LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XXLAS GOLONDRINAS DE BIEKER
En las dos puntas de América, la del Norte y la del Sur, la sajona y la hispánica —ya muy entreveradas con otras castas—, los problemas candentes y embargadores del espíritu público son las presidencias futuras y la lucha contra los gorriones, que se van convirtiendo en copartícipes absorbentes de las cosechas de cereales.
Los periódicos y revistas de ambas Américas claman ante la creciente voracidad estos pájaros, que pueden, dada su prolífica reproducción, verdaderamente asombrosa, minar los cimientos básicos de la riqueza continental.
El peligro que corre el Nuevo Mundo en toda su vasta extensión no logra aminorar mi simpatía y sentimiento admirativo por los gorriones. El origen de esta inclinación, vieja en mi espíritu, se funda en la sugestión que ejercen siempre las inteligencias superiores.
Y la del gorrión alcanza una talla insuperable. Lo demuestra en su asimilación condicional, llena de reservas, suspicacias, cautelas y prevenciones, a las normas de la civilización humana. La razón de abstenerse de caer en una absoluta domesticidad es muy sencilla, como todas las ideas geniales: sabe que domesticado del todo, sometido como el resto de la fauna casera, el hombre organizaría al punto los ciclos reproductores, lo mismo que en los gallineros, yendo a la sartén la población sobrante.
Esta perspectiva tan poco seductora induce al agudo gorrión a poner límites a su convivencia con la Humanidad, reservándose aquel grado de independencia que lo aleje de perecer en colectivas fritadas.
Los gorriones constituyen hoy en todo el planeta una plaga invencible, resultado de su manera particularísima y original de entender su adaptación a la vida urbana. Consumidores de buena parte de las cosechas, el hombre y demás animales de labor, el pollino, el caballo y el buey, han de aumentar su esfuerzo productor en la proporción del grano que devoran con su pico insaciable estos comensales exentos de toda obligación laboriosa.
El gorrión es gringo en las dos Américas. En la ornitología ultramarina era desconocido hasta mediados del siglo pasado. La copiosa y fantástica volatería indígena americana no contaba en su seno con este astuto granívoro. Originario de la vieja Europa, no cruzó el piélago en alto y raudo vuelo emigratorio.
Es pájaro sedentario, adicto al medio nativo. Entre la vasta familia de las aves fringílidas, el gorrión es el que tiene más débiles las plumas remeras; sus cortas alas no pueden llevar muy lejos ni elevar muy arriba el pesado, recio y bien nutrido cuerpo.
En cambio, es notable su vigor pedestre, andando a brincos seguidos y rápidos, que remedan el ímpetu del futbolista. Su propagación fuera de Europa arranca de varios casales importados por caprichosos ornitólogos, que no hicieron con ello favor alguno a sus respectivos continentes.
Los primeros gorriones se introdujeron en Norteamérica hace unos setenta años. Fueron recibidos como inmigrantes útiles, como insectívoros y protectores de los sembrados. Los yanquis no tenían entonces el conocimiento que actualmente poseen acerca de las cosas, los hombres y los bichos de la vetusta Europa.
Sentían además por ella cierto respeto, que acaso sea justo lo vayan perdiendo. A los pocos años advirtieron el fatal error cometido al acoger a los gorriones en el país. Pero ya no fue posible aplicarles la ley de inmigración indeseable.
Las leyes draconianas sólo alcanzan a las aves que han perdido por completo la facultad del vuelo. Se reprodujeron en forma fantástica y declararon una guerra de exterminio a los demás pajarillos indígenas, a los verdaderos insectívoros, quedando dueños absolutos de parques, jardines, huertos y granjas. En vez de sufrir la ley de Linch, fueron ellos los linchadores desde el instante en que acamparon en el nuevo territorio.
La dominación fue completa, definitiva. En realidad, los gorriones son los segundos conquistadores de América, resultando impotente la doctrina de Monroe para evitarlo. Esta segunda conquista ha sido mucho más eficaz y positiva que la primera.
