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LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)


DE «COCOTE» A «ESTANCIERA»

   Aquel recio criollo patagónico, de tez cetrina y renegrido pelo, espeso y lacio, peinado en aladar, en apelmazadas ondas sobre las sienes, pletórico de salud y energía, alegre y turbulento, un “loco lindo”, como dicen los suramericanos, fue objeto de no poca curiosidad en la muy luminosa capital de Francia.

  Y es que los parisienses, con ser ellos las celdillas del “cerebro del mundo”, y el resumen, por consecuencia, de todo conocimiento, sorpréndense de cuanto no proceda de su propio ombligo, centro del planeta, y se quedan atónitos y como turulatos ante las cosas más naturales y comunes, sin duda por ser su vida tan poco natural, tan artificiosa y tan extraordinaria.

   En Julián Jáuregui —así se llamaba— hervían mezcladas las sangres de dos razas igualmente fuertes: la vasca, por línea masculina, y la india ranquel, por femenina ascendencia. En su contextura ósea, fuerte y flexible esqueleto de montañés, su origen éuskaro había impreso el aire, la rapidez y el ímpetu del pelotari profesional.

   El color, entre bruno y cobrizo, el pelo prieto, la nariz ancha y los labios gruesos, delataban su oriundez patagónica. Pero era en la mirada, persistente y dura, de sus ojos, profundamente oscuros, donde mejor se reflejaba la naturaleza y carácter de aquellos aborígenes, de aquellos indios lanceros que, en sus “malones”, desarzonaban de un bote a los soldados de la civilización republicana.

   Al vasco remoto que echó las bases de la fortuna, aventurándose por el interior de la Patagonia desierta, sucedieron otros Jáureguis, laboriosos y fuertes, que lograron acrecer aquella base, convirtiéndola en un latifundio de un centenar de leguas de campo pobladas de rebaños. El propio Julián, que lo mismo bailaba un cotillón en un sarao bonaerense, que dirigía, como el gaucho más diestro, un rodeo de vacas chúcaras y potros indómitos en sus estancias, había contribuido sobremanera al aumento de la cuantiosa hacienda de la familia.

   Y ahora realizaba su ilusión de conocer Europa, el continente de los “gringos”, y, sobre todo, de ir a “farrear” a París. ¡Cómo se divirtió Jáuregui! Al contacto de la vida parisiense, apoderóse del mozo criollo un anhelo de gozo torrencial. Paladeábalo todo con apetencia insaciable, con regodeo inexhaustible. En los “music-hall”, en los bares, en los restaurantes de lujo, en las carreras, en todos los centros de diversión, advertíase al punto su estrepitosa presencia.

   Su fuerte organismo, curtido por el sol y por los secos ventarrones de las altitudes patagónicas, le daba una resistencia incansable para la “farra”. Tiraba a miles los francos y desbancaba a los príncipes moscovitas en las lides del amor mercenario cuando, antes de la guerra, aquellos magnates, en nombre del derecho divino, se comían la hacienda pública rusa y venían a París con los mismos francos de los empréstitos levantados en Francia.

  “¡Rasta! ¡Rasta!” Desde Daudet viene el parisiense poniendo en ridículo al nabab, sin reparar en el brío que su vida representa. No se llega sin esfuerzo a gobernador de las Indias mahometanas, a nabab. Pero, al mismo tiempo que le ridiculiza, ofrécele, con toda industria, el escenario para explotarle.

   Jáuregui no era un rastacuero ni un nabab. Poseía la finura y urbanidad que pueden adquirirse en los selectos centros sociales de Buenos Aires. Pero así como, según Horacio, “dulce es hacer el loco en la ocasión”, Julián Jáuregui había resuelto divertirse haciendo un poco el indio en París. La capital de Francia no comprendió el juego; que siempre queda algún punto oculto aun al mismo cerebro del mundo. Verdad es que era difícil distinguir en Jáuregui lo que había de indio artificial: tan bien representaba el papel, simulando una cómica admiración selvática por todo cuanto veía. A las cortesanas les decía que siempre anduvo desnudo, y, para probarlo, remangábase el frac y mostraba un brazo velludo y bronceado, sobre el cual parecía que hubiesen soplado libremente todas las tempestades patagónicas.

  Por si alguna duda les cupiera de su condición india, la disipó con una ocurrencia diabólica. Fue a la Gran Opera y desde un palco de proscenio se puso a mirar a las bailarinas con un catalejo marino, de un metro. Calcúlese la hilaridad de la sala. Al día siguiente, cuando todos los periódicos, con mucho “esprit”, daban la noticia, todo Paris se rió, mientras Jáuregui se reía de todo París.

