LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
CIRCO EN EL DESIERTO
O EL LATIFUNDISMO EN SURAMÉRICAAcúsome ante el Estado argentino de haber colaborado en la substracción de cuatro leguas de pampa a su patrimonio territorial. Úrgeme declarar, antes de pasar más adelante, que no poseo una pulgada de aquel vasto trozo de pradera. Mi colaboración en este vulgarísimo delito, comúnmente llamado allí “negocio de tierras”, fue gratuita, infantil e inconsciente.
Contaré el episodio sin adorno alguno literario, como una declaración judicial. Y espero que cuantos lean estas líneas con pureza de intención, que es como yo las escribo, verán resplandecer, alba e impoluta, mi inocencia.
BOCHINCHES PULPEROS
Era yo muy joven. Había rodado de pulpería en pulpería como dependiente o copero del gauchaje, presenciando mil broncas y trifulcas, en las que blandían los pendencieros y compadrones sus largos cuchillos, no con el torvo propósito de matar al adversario, sino de marcarle solamente la cara con un chirlo que acreditase al heridor de bravo y hábil en el manejo del “facón”, como llama el gaucho a la faca. A la inversa de los estudiantes alemanes, que cifran su orgullo en ostentar una cicatriz en el propio rostro, el gaucho lo cifra en haber producido el chirlo en el rostro de otro.
Ni en España, ni en su América, es timbre de honor llevar la marca del cuchillo o navaja del contrario. El crédito de braveza para el gaucho no estriba en ser el marcado, sino en ser él marcador. El primero sufre, respecto del segundo, una especie de vasallaje moral perpetuo. Entre los pastores de las pampas, la cicatriz, signo de inferioridad en la pelea, deprime para siempre el ánimo, y ya no puede, sin que se responda con ironías alusivas al chirlo, presumir de bravucón y perdona vidas, “hacer la pata ancha”, como ellos dicen con su plástico y pintoresco modo de expresión.
Estas pendencias y tremolinas gauchas ponían un paréntesis fugaz al hórrido tedio que siempre me produjo la vida tras de un mostrador. Muchas veces, para romper la monotonía, yo mismo provocaba, por medio de cualquier intriguilla inocente, las peloteras del paisanaje, a fin de alimentar la imaginación con los lances de las conflagraciones pulperas, con la confusión y el escándalo, las compadradas, los gritos ultrajantes, el estrépito de las espuelas, el choque de los cuchillos, el revoleo de los ponchos y el terremoto de vasos y botellas. En mi vida comercial he proporcionado mayores utilidades a los fabricantes de vasijas que a mis diversos patronos pulperos.
Pasada la trifulca, partían los gauchos a las lejanas estancias, “chirlados” y abatidos unos, jarifos y jaquetones los indemnes. Al barullo sucedían la quietud, el silencio y la soledad. No llegaba allí el menor eco del rumor del mundo. La oquedad mental y el vacío espiritual dábanme la impresión de tener como suspensa la vida sobre el tiempo intranscurrible. Y el enrejado de hierro que circundaba el mostrador, sirviéndonos de trinchera defensiva contra la trágica clientela que venía a abrevarse de ginebra, caña y “grappa”, causábame el efecto del ergástulo, de una celda férrea, en medio de la amplitud inmensurable de los campos.
Envidiaba entonces la libertad de los “teruterus” y “chimangos” que volaban sobre la pulpería; de los “caranchos”, lechuzas y demás aves noctívagas, posadas y dormidas en los postes de ñandubay del alambrado infinito, esperando la noche, que es el día de sus ojos, para entregarse, con nocturnidad y alevosía, a la caza de sus víctimas; por entre las rejas del mostrador se guía el vuelo de los “chajás”, grandes cuervos que rondaban en torno de la carroña de los “baguales”, indómitos potros que sólo la muerte pudo domar; envidiaba, en fin, la vida de aquellas bandadas de ánades de mil colores, que descendían raudas de las nubes a la inmensa laguna, refocilándose, libres y voluptuosas, entre juncos, algas y espadañas.
Y no pudiendo cambiar mi condición por la de aquellos felices dominadores del aire, la tierra, el agua y las tinieblas, volvía mis ojos al gaucho, envidiando su albedrío y nomadismo, felicidad que no logra la inmigración, amarrada a su codicia.
PACHI Y YO, POBLADORES
Abandoné la pulpería y me convertí en gaucho. Con los pequeños ahorros que tenía adquirí un caballo, enjaezado, aunque pobremente, a la manera gaucha, sustituida la plata del freno, de la coscoja y los estribos, por latón imitativo.
Al cabo de quince días de vagabundaje montado, llegué a la Pampa Central, casi desierta en aquella época. Dos vascos, ya muy acriollados, uno francés y otro español, estaban poblando un campo, y me tomaron para cuidar una “tropilla” o manada de yeguas.
