Inicio de Pampa Gringa - Pueblos y Ciudades

LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


Capítulo XXV

IPARRAGUIRRE EN AMÉRICA

Interviú con su mujer Ángela Querejeta

I

  El año 1897 conocí en Buenos Aires a la mujer del bardo, Ángela Querejeta, que me contó la vida y milagros del cantor del Roble de Guernica en sus correrías por las pampas del Uruguay.

  Llegaba yo una mañana a la redacción de La Vasconia, revista que fundé con José R. de Uriarte y dirigí por espacio de diez años. En el umbral de la puerta esperaba una viejecita menuda, de rostro afilado y marfileño, tipo genuino de vascongada, a la cual acompañaba un guapo y rudo mocetón que vestía el traje dominguero de los obreros.

— Buenos días, señor. Ver quería al director de La Vasconia.

— Soy yo, señora. ¿Es usted vascongada? ¿Desea usted algo?

— Soy la viuda del finado Iparraguirre; sí, señor, de Joshe Mari, del que llamaban el trovador, ¿ya sabe usted?

— ¡Pues no he de saber, señora!...

— Este es un hijo mío —agregó, señalando al fornido mozo—; es el menor y trabaja de herrero en Barracas; porque nunca anduvo a la escuela y... claro..., trabajar tiene que haser ahora de herrero.

  El muchacho me saludó con un “¿cómo le va, señor?, dicho con cortedad y un acento muy criollo. Les invité a pasar a la redacción, cuyas paredes se hallaban adornadas con los retratos que iban apareciendo en la revista. Cuando el mozo vio el de su padre, dijo: “Mira, mamita, dónde lo tienen al viejo.”

— ¿Usted no le conoció? —pregunté yo al muchacho, advirtiendo que debía ser muy niño cuando el bardo regresó de América.

— Me acuerdo un poquitito no más, porque yo era un chiquilín cuando él se largó pa su tierra.

— Entoavía no andaba éste —dijo la madre.

— Sí; pero me acuerdo que siempre estaba cantando unas canciones lo más lindas.

— Zortzicos.

— Zor...

— ¡Zortzicos, hombre! —volvió a repetir la madre viendo que al uruguayo se le atragantaba la palabra.

— Los vascos de Barracas —añadió el herrero— no quieren creer que yo sea el hijo del viejo Iparraguirre. Y pa que vean que no les miento, siempre llevo la fe de bautismo en el bolsillo.

— ¿Usted no sabe hablar vascuence?

— No, señor. Mis hermanos sí que saben. ¡Usted viera, señor, las ganas que tengo de aprenderlo pa saber lo que decía tata (padre) en esas cosas que escribió! Pero tampoco sé leer...

  Después tomó la palabra la viuda. Su lenguaje, que trato de reflejar con la mayor exactitud posible, era una mezcla pintoresca de mala concordancia castellana y de modismos y términos que se le habían pegado en cuarenta años de residencia en los países del Río de la Plata.

  Me dijo que había venido a verme desde Mercedes (República del Uruguay), donde vivía, porque el señor Embeitía, vasco allí residente, le había dicho que el señor Duclós, diputado provincial de Guipúzcoa, había dado algunos pasos para que las Diputaciones Vascongadas la señalasen alguna pensión en vista de su estado de pobreza, suplicándome, al mismo tiempo, que La Vasconia hiciese en este sentido lo que fuera posible para secundar la noble iniciativa del señor Duclós.

  Se lo prometí, y mis trabajos desde Buenos Aires, como los del señor Duclós, desde aquí, desde San Sebastián, resultaron infructuosos. Para demostrarme su penuria, la viuda del bardo continuó en esta forma:

— Tuvimos ocho hijos; vivos están siete: Benigno, casado en Bragado (República Argentina); Francisca, de mucama (sirvienta), anda en Tacuarembó (Uruguay); Ángela, enseguida de casar murió la pobre: el marido, un vasco, se marchó y no hemos vuelto a saber nada; Lucía, casada con Edelmiro Correa, argentino: empleado está aquél en la Gobernación de la Tierra del Fuego; Felisa, soltera: sirviendo está en Chascomús (provincia de Buenos Aires); Dominga, soltera; vive conmigo en Mercedes; María, soltera; de mucama está en una fonda, en Mercedes también; y éste, terminó, señalando al herrero de Barracas que la acompañaba.

  Me contó luego cómo vivía: lavando, cosiendo, ayudando a las vecinas del pueblo en los casos de aumento de familia, etc. Como buena vasca era laboriosa y valiente para apechugar con los azares de la vida, habiendo sacado ella sola adelante —no muy adelante— a toda la familia. “Porque usted sabe —me dijo con triste sonrisa —cómo era el finado...”

