LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XXILA EMIGRACIÓN DE CONEJO
Paco Conejo — ¿quién no le recuerda?— fue un gran actor de género pequeño o chico, que es, para mi gusto, el mayor de nuestros géneros teatrales, el más original, el que mejor refleja, no sólo las costumbres, sino el espíritu lírico del pueblo español.
Como todo actor de género chico, Conejete (así le llamaban sus íntimos) hablaba lo mismo en prosa que en verso, igual en trágico que en cómico, y, además, cantaba y bailaba. La zarzuela dosimétrica requiere actores de aptitudes múltiples, artistas que reúnan todas las facultades escénicas.
Yo siempre he visto mayor mérito en el arte de Carreras o de Paco Conejo, tan vario y alegre, que en el morboso y monótono de Zaconi, representante de agonías en cuatro actos. Y sostengo que no es herejía lo que digo. El arte de Zaconi era asequible a Conejo, que también sabia morirse en escena—no hay nada más fácil, en escena y fuera de ella—, mientras el arte de Conejo, multiforme y enciclopédico, nunca hubiera sido asequible a Zaconi.
Nada debía Conejete a la cultura de Conservatorio. Era un perfecto autodidacto, o, mejor aún, autodidogmático, que creaba los preceptos y normas de su propia enseñanza; un maestro, en fin, de sí mismo, un instructor de sus facultades innatas. Apenas necesitaba apelar a método alguno, pues todo cuanto decía y hacía tenía, naturalmente, la más completa eficacia transmisora.
Así como todos nacemos sabiendo dónde están las cosquillas físicas, Paco Conejo conocía de modo infalible la vía de las cosquillas espirituales. Nunca le marraba la intuición. Su sola presencia en escena provocaba al punto la general hilaridad. Dijérase que su figura hubiera sido formada en broma, en uno de esos momentos chacoteros que son frecuentes en los vastos talleres de la Naturaleza:
Los autores, libretistas y músicos, confiaban en los recursos de Conejo más que en el contenido de sus propias concepciones. “Paco —decían— lo saca todo adelante.” Así era. Cuando el papel no resultaba, Conejillo recurría a sus improvisaciones, a sus “morcillas”, y sobre la marcha improvisaba una obra casi nueva que sustituía a la que se iba cayendo. Dicho en jerga teatral: Paco levantaba las obras.
En las mortecinas y lánguidas ciudades, donde, gracias a la murmuración, no perecemos de tedio, los provincianos esperábamos a Paco Conejo con viva ansiedad. Sus representaciones animaban nuestro desmadejado espíritu al difundir la sal de la villa y corte, los últimos chistes, equívocos y camelos verbales.
Las provincias nunca pueden competir en chistología con Madrid. En las revistas políticas, Conejete nos desquijaraba de risa. Se le ocurrían coplas diabólicas —nuevas todas las noches— sobre lo duro que era Maura y lo blando que era Moret. Tenía Conejo mucho sentido político.
En las ciudades muy neas ponía a Maura sobre Moret. En las ciudades liberales ponía a Moret sobre Maura. En Barcelona no sabía qué hacer. Nadie sabía qué hacer en Barcelona. Y lo mismo que a Paco Conejo les pasaba a Maura y Moret...
* * *
Le contrataron para Buenos Aires. Sobre el viaje de Paco Conejo se habló y escribió en España mucho más que sobre la salida de las carabelas de Colón. En los círculos teatrales era el tema absorbente de todas las conversaciones. Paco iba a la gran capital argentina en calidad de salvador del teatro Rivadavia, donde mal vivía desde largos años una compañía de género chico dirigida por Juanito Laguna, viejo y mediocre cómico que llevaba un cuarto de siglo rodando por América con su mujer, la Gervasia, característica cuya característica era el mal carácter, acedo, desabrido y gruñón.
Por los saloncillos y cafés matritenses corrieron muchas “bolas” acerca de la contrata de Conejo. Algunos afirmaban que iba ganando más que el Presidente de la República. Las versiones eran múltiples y contradictorias.
