeños accidentes históricos malograron el negocio que trazara Don Cristóbal para todos sus descendientes, para todos sus “bambinos”, hasta la consumación de los siglos.
El primer “gringo” que llegó a Ultramar quería de veras “hacer la América”. La abolición de la esclavitud y la independencia final de los diversos pueblos que formaban las Indias redujeron a Veragua a su condición de criador de toros de lidia. Nunca falta algún detalle imprevisto que malogre los grandes negocios.
Don Cristóbal, el “gringo”, primer guión de los “gayegos”, no sólo atendía a la magnitud de la utilidad en el porvenir, pensando en ser indiano antes de descubrir las Indias, sino también a los pormenores de la fructífera realidad presente. Lo prueba el pleito con Triana que es el detalle más pintoresco del descubrimiento. Los reyes habían acordado un premio de 10.000 maravedises al primero que divisara la tierra. Como se sabe, el azar favoreció al marinero Rodrigo de Triana, que a las dos de la madrugada del 12 de octubre, hallándose de vigía, comenzó a gritar: “¡Tierra!” “¡Tierra!”.
Le correspondía, pues, el premio; pero, al retornar a España, Colón alegó que la noche anterior ya había visto él una luz en la costa. Insistió con tal empeño ante los Reyes, que fue necesario entregarle los maravedises.
Despojado del premio, Triana se entregó a la desesperación, abandonó la patria y se fue a África. No es para menos ante la forma en que el “gringo” empitonó al andaluz. Y aunque no se volvió a tener noticia alguna de su vida, cabe suponer que le iría mejor que a los descubridores y conquistadores que prosiguieron luego la magna aventura, los cuales acabaron casi todos de una manera deplorable, matándose entre sí, cuando no caían ensartados en las flechas o bajo el voraz apetito de cínifes y tábanos.
Don Cristóbal hizo un gran servicio a Triana, que quizá llegara a tener harén... Desde el punto de vista religioso, la. primera consecuencia del descubrimiento no fue aumentar la grey cristiana, sino la morisca, con el trasiego de Triana, que no quiso seguir viviendo entre unos cristianos que le arrebataban conjuntamente la gloria y los maravedises.
Considerado el asunto por lo que toca a la civilización, lo primero que produjo el descubrimiento no fue aumentar, con salvajes convertidos, el número de los civilizados, sino acrecer con uno de éstos, con Triana, el número de los salvajes.
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El primer rendimiento de los 7.250 dólares que costó arribar al Nuevo Mundo fueron los quinientos indios que Colón remitió a España para que fuesen vendidos como esclavos. Se ignora lo que se pagó por ellos. No sería mucho, pues aunque no fueran considerados como hombres, nadie se atrevió con ellos en calidad de zoología comestible; y en cuanto a emplearlos en labores útiles, poniéndolos, por ejemplo, a tirar de un carro, no era posible, porque desconocían una civilización que marcha casi toda ella sobre ruedas...
Pronto vio D. Cristóbal que no era negocio la exportación de indios a la Península. Y entonces fue cuando dictó la famosa ley del cascabel. Consistía en que todos los indígenas mayores de catorce años — ¿cómo conocer las edades, si no había notación bautismal, principal novedad que llevamos a América? — habían de llenar de oro, cada tres meses, la concavidad de un cascabel.
Al cacique Madiacote le exigía Colón media calabaza. Este régulo fue el primero en experimentar los efectos de la civilización. Unos perros, debidamente amaestrados, se encargaban de reducir todo conato de resistencia a sufragar el tributo. Adicto a la civilización, de la cual come sin costarle nada, el perro es enemigo de los ladrones y de los hombres libres. ¡Un despreciable conservador!...
El Padre Buil protestó, y Colón le cercó por hambre. Cuando los reyes reconvinieron al almirante, adujo éste razones inspiradas en el nacimiento de la vida romana, que no fue más suave, como lo revela el fin de Remo a manos de Rómulo. Otro tanto hiciera Colón con el buen clérigo, si éste, de los diversos pueblos que formaban las Indias hiciera recursos de vida.
Hay que tener en cuenta los apuros de D. Cristóbal para sacar adelante el negocio del descubrimiento. Para colmo de apreturas, con ilusión algo atolondrada por haber logrado organizar la partida de las carabelas, se había obligado con los reyes a levantar, dentro de los siete años, cincuenta mil infantes y cinco mil caballos para rescatar el Santo Sepulcro y librar de infieles a Jerusalén.
Pero, al llegar a las Indias, se encontró con que no había un solo potro en aquellas tierras. Se desconocía por completo el caballo, colaborador del hombre en la vasta de la civilización universal. Precisamente la conquista comenzó a iniciarse cuando llegaron los corceles y pudo aparecer el europeo como un centauro.
Mientras el conquistador anduvo a pie, el indio apenas le hizo caso; sólo se aterró cuando vio que tenía tanto de animal como de persona. Don Cristóbal entregóse a reflexiones pesimistas al convencerse de que no había caballos.
Pensándolo mejor, hubiera podido advertir que, de existir jacos y poseer -el sentido de la navegación de altura, quizá los conquistados fueran los conquistadores, como supone Pi y Margall. Pero las obligaciones inmediatas se imponen a toda otra reflexión.
Al almirante debió contrariarle muchísimo la ausencia de razas hípicas, y de ahí, sin duda, su precipitado anhelo de tener oro para adquirir caballos en otro Continente y llevarlos a Jerusalén, donde tanto urgía a los Reyes Católicos rescatar el Santo Sepulcro.
Prudente es suponer, sin embargo, que eso del oro en calabaza y cascabeles no debió dar gran rendimiento, a juzgar por la forma violenta y voraz con que Don Cristóbal se echó encima de los positivos maravedises de Triana.
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Queda por interpretar el último punto. Mucho han censurado los historiadores que el nombre de América sea derivado de Américo Vespucio, el cartógrafo, quien acaso conociera mejor las interioridades monopolistas de la Casa de Contratación, donde fue profesor de náutica, que los escollos de los Océanos.
En realidad, América debía llamarse Beatriz, pues los amores de Don Cristóbal con doña Beatriz de Henriquez, en Córdoba, fueron la causa de que el navegante, hombre de genio vivo, se aviniera a las demoras para organizar la expedición, y no abandonase España para ofrecer su proyecto a la “culta Europa”.
A la conquista de América precedió la de Beatriz. Hasta en las más trascendentales empresas cabe el popular aforismo francés: “cherchez la femme”.
No fue caro el descubrimiento de América. A cualquier americano le cuesta hoy mucho más descubrir París.
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