  En esta expresión de “cómo era el finado” adiviné yo el calvario que tienen que sufrir las esposas de todos los Homeros. Sin duda, esta vía crucis de Ángela Querejeta tuvo no pocos pasos cómicos, y la incité a que me contara su noviazgo con el autor del “Guernikako-arbola” y sus correrías después por América.

  Advertiré, ante todo, que Angelita fue una esposa digna de Iparraguirre, alegre como él, y también medio trovadora. En su condición nativa había un poco de bohemia, que aumentada por esa ley de asimilación que se opera en el matrimonio, resultó una pareja de cantores errabundos digna de las edades primitivas.

II

  La viejecita exhaló un “¡ay, ene!” en el cual me pareció que sintetizaba todas las fatigas de su vida, y comenzó diciendo:

— Le conocí en Tolosa, después que volvió de su viaje por Inglaterra, Francia y otras tierras. Yo iba todos los sábados a Tolosa para ayudar a una prima que estaba sirviendo en una fonda. Joshe Mari pasaba por allí cantando y...

— ¿Le gustó a usted?...

— ¡Como no! Buen mozo era, sí, sí, ya lo creo; alegre también. ¡Ay, ene! Pretender me hizo en verso. ¡Hágame usted el favor!..,

— ¡Loco lindo era el viejo!—exclamó el herrero.

La viejecita continuó:

—Pues... nos “arreglemos”. Mis padres no querían dejarme casar con él; pero yo encamotada (enamorada) estaba, y... ya sabe usted... las mujeres, en enamorando.., el corazón terco es y…

—Ya, ya. ¿Pero qué era lo que más le llamaba a usted la atención en él? Vamos, ¿qué era lo que más le gustaba?

— Gustarme... todo me gustaba, de pies a cabesa. Porque, hermoso hombre ya era. Barba linda también. Corazón bueno tenía aquél. Y hablar en vasco como nadie hacía. Versos lindos cantaba. ¿Ya se acuerda usted de “Guitarra zarcho bat”?

  Y la buena viejecita me cantó el  zortzico  con una voz muy fina y con mal disimulada emoción. De todos los zortzicos de su marido era el que ella prefería.

—Pues, cuando ya nos “arreglemos” —prosiguió—, él se mandó mudar de Tolosa, a cantar por otros pueblos; y a los pocos días no más de haberse ido, me escribió una carta desde San Sebastián, mandándome ir allí, para “estarme viendo” —decía— durante las fiestas de Agosto. Yo fui no más a pie. ¿Qué había de hacer?...

— Es claro. Había que dar gusto al novio.

— ¡Ay, ene! Me tuvo en casa de una prima suya durante las fiestas; y cuando se acabaron me dijo a ver si quedría ir con él a la América, y que en Buenos Aires casarnos haríamos, porque en las Provincias Vascongadas los curas le pedían muchos papeles para casarnos, pues los Padres no podían saber si ya se habría casado antes en las tierras extranjeras que había andado. No conocían a Joshe Mari. ¿Casarse aquél con una que no fuera vasca? Antes, “mútil zarra” toda la vida. Rabia me hizo dar la desconfianza, y entonces yo le dije que a la fin del mundo también ya le acompañaría. A él le entró entonces una cosa... ¿sabe usted esa cosa, como una bola en la garganta?...

—Sí, vamos, se conmovió el hombre.

—Llorar y todo hizo. Yo era una chiquilla lo más iñosente; pero fe siega tenía en Joshe Mari.

— ¿Qué edad tenía usted entonces?

—  No había cumplido diecisiete años. Joshe Mari tenía treinta y seis; pero menos parecía. Estaba guapo, sí, sí, en aquel tiempo.

— ¿Y se embarcaron?...

— Verá usted: como él era así, vamos, un poco “farrista” (juerguista), pues... claro…, lo de siempre..., se quedó, en víspera de embarcarnos, sin dinero y sin alojamiento. ¡Ay, ene! Buscarle tuve que hacer un cuarto en San Sebastián para que durmiera aquellos días, pagándolo con lo que yo había ahorrado sirviendo en Tolosa.

— ¿Y cómo se arregló después para pagar el pasaje hasta Buenos Aires?

