LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
EL TIBURÓN DE LAS PAMPAS
Los grandes latifundios pamperos, las “estancias” colosales, están, en su mayor parte, en poder de los descendientes americanos de vascos y bearneses, de los antiguos emigrantes de ambas vertientes del Pirineo, que en frágiles bergantines, y huyendo de la estrecha vida agraria de sus montañas pizarrosas, partieron del pequeño puerto de Bayona al comienzo del pasado siglo XIX, en los albores de la independencia de Suramérica.
Cuantos conozcan un poco la sociedad argentina, siquiera sea por las crónicas mundanas de “Monte Cristo” —único conocimiento que nuestros políticos, chirles y chirladores, tienen de la vida de los pueblos que se expresan en español—, evocarán al punto los apellidos éuskaros, representativos de lo que podríamos llamar las grandes dinastías territoriales de América, los reyes de las Pampas.
Y no sólo los descendientes americanos de la tenaz y estrenua raza vascónica vinculan en sus manos la mayor y mejor parte de los campos de pastoreo. Los mismos vascongados nativos, los que emigraron hace cuarenta años, cuyo espíritu echó ya anclaje profundo y definitivo en la vida argentina, que los acoge con simpatía profunda, son igualmente formidables propietarios de tierras y ganado.
De los cien millones de ovejas y de los cuarenta millones de bovinos que pacen en aquella Arcadia infinita, en aquel mar serenado en pradera, el mayor número pertenece a los vascos y a los americanos originarios de la raza euskérica. No hay exageración al afirmar que no menos del 70 por 100 de esta enorme riqueza semoviente se halla en las recias manos de los hijos de Aitor.
* * *
¿Cómo ha podido el vasco rural, el “baserri”, ayuno de cultura mercantil, alzarse con un volumen de riqueza semejante, en competencia cosmopolita, en lucha abierta con otras razas de muy superior preparación para los ardorosos afanes de la crematística? Se habla siempre con admiración de los reyes norteamericanos, de lo mucho que de la nada hicieron. Pero el origen de su opulencia no puede compararse en humildad con el de los reyes de las Pampas.
Al hombre de presa norteamericano le era familiar la ciencia del guarismo. El “baserri” no tenía la menor noción de la existencia de Pitágoras; quizá no había trazado tampoco un solo palote sobre las pautas de Iturzaeta. No cabía mayor pauperismo cultural y económico; ni sabía ni tenía nada. El rey norteamericano utilizó el progreso científico, el desarrollo de la mecánica, la monstruosa organización capitalista de su país, los monopolios, los “trusts”, las tarifas. Desde su escritorio urdió asechanzas y astutas zancadillas a los intereses opuestos, levantando, en fin, su reinado sobre estupendas, legales y muy científicas tretas financieras.
El rey de las Pampas, el vasco, entró en sus futuros dominios con las manos peladas, la boina sobre la cabeza simple y las alpargatas en los pies ligeros. Por carecer de todo, carecía hasta de medios de expresión comprensibles. No hablaba más que vascuence.Y aquí está, en gran parte, el secreto de su fuerza y de su éxito.
Lo que voy a decir parecerá un poco extraño, pero es de una certeza absoluta. El no saber castellano, o saberlo muy mal, puso al vasco en el mejor camino para erigirse en rey de las Pampas, logrando la posesión de centenares de leguas.
Expliquemos el fenómeno. La emigración española prefería y prefiere aún acomodarse en los centros urbanos. A esto se debe la estructura social un tanto absurda de todos los países americanos, que padecen los efectos del exceso de capitalidad. Son organismos macrocéfalos, con una cabeza enorme y un cuerpo esmirriado, de lombriz solitaria.
