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LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)

JUANCHO Y LOS BACHILLERES,
O EL ÉXITO EN AMÉRICA

  Recorriendo, en grata excursión, la España rural, llegué a una pequeña aldea perteneciente a una de las comarcas de donde mayor emigración sale para todos los países americanos, y, muy especialmente, para la Argentina.

  Durante los días que pasé en aquel villorrio, perdido en las fragosidades y abruptos cerros del norte de la Península, sólo oí hablar del hijo de la Pascualona, una pobre mujer, la última en la jerarquía social —lavandera de aldea— (no se puede ser menos), a quien su excelente hijo, Juancho, inmigrante en la remota Patagonia, había redimido de una larga y persistente miseria. La Pascualona empezaba a ser nombrada, cuando yo pasé por allí, la “señá” Pascuala, y creo que, cuando vuelva, la encontraré, —si la lana patagónica sigue subiendo un poco— convertida en Doña Pascuala.

  Porque la Pascualona, la “señá” Pascuala, o doña Pascuala, recibe giros de su hijo, el ovejero de la Patagonia, en copiosa abundancia; a tal extremo, que podría, si quisiera, comprar la casa del cura —que es la mejor del pueblo— y aun las del médico y del boticario, que ya no son tan buenas.

  Pero doña Pascuala —yo me inclino ante los giros del patagón— no quiere comprar la casa del cura, ni la del médico, ni la del boticario; pica ella más alto, y ha puesto los ojos en un viejo castillejo medio derruido, medioeval, perteneciente al noble de la comarca, que anda por Madrid exhausto de fondos y haciendo política turbia. Desciende de tres generaciones de calaveras entonados, parásitos del régimen, y no desdice él, en punto a juerguismo, de sus gloriosos ascendientes. Posee este prócer una ignorancia enciclopédica; su meollo está más hueco que un farol, y sólo lucen en él las imágenes de la sensualidad.

  Ya Juancho —que pronto será don Juan, como la Pascualona está a punto de ser doña Pascuala— ha escrito a su respetable madre diciendo que compre “no más” el castillejo de ese “loco lindo” (palabras textuales de la carta llegada de la Patagonia); pero doña Pascuala, con aquella prudencia que da un largo infortunio, espera a que el noble acabe de tronar para adquirir más barato el desvencijado castillo, entre cuyas seculares paredes, según versión popular, pernoctó alguna noche nada menos que la sacra majestad de Carlos V.

  Quien con mayor entusiasmo me habló de Juancho fue el maestro de la aldea. El pobre mentor de la infancia rural había recibido algún dinero para sí y para mejorar el local de la escuela y adquirir libros y material de enseñanza. También le había enviado Juancho un mapa de la Patagonia, señalando e! lugar que ocupaba su campo, con el número de ovejas propias que en él pacían. El maestro que sólo tenía de la. Patagonia las pintorescas nociones adquiridas en las novelas de Julio Verne, sentía por Juancho la admiración infantil que despiertan en nuestra más temprana edad los héroes de “Los hijos del Capitán Grant”.

  En sus cartas le contaba Juancho cómo había poblado el campo; le hablaba de alambrados, jagüeles, tranqueras, y le refería, en una prosa algo tropezona, el curso del expediente en la oficina de Tierras y Colonias, hasta llegar, con ayuda del doctor de Buenos Aires, a la escrituración definitiva. (***)

  Sea por deficiencias del estilo epistolar, sea porque la naturaleza compleja de estos expedientes no suele prestarse a descripciones transparentes, el caso es que el maestro no comprendía cómo su discípulo había logrado la conquista de aquel latifundio patagónico. Se lo expliqué; pero no creo que mi disertación tuviese mejor fortuna que la carta de Juancho. En Europa la propiedad de la tierra está acotada desde hace muchos siglos, y es difícil comprender 1a existencia de un Estado providencial repartiendo campos a los hombres enérgicos, como Juancho, que saben dilatar la vida pastoril hasta los más extremos desiertos.

  Por todo comentario a mis explicaciones, el maestro dijo: “Desde muchacho era Juancho muy listo.”
Tanto o más que listo era fuerte el mozo. Salió de la aldea sabiendo las cuatro reglas, más rápido en la de multiplicar que en la de dividir. Escribía con dificultad; su ortografía era deplorable; pero la mala ortografía no es obstáculo a un juicio claro. En la lucha por la vida, el ingenio natural suple las deficiencias de una cultura mediocre. La buena hiedra, dice Propercio, crece sin cultivo.

  Pasó por Buenos Aires sin hacer caso de sus múltiples seducciones, y se fue al desierto patagónico a cuidar majadas ajenas, que pronto serían propias. Una salud canina, unida a una actividad infatigable, ofrecían ancho campo a su esfuerzo. Poseía las condiciones naturales del verdadero poblador de desiertos. La fortuna es para los que obran con decisión y constancia. Juancho, que nunca leyó la Economía de Smiles, cumplía su precepto fundamental, cuando dice que el trabajo, unido a un ojo vigilante y a una voluntad potente, levanta siempre alguna cosa.