* * *

   En sus correrías por la gran ciudad dio Julián con Estefanía, una meretriz de mucho rumbo, casi alejandrina en erudición erótica, linda y elegante, de líneas perfectas: una belleza que estaba de moda por habérsela disputado un norteamericano, el rey de las tachuelas, y el heroico D. Manuel de Braganza, que también reina sobre sus propias tachuelas. Aquella competencia pasó. Pero Estefanía estaba destinada a los reyes.

   Ahora le tocaba el de Patagonia. Al pronto, produjo en ella cierto movimiento de instintivo desvío el rostro del mozo criollo, con los dos chirlos que lo cruzaban, dos largas cicatrices, huellas del sufragio universal en las Pampas. Jáuregui la convenció de que aquellas heridas fueron producidas por las flechas de otro rey indio, a quien dio muerte con su lanza. Todo esto, unido a la esplendidez de Julián, a su carácter alegre, a su audacia gaucha y al ímpetu bravío que en todo ponía, convirtió pronto el desvío en adhesión. Las cortesanas, según Anthistenes, desean a sus amantes todos los bienes, menos el juicio y la sabiduría.

  El exotismo de su conquista sedujo, por otra parte, a Estefanía. Aquello la acreditaba de rara, de luciferina, como decía un poeta decadente, que ya había dedicado una oda a la lanza de Jáuregui. Y en todas partes presentaba, ufana y radiante, su conquista, su “patagono”, como ella le llamaba. Hacía elogios hiperbólicos de su indio. Sabía bailar el tango de una manera turbadora y desvanescente, retorciendo todo el cuerpo en giro de espiral; y al levantarla en vilo con la intrusa rodilla, lanzaba exclamaciones en un idioma que, según Estefanía, era muy raro y original, frases patagónicas que ella repetía alborozada: “¡Métale corte y quebrada!” y “¡Déle huasca a la petisa!”

   El poeta de la oda a la lanza afirmaba que en ningún diccionario de lenguas precolombinas existía la significación de estas palabras. Sin duda alguna, se trataba de un lenguaje exclusivamente de la Patagonia.

   Viajaron por playas y casinos; fueron a Niza, Monte Carlo, Trouville, Biarritz, San Sebastián. Jáuregui con esa adhesión que los americanos descendientes de vascos guardan a su raza, visitó, en las montañas de Guipúzcoa, el caserío de su remoto ascendiente.

   Enternecido frente a la humilde vivienda, exclamó: “¡La gran flauta; de aquí salió el loco! ¡Macanudo el vasco! ¡Se largó no más adonde San Juan perdió el poncho!” Luego habló con los Jáureguis que allí quedaban: “¿Qué hacen aquí, amigos? ¿Por qué no se largan, no más, a la Argentina? “Aprétense” el gorro, compadres, y salgan de aquí corriendito, como vendiendo almanaques. ¿Qué flauta van a prosperar entre estas piedras? Siempre andarán lampando en esta misiadura. Lárguense, amigos, como rata por tirante. Imiten al viejo Jáuregui que se mandó mudar hace más de un siglo. En la Patagonia hacen falta vascos tamberos. Vayan allá no más. Yo les daré majadas al tercio, o a medias, ya que son Jáureguis. Yo también soy Jáuregui. ¡Una gran flauta, no se puede con los Jáureguis! Siempre salen adelante, siempre en punta, como los favoritos en las carreras. Pero lárguense, compadres. Allí van a ganar más plata que Anchorena...”

   Apenas le entendieron los del caserío, porque el poco castellano que ellos hablaban no se parecía al que estaban oyendo. Al despedirse les dejó un puñado de luises. “Si se animan .a largarse, aquí están mis señas en Buenos Aires; véanme no más allí, y, como por un canuto, los fleto enseguidita para la Patagonia. Pronto serán platudos; yo se lo garanto.” En el caserío quedó flotante la inquietud emigradora.
— ¿Pero no eres indio? —preguntó Estefanía.
— Indio injerto en vasco. Hace más de un siglo salió de aquí el primer Jáuregui. Allá peleó con el rey de los indios; raptó a la reina y se le fue al humo, por que el vasco no se andaba con macanas. Y desde entonces los Jáuregui somos los reyes, unos reyes indios “mesturaos” con vascos. Yo reino ahora: Julián IV. Vengo a ser el “Henri quatre” de la Patagonia.

  Todas estas trolas, todos estos “bolazos”, vertíalos en un francés bárbaro, mezclado de dichos criollos. La bella y elegante meretriz besó a su “Henri quatre” en las cicatrices. Y salieron lanzando gasolina en dirección a Biarritz. En el automóvil —40 HP— se abrazaron de nuevo, experimentando ella una sensación de brava energía, como si la estrujase toda la tribu patagónica.

