LOS INMIGRANTES PRÓSPEROS
Francisco Grandmontagne - (1866 - 1936)
Capítulo XXVIICÓMO ERA MIGUEL CANÉ
El autor de estas líneas vivía, casi a la intemperie, en un cuarto, zaquizamí o cuchitril, situado en el fondo de un “conventillo” (casa de vecindad), en la calle de Rivadavia, frente al mercado y plaza Lorca.
La avenida de Mayo no era todavía más que una ilusión municipal. El cuartucho, por ser el último de aquel cuartel civil, rentaba muy poco: seis pesos. Me habían subido uno el mes anterior, de cinco a seis, perturbando seriamente mis finanzas, Los otros palacios, múltiples y seguidos en dos líneas fronteras, los ocupaban gentes pudientes: peones, barrenderos y ayudantes de los matarifes del mercado.
A mi desmantelado y mísero habitáculo no alcanzaban las losas del patio, quedando enclavado en la tierra; cuando llovía, daba un brinco desde la última baldosa al umbral para librarme del bache, y entraba enjuto y limpio en mi alcázar.
Mi ajuar era digno de un heredero de Carabasa, el primer banquero del país en aquella época; se componía de un catre de tijera y una silla de paja, con una de las patas inválida, sostenida, a manera de ortopedia, con unas cuerdas anudadas; sobre esta silla arrojaba el traje (no era de levita) al acostarme; en el asiento, algunos libros, a la rústica, de filosofía, ediciones muy baratas, generalmente regaladas por alguien que carecía de afición a los líos mentales; varios periódicos y revistas, el “Martín Fierro” y los dos “Fausto”, el de Goethe y el de Anastasio el Pollo, sobre los cuales gustaba hacer reflexiones comparativas y ciertas exégesis, que acaso algún día publique tal como surgieron en mi cerebro infantil, ansioso de saber y ayuno todavía de cultura.
La empresa era ardua; había que buscar el doble pan: el del espíritu y el del cuerpo. Pero el país es generoso y, al fin, lo dió todo, en medida superior a los merecimientos del buscador. Entretanto, fatigado de lecturas desordenadas y del ajetreo del día tras del parvo condumio, el pobre diablo dormía como un ángel en su catre, bajo la sumaria cobija de una par da manta de soldado, y reclinaba la testa de futuro autodidacto sobre una mullida almohada de hojas de maíz.
El cuarto era de tablas viejas y techo de cinc en canaleta, todo ello muy sonoro cuando el pampero barría el patio, penetrando como por una tobera. Como el consuelo se funda en una serie de comparaciones favorables, yo hallaba el mío en el recuerdo del tonel de Diógenes, mansión algo más estrecha aún que la mía.
Careciendo de toda cosa que guardar, los armarios no me restaban espacio. El lavatorio era el grifo del patio, adonde acudía a embellecerme, siempre que la batea no estuviese ocupada por las doncellas de mis convecinos. ¡Qué tiempos aquellos! En fin, vivía como un rey…
* * *
Yo soñaba con ser alguien un día más o menos remoto. Un hombre con un apellido tan magnamente orográfico no podía permanecer desconocido, siendo el último de un patio de conventillo.
Leía sin descanso ni orden el tiempo que me dejaban los afanes más urgentes de ganarme la vida. No perdía uno solo de los trabajos periodísticos que publicaban los escritores en boga: Lucio López, Groussac, el general Mansilla, García Merou, Ramos Mejía y otros no menos brillantes Pero mi autor favorito en aquellos años de mocedad era Miguel Cané. La soltura, amenidad y transparencia de su prosa me encantaban. Y el dejo melancólico, con mezcla de suave ironía, producía en mi espíritu una indecible sugestión.
Debo a una definición de Cané acerca del estilo, la pauta que yo he aspirado para el mío. Esta definición la dió en una carta a García Merou: “El estilo ha de tener la marcha ligera del francés y la sonora riqueza del español.”
Han pasado más de cuarenta años y no lo he olvidado. Sus artículos desde Europa constituían un modelo de corresponsal literario, sabiendo relacionar, en certeros y sutiles parangones, los fenómenos sociales europeos y los americanos. Tampoco lo he olvidado.
Otro motivo de honda simpatía eran sus crónicas relativas a España, cuya historia conocía tan a fondo. A él debo las primeras nociones sobre los grandes anales hispánicos, “película de gran metraje”, como ha dicho Ortega y Gasset.
Excelente amigo de España, por comprensión, como deben ser los amigos, era Miguel Cané. “Juvenilia”, que leí varias veces, me hacía saltar de gozo en el catre. Pero su libro para mí dilecto es “En viaje”, donde describe la vida centroamericana, llena de languidez y de ingenio, con sus dos ocupaciones fundamentales: el verso y el tresillo.