Por lo que después, ya hombre, pude apreciar, estos dos vascos eran grandes técnicos pobladores. El Estado, siguiendo la doctrina de Alberdi, “gobernar es poblar”, concedía vastas extensiones de campo imponiendo ciertas obligaciones: llevar un determinado número de animales, levantar ranchos, hacer pozos para extraer el agua, formar, en fin, una estancia. Cuando el poblador o colonizador afirmaba que había llenado todas las condiciones, la Dirección de Tierras y Colonias enviaba un inspector, y si realmente se había cumplido la ley, otorgábase al concesionario, al poblador, la escritura de propiedad del campo. Ocioso es agregar que la simulación pobladora era muy frecuente, empleándose al efecto los más variados e ingeniosos procedimientos.
El núcleo poblador se componía, como va dicho, de dos vascos, mis patronos, y de un chico de mi edad, Pachi, diminutivo de un diminutivo, de Pachicu, con que los éuskaros traducen el nombre de Francisco. Fuera de estos tres seres, no había alma viviente en cuarenta leguas a la redonda. Pachi, mi compañero (pues lo fue desde el primer instante), guardaba un hatillo de ovejas de áspera pelambrera, cazcarrientas, esmirriadas y galgueñas; ovejas de desierto, casi selváticas. Por su flacura, magrez y espantadiza agilidad, parecían llamas.
Vivían en un campo polvoriento, lleno de médanos, que el pampero (fuerte ventarrón) cambiaba de lugar a cada instante, trasladando en sus alas invisibles los montículos de arena. Después del diluvio universal no debió volver a desprenderse de aquel cielo allí desnudo, puro, azul y translúcido, una gota de lluvia. Tal era en aquella época la sección primera de la Pampa Central, convertida hoy, con sus frescos trebolares y vasto alfalfar, en una verdadera Arcadia.
Cuando los agricultores italianos, años después de lo que voy narrando, descubrieron la proximidad del agua subterránea y lo fácil que era su alumbramiento, el valor de la hectárea de terreno saltó de un peso a trescientos.
Las cuatro leguas estaban cercadas, a la manera americana, por cinco hilos de alambre, sostenidos por postes y varillas de madera. Un cruce de los mismos materiales subdividía el campo en cuatro porciones o potreros de una legua. Y en el centro de cada una habían levantado los pobladores un mísero rancho, compuesto de bardas, palitroques, jaras secas y otra maleza, todo muy ralo y mal avenido, sirviendo de techumbre unas deleznables chapas de cinc acanalado, viejas, roídas y agujereadas por largo uso, también “poblador”, en otros campos del Estado; unos ranchos, en fin, que imitaban muy malamente los nidos de los tordos.
El mejor, o menos malo, era aquel en que vivían los patronos, uno, el vasco francés, permanentemente, y el otro, el español, de tarde en tarde y por breves días, pues se iba a Buenos Aires a ver al tercer socio “poblador”, un doctor, del que hablaban mucho los dos vascos y a quien nunca vimos ni Pachi ni yo. Sólo sabíamos que aquel doctor andaba también “poblando” allá, en la ciudad, en el ministerio de Agricultura y en las oficinas de Tierras y Colonias. “El expediente marcha, porque el doctor no se duerme”, decía el vasco de la vertiente hispánica al de la franca vertiente. Pachi y yo, sin entender jota, nos mirábamos, riéndonos en silencio. Para los muchachos es siempre cómico lo que no se entiende, pues no advierten su falta de comprensión, sino que es absurdo lo que escuchan.
Había en el campo varios pozos anhidros o secos, excepto uno, el inmediato a la vivienda de los patronos, del cual, y en toscos tachos, llevábamos Pachi y yo el agua a nuestro rancho. Las flacas yeguas y las desmirriadas ovejas, connaturalizadas con el hambre y la sed, bebían, cuando podían, en una alberca y tosco pozanco que muy pocas veces lograba llenar de agua la débil acción extractiva de un desvencijado molino de viento, cuyas aspas, por lo fatigadas y maltrechas, parecía que hubieran sufrido largo combate con la lanza de Don Quijote.
Frecuentemente el pampero, el ventarrón, arrancaba las aspas, que volaban largo rato cogidas en el vórtice del seco cinc entre una densa y rauda nube de arena, cuya multitud de granos, al chocar en ellas, producían la impresión de una orquesta en el espacio.
Las yeguas que yo cuidaba eran tan resistentes a la sed como los camellos de la Arabia. Las pobres ovejas eran menos sufridas ante esta necesidad, y constantemente me daba cuenta Pachi de alguna catástrofe producida por dos fuegos combinados: la sed y la sarna. Tendidas iban quedando en la soledad, sirviendo de alimento su carroña a los chimangos y caranchos, aves carnívoras que borraban con su voracidad todo intento poblador.