   Julián talló en Biarritz con grandes alternativas. Allí conoció a D. Jaime, que apuntaba flojamente. Se trataron como colegas. Cuando tuvieron confianza, le dijo Jáuregui: “Le cedo, mi amigo, la corona de la Patagonia.” No menos guasón, preguntó don Jaime: “¿Con la lista civil?” Jáuregui replicó al punto: “Allí hay que ganársela, compadre.”

   Tuvo una fuerte pérdida, un gran “metejón”. El rey de las tachuelas le ganó cuatro “bancos” seguidos de doscientos mil francos. “Mi hijita —dijo a la ninfa—, el yanqui me ha fundido. Se acabó la farra. Hay que volver al palenque.” Y la invitó a que le acompañara a la Argentina. Si no eran de su gusto aquellas tierras, él mismo se encargaría de reintegrar a París uno de sus más bellos ornatos. Ella aceptó. Un largo viaje, el mar, luego el desierto, los salvajes; quizá llegara a reina de alguna tribu...

   Todo esto encendió la imaginación tartarinesca de la rameruela. Además sentía ya un afecto profundo por aquel “loco lindo”, por aquel indio espléndido, amador brioso, con dulzuras de hombre culto y arranques de tirano selvático, rara mezcla de cualidades a las cuales ríndese amorosa la mujer latina.
Llegaron a Buenos Aires. Y los amigos de Jáuregui diéronse todos a la persecución de Estefanía. “¡Qué macabisa se ha traído de París el loco!” Ante aquel asedio, Julián dijo a la moza: “En París no me importaba nada; pero aquí, ¡mucho ojo!...” Y en su dura mirada apareció el aborigen lancero. Ella se estremeció toda y le abrazó apretadamente. “¡Mi Henri Quatre!... Pocos días después salieron para la estancia.

* * *

Impresión profunda produjo la Patagonia en la fina parisiense. El aire la estremecía, sacudiendo su frágil y delicado cuerpo, hecho a todas las tibiezas de la estufa y del invernáculo. La amplitud de horizontes dejábala alelada y como en constante vahído. Los gauchos, con sus largas melenas y negras barbas, su palidez de ceniza, su aire melancólico, su ‘chiripá” y amplia vestimenta, le parecían la reproducción de la figura doliente del Nazareno. Al tomar mate, de rodillas o sentados en el suelo, se le figuraban redentores en oración sobre el desierto, como escribió a un poeta parisiense, al cual se le encendió al punto el horno de los símbolos, estallando en metáforas disparatadas.

  Una revolución completa se produjo en la naturaleza de Estefanía. Al calarla por las mañanas el rocío sentía por el cuerpo todo, y por el espíritu también, la invasión de una vida nueva, un resurgimiento de la sangre, corrientes vitales llenas de frescura, como pradera en primavera. Le parecía nacer de nuevo, un nacimiento a plenitud de vida. Bajo la llamarada del sol contemplaba el vivir intenso y libre de la naturaleza circunstante, el amor en bramidos y el gozo en relinchos; y allá, por las nubes, abrazos de alas; y abajo, en los grandes lagos, tierno picoteo sobre el rizado de las aguas; y por todas partes, en el espacio y en el suelo, en la fronda y en los trebolares, los jadeos de la creación universal. Y al contacto de aquella vida, del sol ardiente y de los recios aires, se le cayó a la cortesana el polvillo de marfil que cubría su rostro, los afeites engañadores brotando en él los colores naturales y sanguíneos de la juventud. Cosa singular: aprendió a sonrojarse…

   Todos los días la llevaba Julián a correr por el campo en un “tilbury”, cuyos barquinazos la sacudían bruscamente, haciendo saltar ballenas y broches y arrancándola gritos de terror que acababan en carcajadas. Luego, al llegar al lugar de las majadas, poníase Jáuregui a bañar ovejas en los canales de sarnífugo. Trincábalas de las patas y las arrojaba como si fueran plumas. ¡Aquél era un hombre! Lo mismo valsaba a una señorita que domaba un caballo. De pronto salía del canal y echaba a correr tras de Estefanía, con las manos chorreando sarnífugo. Ella ponía el chillido en el cielo, huyendo por el campo. ¡Qué vida aquélla! ¡Qué dulce abandono! Sin zozobras por el porvenir, libre en cuerpo y alma de miserables esclavitudes, de aquella azarosa conquista del pan y la seda.