Montevideo contiene tanta población como el resto del Uruguay. La Argentina no alcanza a diez millones de habitantes, y su brillantísima capital alberga ya un millón setecientas mil almas. Algún día expondremos las derivaciones sociales, económicas y políticas de esta desproporción. Por ahora baste decir que las ciudades americanas, sobre todo la imponderable Buenos Aires, ejercen sobre el espíritu de las inmigraciones una sugestión avasalladora. Pero recién desembarcado, el “baserri” cruzó por los brillantes centros urbanos con la misma indiferencia con que un oso cruzaría por un sarao. La “makilla” en la mano y la “tricota” al hombro..., ¡hala, a la Pampa, a la Patagonia, al Chaco, a los desiertos!
Su lengua milenaria y aisladora, su misterioso vascuence, le impedía toda comunicación con el ruidoso jolgorio ciudadano, con la ‘‘farra’’ americana. La fiebre colectiva le dejaba tan fresco. Habituado, además, desde su nacimiento a la vida solitaria en los caseríos dispersos de los recuestos pirenaicos, el aislamiento no le encogía el ánimo ni le acoquinaba el espíritu. Para él, la emigración no era más que un cambio de soledad. Y así, tanto en la Pampa infinita, en aquel pastadero colosal, como en la Patagonia inmensurable, se vio siempre al vasco, y se le ve ahora mismo, pastoreando su hato, en las avanzadas o confines de la civilización, en los dinteles de los grandes y misteriosos desiertos.
En donde aún no llegó nadie, allí está el vasco, duro, sereno y tranquilo. El primer signo civilizador es el “irrintzi” de los Robinsones de la Vasconia. ¡Cuántas veces, mocete intrépido por aquellas soledades, he sentido latir el orgullo racial, redivivas en mi espíritu las queridas cenizas de mi padre vascofrancés y de mi madre guipuzcoana!...
Los antiguos vascos, progenitores de los grandes estancieros argentinos, estableciéronse en los llamados campos centrales, en la provincia de Buenos Aires y en el sur de las de Córdoba y Santa Fe. Su asimilación fue inmediata; el vasco adoptó al punto la indumentaria gaucha, el “chiripá”, el poncho, la bota de potro; sólo desechó el chambergo; quedose con la boina, más defensiva contra los recios vientos pamperos. Hízose presto excelente jinete; tomó mate en rueda de gauchos. Esta rápida adaptación atrájole la simpatía efusiva de los argentinos, que emplean esta cariñosa frase para designarle: “hijo del país con gorra de vasco”. La población campesina, el gauchaje, vio en seguida en el vasco un tipo autóctono, original, distinto de las inmigraciones latinas.
Pruébalo acabadamente la pintoresca definición que los gauchos hacen de las razas. Para ellos no hay más que estas cuatro: “gayegos”, gringos, vascos y “naciones”. Llaman “naciones” a ingleses, franceses, alemanes y al resto de los habitantes de la tierra. El mote de gringo lo aplican especialmente al italiano.
El pastoreo, hoy tan floreciente, era por entonces embrionario, en campos abiertos, donde el ganado semisalvaje vivía en confusión anárquica, perdidos casi por completo los signos de dulce domesticidad. La revolución de Castelli produjo una general y formidable “espantada” de millones de animales, que corrían despavoridos leguas y leguas por las llanuras sin fin, arrollándolo todo a su paso. Era como un turbión con cuernos, una avalancha bramadora y relinchante, un alud de respingos y coces.
Por natural contagio, dada la condición arisca del ganado, la espantada se transmitió a los puntos más lejanos. Bajo las patas de los toros y de los “baguales” (potros indómitos) quedaban aplastadas las ovejas salvajes. Una furia frenética se apoderó de toradas, potradas y rebaños. La propiedad semoviente quedó confundida, produciendo la revolución animal un conflicto mucho más grave aún que la revolución humana.
Y entonces demostró el vasco sus aptitudes de pastor épico, su energía, su valor, su actividad, su resistencia de jinete en jornadas inconcebibles. Baste citar este ejemplo. Pedro Luro, un vascofrancés, de Sara, pueblecillo frente a Echalar, redujo a domesticidad a millares de animales cimarrones y chúcaros. En un solo día, capitaneando un grupo de gauchos, hizo un rodeo, en el cual entraron siete mil animales salvajes, vacas, toros y potros. Quedose solo en medio del rodeo, amurallado de fieras, logrando, con no poca astucia, dirigirlas por donde quiso. Los vascos adquirieron entre los gauchos reputación de tan gauchos como ellos. Y tuvieron su leyenda hazañosa, pues nadie los superó en las duras faenas del pastoreo pampero.
