LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XVIIUNA FORTUNA VASCOPAMPERA
Escrito en criollo argentino (5)
Entre los turistas argentinos que el verano último pasaron la temporada estival en San Sebastián, merece mención especialísima mi gran amigo D. Prudencio Amarrete, popularísimo rematador bonaerense.
El oficio de rematador, o martillero, como allí, indistintamente, se llama al subastador, es ejercido, casi en absoluto, por argentinos. La profesión requiere una oratoria amplificadora y pintoresca, muy criolla, que sólo ellos dominan. Es una verba exagerando con metáforas económicas el valor de las cosas; una labia, en fin, tendiente a estimular el apetito posesor de los compradores. En la Argentina todo es susceptible de ser rematado o subastado: desiertos, campos de pastoreo, estancias, “chacras” (granjas), vacadas, rebaños, toros de “pedigrée”, artículos de tienda y “registro” (almacén por mayor de tejidos), casas, mobiliarios o “mueblajes”, como dicen ellos; libros, bibliotecas enteras, cuadros; todo, en suma, va al remate o a la “quemazón”, argentinismo con que se definen las liquidaciones fulminantes.
La mayor parte del tráfago comercial del país realízase por medio de la subasta pública. El rematador, subido en una tribuna o pequeño púlpito, comienza por un discurso apologético de lo que va a vender. Si se trata de un campo, traza un amplio cuadro del progreso incesante del país y de su porvenir ilimitado. No falta en su oratoria erudición histórica, salpicada con algunas frases célebres de los principales estadistas de la República, de Sarmiento y Alberdi, especialmente, los dos principales escultores de aquel gran pueblo. Los postores pujan, estimulados por las ponderaciones que de la estancia hace el rematador. Por último, un pequeño golpe con el martillo sobre la barandilla del púlpito indica la adjudicación. Los rematadores de gran cartel (hay clases entre ellos) usan un martillo fino, de plata. Los más modestos emplean uno de hierro o madera.
No es fácil ser buen rematador o martillero, sobre todo cuando se trata de grandes fincas rurales, de valiosas estancias. Una ingeniosa, elocuente y cálida descripción del campo puede hacer subir el precio muchos miles de pesos. También ha de ser un poco psicólogo el rematador para excitar el amor propio de los pujadores: conocer a los propietarios vecinos de la finca en venta, que son los más interesados en adquirirla; darse cuenta. para fomentarla, de la pugna silenciosa existente entre ellos; recurrir, en fin, a todo género de artificios para que el remate o subasta resulte brillante.
Sería error suponer que los rematadores son equiparables a los sacamuelas y demás charlatanes. Gozan por el contrario, de la mayor consideración social. Prueba de ello es un hecho que alcanza categoría de histórico en aquel admirable país. Cuando el doctor Carlos Pellegrini terminó su período de presidente de la República, empuñó el martillo de rematador en la gran casa de ventas de Lagos y Compañía, que le asignó el sueldo correspondiente a un martillero de tan elevada condición. El ex presidente, jefe de partido, estabilizador de la moneda, gran economista, el más moderno timonel de la República, remataba o subastaba toros “durham” y moruecos “lincoln y “rambouillet”, reproductores valiosos importados de Europa y de Norteamérica para, refinar la ganadería argentina. Con su martillo de rematador, el gran estadista hacía práctica política agraria, ganándose al propio tiempo la vida. La casa de remates estaba llena de compradores para oír la oratoria subastadora del ex presidente de la República. Era como un honor comprar algún toro o morueco de los que él remataba. Nunca he presenciado un acto de más bella democracia... * * *
Y ahora vamos a nuestro asunto. Mi amigo don Prudencio Amarrete, popular rematador, se alojaba durante el verano donostiarra en el hotel María Cristina. Bajo el martillo de este elocuente subastador —una elocuencia muy sui géneris— han caído, en el espacio de cuarenta años que ha ejercido la profesión, colosales extensiones de campo. Casi toda la Pampa Central y media Patagonia fueron por él rematadas.
Una de las tardes que me hallaba en su grata compañía penetró el camarero, diciendo:
— Un caballero y unas señoritas desean ver al señor Amarrete.
— Que pasen, no más. En mi rancho, amigo, no hay alambrao— agrega en tono festivo.