— Dio unos conciertos por los pueblos de Guipúzcoa, y con lo poquito que sacó, algo que le dieron los amigos y lo que yo tenía ahorrado, juntar todo hicimos, y antes que lo gastara..., porque usted no sabe cómo era el finado..., le obligué a que nos fuéramos a Bayona, donde nos embarquemos el día 29 de agosto de 1859..., bien me acuerdo..., en un bergantín que se llamaba como yo, “Angelita”. Joshe Mari se puso lo más contento, porque el barco se llamaba así. Hágame el favor, ¡qué simplesa!

— ¿Por qué? Todo lo contrario. ¿A quién no le gusta navegar en un buque que se llama “Angelita” y tener otra Angelita por compañera de viaje? Su esposo era muy dado a lo simbólico.

— Era un buen hombre, señor —me respondió, por si lo de “simbólico” encerraba algo contra las condiciones morales de Iparraguirre.

— ¿Y cómo les fue en la travesía?

— Lo más bien hasta las costas del Brasil, donde casi naufraguemos a causa de un temporal.

— ¿Y no tenía miedo Iparraguirre?

— ¡Ca, no, señor! Me sujetaba pa que no me cayera y me decía, al oír el ruido de las olas: “¡Hermoso, hermoso! ¡El mar siempre es joven! ¡El mar siempre es mozo!”

— ¡Bravo el viejo! —exclamó el herrero.

— Aparte los días de tormenta, cantando fuimos todo el viaje. ¡Ay, ene! Pobres éramos; pero la juventud alegre es siempre y...

— Mucho más andando en amoríos...

— Ya nos queríamos, sí, sí, de firme.

— “Contále”, viejita —dijo el herrero—, aquel verso en vasco que tata (padre) le compuso a la oveja negra en el rancho de San Ginés.

— ¡Ay, Jesús! ¡Tenía unas cosas Joshe Mari! Era una oveja que...

— Perdón, señora. Guárdenos orden en la narración. Hicieron el viaje muy contentos.

— Lo más alegre, señor. Usted no sabe los zortzicos que cantemos en todo el camino de la mar: el “Guitarra zarcho bat”, el “Ume eder bat”, el “Adiyo”. ¡ Oh, el “Adiyo!” (Cantando.): Agur nere bioztzcko... Y el “Guernikako...” ¡Ay, ene! ¡Qué sé yo cuántas veces lo cantaríamos! Desembarquemos a los sesenta y dos días de viaje.

  El “Angelita”, el bergantín, se quedó en medio del Río de la Plata, por que entonces entoavía no había puerto en Buenos Aires. Bajemos a una lancha. En el muelle nos esperaban muchos vascos..., es decir..., le esperaban a él, porque a mí..., claro..., a mí no me esperaba nadie. Joshe Mari se puso de pie en la lancha. ¡Viera usted, señor, cuando los vascos le reconocieron! Todos echaban las boinas al aire, gritando: “¡Iparraguirre! ¡Viva Iparraguirre!... Entonces él me hizo poner de pie también, y allí no más, en la lancha, empecemos a cantar el “Guernikako”, haciéndonos coro todos los vascos que estaban en el muelle. Locos, o así, parecía que estaban.

III

— Cuando atraquemos al muelle —prosiguió Angelita Querejeta— todos abrazaron a Joshe Mari, los que le conocían y los que no le conocían también. Luego, todos juntos, a la ciudad fuimos. Entremos en la fonda, en calle Moreno, y el patrón, cuando le vio entrar, como loco se volvió: “¡Joshe Mari! ¡Alajincua! ¿De dónde salís vos?” ¡Más contentos los dos!... Iparraguirre pronto reconoció al fondero, a Pachicu. Se llamaba Francisco Mendía, y juntos habían andado en la guerra carlista. Capitán había sido Pachicu del batallón de Joshe Mari, en los carlistas. ¡Oh, aquellos buenos carlistas, defender los Fueros hacían! Sí, sí, mejor si hubieran triunfado. Fueros tendríamos.

  Hablaron de Zumalacárregui y de todas las cosas de la guerra. Ya recordaron muchas cosas, sí, sí...: batallas, heridos, compañeros muertos... ¡Qué sé yo!

— ¿Y a todo esto usted?...

— Callando, y como aturdida entre tantos hombres cantando y gritando. Después de un rato grande, Joshe Mari, agarrarme hizo de la mano y me presentó en vascuence a Pachicu: “Neskacha au andregaya dut, eta ustedet escondukonaizela onekin.” ¡Oh, aquel fino era, sí, sí, ya lo creo! Pachicu le dijo: “Ni eta nere emastia padrinoak izangoguiñake.”

  Y fueron no más: Mendía el padrino y su señora la madrina. Nos casemos en la iglesia de San Ignacio, en Buenos Aires, a los pocos días de llegar. Joshe Mari buscó un cura vasco para que nos echara la bendisión.

