LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XXIIEL INGLÉS EMIGRANTE
En el mundo están ocurriendo graves e insospechadas mudanzas. Una de ellas es el empobrecimiento galopante del inglés, del hombre más vinculado al oro desde los remotos tiempos en que se hizo de este metal el móvil principalísimo de las actividades y disputas de la Humanidad.
En dictamen del triste Leopardi, los hombres logran ponerse de acuerdo en todo, excepto cuando median el oro o la mujer. En la posesión de uno y otra se fundan las luchas más arduas, sin punto de avenencia posible.
De una discusión parlamentaria mantenida entre él “leader” laborista Mr. Ramsay MacDonald y el jefe del Gobierno, Mr. Baldwin, se desprende que hay muchos ingleses que no pueden vivir ya en Inglaterra, siendo de todo punto necesario que se vayan a otros países en busca de medios de subsistencia.
Ambos eminentes estadistas hablaron del saneamiento de ciertos territorios isleños, de poner en actividad productora los latifundios y cazaderos, de construir carreteras y otras obras públicas para dar trabajo a los numerosos desocupados, de trasladar población obrera de unos distritos a otros, etc.
Coincidieron, sin embargo, ambos políticos en que todas estas medidas de carácter interno son insuficientes. Parece que, aun haciendo fecunda la cintura de arrecifes de Inglaterra, sobrarían moradores en su suelo.
A las mismas gaviotas, tan sufridas y duras, se les va presentando difícil la vida en las islas británicas. Por consecuencia, no queda más recurso a los ingleses que la emigración en masa, como los italianos y los españoles.
Prudentemente, Mr. Baldwin se anticipó a declarar que “la Gran Bretaña no pretendía echar la carga de sus trabajadores en huelga forzosa sobre los hombros de sus dominios”. Era una manera de acallar las inquietudes de algunas regiones del vasto imperio que en diversas ocasiones se han manifestado contrarias a la competencia de mano de obra procedente de Europa.
Luego habló del Canadá como país propicio a la recepción de brazos. Y, por último, aludió a otras regiones ultramarinas fuera del imperio, especialmente a los países de la América hispánica, donde la emigración inglesa puede hallar ancho campo a sus iniciativas.
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Ya tenemos al inglés en las mismas condiciones del proletariado emigratorio de los pueblos latinos, saliendo a la ventura, con el porvenir en el aire. Porque, en realidad, el inglés nunca ha sido emigrante, sino un gran capitalista y experto financiero que salía de Inglaterra para establecer en todos los continentes magnas empresas: tender ferrocarriles y líneas de tranvías, iniciar nuevas Compañías de navegación, dotar de luz eléctrica a lejanas ciudades y villas, construir obras sanitarias, fundar frigoríficos, organizar colonizaciones, llevar maquinaria agrícola y multitud de artículos ferreteros y, en suma, comerciar en vasta escala desde el primer día de su llegada al país elegido para desenvolver su actividad.
Los ingleses iban a tiro hecho, con un propósito determinado y generalmente fructífero. Las estadísticas americanas incluían a los británicos en la categoría de viajeros, no de emigrantes, o sea individuos económicamente inermes que no saben lo que harán al llegar a las remotas playas, paupérrimos peregrinos sometidos a todas las contingencias del azar y de la suerte, apremiados, apenas puesto el pie en tierra, por la necesidad de ganarse el primer almuerzo; con un futuro por delante cerradamente incógnito, que lo mismo puede resolverse, al cabo de cuarenta años de peripecias, en una ascensión a la opulencia que en un descenso a entierro de tercera. Los emigrantes latinos marchan a América, como Colón, a ver si la encuentran.
Para el inglés de los buenos tiempos, por el contrario, nada era contingente, imprevisto y fortuito. Al salir de sus islas tenía la seguridad de retornar indiano muy brevemente. Inglaterra le había provisto de todas las armas para el triunfo; los Bancos de Londres ponían capital a su disposición; las grandes Empresas siderúrgicas le ofrecían la representación de sus hierros; los telares de Lancashire dábanle cuantas telas quisiera llevar.
Detrás de cada inglés que partía para Ultramar estaba la esterlina de Inglaterra, su industria floreciente, el apoyo de un crédito firmemente organizado, su flota mercante, todas las antenas y todos los hilos, en fin, que la Gran Bretaña ha tendido por el vasto mundo. A un hombre armado en tal forma para las luchas de la vida no se le podía comprender en la misérrima categoría de emigrante.