— Permítame, don Prudencio —dice el desconocido no bien entra—, que le dé un abrazo. (Lo estrecha.) Usted ya no me recordará. ¡Hace tantos años! Yo soy Zugarrabeitia, Julián Zugarrabeitia...
— ¿Vasco?
— Completamente... Estas son mis hijas, Inés y Rosita..
— Muy lindas.
— Tata nos habla siempre de usted—dice Inés, después de saludarle.
— A todas horas le está mentando— añade Rosita.
— Su tata me honra mucho con ello; pero...
Claro, ya no me reconoce —le interrumpe el señor Zugarrabeitia—. ¡Cómo corre el tiempo!... ¡A, sí, sí, corre más que caballo de comisario! Pues nos conocimos… Espere usted... Fue por los días del abrazo del general Roca y don Bartolo, día más, día menos; ahora. va para treinta y cinco años. ¡Parece que fue ayer! Usted era casi un muchacho, a gatas tendría, veinticuatro años, lindo mozo, lo estoy viendo. Era usted el martillero de Perrupato y González. ¡Qué discursos, amiiigo! Ningún rematador le pisaba el poncho y...
Don Prudencio le interrumpe para presentarme:
— Perdone, compañero, que le corte el chorro para presentarle a mi amigo don Pancho Grand...
— ¡Hombre, sí! Le he oído mentar por Buenos Aires, y creo que también por la Pampa es medio nombrao— dice el vasco agauchado, dándome la mano.
— Macanea hace muchos años en los diarios de por allá— afirma el señor Amarrete bromeando, aunque quizá sea exacto.
— Pues yo —prosigue Zugarrabeitia— entré en lo de Perrupato y González, en la casa de remates. Había bajado de la Pampa a Buenos Aires a cobrar una lana. En aquel momento usted remataba veinte mil hectáreas de campo fiscal en General Pico. La Pampa Central era entonces un puro médano, sin ferrocarriles ni caminos, ni siquiera una mala picada; un desierto. ¡Qué polvaderas, amiiigo! Ni los chajás podían vivir, porque al volar, con ser tan grandotes y medio pesadones, se los llevaba el viento por la gran flauta. Usted, con el martillo en la mano, gritaba diciendo que aquellos campos tenían un gran porvenir.
— Nunca los vi, ni anduve por aquellas tierras, donde San Juan perdió el poncho...
— Ya yo me lo maliciaba. Pero no crea, compañero, que fueran puros partes ni macaneo corrido lo que usted decía. Le estoy oyendo, en alto el martillo: “¡Veinte mil hectáreas, a tres pesos y treinta años de plazo; se compran sin plata! ¡Tres, tres, tres! ¿No hay quien cubra la base? Para los hijos, para los nietos; ¡serán todos millonarios! ... ¡Tres, tres, tres! ¡Con aguada permanente!... ¡Es una pichincha, un regalo, un doblete a la vuelta de poco!... ¡Tres, tres, tres!... No sean otarios, no pierdan la ocasión. Yo sé lo que vendo. El pueblo está trazado... Tres, tres, tres!... ¿No quieren ser ricos? Pronto irán los ingleses a estudiar el ferrocarril. En medio del campo se levantará la estación. ¡Es un negoción! ¡Roschild será un poroto al lado del que lo compre!” Y así siguió usted largo rato. Yo pensé: puede ser que este mozo tenga razón no más. El campo me era conocido y sabía que el agua estaba cerquita. Y como tenía la platita que había cobrado, y para el primer plazo bastaba un puchito, me animé y cubrí la base. Usted dijo entonces: “Ese vasco sabe lo que remato y será millonario.” Otro postor aumentó diez centavos por hectárea; yo me calenté y aumenté cinco. Usted dijo que no admitía ofertas menos de diez. ¡Pues métale los diez! “, dije yo por no pasar por misio ante tanta gente. Usted siguió rematando: “¡Tres veinte, tres veinte! ¿No hay quien dé más? ¡Lo quemo! A la una, ¿no? A las dos, ¿nada? A las tres, ¡lo quemé!” Y cayó el martillo. “¿Su gracia, señor?” Yo contesté: Julián Zugarrabeitia. Y usted dijo entonces: “Le felicito, amigo; ha hecho usted una compra macanuda.” ¿No lo recuerda usted?
