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LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


EN BUSCA DE LA EX EMPERATRIZ
DE AUSTRIA

  Dos días antes de llegar a Canarias, en viaje desde Buenos Aires, se ponía en el tablero de noticias del trasatlántico, junto a la nota diaria de las millas andadas, copia de este radiograma: “Su majestad el rey Alfonso ha resuelto ofrecer hospitalidad en España a la ex emperatriz Zita y familia, que se hallan en una estrecha situación. La Prensa y el público de toda España elogian calurosamente el rasgo generoso del monarca.”

  Al día siguiente, el comisario del buque tenía la atención de citarme a su escritorio para decirme que se había recibido un radio ordenando que el “Infanta Isabel” se trasladase a Funchal, o isla de Madeira, para recoger a la destronada familia real de Austria y conducirla a Cádiz. Con exquisita cultura me explicó que la Compañía dependía de las decisiones del Gobierno, agregando que el retraso sería de pocas horas, ofreciendo, como compensación estética a los pasajeros, la oportunidad de contemplar el paisaje de ensueño de la isla portuguesa.

  Este ensueño me es ya muy familiar por haberlo experimentado en diversas travesías oceánicas. Nunca, en cambio, he tenido ocasión de contemplar gentes destronadas, que acaso no sea un ensueño menor, doblemente tratándose de la secular casa de Austria, que, aparte del propio reinado, ha dado, en el transcurso de los siglos, tantos gentiles príncipes y bellas princesas para cubrir las vacantes de otros tronos y gravitar sobre los presupuestos de muchos pueblos, a los cuales han dorado siempre con la magnificencia y el esplendor de su porte mayestático.

  Ni por un momento se me ocurrió protestar. En primer término, porque no me gusta significarme. Luego, porque toda protesta es una candidez cuando su fracaso es seguro. No estando en mi mano evitar que una orden del Gobierno de Su Majestad torciera la ruta de un vapor lleno de demócratas americanos, argentinos, uruguayos, chilenos y españoles contaminados también, por convivencia, de rasante democratismo, lo mejor era avenirse tranquilamente a lo resuelto por Don Alfonso, admitiendo de buen grado que se dispusiera de nosotros en servicio de la ex emperatriz.

  No fueron del mismo parecer numerosos pasajeros americanos, si bien su carácter, suave y tranquilo, determinó que el episodio, en vez de protesta, tomase el aspecto de vasto tema disquisitivo sobre materias internacionales y supuestos conflictos mercantiles. El obligado desvío de rumbo no irritó a nadie; pero, en cambio, estimuló de un modo extraordinario la fantasía de mis compañeros de viaje.

* * *

— Supongamos —decía uno— que yo tengo que asistir en Londres a la asamblea de una gran Compañía de ferrocarriles argentinos; represento gran número de acciones, y por llegar un día más tarde no alcanzo a la reunión, en la cual, por no estar yo, se toman decisiones que causan la ruina de la línea. ¿Eh? ¿Qué les parece a ustedes? ¿Me resarcirá de la enorme pérdida la ex emperatriz Zita, ni el rey de España, ni la Compañía de navegación?

  Nos quedamos un poco pálidos ante el conflicto. Luego averiguo que el planteador de este trastorno colosal viene a Europa a comprar un poco quincalla y algunas baratijas para surtir una tiendecita que tiene en los suburbios de Buenos Aires. ¡Qué tendero fantástico!
— Pues supongan ustedes —agrega otro— que yo tengo una tía muy enferma, la cual desea verme antes de morir. Está rodeada de otros sobrinos que tratan de eliminarme de la herencia. Viendo ella que no llego, se enoja y me deshereda. ¿Quién me paga a mí los perjuicios?
— Pero su tía —apunto yo— sabría que usted iba a llegar, porque con la gana que usted tiene de abrazarla viva, le habría telegrafiado su salida de Buenos Aires.
— Sí; pero yo necesito llegar a tiempo para desbaratar la obra de los otros sobrinos. Comprenda usted mi prisa por verla viva, porque cuando ya ella haya clavado el pico, todo mi plan se ha venido abajo.
— Yo creo —le digo sonriéndome, cordial el gesto, duro el concepto— que para los hombres como usted los vapores no debían llegar nunca.
— ¿Por qué?
— Para que las tías pudieran morirse tranquilamente.

  Según otro viajero, aún hay algo peor que la asamblea de ferroviarios y la muerte de una tía secuestrada por otros sobrinos. Lo que formamos el corro temblamos ligeramente.
— Imaginen ustedes —dice, con los ojos algo encendidos— que Roschild me telegrafía para que en determinado día me encuentre en París para formar el “contratrust” de frigoríficos que ha de valorizar los ganados argentinos; pero llego un día más tarde y ya no se puede hacer nada. ¿Y qué valen —añade colérico— la monarquía de Austria y el mismo rey de España, ante este perjuicio tan colosal?
Convenimos en que, efectivamente, valen poco.

