LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XVIEL ÉXODO DE LOS «CASHEROS»
En castellano, según el léxico oficial, caserío es el “conjunto de casas de una población o en el campo”. En el país vasco es todo lo contrario: una casa sola, aislada en las estribaciones y laderas pirenaicas. Para calificar estas moradas rurales existe también la palabra castellana correspondiente: “casería”; pero los vascos no emplean el sustantivo femenino, sino el masculino, y dicen el caserío. La Academia se empeña en que se diga “casería”. Vano empeño. Siempre es difícil vencer las formas expresivas de un pueblo, así como cualquier modalidad de otro género.
Y la dificultad se torna más ardua cuando se trata de un pueblo tan tesonero y poco académico como el vasco. Así, pues, la Academia perderá su pleito; no se dirá nunca “casería”, sino “caserío”. Las Academias, en todas partes, después de terquear con el pueblo acaban por sancionar el uso, adoptando los vocablos de la multitud, verdadera creadora del lenguaje.
Al habitante o dueño del “caserío”, los vascos le llaman “cashero”, con h, para diferenciarle del propietario urbano. Con el mismo fin, la Prensa vascongada escribe “cashero”. Si se dijese y escribiera “casería”, como quiere la Academia, nos faltaría el sustantivo masculino para determinar el dueño de esta propiedad solitaria.
En resumen: aquí, en Vasconia, nos entendemos llamando casero al que tiene casas en la ciudad, y “cashero”, al labrador que vive en una aislada casa de estas montañas.
En Bilbao, al “cashero” le suelen llamar “jebo”, término que envuelve concepto de sagacidad y marrullería. Ignoro el origen de este bilbainismo. Quizá “jebo” sea una forma abreviada de jebuseo, individuo de un pueblo bíblico, de Jebus, convertido luego en Jerusalén. No le aseguro, pues repito que desconozco la formación del irónico término con que los habitantes de Bilbao califican a los labriegos de Vizcaya.
La h de “cashero” será objeto de un eterno pleito ortográfico. Nunca consentirá la Academia su inclusión en el léxico oficial; pero esta sabia y venerable institución puede estar segura de que esa h, como las pirámides de Egipto, perdurará hasta la consumación de los siglos.
Hincada por los vascos en su lenguaje familiar, no hay Academia que la deshinque. Además, debe vivir, porque llena una misión diferencial: la existente, en fin, entre “cashero” y casero.
Y ahora, establecida la posibilidad de entendernos con el lector no vasco —pues para los vascos esta explicación resulta innecesaria—, entremos en el asunto objeto de este ligero ensayo.
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Las caserías pirenaicas se despueblan rápidamente. Los “casheros emprenden próximos y lejanos éxodos, ya hacia las ciudades y fábricas de la región, o bien rumbo a los lejanos países de ultramar.
El fenómeno está admirablemente descrito en el informe elevado al ministerio de Trabajo por D. Vicente Laffite, comisario regio y ex presidente de la Diputación de Guipúzcoa.
Pocos hombres hay en España mejor preparados en materias agrarias e industrias rurales. Más de treinta obras —libros, folletos, monografías— justifican el prestigio del Sr. Laffite en todo el país vasco, que le considera como uno de los principales propulsores de su prosperidad agrícola y pastoril.
En cualquier otra nación, donde los hombres que dirigen el Estado tienen ante todo atenta la mirada hacia las actividades eficaces, dondequiera que ellas surjan, ya los servicios científicos del Sr. Laffite hubieran salido del limitado radio de una provincia para ser utilizados en el conjunto del progreso agrario nacional.
En el fondo, el buen gobierno radica en la selección técnica, en el empleo de los más aptos, de los mejores gestores del negocio público.
En la región vascongada no existe el latifundio, como en Andalucía y Extremadura, ni el minifundio, como en Galicia. “La propiedad rural —dice Laffite— está muy dividida, pero no tanto que sea inevitable la concentración parcelaria.” El cultivo es intensivo, asociado a la ganadería y otras pequeñas industrias granjeras.
La razón de que entre los vascos no se haya producido el minifundio, o angustioso problema de la propiedad insuficiente, radica en permanecer siempre indiviso el caserío, trasmitiéndose de los padres al hijo mayor.
La vinculación de la propiedad en el primogénito, o en el “hijo para casa”, como se dice en el lenguaje rural vasco, procede de las leyes forales. Al desaparecer éstas ha quedado la costumbre, que tiene más fuerza que la ley general.
Por lo que toca a Navarra, el principio es más absoluto, pues allí se mantiene la libertad de testar, suponiendo que nadie mejor que el padre conoce las inclinaciones y aptitudes de los hijos y cuál de ellos es el más capaz de mantener la integridad del patrimonio familiar.
El “hijo para casa” no está exento de obligaciones morales y económicas con relación a los demás hermanos. El padre impone al heredero las cargas correspondientes para resarcir a los demás hijos. Las hermanas, mientras sean solteras, tienen derecho a permanecer en el caserío. Tampoco están obligados a salir los varones que quieran continuar célibes.
El objeto, en suma, es que el caserío no se divida ni pase a manos extrañas. Los notarios de la región procuran acoplar o cohonestar la costumbre con las exigencias del Código civil.
Idéntico régimen impera en el país vascofrancés. El Comité de Retour a la Terre ha propuesto “que el Estado aliente o estimule el sistema sucesorial de la repartición anticipada, conservando las tierras en poder de uno de los hijos y facilitando las compensaciones a los demás herederos por préstamos a un interés muy reducido, concedidos con este fin al que debe continuar la explotación del patrimonio familiar”.