— No, amigo; he dicho tantas veces eso mismo…
— Cuando se acabó el remate, y después de pagar la seña, mil pesos no más, fuimos a “La Sonámbula” a tomar la copa. ¿No se recuerda?...
— No, mi amigo; ¿para qué le voy a mentir? ¡He ido tantas veces a La Sonámbula a tomar la copa con los clientes de Perrupato y González!
— Pues bueno, señor Amarrete, todo lo que dijo usted en el remate, que parecía un cuento, ha resultado cierto al cabo de los años.
— Me alegro mucho, señor Zugarra…
— Beitia, señor Amarrete...
— Y váyase por las muchas veces que resultaría cuento. Porque, ¡amiiigo!, cuando hay que vender, uno charla y charla, aunque sepa que está macaneando. En los remates ya sabe usted lo que pasa: unos salen a flote y otros paran las patas. ¿De modo que levantó usted una ponchada de pesos, un platal?
— Le debo a usted la fortuna. Y cuando he sabido que andaba usted por San Sebastián, como yo soy agradecido, me he dicho: pues voy a verle y a darle un abrazo, aunque ya no me recuerde. Mi casa, un chalecito, en el paseo de Ategorrieta —se llama Villa Chajá—, es de usted, y quisiera que nos honrara aceptando compartir nuestra mesa. Y como ha de andar medio cansado de la vida de hotel, allí hay habitaciones, que pongo a su disposición. Nuestro rancho es suyo, amigo...
— Muy agradecido, señor Zugarrabeitía. Pero cuente, compañero, cómo se levantó con la compra del remate.
— Pues lo de siempre: la valorización. Vino el ferrocarril, y el pueblo, y la inmigración, y los agricultores, y más trabajo, y más barullo, y más vida, tuito lo que usted decía en el remate y que parecían macanas. ¡Qué gran país, señor Amarrete! Arrendé el campo a unos gringos lo más trabajadores, a Perrotto y Trotta, para agricultura, por cinco años, con la obligación de dejármelo alfalfado. Cumplieron, después de ganar una fortuna, y yo me encontré con un campo flor. Lo que compré a tres pesos la hectárea subió a trescientos. ¡Calcule! ¡Otro abrazo, amiiigo! Metí vacas. Durante unos años me fue lo más bien. La hacienda me producía como doscientos mil pesos anualmente. Pero empezaron a jorobar los frigoríficos. Y lo que vi llegar a los norteamericanos, me dije:
estos trusteros de la gran flauta nos van a voraciar a los hacendados, se van a tragar los novillos. Y liquidé la hacienda antes de venir la baja. ¡A jorobar otro! ¡A un vasco no se lo fuman los yanquis! Sobre la marcha no más, volví a arrendar el campo para agricultura a veinte pesos la hectárea. Lo dividí en varias colonias. Tengo allí media Italia. La gringada le mete duro y parejo el arado. A todos les va bien y son muy cumplidores; nunca se retrasan en el pago de los arrendamientos.
— ¿Así que su renta es macanuda?...
— Entre unas cosas y otras, un millón de pesetas al año. No gastamos ni la quinta parte. Gracias a usted, señor Amarrete. No olvidaré nunca cuando dejó usted caer el martillo, diciendo: “Le felicito, amigo: se lleva usted una pichincha.” Así ha resultado. Otro abrazo, señor Amarrete. Yo soy un hombre agradecido.
— ¡Y mil, amiiigo! —exclama don Prudencio un poco emocionado.
— Una vez que arrendé las veinte mil hectáreas al gringuerío me vine para Europa con las muchachas. Perdí a la patrona, va para diez años, dejándome este par de pebetas. Está enterrada en General Pico. Fue un gran contratiempo...
— ¿Vasca también?
— ¡Por supuesto! La conocí de mucama en una fonda de General Acha, donde yo andaba alambrando campos. Era una santa. Me ayudó mucho. La pobre no alcanzó a conocer los mejores tiempos, aunque ya estábamos medio platudos cuando murió. En fin..., así es la vida, y no queda más que aguantar mecha...
— Cuando está uno lo más bien, viene la Parca y hay que entregar el rosquete, amigo Zugarrabeitia.