En una ocasión, D. Segismundo Moret me contaba con íntima satisfacción racial una pequeña historieta. En un salón madrileño, el embajador de Inglaterra hacía grandes ponderaciones de las habilidades mercantiles y financieras de un inglés en Norteamérica, una especie de Carnegie. El marqués de Salamanca, hombre muy diestro para los negocios, que se hallaba en la reunión y era muy ingenioso, repuso vivamente: “Que nos dejen a ese inglés y a mí solos y desnudos en las costas de África, y ya veremos quién se viste el primero.”
— Esa historieta, don “Segis” —le dije—, es muy pintoresca; pero sus premisas carecen de toda realidad y sentido, porque el inglés no va desnudo a ninguna parte. Verdaderamente desnudos, o ataviados con máxima pobreza, van los nuestros. Levadas las anclas, sólo una vinculación ideal les queda con la España que abandonan; lazo laxo, al partir, que luego la añoranza tornará tenso y vibrante.
Pero en el orden práctico y positivo, los españoles que saltan a la otra banda de los mares no pueden contar sino con el propio esfuerzo y el concurso propicio de la Providencia. Son como eslabones sueltos de una cadena rota. Ningún punto de apoyo encontrarán en una industria que no logra salir de los umbrales de la nación, embrionaria y torpe; industria de invernáculo, de estufa arancelaria; ni en una Banca, sin radiación ni horizontes, encogida y tímida, que apenas entiende de otras operaciones que las relativas a cubrir empréstitos del Estado. Entre la sociedad peninsular y los que de ella se alejan no existe, económicamente, más grado de relación que el de los giros familiares, reunidos por los emigrados comerciando con otros pueblos.
Usted, ilustre don “Segis”, que nos gobierna frecuentemente, con una elocuencia que hace felices aun a los propios oídos de los mauristas, sabe de una manera perfecta que entre los españoles sedentarios y los que ruedan por América la trabazón de intereses se reduce a esa bondadosa asistencia representada por los giros a los parientes.
Moret, hombre muy comprensivo, se quedó un poquito serio, y seguimos hablando de otra cosa, encantado yo de su charla, pues era un conversador delicioso.
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Aquella respuesta mía, muy consistente entonces (hace veinticinco años), no parece que tenga hoy la misma fuerza. El inglés, que propiamente dicho, nunca fue emigrante, se ve ya en la necesidad de serlo. El gran apoyo con que antes contara ha disminuido considerablemente. La proposición del marqués de Salamanca es ahora más factible que cuando fue formulada.
Ya el inglés es un emigrante casi tan desvalido como el español, o el italiano. El fenómeno envuelve una serie de vastísimos y muy complejos problemas. La guerra europea y las sucesivas revueltas y trastornos políticos han destruido grandes capitales y han producido una enorme perturbación en los centros tradicionales del industrialismo europeo.
La actividad fabril se ha extendido a otros continentes, que aprendieron durante la guerra los métodos de elaboración que parecían patrimonio exclusivo de los viejos pueblos. Y sus clientelas, como oportunamente ha señalado Guillermo Ferrero en uno de los interesantes artículos que se vienen publicando en El Sol, “se han dispersado”.
Ciertos países sin tradición industrial improvisaron fábricas de diversos productos, seducidos por las pingües ganancias derivadas de los precios de guerra.
Pero abandonemos este aspecto del problema, cuya magnitud y complejidad rebasan los límites de este ligero ensayo.
El mundo ha sufrido un cambio profundísimo. Ningún pueblo es hoy lo que era antes de la guerra: unos son mucho más; otros, mucho menos; algunos, casi nada. He ahí cumplida la bella metáfora del gran poeta inglés, de Tennyson: “Siga por siempre el mundo recorriendo las órbitas sonoras de la mutabilidad.”
Se han trasegado los capitales, ha emprendido el oro vuelos trasatlánticos, han nacido en puntos insospechados nuevos centros fabriles y ha surgido en el orden agrario todo linaje de fuentes de producción donde nunca las hubo.
Y así, mientras unos países sufren cierta anquilosis, probablemente transitoria, otros se estiran en magníficos alardes de elasticidad.