El punto nunca se aclaró. Paco lo dejaba siempre en el misterio.
“Conejete —le decía un músico especialista en pasodobles—, tú arramblas con las pampas.”
“— Eso no tiene importancia —replicaba el amigo Conejo— lo importante es salvar el Rivadavia y el arte español en América. Esta es mi misión.”
Ya apenas queda un español que no se crea llamado a una misión en América. Luego, recobrando el tono chacotón, hacía Conejo algunos chistes sobre “el charco”; bromeaba con el Océano. Temía mucho embarcarse. El mar le producía la máxima sensación de lo abismático, y América le sugería la idea de una lejanía infinita.
Pero esta vaga concepción geográfica de lo remotísimo, de lo antipódico, no le impedía creer que allí su popularidad y renombre eran tan grandes como en España. En este punto no había mar ni distancias. Le parecía que Buenos Aires, teatralmente, era una continuación de Madrid. Suponía que cada éxito en la Península había repercutido a todo lo largo de las Américas.
Este convencimiento era lógico... en la cabeza de Conejo. Se fundaba en una observación elemental. Cuando se presentaba por primera vez en una ciudad o villa española, el público estallaba en una ovación. Lo mismo ocurriría en las naciones americanas, que, a su juicio, venían a ser, para los efectos del arte escénico, provincias españolas donde no había estado, pero que le esperaban con irrefrenable impaciencia. Por si alguna duda le cupiese, desvanecíansela unánimes nuestros periódicos, augurándole éxitos resonantes y a espuertas los pesos.
Llegó a Buenos Aires. La compañía del Rivadavia estaba a punto de tronar. No iba casi nadie al teatro. El género criollo le hacía una competencia ruinosa. El público prefería los espectáculos donde se reflejaban las costumbres y se hacía una crítica chunguera de la política y los sucesos locales. Interesaban más los compadritos de allí que los chulos remotos. Y les divertía más ver bailar tangos, gatos y pericones, que seguidillas o jotas.
La compañía del Rivadavia sólo podía sostenerse, muy precariamente a fuerza de estrenar. Laguna montaba las obras en un voleo. Llegaban un día en los trasatlánticos de la Trasatlántica y se estrenaban al siguiente.
A Paco, que había tardado dos meses en ensayar “La huelga de afiladores”, como si se tratara de “Parsifal”, le pareció una herejía lo que se hacía en el Rivadavia. Cuando le dijeron que, a veces, si la música no llegaba a tiempo, se metía cualquier tocata. Conejo se santiguó. No era para menos. ¿Qué dirían en España si él no evitaba tan horrendas profanaciones?
El empresario torció el gesto, pensando: “Creo que me he equivocado; este Conejo se me va a dormir ensayando cualquier macana.”
A Laguna y sus elementos no fue grata la llegada del salvador, formando todos una piña sordamente hostil. Preferían aquella vida angustiosa antes que ser dirigidos y acaso salvados por el nuevo actor, “¡que vendría de España con unos humos...!” Estaban solidarizados por la común desventura, que también tiene su fuerza vinculatoria.
Como todos eran mediocres, se repartían equitativamente los pocos aplausos que se escuchaban. Ahora las ovaciones serían para Conejo. Y todos se quedaban tristes y un poco lívidos.
Laguna ofrecía un aspecto torvo, y al oír algún refunfuño de la Gervasia ordenaba lacónicamente: “¡A callar he dicho...!”
* * *
Conejo fue al escenario a saludar a los compañeros y futuros subordinados. Exclamaciones de simulada alegría: ¡Paco! ¡Conejo! ¡Conejillo! El barba, que presumía de saber francés: “¡Hola, lapín!”
— ¡Aquí estamos, señores! Pero que nadie se levante, que nadie se mueva. Estamos en república...