— Así es no más, compañero. Pero como le iba refiriendo, nos instalamos en San Sebastián. Aquí se vive bien; un poco caro, pero no importa, ¡qué diablo! La plata, señor Amarrete, si no sirve para vivir a gusto, no sirve para nada. Esta sentencia la repetía siempre mi compadre el escribano Iribarne, viejo criollo, que era también (dirigiéndose a mí) medio poeta y largaba algunas macanas en El Cívico de Bahía Blanca. Ya murieron Iribarne y El Cívico: el primero, de una tifoidea, y el segundo, porque los enemigos políticos le empastelaron la imprenta. Nos radicamos, como le decía, en San Sebastián. Durante un año vivimos en hotel, con la idea fija de comprar casa cuando se presentara alguna pichincha (ganga). Un día me ofrecieron un chalet muy lindo, de un conde medio calavera, a quien, por lo que me dijeron, le habían pelado en Biarritz, y andaba el hombre completamente fundido. Cerramos trato: ochenta mil duros. Tiene lindas vistas, jardín, garaje... Y, a propósito, nuestro automóvil está a su disposición. El chauffeur vendrá todas las mañana a ponerse a sus órdenes.
— ¡De ninguna manera, señor Zugarrabeitia! ¡Muy agradecido a sus bondades!...
— ¡No me diga que no, don Prudencio, porque me enojo!
— ¿Cómo quiere, ¡amiiigo!, que yo consienta, ¡qué esperanza!, en dejar a las niñas de a pie? ¡Ni se le ocurra, compañero! ¿Han oído, señoritas, la locura de su tata?...
— No, señor, no es locura —dicen las chicas—; usted no puede estar sin auto.
— Lo tengo; he alquilado uno por mes.
— Bueno —dice el padre—; lo que sí aceptará es venir a comer un día a casa. Yo prepararé el asado: la cocinera sabe hacer la carbonada criolla, y tenemos choclos en lata, que no habrá usted comido hace tiempo. Otra cosa: ¿quiere que le mande yerba? Por que usted tomará mate.
—Acepto, amigo, porque ya se me va acabando la que traje, y le prometo ir a almorzar un día.
—Muy bien. Y si el señor gusta acompañarnos... añade, dirigiéndose a mí.
—Muchas gracias, señor.
— Irá conmigo — afirma rotundamente el rematador.
Al tiempo de despedirse, Rosita, la menor, se muestra un poco azorada, como quien desea pedir algo y no se atreve. Por fin, balbuciente, se anima:
— Señor Amarrete..., si usted quisiera...
— No haga usted caso—interrumpe el padre—; es un capricho, una niñada...
— Hable no más —dice don Prudencio cariñosamente, animándola.
— Pues... si conserva usted el martillo y... quisiera regalármelo..., yo lo guardaría en una cajita o en mi estuche dorado que mandaría hacer...
— ¡Pero cómo no, Rosita linda! —exclama, riéndose, dan Prudencio—. Lo tiene el martillero actual de Perrupato y González. Dice que es su mascota. Cuente, mi hijita, con él en cuanto yo regrese a Buenos Aires. ¡Nunca en mejores manos!...
* * *
Al salir del hotel, después que se fueron Zugarrabeitia y sus niñas, D. Prudencio me pide que le acompañe a Telégrafos. Allí escribe unas líneas, que me da a leer. El telegrama dice así: “Perrupato González. Buenos Aires. Envíenme rápido por paquete postal hotel Cristina martillo usé yo para rematar. Salud. —Amarrete.”
Luego me dice: “Van a creer que me he vuelto loco. Amigo don Pancho: tenemos que ir a Villa Chajá a comer y conversar de nuevo con Zugarrabeitia y sus niñas...”
II
Villa Chajá
En el paseo de Ategorrieta, sobre la carretera que va a Francia, y al abrigo del monte Ulía, se hallan las mejores mansiones de San Sebastián. El promontorio corta en el espacio la atronadora acústica del bronco rumor cantábrico. Los jardines se interponen entre las casas y el camino real, aislando las moradas del barullo turístico y traficante. En aquel lugar asordinado, quedo, de paz sedativa, gustan los indianos opulentos echar anclaje a su vida azarosa entre el turbión cosmopolita de los pueblos americanos. Allí, en Ategorrieta, está también el palacete de nuestro amigo Zugarrabeitia, al cual nos dirigimos ahora el viejo rematador bonaerense D. Prudencio Amarrete y yo, invitados a un almuerzo por el gran estanciero de la Pampa Central.