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De todas estas mudanzas y trastrueques, auges y descensos, lo más sorprendente es ver al inglés convertido, como cualquier pobre latino, en emigrante, entregado a todas las contingencias, azares y malandanzas de esta condición.
En mis numerosos viajes marítimos nunca he visto un solo inglés en la proa, en tercera, confundido entre la masa emigratoria. Ni tampoco en segunda, que ya acusa cierto principio de señorío. Siempre lo he encontrado en primera —cuando yo iba en primera, que no fue siempre—, muy elegante, con muy variada y rica indumentaria de invierno y que cambiaba gradualmente, a medida que pasábamos de una estación a otra; el primero en los deportes y en el bar, alternando en sus labios la pipa y el “whisky”, generalmente un poco desdeñoso —un desdén correcto— con el resto del pasaje latino.
Aunque ello importe poco, debo declarar que no siento por cada inglés, individualmente, la simpatía que me inspira Inglaterra. Este fenómeno no creo que sea exclusivo de mi espíritu, pues nunca he supuesto en él ninguna originalidad insólita lo que no implica téngale yo por vulgar, ya que lo vulgarísimo en los escritores es tenerse por originales.
Quiero decir que somos muchos los que admiramos la historia de Inglaterra, incluso su período pirático, que España fue la primera en experimentar los efectos en lejanos tiempos; sus instituciones, su democracia, la más orgánica, equilibrada y sólida; su alto y puro concepto de la justicia, su libertad individual, dentro de la cohesión colectiva...; sí, sí; corta es toda loanza para tantas virtudes públicas. Pero el inglés, en su contacto con los hombres de otras razas, ofrece algo así como un ahitamiento de personalidad que resulta un poco molesto para los demás.
No aminora esta impresión el aire correcto de su altanería racial. Inadaptable a la temperatura espiritual de otras gentes, a sus costumbres, al tono general de su vida, el inglés, después de trotar por el mundo entero, permanece renuente a toda asimilación. Esta índole de su carácter no ha dado en los últimos tiempos los mejores frutos en el orden mercantil. El alemán, más dúctil y flexible, lo ha desalojado de muchos mercados, no tanto por la superioridad de su tecnicismo en la manufactura y el tráfago exportador como por su mayor adaptación al ambiente social de los pueblos en que se presentó a competir.
Camino de América, los latinos, aun siendo de primera, contemplábamos al inglés con cierta admiración supersticiosa, viendo detrás de él un largo ferrocarril, los tranvías de una ciudad, el alumbrado público, los frigoríficos, algo, en fin, grande, de poderosa pujanza económica, mientras nosotros los latinos sólo representábamos —y no todos— una pulpería, una tiendecilla, un café y, a todo tirar, un “registro” (almacén de tejidos) o una mercería con más estantes que artículos.
A bordo, nuestra ligera charla, propia, claro está, de quienes comercian al menudeo, contrastaba con la de inglés, reposada, de gran aplomo, correspondiente al peso de sus negocios. Y cuando alguna vez —siempre era ello grato para nosotros— formaba parte de nuestro corro, prestábamos al lacónico discurrir del mister extremada atención, como si de su boca fuesen a salir esterlinas o provechosas lecciones para adquirirlas.
Sus historietas y chistes nos dejaban turulatos. La razón de esta sorpresa reside en que el anecdotario inglés suele estar saturado de realismo, arrancando de los prístinos instintos, en tanto que el latino donaire es puramente imaginativo, flotante sobre la realidad, ingenioso y alegre, un pequeño macaneo intrascendente.
Terminemos. Los ingleses, no todos, pero sí muchos de ellos, van a verse también, como los imprevisores y pobrecitos latinos, en la necesidad —ninguna más triste— de ser emigrantes. Los reflexivos moradores entre las espesas nieblas están ya en el caso de confundirse en las proas de los navíos con los que salen de las tierras del sol, rumbo a lo desconocido, sin más puntales de apoyo que los caprichos del Destino. Hay que deplorarlo sinceramente.
Para la futura emigración latina, el fenómeno del inglés emigrante constituye una esperanza, pues es posible que ello contribuya a que mejoren algo los viajes en tercera. Porque el hacer más cómodo el viaje a un pasajero de tercera depende de que los navíos sean buenos, y no de las leyes de emigración de quien no tiene navíos. Si se pudiera navegar en papel legislativo, sobre las páginas de la Gaceta, la emigración española viajaría mejor que Vanderbilt...
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