Los antiguos conquistadores acamparon en desiertos, en medio de una naturaleza cruda y hostil, entre indios y fieras. Los modernos, los gorriones, llegaron cuando ya los países americanos habían alcanzado una floreciente civilización económica, con una agricultura próspera, mucho trigo, gran progreso hortense y granjero, bellas ciudades, deliciosos parques y magníficos jardines, surgidos en cuatro siglos de labor urbanizadora.
De todo ello se apoderaron al punto los gorriones, conquistando, no un continente vacío, una inmensa soledad, sino un mundo sabia y bella mente formado, una civilización pujante y opulenta. Sólo quedaron fuera de su alcance los rascacielos, en cuyos tejados jamás colgarán sus nidos los nuevos conquistadores.
Los gorriones consideran absurdas tales construcciones. Voluptuosos, ardientemente enamorados, juzgan imposibles las citas frecuentes a setenta pisos de altura. El amor requiere ocio, y no hay donjuanismo que resista la fatigosa actividad exigida por tan extraordinarios escalamientos.
Aunque el amor, en dictamen de Platón, es el emprendedor de todas las cosas, el gorrión nunca pasará en sus volatines eróticos de los frisos y ranuras del primer piso.
* * *
Tampoco en la República Argentina había gorriones. Los introdujo en jaulas, como pasajeros de lujo, un alemán, Mr. Bieker, el más popular de los cerveceros establecidos en Buenos Aires. Esta importación fatal data de unos cuarenta años.
Ningún país ofrece mayores seducciones a estos pájaros civiles y frugívoros: pingües cosechas, abundancia, clima benigno, casas bajas, tejados accesibles. La capital argentina se halla por completo en poder de estos cartagineses de vuelo corto y apetito largo.
Cuando llegaron los primeros, formando parte del equipaje de Bieker, vivían en los arrabales y suburbios muchedumbre de pajarillos de viejo abolengo criollo: “horneritos”, pechos colorados”, “cardenales”, “benteveos”, “chingolos”. (Prescindo de los artificiosos bautismos de Lineo para atenerme a la nomenclatura popular, que es la duradera.)
Todas aquellas avecillas indígenas han desaparecido del perímetro urbano, batidas, exterminadas por los descendientes de la pequeña partida de “golondrinas de Bieker”, como en zumba o “titeo”, que allí se dice, llamaba la gente a los gorriones en los primeros tiempos de su aparición.
Idéntico desplazamiento se produjo muy pronto en los pueblos de la Pampa. La civilización gorriona, agresiva, arrolladora, empujó al despoblado, al yermo, a los demás pajaritos locales. No tuvo Pizarro mayor poder de desalojo en el mundo incásico.
En América casi todas las cosas surgen de la nada: fortunas, empresas, negocios y pueblos. Donde no había signo alguno de vida, vemos de pronto un copioso rebaño, un vasto seto de alambre, una pulpería, unos ranchos, una fonda de vascos.
En seguida, un pueblo en embrión, con casas levantadas en un mes; pronto asoma la locomotora; aceleradamente se trazan calles, plazas y bulevares, con sólo segar el pasturaje natural del campo desierto; y al punto llega el hombre del martillo, el rematador o subastador de solares y “chacras”, dando grandes voces apologéticas sobre el valor presente y futuro de todo aquello.
Aunque mentira parezca, cierto acaba por ser cuanto dice. Acuden los agricultores, siguen los comerciantes, el acaparador de productos, los especuladores. Avanza el diseño del conglomerado urbano; vienen -el cura, el médico y su “armero”, como llama Quevedo al boticario.
Se fundan la Municipalidad y la Comisaría; entran en funciones el edil y el polizonte, los dos instrumentos primarios de la civilización. Aparece el político. ¡Horror! El período más feliz en el proceso formativo de un pueblo —muchas veces lo he visto— es aquel en que aún no se han constituido las autoridades, las delegaciones de la gran maquinaría del Estado.
Es el único momento dichoso, paradisíaco, de un pueblo naciente. Construidos los dos edificios mencionados.—Municipalidad y Comisaría—, comienza el infierno, el torbellino de pasiones aviesas, las ojerizas inextinguibles, los rencores más enconados. Mi repugnancia invencible, radical, absoluta, hacia la política dimana de la observación objetiva de ese momento transitivo de la sociedad natural a la artificiosa.