  Y Juancho levantó una gran estancia. El tesón diligente allana los mayores obstáculos. Compró al Estado —ya señalé el plazo— ocho leguas de tierra fiscal, cuatro para sí y cuatro para el doctor —el tramitador del expediente—, y pobló las ocho, haciendo la fortuna del doctor y la suya propia. El dilema vida era vencer o morir, dilema de entre cuyos términos de hierro se sale cadáver o triunfador.

  Empezó sin nada; su única propiedad era un poncho, las estrellas y los caminos —si acaso había caminos en la Patagonia—. Su educación era la que recomienda Horacio: “que no tenga más techo que el firmamento; que viva rodeado de alarmas”. Sus recias manos y su juicio simple y penetrante aprisionaron pronto la fortuna que huye siempre de los irresolutos y blandos de voluntad.

  Y la prosperidad de Juancho se hacía presente en la lejana aldea natal en forma de continuos y crecidos giros a su madre. Todo hombre fuerte es generoso. La debilidad es siempre sórdida y no hay acumulación que baste —en caso de buena suerte— a poner al abrigo su propio sentimiento de impotencia en la dura lucha humana. Aparte el amor filial, acendrado en el poblador patagónico, algo influía en sus generosidades el acicate de un justo orgullo, pues era natural que quisiera ser el primero en la aldea quien salió de ella siendo el último.

  Doña Pascuala sentía en sus entrañas doble conmoción: como madre de un hijo tan excelente y como inspiradora de un carácter que, al triunfar en “las Américas”, la llevaba a ella al triunfo en la aldea. La primera vez que se oyó llamar “señá” Pascuala se estremeció toda, sintiéndose la madre de un emperador. Miraba aquellos papelitos llenos de rayas y cifras —los giros—; y, cuando bajaba a la capital de la provincia y veía con qué obsequiosa solicitud era atendida por los empleados del Banco, experimenta la rara sensación de que la economía universal se movía por las lejanas órdenes de su hijo. Fuerte es siempre el sentimiento maternal; pero se agiganta mucho cuando podemos llevar al triunfo social a quien nos dio la vida.

* * *

  En toda la comarca se consideraba ya a Juancho como un potentado. Ante aquel éxito, el médico y el boticario de la aldea pensaron en la emigración de sus hijos, dos muchachos que gozaban fama de muy listos. Ambos habían cursado el bachillerato en la ciudad. Eran dos señoritos; con lo que ignoraban —a pesar del bachillerato— se podría reconstruir la biblioteca de Alejandría.

— Si ese mastuerzo de Juancho—apuntó el boticario—, que apenas sabía leer y las cuatro reglas, ha hecho fortuna, quiere ello decir que la fortuna es fácil en “las Américas”. En consecuencia, nuestros chicos, que van mejor preparados y conocen el mundo, ¿estamos?, la harán —no cabe duda— más rápidamente.

  El galeno asintió. Solía reflexionar sobre la vida española con acedos sarcasmos. “En España —decía— el proletariado intelectual, debido a la miseria que ciñe y constriñe a todas las actividades del espíritu, es más corrompido que el elemento político, el cual tiene, por lo menos, el mérito de corromperse más en grande. De manera que, en vez de seguir los chicos una carrera, opino también que deben emigrar.”

  Del mismo parecer fue el cura. Creía el boticario que los pequeños y confusos conocimientos bachillerescos darían a los mozos una superioridad aplastante sobre los rudos palurdos que luchan entre la inmigración cosmopolita. Sólo el maestro se permitió insinuar con timidez que acaso no estuvieran mejor preparados que Juancho para correr por América tras de la fortuna al mismo compás de celeridad que las babilónicas gentes de otros pueblos y razas; pero el boticario, que sólo era psicólogo en el tresillo, atribuyó esta duda del maestro a cierto celo pedagógico por haber cursado los muchachos en la ciudad.

* * *

  Y fueron los bachilleres a Buenos Aires. Un orgullo (le clase impedía al boticario y al médico pedir a la Pascualona una recomendación para Juancho.

  Una vez en Buenos Aires, comenzaron a buscar colocación; pero pronto advirtieron que su bachillería no servía para nada. Desconocían el comercio y les avergonzaba emplearse en humildes oficios, como mandaderos de tienda, dependientes de almacén por menor, o de un despacho de bebidas, etc. Para dos bachilleres, todo esto era humillante. Aunque nunca habían estado en Madrid, participaban del estúpido criterio del señorío matritense, que ha puesto el despectivo mote de horteras a los dependientes de tiendas y quincallerías. ¡Ellos horteras! ¡Horror!