Nunca en aquel edén vi corderos, poéticos ángeles lanudos, pues el tormento de aquella vida excluía toda voluptuosidad, origen de la continuación de las especies; que el amor, intrépido ante todo obstáculo, jamás pudo vencer a su enemigo mortal: el hambre.
Vaya dicho que Pachi y yo vivíamos en el mismo rancho, durmiendo sobre los aparejos de los caballos: los bastos por almohada; la arena por colchón; los ponchos por cobertura. Precursores, adelantados, “pioners” de la civilización, carecíamos aún de sus atributos más delicados: la cama y las sábanas, que sólo habían llegado al primer rancho del “establecimiento”, al ocupado por el socio poblador que permanecía en el campo.
Bajo el imperio arrollador de las tolvaneras, de los ciclones secos, nuestro fragilísimo rancho crujía como un pequeño bajel abandonado en un océano furibundo. El viento se colaba entre los palitroques gemidores, que al fin se cascaban y venían a darnos en la cara. Pero todo era soportable en la soledad y la noche, menos el batir estruendoso, atormentador, de las latas del techo, que nos daba la impresión de vivir bajo una herrería.
Todo el rancho sonaba con múltiples estridencias y vibrantes arrebatos de sinfonía vagneriana. De pronto volaba el techo, arrancado de cuajo, descubriéndose a nuestros ojos la luminaria estelar del alto cielo, limpio, incorruptible, sin una nube, de azul bruñido, como el acero. Salíamos en busca de las chapas de cinc, y, trepados en el rancho, agarrándonos a los palos para que no nos llevara el aire, volvíamos a colocarlas.
— ¿Seremos indianos algún día, Pachi?...
— Seremos—afirmaba enérgicamente la voz infantil, en medio del formidable zumbido del pampero.Poco trabajo nos daba el cuidado de las cincuenta yeguas chúcaras y doscientas ovejas que constituían el núcleo estéril de la hacienda pobladora. Ellas, igual que nosotros, vivían como podían, dentro de la más perfecta libertad. Pachi y yo pasábamos lo más del día cazando a lazo “martinetas” (perdiz de pampa, mucho mayor que la europea), dándonos con ellas y un poco de pan (galletas), amasado hacía cuatro meses, unos banquetes suculentos. Adaptados al medio con la flexibilidad de los muchachos, vivíamos como dos reyes en su alcázar de palitroques y techo volador...
LA INSPECCIÓN
Una tarde, a punto de anochecer, nos llamó a su rancho el patrón permanente, el vascofrancés, y nos dijo:
— Mañana llegará D. Ignacio (el vascoespañol) con otro señor de Buenos Aires, que viene a inspeccionar el campo y a ver la hacienda. Hay que tener cuidado y no ser lerdos…
— No somos lerdos —dije yo con soberbia salvaje.
—Cállate o te volteo de una “biaba” (sopapo, entre los gauchos). Y oíd bien los dos. Mañana, muy tempranito, traéis las vacas y las ovejas a este potrero, al “casco de la estancia”, para que las vea el inspector, que es un “cajetilla” (señorito) de Buenos Aires. Luego, ligeritos, las arreáis hacia la otra legua; después, a la siguiente, y por último, a la más lejana. Don Ignacio y yo llevaremos al inspector por el camino que bordea el alambrado exterior Iremos despacito y dando algún rodeo para que tengáis tiempo de trasladar la hacienda de una legua a otra. ¿Habéis comprendido? Hay que moverse. Porque no hacéis más que haraganear, corriendo todo el día tras de las martinetas. Si no sale bien la operación, ¡gran flauta! Ya podéis largaros a la Patagonia; que no vuelva yo a veros por aquí. Otra cosa: llevaréis las ovejas y las yeguas lo más arribita posible en cada legua; de manera que, desde abajo, desde el camino, las vea el inspector, sin que note que son las mismas. Vosotros os ocultaréis entre los médanos y .los pajonales. No hacerme alguna macana, porque os degüello a los dos. ¡Atorrantes! Quiere uno hacerlos hombres, y no sirven ni para tacos de escopeta. ¡Gran flauta que los tiró de las patas! (alusión a la partera). ¿Habéis comprendido bien?...—Yo ya sé cómo se hace —dijo Pachi, que llevaba más tiempo con los vascos, “poblando” otros campos.
—Pues éste —dirigiéndose a mí— no tiene más que seguirte. Ahora a vuestro rancho, y, al amanecer, aquí. Largo...Nunca sorprendí una palabra blanda y cordial en aquel agauchado vascofrancés, a quien la codicia de tierra americana endurecía el corazón para tratar a dos chicos desvalidos.