— ¿En vasco se casaron?—preguntó el herrero con extrañeza.

—  No, hijo, en castilla. Vamos, la metá en castilla y la otra metá en latín. En latín lo que lee el Padre en el libro, y lo otro, lo hablado, en castilla. Nos quedemos unos cuantos días en la fonda de Pachicu. Luego me llevó Joshe Mari a casa de un tío suyo, que era maestro de escuela, aquí, en Buenos Aires, y él se fue a Nueva Palmira (República del Uruguay) a ver a un primo llamado Ordeñana, que le había prometido conchabarle con un puesto de ovejas. Cuando llegó allí resultó que no había nada de lo prometido, que no le daba a cuidar la majada, y entonces se fue a Dolores, y después a Mercedes (Uruguay) buscando trabajo de puestero (pastor de ovejas). En Mercedes le quisieron dar plata para comprar mil ovejas entre el “dotor” Durañona (argentino), y el boticario Zubeldía (navarro) y don Santiago Arizabalo, que era de Pasajes. Querían que cuidáramos las mil ovejas Joshe Mari y yo, y se las fuéramos pagando poco a poco, según fueran pariendo. Cuando Ordeñana supo que otras personas ayudarnos querían, yo no sé si le dio vergüensa o qué... El caso es que le mandó llamar a Joshe Mari para que fuera a la estancia “La Buena Vista”, de los hermanos González Moreno, donde Ordeñana había establecido una pulpería que se llamaba “La Casa Blanca”, y además arrendaba campo a los González Moreno y tenía unas cuantas majadas. Fue Joshe Mari, y Ordeñana le ofreció doscientas ovejas, ¡una miseria, señor!, para cuidar, a la cuarta parte de las utilidades para nosotros, Y Joshe Mari aceptó. Fíjese, señor: los otros le daban mil ovejas, a pagar cuando pudiéramos, y prefirió las doscientas de Ordeñana, dándole a él las tres cuartas partes del producto. ¡Pobre Joshe Mari; era un sonso para los negocios!

— ¡Pero, amigo, que había sido amarrete (tacaño) el señor Ordeñana! —exclamó el herrero, dirigiéndose a mí. Y volviéndose hacia su madre, añadió: “¿Y por qué no se mandaron mudar pa otro campo?”

— Porque aitacho... Vea, señor: Joshe Mari aceptó guardar las ovejas de Ordeñana para que no pudiera decir que siendo parientes no queríamos estar con él. ¡Una pavada! Y vino a buscarme a Buenos Aires, y nos fuimos a la estancia de Ordeñana. Nos entregó las doscientas ovejas y nos mandó al extremo del campo, a tres leguas de “La Casa Blanca”, de la pulpería, un despoblado completo. Tuvimos que hacer el rancho (choza) entre los dos solitos, con barro, bardas y unas estacas. ¡Pasemos más miseria!

— ¿Y qué tal pastor era Iparraguirre?

— ¡Ay, ene! Muy malo, señor: se le perdían las ovejas, se las dejaba robar y se le entreveraban con las de otras estancias, porque entonces no había alambrados. Yo me desesperaba, y él... ¡viera usted, señor..., se quedaba lo más tranquilo! “ ¿Pero no ves, Joshe Mari, que faltan quince?” —le decía yo desesperada—, y el me respondía: “Déjalas, Angelita, que ya volverán mañana.” “— ¡Qué han de volver, hombre, qué han de volver!” “— Si no vuelven es porque estarán mejor en otra parte. Ellas también aman la libertad, y yo quiero que hasta las ovejas tengan Fueros.” ¿Cómo íbamos a prosperar con un hombre así? ¡Ay, Jesús, cuánto lloré! Pero no me hacía caso. Entraba en el rancho, tomaba la guitarra y me decía: “Ven, Angelita, deja las ovejas y vamos a cantar el “Guernikako”.” Nos poníamos a cantar y así pasábamos la vida, cantando zortzicos y contando las ovejas. Por la mañana temprano, él salía a rodearlas, mientras yo me quedaba haciendo el almuerzo; pero ni las rodeaba, ni caso hacía de ellas: se tumbaba en el campo y se pasaba las horas muertas haciendo versos entre la yerba. Y por las noches lo mismo. Después de estar los dos un gran rato mira que te mira al cielo desde la puerta del rancho, yo me iba a la cama, y él se quedaba haciendo versos, sentado en una calavera de vaca. Desde entonces se llama ese sitio donde nosotros estuvimos el “Puesto del Trovador”. Todos los uruguayos lo conocen por ese nombre.