Pero sigamos. El ruido se hace pleno, completo, donde poco antes reinaba el silencio absoluto. La vida ha surgido repentina, en un voleo, trayendo todos los acentos, varios lenguajes, las tonalidades espirituales más diversas. Ímpetu, brío, osadía, entusiasmo creador, vitalidad, en suma: tales son las condiciones de los epónimos, de los fundadores del poblado embrionario que un día puede llegar a ser urbe multitudinosa y rectora.
Los últimos en llegar son los gorriones, cuando todo está hecho y el progreso ha llegado a su plenitud. Para que ellos acudan es necesario que las casas estén construidas y ofrezcan cómodos aleros donde poder anidar con garantías de seguridad.
Y que abunde por los caminos el tráfico cerealista. Menester es igualmente que existan los cultivos hortenses, los árboles frutales, los emparrados, las glorietas, todo, en fin, cuanto constituye el aliño urbano. Sólo entonces se presentan los nuevos huéspedes, porque los gorriones no son creadores de civilización, sino vividores sobre ella.
Y antes de abandonar una población por exceso de competencia piensan mucho sobre el grado de progreso alcanzado por aquella en que han de establecerse. Huyen de las colonizaciones atrasadas. El viejo Vizcacha, filósofo gaucho, aconsejaba a Martín Fierro que jamás llegase a parar donde viera perros flacos. Tampoco conviene detenerse donde no existan gorriones.
Pero el gorrión, tan exigente en urbanización humana— es en extremo incurioso y abandonado en cuanto a su propio menaje y a la organización de su vida doméstica. No cabe mayor desidia. Su nido es tosco, sin sujeción a plan alguno arquitectónico, construido de cualquier manera, con los más ordinarios materiales recogidos en los basureros.
Por fuera, un informe promontorio de pajas pútridas; por dentro, borras, musgo, pelos y crines, todo ello sin unidad ni trabazón, en montón informe, como cama de atorrante.
Al salir del agujero es frecuente que se lleve en las alas o en la cola algún pedazo de su casa destartalada. No tiene espíritu de hogar, ni ideas de “confort”, ni amor al propio domicilio. De ahí que muchas veces no se preocupe de construir nido, aprovechando el que dejan en las cornisas, oquedades y ranuras los vencejos al partir para África pasado el verano.
Sus hábitos de ladrón inveterado, así en sus relaciones de refilón con el hombre como en su contacto con la fauna doméstica, le llevan a no pararse en barras en su bandolerismo, apoderándose totalmente del hogar de los aviones y golondrinas, construcciones científicas que podrían servir de modelo en la escuela de arquitectos.
Voluptuoso como un sultán, procrea el gorrión hasta cuatro veces al año, riéndose de la ley de Maithus. La incubación es brevísima: dos semanas. Y su actividad amatoria es silenciosa; nada de cantos y pamplinas, de serenatas, como el ruiseñor; melodías seductoras y apasionados “pizzicatos”, como el canario y el jilguero. No pierde el tiempo en requilorios inútiles.
Y así, su propagación asume proporciones alarmantes. Se ha recurrido en las huertas al artificio del espantapájaros. Sí, sí; ya, ya... El gorrión acaba por posarse sobre el monigote. Conoce todas las tretas de la civilización.
No se le ocultan los graves inconvenientes de su convivencia con el hombre. Lo demuestra la siguiente historieta, muy popular en Castilla. Vivían en un nido cuatro o cinco gorrioncitos. Como ocurre en cualquier familia, había de todo en ella, fuertes y endebles. A punto de lanzarse al mundo, la madre se creyó en la obligación de dirigirles algunos consejos:
— Nuestra vida —dijo—, en medio de la civilización, es bastante agradable; pero no está exenta de terribles peligros. El hombre no es precisamente un ángel. Aún no lo habéis visto; es un animal bípedo; anda en dos patas, muy derecho, cuando no es viejo. Tened mucho cuidado al ver que se agacha, porque es que va a coger una piedra para mataros. Volad en seguida.
— Diga, madre: ¿y si la lleva ya en la mano? —preguntó el más débil.
— Hijo mío, el que es capaz de esa reflexión ya puede volar por el mundo...
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