Españoles


Inicio de Pampa Gringa - Pueblos y Ciudades

Presentación
Investigación y recopilación de
María Gonzalez Rouco


‘Veníamos del pueblo que dio la variedad más grande de genio en términos humanos’, escribió Eduardo Mallea. Y agregó: ‘mas eso era anterior a nosotros y por lo tanto diferente’. Aquel pueblo era, en realidad, un mosaico unido bajo una misma bandera y por un mismo futuro en común, y así, con su misma riqueza y diversidad, vino a nuestro suelo y nos dio un origen de pluralidad”.

“Desde los tiempos del virreinato hubo, aquí, españoles de todas las regiones, sin distinción. Y junto a los criollos de la nueva tierra, empezaron a organizar –con el aporte indígena y el de otros pueblos- lo que es hoy nuestro país”.

“Mucho antes de la independencia, los españoles introdujeron los primeros ejemplares de ganado caballar (1536), ovino (1550) y bovino (1553). Este último se reprodujo en forma inesperada, a punto tal que, al fin del Virreinato superaba los seis millones y medio de cabezas. Ya por esa época, había grandes estancieros de origen español, como los Ezeiza, con campos en Entre Ríos, los López de Osornio (estancia “Rincón del Salado”) y los Miguens (estancia “Las Víboras”) afincados en la Provincia de Buenos Aires, o los Toledo, los Alvarado, los Arenales y los Güemes, arraigados en Salta”.

Entre 1857 y 1909, después de un período de escasa relación, llegaron a nuestro suelo 882.271 españoles”.

En 1866 llegaron a Rosario, José y Manuel Arijón, que fueron empresarios y colonizadores: Manuel fundó el pueblo de Saladillo. Un año después, falleció Esteban Rams, que había sido explorador de los ríos Salado y Dulce, director del primer ferrocarril argentino, destacado hombre de empresa y colonizador también”.

“Una figura excepcional es la de Carlos Casado del Alisal, que fundó la Colonia La Candelaria, de la cual salió, en 1878, la primera exportación de trigo del país. En menos de veinte años, La Candelaria llegó a 3000 habitantes. En 1883, Casado construyó el Ferrocarril del Oeste Santafesino, uniendo La Candelaria con Rosario, su puerto de exportación cerealera. También estuvo ligado a la fundación de Casilda y a la colonización del Chaco”.

   En la Provincia de Santa Fe, en las afueras de Rosario, “Nueva España” fue colonia hortícola; también hubo colonos españoles –de regiones diversas- en San Carlos (Santa Fe), en Urquiza (Entre Ríos) y en otras colonias agrícolas del resto del país. Españoles fueron pioneros de Río Gallegos, Comodoro Rivadavia, Colonia José de San Martín y en la Península Valdés”.

“Los gallegos y los catalanes se radicaron, en general, en la ciudad.

  Los meridionales, en Mendoza, Río Negro y Entre Ríos, dedicándose, principalmente al trabajo rural en las plantaciones.

  Los valencianos fueron a Corrientes y a Misiones.

  Los asturianos se instalaron en las provincias andinas, en el noroeste de nuestro país.

  Los andaluces se dedicaron, mayormente, a la horticultura.

  Arana, Aguirre, Irigoyen, Elortondo, Iraola, Anchorena, Urquiza, Alzaga, Atucha, Elizalde, Ezcurra, Gorostiaga, Casares, Uribelarrea, Azcuénaga, Udaondo, Olazábal, Madariaga, Guerrico, Anasagasti: son todos apellidos españoles de origen vasco, ligados a la historia del campo argentino. Los vascos, legendario y antiquísimo pueblo de Europa, se dedicaron a nuestro campo con empeño singular, como ganaderos, tamberos y fruticultores. La figura del vasco tambero integra nuestra más pura tradición nacional”.

Canals fue uno de quienes más impulsaron el progreso de Rosario. Otros españoles contribuyeron al crecimiento de los viñedos mendocinos y sanjuaninos. Español era el origen de los fundadores de “La Martona”, creada en 1900 por la familia Casares. Ocho años después, un grupo de tamberos de procedencia evidente, fundó otra compañía láctea: “La Vascongada”. Y en ese mismo año, “La Cantábrica”, inició el rumbo que la llevara a la fabricación de maquinaria agrícola con la que sembró todo el país”.

“Aquella variedad genial española de que hablaba Mallea, retoñó en nuestra Patria. A lo largo y a lo ancho de nuestro campo, hubo peninsulares que se hicieron argentinos mientras labraban la tierra, criaban ganado, sembraban frutales o cereal y organizaron su vínculo fraternal, cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria y agrandaron nuestro patrimonio espiritual” (1).

  Gabriel Báñez, en su novela Virgen, afirma que la protagonista “Había llegado a un país de tanos y gallegos y de rusos y turcos, y todo lo que no entrara en el "dos por cuatro" de esa conclusión elemental era una rareza de apellido pero nunca de nacionalidad” (2).

“A todos los italianos se los incluirá en “la categoría ‘tano’ –señalan Alvarez y Pinotti-; del mismo modo que a los españoles se los llamará unánimemente ‘gallegos’, a todo aquel que venga del Imperio Otomano ‘turco’ y actualmente, ‘bolita’ designa a todo el que venga del área andina, sea boliviano, peruano, ecuatoriano, o simplemente jujeño. Este uso de rótulo sirve para homogeneizar la diversidad apabullante y de paso descalificar el ‘Otro’ ” (3).

“La urbe no consigue absorber del todo el aluvión tumultoso que avanza desde el puerto –afirma Luis Ordaz-, y si bien el inmigrante se va incorporando al medio que habita e integra, éste (el medio) se conforma, asimismo, con dicha participación e incidencia. El inmigrante se adapta o no, pero, a la vez, impone un nuevo sentido a las cosas y hasta las nombra y condimenta con vocablos y giros que componen una nueva jerga de frontera.

  Italianos y españoles, particularmente, pero también ‘turcos’, polacos, ‘rusos’ (judíos de variadas procedencias), animan una población pintoresca por el enfrentamiento, habitualmente apacible y sin prejuicios de ninguna índole, de todas las nacionalidades, razas y credos. Todo esto resalta, de manera natural, en el ‘sainete porteño’ ” (4).

Aurora Alonso de Rocha destaca que “La voz del pueblo –voz del cielo- llamó gallegos a todos los españoles inmigrantes y gringos a los otros extranjeros. De ese modo dejaba dos mensajes para el futuro: primero, que los españoles no eran extranjeros comunes; eran, sí, los ‘otros’, pero los otros del idioma común y la tradición que ya formaba parte y sustento de lo criollo, y segundo, que los gallegos habían sido, entre los españoles, los más en número y los más conspicuos.

  ¿Qué nos mueve a hacer el esfuerzo de reconstruir pueblo por pueblo, grupo por grupo, el fenómeno inmigratorio? Porque fue el más significativo del siglo pasado y determinante del presente siglo, porque vivimos en comunidades migratorias, porque nos reconocemos en nuestras singularidades nacionales y en la amalgama irrepetible que somos los argentinos. También porque buscamos, racionalmente, las raíces que sentimos en el corazón” (5).

Notas
1. S/F: Para todos los hombres del mundo que quieran habitar suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
2. Báñez, Gabriel: Virgen. Buenos Aires, Sudamericana, 1998.
3. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: op.cit.
4. Ordaz, Luis: “Armando Discépolo o el ‘grotesco criollo’ “, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
5. Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.


En testimonios

Andaluces

"En la Argentina el espiritismo fue introducido entre 1869 ó 1870 -no se ha precisado exactamente el año- por un inmigrante español llamado Justo de Espada. Según Cosme Marino, espiritista de la primera hora y renombrado periodista, primer director de "La Prensa" y autor de varias obras bibliográficas (Bases para la Formación de un Partido Liberal, Las Primeras Golondrinas, etc.) el citado de Espada, fue un malagueño que: "Trajo consigo al espiritismo, cuya doctrina preocupaba entonces al elemento liberal y progresista que mediante la revolución del '68 se había extendido en España entre los intelectuales más avanzados''. (3)

   De Espada consiguió al cabo de un tiempo reunir a cierto número de amigos que coincidían con él, formando una sociedad de experimentación cuyas sesiones tenían lugar en los altos de la farmacia de Arizabalo (situada frente a la iglesia de San Nicolás -Corrientes esquina Carlos Pellegrini). Esa fue la primera sociedad de tal carácter que se constituyó en Buenos Aires; también la primera del país" (1).

   En “Los Fernández invaden Argentina”, José Luis Entrala Fernández recuerda, entre otros antepasados, a un maestro inmigrante: Antonio Fernández Osuna nació el 25 de febrero de 1841 en Encinas Reales (...) había salido del hogar paterno, para graduarse como maestro de enseñanza primaria tras unos estudios que probablemente haría en una Escuela privada de Maestros de Antequera y revalidaría en la Escuela Normal de Magisterio de Granada, o en la de Málaga. Antonio ejerció su profesión en Antequera, pueblo grande y rico en la provincia de Málaga.

  No hemos conseguido, hasta ahora, saber que clase de actividad desarrolló aunque lo más corriente en aquellos años era que los maestros impartieran clases en su propia casa. Seguramente Antonio trabajó así pero no podemos descartar que fuera profesor en alguna Escuela antequerana. Lo que sí sabemos es que se casó, apenas cumplidos los 20 años, con una sevillana de Gilena conocida por Gracia Hidalgo Cisneros (...) Gracia y Antonio pusieron casa en la Antequera de 1861 (...)

  No hay unanimidad de criterios sobre la economía de los Fernández Hidalgo pero no podemos ignorar que los sueldos de los maestros en aquellos años apenas llegaban para ir alimentando y vistiendo a la creciente prole que llenaba la casa (...) Seguían viviendo en Antequera hasta que la menor, Carmen, cumplió los 15 años.

  Fue entonces cuando desde Argentina se pidieron maestros españoles para trabajar "en la campiña" de la provincia de Santa Fe, con contratos por tres años y un sueldo de 60 pesos mensuales cuyo valor adquisitivo no acierto a fijar. Pero debía ser bastante porque Antonio, que ya tenía 48 años y cinco hijos en casa (todos menos la mayor, Pepa, ya casada, y Fernando, fallecido en la infancia) no dudó en emigrar hacia el Dorado que entonces representaba la Argentina para los españoles.

  Antonio, Gracia y sus cinco hijos se embarcaron en el trasatlántico “Provence” seguramente en Gibraltar, aunque la travesía se había originado en Barcelona, y se marcharon para no volver jamás a la Madre Patria. (...)

  En Argentina hacían falta maestros para enseñar en los pueblos. La ley de Educación Común de 1884, mediante la cual el gobierno de Juárez Celman quiso elevar el nivel de la enseñanza primaria en el país, había concluido su primera fase con la construcción de numerosas escuelas en pequeños núcleos rurales de todo el territorio argentino. Y entonces surgió un grave problema por la falta de maestros que las regentaran.

   Los escasos titulados de nacionalidad argentina no querían dejar las grandes ciudades. Así que el gobernador de la provincia de Santa Fe, Manuel Gálvez, cortó por lo sano y resolvió contratar 60 maestros trayéndolos de España por razones de "idioma, raza y religión".

  Para ello se constituyó en Madrid una comisión encargada de buscar candidatos que, eso si, debían superar una larga serie de requisitos tales como "celo por su trabajo, cumplimiento del deber, cumplimiento de la Fe Católica y resultados comprobados de eficiencia en la labor docente”. Antonio, cumplía todos los requisitos con su larga experiencia antequerana, y fue uno de los 60 seleccionados que viajaron entre febrero y junio de 1889. Concretamente llegó a tierras argentinas el 7 de abril de 1889 para incorporarse a la escuela de San Carlos Centro, pueblo muy cercano a Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de su nombre donde tomó posesión el 13 de abril del mismo año.

  En el Archivo General de la provincia de Santa Fe (página 202 del “Registro Oficial de la Provincia de Santa Fe”) se guarda el “decreto sobre varios nombramientos escolares” con la cita expresa de Antonio Fernandez Osuna como “profesor de la graduada de varones de San Carlos Centro”.

  Está firmado, por el gobernador Gálvez y por Juan M. Caffarata, el 7 de junio de 1889 pero con efectos retroactivos desde el anterior 13 de abril. Esto significa que Antonio comenzó a trabajar y a generar sus 60 pesos mensuales de sueldo seis días después de su llegada a tierras de América. (...)  El Colegio Rural de San Carlos Centro se abrió el 23 de septiembre de 1873 y Antonio Fernández Osuna fue contratado como maestro titular 16 años más tarde. (...) Cuando se cumplieron los tres años del contrato Antonio decidió volar por su cuenta y se trasladó a la cercana Santa Fe donde para ganarse la vida impartiendo clases particulares a la flor y nata de la sociedad local. Se instaló con la familia en una casa de la santafesina calle Buenos Aires, entre la 25 de Mayo y San Martín (...)

  Antonio Fernández Osuna y su familia vivieron en Santa Fe desde abril de 1892 y una fecha indeterminada de 1894. Tampoco sabemos cómo le fueron las cosas con las clases particulares pero lo más probable es que la situación no estuviera muy desahogada porque Antonio optó por un nuevo traslado, esta vez a Buenos Aires. No sabemos cómo pero consiguió un empleo en el Ministerio de Economía, en calidad de inspector de Rentas Internas (algo así como lo que en España se llama inspector de Hacienda).

  (...) tanto Antonio como la mayor parte de sus hijos, mejoraron en todos los sentidos, gracias a la decisión de emigrar. Hay documentación que nos permite fijar a la familia en el año 1894 viviendo desahogadamente en Buenos Aires, en la calle Pasco número 24. Todos menos Concepción, que se había quedado con su Bartolomé Martina, procreando hijos en San Carlos Centro.

  De la vida y la muerte del inspector Antonio poco o nada sabemos. Solamente conocemos dos datos. Que en 1922 seguía en Buenos Aires con sus 81 años cumplidos en una buena casa de dos plantas en la calle Belgrano, y que tuvo la mala suerte de caerse al subir a un tranvía justo el día que había ganado 12.000 pesos en la lotería y corría alborozado a su casa para anunciar la buena nueva a su mujer Gracia. Dicen que entre la caída y la edad Antonio falleció dejando su nueva Patria argentina sembrada de hijos y nietos. No sabemos la fecha exacta pero debió ser en el año 1923”.

Manuel de Falla nació en Cádiz en 1876. Fue “pianista y compositor. Protagonista del nacionalismo musical español, obtuvo el Primer Premio de Piano en 1899. (...) Incursionó en el mundo de la zarzuela y estrenó Los amores de la Inés (1902). En 1904 comenzó a trabajar con el escritor Carlos Fernández Shaw en la ópera La vida breve, que le valió el premio de la Academia de Bellas Artes (1905).

  En 1907 viajó a París, donde se vinculó con Paul Dukas, Claude Debussy y su compatriota Isaac Albéniz. Los cuatro conformaron una tertulia que alentó el tránsito del romanticismo al impresionismo musical. Establecido en Francia, comienza a trabajar en Siete canciones populares españolas (1912).

  La Primera Guerra Mundial lo obligó, en 1914, a retornar a España. Allí compuso la música para ballet El amor brujo (1915), El retablo de Maese Pedro (1922) y muchas otras piezas.

   Su último trabajo fue La Atlántida, que quedó inconcluso y fue finalizado por un discípulo suyo después de su muerte. En 1939, al terminar la Guerra Civil Española, se radicó en la Argentina, donde se convirtió en un referente para numerosos músicos argentinos, como Alberto Ginastera, interesado en plasmar una música clásica de raíz nacional” (2). Falleció en Córdoba en 1946. En un artículo, Claudio Ratier recuerda una anécdota relacionada con los últimos días de vida del músico (3); en otro, se conmemoran los sesenta años de su llegada (4).

   El editor Antonio Zamora nació en Andalucía en 1896; falleció en Buenos Aires en 1976. Escribe Roberto Romero que Zamora “Cincuenta años de actividad editorial -hasta un libro por día en la época de mayor producción literaria- estuvieron matizados con cárcel y exilio, un signo distintivo de quienes emprendieron la única lucha posible sin las armas: la de las ideas. Tan intensa como su producción editorial fue su vida sentimental, con tres matrimonios y cinco hijos. Antonio Zamora falleció en Buenos Aires el 5 de septiembre de 1976 a los 80 años. En el sepelio, Elías Castelnuovo, su gran amigo durante seis décadas, se despedía con estas palabras del editor y militante socialista: "...pasarán muchos hombres, se harán muchas obras, pero lo que hizo Antonio Zamora a favor de la cultura del país, eso no pasará jamás’ (5).

   
Francisco Ayala nació en Granada en 1906. “Desde muy joven se destacó como novelista y cuentista. En 1939 se exilió a Argentina, donde fundó la revista Realidad. Después pasó a México, Puerto Rico y E.E.U.U. Fue profesor de sociología en varias universidades. En sus obras, Ayala plasma su experiencia e ideología personales, cierto tono irónico y escéptico y una fluida narración” (6).

  En la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, en abril de 1992, Su Majestad el Rey de España expresó lo siguiente: “Nunca consideró el exilio Francisco Ayala como un destino cultural. Para él, la creación desarrollada en aquellos tiempos pertenece a la integridad de la cultura española, y posee con la que se siguió haciendo dentro de nuestras fronteras el rasgo unificador del uso común del idioma castellano. Ayala ha puesto así el acento en una cultura no diferenciada, sino enriquecida por los hechos históricos” (7).

  Rafael Alberti nació en Puerto de Santa María, Cádiz, en 1902; falleció en su tierra en 1999. Perla Rotzait relata que, en la Argentina, “la vida no era fácil económicamente para los Alberti. María Teresa no podía trabajar en la radio, la televisión, el teatro ni el cine, por ‘roja’, a pesar de su amistad con Delia Garcés, quien había interpretado una película con un guión escrito por María Teresa.

  Pese a todas esas prohibiciones, trataba de ganarse la vida con su ingenio y capacidad. En esos momentos difíciles, Luis Peralta Ramos le rogaba –así es la amistad- que le vendiera algún ícono u otro objeto que ellos habían traído de algún viaje” (8).

   De esta época es La arboleda perdida, autobiografía de Alberti, en la que escribe: “Y ahora, esta afiebrada tarde del 18 de noviembre de 1954, en mi cercado jardinillo de la calle Las Heras, bajo dos florecientes estrellas federales, el mareante aroma de un magnolio vecino, cuatro pobres rosales, martirizados por las hormigas, y el apretado verde de una enamorada del muro, doy comienzo a este segundo libro de mis memorias”. Y luego, en julio de 1959: “no sé, pero hay algo en mi país que ya tambalea, y entre nosotros, los desterrados españoles, circulan vientos que nos cantan la canción del retorno” (9).

   Luis Alberto Quesada "Nació en Buenos Aires en 1919. Su familia era de Málaga. Sus padres contrajeron matrimonio en Buenos Aires a donde había emigrado la familia de su madre en busca de trabajo. Su padre había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga y fue compañero de Picasso. En Buenos Aires estuvo trabajando como profesor de dibujo, pero no se adaptaba bien a la vida aquí y regresó con su mujer a España instalándose en Madrid. Luis Alberto era el menor de cinco hermanos. Su padre, de tendencias progresistas, pero sin militancia política ni religiosa, los inscribió en el colegio protestante "El Porvenir" de Madrid, una escuela mixta cuyos profesores eran republicanos. Vivían en el barrio de Cuatro Caminos.

   En 1935 Luis Alberto era miembro de las Juventudes Comunistas. El inicio de la guerra truncó su decisión de iniciar estudios de perito agrícola. Militó en las Juventudes Socialistas Unificadas y tuvo responsabilidades políticas en el ejército republicano. Al final de la guerra se exilió a Francia pasando por varios campos de concentración.

    Al estallar la segunda guerra mundial formaba parte de una Compañía de Trabajadores que fue llevada a la frontera con Bélgica para trabajar en las fortificaciones de la línea Maginot. Tras el inicio de la ofensiva alemana contra Francia, huyó en bicicleta hacia el sur llegando a Burdeos. Aquí contrajo matrimonio con Asunción Allué. Nada más nacer su hijo pasó a España.

   Al cabo de pocos meses fue detenido. Conoció las cárceles de General Porlier, Carabanchel, Alcalá de Henares y Burgos, donde permaneció trece años desplegando una gran actividad reivindicativa y cultural. En 1959 fue puesto en libertad y el gobierno le expulsó de España conmutada la pena de cadena perpetua por la de extrañamiento perpetuo. Se instaló en Buenos Aires donde desarrolló desde entonces una intensa actividad en pro de la libertad de España. Es autor de varios libros de cuentos y poemas" (10).

   El escribió que, al asumir Franco, "El éxodo de los españoles es casi general. Ha llegado la paz. 'Ha estallado la paz', como se dirá entre el pueblo. Las caravanas pasan la frontera francesa, los hombres huyen al monte para no ser asesinados... Más de diez mil campos de concentración se abren. Cientos y cientos de cárceles habilitadas" (11).