— ¿Y cuánto tiempo pasaron allí?

— Tres años. Salimos del campo disgustados, por qué verá, señor: Ordeñana tenía en la pulpería un socio gallego, el cual había colocado allí, con otro puesto de ovejas, a un sobrino llamado Cándido García. Un día se mezclaron las ovejas de éste con las nuestras, las del gallego con las del vasco, y al ir a separarlas, se pelearon Joshe Mari y García. Lo supo Ordeñana, y por no disgustarse con su socio, le dio la razón al sobrino. Joshe Mari se puso furioso; fue a la “Casa Blanca” y le dijo a Ordeñana que nos íbamos de su campo. Arreglemos las cuentas y...

— ¿No habrían ganado nada?...

— ¡Ay, ene! Nada, señor; salimos con una mano atrás y otra alante; lo más pobres, y con un hijito, Benigno, que habíamos tenido pocos meses antes.

— ¿Y no protestó Iparraguirre contra las cuentas que le presentó Ordeñana?

— ¡Ca, no, señor! ¿Aquél, pelearse por plata? ¡Qué esperanza! Dejar hacía a los demás que arreglaran las cuentas como ellos quisieran. Yo me desesperaba, y él me decía: “Calla, Angelita; ya ganaremos otra vez; y si no, lo mismo da tener que no tener. Los pájaros nada tienen tampoco, y ya viven alegres, volando entre el sol.” ¡Era loco, señor, era loco el pobre!

  Y la infeliz rompió a llorar al evocar aquellas penurias...

— ¿Y adónde fueron ustedes después? —le pregunté.

—Yo, con el niño en brazos, y Joshe Mari, con la guitarra, salimos de Nueva Palmira para Montevideo, cantando el “Guernikako” por el camino. Aquél, pasara lo que pasara, cantar hacía siempre. En Montevideo, un navarro, don Martín Díaz —buen hombre, sí, sí, y entusiasmo grande ya tenía por canciones vascas— dar un poco de plata nos hizo para poner un café. Alquilemos una casa para establecer el negocio, y lo primero que hizo Joshe Mari fue mandar pintar en las paredes, adentro y fuera, el Roble de Guernica; por todas partes no se veía más que el Árbol, y en la fachada puso un gran letrero que decía: “Café del Guernikako-arbola”.

— ¡Siempre tan vasco el viejo! —exclamó el herrero, orgulloso de su estirpe.

— ¿Iría mucha gente al café?—pregunté a la viuda.

— Muchísima, señor; siempre estaba llena la casa.

— ¿Harían ustedes un gran negocio?

— ¡Calle usted, por Dios! Usted ya sabe cómo era el finado. ¡Ay, ene! Venían al café ocho o diez marchantes (clientes) juntos, le convidaban a Joshe Mari a tomar la copa) y él, para corresponder, les convidaba luego a todos. Se corrió la voz de cómo era el pulpero, y... ¡cómo iba a faltar gente en el café! Allí no pagaba más que el que quería pagar, y querían muy pocos. Y los pocos que querían, tampoco pagaban, porque Joshe Mari no les quería cobrar. ¡Figúrese, señor, cómo andaría todo aquello! Yo me desesperaba; pero, ¡qué!, ni caso me hacía. Toda la noche era el cafetín una pura farra; déle cantar con todos los marchantes, y sin cobrar a ninguno. Hasta los compadritos (jaques) del Paso del Molino aprendieron a cantar el “Guernikako”, el “Iru damacho”, el “Guitarra zarcho bal” y todos los zortzicos. ¡Claro! Le fundimos la platita a D. Martín y cerramos el café..., bueno..., nos lo hicieron cerrar, porque lo que es por Joshe Mari hubiera seguido abierto hasta la fin del mundo.

— ¿Se quedarían en la calle?

— Siempre estuvimos en la calle, señor; siempre, siempre. ¿Cree usted que tuvimos algo nuestro alguna vez? ¡Qué esperanza!...

—Pero ¡que había sido loco el viejo!—exclamó el herrero con cierto orgullo por las locuras de su padre.

— ¿Y qué hicieron después?

— Nos volvimos al campo; él con la guitarra en la mano y yo con dos nenes en los brazos, porque ya habíamos tenido otro. Cuando supo D. Santiago Arizabalo, el de Pasajes, que andábamos por la campaña, nos llamó a su estancia y nos dio el puesto del “Rincón de San Ginés” con mil ovejas, a medias. ¡Fue lo más bueno D. Santiago con nosotros!

— Ahora sí que les iría bien.