— ¡Qué gracioso!— exclamó la característica, la mujer de Laguna, dando un sentido dudoso al dicho.
Ruido, cordialidad aspaventera, teatral; coristas medio desnudas que le saludaban desde los camarines: “Tenemos las manos ocupadas, señor Conejo.” El tenor cómico: “¡Allá voy, don Paco!”
— Quietos, compañeros, quietos; he dicho que quietos. Al trabajo, a lo que estamos, ¿estamos? Luego será otra cosa.
Juan Laguna se hallaba en escena ocupado en un largo parlamento. Cruzó rauda la tiple. Conejo le echó un piropo místico: “¡Adiós, Nuestra Señora de Lima!...”
— ¡Aire, aire!
— Pero, chica, te conservas guapísima... ¿Qué tal los americanos?...
—Buenos, gracias; ¡guasa viva!...
— Pues yo, que no soy americano, sino gato de los Madriles, ¡ay, Madrid de mi alma!, te voy a poner un piso en el séptimo cielo...
— ¿Tienes aeroplano? —preguntó sarcástica la Gervasia.
Risa general. Primer revolcón del cómico nuevo.
— No tengo aeroplano; pero usted puede servirnos de globo —dice Conejo, aludiendo al volumen de la característica.
— Si yo fuera globo, no transportaría peleles...
Nuevas risas.
— Graciosa la vieja —replica Paco, sonriente, pero amoscado.
— Andando entre cómicos fúnebres se envejece una “de seguida”, y contigo he trabajado catorce años.
— ¿Quié usté” que riñamos, “señá” Gervasia?...
— No, Conejete. ¿Por qué hemos de reñir? Nada de riñas, hijo, que “pa” todos habrá habichuelas.
— Es que yo, “señá” Gervasia, no he venido a quitarle las habichuelas a nadie, ¿estamos? Me sobran en España...
— ¿Has venido de turista?...
Carcajada general de la farándula.
— Puede. Y si me apuran un poco, ahora mismo trinco el vapor y fenecen todos ustedes de hambre.
— ¡Adiós, filántropo!...
— ¡”Señá” Gervasia!... Es “usté” la misma de siempre; puntillosa y “resquemá”.
(La “señá” Gervasia, entre dientes): “Se cree el emigrante “ése” que le va a destronar a mi marido.”
Coro de señoras: “¡Gervasia, por Dios!” Coro de hombres: “No haga “usté” caso, don Paco.”
Don Paco: “No, ¡qué peineta! ¡Es que si hemos de andar así desde el primer día!...”
Coro de ambos sexos: “¡no es nada! ¡Armonía!... ¡Armonía!...”
Conejete: “Pues que haya armonía. A ver…, que traigan unas copas.”
El traspunte: “Ahora sí que vienen bien las copas...”
Llega del escenario Juan Laguna, vestido de maragato:
— ¡Conejillo! ¡Dichosos los ojos!
— ¡Juanele!...
Abrazo completamente teatral.
— Acabo de regañar con tu mujer, Juanele.
— No ha sido nada: unas bromas de salón —dice la “señá” Gervasia.
— ¡Quién hace caso de mujeres, querido Conejete! (Volviéndose hacia ella): Ya te tengo dicho que tú..., punto en boca. ¿Lo oyes? Que no quiero broncas. Tú ves, oyes y callas. Tú no existes. Aquí estoy yo…
— No ha tenido importancia, Juanele; “petaca” minuta. Venga otro abrazo.
— Ya lo supongo, Conejete. Ahí va. Y qué hay —Todos somos novedad cuando las cosas se hacen por España? ¿Se mueren, o viven, “u” qué? ¿Con que no podéis con Abd-el-Krim? ¡Qué mandrias!