  Manuel García Ferré nació en Almería en 1929. “Llegó a nuestro país a los 17 años, dejando atrás los sinsabores de la Guerra Civil en su España natal. En Buenos Aires combinó sus estudios de arquitectura con la creación publicitaria, hasta que, en 1952, logró su primer éxito: Pi-pío, personaje adoptado por la revista Billiken. Desde entonces se dedicó de lleno a los dibujos animados.

  En 1959 formó su propia empresa de publicidad, con la que realizó más de 800 comerciales, entre ellos Los gatitos de lanas San Andrés, ganador del primer Martín Fierro otorgado a una animación. (...)

  En 1964, García Ferré creó uno de sus más relevantes éxitos: la revista Anteojito. Dirigida al público infantil, se pobló de personajes de singular genialidad, como Calculín y Petete. Fue el inicio de una labor editorial dedicada a los niños, que incluyó la publicación de clásicos de la literatura hispanoamericana y gran cantidad de material didáctico. Dejó de publicarse en enero de 2002. La labor cinematográfica de García Ferré se inició en 1973 (...) En 1999 se estrenó Manuelita, una recreación del personaje de María Elena Walsh. Pantriste es, hasta ahora, el último personaje de García Ferré y principal protagonista de su película Corazón, las aventuras de Pantriste (2000), donde reaparecen muchas de sus primeras creaciones” (12).

   A criterio de Ignacio Gutiérrez Zaldívar, “La tradición marinista en el Arte de los Argentinos tiene tres nombres que son hitos fundamentales: Eduardo De Martino, marino y pintor italiano, Justo Lynch y Oscar Vaz. Tres generaciones sucesivas que se transmitieron una a otra sus conocimientos y que esgrimieron con orgullo su vinculación de maestro a alumno. Hijo de inmigrantes andaluces, Oscar Vaz nació en Barracas el 10 de octubre de 1909. Recorrió los muelles desde niño, acompañando a su padre en su tarea de despachante de aduana, y así comenzó su amor por el Riachuelo” (13).

   Eladia Blázquez agradece que sus padres hayan sido tan amplios de criterio, aunque su formación terminó siendo autodidacta: “En mi casa aprendí a ser libre. Mis padres eran españoles, él obrero y ella ama de casa. Podían haber sido muy cerrados pero no. Vieron pronto que tenían una hija artista, desde que me dieron el primer juguete musical: tuve mis xilofones, mis pianitos, que venían con la escala completa y afinada. Y no me obligaban a sentarme a comer si prefería encerrarme a hacer música. (...) Mis padres, dentro de sus humildes medios, me pusieron profesores de música que al poco tiempo aconsejaban: ‘Déjenla, déjenla cantar y tocar sola, tiene algo innato’ (14).

   En "Un recuerdo a Eladia" escribe Antonio Rodríguez Villar:
"Había nacido «en un barrio donde el lujo era un albur», allá en Avellaneda. Por eso, siempre, tenía «el corazón mirando al Sur». Como el Gordo Troilo -de quien era muy amigo y se tenían una gran admiración mutua- nunca dejó su barrio. Lo sentía y allí tenía calados sus afectos primeros a los que convocaba para pensar, para estar con familiares, para recordar sus raíces.

   Su madre era de Granada y su padre de Salamanca, dos ciudades mágicas de nuestra España. Cuando nos reuníamos con Eladia, siempre nos acordábamos de aquella copla del poeta mexicano Antonio de Icaza: «Dale limosna mujer,/ que no hay en la vida nada,/ como la pena de ser,/ ciego en Granada».

   Eladia era una excelente intérprete. Sus grabaciones lo atestiguan. Pero prefería componer, «Si el oficio de cantar es hermoso porque permite la comunicación directa y rápida, -decía-, mucho más lo es el de la creación. Esa condición sin tiempo, esa fuga de la realidad, ese transmutarse en miles y miles de seres que piensan y sienten como nosotros, y que esperan encontrar en nuestro leguaje el idioma de su sensibilidad». Y vaya si dominó esa sensibilidad creativa.

   Fue autodidacta, si bien una mujer finamente culta. Ella misma decía que había sido muy mala alumna y que terminó el ciclo primario a los ponchazos. «Después, -comentaba-, traté de cultivar la lectura, las amistades y mis propias experiencias para suplir en parte esa falta de información. Por lo tanto, -agregaba con cierta sorna-, si no escribo mejor no es porque no sé es porque no puedo».

   Era alegre, vivaz, sarcástica, con un finísimo sentido del humor y de la ironía. Pero también era retraída. Quiso estar siempre distante del halago, quizá por tener que sobrellevar una gran timidez, la timidez del talento que sabe que todo es perfectible. Quienes no la conocían bien, podían pensar que era callada o distante. Nada de eso. En reuniones pequeñas, -las que prefería-, era una castañuela: graciosa, alegre, ocurrente, simpática, mordaz, burlona. Surgían allí, como una avalancha incontenible, todos sus ancestros andaluces" (15).

   El dibujante Quino nació en Mendoza en 1932. Es “nieto de una comunista militante e hijo de republicanos exiliados”. Acerca de sus mayores, expresó: “Mi abuela era una militante que vendía los bonos del partido. Mi padre no quería que lo hiciera. Y se armaban unas trifulcas terribles en mi casa. Cuando era niño, escuchaba radios de Moscú y de Pekín. Pero también admiraba a Bing Crosby y estaba enamorado de Mirtha Legrand. Yo tenía diez años. (...) Nací en Mendoza en una familia andaluza, en un barrio donde el panadero era español, el verdulero, italiano, el otro comerciante, libanés. A los primeros argentinos los conocí en la escuela. Todos mis parientes eran españoles. Desde chico tuve una visión muy amplia. Quizás por eso a Mafalda la quieren tanto en tantas culturas distintas. (...) Honestamente me siento más cerca de un campesino del Mediterráneo que de un indio del Altiplano. Yo sé que decir esto no cae bien, pero es la verdad. Quisiera estar más atado a las raíces del lugar donde nací” (16).

   En otra entrevista, dijo: “Yo me lo pasaba jugando, matando cucarachas y hormigas y sin ningún contacto con la Mendoza de afuera. Así fue que llegué a la escuela primaria hablando en anadaluz, con conflictos expresivos y de comunicación. Supongo que eso me hizo elegir el dibujo como medio de expresarme” (17).

   En 2005 recibió el título de Caballero de la Orden de Isabel la Católica y fue declarado ciudadano ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

   Ana María Bovo menciona a su familia de allende el mar como una influencia decisiva en su carrera. Recuerda a su abuelo Francisco, andaluz de Almería, como “un extraordinario conversador, que me enseñó a decir con gracia y humor; pero al mismo tiempo a saber escuchar; comprender que las cosas tienen un tiempo y que en un diálogo hay que saber respetar el tiempo del otro”.

  Se refiere asimismo a una tía: “En Andalucía, conocí a una prima de mi madre, mi tía Ana María (igual que yo), otra narradora fabulosa, casi iletrada; había ido a la escuela sólo durante tres semanas. Muy querida, la gente del pueblo decía de ella que era graciosita como ninguna, fina como los corales, que los mayores llegaban hasta su reja en busca de consuelo y oraciones, y los chicos, de coplas y chascarrillos”. Esta experiencia fue también muy importante para ella: “Me maravilló poder unir el mundo de la literatura de la memoria de aquellos que dicen bonito, aunque no sepan leer, con el mundo que yo había aprendido con estudio y lecturas” (18).

   En El tango en su etapa de música prohibida, escribe Juan Sebastián Tallón: “En los años 5, 6, 7 y 8, ‘El Cívico’, que transitaba de los veinticinco a los veintiocho de su edad, vivía en la pieza número 15 de El Sarandí, conventillo situado en la calle epónima, entre Constitución y Cochabamba. Su profesión consistía en la explotación de su mujer, ‘La Moreira’, y en la pesca y tráfico comercial, al contado, de pupilas nuevas. El era de ascendencia italiana meridional (albaneses); ella, hija de andaluces gitanos” (19).

   Una andaluza se presenta en casa de Horacio Quiroga. Escriben Ezequiel Adamovsky y Gustavo Bombini: “Bastó con ver su aspecto, para que la andaluza que se había acercado a la casa de Vicente López, en busca de empleo, huyera despavorida. Al abrirse la puerta, había visto a un hombre descalzo, vestido con un overol manchado de grasa, con abundante barba y cabellera negras, ojos celestes e inquietantes, muy flaco y de baja estatura. Contra lo que la andaluza y nosotros mismos pudiéramos pensar, contra la imagen habitual del ‘escritor prestigioso’, quien apareció allí era Horacio Quiroga” (20).

“Huérfano de padre y madre, Alberto Rodríguez Gallego y González de Mendoza –léase Alberto de Mendoza- fue criado en España. Su abuela lo recibió en Huelva a los cinco años: doña Isidra era una mujer severa, y trató de encarrilar a su nieto, ya de purrete proclive al callejeo.

  Lo primero que hizo fue anotarlo en la escuela de los escolapios, famosos por su mano dura. No resultó o resultó a medias, cuenta el actor. Le iba bien en literatura, pero las ciencias exactas eran para él un tormento. ‘Me mandé mil cagadas en el colegio, pero lo peor fue una vez que mi abuela me agarró in fraganti –relata nostalgioso-. Resulta que yo tenía muy malas notas en álgebra y una tarde mi abuela me obligó a estudiar la materia. Pasaban las horas y yo, con el libro abierto. Ella iba y venía, y yo seguía concentrado. Le dio por desconfiar: me agarró distraido y con el bastón tiró el libro. Cuando se cayó, vio que tenía escondida una revista pornográfica, encima una de monjas y curas... Me pegó una cachetada tan grande que me puse a llorar. Me dijo: No llore, quedan muchos años para llorar. Tenía razón... Era una gran mujer que murió durante la Guerra Civil. La tengo siempre presente, en la cabeza y en la mesita de luz. Cuando me acuesto, o cuando me subo a un avión, digo: Abuela, protegéme. Y lo hace' ” (21).

   La decisión de una inmigrante fue fundamental en la historia de los Prebble argentinos. Cuenta Carlos Prebble: “Mi tatarabuelo Charles Prebble vino a la Argentina en el siglo XIX para trabajar en el ferrocarril. Le fue tan bien, que cuando volvió a Escocia hizo edificar una mansión a la que llamó ‘Temperley’, en homenaje al barrio en el que había vivido. Su hijo Edwin vino años después a trabajar él también en los ferrocarriles. Se casó con una andaluza, y tuvo tres hijos. Edwin murió joven. Entonces, Charles Prebble ofreció a su nuera costear el viaje de ella y los tres hijos del matrimonio, para que los niños se educaran en la tierra de su padre, a expensas del abuelo. Ella no aceptó, y así fue como los Prebble se quedaron en la nueva tierra”.

   Horacio Spinetto se refiere a un español paragüero y sus descendientes: “En Talcahuano al 900 funciona la paragüería "Al Ambar". Horacio Ricci trabaja con exquisitez, ya sea cambiando empuñaduras o reparando las telas. El sabe que su negocio forma parte de la historia de la ciudad, y que además el es uno de los últimos paragüeros de Buenos Aires, situación que lo enorgullece, pese a que el oficio dejó de ser lucrativo hace rato. Horacio es la tercera generación al frente del local.

  En una nota publicada en la revista "Caras y Caretas" del 4 de noviembre de 1933, Félix Lima, su autor, al referirse a don Ildefonso Rodríguez Campos lo distingue como "el bastonero mayor de Buenos Aires". Ildefonso había llegado desde su Cádiz natal, en 1890, el año de la Revolución Radical, traía consigo un torno a pedal. Al poco tiempo abrió "Al Ambar" en un local de Uruguay 770.

  Por aquí pasaron personajes de la talla de Hipólito Yrigoyen, Elpidio González, Benito Villanueva, Marcelo T. de Alvear y Carlos Saavedra Lamas, entre muchos otros. El negocio se mudó primero al 744 y luego al 361 de la misma calle Uruguay. "Todos señores muy de llevar bastón", decía Estela Rodríguez de Ricci, hija de Ildefonso y madre de Horacio. La especialidad de Ildefonso era el ámbar, ya fuera en puños de bastón, boquillas, pipas cuyas cazoletas representaban cabezas de viejos marinos, sirenas y leones a la manera de mascarones de proa. Con el tiempo el rubro principal fue el de los bastones, que se producían artesanalmente, ya fueran de java, amouret, lapacho, palo santo, virapitá, laurel, guindo, coligüe y ébano, a veces con puño de carey o marfil. El Príncipe de Gales se llevó, admirado por su calidad, tres bastones con puño de madera forrado en cuero de chancho. Poco después se sumaría el rubro de los paraguas y las sombrillas, que terminaron siendo los protagonistas. En 1946 "Al Ambar" se mudó al local anterior, de Talcahuano al 1000. Entre la clientela destacamos a Ignacio Corsini, Angelina Pagano, Santiago Gómez Cou, Niní Marshall, Arturo García Buhr, Zully Moreno y Delia Garcés.  Los  110  años  de  vida  de "Al Ambar" forman parte de la memoria porteña, mientras espera cumplir muchos más” (22).

Notas
1 Bra, Gerardo: "Sectas. Los extraños caminos hacia el infinito", en www.magicasruinas.com.ar.
2 Varios autores: Enciclopedia visual de la Argentina. Buenos Aires, Clarín, 2002.
3 Ratier, Claudio: “Una prueba de inmortalidad”, en La Nación Revista, 16 de abril de 2000.
4 S/F: “Un amor desembrujado”, en La Prensa, Buenos Aires, 10 de octubre de 1999.
5 Romero, Roberto D.: “Cultura sexual y física” "De eso sí se habla". Publicado en: Historia de Revistas Argentinas. Tomo III. AAER en www.learevistas.com.
6 S/F: Enciclopedia Clarín. Buenos Aires, Visor, 1999.
7 Rey Juan Carlos de España “Palabras de SM El Rey”, en www.terra.cultura.es. Premios Cervantes.
8 Barón Supervielle, Odile: “Alberti en Buenos Aires”, en La Nación, Buenos Aires, 9 de diciembre de 2002.
10 Alberti, Rafael: La arboleda perdida. Barcelona, Bruguera, 1980.
11 BIOGRAFIAS DE EXILIADOS, en Fuente Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos (AEMIC) - Nº 6 / 2000. Reproducido en http://www.exiliados.org/paginas/Conservar_memoria/Biografias_Q.htm
12 Quesada, Luis Alberto: "Prólogo", en Marcos Ana, López Pacheco y Luis Alberto Quesada: España a 3 voces. Buenos Aires, Ediciones La Rosa Blindada, 1964. 212 páginas. Grabados de José Ortega. Colección de poesía dirigida por Carlos Alberto Brocato y José Luis Mangieri.
13 Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Oscar Vaz (1909-1987). Catálogo de la muestra efectuada en Zurbarán en diciembre de 2005.
14 Madrazo, Cecilia: “Eladia Blázquez: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
15 Rodríguez Villar, Antonio: "Un recuerdo a Eladia", en http://www.todotango.com/Spanish/biblioteca/cronicas/cronica_eladia.asp.
16 Reinoso, Susana: “Quino: ‘ Los adultos están arruinando a los chicos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 7 de diciembre de 2003.
17 Amato, Alberto: “Justo a él le tocó ser Quino”. Fotos EFE, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004.
18 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Ana María Bovo. ‘El poder de los sin poder’ “, en La Nación, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
19 Tallón, Juan Sebastián: El tango en su etapa de música prohibida, citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
20 Adamovsky, Ezequiel y Bombini, Gustavo: Para noche de insomnio. Textos de Horacio Quiroga. Buenos Aires, Libros del Quirquincho, 1991.
21 Heller, Diego: “Pobre mi nona querida”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López.
22 Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El Paragüero y el Bastonero”, en www.dgpatrimonio.buienosaires. gov.ar.


Asturianos

   Pedro Fernández, asturiano de diecinueve años embarcado ilegalmente en La Coruña hacia la Argentina en 1899, escribe en su diario: “dieron a cada viajero un plato de loza y un tarrito también de la misma materia, juntamente con un tenedor y una cuchara. Cada uno iba a buscar su comida en el plato, la cual era bastante buena consistiendo en carne de buey y de cerdo, patatas, garbanzos, arroz, habas, bacalao y algunas otras sustancias alimenticias bien condimentadas por un viejo y divertido cocinero español; ¡y que apretones llevábamos cuando íbamos a buscarla! con dos horas de anticipación ya la mayor parte de nosotros provistos del servicio de mesa que nos habían dado rodeábamos la cocina cuando apenas había principiado a hervir la comida y antes de principiar a repartirla cada uno empujaba a los demás para llegar primero al caldero que contenía el rancho; ¡cuántos con el apuro se quemaban las manos viéndose por este motivo a tirar con plato y comida! Los que como a mí no les gustaba el pan comíamos el primer plato a toda prisa no haciendo caso aunque la comida de tan caliente como estaba llevase consigo pedazos de piel del paladar o de la garganta pues nada se sentía con tal que llegásemos al reenganche, como allí se decía cuando se volvía por otro plato de comida” (1).

  Narciso Ibañez Menta se radicó en la Argentina entre 1931 y 1963. José Martínez Suárez manifestó acerca del asturiano: “El fue un maestro de actores y nuestra amistad nació cuando los dos trabajábamos para los estudios Lumiton. Pero sólo en 1976 pude tener el gusto y la honra de dirigirlo. Fue en la película ‘Los muchachos de antes no usaban arsénico’, una producción que me brindó enormes satisfacciones y en cuyo rodaje comprobé el talento, la exigencia profesional y la calidez que poseía Narciso. Nuestra fraternal amistad prosiguió a través de cartas y llamadas telefónicas. Sin duda, con Ibáñez Menta se fue un grande, una figura insustituible de la pantalla del teatro y la televisión” (2).

   Por evadir el reclutamiento vinieron los tres hermanos asturianos Fernández Montes, enviados por su madre, quien quedó en España con sus otros hijos. Nicanor Fernández Montes, nacido en Loredo, “llegó a Buenos Aires en el Capolonio, un barco ya casi legendario, que también fue tema de un tango”. Su hija, Angela, cuenta que viajó en barco a la Patagonia, luego de un tiempo en el Hotel de Inmigrantes: “en una travesía marcada por olas de veinte metros... (...) Su primer destino fue Río Gallegos, donde no había ni veinte casas, y de ahí lo mandaron de puestero a una estancia. (...) En la Patagonia no había nada de lo que él sabía hacer, de modo que tuvo que improvisar, como todos los integrantes de una sociedad pionera. (...) Una vez, llegó a estar catorce meses solo en un puesto... catorce meses.... Desayunaba, comía, merendaba y cenaba cordero... no había otra cosa; lo notable es que le gustaba”.

“Yo viajé a España –cuenta Pepe Fernández Balado, hijo del inmigrante y hermano de Angela- porque sentía que tenía que recuperar algo que se me escapaba, que se me había escapado en la infancia. (...) yo nací en el ’46 y en el ’50 y tantos, había un horario en el que la radio no se podía tocar: la hora de la audición española... y yo reconozco todas las canciones de esa época, como si fuera un español más. Es más, cuando viví en España, con un español, hacíamos competencias, él empezaba un pasodoble, yo lo seguía y así... y él no podía creer que yo me hubiera criado en Argentina...”
(3).

   Fueron asturianos los padres de Niní Marshall. Escribe Jorge Göttling: “El humor es siempre una salida honorable. Lo supo desde siempre, acaso lo intuyó aquella Marina Esther Traverso, nacida en Caballito hace justo un siglo, sexta hija de un matrimonio asturiano de primera inmigración. Por fatalismo y por elección, fue una chica de barrio. Tertulias de canto y baile son coro y escenario de sus primeros enmascaramientos: deforma las voces, acuchilla al diccionario, le da valor barriero a cada expresión. Con castañuelas y panderetas se sube al palco del Centro Asturiano. Tiene 12 años” (4).

   Fue asturiana la madre de los actores Jorge y Aída Luz, acerca de quien dice el hijo: “Mamá fue muy cobijadora con nosotros. Papá nos quería pero no era de hacernos caricias, nada. Entonces vos te vas adonde el sol más calienta”.

   Cuando Jorge Luz fue a conocer a su abuela asturiana, la anciana le dijo: “Nin... –que quiere decir nene-. Nin, nenu, nenín, que guapín eres al hablar... me dices de vos, como a los reyes”. Volvieron décadas después: “Mamá se vino de Asturias cuando tenía doce años. Cuando ella tenía cincuenta y pico la llevé a Asturias a ver a su mamá. Mi abuela. Ella tenía una cocina muy grande y nos quedábamos a la noche, en plena montaña, con la cocina encendida. Estaba todo el campo verde, lleno de almendras, nueces, guindas. La despedida fue fea. Cuando íbamos camino al aeropuerto, de vuelta a Buenos Aires, mamá venía llorando, y le dije: ‘Mamá, la viste, no le pidas más a la vida’. A los cinco meses de llegar acá, murió mi abuela” (5).