El seto de alambre fue el primer paso progresivo de la rudimentaria actividad pastoril. Sarmiento, el más grande de los estadistas hispanoamericanos (¡Cuánta falta nos hace en España un Sarmiento!), impulsó con múltiples iniciativas la difusión de este sistema de setos que hoy cercan todos los campos explotables de la Argentina. Los tensos hilos de hierro, sujetados por interminables filas de postes de ñandubay con que se acotó la propiedad, han tenido una influencia trascendental y decisiva, no sólo en el desarrollo de la riqueza pecuaria, sino también en el sosiego y tranquilidad de la población rural.
Serenose igualmente la vida política. La prosperidad general, más que las doctrinas, torna conservadoras a las naciones. Con los alambrados entró en quicio el ganado indómito. A la vez, la acotación férrea sirvió de valladar al cuatrero, al abigeato y al merodeo, consecuencia última de la campaña contra la indiada decadente. El alambre ha tenido una eficacia extraordinaria en el progreso económico y moral del país, pues puso al “gauchismo alzado” —así se llama al gauchaje cimarrón— en la disyuntiva de integrarse a la comunidad civilizada o saltar fuera de los campos acotados, a ganar la toldería de los indios. Lo frecuente, sin embargo, ha sido su aniquilamiento lento por inadaptación a una y otra forma de existencia.
Los vascos se apoderaron al punto de la industria rural de los alambrados. Obra de sus manos es la mayor parte del seto que circunda y ciñe los millares de leguas cuadradas del vastísimo y próspero pastizal. Y aquí está el punto de arranque del vasco para llegar al reinado pampero. El trabajo era rudo; exigía hombres de fuerte músculo para desbastar e hincar aquellos postes de ñandubay, la madera chaqueña, tan compacta, pesada y dura como el hierro; requeríase igualmente que el ánimo fuese tan vigoroso como el brazo para sobreponerse a los efectos abrumadores de la soledad y soportar las penalidades de la vida en el desierto. Por él avanzó impávido el vasco, firme y resuelto, impertérrito en la tarea agotadora de las Pampas. Internábase en las llanuras, ilimitadas como el cielo. No llegaba hasta el cercador ni el más leve eco del mundo. Sus martillazos sobre el ñandubay y el alambre eran el primer recio rumor de la futura civilización agraria.
Con los primeros fondos que le produjeron los contratos de alambrados compró las primeras tierras, eligiendo, con su experiencia de explorador avanzando, las mejores, aquellas en que el mantillo de humus fuera más espeso, y donde las aguas subterráneas estuvieran más cerca y su afloramiento o extracción exigiese menor esfuerzo. Estas condiciones del suelo pampeano, tan conocidas por los vascos, como primeros en la exploración, eran generalmente ignoradas por los propietarios que vivían en los centros urbanos, sin haber visto muchos de ellos sus dominios, comprados en Buenos Aires, en los remates o subastas que generosamente los Gobiernos ofrecían de los campos pertenecientes al Estado.
Dábanse también grandes concesiones de tierras a precio bajo y plazos larguísimos, con ciertas obligaciones para adquirir definitivamente la propiedad: levantar ranchos, hacer pozos o jagüeles, llevar una “punta” de ovejas y algunas vacas y yeguas, “poblar” el campo siquiera en forma embrionaria. (1)
Los vascos eran los primeros en cumplir estas condiciones. Y tanto al adquirir la propiedad de los particulares como la del Estado, se “ubicaban”, como allí se dice (y está bien dicho, aunque en España choque el oírlo), o se situaban en los mejores campos, en el riñón de las Pampas.