  En tardes serenas, de cielo desnudo, corrían por los alfalfares, mal vestida y despeinada ella, hecho él un zafio gauchote. Sentábanse en los montones de heno recién cortado, donde el sol hacía hervir el rocío, levantando tibio vaho estimulador, que les hacía palpitar el pulso en las sienes. Tenía ella la cara húmeda, y de sus ojos, ahora serenos, habían huido los brillos de la picardía, de la seducción mercenaria, cambiado su ficticio erotismo por la plácida mirada de una zagala de Virgilio.

  Para divertirla, Jáuregui, como el indio más diestro, boleaba avestruces; desde el caballo, a galope tendido, arrojaba el largo lazo a estas aves corredoras, altas como jirafas. Las boleadoras se enredaban en sus patas, no menos recias que las de los potros indómitos. En sus esfuerzos para zafarse, el gigantesco pájaro ponía a prueba los puños de Jáuregui. En sus encontrados tirones, caballo y avestruz botaban por el campo. Estefanía corría y gritaba: “¡Bravo! ¡Bravo!” Y sentíase vibrante de amor por aquel hombre, por aquel torrente de vitalidad.

   Íbanse luego, con el crepúsculo, a la vieja casa de la estancia. La naciente luna parecía seguirles en el alto cielo, como sigue en sus múltiples direcciones a los caminantes todos de la tierra y, de ola en ola, a los que surcan los mares. La visión de París, en el momento de encenderse en el firmamento patagónico la vasta luminaria estelífera, acudía entonces a la memoria de Estefanía, recordando con horror aquellas horas en que arrojaba al brillante turbión cosmopolita el señuelo de sus gracias. Y rompía a llorar. “¡No me abandones!” Jáuregui respondía: “Henri quatre” es un caballero en la Patagonia y en París.” Sentía la cortesana en tal instante una amargura profunda al no poder presentarse ante aquel hombre como la doncella más pura. “¡Por qué no me conociste antes!” Y gemía hasta ahogarse.

  Después, a estilo de los ingleses, se vestían muy elegantes para cenar solos en el inmenso desierto.
Más tarde, ya acostados, sumidos en el silencio y la serenidad profunda de los campos, acudían dulces ensueños a la mente de Estefanía, sintiendo en su naturaleza, acrecida en sano vigor, anhelos que nunca sintiera, mientras su espíritu, purificado por el más alto ideal, cernía su vuelo con jóvenes alas. Y al abrir, en amaneciendo, los ojos, veía en lejano horizonte, en los arreboles matutinos, en el orto lumínico, entre las ascuas iniciales del sol, otros ojos que, a compás de los suyos, como en el divino poema de Schlegel, se abrían y quedábanse mirándola con mirar inocente y dulce. Abrazábase entonces a Julián que dormía, rendido de la labor campestre, pareciéndole que al lado de aquel varón de inmenso contenido vital, de aquel “loco lindo”, eran despreciables muñecos cuantos hombres conociera en su vida.

   Un día se transformó su rostro; saliéronle unas pecas como hojas de salvado. Tuvo mareos y se le hizo espesa y agria la saliva. Otro día notó... Y se abrazó a Julián con abrazo frenético.
— ¡Ya está hecho el barro!... —dijo Jáuregui, fluctuando entre el disgusto y el contento.
Y agregó:
— Aquí, mi hijita, no es como en París; aquí todo es verdad, vida cruda...

  Han pasado diez años. Por el campo de “La Estefanía” —así se llama ahora la estancia— corre entre los gauchos, montado en un “petizo”, un caballito enano, el gran Napoleón, un niño de hechiceros ojos negros y larga cabellera rubia que el viento ondea.

  Es su hermosura, serena y dulce, expresión feliz de las concepciones del amor. En su cuerpo, airoso y ágil, se confunden la esbeltez materna, el aire alígero del vasco y el brío indio. Una institutriz inglesa y un profesor francés han aumentado la población de la estancia. Napoleón no ha estado aún en Buenos Aires; no ha logrado asaltar todavía el hogar de los jáureguis, donde le repudia la vieja austeridad criolla, herencia castellana, que allí reina. Ya conseguirá un día, con las armas de la gentileza y de la simpatía, dar el asalto. Los viejos se resisten; pero todos los días se habla de la belleza, bondad y despejo que, según cuentan, posee el mocete patagónico.

   Para vencer la resistencia cuenta Napoleón con un poderoso aliado, conseguido sin la asistencia diplomática de ningún Talleyrand; un aliado espontáneo por cuya mente ha cruzado ya la idea de bajar a Buenos Aires y “plantear la doble cuestión”...

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Biografía del autor Francisco Grandmontagne


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