“Otra gran escritora judía de Rosario es Angélica Gorodischer –afirma Alberto José Miyara. La autora de Trafalgar tiene un apellido eminentemente judío, y judío es asimismo el humor que campea en su obra. Empero, la maestra de la ciencia ficción argentina llega al judaísmo por portación de marido –el original propietario del apellido-, proviniendo ella de una familia asturiana y rígidamente católica, por cierto” (6).

   Un famoso café porteño fue comprado por un asturiano. En “El café Izmir”, Carlos Szwarcer relata: El Café Izmir, conocido por la intelectualidad argentina a partir de la publicación de la novela Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal en 1948, era ya famoso en los años ’30 como centro inevitable de reunión de las oleadas inmigratorias y verdadera institución en el barrio. El local del lzmir fue construido a fines de 1932 sobre la base de tres habitaciones de un inquilinato de la calle Gurruchaga 432-436; su primer dueño habría sido Jaim Danón, quien le daría ese nombre en recuerdo de lzmir, su ciudad natal. En 1940, Rafael Alboger se hace cargo del fondo de comercio y comienza su larga trayectoria de veinticinco años detrás de su mostrador. (...)

  En noviembre de 1969, el asturiano Jesús Rodríguez se hizo cargo del fondo de comercio y los años setenta serían testigos de la lenta desaparición de los viejos “turcos”.

...Alboger tenía imán... mientras vivió el café estuvo a full...” aseguran con añoranza sus viejos clientes. El “espíritu oriental” ya no existía, y los habitués, a excepción de un pequeño grupo, eran otros: los empleados y albañiles de la zona.

  Los motivos de tal metamorfosis fueron varios: el cambio de dueño, de estilo, de sociedad, etc. (...) El lugar de reunión e inspiración, y parte del alma y de la cultura porteña, cerró definitivamente sus persianas el 9 de octubre de 2000. El lzmir figura entre los 39 cafés citados en el libro Los cafés de Buenos Aires, publicado por la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares y Billares y Confiterías Notables de la Ciudad de Buenos Aires y entre los 21 citados como ‘emblemas porteños’ en La Guía Total de Buenos Aires, de Diciembre 2000” (7).

   Carlos Salatino y Beatriz Sevilla son “una pareja dedicada al arte, el diseño y la producción artesanal de objetos decorativos”. Ellos no pintaron inmigrantes, sino un barco, en homenaje al que trajo a los fundadores de una cadena gastronómica, en uno de cuyos restaurantes porteños los artistas realizaron el mural al que nos referimos.

  Sobre esta obra expresó Salatino: “El mural que usted vio en FAME tiene una relación indirecta con el tema de la inmigración. Los fundadores de esa empresa son inmigrantes españoles y el nombre que eligieron para denominar su primer establecimiento gastronómico en gallego significa “hambre”, un hambre que España, caída en una profunda decadencia, carente de recursos, atrasada industrialmente, debilitada por guerras internas y perdidas sus últimas colonias, conoció en una escala aún mayor que la que aqueja a nuestro país hoy. Los fundadores de FAME llegaron con la oleada de inmigrantes españoles que buscaron aquí lo que sus países les negaban.

  Cuando nos tocó realizar el mural, tuvimos en cuenta estos factores pero no fuimos en absoluto literales. El puerto pudo ser cualquier puerto, obviamente también el de Buenos Aires, el barco se llama Virgen de Covadonga porque los fundadores de FAME son, como buenos asturianos, devotos de esa Virgen. Tal vez ellos al mirar el mural hayan recordado el barco que los trajo a esta tierra, aunque se llamara de otro modo y, ciertamente, si ellos no hubieran llegado, como tantos otros, a este país, FAME -que hoy ya es una cadena de cuatro grandes establecimientos- no existiría, y el mural tampoco” (8).

   Horacio Spinetto recuerda un dicho de un español: “Como decía Cándido Ramos un viejo colchonero asturiano: ‘En nuestra actividad no es cuestión de quedarse dormido’ " (9).

Notas


1. Méndez Muslera, Luciano: “Salida del emigrante”, en “Asturias en la emigración”, en www.telepolis.com/indianos.
2. Martínez, Adolfo C. “El caballero del miedo”, en La Nación, Buenos Aires, 16 de mayo de 2004.
3. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
4. Göttling, Jorge: “Biografías de Buenos Aires”, en Clarín, Buenos Aires, 4 de agosto de 2003.
5. Guerriero, Leila: en La Nación Revista.
6. Miyara, Alberto José: “Escritores judíos de Rosario: apuntes para el estudio de una literatura”, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
7. Szwarcer, Carlos: “El café Izmir”, en SEFARaires, N° 14 y 15.
8. Salatino, Carlos: e-mail enviado a M. G. R.
9. Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El Colchonero”, en www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.


Baleares

   Alvaro Abós escribió sobre Juan Torrendell, acerca de quien afirma: “Uno de los más singulares libreros y editores de Buenos Aires fue el mallorquín Juan Torrendell, cuyo sello Tor publicaba libros que no siempre respetaban su integridad (Torrendell solía tijeretear los originales para adaptarlos a los pliegos disponibles) pero que, a veinte o treinta centavos el tomo, llevaron autores clásicos y modernos a millones de lectores.

  Acosado por una de las tantas ‘crisis’, Torrendell tuvo una idea extrema: en su local de Florida, bajo una gran balanza, colocó carteles que ofrecían: ‘Un kilo de libros a 1 peso, dos kilos por 1,50’.

  El escándalo fue memorable y a él contribuyó la airada protesta de la Academia Argentina de Letras para la cual la idea del mallorquín resultaba herética. En su erudita investigación Libreros, editores e impresores de Buenos Aires (1974), Domingo Buonocuore transcribe la solicitada aparecida en varios diarios el 6 de junio de 1934: la Academia pedía ‘al público lector’ que no aceptara el sistema de libros por peso ya que ‘equipara la producción intelectual con una vil mercancía’. Pero la librería estaba colmada a toda hora” (1).

   En “El equipo de traductores de don Juan”, Fernando Sorrentino escribe: “Lecturas seleccionadas y completas a precios que por su calidad son insignificantes. Estos volúmenes lujosamente presentados, con 250 y 300 páginas, impresos en papel de calidad superior y llamativas portadas en colores. Pedirlos en todas las buenas librerías de América.

  El primer párrafo se encuentra en la contratapa de El fantasma de la Ópera (Buenos Aires, Tor, 1944), de Gaston Leroux; el segundo, en la de El hombre invisible (Buenos Aires, Tor, 1948), de Herbert George Wells. De que los precios eran insignificantes, no cabe duda alguna; pero nadie se atreverá ni siquiera a insinuar que los volúmenes estaban lujosamente presentados e impresos en papel de calidad superior.

  La Editorial Tor, que perduró —según creo— hasta más o menos 1950, tuvo un catálogo extenso y heterogéneo. De los muchos libros que —por su bajo precio— compré en mi adolescencia, sólo conservo algunas reliquias: conocí a Pedro Antonio de Alarcón por El capitán Veneno, y a Benito Pérez Galdós por Misericordia. Manuel Gálvez publicó en Tor sus polémicas biografías Vida de don Juan Manuel de Rosas, Vida de Sarmiento y Vida de Hipólito Yrigoyen.

  También apareció con ese sello la primera edición (1935) de la borgeana Historia universal de la infamia. Las novelas rosas de M. Delly eran vecinas de los libros críticos y filosóficos de Giovanni Papini. Y hasta un juvenil Bioy Casares editó, en 1933, con el seudónimo de Martín Sacastrú, su segundo libro: Diecisiete disparos contra lo porvenir” (2).

   En una entrevista, dijo José Escandell, presidente del Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires: "Soy un emigrante de España, de las Islas Baleares, más precisamente de Formentera, donde nací. Vine a la Argentina en 1954, cuando tenía nueve años, con mi madre y mi hermano. Vinimos a reunirnos con mi padre, que viajó en 1951 y se había salvado de morir en la guerra civil española, donde combatió del lado republicano. Estuvo en la batalla de Mallorca y en la zona del Ebro. Se había anotado como voluntario y se salvó por segunda vez en la corte marcial que le hicieron al terminar la guerra, porque eso no se pudo probar. A los voluntarios los fusilaban. Mi padre vuelve a la Isla después que lo liberan y sienta cabeza, pues se pone de novio con quien sería mi mamá, en su pueblo de origen, pero querían emigrar. Se entiende el porqué de esta decisión después de la guerra y las penurias pasadas" (3).

Notas


1. Abós, Alvaro: “Pasión por los libros”, en La Nación, Buenos Aires, 4 de enero de 2004.
2. Sorrentino, Fernando: “El trujamán: El equipo de traductores de don Juan” Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes (España), 14 de enero de 2004.
3. S/F: "Entrevista con el Dr. José Escandell, presidente del CPCECABA", en Universo Económico, Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Año XVII, N° 86, Buenos Aires, septiembre de 2007.


Cántabros

  Eduardo González Lanuza nació en Santander en 1900; falleció en Buenos Aires en 1984. Recuerda los esfuerzos de su maestra por borrarle la pronunciación española: “En su bondadosa preocupación por su alumno me creó, sin sospecharlo, un serio problema, a sus oídos habituados a las dulzuras del decir criollo debieron molestarle las crudezas de mis acentos hispánicos, acaso el entusiasmo patriótico de aquellos años fervorosos del centenario, le inspiraron la urgencia de adaptarme de inmediato a lo argentino”.

  Así sucedió: “Ello fue que un cierto día decidió dedicarse durante los recreos a luchar con aquella, su suavidad, tan eficaz en mí, contra una erizada prosodia santanderina, tajante de jotas, capaces de degollar a quien las pronunciara, restallante bajo el doble látigo de las elles, resbaladiza de zetas y ce, para reemplazarla por la tierna indecisión de la ce argentina, vacilante entre la ce y la ese, limar el filo despiadado de las jotas y hacerme deslizar por las blanduras del yeísmo”.

   El alumno aprendió rápidamente: “Dócil a su reclamo, que además facilitaría mi trato con los compañeros al eludir las pullas que mi primitiva pronunciación provocaba, adelanté raudamente en el proceso de desintegración de la prosodia ibérica”. Mas a los padres no les satisfizo este avance del niño: '¡Pero ay de mí! En mi casa, mis padres opinaban de otra manera y las desacostumbradas inflexiones recién adquiridas por mi voz, eran consideradas pecado mortal, clarísimo índice de que a convertirme en un descastado. De ahí mi temprana condición de bilingüe que me hizo acomodar a modismos distintos, según que tuviera que hablar en casa o en la escuela' ” (1).

En la provincia de Buenos Aires vive Francisco Sainz, “Hombre solo, siempre. De recién cumplidos 85 y costumbres rudas como el campo. Hijo de un español de Santander, el primero de la familia en meter la mano en esas tierras, hace cien años. La casa está en lo alto del terreno y todo alrededor es horizonte limpio. Un patrimonio de cuatro mil hectáreas compradas de a pedacitos, en las entrañas de Buratovich” (2).

Notas
1. González Lanuza, Eduardo: citado en “Bajaron de los barcos. Historia de la inmigración en Argentina”, por Colegio Schönthal, www.monografias.com.
2. Piotto, Alba (texto) y Digilio, Rubén (fotos): “Campo de batalla”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 21 de marzo de 2004.


Castellanos

  Tania nació en Toledo en 1898; falleció en Buenos Aires en 1999. En 1998, apareció esta noticia: “Entre risas y lágrimas, Tania fue homenajeada por su trayectoria artística, y declarada Personalidad Emérita de la Cultura Argentina. Sentada en el escritorio de su compañero de toda la vida, Enrique Santos Discépolo, la actriz y cantante recibió la distinción de manos de la secretaria de Cultura, Beatriz Gutiérrez Walker. (...) ‘Yo, que fui a tantas fiestas, que recorrí tantos países y que recibí tantos premios, incluso el del Rey de España, nunca estuve tan emocionada como ahora’, dijo Tania con la voz entrecortada” (1).

   Una inmigrante nacida en Mataluenga del Bierzo, León, inspira a Niní Marshall: “su primer público es la gallega Francisca, la empleada doméstica, a la que ella inmortalizaría como ‘Cándida’  ” (2).

   María Teresa León nació en Logroño en 1904; falleció en Madrid en 1988. En 1963, escribe la nota titulada “Soñemos con el viaje”, en la que expresa: “A lo lejos nos está esperando el itinerario previsto o tal vez la emoción de ver de nuevo la aldea que se dejó al venir o la visita a los parientes de los abuelos, que deben estar en tal lugar..., o las ciudades madres de civilizaciones ilustres o los museos donde se almacena el ingenio humano o las formas diferentes de la vida de los hombres en este mondo cane, que a veces se dulcifica en las fiestas”. Ella también parte: “A punto de tomar el avión escribí hoy, amigas mías. Es mi pañuelo en el aire. Dicen que los argentinos son viajadores. Claro. Yo sé que todas las sensaciones de liberación me están aguardando pero, como cualquier abuela al ir a tomar la diligencia o el tren, yo siento palpitar mi alma. Gracias por ello. Debe ser vuestra amistad que me despide. Hasta pronto. Antes de que suspire estaré al otro lado del mar” (3).

  Leonor Manso destaca la importancia que tuvo para ella el viajar a Segovia, tierra de su padre, “que se había ido de allí a los once años y sólo había vuelto de visita a fines de los 60“. En Carbonero El Mayor, a unos cien kilómetros de Madrid, encuentra a sus tíos y recorre todo el pueblo “lleno de Mansos”. Sobre esta experiencia afirma en 2000: “Me fui viendo y reconociendo en cada uno de ellos. También empecé a sentir cada vez más fiebre: era un golpe fuerte verme puesta frente a mis orígenes de una manera brutal” (4).

Alfredo Alcón recuerda a sus abuelos castellanos: “soy hijo único de madre viuda. Mi papá murió cuando yo tenía tres años. (...) Mi madre salió a trabajar y me criaron mis abuelos. (...) Mi abuelo trabajaba en el hipódromo y mi abuela trabajaba en casa. Eran unos castellanos de una nobleza y una vitalidad... Son de las personas que más he querido en mi vida”.
La abuela tuvo que ver con el despertar de la vocación del nieto: “una vez mi abuela me llevó al cine y descubrí que esos seres que estaban allí no eran sólo luces y sombras, porque Bette Davis en la película estaba resfriada y se sonaba la nariz. Ahí descubrí que eran personas. Y empezó a inisnuarse la idea de que por ahí podía andar mi vocación, gracias al estornudo de Bette Davis” (5).

La periodista Telma Luzzani recuerda su viaje a El Cardedal: “El pueblo de mi abuelo es un pueblo fantasma. Se llama El Cardedal y para llegar desde Avila, hay que subir 80 kilómetros de un campo espiralado y pedregoso hasta el tope de la Sierra de Gredos, a 1300 metros de altura. Arriba, el aire es más intenso, la vegetación más sobria y la piedra más soberana. La imponente austeridad de la meseta castellana, me emocionó. ‘Este es el paisaje que mi abuelo vio cada día hasta los 14 años’, pensé. Era 1990. Mi viaje inaugural a Europa. ‘Soy la nieta de Alberto Sánchez, hijo de Estanislaa. ¿Cuál era la casa de mi abuelo?’, pregunté a un grupo de viejitos que charlaba al sol. Me contaron que ya nadie vive en El Cardedal; que ellos morirían de tristeza si no vuelven al pueblo y por eso sus hijos los llevan los fines de semana. ‘Yo conocí a tu abuelo’, dijo entonces el más viejito. ‘Un día de 1912, 57 hombres se fueron para América. Yo tenía 5 años y todo el pueblo los siguió hasta la ladera entre lágrimas y buenos deseos. Entre ellos estaban mi padre y tu abuelo. Ese día comenzó la agonía del pueblo’. Le agarré las manos y pude ver las imágenes de su memoria: vi al hombre adolescente que era mi abuelo partiendo para siempre” (6).

Quino creó al almacenero don Manolo y su hijo Manolito, personajes de Mafalda: “Al cabo de dos semanas de publicar en ‘El Mundo’ advierte que necesita más personajes para enriquecer la tira, y el 29 de marzo de 1965 aparece Manolito –Manuel Goreiro- inspirado en el padre de Julián Delgado, propietario en Buenos Aires de una panadería situada en Cochabamba y Defensa, en el histórico barrio de San Telmo” (7).
En “La vida es un dibujo Cómo les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito”, Andrea Rodríguez relata la historia del inmigrante español que inspiró el personaje: “Sólo tres de los personajes de Mafalda estuvieron inspirados en la vida real. Guille es hoy flautista de la Orquesta Sinfónica de Chile. Felipe adhirió a la revolución cubana y es funcionario del gobierno de Fidel. Manolito vendió la panadería poco antes de morir. Su hijo es uno de los 82 periodistas desaparecidos durante la dictadura. Por primera vez hablan los verdaderos personajes que Quino inmortalizó en la tira más célebre que dio la Argentina. A Manolito, lo cuentan sus familiares” (8).

Me escribe Stella Maris Latorre: "mi abuelo, que nació en 1881, se llamaba Juan Latorre y era el papá de mi padre Manuel Angel Latorre. Mi abuelo nació en Soria, pero no se sabe la aldea. No pudimos averiguar; buscaron por las parroquias pero no, sólo que él siempre dijo que nació en Soria. Era comerciante de cueros. Tengo un pariente que vive en Aragón -es Miguel Angel Latorre, el de las galerías fotográficas-; él está permanentemente haciendo trabajos importantes para el Reino de Aragón y muchas galerías muy famosas. El me dijo que no se sabía lo de la aldea y averiguamos mucho por los sacerdotes y en Santiago por el archivo también; además, él pertenecería a Castilla La Vieja, no? Yo, en realidad, la nacionalidad la tendré en breve por ser viuda de español (gallego de Lugo), pero hacía las averiguaciones de mi abuelo por conocer más de mis raíces. Mi abuelo inmigró en el año 1914; él había enviudado, así que al venir aquí se casó nuevamente con mi abuela, Paula Luján de Villa Garcia de Arousa y en 1920 nació aquí mi padre".

Eduardo Mues recuerda: “Mi abuelo Domingo González emigró de Soto en Cameros a Santa Fe (Argentina) hacia 1883. Yo llegué en 1998. Soto en Cameros, provincia de La Rioja, Castilla La Vieja, es un pueblo edificado principalmente sobre la ladera de una montaña, donde hoy viven solamente unas 50 personas. Llegamos una fría mañana de diciembre y luego de golpear varias puertas se nos apareció el primo Eduardo, caminando con su bastón y con todo su afecto. La recepción de Eduardo y Soledad fue extraordinaria. Compartimos siete horas de charla continua aprendiendo historias y tradiciones. La despedida fue más emotiva aún que la llegada y mis pensamientos estuvieron siempre con mi abuelo, a quien no conocí” (9).

Ana Drago Pérez viaja a Logroño, tierra de sus mayores. Así recuerda ese viaje: “Como en un sueño, me encontré parada en la puerta de la casa donde había nacido mi madre. Luego recorrí los 18 kilómetros que separaban Logroño de Ventosa con dolor, emoción, alegría y tristeza al mismo tiempo, pensando que ninguno de mis parientes había podido volver a su tierra. Mi corazón latía con fuerza cuando caminaba por la ladea, los campos y los viñedos por los que alguna vez caminaron ellos. Lloré, recé, reí y fui feliz. Había encontrado mis raíces” (10).

Horacio Fernández viaja, desengañado de la Argentina, a la tierra de la que vinieron sus padres: “Horacio vive ahora en el lugar que siempre conoció a través de relatos. Todo está igual a como le fue contado. Pero todo, también, es diferente. Por empezar, la barba ya fijó su color de nube y el pasaje no tiene fecha de regreso. Igual que hace setenta y dos años, cuando Felipa y Antonio desembarcaban en Puerto Nuevo con un par de bolsos y un papel con la dirección de unos paisanos –porque en España amenazaba el hambre-, el hijo, ahora, llegaba a Barajas –porque en la Argentina se come tierra- con un bolso y una anotación: ‘Carretera Pandorado 7, Sopeña de Carneros, Astorga’ “ (11).

Araceli Vázquez Málaga nació en Barco de Avila, Castilla la Vieja, en 1908; se nacionalizó argentina veinte años después. Una discípula la recuerda: “ ‘comencé a concurrir al taller de la española Araceli Vázquez Málaga, donde aprendí los rudimentos del arte. Se suponía que la pintura era algo más tolerable que la danza para una chica, pero claro, tomada como un pasatiempo, no como para dedicarle la vida, no como una profesión. Sin embargo, hace 45 años que soy artista plástica’, comenta Estela Pereda, que acaba de inaugurar la instalación Memoria desde adentro, un repaso visual sobre su obra que ocupa casi la totalidad del Museo Sívori, frente al lago de Palermo” (12).