—Los Gobiernos, Juanele, los Gobiernos... El pueblo es... un pueblo de oro. Pero los Gobiernos... Allí hace falta un tío que meta mucha, pero que mucha leña “pa” que “too” Dios entre en vereda. Parecía que Maura, con la revolución desde arriba...; pero, ¡ca!, jarabe de pico. Le tocan las palmas en el Congreso, y deja la revolución para mejor ocasión. Y, entre tanto, Abd-el-Krim..., en el Gurugú. Por su puesto, que una revolución desde arriba... ¿Pero cómo le van a dejar los de arriba hacer una revolución desde arriba? Claro: el hombre se vino abajo. Bueno, ¿y qué tal por aquí? ¿Cómo va el teatro?...
— Bien; un poco flojillo, Conejete. Y eso que la compañía es buena, la mejor que hay ahora en Buenos Aires. Está la Engracia, que tú sabes que es buena tiple, con ángel y... líos. Mi mujer, que no es porque sea mi mujer... Está de tenor cómico Toribio, el chico de la Torcuata..., un poco parado, pero buena voz. Tenemos una segunda tiple, italiana, pero no se le conoce.., sentada. Buenos coros...
— ¿Y la gente no viene?...
—Los automóviles... Todo el mundo se va de paseo a Palermo. Los “cines” roíos... El teatro criollo. Un poco de crisis; la última cosecha no ha sido buena. No llovió a tiempo. En fin, todo se junta... Que por lo demás..., vaya, ya lo creo..., la compañía gusta mucho.
—Bien, Juanele, bien. Vamos a ver si logramos que dejen Palermo y los “cines” y se vengan a vernos bien...
— A verte. La novedad eres tú…
— Todos somos novedad cuando las cosas se hacen bien…
— Aquí siempre se han hecho bien las cosas...
— Yo, Juanele, no soy más que un compañero más.
— Y yo, otro, Conejete...
Debutó. Se oyeron algunos aplausos al salir a escena. Pertenecían a los españoles de corta residencia en el país. El resto del público esperaba con fría benevolencia las habilidades del nuevo actor.
Conejo comprendió al punto que se hallaba muy lejos de su cueva. No tenía ascendiente alguno sobre aquel auditorio; había que ganarlo. Su voz era deplorable, cascada, áspera, ronca, averiadas las cuerdas vocales por el alcohol de tasca y el tabaco de tagarnina.
Esta avería laríngea, lejos de malograr su arte en España, en Madrid sobre todo, redoblaba su vis cómica En Buenos Aires producía un efecto contrario. Dábanle frecuentes accesos de tos; pero había sometido sus órganos respiratorios a tales ejercicios y tan rara disciplina, que tosía hacia dentro, hablando y cantando congestionado, sin que la procesión interior estallara ruidosamente al exterior. Menos cantar, hacía con sus pulmones todo lo que quería.
La tiple cómica, la Engracia, que era la estrella de la compañía, le dejaba en un tono imposible. Conejo se estiraba, sin alcanzar. Los aplausos eran para la pizpireta. La “señá” Gervasia se distrajo con toda intención. Laguna, en un diálogo, introdujo una “morcilla” criolla cuyo significado no comprendió Conejete. El público hizo una ovación formidable a Laguna. Quedóse Conejo corrido. Quiso reaccionar con un chiste alusivo a los calumniados pantalones del Sr. La Cierva, que siempre estuvieron bien cortados.
— ¡Alguna vez había que decirlo!—, y el auditorio permaneció indiferente. Los coros maniobraron mal adrede. El traspunte le dio una entrada falsa. El apuntador se equivocó. Todos, en fin, adictos a Laguna, contribuyeron al escaso lucimiento del debutante.
Caído el telón, toda la farándula se encerró en los camarines. Conejete vociferaba: Me habéis querido echar al foso, so cochinos!” La Engracia gorjeaba en su cuarto. Y en el de al lado, como quien sujeta a una fiera, se oía la sofocada voz de Laguna: “¡Tú, Gervasia, punto en boca! ¡Aquí estoy yo!...”
A los pocos días, Conejete rescindió, Y de regreso en Madrid, a él que no le hablaran de la confraternidad hispanoamericana...
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