  Luego explica otro la perturbación que significaría si, por no llegar él a tiempo, fuesen declarados en quiebra los muelles del Támesis. El que plantea este tremendo conflicto es un andaluz que vende panderetas en Buenos Aires.

  Toma la palabra un doctor criollo. Y diserta, con afluencia forense, sobre la diferencia que existe entre un pasaje y un contrato. Habla de las relaciones que guardan el derecho marítimo y el comercial; hace numerosos distingos; se refiere después a las concomitancias entre el Gobierno y la Compañía de navegación y entre ésta y los pasajeros. Menciona los casos admisibles de cambio de ruta; establece la base que ofrece el diario de a bordo para resolver los casos jurídicos; describe cómo el derecho marítimo ha evolucionado al cambiar la navegación a vela por el vapor, “aunque los fundamentos —agrega— son los mismos”. Todos estamos maravillados ante aquel rosario de silogismos.

  Por fin, alguien pregunta:
— Pero, dígame, doctor: ¿nos pueden llevar a Madera habiendo sacado pasaje directo para Cádiz?
— No puedo improvisar en este momento una respuesta terminante; habría mucho que estudiar para resolver el punto. Sería necesario consultar la Constitución española: si la iniciativa ha partido del rey o del Gobierno. En caso de que haya partido del monarca, habría que ver si es o no constitucional; suponiendo que la decisión fuera del Gobierno, sería menester averiguar el alcance de sus derechos sobre la Compañía de navegación en concepto de subvenciones otorgadas. Existiendo este derecho, habría que ver si él es extensivo a cambiar la ruta cuando el buque lleva viajeros extranjeros. Para esto sería necesario consultar los tratados y convenciones internacionales. Después de averiguados estos puntos y algunos más, podría yo emitir un dictamen definitivo acerca de si nos llevan a Madera con derecho o sin derecho.
— Me parece, doctor —le digo— que, en vez de averiguar todo eso, es mucho más breve ir a Madera, y aun al fin del mundo.

  Un uruguayo que había permanecido callado, adujo en esta forma su parecer: “Yo creo que si el rey de España desea llevar a su lado a la ex emperatriz, debía enviar a buscarla su propio “yacht”, el “Giralda”; y si la resolución es del Gobierno, fletar un buque especial, o un crucero, dejándonos tranquilos a nosotros proseguir nuestro viaje.”

  Todos nos sentimos un poco defraudados ante este hombre de criterio simple y exento de imaginación. ¡Qué diferencia con las formidables proyecciones que dieron a sus juicios los demás viajeros opinantes!...

* * *

  Nunca hubiera yo creído que los comerciantes, generalmente positivistas y fríamente lógicos, poseyeran, puestos en trance de excitación espiritual, una imaginación tan fértil como los más inspirados poetas.

  Durante toda la tarde y toda la noche, mientras navegábamos en dirección a Madera, siguieron mis excelentes compañeros trazando, con variedad asombrosa, los terribles conflictos económicos y mercantiles, las ruinas y desastres a que pudiera dar ocasión el retraso y cambio de ruta. Existiendo en la fortuna comercial no poco de azar, se me ocurría pensar que también la demora pudiera ser útil en alguna circunstancia, evitando que el comerciante, debido al retraso, hiciese el disparate o cometiese el error que tenía pensado. Porque tanto puede uno arruinarse por llegar a tiempo, como salvarse por no haber llegado. Me abstuve, sin embargo, de formular la objeción, pues no me gusta deshacer con el soplo de la crítica los castillos en el aire de nadie.

  Y, entretenidos en estas amenas discusiones, llegamos a Madera. La isla, aquel florido tiesto que se levanta en medio del océano, se presentó a nuestra vista en todo su esplendor. Permanecimos en la honda rada muchas horas, ocho o diez, contemplando el enjambre de botes con su comercio heteróclito y absurdo, y viendo zambullirse a los arrapiezos ateridos tras de algunas monedas arrojadas por los pasajeros. En las islas la mendicidad es acuática y tiene cierto brío que no se ve en tierra.
Desde la borda, con auxilio de los catalejos, veíamos ir y venir a la gente por el muelle y la plazoleta inmediata.

  Pero la ex emperatriz no se daba prisa, aumentando con su tardanza los conflictos imaginativos de mis buenos amigos, de cuya pronta llegada a Europa dependía el resultado fructífero de tantos y tan vastos negocios.