Notas
1 S/F: “Distinción cultural a la gran compañera de Discépolo. Tania, Personalidad Emérita”, en Clarín, 11 de octubre de 1998.
2 Göttling, Jorge: “Biografías de Buenos Aires”, en Clarín, Buenos Aires, 4 de agosto de 2003.
3 León, María Teresa: “Soñemos con el viaje”, en Mucho Gusto, N° 203. Buenos Aires, septiembre de 1963.
4 Ini, Luis: “Mi mejor cumpleaños”, en La Nación Revista, 16 de abril de 2000.
5 Ventura, Any: “Alfredo Alcón. A cara limpia”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 20 de marzo de 2005. Fotos: Mauro Rizzi.
6 Luzzani, Telma: “El éxodo”, en “El Mirador”, Buenos Aires, Clarín, 17 de octubre de 1999.
7 Walger, Sylvina: “Explicación”, en Quino: Mafalda Inédita. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1988.
8 Rodríguez, Andrea: “La vida es un dibujo Cómo les fue de grandes a los verdaderos Felipe, Guille y Manolito”. Veintidós, Año 2, N° 71; Buenos Aires, 18 de noviembre de 1999.
9 Mues, Eduardo: en “Tendencias. La vuelta al origen”, Buenos Aires, Clarín, 17 de octubre de 1999.
10 Drago Pérez, Ana: “Los pasos perdidos”, en “Confesiones de lectores con memoria”, Buenos Aires, Clarín, 27 de septiembre de 1998.
11 Palomar, Jorge: “Diario del exilio”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
12 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Estela Pereda ‘Me llegó la hora de la danza’ “, en La Nación, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.


Catalanes

En “Los sueños de un profeta”, Tomás Eloy Martínez evoca al editor López Llausás: “Una tarde de domingo conocí en la casa de Victoria Ocampo al primer editor profesional de mi vida. Yo suponía entonces que los editores debían parecerse a Victoria y hacer un poco de todo: escribir, traducir, publicar revistas y pasear por Buenos Aires a los grandes personajes de ultramar. Como buen provinciano de veinte años, vivía yo en un mundo de ideas fijas, donde las personas y las cosas debían parecerse a lo que me habían dicho que eran. (...) El editor me habló, en cambio, de una profesión que era tan azarosa como un juego de dados. Se llamaba Antonio López Llausás. Me contó que era catalán (ya lo advertía su acento, puntuado por elles rotundas) y que los fragores de la Guerra Civil Española lo habían expulsado a Francia, de donde lo rescataron Victoria Ocampo y Oliverio Girondo para que fuera gerente general de la empresa que acababan de fundar: Sudamericana. La nueva editorial se abriría como un afluente de Sur, el sello de Victoria. ‘Un editor no debe dejarse conmover por el éxito ni por el fracaso -me dijo aquella tarde-. Tiene que publicar sólo los libros en los que cree. Si no lo hace, más vale que se ocupe de otra cosa’ “(1).

Margarita Xirgu nació en Barcelona en 1888; falleció en Uruguay en 1969. Alejandro Cruz (2) transcribe testimonios al respecto:
“El crítico teatral Joaquín Linares escribía en su columna de la revista El Hogar: "Buenos Aires adquiere -por un azar trágico- la categoría de metrópoli dramática del mundo hispanoparlante. ( ... ) Debemos considerar al teatro español como una actividad intelectual argentina".
"En 1944 y 45, -ocurrieron en Buenos Aires dos hechos de gran importancia: los estrenos mundiales de El adefesio, de Rafael Alberti, y de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca. Ambos espectáculos fueron montados en el teatro Avenida, por la compañía de Margarita Xirgu. Cincuenta años después, los protagonistas de estos hechos han alcanzado la alta categoría de figuras legendarias del teatro. Ambos estrenos, hechos representativos de la relación entre España y Argentina, y el Teatro Avenida como puente, se constituyen en un recuerdo querido de los teatristas de mi generación", señalaba el director Francisco Javier en una revista española”.
“Las perspectivas no siempre son las mismas, en la opinión de Neil Drago: "Desde un punto de vista estético no puede decirse que estas compañías aportaran gran cosa a la escena nacional. Ni siquiera contando, como fue el caso, con la directa vinculación de los escritores dramáticos que les acompañaban en el duro trance del exilio. ( ... ) Lo malo es que las novedades se agotaron bien pronto y la actriz catalana (Margarita Xirgu), como todos, tuvo que recurrir a las reposiciones y las traducciones de textos extranjeros".

Antonio Cunil Cabanellas, autor y director teatral, nació en Barcelona en 1894, y falleció en Buenos Aires en 1969. En un trabajo titulado “Por el éter en la década del 30. El 80° aniversario de la radio en Buenos Aires”, Edgardo J. Rocca señala que el catalán se contó entre las “figuras de relieve” que se expresaron por LS 8 Radio Stentor (3).
Alfredo Alcón manifestó en un reportaje: “Ingresé al Conservatorio porque a Antonio Cunil Cabanellas le parecí lindo. (...) Teníamos clases de danza, había que ponerse una malla y una camisa blanca y yo era un inútil. En esa materia tenía dos de promedio. Vino Cunil Cabanellas a los últimos exámenes para evaluar lo que se había estudiado en clase. Pasé yo y ocurrió lo de siempre, todos riéndose, y él dijo con ese tono suyo: ‘Nunca será bailarín, pero lo parece, y al fin y al cabo parecer es el trabajo del actor’. Me puso un ocho. (...) Gracias a Cunil di un examen y entré en la radio. Vivía con un sueldito. Transmitía el Mercado de Hacienda: eso de ‘entraron tantas vacas, tantos toros’. Tenía que decir cuántos toros habían ‘servido’ a la vaca y me daba vergüenza, me parecía medio pornográfico. José Cibríán, que estaba en Canal 7, me mandaba papeles para televisión, pero yo me quería quedar con mi sueldito” (4).

El actor Arturo Puig relata la historia de un antepasado: “A fines del siglo XIX, 1870, mi bisabuelo trajo de Barcelona e instaló en Buenos Aires la primera casa de utilería que hubo en el país. Con esa utilería se representaron y se filmaron buena parte de las grandes producciones que se enumeran en las historias del espectáculo argentino. Se filmaba en estudios donde todo se recreaba, desde salones de España del Siglo de Oro hasta cafetines del puerto. En la utilería podía encontrarse casi cualquier cosa, por extravagante que fuera, y lo que no existía se inventaba” (5).

Ana María Campoy nació en Bogotá, Colombia, en 1925. La actriz manifiesta sentirse “absolutamente argentina”: “Nací en Colombia en una gira de mis padres, que también eran artistas; me crié en Barcelona y vivo en la Argentina desde hace 53 años. Vale decir que mis raíces son españolas, el embrión es colombiano y el árbol es argentino. Y acá terminaré. Esa es mi idea” (6).
En Cataluña se pasaba necesidad. Campoy dijo en un reportaje: “¿Tú puedes entender comerte un plato de aceite de oliva, con cuchara? No lo podrías entender. Pero te lo comes, porque no hay otra cosa. Entonces, tienes, al otro día, una descompostura intestinal brutal, pero esa noche dormiste porque has llenado el estómago con algo, y el aceite de oliva es un alimento”. El hambre desconoce lazos: “Nosotros, que éramos unidos y nos amábamos, cuando llegaba el racionamiento del pan, cada uno agarraba su pedazo y lo escondía. Y lo escondía! Porque no nos fiábamos ni de nuestro padre” (7).

“En España vivíamos en San Gervasio, a pocos kilómetros de Barcelona –cuenta Remey Nuez Fontanals-. Y yo recuerdo que cuando empezó la guerra, mi papá nos fue a buscar al colegio en bicicleta y ya estaban todos los guardias civiles muertos... yo tenía nueve años. Mi padre falleció en esos días, de apendicitis. Así que mamá se quedó sola con los cuatro hijos. Yo, la mayor y mi hermana menor con nueve meses. Me acuerdo de que para poder vivir, mi mamá hacía estraperlo, contrabando de comida. Iba a los pueblos, compraba comida y la traía en el cuerpo, puesta. (...) en un viaje, en el que traía arroz en unos tubos escondidos en unos corsets, los guardias se dieron cuenta, y entonces mi madre se tajeó todo el corset, porque si la comida no era para nosotros, no se la iba a quedar nadie...Con mi hermana aprendimos y hacíamos estraperlo de carne, en las valijas del colegio... esa carne se vendía y podíamos subsistir”.
Remey llegó a Buenos Aires en 1947, a los veinte años. Recuerda el terrible viaje que debió soportar: “Viajamos en la bodega del barco Cabo de Nueva Esperanza. Los hombres por un lado y las mujeres por otro, en un lugar como un pozo, en el que para respirar, había sólo un tubo de lona que subía a la cubierta. Veintitrés días así... durmiendo en literas, en catres, como los judíos en los campos de concentración...”. Sus primeros tiempos en la Argentina fueron muy difíciles. Lo recuerda más de cincuenta años después: “Llegamos a Buenos Aires y como mi marido no había hecho el servicio militar, lo llevaron preso, así que me quedé hasta que todo se arregló, sola. Después fregamos pisos... hicimos de todo. Vivíamos en un cuarto de pensión, con dos cajones de manzana y una tabla para comer; el colchón era de estopa, imagínate... Yo cocinaba con carbón y hervía los ravioles en una pava... pero más que nada comíamos hígado” (8).

La actriz y directora Patricia Palmer, hija de un catalán y una porteña, manifiesta: “En mi casa me inculcaron valores que por un lado me salvan, pero que también me trajeron problemas: fui educada en una burbuja donde la honestidad y el honor eran la regla general, y la vida me fue enseñando duramente que eso tiene más que ver con la utopía que con la realidad” (9).

Horacio Spinetto se refiere a diferentes oficios que desempeñaron los catalanes.
Hubo vitralistas: “Antonio José Estruch, tercera generación de una familia catalana, pionera en nuestro medio, que entre tantas otras obras realizó los vitraux del "Café Tortoni", de la Capilla del Colegio San José, del Instituto Tierra Santa, del "Claridge Hotel", y del Hogar Nuestra Señora de Jesús, en Paraguay 1368, y que continúa brindando sus conocimientos desde su local de la calle Solís al 200; Vilella y Thomas que realizaron los vitraux del Casal de Cataluña porteño, que representa a San Jorge y el dragón; Manuel González, en Catamarca 1158, que aprendió las técnicas del maestro Enrique Helovuri en un viejo taller de Billinghurt y Cangallo; Enrique Lumi, ya su padre en 1912 había fundado el taller donde fabricaban y restauraban vitraux; Carlos Scharf; Carlos Herzberg; Angel Pastore; Roberto Grau; Roberto J. Soler; Juan Heguiabehere; Sabina Aba; Marcela Carro; E. Fino, quien por la década del 40 realizó tres pequeños vitrales en el baño de caballeros de la confitería "Las Violetas; Daniel Ortolá que restauró recientemente los magníficos vitraux de la afortunadamente reabierta, y ya citada, "Las Violetas", y Félix Bunge, con taller en Santiago del Estero 924, y más de 20 años de minuciosa investigación y trabajo de excelente factura, reciclando innumerable cantidad de piezas en edificios públicos y privados, son algunos de los especialistas, que mantienen vivo el oficio del vitral, haciendo sus propios diseños, ejecutando los realizados por otros artistas, o bien ocupándose de alguna restauración”.
Hay plateros de sangre inmigrante: “En 1804 llegó a Buenos Aires el primer Pallarols, procedente de su Barcelona natal, ciudad donde desde 1750 la familia, generación tras otra, se dedicó a la platería. En la actualidad, Juan Carlos Pallarols, en su local de Defensa donde antes funcionó una de las panaderías tradicionales del barrio de San Telmo, dirige el equipo de trabajo integrado por sus hijos Carlos Daniel y Adrián (séptima generación de plateros), y por Omar Ojeda, Luis Alonso, Alejandro Micheli, Angel Domínguez y Carlos Dijer. Meritxell, su nieta de cinco años, ya está aprendiendo a golpear. Ingresar en este taller es como descubrir un maravilloso mundo lleno de magia. Los artesanos trabajando, cada uno dejando su impronta personal en las piezas; las herramientas; el repiquetear de la fragua más el tañido de cinceles y martillos y el brillo cambiante de los metales generan un ambiente especial, resultando fácil imaginar que estamos en medio de una cofradía de artesanos medievales. La plata llega al taller en estado puro. El proceso se inicia en el crisol de fragua (la aleación con el cobre le dará ductilidad y maleabilidad). A continuación se funden lingotes de un kilo, que Pallarols transforma en planchas o en alambres para permitir realizar las piezas deseadas. A partir de allí y luego de horas de cincelado, de batido a martillo y de una gran energía creadora, se llegará a lo buscado, un objeto único. Si bien los plateros trabajan generalmente por encargo, suelen dejar de todas maneras su estilo personal en los diseños. En el caso de Pallarols el barroco rioplatense está siempre presente. Entre algunas de las piezas realizadas por este artesano recordamos al mate que el presidente Raúl Alfonsín le encargó para obsequiarle a Felipe González, al que Pallarols le grabó el nombre Isidoro, como llamaban al estadista español de chico, y como se hacía llamar ya más grande, para esconderse de las persecuciones franquistas. También se destaca el cáliz realizado a pedido del presidente De la Rúa, para obsequiárselo al Papa Juan Pablo II. Hojas de malvón, y flores de cardo, "la verdadera flor nacional", una pluma realizada por su abuelo, un ángel tocando la trompeta, y las lunas, que para Pallarols tienen un interés que va más allá de la estética, al emparentarla con la alquimia y la magia que siempre tienen lugar a la luz de la luna. No debemos olvidar que la familia realizó muchos de los bastones presidenciales. Junto a los elementos de trabajo de los plateros y de sus obras, el taller de la calle Defensa deja ver, además, una hermosa colección de máscaras que perteneció a Guilermo Magrassi, junto a instrumentos de música, cuadros y otros objetos”.
Una Clínica de Muñecas fue fundada por un catalán: “Antonio Caro, está al frente de la clínica desde 1941, él mismo nació en una casa de muñecas, en un negocio fundado en 1896 por su padre; don Francisco, un escultor catalán, nacido en Tortosa; que quedaba en Lima e Independencia. Los Caro tuvieron dos negocios más, uno en Talcahuano al 800 y otro en Gaona al 3600, a cargo de la esposa de Francisco y mamá de Antonio, doña Herminia Dolz, también catalana. En el año 1968 Antonio se instaló en el local que aún ocupa, a menos de dos cuadras del de Lima, siempre alrededor de la Casa de Ejercicios Espirituales. Al referirse a su tarea, don Antonio dice: "Una cosa es arreglar una muñeca de porcelana y otra muy distinta, una de plástico, mecánica. Tuve que ir perfeccionando el trabajo, hacer un poco de mecánico, de electricista, para poder arreglar este tipo de muñecas.. La época de oro de esta actividad fue en los años 30 y 40, imagínese que en la calle Tucumán, en una misma cuadra, al 1000, había dos clínicas de muñecas". Caro tiene en la trastienda todos los elementos y piezas para poder realizar con éxito su intervención. En esta suerte de depósito de cuerpecitos mutilados de goma, paño, porcelana, cerámica, yeso o papel maché, las numerosas cabezas de pasta alineadas en los estantes, parecen observar sonrientes nuestros movimientos, sin despegarnos la mirada, pese a algún que otro párpado caído. En una pequeña mesa de madera, Caro renueva ojos, cose cuerpos de género, hace implantes de cabello, maquilla, laquea las piezas y confecciona pelucas, que en muchos casos son de pelo natural que le llevan los clientes. Don Antonio, un verdadero cirujano plástico de "Gracielitas", "Marilús", "Pierangelis", "Peponas" y "Mal criados", recibe encargos desde Italia, Australia y Estados Unidos. Al salir desde la vidriera nos despide un busto de Florencio Parravicini, obra de don Francisco. "Para mí esta escultura de papá es un tesoro, - confiesa Antonio- pese a varias ofertas que recibí nunca lo vendí, jamás me desprendería de ella" (10).

Patricia Díaz Bialet, bisnieta de Juan Bialet Massé, es entrevistada por Ignacio Di Toma Mues: "La lucha contra el analfabetismo era una prioridad en el pensamiento de Bialet Massé y así lo escribe en su informe de 1904. 'Antes de realizar el informe lo dice en una conferencia que había dado a los obreros ferroviarios, sobre la ley y el obrero', dice Patricia y nos cuenta ue su bisabuelo afirmaba, literalmente, 'que a los patrones hay que darles en la cabeza con la ley; que el obrero debe instruirse, educarse, y en la educación entre el arte, no sólo la matemática, la historia y la geografía. De instruirse ¿para qué? para hacerse más inteligentes, ¿para qué? Para defenderse ¿de qué? De los posibles explotadores que existieron, existen y existirán" (11).

Notas
1 Martínez, Tomás Eloy: “El sueño de un profeta”, en La Nación, Buenos Aires, 4 de septiembre de 1999.
2 Cruz, Alejandro: " ‘Nuestro’ teatro español”, en La Maga, 1° de diciembre de 1997.
3 Rocca, Edgardo J.: “Historias de la Ciudad – Una Revista de Buenos Aires” (N° 9 y 10, Mayo y Julio de 2001, respectivamente), que autorizó su reproducción a la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. www.defensoria.org.ar.
4 Ventura, Any: “Alfredo Alcón. A cara limpia”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 20 de marzo de 2005. Fotos: Mauro Rizzi.
5 Aubele, Luis: “A boca de jarro. Arturo Puig ‘Ensayar es encontrarse con uno mismo’ “, en La Nación, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2003.
6 Yarroch, Gustavo: “Ana María Campoy ‘Yo sigo gozando de la vida’ “, en Clarín, Buenos Aires, 7 de abril de 2003.
7 Guinzburg, Jorge: “Ana María Campoy ‘A mí los hombres me gustan con locura’ “, en Clarín Viva, 4 de agosto de 2002.
8 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
9 Madrazo,Cecilia: “Patricia Palmer 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 13 de octubre de 2002.
10 Spinetto, Horacio: “Los oficios. Entre el olvido y el rescate”, en www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.
11 Di Toma Mues, Ignacio: "Un hombre honesto, sincero, de coraje y lucidez", en www.elbarriopueyrredon.com.ar.


Gallegos

Inmigrantes

El orensano Ramón Santamarina pierde, con pocas horas de diferencia, a su padre –que se suicidó- y a su madre, fallecida a causa de la trágica decisión de su marido. “Los tíos del niño Ramón –afirma Alberto Vilanova Rodríguez-, que no fueron capaces de acudir en su socorro, pero sí avergonzarse del inocente, pero pobre pariente, a pesar de que se había decidido a luchar por la vida, antes de lanzarse a la mendicidad, le agarraron y le depositaron en un orfanato, de donde muy pronto se fugó, ofreciéndose como grumete en un velero contrabandista que salía para Buenos Aires, con la decisión y energía que caracterizaron siempre su extraordinaria voluntad. En 1840, pues, ponía sus plantas en la Argentina, el país que con el correr de los años iba a ser testigo de sus virtudes y de su genio” (1).

José Navarro y Humberto Sánchez fundaron la conocida tienda marplatense “Los gallegos”. “Con poca mercadería y muchas ganas de ganar dinero, los dos gallegos dormirían muchas noches sobre los dos únicos mostradores de la tienda vencidos por el cansancio de largas horas de trabajo y temerosos que un desborde del arroyo se llevara rápidamente las ganancias del mes”. A ellos se sumaron más tarde los empleados Enrique Martínez y José Vicario. “Recuerda doña ‘Conce’, la esposa de José Vicario que ‘cuando ellos (Vicario, Martínez y Navarro) iban al campo a hacer propaganda y vender, nosotras las mujeres, preparábamos las viandas. Es que estaban afuera varios días y debían llevar la comida. Sí, claro que con la señora de Martínez tratábamos de ayudar. Hubo épocas muy malas, como aquella de la crisis del 30... bueno, nosotras confeccionábamos ropa interior, camisetas y todas esas prendas para ser vendidas en la tienda...” (2).

A Entre Ríos se traslada el gallego Francisco Izquierdo, quien escribe en 1882: “Los primeros días que pisamos la playa de Colón formado en ese entonces por un verdadero bosque salvaje, sin más habitantes que los nativos de semejantes sitios, sin entrar en los detalles de las especies porque creemos que el lector se dará cuenta de la clase de habitantes, y puede imaginarse cuál sería la primera impresión después de un viaje terrible en el mar, y los trasbordos cuando se navegaba puramente en buques de vela, teniendo para calmar nuestra primera mala impresión que recurrir al librito o contrato lleno de ofertas por el General Urquiza, en vista de los cuales nos resignábamos en parte pues el tiempo pasaba y nos encontrábamos como tribus salvajes, apiñados bajo los árboles, con nuestros hijos, sin más techo que el de la naturaleza, y ni una visión de simples ranchos en una estancia de algunas leguas a nuestro alrededor, teniendo de voz solo cuando la visita de uno que otro poblador de los alejados contornos” (3).