— Comprenda, amigo don Prudencio —le digo mien tras rueda el automóvil—, que mi situación es un poco embarazosa, porque, en realidad, a quien esa excelente familia obsequia es a usted. Yo voy, como se dice en la Argentina, “de arriba”, o “colao”, como en España se dice. Y, la verdad, me encuentro un poco cohibido y avergonzado...
— Pero, ¡amiiigo!, no se me empaque. ¿Sabe, compadre, que había sido usted medio flojo? Nunca hará nada con ese carácter tan retobao y tan corto. Parece mentira que haya usted vivido en Buenos Aires. Allí no se conoce la cortedad, porque los caracteres están curtidos en el entrevero con tantos audaces. Al corto 1o atropella no más la carreta de la vida y lo larga a la gran flauta. Es usted algo raro, y barrunto que debe tener gente en la azotea. (Este modismo significa locura.) Todo le da vergüenza, y de pronto, compañero, se le vuelan los patos y suelta una punta de barbaridades a cualquiera.
— Es el defecto de todos los hombres cortos de carácter y ricos de emoción. No saben, o no pueden, regir su sensibilidad. Fácilmente irritables, cuando salen de la cortedad es para entrar en la locura. Nada hay más escandaloso que un carácter encogido cuando se le rompen los resortes del encogimiento. Se descompone y grita como un demente. Yo soy capaz, por cortedad, de guardar un entripado, un rencor justo, durante veinte años, y soltarlo con mil brutalidades seguidas en cinco minutos. La riqueza emotiva, temperamental, ahoga y anula a la reflexión. Es una desdicha esta falta de equilibrio, amigo Amarrete, que nos hace pasar de la máxima timidez a la osadía frenética.
— Quizá, compañero, sean así los héroes.
— No, don Prudencio; así son los salvajes; pero, en fin, no es éste nuestro asunto. El hecho es que yo voy a casa del señor Zugarrabeitia en unas circunstancias poco favorables a mi empinada dignidad...
— ¡No embrome, amiiigo! Déjese de sonseras. Ya le he dicho que en su segunda visita me encargaron lo más encarecidamente que no dejara de llevarlo. Y yo se lo prometí no más. No eche lo que echó la taba. No me haga quedar mal. Zugarrabeitia y sus niñas se alegrarán mucho de verlo. Mañana les pone un bombito en la crónica social de El Pueblo Vasco y quedarán lo más contentos...
— ¡Don Prudencio! ... ¡Yo soy incapaz de pagar un almuerzo con un bombito!...
— ¡Compañero, parece usted un niño, sin mundo, que anda entuavía con el cascarón en el traste, como las martinetas. No se me abatate, don Pancho. Ya verá qué bien lo pasamos.
— Es buena gente.
— Y agradecida. Apártese, amigo, de los ingratos.
— Ya decía Voltaire: “Si debiera favores al diablo, hablaría bien de sus cuernos.”
— Y eso que Voltaire debió ser medio cachafaz. Me parece, compañero, que Fenelón fue mejor persona. Lo digo porque siempre lo menta el Peludo (apodo popular del ex presidente Irigoyen).
— ¿Es usted peludista, vamos, personalista?
— Siempre estuve con don Hipólito. ¡No se puede con el Peludo! Vea, amigo: los antipersonalistas son...
Como noto que se acalora, desvío la conversación.
—Para la familia de Zugarrabeitia —le digo—, usted vale mucho más que Voltaire y Fenelón. Ha sido usted su Providencia. Y no saben qué hacer para obsequiarle. Me reí cuando Rosita le pidió a usted que !e regalara el martillo.
— ¿Ha visto? ¡Qué cosa! ¿No? ¡Pobrecita! No sabe que lo mismo pude fundir a su padre, porque, en realidad, yo no sabía lo que remataba. La cuestión era vender, salga pato o gallareta. ¡Figúrese, compañero! ¡Cómo me iba a acordar de aquel remate, ni de todos los bolazos que largaría! Pero no se puede imaginar el buen rato que me hicieron pasar el otro día. Verlos ricos, felices... ¡Medio lagrimié, crealó, don Pancho! Y todo por una casualidad, por una chiripada. ¡Lo que es el destino!... Porque si el agua, en vez de estar a cinco metros, llega a estar a cincuenta, como sucede en otros puntos de la Pampa, a estas horas no tendrían un centavo. Y yo, imagínese, ¡qué flauta iba a saber si estaba cerca o lejos!...