  Por fin, a la caída de la tarde, comenzaron a llegar grandes lanchones con formidables baúles, valijas, cajas, bellas sillas y canapés de mimbre pintado. Funcionaron los guinches para alzar todo aquello. Pasó otro gran rato. Y llegó un vaporcito lleno de señores austriacos, muy enlutados todos por la reciente muerte del rey Don Carlos. Rubicundos, eran como cipreses con cabelleras de lino maduro.

  Los viajeros del trasatlántico se agolparon a la borda creyendo que llegaría la egregia dama. Sólo venían archiduques y políticos adictos al régimen caído. Al penetrar en el trasatlántico se descubrieron. Ignoro si era saludándonos a los pasajeros que veníamos de América, o como homenaje al pabellón del buque que los acogía. En la duda, abstente, y me quedé cubierto; porque si es signo de incorrección no contestar a un saludo, es notoriamente ridículo responder cuando el saludo no es dirigido a nosotros,
— ¿Qué le parece, doctor? —pregunto al abogado criollo—: ¿el saludo será a nosotros o al pabellón?...
— En las prácticas internacionales, cuando la representación de los poderes vigentes se halla en la integridad de sus funciones, se establece que...
— En la proa hace más fresco, doctor; vámonos para allá... El chorro forense quedó cortado.

  Después llegó otro vaporcito con la servidumbre, treinta y ocho personas en junto. Los que estábamos un poco afligidos por el radiotelegrama leído dos días antes, diciendo que la familia imperial de Austria atravesaba una estrecha situación, sentimos el consiguiente alivio al observar que no se hallaba del todo desamparada de servidores.

  Entre las doncellas, criadas y niñeras había algunas muy buenas mozas, espigadas y cimbreñas, con bonitos rostros y aire muy simpático. No será extraño que esta inmigración, que une a la belleza el interés romántico de la odisea, arraigue definitivamente en España, donde no faltan corazones sensibles ante este doble atractivo.

  El capitán del trasatlántico y la oficialidad, en traje de gala, se colocan en la escalera que da entrada en la nave. La ex emperatriz llega. Todos nos agolpamos en aquel punto, y se nos ordena, muy finamente —pues son muy cultos los oficiales de la Trasatlántica— dejar paso a la realeza. Y formamos una galería por donde pasa la ex soberana.

  Puedo verla de cerca, Viene cubierta de amplios y larguísimos velos negros. Entra en el vapor sin arrogancia, pero con verdadera dignidad real. Se ha perdido la categoría, pero queda siempre el aire soberano. Al cruzar por la galería que formamos los pasajeros inclina levemente la cabeza. Nos descubrimos todos, unos ante la majestad caída, otros ante la mujer desventurada.

  A pesar de la deformación propia de su estado (en vísperas de alumbramiento), la belleza de toda su figura es evidente: alta, esbelta, finas las facciones, delicado el cutis, rubia la cabellera. Al servir el busto de cuño monetario, tenía la pecunia austriaca doble valor: el intrínseco y el de la estética. Ambas cosas ha perdido la moneda de Austria.

  En torno y tras de la augusta dama viene una bandada de ángeles: son sus hijos. No he visto nunca criaturas más extraordinariamente bellas; unas cabecitas graciosísimas, blondas, de un rubio muy claro: los ojos azules y vivaces, de una tiernísima expresión. Los niños llegan muy alegres. Son seis o siete. Entre unos y otros media muy poco tiempo. Casi todos han nacido durante la guerra y en los días del éxodo. A juzgar por la serenidad de sus semblantes y su excelente salud, nadie diría que fueron creados en horas de perturbación y de angustia. La presencia en el trasatlántico de tan hermosos niños suscita en todos los pasajeros un movimiento de simpatía hacia la ex emperatriz y su magnífica prole.

  El concepto democrático que uno tenga de la vida política no excluye el sentimiento que produce la grandeza caída. Y no es, por lo mismo, extraño que nos conmueva el ver a esta familia descender desde uno de los más seculares solios de Europa a este trasatlántico para convivir humildemente con unos modestos viajantes de comercio y teniendo por vecindad inmediata un núcleo de emigración golondrina.

  A mi mente acude aquella profunda definición de Pascal sobre la realeza: “El poder de los reyes está fundado sobre la razón y sobre la locura del pueblo, y más aún sobre la locura.” Otro tanto puede decirse sobre el derrocamiento trágico de los poderes mayestáticos de derecho divino. La locura los levanta y la locura los abate.

  Cuando los poderes excesivos llevan al máximo dolor a los pueblos, suelen aprender éstos —a dura costa suya— que el origen providencial de esos poderes es pura fantasmagoría.

  Pero no es la hora de este género de reflexiones. Queden cortadas por la piedad que inspira toda desventura, aunque ella sea justa...


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Biografía del autor Francisco Grandmontagne



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