Otros gallegos viajaban a Ushuaia. “ ’El Gallego Penitenciario’ ocupó un rol tan destacado en la historia de los primeros penales que fue honrado días atrás con una estatua recordatoria, ubicada en un lugar central del Museo del S.P.F. ‘A principios de siglo los primeros guardias eran gallegos o yugoslavos, traídos a la Argentina para trabajar en las cárceles. Muchos llegaban al puerto de Buenos Aires y seguían viaje al penal de Ushuaia; otros paraban en el Hotel de Inmigrantes y eran destinados a unidades de acá’, recuerda el alcaide mayor retirado Horacio Benegas, asesor del museo y jefe de visitas de la Unidad 16 en los 60” (4).

Arturo Cuadrado Moure, quien llegó en el Massilia, evoca su exilio: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América. Era nuestro guía espiritual, nuestro árbol intocable, profundo y alto, don Antonio Machado. (...) desde México a Buenos Aires realizamos todos nuestros sueños, todas nuestras esperanzas, todas nuestras ilusiones, con el convencimiento de que habíamos triunfado... Ortega y Gasset nos había enseñado el camino de amar más que luchar” (5).

Francisco Gil nació en Vilar, Pontevedra, en 1915 y llegó a la Argentina a los cinco años. Fue “un gallego que se sintió argentino y organizó durante décadas encuentros entre autores y lectores, que son el antecedente más cercano a la Feria del Libro”. “En 1960, Don Francisco sintió nostalgias de su tierra natal y quiso visitarla. Sus amigos se ocuparon de cumplir su deseo. Agustín Pérez Pardella, escritor y capitán de navío, lo llevó en su barco hasta Pontevedra. El dinero para la estada provino de una rifa de una obra que donó Berni” (6).

En Mar del Plata, en noviembre de 2000, el diario La Capital publicó una nota de Esteban Turcatti titulada “El gaucho que conquistó el mundo”. En ella leemos: “Bernaldo Souto, poeta gallego, había traducido el Martín Fierro a ese idioma en el año 1980. Establecido en la Argentina desde hace muchos años, regresó recientemente de su tierra natal, Galicia, donde es muy conocido por su obra literaria y periodística. Allá brindó una serie de conferencias y presentó tres libros de poesías bajo el título ‘Luz y sombras’. Pero su mayor satisfacción fue enterarse que en fecha próxima, su traducción gallega del Martín Fierro será publicada por la Xunta de Galicia, en una edición bilingüe de lujo” (7).

Francisco Lores, presidente de la Federación de las Asociaciones Gallegas de la República Argentina, recuerda: “Llegué en 1952 desde O Grove. Trabajé como mecánico, pasé los desarraigos al igual que muchos. Fui mecánico y ahora estoy jubilado, dedicado a esta pasión que es conservar nuestro patrimonio” (8). Lores y su esposa, “En 1952 hicieron 10.000 kilómetros juntos, desde Ogrove a Buenos Aires, pero no cruzaron palabra. Quizás fue el mareo o la diferencia de edad: cuando se bajaron del vapor Entre Ríos, en el puerto de Buenos Aires, él tenía 19 y ella 8. Siete años después, un par de gaitas en San Telmo cambiaron las cosas. Boas noites, bonita, le dijo Paco, y María del Carmen aceptó bailar un pasodoble en la Federación de Entidades Gallegas. Cuatro décadas después, Lorena, la hija de ambos, canta antiguas canciones celtas en el mismo salón” (9).

Darío Lamazares, representante legal del Instituto Santiago Apóstol, llegó a la Argentina a los catorce años: “Fui un autodidacta –dijo-, me formé en la calle, y como la mayoría de mis compatriotas sufrí la falta de instrucción. Este país nos dio todo, los mismos derechos que sus hijos, y la escuela es una forma de pagar esa deuda” (10).

Manuel Corral Vide nació en Lugo en 1952. “Gallego, de esos que no olvidan ni sus raíces ni sus tradiciones. El Manuel poeta, periodista, pintor y dibujante de trazo incisivo, hace un culto de la buena cocina y de la hospitalidad” (11). “En su condición de hombre de cultura ha publicado libros, realizado más de 40 exposiciones de pintura y dibujo, trabajó como escenógrafo y director de teatro, dirigió revistas y escribió muchísimos artículos periodísticos. Viajó mucho, pero nunca olvidó su origen gallego, promoviendo en cuanta ocasión se le presentó, su cultura y tradiciones” (12).
Llamó Morriña a su restorán, nombre que nos habla sin duda del sentimiento que aúna a chef y comensales: “A través de Morriña (palabra entrañable para nosotros) el nombre de Galicia llega a miles de personas que, sin ser gallegas, se interiorizaron de las características de nuestra cocina, lo peculiar de nuestras tradiciones y nuestra milenaria cultura. En cuanto a los paisanos, me consta que se enorgullecen de tanta difusión” (13). El publica sus recetas en Galicia en el mundo; en una de las entregas de “Cocina gallega”, leemos: “En Buenos Aires, siempre que se podía en casa, nos agasajábamos con una buena paella en la que difícilmente faltaba el conejo (mi abuela los criaba en nuestros primeros años en la Argentina” (14).

José Cameán Parcero recuerda: “Yo también fui gallego de m... y también colorado’, porque así es mi color de cabello. Y más de una vez tuve que escuchar a mis compañeros decir que me habían cambiado por un cuero. Pero no me molestaba, quizás porque yo al venir a los cuatro años me sentía uno más. No sabía mi conciencia la diferencia de ser gallego o argentino”. Cuenta que su padre ”como buen gallego, era músico, tocaba la gaita y le enseñó a él a tocar la caja. Como esto resultó ser de su gusto tocó con Los Celtas de Vigo y con Los Chavales de España. En estos conjuntos tocaba la tumbadora. Estos instrumentos todavía los conserva en su taller de autos antiguos” (15).

Daniel Artola relata la vida de Salvador de la Calle, periodista del diario Crítica: “Es diciembre de 1923. Estefanía es una pasajera más del vapor Alba que viene de Vigo, España, rumbo a la Argentina. El barco está cargado de inmigrantes con sus esperanzas a cuestas. Ella sabe que el destino está cerca y le habla a su bebé, Salvador, que extiende las manos debajo de la manta que lo cubre. Tiene la convicción de que ésta será una gran tierra, donde el trabajo y la felicidad no serán una utopía. A su esposo Rafael lo espera el campo. Despúes de unos días en el Hotel de Inmigrantes marchan a El Socorro, un lugar intermedio entre San Nicolás y Pergamino. Allí necesitan brazos fuertes para sembrar la tierra: el futuro para ellos se cosechará recogiendo bolsas de maíz. (...). Salvador se ha dado el gusto de volver a la tierra que lo vio nacer. En 1989 visitó a una tía en su pueblo natal: ‘Estaba en la campña y me la pasaba comiendo sardina, quesos de cabra y trozos de jamón crudo, porque allí no lo cortan en fetas como acá’ “ (16).

Jesús Amorín Varela relata: “Mis padres eran gallegos y fueron a Cuba. Ahí nací yo. A los dos años me llevaron a Galicia y me dejaron al cuidado de mis abuelos maternos. Estuve con ellos hasta los diecisiete y en 1929 me vine para la Argentina” (17).

Francisco Coira nació en 1906 en Catoira. “Me vine en 1925 –cuenta-, como vienen todos los inmigrantes, para buscar algo mejor... y en realidad, escapando del servicio militar, que se hacía en Africa...(...) lo que significaba, con las pestes, la guerra y todo, casi ir a morirse... a gatas tenía el sexto grado, así llegué, y aquí logré todo lo que soy, un trabajo, una familia, una vida” (18).

No puede regresar Fermín Alvarez, mozo de la confitería La Ideal. “Su rancia estirpe gallega se ablanda un poco cuando confiesa que le gustaría volver a España, después de tantos años sin pisar la tierra que lo vio nacer. ‘Pero no hay plata: acá se gana muy poquito, apenas las propinas. Y la jubilación, para qué hablar’, cuenta. Su hija le está gestionando una jubilación en España para que su vida sea menos empinada” (19).

Arturo Lezcano me escribe que la madre de José María Martín trajo desde Galicia un cuadro titulado “La abuela y el niño”, de Fernando Alvarez de Sotomayor. Pensaba procurarse con su venta algún dinero para establecerse en América.

María Mercedes Arias “se recuerda a sí misma como una campesina de Porto, una aldea de la comarca gallega de Valdeorras donde todavía se ve a lo lejos el río Sil y el Castillo del Conde de Rivadavia, construido en el siglo XV. ‘Araba el campo con mis dos hijos porque mi marido se había ido a la Guerra Civil que estalló en 1936. Llenábamos un carro con las castañas que había en el bosque, las comíamos asadas y con un vaso de leche. Yo tenía 38 años y como la posguerra era muy dura, nos vinimos a la Argentina’, cuenta” (20).

Un inmigrante tiene un bar en la Isla Maciel: “ ‘Esto era la calle Florida, entre el frigorífico, las areneras, los astilleros –dice el Gallego-. Y ahora... ya ni comidas damos. Es una pocilga. Me dan ganas de largar todo pero no puedo’. Su bar quedó varado en algún cierre mpreciso, ese día último en que la heladera despachó la porción final para uno de crudo y queso. Y pensar que el bar del Gallego hasta tenía un reservado, con manteles y todo. Al Gallego le dan ganas de llorar. La enorme mesa de billar tapada con una tela parece meterle más luto al que ya tiene. Sólo el comensal de siempre va por su vasito de vermú, antes del almuerzo. Pero ya no se dicen nada” (21).

En un bar de Gaona y Concordia, en Buenos Aires, transcurre probablemente el cuento “Hombre de la esquina rosada”, de Jorge Luis Borges. En ese bar trabaja un mozo gallego: “Pepe ‘Galleguito’ Castro (62 años, vecino desde hace 34), único mozo del Gaona, acredita: ‘Se inauguró en 1908’. Y otra cosa más. Casualidad de la vida o no, hoy está pintado de rosa, dato que no aparece en el texto pero que sí remite al título del cuento. ‘Borges sabe que, en aquella época, los almacenes eran de ese color, lo cuenta en Fundación mítica de Buenos Aires’, apunta Sorrentino. Ajeno a los análisis literarios, Pepe pone cara de circunstancia al nombrarle a Borges. ‘Me dolió cuando dijo que no quería morir en la Argentina’, apunta el hombre que nació en Santiago de Compostela y por nada del mundo quiso salir en las fotos” (22).

Julio Méndez Iglesias se presenta: “A mí me dicen el otro Julio Iglesias. Porque además de vender flores, toco música gallega, celta, religiosa y folklore de todo el mundo con mi guitarra y mi armónica. Pero ni Dios me dio el don de hacer lo que hace él, ni a él le dio el don de hacer lo que hago yo. (...) También soy poeta, tengo como 500 hermosos poemas para editar. (...) Otro amor que tengo son las palomas. (...) Nací en España, en Santiago de Compostela, por eso firmo mis poemas como El Compostelano. Tengo 63 años. Me casé en 1985 con una argentina y tengo dos hijos, un nene y una nena. Hace 35 que vine a la Argentina, tenía 25 años. A los pocos meses me puse esta florería. Me gusta mi vida, mi trabajo. Lo hago con agrado, a pear de que es muy ingrato, porque en la calle se sufre mucho, se sufre la intemperie, la gente” (23).

“Pedro Fernández, español, y de Orense, como corresponde a un afilador que se precie de tal, dado que esta ciudad gallega se conoce como la tierra de los afiladores por excelencia, con ochenta años de edad, recuerda cuando recorría más de cien cuadras por día: ‘Si uno se sacrificaba podía ganar un pesito más. Después, todo cambió, con la industrialización el trabajo desapareció’. Don Pedro cuenta que aprender el oficio no es fácil, y que hasta puede ser riesgoso. Como certificando sus palabras muestra el dedo índice de su mano derecha con la impronta de una herida producto de la inexperiencia inicial. Con su bicicleta roja y sus piedras anduvo por muchos rincones del país, pregonando su máxima fundamental: ‘La comida sabe mejor cuando el cuchillo corta bien’ (24)".

Leila Guerriero reúne, en su nota “Cuentos de gallegos”, diversos testimonios:
El de Susana Rodríguez: “-los gallegos éramos lo más despreciado de España –dice Susi-. Estaba prohibido hablar en gallego. A las aulas había que entrar saludando ‘viva España’ y ‘viva Franco’, y las maestras te castigaban si no usabas el castellano” (25).

Aucario Pérez Cartoy afirma: “-Vine por la desesperación. Mi padre era herrero y mi madre agricultora, y la verdad es que no había comida. Las papas las sacábamos antes de que maduraran, por el hambre” (26).

José Campos Barral manifiesta: “-Yo me siento gallego, y luego, si me queda un rato libre, soy español. Pero en el ’49, en España, se pasaba mucha miseria. Yo he llevado bofetadas del maestro por hablar gallego. Me decía: ‘Hable cristiano’. Mi padre era republicano, y tenía la libertad condicional. Estaba harto. Primero vino mi hermano mayor, luego mi padre, mi madre, la abuela. Y luego yo” (27).

“En Internet, decenas de páginas promueven la búsqueda y el encuentro con familiares de antaño, (...). Casi todos los que buscan, más que los hijos, son los nietos. –Es normal –dice Pablo Cirio, musicólogo, investigador de la música tradicional gallega en prácticas espontáneas y profesionales en la Argentina-. La capa de gallegos nativos está jubilada. Los hijos hoy tienen entre 40 y 50 años , y son los que se llevaron la peor parte. Pagaron el resentimiento de sus padres, que querían insertarse como argentinos y no les interesaba mantener sus raíces. Como muchos eran analfabetos, querían posicionar a su descendencia en mejor lugar. Entonces no les enseñaron el idioma. ¿Para qué va a hablar gallego? Que hable inglés, que sea abogado. Ahora los nietos son los que están interesados en la vida de sus abuelos, el idioma, la música. Y, claro, en el pasaporte” (28).

José Manuel Castelao Bragaña, abogado y presidente del Consejo General de la Emigración relata: “Vi la multitud en el puerto y busqué, entre todos esos rostros, el de mi padre. El me había dejado niño y se encontró frente a un hombre. Pasada la primera alegría del encuentro, yo lloraba todos los días. Pero mi padre dijo algo que por entonces tenía sentido: ‘Les dejo más futuro a mis hijos en la Argentina sin nada que en España con todo’. Si me dijeran ahora para siempre España o para siempre Argentina, yo digo para siempre Argentina. Aquí nadie me preguntó dónde había nacido, no pagué un peso por mi título universitario de abogado. En Buenos Aires soy un gallego morriñoso y en Galicia soy un porteño nostálgico” (29).

Manuel Fajardo, dueño de la pizzería La Continental, brinda su testimonio: “-Lo que más orgullo me da es que les he dado trabajo a más de 700 argentinos –dice Manuel, que vive en una casona de Parque Centenario seis meses al año y los otros seis meses los pasa en España-. El secreto es trabajo, trabajo y más trabajo” (30).

Jesusa Pérez Iglesias se refiere a la falta de comida: “Yo me vine a los 18, para tratar de mandar dinero. Allá se pasaba hambre. Ibamos al matadero a buscar la sangre de la vaca. La hervíamos, la cortábamos en pedazos, si había aceite se freía y si no se comía hervida” (31).

Escribe a La Nación, María Dolores Bermúdez: “Gracias por habernos hecho tener esos momentos llenos de emoción en la nota que dedicó a nosotros, los tantísimos gallegos que vinimos a hacer la América, allá por la primera parte del siglo pasado. ¡Cómo nos identificamos, cuántas historias similares! Primero, el papá; luego, algún hermano mayor, y finalmente mamá con el resto de la familia: éramos seis con mamá; aquí ya estaba papá con sus dos hijos mayores y, para afianzar nuestro amor por esta querida Argentina, nació el noveno hijo” (32).

Horacio Spinetto se refiere a un paragüero inmigrante: “En Independencia y Colombres funciona desde hace más de cuarenta años la paragüería "Víctor", propiedad de don Elías Fernández Pato, un español que llegó a los 18 años desde su tierra gallega y se dedicó a vender y arreglar paraguas por las calles porteñas. En 1957 abrió su local, al que puso el nombre de su hijo recién nacido” (33).

“A partir del año 1918 don José Loureiro, un simpático gallego, trabajó en la Costanera Sur, con la fuente de Lola Mora como fondo. ‘Los domingos con buen tiempo hacía hasta cincuenta fotos a cuarenta centavos, las tres postales con la misma pose, las coloreadas a mano, cincuenta’ ” (34).

En el Museo de la Inmigración, sito en el ex Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires, se relata en un panel la historia del matrimonio Mosquera López-Alvarez Marante, emigrados desde Orense.

En otro panel, en ese mismo museo, se relata la historia del pontevedrés Martínez Padín.

Un inmigrante retorna, luego de trabajar décadas en nuestro país: “Con el guardapolvo de mozo todavía puesto, José Trillo, quien fue durante cincuenta años fue una de las ‘caras’ del Británico, contó cómo se sentía por tener que dejar el tradicional bar. ‘Estoy muy triste, pero algún día tenía que ser’, dijo. Muy emocionado, anunció que -después de haber pasado casi toda su vida en Argentina- volverá a radicarse en Galicia. ‘Me voy a España’, concluyó” (35).

Notas
1. Vilanova Rodríguez, Alberto: Los gallegos en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones Galicia, 1966. Tomo II. Pág. 760. Premio de Historia en el Concurso Extraordinario de 1957, celebrado para conmemorar el cincuentenario de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires. Prólogo de Claudio Sánchez-Albornoz.
2. S/F: “El baratillo”, en La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.
3. Izquierdo, Francisco: en Vernaz, Celia: La Colonia San José. Santa Fe, Colmegna, 1991.
4. Messi, Virginia: “Los últimos días de la vieja cárcel de Caseros”, en Clarín, Buenos Aires, 8 de noviembre de 2000.
5. S/F: “Esa magnífica legión de viejos”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
6. Marabotto, Eva: “La esquina del librero, barro y pampa”, en Clarín, 5 de noviembre de 2000.
7. Turcatti, Esteban “El gaucho que conquistó el mundo”, en La Capital, Mar del Plata, 5 de noviembre de 2000.
8. Urfeig, Vivian: “Un nuevo museo rescata la historia de inmigrantes gallegos”, en Clarín, Buenos Aires, 13 de diciembre de 2005.
9. Peralta, Elena: “Clubes españoles”, en Clarín, Buenos Aires, 3 de julio de 2005.
10. Beltrán, Mónica: “La primera escuela gallega que enseña a chicos argentinos”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de abril de 1999.
11. S/F: “BIENVENIDOS A VIDES, TAPAS Y VINO La sencilla calidez de una tasca”, en www.videstapas.com.
12. S/F: “Cocina Celta de Manuel Corral Vide”, en www.labasicaonline.com.ar.
13. Corral Vide, Manuel: “Cocina gallega”, en Galicia en el mundo, Edición Mercosur. Buenos Aires, 3-9 de septiembre de 2001.
14. Corral Vide, Manuel: “Cocina gallega”, en Galicia en el mundo, Edición Mercosur. Buenos Aires, 14-20 de febrero de 2000.
15. S/F: “José Cameán Parcero. Un vecino de Bembibre, Parroquia de Buxán”, en El mensajero gallego, N° 2, Abril de 1998.
16. Artola, Daniel: “Salvador de la Calle lleva tres cuartos de siglo residiendo en Saavedra ‘En 1929 el barrio estaba lleno de quintas’ “, en El Barrio Periódico de Noticias, Buenos Aires, Año 6, N° 67, Octubre de 2004.
17. S/F: “Pérez Millán”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
18. Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
19. Commisso, Sandra: “Un marinero que eligió ser mozo y quedarse en tierra”, en Clarín, 16 de julio de 1998.
20. Pogoriles, Eduardo: “Volver a las raíces”, en Clarín, Buenos Aires, 13 de agosto de 2001.
21. Piotto, Alba: “La Isla Maciel por dentro”. Fotos: Rubén Digilio, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004.
22. Tagtachian, Magdalena: “Entre la Avenida Gaona y Juan B. Justo. Borges dejó su huella en el barrio”, en Clarín, Buenos Aires, 11 de diciembre de 2002.
23. S/F: “Click. El otro Julio Iglesias”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 12 de octubre de 2003.
24. Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El Afilador”, en www.dgpatrimonio.buienosaires. gov.ar.
25. Guerriero, Leila (texto) y Lucesole, Martín (fotos): “Cuentos de gallegos”, en La Nación Revista, 17 de abril de 2005.
26. ibídem
27. ibídem
28. ibídem
29. ibídem
30. ibídem
31. ibídem
32. Bermúdez, María Dolores: “Gallegos (II)”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de mayo de 2005.
33. Spinetto, Horacio: “El Paragüero y el Bastonero”, en “Los oficios. Entre el olvido y el rescate”, en www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.
34. Spinetto, Horacio: “Los Oficios - Entre el Olvido y el Rescate - El fotógrafo de plaza”, en www.dgpatrimonio.buienosaires. gov.ar.
35. S/F: “Desalojaron el Bar Británico”, en Clarín, Buenos Aires, 23 de junio de 2006.

Hijos

En La Coruña murió en 1979, el pintor Luis Seoane, quien, nacido en Buenos Aires en el seno de una familia gallega, vivió muchos años en España. El escribió: “Soy y seré siempre un desarraigado permanente. Lo seré aunque decida volver a mi país. Es el destino del exiliado” (1).