— Pero lo sabía Zugarrabeitia.
— ¡Qué vasco ladino! Vea, compañero, en la Argentina pasa lo siguiente: los de la ciudad, los de Buenos Aires, se creen los más vivos, y vienen los del campo, los pajueranos, y se los tragan no más con todas sus vivezas. Y es que, ¡no hay qué hacerle, amiiigo!, tratándose de tierras, saben mucho más, porque ellos están sobre el potro. Y los vascos son grandes conocedores de campos y se ubican siempre en las mejores zonas. No hay quien les gane el tirón, ¡es al cuhete! Tienen las mejores estancias de la República... Le llevo a Rosita una gran sorpresa; ya verá...
* * *
Llegamos al chalet. Tiene delante un amplio, aliñado y bello jardín. En el sillar cimero, sobre la ver ja de hierro, se lee este rótulo: “Villa Chajá”. Los que circulan por la carretera creen que es un error ortográfico. Unos suponen que se ha querido escribir “Rajá”, y otros, “Maharajá”, por alusión a estos personajes de la India. Pero se trata de otras Indias y otro personaje, un personaje plúmeo, enorme, monstruoso y carnívoro, capaz de tragarse de una sentada cien ciervos europeos.
Zugarrabeitia y sus hijas salen a recibirnos.
— Aquí tienen ustedes su rancho —dice el estanciero.
— ¡Un verdadero palacio!—exclama el señor Amarrete.
—De muy buen gusto —añado, haciendo méritos para el almuerzo.
— Todo, señor—me dice Zugarrabeitia—, se debe a un martillazo de este hombre. ¡A la mesa! Yo creo que el asado con cuero me ha salido medio regular.
— Ha de estar macanudo, porque usted es buen gaucho— dice el rematador.
— Lo ha preparado en el jardín —indica la señorita Inés—. Toda la gente que pasaba por la carretera se quedaba mirando.
— El asado, mi hijita —responde el padre—, tiene que ser a campo. El de la cocina sólo sirve para los puebleros.
— Cierto, amigo Zugarrabeitia—asiente Amarrete.
Ya en la mesa, D. Prudencio saca del bolsillo un telegrama y se lo entrega a Rosita. La niña lee en voz alta: “Amarrete. Hotel Cristina. San Sebastián. Salió paquete postal martillo. Alarmados suponiendo vuéltose loco. Preparamos celda. Impacientes recibir explicación carta. Saludos.—Perrupato-González.”
Rosita palmotea de alegría.
— ¡Pero, hijita!—exclama el padre—. Por tu culpa están tomando por loco a don Prudencio en Buenos Aires. Si le he de decir verdad, yo también deseaba hacerme con el martillo. Como usted comprenderá, señor Amarrete, para nosotros es un gran recuerdo.
— Hablemos de otra cosa —dice don Prudencio—. Las señoritas son argentinas, ¿no?
— De la. Pampa Central —responde el estanciero—; Inés nació en General Acha, y Rosita, en General Pico. Primero tuvimos fonda en Acha, y luego majada en Pico. Y por eso una es de Pico y la otra de Acha. Las dos, pamperas. La primera puntita de pesos la levantamos, con la patrona, en la fonda; ella guisaba y atendía la pulpería, mientras yo andaba alambrando campos con los piones...
— Comprendo, amigo. Lo que usted pagaba a los piones y a los gauchos se los dejaba farreando en la fonda y en la pulpería. Todo se quedaba en casa. Las vascas, tanto como los vascos, han contribuido a formar las grandes fortunas de la vascada...