  Pero, al fin, tras de algunas noches pasadas en los bancos de las plazas públicas de Buenos Aires, hubo que apechugar con cualquier cosa. La gran ciudad les fascinó, y no querían salir de ella. Cuando, encajados ya en el ambiente, pudieron mejorar algo de acomodo, se hicieron nocharniegos; iban a los teatros y a los cafés de la Avenida de Mayo, donde, a grito pelado, discutían con otros noctámbulos sobre los méritos intrínsecos y extrínsecos de las cupleteras y danzarinas. Creían traer de la capital de provincia, donde habían estudiado el bachillerato, un concepto de este arte menor —que ellos juzgaban sublime— mucho más certero que el derivado de la sanción popular del heteróclito público bonaerense. “Aquí no comprenden estas cosas”— solía decir el hijo del boticario.

  Los bachilleres se iban quedando roncos de tanto discutir en los cafés asuntos de teatro, tauromaquia y política española, que es mucho más tauromáquica que la tauromaquia. Nuestros bachilleres creían firmemente que en todo el curso de las edades el mundo no había producido un estadista del genio estupendo de Cánovas del Castillo. Convenían en que Sagasta era más gracioso; pero Cánovas, amigo..., ¡vaya un tío!

  Ni que decir tiene que los bachilleres no adelantaban un paso en su situación económica. Escribían de tarde en tarde a la aldea y daban siempre a sus padres noticias pesimistas. “América —decía el hijo del boticario— no es lo que por ahí se creen.” “Esto —añadía más lacónicamente el hijo del médico— está muy malo.”

  El primogénito del farmacéutico, más explícito en sus epístolas, hablaba de la crisis ganadera; las vacas estaban por el suelo. Entre el boticario y el médico, comentaba el maestro: “No parece sino que ellos hubiesen llevado vacas a aquel país”. Luego intervenía el cura: “Yo creo que lo mejor es que ustedes escriban a Juancho para que oriente o ayude a sus hijos a hacer la América.”

  Siguieron los padres de los bachilleres el prudente y sagaz consejo del párroco. Doña Pascuala escribió a su hijo, pero con cierta cautela: “Ten cuidado; no sea que por ayudar a esos pollos te perjudiques. Y recuerda que nosotros nada debemos a estos señorones del pueblo. Sólo ahora, que eres rico, se acuerdan de ti para darte incienso. Cuando tuviste las viruelas, tuve que vender la única cabra que teníamos para pagar al boticario.”

  Juancho, generoso y fuerte, fue a Buenos Aires en busca de los señoritos compueblanos. Les propuso llevarlos a la Patagonia, a su estancia, y darles majadas al tercio. Fueron al desierto los bachilleres. Juancho les puso a. enlazar toros y bañar ovejas en los canales de sarnífugo. La soledad les abrumaba; los novillos les hacían rodar por el campo, en medio de las risas de los gauchos; el contacto del sarnífugo levantaba náuseas en sus estómagos. Al mes estaban de regreso en Buenos Aires y volvían a su vida de teatros y cafés, asegurando que el campo era bueno para los animales, axioma que todos los animales admiten de buen grado.

  Con una claridad selvática, Juancho escribió al médico y al boticario, diciéndoles que sus hijos “eran unos puebleros que no servían ni para tacos de escopeta”. Luego añadía: “Yo he querido formarlos, hacerlos ricos; pero son flojos, y han echado lo que echó la taba.” Ni el boticario ni el médico entendieron el concepto. El maestro, que ya estaba familiarizado con los términos gauchos por su larga correspondencia con Juancho, puso a la carta el comentario de su sonrisa.

* * *

  Doña Pascuala, según mis noticias, se ha instalado ya en el castillejo del noble. La escuela de la aldea está completamente reformada por virtud de los giros de Juancho. Los bachilleres siguen rodando por Buenos Aires, discutiendo acaloradamente en los cafés sobre si la Imperio es mejor que la Raquel Meller, o la Raquel Meller es mejor que la Imperio. Y en cuanto a política, afirman que la revolución la hará Lerroux.
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(***) Este punto de la epístola de Juancho requiere una breve explicación.

  El Estado argentino con el fin de poblar su vasto y rico territorio, vendía a largo plazo (treinta y tres años) sus tierras, llamadas allí “tierras fiscales”.

  Para dar posesión definitiva al colono inmigrante exigía ciertas condiciones: levantar el seto de alambre en toda la extensión concedida; poblar el campo con determinado número de cabezas de ganado bovino, ovino y equino por cada legua; construir ranchos, abrir pozos para extraer o aflorar el agua, etc., etc.

  Entre las obligaciones que imponía el Estado —ya muy generoso— y las que se cumplían había siempre notable diferencia. Y para conseguir la propiedad y activar el expediente en Buenos Aires, los colonizadores apelaban a todo género de influencias. Ni una palabra más...


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Biografía del autor Francisco Grandmontagne

 



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