Antonio Pérez-Prado expresó: “Yo también soy gallego, nacido en Buenos Aires –en Monserrat- porque Galicia es una nación histórica (las otras dos son Euzkadi y Cataluña, que también tienen idioma propio y son mucho más antiguas que la España consolidada en un Estado)” (2).
El afirma: “Yo, si he tenido una impronta... ha sido la de mi madre. Si mi galleguidad tiene un sello, ha sido el de ella. Puedo cantar horas de canciones gallegas. Todas me las cantaba mi mamá, y contaban la misma historia. Que el cura embarazaba a la criada y nacían los niños con cara de cura” (3).

“Acabo de leer las historias contadas en la nota Cuentos de gallegos –afirma Ana Varela-. Historias casi iguales a la mía y a las de tantos de mis conocidos. Pero hay un punto que quiero aclarar. En Galicia no estaba prohibido hablar gallego. Todos lo hablábamos libremente, pero, con muy buen criterio, en las escuelas de toda España se obligaba a los alumnos a hablar y escribir castellano. Era el lugar adecuado para aprenderlo y practicarlo. Yo aprendí mis primeras palabras en castellano a los 5 años. Aún agradezco a quien me enseñó, sabiendo que al llegar a Buenos Aires iba a necesitarlo” (4).

En una entrevista realizada por Ana Da Costa en 2000, Juan Flloy evoca a sus padres: “Mi madre fue una francesa que vino en una de las promociones de inmigración del siglo pasado, en una inmigración de labriegos franceses que se afincaron en Pigüé, en la provincia de Buenos Aires. (...) se casó aquí, en la Argentina, con un español nativo de Galicia y formaron un hogar en el cual fuimos cuatro hermanos. Pero mi madre había tenido primero relaciones matrimoniales con un belga que la abandonó con tres hijos, los cuales fueron acogidos por mi padre. Los siete crecimos y fuimos educados aquí, en la ciudad de Córdoba. Papá y mamá se conocieron en Tandil, cerca de la Piedra Movediza, que es una figura que se hizo sumamente popular en casa, porque mi padre tuvo dos hijos en las proximidades de la Piedra Movediza” (5).

Adolfo Pérez Esquivel “parte para Galicia en breve a dejar él también su huella escultórica. ‘Voy a hacer un monumento a la memoria en Combarro, el pueblo donde nació mi padre, en un parque al que le van a poner mi nombre”, comentó” (6).

Rodolfo Alonso dice que nunca olvidará el “legítimo entusiasmo” con que su padre gallego les relataba “anécdotas para él imborrables de su infancia. Anécdotas que no eran sólo de hombres y de hechos, como las inefables ocurrencias de Novás, el cantero de su pueblo, cachaciento y mordaz, sino también el reiterado recuerdo de ese ruiseñor cantando en lo alto de un pino o la nutria cazada a escondidas, de noche, sobre el lomo del río” (7).

Manuel Castro, descendiente de gallegos, “es fanático de la música celta. En sus viajes por Europa aprendió la historia y las costumbres de este pueblo europeo y ahora difunde sus conocimientos en la Argentina. (...) Fiel a las tradiciones, Manuel se calza la pollerita kilt y el zaragüelle –vestuario típico que usaban los gallegos en el siglo XVIII- para interpretar los temas musicales. (...) ‘Soy un coleccionista de gaitas’, dice Castro y cuenta orgulloso que tiene siete de esos instrumentos. ‘La primera gaita me la compré en un viaje que hice a Londres. Aprendí a tocar con parientes y gaiteros escoceses. La cultura celta me fascina” (8).

Victor Hugo Ghitta evoca el carnaval de la colectividad gallega. Recuerda “las largas mesas familiares del Centro Lucense, en una Buenos Aires cuyos esplendores y apego por las fiestas populares irían menguando con los años, en bulliciosas noches de carnaval en las que nos peleábamos por una falda con fervor e inocencia mientras nuestros padres batían palmas y meneaban caderas al ritmo del pasodoble o la muñeira, después de haberse atragantado con las sardinas españolas y las morcillas vascas y las batatas asadas al carbón y los jamones tan perfumados como las señoras que atiborraban la pista, atraídas por una estridencia de trompetas y por las toreras de luces y las fabulosas charreteras y los zapatos y los pantalones blancos de los Gavilanes de España, que era el conjunto musical que animaba las tertulias y las verbenas” (9).

Gladys Onega habla sobre los distintos idiomas que escuchó en su infancia: “A mí lo que más me atrajo, y me metí en un trabajo muy arduo y gratificante, fue el de la escritura adulta que tiene que crear un narrador niño pero con una escritura adulta. Esta fue una gran tensión que se produjo en mí con el lenguaje; y además tratar de encontrar las voces que me rodeaban en aquel momento, ya que tenía la de mi padre que hablaba en gallego con sus parientes, pero no en mi casa porque mi madre era criolla, y también la de todos los italianos que en ese tiempo hablaban realmente el italiano. Para mí era maravilloso tener todos estos sonidos. Eran todas palabras misteriosas. Los chicos que iban al colegio en el 35 y provenían del campo hablaban en italiano, y en la escuela era donde verdaderamente se nacionalizaban. Ese fue el gran factor unificador de la escuela pública” (10).

En una entrevista, manifestó Horacio Vázquez-Rial: “Yo vengo de una familia absolutamente definida históricamente, como una familia gallega con por lo menos ocho generaciones de permanencia registrada en Galicia. Es decir donde no entraron ni siquiera asturianos en la historia. Ni nadie de Zamora ni de ningún país limítrofe ni de León. Por lo tanto no hay cruce en el sentido étnico del mestizaje. Yo soy tan mestizo como cualquier habitante de grandes ciudades en el orden cultural. El mestizaje de Buenos Aires, el mestizaje de Barcelona, ahora el mestizaje de Madrid es el mío pero es el mío en la medida en que es mestizaje de gran ciudad. Lo mismo sería en Madrid, lo mismo sería en Nueva York. Es decir está uno en medio de una serie de corrientes, de lenguas, de libros, de periódicos, no es muy distinto el funcionamiento de un intelectual en una gran ciudad o en otra. Yo no creo que mi producción hubiera sido muy diferente en Londres de lo que es en Barcelona, salvo por lo que hace al oído, al idioma en mi oído. Yo acepto esto porque además me da igual, realmente me da igual” (11).

Acerca de sus padres, dice María Rosa Lojo: “Mis padres me legaron el amor por su tierra, pero yo también aprendí a amarla a través de sus grandes escritores. Soy la primera generación argentina nacida de una pareja de exiliados durante la guerra civil; en casa se hablaba de España como del ‘paraíso perdido’, al que mis padres siempre quisieron regresar” (12).

Gabriel Deus – hijo de un gaitero inmigrante, y gaitero él mismo de la Agrupación Folklórica Baixo Miño- se refiere a “los grandes maestros gaiteros inmigrantes, (...) en sus dedos, al ejecutar la gaita, demuestran en cada nota el sentimiento de un inmigrante” (13).

María Nieves, bailarina de tango, “proviene de una familia humilde –ella reafirma- ‘más que pobre’-. Fue criada en el barrio de Saavedra. Sus padres eran de Lugo, España y aquí tuvieron cinco hijos. A los 8 ó 9 años María comenzó a ir a las milongas con su hermana mayor y de tanto ir a ver bailar tango, un día la invitaron a la pista y bailó. De chica la humildad familiar no la marcó. Asegura que eran muy felices y que eso es imborrable. (...) A veces me dicen, ‘sos demasiado humilde, sos una tonta’. Así me hizo mi mamá, eso me legó. Me enseñó a andar derecha por la vida y no hacerle daño a nadie’. Esa misma mamá –‘la gallega’- cuando era niña le cantaba tangos y valsecitos en vez de una canción de cuna” (14).

En una conferencia dictada en 1994, afirma Aurora Alonso de Rocha que un recuerdo de 1978 le da “a la tarea de investigar, una cuota mayor de entusiasmo”. Se refiere a su viaje a Galicia: “de pronto, estuvimos en la mítica tierra. A terra, la de los cuentos mil veces recreados. (...) ¿Cómo pudieron irse? –preguntó mi hija de quince años. ¿Cómo, de un lugar mágico? Era el lugar del encantamiento, recibido en los relatos y los silencios dolidos, el lugar donde el mar era la mar y había puertos de tierra” (15).

Los Goris, inmigrantes gallegos, regresaron a su tierra. “De chica –afirma la hija, Esther-, escuché tanto a mis padres añorar su tierra gallega, que, a fuerza de ser tan nombrada, Galicia se convirtió para mí en una región mítica. (...) Recién al disfrutar de cerca de esa belleza incomparable entendí por qué a mi padre lo ponía triste la inmensa llanura de la Argentina. (...) Ahora hace unos meses que mis padres volvieron a radicarse en Galicia. Sólo falta que vuelva yo, para estar los tres juntos, en ese suelo soñado” (16).

“El origen de los negocios de Alfredo Coto –escribe Alfredo Sainz- está ligado a la carne, que aún continúa siendo una de sus principales fuentes de ingresos, ya que cuenta con tres frigoríficos propios que abastecen a sus supermercados y también exportan parte de su producción. Joaquín Coto, el papá de Alfredo, era un inmigrante gallego que tenía una pequeña carnicería en un mercado municipal que funcionaba en Retiro y desde chico Coto acompañaba a su padre en sus recorridas por el Mercado de Liniers. Con su esposa, Gloria, en 1970 fundó la primera carnicería, aunque desde antes estaban en el negocio de la compra de hacienda y el reparto de carne en pequeños comercios” (17).

Graciela González, hija de un gallego emigrante, relata que en los años en que llegó a la Argentina su padre, “Los sueños eran pocos, pero duraban toda la vida: comprar una casita, educar a los hijos y, quién sabe, volver a la patria algún día. Papá nunca lo hizo”. La entrevistada recuerda que en una valija, que las hijas pequeñas no podían abrir, el hombre guardaba “cartas, cuadros, que todos los emigrantes traían porque no sabían si podrían volver a ver a sus familiares. Había de todo. Era su historia” (18).

Beatriz Pérez Leiro, marplatense que en 1999 viajó a España, dijo: “Desde pequeña escuchaba a mi madre hablar de un extraño camino, que siempre se llamó ‘francés’, senda única y concreta hacia un sepulcro milagroso. Su voz se apagó y puse su sueño en mi mente y en mi corazón” (19).

Antonio D’Argenio testimonia la nostalgia de su madre: “Cuando era yo un chiquillo de ocho o nueve años, mi madre, que había llegado a nuestro país en 1920 desde su Lugo natal, en Santiago de Compostela, escuchaba todas las tardes por la desaparecida Radio Prieto, una audición llamada ‘Por los caminos de España’. En esos momentos yo no entendía cómo el rostro de mi madre se cubría de lágrimas cada vez que sintonizaba aquel programa y escuchaba, por ejemplo, el sonido de una gaita” (20).

José Luis Noya escribe: ”En las aldeas de Berdía y Vilar do Rey, en Galicia, nacieron mis viejos que, como muchos gallegos, vinieron a radicarse a nuestro país. Este año tuve la suerte de conocerlas y fue una experiencia única. El momento del encuentro familiar es difícil de describir. Comprobé que esa familia, desconocida para mí, tenía gestos similares a la que se encuentra del otro lado del Atlántico” (21).

Daniel Míguez recuerda: “Viví en la casa de San Lázaro donde nació mi padre, enfrente de la iglesia donde él, como monaguillo, enloquecía con travesuras al cura y dormí en la cama de mi abuela, Gloria, que murió sin conocer a sus nietos argentinos. También caminé a orillas del río donde lavaba la ropa y soñaba mi abuela Concepción, que me crió en Buenos Aires, y besé al viejito de 97 años que fue el hermano que ella más quiso. Y toqué las herramientas de zapatero que mi abuelo Manuel dejó en un taller en la casa de Labacolla en 1912, para venirse a la Patagonia, a los 16 años, con aires de anarquista. Fue mucho más que cumplir un deseo profundo. Fue como saldar una deuda metafísica” (22).

Fabián Tarrío recuerda a su padre, hijo de inmigrantes gallegos: “Mi viejo sabía vivir y hacer de cada momento con los demás, un tiempo grato. Lo que me viene a la cabeza es el espíritu que tenía de buena vida. Divertido, atrevido; era de disfrazarse para los carnavales o para fin de año, y viajar disfrazado en un colectivo a los corsos de la Boca. A nosotros nos daba un poco de vergüenza, pero hoy reconozco que lo hacía porque tenía un espíritu muy lindo” (23).

“Felicitaciones por la nota Cuentos de gallegos –escribe Marta Eijo a La Nación-. Las historias de los entrevistados bien pueden coincidir con la de mis padres. Algunos participantes en ella han dejado sus huellas de esfuerzo e idoneidad en el Centro Gallego de Buenos Aires, mutualidad de la que soy socia y que, sorteando as dificultades de la economía pendular en estos últimos años, sigue cobijando a esos inmigrantes, a sus hijos y nietos mediante la prestación médica y el acceso al Instituto Argentino de Cultura Gallega” (24).

Ruben Servia recuerda el viaje a la tierra de sus mayores: “en 10 minutos llegamos a A Coruña.......Noia..Lousame.....baje del auto..........y lo que camine desde ese auto hasta los brazos de mi tía.....no puedo explicarte no podré expresarte, que me pasaba, era como caminar volando......liviano....sin nada adentro......ahogado.....alegría.........La abrace, llore como hacia mucho no lo había hecho recordé a mi papá, a mis abuelos estaban ahí, en medio de nosotros dos.....” (25).

Notas
1. Seoane, Luis, en el video de la muestra “Luis Seoane. Pinturas, dibujos y grabados”, en el Museo de Arte Moderno, junio 2000.
2. Pérez-Prado, Antonio: “Recuerdos de la América pródiga”, en Clarín, 19 de noviembre de 2000.
3. Guerriero, Leila (texto) y Lucesole, Martín (fotos): “Cuentos de gallegos”, en La Nación Revista, 17 de abril de 2005.
4. Varela, Ana: “Gallegos”, en La Nación Revista, 30 de abril de 2005.
5. Da Costa, Ana: “Entrevista a Juan Filloy”, en www.bibnal.edu.ar, 2 de marzo de 2000.
6. Zacharias, María Paula (texto); Roll, Mauro (fotos): “La vidriera cultural”, en La Nación Revista, 22 de agosto de 2004.
7. Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
8. S/F: “Un periodista loco por la gaita”, en Clarín, 26 de septiembre de 1997.
9. Ghitta, Víctor Hugo: “Elegía a Paco Rabal dormido en Aguilas”, en La Nación, Buenos Aires, 2 de septiembre de 2001.
10. Duche, Walter: “Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia”, en La Prensa Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
11. Espinosa Viale, Sara: “Señoras y Señores, con Todos Ustedes... Horacio Vázquez Rial”.
12. González Rouco, María: “María Rosa Lojo: la inmigración gallega”, en El Tiempo, Azul, 17 de marzo de 1991.
13. Deus, Gabriel: e-mail enviado a MGR
14. Pacheco, Carlos: “María Nieves: la princesa del Plata baila hoy”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
15. Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
16. Goris, Esther: “Galicia, tierra añorada”, en Clarín, Buenos Aires, 5 de diciembre de 1999.
17. Sainz, Alfredo: “PERFILES Un imperio tras las góndolas”, en La Nación, Buenos Aires, 30 de octubre de 2005.
18. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
19. S/F: “Gozo y sacrificio en el camino de Santiago”, en La Capital, Mar del Plata, 30 de julio de 2000.
20. D’Argenio, Antonio: en “El regreso a la tierra de uno”, en Clarín, Buenos Aires, 17 de octubre de 1999.
21. Noya, José Luis: “Aldeas de Galicia”, en “La vuelta al origen”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
22. Míguez, Daniel: “El tío Pedro”, en “Testimonios”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
23. Piotto, Alba (Texto y producción); Rosito, Enrique y Digilio, Rubén (fotos): “Mi papá”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 20 de junio de 2004.
24. Eijo, Marta: “Gallegos”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de mayo de 2005.
25. Servia, Rubén: e-mail enviado a M. G. R.

Nietos

Ernesto Schoo recuerda a su abuelo gallego: “En la estancia de mi abuela materna, en Pergamino, hay una vasta biblioteca, en parte heredada de su marido, mi abuelo gallego, y en parte formada por sus hijos. Allí está todavía la famosa Biblioteca de La Nación, con mis lecturas favoritas, Julio Verne y Conan Doyle (las aventuras de Sherlock Holmes, que me llenaban de terror y a las que intentaba exorcizar dibujándolas como historietas) y Alejandro Dumas y H. G. Wells. En otros estantes relucían los lomos dorados de colecciones enteras de revistas españolas, que le mandaban a mi abuelo y que él hacía encuadernar: La Ilustración Artística, el Album Salón, Blanco y Negro. De 1896, 1898 (el año de la pérdida de las últimas colonias españolas, Cuba y las Filipinas), 1900, 1902...Yo leía ávidamente esos mamotretos, enterándome de las alternativas de la guerra de Cuba, o la de los boers en Sudáfrica. No había disciplina o rubro que no me interesara: los comienzos del cinematógrafo, el estreno de La Boheme de Puccini en el Liceo de Barcelona (casi todas esas revistas se editaban, lujosamente, en la capital de Cataluña), la evocación de los bailes de carnaval en el Madrid de 1850. En otra habitación, en un enorme mueble con puertas vidriadas estaba la inabarcable, interminable Enciclopedia Espasa. Por ahí descubrí también los Artículos de costumbres de Mariano José de Larra (Fígaro), modelo para todo aspirante a cronista, aún hoy” (1).

Alberto Cortez es el autor de la letra y música de la canción “El abuelo”. El cuenta la historia de ese tema: "De alguna manera esta canción que viene es una historia de ida y vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo, su nieto mayor recorrí el camino de regreso, ese camino que él no pudo realizar a lo largo de su larga vida, a pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los ochenta y algunos años. (...) La Argentina en aquellos años de principio de siglo era una esperanza que ofrecía amplios horizontes para los jóvenes con ganas de trabajar y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado España y especialmente Galicia ya que esta “sua terriña” natal no podía ofrecerles más que una vida azarosa bastante cercana a la miseria. Germán, Eladio y David, los tres hermanos García, se embarcaron en Vigo, como todos los gallegos emigrantes con destino a Buenos Aires (...)” (2).

En “Al contrario de lo que dicen El abuelo de Cortez”, escribe Julio César Barros: “Mi abuelo era un gaita nacido en Monforte de Lemos y llegado a estas comarcas cuando tenía un poco más de 18 años. Como otros tantos millones de españoles, se abrió camino aprovechando honestamente las oportunidades que ofrecía el país, en aquellos mejores días. Se casó con una argentina, aumentó cuanto pudo la prole, compró su chalecito y se jubiló despues de haber cinchado no sé cuantos años en el Roca. Una vida tan modesta, que mal hubiera podido despertar la curiosidad de nadie” (3).

Guillermo Saccomanno relató en un reportaje: “Mi abuela era una presencia muy fuerte. Trabajó de sirvienta y de lavandera de familias bien de la época. Con todo, acá la pasaba mucho mejor que en su aldea, donde estaban muy sometidos” (4).

En un reportaje, Martín Seefeld evoca a su abuela inmigrante: “Aprendí todo de mi abuela Lala. Era gallega y me enseñó a disfrutar de todo, desde un plato de lentejas hasta bailar” (5).

“En 1886 –escribe Claudio Savoia-, mucho antes de convertirse en el apellido de un polémico dirigente del fútbol, Lalín era sólo un pequeño pueblo de Pontevedra, en la provincia española de Galicia. Desde allí, al igual que otros miles de esperanzados con dejar atrás su desesperanza –como los antepasados del polémico dirigente- Nieves Barcala partió hacia Buenos Aires. El mismo año, desde el mismo pueblo, zarpó el barco que sacaba de España al niño Manuel Miranda, alejado de su patria por su abuela para protegerlo –a él y a su madre- de la vergüenza de ser hijo natural. En La Boca, en un conventillo, Nieves se empleó como doméstica. Su dueña, Paca, era tía de Manuel, a quien Nieves conoció... en una reunión de inmigrantes de la sociedad Hijos del Partido de Lalín. Se casaron. Compraron el conventillo” (6). Esta es la historia que Daniel Miranda, uno de los nietos, relata al periodista.

“Las historias de mis abuelos eran, en mi infancia, un ‘cuento’ interesante para mí –dije en una entrevista-. Ese tipo de narración familiar sin duda me marcó. Cada vez que se juntaban, mis parientes tenían dos temas de conversación, a saber: cómo cambió su vida al llegar a América y cuándo iban a ir de visita a su tierra” (7).

Cuando mira una foto, Elsa Carballeda imagina el viaje de su abuela “con sus tres primeros hijos en la bodega del barco (tres meses viajando en condiciones precarias y los sueños intactos)” (8).

