Inicio de Pampa Gringa - Pueblos y Ciudades

LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


Capítulo XII

LUCHA ENTRE EL PUERTO FLUVIAL

Y EL MARÍTIMO

  Ante la prosperidad inusitada que la centralización mercantil procuraba a Sevilla, otras ciudades españolas pidieron también cosa semejante a Casas de Contratación, o, por lo menos, el derecho de ser puertos de salida.

  Durante el reinado de Carlos V obtuvieron esta autorización La Coruña, Bayona de Galicia, Avilés, Laredo, Bilbao, San Sebastián y otros puertos del Cantábrico y de Levante, pero conservando Sevilla el derecho de ser puerto exclusivo de los retornos de Indias.

  Barcelona tardó mucho en sentir la atracción de América. Preponderante en la cuenca mediterránea, positivista e insensible a la gran aventura, no advertía que el Mediterráneo se iba a convertir en algo así como un lago interior. (Véase “El Catalanismo”, de Valentín Almirall, el pensador más fuerte que ha producido el regionalismo catalán.)

  Pero la grande y larga disputa por el monopolio indiano fue entre gaditanos y sevillanos, entre el puerto marítimo y el fluvial. Duró desde 1550 hasta 1680, en que el comercio se decidió por Cádiz, pues su bahía presentaba dos evidentes ventajas: mucho mayor calado y eludir las naos la peligrosa barra de Sanlúcar.

  El creciente aumento en el tonelaje de los barcos, al desenvolverse los astilleros, fue el mejor argumento para que triunfasen los gaditanos. Cádiz logró ser puerto de salida, estableciéndose allí el consulado y los tribunales de contratación.

  No cejó la influencia sevillana; Carlos III volvió a restablecer la exclusividad en favor de la ciudad del Guadalquivir; pero ya las circunstancias se habían modificado en la economía universal, y el monopolio había escapado definitivamente de las manos de Sevilla. Su decadencia, en este aspecto, fue inevitable.

  No por haber conseguido Cádiz ser puerto de salida perdió Sevilla su hegemonía indiana. Sobre las autoridades gaditanas ejercía funciones fiscalizadoras, por medio de sus representantes, la Casa de Contratación. Pero los gaditanos eran muy celosos de su autoridad. Y el conflicto fue inevitable.

  Las naves que salían del Guadalquivir, autorizadas por la Casa de Contratación, completaban su carga en la bahía de Cádiz. En 1550, una flota sevillana fue detenida en este puerto. El juez y el factor, representantes de la Casa, consideraron como un desacato el despacho realizado sobre el complemento de carga por el corregidor y los regidores gaditanos.

  Obligaron a desembarcar al capitán de la flota y le metieron en la cárcel. El corregidor y regidores gaditanos, a su vez, llevaron igualmente a la cárcel a los sevillanos, representantes de la Casa de  Contratación.

  Acudieron unos y otros al Consejo de Indias. Sus graves miembros se pusieron a estudiar los pros y los contras; vengan leyes, antecedentes, disposiciones y reales órdenes de las Sacras Majestades.

  El estudio fue detenido y luminoso, sobre todo, detenido, pues cuando estuvo listo para sentencia, las mercancías se habían podrido, y un golpe de mar había hecho trizas contra los arrecifes la flota, abandonada por la marinería ante la perspectiva de dar también con sus huesos en la cárcel. Los marineros temían más a los tribunales españoles que a la piratería extranjera que los ahorcaba en las jarcias.

  El despacho de flotas quedó suspendido en Cádiz. Ningún mercader quería arriesgar sus cargamentos en naves que habían de salir sin registro ni documentación alguna. Así las cosas, Pero Meléndez Márquez, general de los galeones de guerra, protectores de los barcos mercantes, arriba a Cádiz, de retorno del Nuevo Mundo.

  Existían dos escuadras de vigilancia: la “Flota de Tierra Firme”, que ejercía la gendarmería marítima en la ruta del Perú, y la “Flota de Nueva España”, que desempeñaba igual función en la de Méjico. Todos los mares estaban plagados de corsarios, un aterrador bandolerismo marítimo que ninguna nación, excepto España, tenía interés en evitar, ya que todas ellas se veían excluidas de la posibilidad de comerciar con los nuevos mercados de Ultramar.

  Los almirantes que protegían nuestro comercio, brutalmente extorsivo con relación a Europa y América, gozaban de gran ascendiente en la corte sobre el ánimo de los reyes y del Consejo de Indias. Y así, Pero Meléndez Márquez, al advertir los trastornos que producía la suspensión del despacho en Cádiz, aconsejó, o impuso, su restablecimiento en forma automática, sin dependencia alguna de Sevilla.

  Tuvo, pues, Cádiz su Casa de Contratación, tras de un siglo de lucha. Sus primeros jueces, los dos Avalías (padre e hijo) y Pedro del Castillo hubieron de sostener larga pendencia litigante con los sevillanos para no ver mermada su autoridad.

  Sentíase Sevilla algo así como la propietaria exclusiva de las Indias, sin duda por ser su río el punto de arranque del tráfico inicial. El Jordán y el Guadalquivir son los dos ríos más gloriosos de la tierra. En los baptisterios de toda España debía emplearse el agua del Guadalquivir, para que las futuras generaciones españolas tuviesen desde la cuna la emoción americana. Es el río sagrado de la Historia de España.

  Los sevillanos, que no se resignaban a la nueva situación, impedían que las naos capitana y almiranta, salidas de su río, entrasen en la bahía de Cádiz, teniendo que recibir la carga complementaria en la barra, punto lleno de riesgos para las operaciones de trasbordo. El historiador Horozco, que escribía por aquellos días, pone este comentario: “Es negocio peligrosísimo, de que se ha causado excesivas pérdidas de haciendas i de navíos, con la vida de mucha gente, i otros daños muy reñidos, muy notorios, i que an sido muy costosos; pero, aunque se sabe, i que se entiende así, es sin remedio por mil graves inconvenientes que el referirlos es fuera de propósito i de conseguir “efeto”.

  Seguimos igual, amigo Horozco. En España nunca se consigue “efeto”. El puesto de escribano que autorizaba el despacho de los buques era vitalicio, y el conseguir esta merced costaba dos mil ducados. No se obtenía por méritos de buen notario, sino por dinero…


Volver al Índice  -  Próximo Capítulo

Biografía del autor Francisco Grandmontagne

 

 


Arriba - Inicio de Pampa Gringa - Pueblos y Ciudades