— Pero ya sabe, amigo don Prudencio, lo que pasa en una fonda de campo: batifondos, mamaos, peleas, entreveros..., y luego, apunte y apunte no más, y los cobros andan medio mal... Así que, los que juntamos alguna platita, y viendo yo a la patrona medio cansada y algo sorda de tanto bochinche, la dije: “Che, Josefa Iñasia, vamos a tomar en arrendamiento un campito y a meterle una majada, dejándonos de estos barullos, que te van medio asonsando.” Traspasamos la fonda y nos mandamos mudar a General Pico. Fue nuestra suerte, compañero. Yo conocía la zona y tenía confianza en que aquellos campos habían de ir para arriba algún día; pero no creí que subieran como barrilete (cometa) y en tan poco tiempo. Acabé de convencerme cuando le oí a usted en el remate. ¡Qué campo, amigo! Todo humus. Y el agua ahí no más; la puede sacar un hornerito con el pico (pajarillo diminuto de la Pampa). El resto ya se lo referí el otro día...
* * *
—Y ustedes, señoritas—pregunta el rematador ¿no sienten ganas de volver a la tierra? ¿Cuánto hace que vinieron?
— Ocho años —responde Inés—; pero hemos hecho dos viajes a Buenos Aires. Fuimos a la estancia y estuvimos en Mar de Plata.
— ¡Qué lindo es Mar de Plata, sobre todo la Rambla!—dice Rosita.
— Pero a ustedes les gusta más San Sebastián. Esta ciudad es un chiche. Aquí hay muchas cosas que faltan entuavía en Mar de Plata; sobre todo, los paseos; ¡qué carreteras! Se puede bailar el pericón en ellas.
— Aquí conocemos a todo el mundo —dice Inés.
— Ya lo supongo —replica el señor Amarrete—; un millón de pesetas de renta es una gran tarjeta de presentación; hace parar la oreja a cualquiera...
— Vea, compañero —interviene Zugarrabeitía— si las muchachas fueran varones, ya nos habríamos ido para allá, porque a mí me tira mucho aquello. Los jóvenes tienen en aquel país mucho más porvenir. De haber sido machos, los hubiera metido en la estancia, para que se formasen. Pero son mujeres, y no hay nada que hacer. Por eso nos vamos quedando por acá...
— Malicio —insinúa el rematador— que no les faltarán pretendientes, porque son lindas, y el olorcito de la plata...
— ¡No malicie, no malicie! —exclaman alborozadas las chicas—. No hay nada, ¡qué esperanza!
— Ahí tiene, amigo don Prudencio —dice el padre—, otro problema que me trae medio preocupado. Porque, viera, compañero, la cantidad de atorrantes y locos de verano que de todas partes caen por esta playa. Automóvil, jazz-band, farras, macabisas, casino, metejones... No piensan en otra cosa. Y tiemblo, ¡amiiigo!, que vayan a caer con un par de cachafaces...
— Ya lo pensaremos bien—dice Inés.
Yo no me casaré con nadie si no es a gusto de tatita —dice Rosa, que ha notado el temblor que el estanciero pone en sus palabras.
— ¡Que no venga un loco ¡“arruyua”! y nos funda la estancia! —exclama el vasco, apelando al vocablo de la lengua milenaria que de pronto ha surgido en su cabeza llena de pánico.
— De repente —apunta don Prudencio— les van a salir un par de condes, y...
— ¡No me hable, amiiigo! — protesta Zugarrabeitia—. La nobleza no las va conmigo; no estoy de acuerdo con su manera de ser. ¡No, no! Nada de atorrancia copetuda. ¡Le juro, compañero, que antes las meto en un convento! —termina muy exaltado.
— ¡Pero si ya te hemos dicho que no nos gustan los nobles! —afirma Inés.
Y Rosita, echándole los brazos al cuello y besándole en la frente, añade:
— Yo no quiero ser condesa, tatita; duerme tranquilo.
— Entre la nobleza, como en todas las clases sociales —observa el rematador—, los ha de haber buenos no más. Pero claro que un noble de posición tratará de acollararse con una de su condición, para juntar copete sobre copete. Por regla general —la excepción no quiere decir nada—, cuando un noble le arrastra el ala a la hija de un nuevo rico es porque va tirando un lance que le saque a la orilla...
— ¡Un doblete de arriba!.—interrumpe Zugarrabeitia.