Aún hoy perviven las recetas de la abuela. En su restorán, los hermanos Morales hacen la empanada gallega tal como la hacía Manuela Eiras en Padrón, según la receta que trajeron de La Coruña hace cuarenta y tres años (9).

“¿Quién puede decir con seguridad que su receta de empanada gallega es la auténtica? –pregunta Alicia Delgado. Hay tantas empanadas como abuelas gallegas, y todas son válidas mientras no transgredan ingredientes y técnicas básicas (que no a todos les importan si el resultado es rico). La empanada gallega de Doña Tere, un restaurante con pocos meses de vida y antecedentes en Cariló, lleva una masa de pan crocante, la que preparaba la abuela de Héctor Rodríguez, muy apropiada para contener el relleno, en este caso una mezcla de diversos pescados desmenuzados más cebolla, ajíes y otros aromas; por cierto sabrosa, bien presentada con hojas frescas aderezadas” (10).

De su abuela dijo el periodista Vicente Muleiro: “Como decía Gila, mi abuela era una solterona... Tan solterona era doña Francisca Muleiro que a sus hijos les puso su apellido.(...) Murió cuando yo era un adolescente y se llevó el secreto de su infancia gallega y la íntima épica de su inmigración” (11).

Guadalupe Henestrosa afirmó: “Desde hacía años venía pensando en el tema del desarraigo. Me interesaba especialmente el caso de las mujeres jóvenes, el testimonio personal, los sentimientos que se tejen en un apuesta vital tan fuerte. En parte se vincula con la experiencia de mis propias abuelas, ambas inmigrantes españolas. Una de ellas, Carmen Oliveros, cuyo nombre usé como seudónimo para el Premio, llegó a los 19 años, sola, en el año 20. Hoy suena sencillo pero en esa época cruzar el mar implicaba casi irse a otro planeta, no volver a ver a la familia, vivir a una carta por año, en un contexto de gente prácticamente analfabeta. Y tener que cargar además con la gran pregunta: irse para qué. Al sentarme a escribir, todo eso estaba sobre la mesa. (...) María Cruz, mi otra abuela, llegó a la Argentina con sus hermanas. Ese recuerdo fue el puntapié inicial.” (12).

Notas
1. Schoo, Ernesto: “Mis aprendizajes Memorias”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de noviembre de 2005.
2. Cortez, Alberto: “El abuelo”, en www.albertocortez.com.ar. Reproducido en www.galespa.com.
3. Barros, Julio César: “AL CONTRARIO DE LO QUE DICEN El abuelo de Cortez”, en La Unión digital, Edición Número 2572, Lunes 1 de Marzo de 2004, www.launion.com.ar.
4. Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999.
5. Madrazo, Cecilia: “Martín Seefeld: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 29 de diciembre de 2002.
6. Savoia, Claudio: “El equipaje de los sueños”, en Clarín, Buenos Aires, 14 de enero de 2000.
7. Ferrer de Carrau, Margarita: “CONVERSACIONES EN EL FILO DEL MILENIO, Entrevista a María González Rouco”, en El Tiempo, Azul, 3 de septiembre de 2000.
8. Carballeda, Elsa: “El altillo de Elsa”, en Floresta y su mundo. Año 9, N° 106. Febrero de 1999.
9. En La Capital de Mar del Plata.
10. Delgado, Alicia: “Otra cocina española en Palermo”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 30 de abril de 2005.
11. Muleiro, Vicente: “El mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
12. Garzón, Raquel: “ENTREVISTA CON MARIA G. HENESTROSA Bajo el signo del folletín”. (Foto: David Fernández), en Clarín, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2002.


No inmigrantes

José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, se refirió en 1998 al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos han colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha podido” (1).

En una entrevista, afirma Carlos Rodríguez Brandeiro, Coordinador del Area de Lengua Gallega del Colegio Santiago Apóstol, de Buenos Aires: “muchos de los padres de los niños, aunque son gallegos o descendientes de gallegos no tienen conciencia de ello e incluso a veces lo niegan. Tengo la sensación de que dejan lo gallego un poco de lado. Creo que el ambiente global de Buenos Aires, aunque por la cantidad de gallegos y descendientes que hay aquí le decimos la quinta provincia gallega, no es de galleguidad” (2).

Entre los gallegos emigrantes, la gaita era un instrumento muy difundido. El gaitero Carlos Núñez, de paso por nuestro país, dijo en un reportaje que “los mejores gaiteros no permanecieron en Galicia sino que la mayoría vino a Buenos Aires, muchas veces exiliada”. En la Argentina y en Cuba, entraron en contacto con otros ritmos, al punto que “La música gallega se benefició de estas influencias, de estas tradiciones más abiertas” (3).

Notas
1. Estévez, Paula: “Buenos Aires es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La Prensa, 7 de noviembre de 1998.
2. Ruiz, Mariana: “Carlos Rodríguez Brandeiro, Coordinador del Area de Lengua Gallega del Colegio Santiago Apóstol ‘Con nuestro trabajo queremos conseguir que el Colegio irradie galleguidad en Buenos Aires’ “, en Galicia en el mundo. Buenos Aires, 5-11 de julio de 2004.
3. Monjeau, Federico: “Carlos Núñez. En la cresta de la ola celta”, en Clarín, Buenos Aires, 11 de mayo de 1998.
Argentinos

García Meróu destaca la importancia de los Juegos Florales del Centro Gallego: “Los Juegos Florales, en que obtuvieron premios Andrade, Oyuela, Castellanos, García Velloso, etc., produjeron un pequeño movimiento literario que debe ser estudiado y apreciado por todo el que quiera reflejar, aunque sea de una manera superficial, las manifestaciones del intelecto argentino en la época contemporánea” (1).

Daniel Yarmolinski y Graciela Pesce relatan una anécdota que tiene como personajes a Discépolo, Tania y un gallego: “Nos cuenta Francisco García Giménez que alguna vez escuchó junto con otras oersonas, el siguiente relato de boca de don Enrique Santos Discépolo (Discepolín): En los días que nos llegaban mal barajados por la suerte contraria, un 24 de diciembre estábamos en casa solos, secos y amargados. De repente, llamaron a la puerta. Tania, mi mujer, fue a abrir... ¡Era el gallego del almacén de enfrente con una canasta repleta!... Desde la avellana al turrón, desde las pasas de uva a la sidra: ‘como ustedes no me hicieron ningún pedido, me atreví a traerles esto. No se preocupen me lo pagarán cuando puedan’. ¡Lo machuqué de un abrazo! Tania, emocionada se puso a llorar” (2).

Algunos descendientes de inmigrantes se dedicaron al tango. No es muy amable la impresión que tenía Carlos Gardel sobre el tango ejecutado por españoles, ya que le dijo a Astor Piazzolla: “Mirá pibe, el ‘fueye’ lo tocás fenómeno, pero al tango lo tocás como un gallego” (3).

Tomás Eloy Martínez se refiere asimismo a Paco Porrúa, quien regresó a su tierra: Sigue relatando su diálogo con López Llausás: “Le pregunté cómo hacía para no quedar mal con los escritores que aspiraban a su patrocinio y me contestó lo que les decía a todos: "Nunca publico nada sin la aprobación de mi lector desconocido". Cuando la gente quería saber quién era, López Llausás cambiaba de tema. Durante mucho tiempo creí que el lector desconocido era un ardid, hasta que averigüé que se trataba de una persona de carne y hueso. Se llamaba Francisco Porrúa, y tenía tal vocación de anonimato que hizo falta el inmenso éxito de la literatura latinoamericana en los años 60, del que es uno de los responsables, para sacarlo de la cueva. (...) Porrúa era reservado hasta la mudez y lúcido hasta la extenuación. De los cientos de lectores que he conocido, pocos -o ninguno- tienen su olfato y su perspicacia. Llegó a la editorial en 1955 de la mano de Jorge López Llovet, hijo de don Antonio y subdirector de Sudamericana en aquellos años. A Jorge le había interesado el buen criterio con que Porrúa manejaba su pequeña editorial, Minotauro, y lo invitó a ser su asesor” (4).

La historia de un café tiene que ver con un inmigrante: “Tan cheto, tan cheto, pero La Biela empezó siendo, en 1850, una pulpería de un gallego que le quiso poner La Veredita, pero le salía ‘viridita’ “ (5).

Cerca de Médanos abrieron la Proveeduría “El Progreso” los hermanos Martínez y la esposa de uno de ellos. “Tanto Paco como Pepe –relata Isaías Leo Kremer- eran medio duros de entendederas, pro nunca dejaron de pagar sus cuentas, ni de tener preparados los billetes para los proveedores, cuando estos presentaban sus facturas. (...) Los gallegos, no sólo eran muy trabajadores, sino que hacían todo solos, no contrataban personal alguno; esto, unido a una vida austera, hizo que pronto cimentaran su posición” (6).

“Hacia la época del Centenario –destacan Marcelo Alvarez y Luisa Pinotti- cuando la ola española supera a la italiana, los ‘gallegos’ (y especialmente los auténticos hijos de Galicia), asomarán tras los mostradores de almacenes, hoteles, restaurantes, bares y confiterías. La política de la ‘amalgama’ triunfará en el lugar menos previsto por sus ideólogos: la cocina (en todo caso, la cocina del conventillo se presenta como primer espacio de reconocimiento, negociación e integración). La gastronomía italiana será adoptada, resignificada y servida por cocineras y cocineros españoles en lugares públicos y en casas particulares. Se estaba produciendo, en todo caso, el fin de las ‘islas culinarias’ de los grandes contingentes migratorios: la revolución ‘que acaba estructurando las características esenciales del menú porteño. El menú porteño se define: no es otra cosa que los platos más emblemáticos de la gastronomía italiana junto con la carne criolla y algunos manjares españoles (tortilla de papas) y franceses (omelettes), cocinados y servidos por hijos de la península... ibérica. Las salsas tendrán una condimentación distinta (la ‘pomarola’ se olvidará del aceite de oliva), los tiempos de cocción serán otros, los ingredientes serán alterados, subvertidos u omitidos. (...)” (7).

En España, un gallego que retornó sin haber podido “hacer la América” encontró en los manjares argentinos un medio de vida. Lo cuenta Norma Morandini: “como la patria es la infancia, el tiempo se evoca con los sabores que se perdieron. En una pastelería de la calle Menéndez y Pelayo, cerca de la plaza Cavia, se forma una fila para comprar. Un pequeño negocio donde se pueden conseguir medialunas, tarta de acelga, yerba, vinos argentinos y esa delicia que se arma como exclusividad nuestra, los sandwiches de miga. (...) lejos de lo que podría pensarse, el negocio no pertenece a ningún argentino. Su dueño, un gallego que vivió veinte años en la Argentina, al regresar encontró la prosperidad que le fue esquiva como inmigrante. Gracias a los sabores que se trajo del Río de la Plata, su negocio crece cada día” (8).

John Argerich se refiere a algunos inmigrantes: “recordé una copla que cantaban los mozos gallegos del Munich que hay frente al Rosedal: ‘De Cádiz a Vigo/ de un salto llegué.../ Tan sólo por verte/ La punta del pie’ ” (9).

En casa de los Villafañe trabajó “una señora española”, de la que dice Javier, el titiritero: “tenía una memoria extraordinaria y decía romances antiguos españoles –aprendí de ella el Romance del cebollero-. Pablo Medina destaca: “La insistencia con que Javier Villafañe vuelve de tanto en tanto en sus conversaciones sobre la figura de aquella gallega Rosa, la cuentacuentos, poemas, romances y otros decires, es significativa no sólo por su evocación sino también porque la califica como imagen formadora” (10).

“ ‘Si cantan, es ti que cantas; si choran, es ti que choras; i es marmurio de rio, i es a noite, i es a aurora’. Estos versos de Rosalía de Castro, así como muchos otros de tantos poetas gallegos pudieron oírse durante décadas en los labios de Lita Soriano (...) la actriz del decir gallego por excelencia y aquella intérprete de carácter que supo descollar en teatro, TV y radio, principalmente. (...) ‘Lita fue una trabajadora total de la actuación. Sufría mucho cuando no estaba activa. Su vida eran el teatro y sus sobrinos’, cuenta Roberto Trespando, que fue su esposo durante 40 años” (11).

Refiriéndose a quienes debían actuar como inmigrantes, dijo la actriz María Rosa Fugazot, en un reportaje: “Me crié entre actores capaces de hacer un italiano perfecto, un gallego, un turco, un judío perfecto. Actores que no imitaban un acento; sabían penetrar una psicología. Los personajes del sainete eran simples en apariencia, pero con nostalgia por su tierra y un gran amor al lugar que los había acogido. Eran seres complejos, que había que saber observar” (12).

La actriz Rita Cortese recuerda la presencia inmigrante en la sociedad: “Cuando yo era chica, los inmigrantes europeos eran algo vivo y cercano. Tanos y gallegos, como decíamos, estaban allí, al lado nuestro, en la calle, en el barrio. Pesaba su manera de ser y de hablar, sus costumbres, comidas, espectáculos. Formaban parte de nuestra vida cotidiana” (13).

La confluencia de inmigrantes de distinta procedencia y de criollos permite que confraternicen y que conozcan sus cocinas típicas. En una calle porteña vivió doña Catalina, la madre de Miriam Becker. En una sentida evocación que escribe poco después de la muerte de la rumana, comenta que la anciana “De sus vecinos -españoles, italianos, argentinos del interior-, había descubierto que el mejor arroz con pollo lo hacía doña María, la gallega, pero sin panceta; lo rico que eran el grelo, la nabiza y la achicoria como los preparaban los Brunetta –los italianos saben comer verduras-, y que las empanadas con la carne cortada a cuchillo de doña Pepa eran mejores que con la picada común” (14).

En “El gueto de Villa Crespo”, Alberto Benchouam escribe: “También se cuenta la graciosa historia de una gallega, encargada de un inquilinato que al ver aparecer a un niño llorando por un insulto, exclamó extrañada: pobre niño... qué culpa tiene de ser judío y se dice que en ese mismo mes increpó a un compadrito: Mire usted hace tres meses que me debe el alquiler de la pieza... sepa que aquí hay muchos que aunque son judíos y no los saca usted de esa por perdidos que estén... pagan puntualmente” (15).

En “A Coruña, con sugestivos semblantes”, escribe Horacio de Dios: “don Amancio Ortega, que nació y sigue viviendo aquí, lanza los modelos que se extienden en todo el planeta al compás de sus tiendas Zara y marcas anexas que lo han convertido en uno de los diez hombres más ricos del mundo, según la revista Forbes. (...) Lo que ocurre es que su historia de éxito espectacular tiene mucho más que ver con la actualidad que el antiguo sueño de hacerse la América y volver a la patria chica para construir una mansión que demostrara a los vecinos qué bien les había ido. Los gallegos dejaron de emigrar y hoy son un ejemplo para seguir sin salir de su casa” (16).

Notas
1. García Merou, Martín: Recuerdos literarios. Prólogo y notas de Julia Elena Sagaseta. Buenos Aires, Rudeba, 1973.
2. Yarmolinski, Daniel y Pesce, Graciela: Bulebú con soda: tangos para chicos. Con prólogo de Horacio Ferrer. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 256 pp.
3. S/F: “Astor Piazzolla. Alma de bandoneón”, en La Capital, Mar del Plata, 25 de mayo de 2000.
4. Martínez, Tomás Eloy: op.cit.
5. S/F: “Programa de Domingo”, en Clarín Viva, Buens Aires, 9 de noviembre de 2003.
6. Kremer, Isaías Leo: “Proveeduría ‘El Progreso’ “, en Mundo Israelita. Buenos Aires, 8 de agosto de 2003.
7. Alvarez, Marcelo y Pinotti, Luisa: A la mesa. Ritos y retos de la alimentación argentina. Buenos Aires, Grijalbo, 2000.
8. Morandini, Norma: “Tierra de exilio”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de febrero de 2001.
9. Argerich, John: “El amasijo ARRIBA Y ABAJO (Donde se habla de lo que dijo el finado Pestolini en cierta oportunidad), en Argentina Universal, Wahington D. C., Septiembre de 2005.
10. Medina, Pablo: “Historias de ida y vuelta”, en Villafañe, Javier: Antología. Obra y recopilaciones. Buenos Aires, Sudamericana, 1990.
11. Gorlero, Pablo: “Lita Soriano: una actriz de carácter”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de marzo de 2004.
12. Cosentino, Olga: “Cosecharás tu siembra”, en Clarín, Buenos Aires, 18 de octubre de 2000.
13. Gaffoglio, Loreley: “Me acordé de un viejo amor”, en La Nación, Buenos Aires, 21 de julio de 2002.
14. Becker, Miriam: “La última idische mame”, en La Nación Revista, 23 de marzo de 1997.
15. Benchouam, Alberto: “El gueto de Villa Crespo”, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen (comp.): Crecer en el gueto Crecer en el mundo. Buenos Aires, Milá, 2005.
16. Dios, Horacio de: “A Coruña, con sugestivos semblantes”, en La Nación, Buenos Aires, 12 de septiembre de 2004.


Madrileños

Ulpiano Checa (Colmenar de la Oreja, Madrid, 1860 – Francia, 1916), “que fue contemporáneo de Sorolla, Pissarro y Moreno Carbonero, está considerado uno de los pintores más destacados de su tiempo. Tras una estada en París, donde contrajo matrimonio con una argentina, Matilde Chaye Courtez, hizo varios viajes a nuestro país que marcaron su trayectoria. En el último de ellos, realizado en 1906, pintó un monumental retrato ecuestre del general Bartolomé Mitre (1821-1906), que recientemente fue restaurado. (...) En Madrid, Checa cursó sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios y en la Escuela de Bellas Artes. Entre 1884 y 1888 vivió en Roma, donde recreó escenas de la vida durante el imperio, con sus circos, carreras de cuadrigas y batallas. Su visión realista de la Roma de los Césares hizo que sus imágenes sirvieran de inspiración para las grandes producciones de Hollywood, como "Ben-Hur", "Espartaco" y "Gladiador. (...)" (1).
“ ‘Pinturas brillantes, de buen colorido y buena técnica’, así define a la pintura de mercado decimonónica Roberto Amigo, historiador del arte y docente de la Universidad de Buenos Aires. ‘La obra de Checa, como la de muchos otros del período, tuvo un lugar importante en el mercado del siglo de fines XIX. En Buenos Aires existía un sector de la burguesía que estaba integrado por miembros de la colonia española. Comerciantes, banqueros, médicos que se enriquecieron en el Río de Plata y que eran los que adquirían sus cuadros y solicitaban los retratos. A esto último se lo llamó ‘la gira de retratos’ y era que un pintor europeo pasaba un tiempo en América y la gente hacía cola para que la pinte. (...)” (2).

Era madrileño Ramón Gómez de la Serna. Jorge Luis Borges lo evoca con estas palabras: “Nadie ignora que Gómez de la Serna dio conferencias desde el lomo de un elefante o desde el trapecio de un circo. (Las cosas que se dicen desde un trapecio pueden ser memorables, pero lo son menos que el hecho, deliberadamente singular, de que nos llegaron desde un trapecio). Escribía con tinta roja y elevó su nombre de pila, Ramón, trazado con letras mayúsculas, a una suerte de cifra mágica. Era, incontestablemente, un hombre de genio y hubiera podido omitir esas naderías. ¿Por qué no ver en ellas un juego, un generoso juego intercalado en ese otro juego de vivir y morir? Nació en Madrid en 1888. La guerra civil española lo impulsó a Buenos Aires, donde moriría en 1963. Sospecho que nunca estuvo aquí; siempre llevó consigo a su Madrid, como Joyce a su Dublín” (3).
Alvaro Abós incluye en uno de sus libros un relato de David Alfaro Siqueiros acerca de la participación del español en una discusión, durante una fiesta en casa de los Rojas Paz: “Los asistentes habían ya bebido copiosamente y ‘en la euforia de la conversación y en respuesta extraña a una de mis anécdotas de bravura mexicana en la Revolución Méxicana, Gómez de la Serna hizo la alusión siguiente: ‘En la Revolución Mexicana como en todas las revoluciones de México, no murieron más que aquellos a quienes agarró de sorpresa la muerte natural. Nadie ignora –agregó- que las revoluciones de los mexicanos son invariablemente incruentas’. (...) me pareció muy normal decir: ‘¡Gómez de la Serna, en las familias hay siempre dos tipos de hijos: aquellos que no se despegan jamás de las faldas de sus madres y esos otros que, despegándose de esas faldas, van a aventurarse valientemente por el mundo! Ustedes, los españoles de España, son hijos del primero, y nosotros somos hijos del segundo, del aventurero, de Hernán Cortés, de Pizarro, de Alvarado, de Ponce de León. Y quizás de ahí provenga nuestro temperamento belicoso’. (...) ‘El autior de Greguerías, dada la gran cantidad de alcohol que había ingerido y profundamente lastimado por aquello de la ‘pollera’ de las mamás de los que se habían quedado en España, creyó conveniente responder con una blasfemia, ya no sólo contra México sino también contra todos los pintores de América latina. Una blasfemia tal que el violento Lino Eneas (sic) Spilimbergo no pudo resistir y replicó lanzándole la bebida de una copa a la cara. Así llegaron las cosas a un grado de violenta pelea a botellazos y sillazos entre pintores y escritores y el alarde mío de empujar el piano contra un grupo de los opositores literatos” (4).