Tras de los alambrados surgieron los primeros núcleos de población, las primeras aldeas pampeanas, hoy grandes y florecientes pueblos, muchos de los cuales llevan el nombre vasco de sus fundadores. Vendíanse los campos por pocos centavos la hectárea; algunas veces, el alambrado valía más que las leguas acotadas. Con frecuencia, el vasco contratista de setos de alambre cobraba el importe de su trabajo en vastas extensiones de tierra. Y metía también allí ovejas, el excedente de la reproducción del primer campo poblado. Comenzaba a formar sus grandes rebaños futuros; iniciaba la bola de nieve.
Mixto de alambrador y pastor, el vasco ha contribuido como nadie al valor progresivo de los campos argentinos. No era especulador en tierras, esperando la valorización del esfuerzo de los demás para poblar los desiertos y crear la riqueza. Realizaba él mismo este primer esfuerzo, brotando la prosperidad de la enérgica acción de sus manos.
Pero ¿es posible, con sólo el trabajo físico, manual, sin espíritu mercantil, apoderarse de tan formidables latifundios, erigirse en rey de las Pampas? No, no es posible. Hacía falta una colaboración eficaz, Y esta colaboración fue aportada por la vasca, por la mujer del vasco, vamos, por la reina...
Al surgir los primeros núcleos de población, el vasco y la vasca pusieron fonda. Las fondas de los vascos, tradicionales en los campos argentinos, fueron las primeras notas de alegre bullicio en el triste y desierto paisaje pampero. Luego vendría el ferrocarril, la estación, el caserío, el especulador, la colonia agrícola, el progreso general, la riqueza; pero primero fue el vasco alambrador, a continuación la vasca, y en seguida, la fonda de los vascos. A ella acudieron los gauchos dispersos y el peonaje de los alambrados.
La vasca amplió el parco concepto culinario de aquellas sobrias gentes camperas que sólo se nutrían de asados a la intemperie —asado con cuero, ¡cosa rica, lo juro!—; los gauchos conocieron el bacalao a la vizcaína y todos los platos de la sólida cocina vascongada. Según Brillat-Savarin, un nuevo sabor tiene más importancia que el descubrimiento de una nueva estrella. Corroborado se vio este aserto por aquellos lejanos moradores pamperos que tenían por techo todo el sistema estelífero. Tan fuertes y estimulantes platos exigían bebida copiosa. El alcohol se extendió. Y como en el “Reino de Maya”, donde lo introdujera Pío Cid, las imaginaciones, un tanto mortecinas y opacas se encendieron de repente, logrando vivacidad inusitada y singular alumbramiento.
Brava administradora la vasca, fueron las fondas pampeanas, bajo su dirección, negocios boyantes. El “establecimiento” estaba siempre lleno de consumidores, produciendo la pulpería más que la cocina. Era el único punto grato que para gozar de los asuetos tenían aquellos primeros dominadores del desierto. Y en las fondas la poesía bilingüe; “payadores” y “versolaris” confundían su estro, rimando los gauchos en castellano arcaico sus pullas, y en vascuence los otros sus ironías socarronas.
El vasco contratista, entretanto, seguía alambrando. Y lo que pagaba con una mano a sus peones y primeros “puesteros” (pastores de ovejas), volvía a recogerlo con la suya la vasca en la fonda. La colaboración de la mujer duplicó los recursos del “baserri” para extender sus dominios. Todo lo invertía en adquirir más tierra: el importe de los nuevos alambrados, las ganancias de la fonda y la utilidad del esquileo de las primeras majadas.
A las diez leguas iniciales siguieron otras diez, y a las veinte, otras veinte. Arrendatario de pequeñas parcelas en la tierra natal, en las faldas del Pirineo, sin posibilidad humana de erigirse en propietario, el “baserri” llegaba a América con un voraz apetito territorial.
Y así que vio asequible la posesión, las primeras adquisiciones sirvieron de estimulante para dilatarle la apetencia. Cual tiburón entre bancos de sardinas, los propietarios del contorno, absentitas en su mayoría, cayeron en sus fauces. El latifundio, como vasto pulpo vivo, experimentaba doble aumento: el de las nuevas tierras, sin cesar agregadas, y el de la riqueza semoviente por crecimiento vegetativo de los rebaños. El “baserri” fue un tragaleguas, en la doble acepción de andarlas y quedarse con ellas.