— Por eso —prosigue el señor Amarrete— han de tener cuidado, hijitas, y ver bien por qué las pretenden. No se casen por vanidad, sino por amor. Allá en América, tanto en la nuestra como en la otra, en la del Norte, los condes dieron siempre un resultado falluto; porque, naturalmente, en aquellos países, donde todo el mundo hace algo, ellos atorran, no hacen nada, y pronto se ve que, con todos sus pergaminos, sólo son, a fin de cuentas, unos parásitos elegantones, muy paquetes; pero..., ¡puro bulebú con soda!, ¡espuma!...
— ¡Oiganlé a don Prudencio, muchachas!—exclama el vasco estanciero.
— En Norteamérica —continúa el rematador bonaerense— ya se acabó la moda de que las hijas de los reyes de las tachuelas, de los porotos o de 1as virutas se casen con aristócratas de la vieja Europa. Al ver aquellos reyes que los condes les farreaban la plata, los han empezado a considerar como inmigración indeseable. ¡Y con razón, compañero! Son un peligro para aquel “páis”. La plata es cosa seria y...
— ¡Pero muy seria!—afirma Zugarrabeitia.
— Y un traspiés, amiguitas, en el comienzo de la vida, por una elección desacertada, las puede dejar no más en el bache para todo el viaje, que es corto cuando se hace a gusto, pero que resulta medio pesadón cuando se hace a la rastra de un cachafaz, de un atorrante o de un trompeta. Elijan, ya que pueden elegir, siendo lindas y platudas, dos mozos trabajadores, aunque no sean condes ni tengan título universitario, porque los “dotores”, como hay ya tantos, tampoco son ninguna adquisición. Sólo los que mesturan1a política con el “dotorao” salen medio a flote, porque se van, amigo, sobre el presupuesto como gato al bofe. Y algunos, a fuerza de macanear sobre la Constitución, arriban al Gobierno y se prenden como garrapatas a un Ministerio. Pero no todos sirven para alzarse con estos puestos. Y aunque todos bochinchean, pocos llegan a la meta...
— Al que nace barrigón es inútil que lo fajen —dice Zugarrabeitia, empleando la popular sentencia gaucha, definidora de todo fracaso.
— No se alucinen, señoritas, con falsos brillos —añade don Prudencio—. El “pedigrée” humano no está en los pergaminos, sino en la conducta. Fíjese bien, Inés, usted que es tan inteligente. Y usted, Rosita linda, flor del pago pampero..., yo le he de pedir a Dios con tuita mi alma que le depare un compañero digno del tesoro de ternura que anida en su corazón...
— Yo me voy a casar con un rematador como usted, señor Amarrete—dice la niña, que ha cobrado gran simpatía a nuestro amigo.
— ¡No, mi hijita! —exclama don Prudencio, soltando una carcajada—. Es un oficio lleno de quiebras, o, por lo menos, que anda entre ellas. En fin, amiguitas, el mejor consejo que yo puedo darles está en estos lindos y profundos versos de Martín Fierro:
Dios formó lindas flores,
Delicadas como son;
Les dio toda perfección
Y cuanto Él era capaz;
Pero al hombre le dio más
Cuando le dio el corazón.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Le dio claridá a la luz,
Juerza en su carrera al viento;
Le dio vida y movimiento
Dende el águila al gusano;
Pero más le dio al cristiano
Al darle el entendimiento...
— Son las dos grandes virtudes del hombre —agrega—: corazón y entendimiento, luz y bondad, comprender y querer. ¡Ojalá, mis buenas amiguitas, les toquen dos mozos como ustedes se lo merecen: entrañudos y talentosos!...
* * *
El almuerzo ha terminado. Regresamos. El viejo rematador vibra un poco de emoción. Al subir al automóvil despídese de nuevo: “¡Adiós, admirable Zugarrabeitia, vasco bravo! ¡Adiós, dulce Inés! ¡Adiós, Rosita, lindura, querida! ¡Adiós! ¡Adiós! ...”
Arranca el coche.
— ¡Amiiigo don Pancho!... Lagrimeo; ¡qué cosa!, ¿no?
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(5) No explico los términos ni la construcción del lenguaje familiar porque tendría que llenar de notas el texto. Esta ‘la oración y la que va a seguir están escritas principalmente para los que conocen la República Argentina o han frecuentado el trato de los suramericanos y de nuestros indianos con larga residencia en aquel admirable país. Lo que cuento es verídico. Sólo están cambiados los nombres de los protagonistas.
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