Estos ensayos y las correspondencias que forman el volumen “Notas e Impresiones”, aparecidas en La Prensa, pueden servir de paradigma y arquetipo de la crónica viajera, en que se aúnan la visión de conjunto, fundamental, y la observación pintoresca y reveladora del vasto campo de las costumbres de un pueblo.
* * *
A estos recuerdos, puramente literarios, he de agregar hoy uno de carácter personal que pinta de cuerpo entero al inolvidable escritor. Con admirarle tanto, el primer artículo que escribí, mi estreno como literato, fue haciendo la crítica de otro de Cané. La irreverencia tiene la disculpa de mis pocos años.
Un día leo un artículo suyo titulado “Tucumana”. Está recopilado en las tres ediciones de “Prosa ligera”, la de 1903 (conservo un ejemplar dedicado por él, que honra mi biblioteca), la de 1916 y la de 1919, de la Cultura Argentina. En este artículo decía Cané: “¿Dónde, dónde están los criados viejos y fieles que entreví en los primeros años en la casa de mis padres? ¿Dónde aquellos esclavos emancipados que nos trataban como a pequeños príncipes; dónde sus hijos, nacidos hombres libres, criados a nuestro lado, llevando nuestro nombre de familia, compañeros de juego en la infancia, viendo la vida recta por delante, sin más preocupación que servir bien y fielmente? El movimiento de las ideas, la influencia de las ciudades, la fluctuación de las fortunas y la desaparición de los viejos y sólidos hogares ha hecho cambiar todo eso. Hoy nos sirve un sirviente europeo que nos roba, que se viste mejor que nosotros y que recuerda su calidad de hombre libre apenas se le mira con rigor. Pero en las provincias del interior, sobre todo en las campañas, quedan aún rastros vigorosos de la vieja vida patriarcal de antaño, no tan mala como se piensa...”
Me incorporé en el catre, tomé unas cuartillas y, con una sintaxis que produciría dentera al lector, comencé a contestar. La argumentación tenía esta base: Al señor Cané le contraría que los inmigrantes que llegan a la Argentina, sin más bienes de fortuna que los caminos y las estrellas, se tornen al poco tiempo altivos y soberbios. El secreto de este súbito cambio radica en las oportunidades que les ofrece el país de saltar de proletarios a propietarios, oportunidades que nunca tuvieron en la vieja Europa. La raíz de toda libertad es económica. Quien nada tiene ni nada puede adquirir, nunca será libre. El carácter se yergue a medida que- se va adquiriendo propiedad. La grandeza de América, señor Cané, reside en dar soberbia a los que, en otros medios sociales y económicos más estrechos, jamás pudieron tenerla. El criado morirá criado; aquí puede elevarse a estanciero. (Al escribir esto tenía la ilusión de que el catre se había convertido en una gran estancia.) América dejará de ser América cuando los cambios de fortuna sean tan difíciles como en Europa. Los más desventurados mantienen aquí siempre la esperanza. Otros “hemos” pasado ya felizmente de la esperanza a la realidad. (Estas son las palabras más audaces que he escrito en mi vida.)
Pero con la esperanza, en el espíritu, o con la realidad entre las manos, el país ofrece a todo el mundo una felicidad ilusoria o efectiva, levanta el carácter y da orgullo y altivez. No puede desconocerlo el señor Cané. Y debe sentirse orgulloso de pertenecer a un país en que todo el mundo pueda marchar igualmente erguido, sea inmigrante o sea chino.
Terminaba así: en este palenque social no hay clases.
Tal era, por lo que puedo recordar, la síntesis de la réplica, escrita en una prosa detestable. Exponía otras consideraciones, muy mancas de forma, aunque no tanto de fondo. Metí en un sobre las cuartillas y las envié a un diario, sin esperanza alguna de que se publicasen.
Mi sorpresa fue enorme al verlas insertas al día siguiente. Releí el artículo cien veces y contemplé la firma más de mil. Pero me quedé un poco intranquilo. ¿Qué haría conmigo don Miguel Cané?
* * *
Una mañana, a los dos días, hallándome en el catre, golpean en la puerta del cuarto.
“Adelante” —digo, y entra un señor muy elegante y apuesto, de grandes bigotes plateados y grave continente.
— ¿Es usted Francisco Grandmontagne?
— Sí, señor.
— Pues yo soy Miguel Cané.
Me encogí en el catre. ¡Me mata! ¡Ha llegado mi última hora! Aumentaba esta terrible aprensión el hecho de empezar a sacarse los guantes. Para contenerle, le dije:
— Perdone usted la osadía...
— Nada de eso; tranquilícese; la opinión es libre. Vengo a conversar un momento no más. Supongo que eso de Grandmontagne es un seudónimo...