La fonda adquiría gran animación con la llegada de nuevas inmigraciones agrarias. Aparecían los primeros agricultores italianos. Llegaban también algunos especuladores buscando buenos campos. El trajín de la vasca era incesante: de la cocina al mostrador, del mostrador a la cocina; diligente, avisada, sagaz, con la idea fija de procurar nuevos recursos al vasco para aumentar el latifundio, para agregar al pulpo nuevos tentáculos.
Reuníanse en la fonda todos los pobladores a sacudirse la melancolía y el tedio que dejaran en su espíritu las horas de soledad. Allí había grandes “farras” (juergas), guitarreo, bulla, algazara; todo entre hombres, pues no existía más representación femenina que la vasca fondista. De lo ruidosas que fueron y son estas fondas da idea el popular dicho argentino para calificar cualquier forma de batahola: “Parece una fonda de vascos”. El matrimonio gozaba de la simpatía del gauchaje; él era considerado cómo un experto hombre de campo, que boleaba avestruces y enlazaba toros como el gaucho más diestro: “Es un hijo del país con gorra de vasco”. Ella, la vasca, estaba siempre pronta para acudir a remediar cualquier desventura.
Comenzaron a extenderse rápidamente los ferrocarriles; trazábanse las líneas a través de los campos más fértiles, de las tierras mollares, de los grandes pastizales, donde ya los vascos se habían establecido. Ellos señalaron, sin palabras, con su sola presencia, la orientación que había de seguir el progresivo desarrollo del pastoreo. La locomotora del inglés fue detrás del caballo del vasco. Y aunque los directores de Londres, antes de tender las líneas, procuraban adquirir las tierras, no era fácil desplazar a los “baserris”, que conocían el valor presente y el porvenir enorme de los campos conquistados con rudo trabajo alambrador y un pingüe comercio fondista.
Tras de las locomotoras, el progreso rural se tornó vertiginoso. El valor de la hectárea de campo saltó de uno a trescientos. Acudió el capital de los centros urbanos a invertirse en tierras. Los vascos eran los mejores asesores, los más “baqueanos” para indicar a los compradores las zonas más fértiles. Todo el mundo les ofrecía capital y quería asociarlos a sus empresas, pues nadie más apto que ellos para formar las grandes estancias.
El vasco llevó a sus parientes del caserío pirenaico: hermanos, primos, sobrinos; la vasca llamó a los suyos. Las “neskas” entraron a servir en la fonda, que adquirió, con la afluencia de nuevos pobladores, gran desarrollo; los jóvenes “guizones” pusiéronse al frente de las nuevas majadas que se extendían por el vasto latifundio.
Ellas y ellos, las mozas y los “inútiles”, fueron “habilitados” (interesados) en la fonda y en la estancia, colocándose también en condiciones de convertirse en nuevos tiburones o reyes de las Pampas.
Al llegar la segunda evolución del pastoreo, la refinación de las haciendas, los vascos fueron tan expertos como los ingleses para .implantar las cruzas más convenientes. Importaron de Europa los mejores reproductores. Los “baserris” conocen las más finas razas bovinas y lanares, los mejores toros y puercos de las granjas de Inglaterra, Norteamérica y Holanda, y llevan constantemente magníficos ejemplares a sus grandes estancias.
Lector, que haces a estas páginas la merced de la atención de tus ojos: no sé si he logrado sugerirte con este breve prontuario lo que representa la fuerte raza vascongada en el progreso creciente de la ganadería de Suramérica. Sólo te diré, para terminar, que una simpatía efusiva, un cariño extraordinario por parte de los argentinos, amantes de todo lo enérgico, envuelve a estos reyes de las Pampas, a estos “hijos del país con gorra de vasco”...
______________________________________________________________________(1) En el capítulo anterior se alude ligeramente a la forma de otorgar concesiones de campos.
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