— ¡Qué esperanza, señor! Tan mal como antes. Joshe Mari seguía haciendo versos, tumbado entre el pasto. Además empezó a recibir “pedioricos” de las Provincias Vascongadas, y siempre estaba leyendo las cosas que decían de los Fueros. Las ovejas se le escapaban, y él las dejaba que se fueran no más adonde ellas querían. En la majada, entre las mil blancas, había siete negras, y en estando éstas, de las demás no le importaba. ¡Vea qué locura, señor! “¡Por Dios, Joshe Mari, que nos vamos quedando sin ovejas!” —le decía yo al notar la falta; y él me contestaba: “No hagas caso, Angelita porque las siete negras siempre estarán con nosotros.” ¡Loco, señor, loco! A la más pequeña de las negras le hizo unos versos lo más lindos. Le venía a decir a la oveja que no estuviera triste por ser débil y fea, porque su desgracia le inspiraba a él aquellos versos, y ya con eso se volvía ella bonita y fuerte.

— ¿En vasco hablarían los dos siempre? —preguntó el herrero.

— Sí, hijo, siempre en vascuence. Yo no sabía entonces decir nada en castilla.

— ¿De manera que la majada de Arizabalo también desapareció?

— ¡Ay, ene! Todos los días se le perdían ocho o diez ovejas, y las poquitas que al fin nos quedaron las carnearon y se las comieron los revolucionarios de la guerra del general Flores contra el gobierno de Berro. Nos quedemos con sólo las siete negras, por que Joshe Mari dijo a los revolucionarios que comieran si querían todas las blancas, pero que no le tocaran las siete negras. Al poco tiempo, muy enfermo se puso el pobre. Hinchar, hinchar se hizo por beber malas aguas. Yo entonces corriendo fui a Mercedes a buscar un carrito para llevarle al pueblo, a la fonda de Zumastre, que era tío de Idiarte Borda, futuro presidente de la República del Uruguay. El “dotor” Durañona ¡ay, Jesús, qué hombre más bueno! nos sacó de la fonda, y que a su casa teníamos que ir. Fuimos. En su mismo escritorio poner hizo una cama para Joshe Mari, y él mismo le asistió hasta que se curó. Le quería mucho, y siempre estaba hablando en francés con Joshe Mari, pues el “dotor” había andado a la escuela en Francia. Le hacía cantar la “Marsellesa”, que la cantaba lo más bien. Ya sabe usted que el Gobierno francés le echó de Francia porque, cuando Joshe Mari la cantaba, la gente del pueblo se iba detrás de él dando gritos revolucionarios. El rey de los franceses no le podía ver. Y la reina, que era una española, aunque no vasca, tampoco.

—Y después de curarse, ¿qué hicieron? ¿No habrían ganado nada?...

 

 

 

— ¡Ay, ene! Nada, señor; salimos con una mano atrás y otra alante; lo más pobres, y con un hijito, Benigno, que habíamos tenido pocos meses antes.

— ¿Y no protestó Iparraguirre contra las cuentas que le presentó Ordeñana?

— ¡Ca, no, señor! ¿Aquél, pelearse por plata? ¡Qué esperanza! Dejar hacía a los demás que arreglaran las cuentas como ellos quisieran. Yo me desesperaba, y él me decía: “Calla, Angelita; ya ganaremos otra vez; y si no, lo mismo da tener que no tener. Los pájaros nada tienen tampoco, y ya viven alegres, volando entre el sol.” ¡Era loco, señor, era loco el pobre!

  Y la infeliz rompió a llorar al evocar aquellas penurias...

— ¿Y adónde fueron ustedes después? —le pregunté.

—Yo, con el niño en brazos, y Joshe Mari, con la guitarra, salimos de Nueva Palmira para Montevideo, cantando el “Guernikako” por el camino. Aquél, pasara lo que pasara, cantar hacía siempre. En Montevideo, un navarro, don Martín Díaz —buen hombre, sí, sí, y entusiasmo grande ya tenía por canciones vascas— dar un poco de plata nos hizo para poner un café. Alquilemos una casa para establecer el negocio, y lo primero que hizo Joshe Mari fue mandar pintar en las paredes, adentro y fuera, el Roble de Guernica; por todas partes no se veía más que el Árbol, y en la fachada puso un gran letrero que decía: “Café del Guernikako-arbola”.

— ¡Siempre tan vasco el viejo! —exclamó el herrero, orgulloso de su estirpe.

— ¿Iría mucha gente al café?—pregunté a la viuda.

— Muchísima, señor; siempre estaba llena la casa.

— ¿Harían ustedes un gran negocio?