— No, señor; es mi apellido.
— Pues lleva usted encima una gran carga... ¿Es usted francés?
— No, señor, español, hijo de francés, de vascofrancés y de vascoespañola. No lo parece, por lo pequeño y flaco.
— Ya veo que ocupa usted poco sitio en el catre. Su apellido, comparado con su personalidad física, resulta un poco paradojal.
— Mis padres eran muy modestos y, al crearme, tuvieron la previsión de que no abusara del espacio...
Don Miguel tuvo una sonrisa animadora. Y entonces, ya tranquilo, me apresuré a retirar las “pilchas”, el trajecillo, de la silla, y arrojarlo sobre el catre, ofreciéndole asiento.
— Tenga cuidado, señor, porque la pata de la silla está medio quebrada. Supongo que resistirán las cuerdas. Perdone usted que le reciba en esta forma. Mejor hubiera sido que me citara usted en su casa.
— Pero usted no hubiera acudido.
— Probablemente, no.
— ¿Y cómo dice usted en su artículo que ha pasado de la esperanza a la realidad, indicando una situación boyante?
— Ha sido una broma a costa mía y, por lo visto, a costa de usted también. Perdone usted. No vea usted en el artículo más que una chiquillada imprudente. Yo le admiro a usted mucho. Perdóneme...
— Nada de eso. ¿Cuántos años tiene usted?
— Diecisiete, para dieciocho. Acabo de llegar al país.
— ¿Qué lee usted? Veo aquí libros de filosofía. ¿Cuál es el filósofo que más le gusta a usted?
— Schopenhauer.
— ¿Pero, amigo! ¡Tan joven y tan pesimista!
— Lo que más nos gusta leer es aquello que alguna relación tiene con lo que los demás le han hecho a uno sufrir.
— ¿De manera que usted cree que todos los hombres son malos?
—No, señor. Algunos hay buenos. Usted es uno de ellos al venir a verme a este cuarto.
Me pareció que la emoción le empañaba un poquito la voz.
—Yo no creí que vivía usted en un conventillo...
—Pero lo vio usted al entrar en el patio, y pudo volverse.
— Bueno, bueno... ¡ca...rancho! Pues su artículo de réplica —y a eso he venido— está muy bien de concepto. No escribe usted aún correctamente, pero piensa usted con tino. El escribir bien carece de importancia; se consigue con la práctica. El dominio del lenguaje es una cuestión de paciencia y estudio. La literatura tiene mucho de oficio. Lo que no se aprende es a pensar de una manera original. Lo que Natura no da, Salamanca no presta, dicen los clásicos de su tierra. ¿Pero cómo ha podido usted advertir, de recién llegado no más, que América da altivez y soberbia?
— Porque he visto la facilidad de adquisición que aquí encuentra todo el mundo. Y el carácter independiente surge de poder bastarse a sí mismo.
— Pues en usted no parece que sea mucha esa facilidad. ¿Se basta usted a sí mismo?
— Sí, señor, ahora, y espero que siempre.
— A usted no le ha hecho orgulloso América. Venía ya…
— Lo soy en el buen sentido, señor.
— Sí, sí, amigo, comprendido. Pero decía usted antes que para mantener el orgullo es necesario que haya facilidad de adquisición.
— Hay orgullos que se mantienen de sí mismos.
— Bueno, amigo —dijo, levantándose—: si en algo puedo servirle...
— Muchas gracias. Lo único que deseo es que me disculpe por haberme atrevido, sin preparación suficiente, a rebatir su artículo. Son osadías de la juventud.
— No tengo por qué disculparle. Al contrario, le felicito, porque sus reflexiones son acertadas. Y como veo que la literatura será su carrera definitiva, le deseo en ella toda clase de triunfos. Aquí tiene usted mi tarjeta con la dirección de mi casa. Vaya a verme. ¿Quiere que le recomiende a las revistas?
— Gracias, don Miguel. Si valgo, ya me buscarán, y si no valgo será inútil que yo busque.
Se despidió sonriente y, dándome su mano.
— Adiós, amiguito.
— Adiós, maestro.
Su protección fue efectiva. Y tuvo para mí la forma más halagadora. En sus conversaciones con los directores de diarios y revistas, hacía siempre de mis articulejos los comentarios más favorables. Su gran autoridad literaria me sirvió de amparo constante en aquellos duros tiempos. Mi gratitud durará cuanto dure mi vida. Así era Cané.
* * *
Pasaron muchos años. Una tarde, en la rambla de madera de Mar del Plata, me tomó del brazo y...
— ¿Se acuerda usted de aquella lejana entrevista?
— Mucho. Siempre. Gracias, don Miguel…