Todo salió a maravilla. El inspector vio las yeguas y las ovejas, y hasta hizo elogios de su buen estado, manifestándose de acuerdo con los informes que en la oficina de Tierras y Colonias suministrara el doctor, quien sólo conocía el campo por el plano clavado en la pared de su bufete, en Buenos Aires.
Mientras los vascos pobladores y el inspector devoraban en el rancho un asado con cuero, que el francés preparó con maestría gaucha, Pachi y yo trasladamos las yeguas y las ovejas al otro sector del campo, a la otra legua, y después a la siguiente. Desde el extremo del alambrado exterior, los vascos mostraban, en la lejanía, cuatro veces los mismos animales en cuatro leguas distintas. Fue aquello una función de circo en el desierto. Ignoro si el inspector fue engañado o aparentó dejarse engañar. Mi experiencia posterior me hizo suponer que esto sólo debía saberlo el doctor.
Lo cierto es que Pachi y yo cumplimos como dos perfectos pobladores. Sus doscientas ovejas se convirtieron en ochocientas, a pesar de su esterilidad, y en doscientas mis cincuenta yeguas. Esta multiplicación se produjo en el informe del inspector, como en la Biblia la de los panes y los peces. No he de olvidar un cumplido elogio al selvático ganado, por la ligereza con que corría de legua en legua, como si conociera el procedimiento poblador. Parecía que quisiese suplir la falta de descendencia haciéndose presente en cuatro puntos distintos casi simultáneamente.
Pocas semanas después oíamos Pachi y yo comentar a los vascos una carta del doctor. En ella se hablaba de “escrituración definitiva”. Los pobladores estaban muy contentos. Por fin eran dueños del campo, de aquellas cuatro leguas, que un día, al extenderse los ferrocarriles y llegar de Italia fuertes contingentes de inmigración agrícola, valdrían una gran fortuna.
Al mes de obtener la escritura de propiedad, trasladábamos las yeguas y las ovejas a otras cuatro leguas de la misma zona, quedando las anteriores sin animal viviente, ni más rastros de ensayo poblador que algunos esqueletos. También llevamos las chapas de cinc y los palitroques, el maderamen básico de los palacios.
Yo abandoné pronto la nueva empresa, cambiando la poesía pobladora por la prosa literaria, mucho menos lucrativa.
* * *
Han pasado más de cuarenta años. Al embarcarme en Buenos Aires en mi último tornaviaje, recibí de la Pampa Central un cariñoso y gratísimo telegrama de despedida de D. Francisco Zorraquieta, de mi antiguo compañero Pachi, el cual tiene allí una estancia de diez leguas con diez mil vacas. Yo me alegro mucho de su buena y merecida suerte.
De los dos discípulos de aquellos pobladores, sólo uno ha salido bueno. Mucho mejor que yo aprovechó Pachi las lecciones de nuestros duros patronos. Y también él, a su tiempo, fue un experto poblador, superando a los mismos maestros, que —ya se ha visto— no eran mancos.
Pachi obtuvo del generoso Estado una vasta extensión pampera, sometida a las obligaciones ya apuntadas, que él cumplió con la ayuda de otros dos gauchitos como nosotros, con el apoyo de otro doctor tramitador del expediente en Buenos Aires y con el propicio informe de un inspector que ya en el bufete del abogado había podido contemplar, sobre el plano de la concesión, la “lozanía” del ganado y el rápido progreso poblador. La visita de inspección al campo confirmó con exceso esta anticipada visión del funcionario, ante cuya vista gorda pasaron, multiplicados, los mismos animales.
Pachi y el inspector “churrasquearon” después amigablemente y recordaron al doctor, haciendo un cumplido elogio de su talento forense y de su notoria diligencia para activar la marcha y solución favorable de los expedientes estancados en las oficinas de Tierras y Colonias.
Lograda la “escrituración definitiva”, anhelo vehemente de todos los concesionarios, mi amigo Pachi, ahora don Francisco Zorraquieta, trabajó de firme durante largos años, transformando el polvoriento campo, con la germinación de las gramillas que él arrojó, en una soberbia pradera, en un alfalfar infinito. Sus copiosos rebaños y vacunas manadas, por medio un lento y constante proceso de refinación, han llegado a la más alta calidad, superando a todo cuanto vive y pace en las dilatadas planicies de la Pampa Central.
Un magnífico parque de eucaliptos, plantado por Pachi en su juventud, rodea el chalet de la estancia. He ahí un potentado, un nuevo rey de la Pampa. Mucho debe a su propio esfuerzo y tesón; pero no debe menos a la República Argentina, que, generosamente, repartió sus tierras fiscales entre los hombres fuertes llegados de todos los puntos de la rosa de los vientos.
Volver al Índice - Próximo Capítulo