— ¡Calle usted, por Dios! Usted ya sabe cómo era el finado. ¡Ay, ene! Venían al café ocho o diez marchantes (clientes) juntos, le convidaban a Joshe Mari a tomar la copa) y él, para corresponder, les convidaba luego a todos. Se corrió la voz de cómo era el pulpero, y... ¡cómo iba a faltar gente en el café! Allí no pagaba más que el que quería pagar, y querían muy pocos. Y los pocos que querían, tampoco pagaban, porque Joshe Mari no les quería cobrar. ¡Figúrese, señor, cómo andaría todo aquello! Yo me desesperaba; pero, ¡qué!, ni caso me hacía. Toda la noche era el cafetín una pura farra; déle cantar con todos los marchantes, y sin cobrar a ninguno. Hasta los compadritos (jaques) del Paso del Molino aprendieron a cantar el “Guernikako”, el “Iru damacho”, el “Guitarra zarcho bal” y todos los zortzicos. ¡Claro! Le fundimos la platita a D. Martín y cerramos el café..., bueno..., nos lo hicieron cerrar, porque lo que es por Joshe Mari hubiera seguido abierto hasta la fin del mundo.

— ¿Se quedarían en la calle?

— Siempre estuvimos en la calle, señor; siempre, siempre. ¿Cree usted que tuvimos algo nuestro alguna vez? ¡Qué esperanza!...

—Pero ¡que había sido loco el viejo!—exclamó el herrero con cierto orgullo por las locuras de su padre.

— ¿Y qué hicieron después?

— Nos volvimos al campo; él con la guitarra en la mano y yo con dos nenes en los brazos, porque ya habíamos tenido otro. Cuando supo D. Santiago Arizabalo, el de Pasajes, que andábamos por la campaña, nos llamó a su estancia y nos dio el puesto del “Rincón de San Ginés” con mil ovejas, a medias. ¡Fue lo más bueno D. Santiago con nosotros!

— Ahora sí que les iría bien.

— ¡Qué esperanza, señor! Tan mal como antes. Joshe Mari seguía haciendo versos, tumbado entre el pasto. Además empezó a recibir “pedioricos” de las Provincias Vascongadas, y siempre estaba leyendo las cosas que decían de los Fueros. Las ovejas se le escapaban, y él las dejaba que se fueran no más adonde ellas querían. En la majada, entre las mil blancas, había siete negras, y en estando éstas, de las demás no le importaba. ¡Vea qué locura, señor! “¡Por Dios, Joshe Mari, que nos vamos quedando sin ovejas!” —le decía yo al notar la falta; y él me contestaba: “No hagas caso, Angelita porque las siete negras siempre estarán con nosotros.” ¡Loco, señor, loco! A la más pequeña de las negras le hizo unos versos lo más lindos. Le venía a decir a la oveja que no estuviera triste por ser débil y fea, porque su desgracia le inspiraba a él aquellos versos, y ya con eso se volvía ella bonita y fuerte.

— ¿En vasco hablarían los dos siempre? —preguntó el herrero.

— Sí, hijo, siempre en vascuence. Yo no sabía entonces decir nada en castilla.

— ¿De manera que la majada de Arizabalo también desapareció?

— ¡Ay, ene! Todos los días se le perdían ocho o diez ovejas, y las poquitas que al fin nos quedaron las carnearon y se las comieron los revolucionarios de la guerra del general Flores contra el gobierno de Berro. Nos quedemos con sólo las siete negras, por que Joshe Mari dijo a los revolucionarios que comieran si querían todas las blancas, pero que no le tocaran las siete negras. Al poco tiempo, muy enfermo se puso el pobre. Hinchar, hinchar se hizo por beber malas aguas. Yo entonces corriendo fui a Mercedes a buscar un carrito para llevarle al pueblo, a la fonda de Zumastre, que era tío de Idiarte Borda, futuro presidente de la República del Uruguay. El “dotor” Durañona ¡ay, Jesús, qué hombre más bueno! nos sacó de la fonda, y que a su casa teníamos que ir. Fuimos. En su mismo escritorio poner hizo una cama para Joshe Mari, y él mismo le asistió hasta que se curó. Le quería mucho, y siempre estaba hablando en francés con Joshe Mari, pues el “dotor” había andado a la escuela en Francia. Le hacía cantar la “Marsellesa”, que la cantaba lo más bien. Ya sabe usted que el Gobierno francés le echó de Francia porque, cuando Joshe Mari la cantaba, la gente del pueblo se iba detrás de él dando gritos revolucionarios. El rey de los franceses no le podía ver. Y la reina, que era una española, aunque no vasca, tampoco.