Como entre los moradores de la Vasconia española, trátase en la francesa de evitar la destrucción de la unidad del caserío, el fraccionamiento de la propiedad rural.
Otra obligación original contrae en Guipúzcoa el heredero. Cuando uno de los hermanos que se fue a América vuelve derrotado, pobre o enfermo, el “cashero” debe hospedarle y mantenerle, cargar, en fin, con el indiano fracasado.
El caso se produce muy raramente, pues el “baserri” emigrante no suele verse vencido en América hasta ese extremo. Y en todo caso, prefiere sucumbir en las pampas antes que retornar a ser parásito de su hermano el “cashero”, que, dicho sea de paso, no se distingue por su ternura con los débiles o infortunados miembros de la familia. Es frecuente que vuelva derrotado de América el hijo de las ciudades, el señorito y el bachiller de San Sebastián y Bilbao; pero no el aldeano, el hombre de la montaña, el “baserri”, que volverá triunfante o no volverá nunca.
De los 272.000 habitantes que cuenta Guipúzcoa, 14.733 son propietarios rurales. La sensación de bienestar que ofrece la comarca débese, por tanto, a la ausencia del latifundismo y de minifundismo. La propiedad no es excesiva, ni tampoco insuficiente. Pero a pesar de esta excelente distribución y del derecho consuetudinario, las montañas vascas se despueblan. En un período de tiempo relativamente corto, sólo en Guipúzcoa han quedado desocupados, sin habitantes, totalmente abandonados, seiscientos caseríos, y, según el jefe de miqueletes coronel Churruca, faltan brazos en doscientos noventa y siete. Ambos datos constituyen la revelación de un éxodo alarmante.
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Los dos focos de atracción del elemento rural son las fábricas establecidas en los pueblos de la comarca y, sobre todo, América, que ejerce entre los “baserris” una sugestión avasalladora. Los señuelos del éxodo son múltiples y poderosos.
En el levantamiento de la moderna y bellísima ciudad de San Sebastián, por ejemplo, ha intervenido el capital de procedencia americana, de la Argentina y Méjico especialmente, en una proporción de 70 por 100.
En todos.1os pueblos de la región se ven “chalets”, villas o palacetes de indianos, que constituyen una propaganda permanente para los países ultramarinos, un motivo eficacísimo de fomento emigratorio.
Los “casheros” viven alucinados por estas opulencias, grandes y chicas. Los que eran como ellos, corren ahora en automóvil, echándoles el humo a las narices o asustando a sus gallinas. Oyen hablar de estancias que son más grandes que esta provincia; de miles de vacas, frente a las cuatro que ellos poseen; de rebaños inmensos de ovejas, se comparan con su pequeño y desmirriado hatillo.
Luego establecen mentalmente un parangón con los indianos, sintetizando así su juicio: “Estos no tenían más “escuela” que nosotros. ¿Cómo han hecho, pues?” Y la idea de emigrar comienza a germinar en sus cerebros.
La razón de que el vasco, el “baserri”, triunfe, por regla general, en los campos de América, convirtiéndose rápidamente en gran terrateniente y estanciero, se debe ante todo a que el aislamiento del caserío en que forma su espíritu le fortalece y abroquela contra la depresión moral que produce la soledad de las pampas, depresión que no puede soportar el mozo que sale de los grandes centros urbanos europeos. Este se queda en Buenos Aires, entre la luminaria, los teatros, cafés, y demás seducciones de la gran ciudad.
Al vasco “cashero” no le interesan estos relumbrones y sigue viaje al desierto; él quiere tierra y vacas, no luces, ni músicas, ni rumores y engañosos brillos de urbe multitudinosa. Además, como no entiende “la castilla”, contempla todo aquel barullo con la misma indiferencia con que un oso pasaría por un sarao.
Del caserío a la pampa sólo supone para el “baserri” un cambio de soledad. El aislamiento en estas moradas dispersas por las vertientes pirenaicas es la mejor preparación espiritual para adaptarse luego a las vastas y silenciosas planicies americanas. Es una adaptación sin esfuerzo alguno.
Todos los hombres a quienes no agobia ni acoquina la vida solitaria tienen mucho adelantado para lograr fortuna en los campos argentinos. A este tipo de vasco montañés, que aquí, en el Pirineo, convive con el cuervo, no le extraña luego la compañía del “carancho” y del “chajá”. Los campos de pastoreo de los absentistas caen pronto en manos de estos fuertes solitarios.
Por eso se ve constantemente en la Argentina, sobre todo en el Sur, donde más se ha desenvuelto la ganadería, que allá lejos, en la línea en que termina el avance progresivo de la civilización, hay siempre, centinela de ella, un vasco, un “baserri”, transformado en “puestero” o gaucho pastor con ganado propio. Después irá el inglés con la locomotora; pero ya la tierra, la estancia en formación, está en las firmes manos del inmigrante éuskaro.
Las grandes dinastías de terratenientes en Suramérica tienen por fundador un vasco “cashero”. Basta evocar los apellidos de la alta burguesía argentina Anchorena, Unzué, Álzaga, Lezama, Zubiaurre y otros poderosos ganaderos. La iniciación de estas grandes fortunas fue obra de un “baserri”, no muy remoto, que nunca tembló ante la soledad, porque en ella nació, se crió y formó su carácter, El caserío es la mejor escuela formativa del futuro estanciero…
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