—Y después de curarse, ¿qué hicieron?

— Nos fuimos a “Las Maulas”, a la estancia del “dotor”.Estuvimos cinco años, y también nos fue muy mal. Claro, en ninguna parte podía irnos bien, porque ya sabe usted cómo era el finado. De allí pasemos a la estancia “Los Cancheros”, en la costa del río Dacá, donde un señor Ubalde, vascofrancés, nos dio a cuidar otras mil ovejas. Allí nos agarró la revolución de Aparicio contra Flores. ¡Ay, Jesús! Primero Flores contra Berro; luego Aparicio contra Flores. No se podía vivir.

— ¡Yo soy blanco, vieja! —exclamó el herrero, con esa energía que los uruguayos ponen en sus pasiones políticas.

— Bueno, hijo. El caso es que entre blancos y colorados nos carnearon las ovejas y se las comieron.

— Serían los colorados, que se han carneado todo el “páis” —afirmó el muchacho un poco colérico.

— Estando allí —prosiguió Ángela Querejeta— tuvimos noticia de que habían quitado los Fueros a las Provincias Vascongadas. ¡Una canallada, señor! Desde entonces ya no hizo Joshe Mari cosa de provecho. Como loco se volvió. Se pasaba los días llorando de rabia y tenía un humor de todos los demontres.

— ¡Con razón el pobre viejo! —exclamó el uruguayo—. Después que él hizo el himno, amigo, van y le quitan los Fueros. Todos los políticos son unos canallas, sobre todo los colorados.

— Vea, señor —siguió la viejecita—; entre los revolucionarios de Aparicio, unos años de sequía que abrasaron los campos, y luego los Fueros, nos dejaron sí una oveja. Todo el empeño de Joshe Mari era marcharse a nuestras Provincias. Creía que se haría una guerra para volver a tener Fueros, y él quería ir a pelear. Como estaba tan empeñado en marcharse, la Sociedad “Laurak-Bat” de Buenos Aires, suscripción hizo para juntar, plata para el viaje. Joshe Mari dio un concierto en un teatro de ópera donde cantaban los gringos (italianos). Fueron muchos vascos. Los ricos estaban en palcos con hijos criollos que eran “dotores”. Al cantar el “Guernikako”, los viejos vascos de los palcos lloraban. Emoción grande tenían; pero los hijos; los “dotores”, reír hacían, porque, claro, ellos no comprender en vascuence, ni saber tampoco por qué los viejos, los aitachos de los “dotores”, las lágrimas saltar les hacían de los ojos al oír a Joshe Mari. Cuando le dieron la plata, unos dos mil pesos, o así, yo le dije: “No te vayas, Joshe Mari. Con esa plata poner haremos una majada nuestra.” Pero él ni caso me hizo. No, no, Angelita; yo tengo que ir a defender los Fueros.” Y se fue no más, dejándome con ocho hijos, el mayor de quince años. ¡Ay, ene! Nos despedimos en Mercedes, y ya no le volví a ver. Ahora, imagínese, señor, lo que habré pasado con ocho niños pequeños.

— Pero el viejo tenía que defender los Fueros —afirmó el uruguayo, como justificando la conducta de su padre.

— Sí, sí; pero yo sola me quedé para defenderos a todos. ¡Qué iba a hacer yo, pobre de mí! Vivir de milagro, sí, sí, ya se puede decir...

— ¡Pobre, mi vieja! —exclamó el muchacho con ternura; y agregó: “Pero el viejo hizo bien; primero es la patria.” Después preguntó: “¿Y cortaron el Roble?...”

— ¿Y no tuvo usted noticias de él? —pregunté.

— Me escribió dos o tres cartas no más, y ya no volví a saber nada, hasta que recibí la noticia de que se había muerto..., que le habían envenenado.

— ¡Cómo! ¿Dice usted que...?

— Sí, señor, le envenenaron los enemigos de los Fueros —afirmó Ángela Querejeta con firmeza y muy conmovida.

  Traté inútilmente de sacarla de su error, diciéndola que, según mis noticias, había muerto de una indigestión de setas.

— ¡Envenenado, señor, envenenado!

— Bueno...; pero nadie puso el veneno. Si lo había, lo tendrían las setas.

—    ¡Lo pusieron, señor, lo pusieron! —repitió muy convencida.

—    ¡Pobre tata! —exclamó el muchacho—; ni los colorados hacen esas cosas...


Volver al Índice  -  Próximo Capítulo

Biografía del autor Francisco Grandmontagne

 

 


Arriba - Inicio de Pampa Gringa - Pueblos y Ciudades