María Luisa Robledo nació en 1912; falleció en 2005. La española expresó en una entrevista: "He tenido una carrera muy hermosa, no me puedo quejar. Con todos los altos y bajos que tiene esta profesión, pero estoy muy satisfecha de ser actriz. La vocación me nació de siempre; ya desde chica cantaba. Fue la maestra del colegio quien advirtió a mi madre que yo estaba predestinada para todo lo que fuera arte. Entonces, mi mamá me apoyó para que yo estudiara, sin importarle los prejuicios de la época para con los artistas. Y así llevo 68 años de teatro y 81 de vida’. Esta madrileña que llegó a Buenos Aires en 1935, siente devoción por la poetisa Alfonsina Storni y por el gran Federico García Lorca, y se lamenta de no haber podido conocerlos personalmente (...) ‘Le debo mucho a este país. Tengo más años de argentina que de española y en todo este tiempo no he hecho más que recibir elogios, premios, diplomas... Me siento plena’, concluye” (5).
Norma Aleandro, una de sus hijas, relata: “Estaban en la compañía de De Rosas en España, se conocieron, se enamoraron. Tuvieron a mi hermana y con la guerra se vinieron para acá. Con mi abuela, la madre de mi madre, de manera que yo nací en Buenos Aires. Comparada con su marido, Robledo “era más realista, pero también amaba su profesión como un sacerdocio. Si había que hacer algo para ganar plata en un escenario con algo que no fuera digno, no lo hacían. (...) Vivíamos muy humildemente. Nací en la Avenida de Mayo, en el Palacio Vero. Luego el departamento, chico, donde no faltaba la comida, pero un guardapolvo para todo el año, y al siguiente el mismo, alargado. Sin vacaciones. Mis padres hacían muchas giras para mantener la casa. Nosotras, con mi abuela. Estar un año afuera haciendo teatro era bastante común” (6).
“Mi abuela fue una gran narradora de cuentos, una mujer con una gracia muy especial, una castellana con el gracejo de los andaluces en su manera de narrar historias y en la que su tierra tomaba giros místicos. A mi hermana y a mí no dejaba de sorprendernos que aquella mujer hubiera sido testigo de tantas maravillas –recuerda con cariño y admiración Norma Aleandro-. Fue la persona que más influyó en mi vida. Ella me crió y me abrazó en esas noches de miedo, hasta que me quedaba dormida. Porque de chica era muy miedosa. (...) Aleandro confiesa que sigue con la tradición de narradora de cuentos, esa que la formó y que le permitió hoy vivir de lo que ama y seguir soñando” (7).

El guitarrista Manolo Yglesias “nació en Madrid, comenzó siendo bailarín de Danzas Españolas. Empieza a tocar la guitarra. A los quince años es contratado por la Compañía de Angel Pericet como tercer guitarrista. En 1967 pasa a ser el primer guitarrista de esa Compañía. Compone, escribe, dicta clases de guitarra. Recorrió gran parte de América y Europa dando conciertos y seminarios. En 1995 graba su primer CD, en Estocolmo (Suecia) y en Buenos Aires recibe el Premio Manuel de Falla ’95 a la trayectoria musical”.
En una entrevista, contó: “Primero vino mi padre solo a buscar trabajo en 1948, como inmigrante, escapado de la guerra civil en España. Al año siguiente vinimos mi madre y yo. Yo contaba sólo con dos años de edad cuando llegamos. (...) yo me crié aquí, llegué desde muy chico, tengo mi casa, mi familia, mi padre murió aquí, vivo con mi madre” (8).

Relata Carlos Prebble: “mi abuelo materno llegò, a principios del siglo XX, al puerto de Buenos Aires; viajaban con èl muchos parientes. Cuando el empleado de Migraciones le preguntò su nombre, èl dijo “Moisès Josè Almendra”. El empleado le contestò: “¿Còmo se van a apellidar Almendra, si son tantos?”. En el documento argentino que recibieron, todos ellos se apellidaron Almendros. Y asì se llaman sus descendientes argentinos (9).

Escribe Matilde Sánchez: "Hijo de un inmigrante madrileño, César Gómez Motta nació en Buenos Aires en 1921, es decir, un año antes de que en el país se prohibieran las corridas de toros. Este hombre que todavía practica adornos con el capote en su terraza acaba de reunir sus memorias en un libro inédito, Argentinos en un campo de concentración franquista, donde da testimonio de su temporada como preso polìtico -o mejor, como damnificado de la diplomacia argentina- en la cárcel de Miranda del Ebro. Allí permanecieron años encarcelados decenas de argentinos tras el triunfo del franquismo" (10).

Enriqueta Muñiz, "Nacida en Madrid, pasó su infancia en Bélgica y en Francia, Enriqueta García Yurrebaso (tal es su verdadero nombre), reside en la Argentina en 1950 y ha sido traductora, novelista y docente. Ejerció el periodismo a partir de 1958 en diversos medios nacionales y extranjeros, integró la oficina de prensa del Festival Cinematográfico de Mar del Plata, y se desempeño en las casas españolas de las editoriales Coder y Nueva Frontera. En 1980 ingresó como redactora a La Prensa, diario en el que llegó a ser prosecretaria de redacción y subdirectora del suplemento cultural. Frecuente jurado de certámenes literarios, se le deben obras de narrativa y de literatura infantil, así como una traducción de La Chanson de Roland, publicada por la Editorial Hachette en 1956, y la adaptación televisiva de importantes textos de Sabato, Bioy Casares y Alfred de Vigny. En 1987 mereció el Premio Konex al periodismo cultural y en 1990 el tercer premio municipal de Literatura por la novela Emaciano en el umbral" (11).

Notas
1. Lehmann, Graciela: “Muestra itinerante La obra de Ulpiano Checa llegó al Museo de Bellas Artes”, en La Nación, Buenos Aires, 10 de febrero de 2006.
2. Isola, Laura: “Ulpiano Checa vuelve a Buenos Aires después de un siglo La República Checa”, en Pagina12, 5 de Febrero de 2006.
3. Borges, Jorge Luis: “Ramón Gómez de la Serna Prólogo a la obra de Silverio Lanza”, en Jorge Luis Borges Biblioteca personal (prólogos). Buenos Aires, Alianza Editorial, 1988. 132 pp. (Alianza Literatura).
4. Abós, Alvaro: Cautivo. Buenos Aires, El Zorzal, 2004.
5. S/F: “María Luisa Robledo a 68 años de su debut: ‘Me siento plena’” , en La Maga, 1° de abril de 1994.
6. Mactas, Mario: “Norma Aleandro. Estados del corazón”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 8 de diciembre de 2002.
7. Scherer, Fabiana (texto); Lucesole, Martín (fotos): “Norma Aleandro Señora de la escena”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de junio de 2005.
8. S/F: “Manolo Yglesias”, en Contratiempo 1° Magazine del Flamenco y la Danza Española. Año 1 N° 6. Buenos Aires, Mayo de 1998.
9. González Rouco, María: “La inmigración judía: El viaje”, en Recreando la cultura judeoargentina/2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004. Tomo I. 334 pp.
10. Sánchez, Matilde (texto): "Memorias de un torero porteño", en Clarín Viva, 20 de agosto de 2006. Fotos: Enrique Rosito y gentileza familia Gómez Motta.
11. Barletta, Juan Pablo: "Exploración del paratexto de Operación Masacre", en monografias.com, 25 de marzo de 2006. Foto de Enriqueta Muñiz: www.fundacionkonex.com.ar.

Murcianos

Joaquin Vicente nació en Murcia. “Creador de ‘Los Iberia’ hoy Joaquín Vicente sigue viviendo de su guitarra y de su arte. Aunque se dedica más a tocar Rumbas por cuestiones económicas de vez en cuando se hace un espacio y se lo escucha interpretar buen flamenco. Fue uno de los primeros fundadores de ‘FAMA’ el tradicional tablao porteño. Los Iberia grabaron dos CD y de próxima aparición el 3°. Esta familia de artistas compuesta por su esposa Norma (baile), su hija Noelia (baile), su hijo Gonzalo (percusión), un bajista y dos bailarinas invitadas conforman este grupo dispuesto a deleitar y divertir a los amantes del género” (1).

Miguel Sánchez Romera, “nacido en la Córdoba argentina de padres inmigrantes españoles, y residente en Barcelona” (2), evocó en un reportaje a su madre murciana (3).

En “Algunas opiniones de autores sobre el humor o el humorismo”, Grand Jovialiste (Eduardo Brieux) se refiere a Jordán de la Cazuela: “Tato Bores dijo que un humorista como su guionista Jordán de la Cazuela es ‘ese profesional cuyo talento permitirá que otros hagan reír o llorar al público’ El guionista fue un hombre muy eficaz en su oficio que trabajó también en la administración pública, autor de los célebres y buenos monólogos del actor Tato Bores, los que eran dichos una vez por semana en la pantalla de televisión” (4).

Notas
1. S/F: “Joaquín Vicente ‘Un poquito de compás”, en Contratiempo 1° Magazine del Flamenco y la Danza Española. Año 1 N° 9. Buenos Aires, Agosto de 1998.
2. EFE: “Sánchez Romera da lecciones de Gastronomía en Japón”, en www.noticiasdenavarra.com, 11 de febrero de 2003, Núm. 2407.
3. S/F: “Encefalograma de la gastronomía”, en La Prensa, 14 de mayo de 2000.
4. Gran Jovialiste (Eduardo Brieux): “Algunas opiniones de autores sobre el humor o el humorismo”, en www.personales.ciudad.com.ar.

Valencianos

Los valencianos y sus descendientes honraban con su “falla” a San José, en Buenos Aires. Escribe Jorge Bucay que en Valencia, “A la medianoche del 19 de marzo, festejando el último día del invierno y según me cuentan en honor a San José, patrono de todos los artesanos carpinteros, las obras de arte callejeras se encienden al unísono en cada rincón de la aldea. La gente, por miles, valencianos y visitantes, festejan y aplauden lo que en minutos pasa a pertenecer al pasado. La tradición popular nos invita a arrojar a la falla papelitos que contienen palabras o dibujos que representan a aquello que quisiéramos dejar atrás, purificado por la pira de la quema. (...) Yo, en medio de unas 100 mil personas, ensordecido por el estruendo de los fuegos artificiales, lloré emocionado. Seguramente lloraba muchas cosas de mi pasado, pero también recordando con nostalgia que en pleno centro de Buenos Aires, cuando yo era pequeño, también había fallas valencianas. Los inmigrantes recordaban sus tradiciones y las compartían con nosotros, que disfrutábamos sin comprender del todo (1).
En Mar del Plata, este festejo se sigue realizando. Una noticia publicada en el diario La Capital en marzo de 2004 informa: “Desde ayer y hasta el sábado próximo se desarrolla en la ciudad de Mar del Plata la 50º edición de la Semana Fallera. La celebración es organizada por la Unión Regional Valenciana y se realiza en la céntrica plaza Colón. Todas las noches se ofrecen delicias gastronómicas y suben al escenario agrupaciones de música y baile de distintos puntos del país. (...) La celebración, con epicentro en la ciudad española de Valencia, alcanzará el máximo esplendor el sábado próximo cuando a partir de las 21 se realice un espectáculo de fuegos artificiales y luego, desde las 22, se proceda a la crema del monumento principal de la Falla 2004. La asistencia se estima entre 80 y 100 mil personas. (...) Este año la estructura del monumento principal instalado en la plaza Colón consiste en enormes castillos que simbolizan al Fondo Monetario Internacional y un galeón, que representa a nuestro país, que intenta alejarse del lugar. Entre los muñecos que forman parte de la escena se destaca la réplica del presidente Néstor Kirchner. La instalación tiene una altura de 31 metros y está confeccionada con madera y cartón. Precisamente el ritual de la "crema" consiste en prender fuego la obra de arte, que por lo general está inspirada en algún hecho saliente de la escena nacional o internacional. Los valencianos atribuyen el origen de esta fiesta a los carpinteros. Ellos trabajaban durante todo el invierno e iluminaban sus talleres con grandes candiles de aceite, utilizando un artefacto de madera llamado parot. En la víspera de San José, su patrono, los aprendices se encargaban de hacer limpieza general y en la puerta de sus talleres formaban montañas con virutas, restos de madera y el tradicional parot, que convertían en monigote, con caretas sobrantes del carnaval, sombreros y guantes. Luego quemaban los desperdicios y así nacieron las fallas” (2).

El presbítero J.I. Ferro Terrén pronunció la “Homilía en el aniversario del nacimiento del Reverendo Padre Ismael Quiles Sacerdote Jesuita”, en la que dijo: “Recordamos al sacerdote, nacido en Valencia, que vino de España a estas tierras como Santa Isabel de Portugal que, nacida en Aragón, vivió con su marido el rey de Portugal. Realizó un admirable apostolado en el ámbito universitario, con unción académica ad maiorem Dei gloriam como deseaba el insigne San Ignacio de Loyola. (...) Como sacerdote cultivó la amistad y el discernimiento espiritual, ya que fueron muchas la personas que concurrían a pedirle consejo, a lo cual respondía con sabiduría y paz. La Universidad del Salvador, de la cual fue cofundador y Rector Emérito, tiene por Patrono al Sagrado Corazón de Jesús, una de cuyas jaculatorias más célebres "Jesús manso y humilde de Corazón, haced mi corazón semejante al tuyo", sintetiza el testimonio que supo darnos a lo largo de su vida” (3).

Bernardo Rodríguez Gil “Nació en Valencia (España) en 1937. Hasta los once años vivió en Madrid y en Salamanca. Llega con sus padres a Buenos Aires en 1949, donde completa su educación primaria y secundaria. En 1964 se inicia en el estudio de las artes plásticas cursando la Escuela Nacional de Bellas Artes "Prilidiano Pueyrredón". Un año después realiza un viaje de estudios por Iberoamérica. Expone individualmente desde 1966 en el país y en el exterior desde una década después. Sus obras se encuentran en colecciones del país y del exterior”. A criterio de Fermin Fevre, “Las pinturas de Bernardo Rodríguez Gil afirman la vigencia del arte abstracto, muchas veces concebido como una expresión puramente formal. No es su caso, ya que este artista de origen español radicado desde pequeño en nuestro país, donde realizó toda su obra, logra transmitir con su pintura, sentimientos y vivencias que nos invita a compartir. Por eso su obra plástica es estimulante y cada uno de sus cuadros tiene una intención diferente, un impulso gestual propio, un espíritu particular que lo trasciende” (4).

Notas
1 Bucay, Jorge: “El encanto de empezar de nuevo”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 4 de abril de 2004.
2 S/F: “Mar del Plata: Fallas criollas”, en La Capital, Mar del Plata, 21 de marzo de 2004, www.lacapital.com.ar.
3 Ferro Terrén, José Ignacio Presbítero: “Homilía en el aniversario del nacimiento del R.P Ismael Quiles”, en Noticias de la USAL, www.salvador.edu.ar.
4 S/F: “Biografía”, en www.galeriadelarecoleta.com.ar. Imagen: http://www.galeriadelarecoleta.com.ar/rodriguezgil.htm


Vascos

Baldomero Fernández Moreno incluyó en Guía caprichosa de Buenos Aires la página “El vasco lechero en el café”, en la que dice: “he aquí que al hilo del mostrador aparece un vasco lechero, la cara rosada, con dos parches más rojos pegados en las mejillas, la boina encasquetada, la blusa rizada, que no todo ha de ser fortaleza y agresividad; las piernas combadas, las alpargatas silenciosas, y el tarro en la mano como si blandiera un arma o un guijarro listo para ser proyectado en la cara lisa y cosmopolita del ‘barman’. Y con el vasco lechero entra también el campo, un aire duro y frío y un trébol. Un trébol precisamente que se labra un espacio verde en el ambiente gris y que yo veo con toda nitidez” (1).

Sergio Pujol cita el testimonio de un inmigrante asturiano famoso: “en los ambientes copados por inmigrantes, quien desee tutearse de vez en cuando con el tango deberá aceptar el espectáculo de otras danzas; la jota hace furor en el Velódromo y en el Pabellón se bailan todos los ritmos, según ordene el maestro de turno. Escribirá años más tarde el dibujante Alejandro Sirio en su libro De Palermo a Montparnasse: ‘Bajo hileras de banderitas españolas, en medio de una babélica algarabía de baladros ‘iujujús’ y ‘aturuxos’ y al son de la jeremíaca gaita, la gimiente chirimía, la zumbona guitarra, del insistente bombo, el redoblante tambor y la intermitente pandereta, brincan y saltan estos romeros sus jotas, zortzicos, sardanas, muñeiras y seguidillas, hasta quedar extenuados. Bailan para descansar del agobiador trabajo cotidiano” (2).

La estancia Acelaín, en Tandil, provincia de Buenos Aires, “Fue inaugurada en 1924 por su dueño, Enrique Larreta, que confió su diseño al arquitecto Martín Noel y bautizó así sus campos en honor al pueblo vasco de dónde son oriundos los Larreta. En la casa, de estilo morisco-español, el escritor volcó su amor por España” (3).

Manuel Mujica Láinez visita en Villafranca de Oria, pueblo cercano a San Sebastiàn, la casa de sus mayores, en una “peregrinaciòn a las fuentes”: “Con Armendàriz tornè a entrar en la iglesia. Me enseñò, en los registros parroquiales, las anotaciones que consignan los bautismos, matrimonios y muertes, de gente remota vinculada a mì. Y, saliendo del templo neblinoso, me mostrò junto a èl la que fue casa de mis mayores y que, desde 1890, màs o menos, està destinada a escuela, correo, dependencias municipales y què sè yo què. Sobre la puerta sigue intacto el blasòn, como en tantas y tantas casas de Guipùzcoa” (4).

Relata María José Pérez Arango: “En el año 57 mis padres y yo llegamos desde España para reunirnos con mi hermano que se había venido a la Argentina. Los años pasaron y me convertí en una mujer que cada día deseaba y soñaba más con volver a su tierra. La idea era llegar y por lo menos llorar dos días seguidos, para luego poder recorrer los lugares que en mi memoria se mantenían nítidos. (...) Una vez en Madrid, después de una hora y media de viaje en el primer asiento de un micro atravesando los montes Cantábricos por extensos túneles y la campiña vasca a través de una fantástica autopista, llegamos a Bilbao. Traté de reconocer algo, pero todo era nuevo para mí” (5).

El madrileño José Luis Alvarez Fermosel cuenta: “un día la mujer de Bonasso padre, una vasca de Bilbao, me dijo: ‘Mira, no te quedes aquí mucho tiempo porque vas a estar en dos sillas mal sentado. Yo estoy allá y a los 20 días me da la impresión de que nunca me he ido; cae la tarde y miro el reloj y digo: Ahora estaría yo en Buenos Aires tomando el té con mis amigas. Y vuelvo a Buenos Aires y pienso que podría estar allí conmis hermanas”. Cuenta, además, que Rolando Hanglin le dijo: “Mira, te voy a poner el apelativo de Caballero español, porque conocí a un vasco que estaba loco por mi tía y que cuando iba a casa decía, juntando los talones a la prusiana: ‘¡Mujica, caballero español!’ “ (6).

Ángeles de Dios de Martina “nació en Comodoro Rivadavia y desde hace más de cuatro décadas vive en Resistencia, Chaco. Es hija y nieta de inmigrantes españoles- andaluces y vascos. Escribe sobre temas inmigratorios mediante los testimonios orales de sus protagonistas, el uso de la historia oral, la descripción de fotografías y la investigación histórica” (7). Es la autora de Vascos en el Chaco: historias de vida (8).

Enrique Aramburu escribe: “Todavia recuerdo que mis mayores se reunían en la estancia Dos Hermanas de Olavaria en la década del 70 con motivo del cumpleaños de Alejandro Aramburu, continuando la tradición de Pedro Aramburu (hijo de los que llegaron en la decada de 1860 a los pagos), y jugaban al mus. Es posible que tres expresiones que allí se utilizaban puedan explicarse por la lengua vasca: "va y va" para la grande y la chica, sería bai, ba "si, pues". "Ordago" (que significa que se juega todo el partido a un lance), por hor dago "ahi esta". Y la forma de contar los puntos que se juegan en los partidos, "un amarrueco", "dos amarruecos" (los partidos comunes se jugaban a cuatro "amarruecos" y los de desempate, a ocho "amarruecos", segun relata mi padre). Si bien eran divisiones de a cinco, la similitud fonetica es demasiado grande como para resistir la tentación de vincularlos con hamarreko, "de a diez", y suponer que así como se deformó la fonética, se puede haber deformado el significado de la cantidad” (9).

A Eibar llegaron los hermanos Sarasqueta, a conocer a sus parientes vascos, de los que no tenían noticias desde 1902. El encuentro fue posible gracias a la Asociación para la Cooperación Mundial entre Vascos, que ayudó a localizarlos. “Regresaron la semana última, con las valijas llenas de fotografías, comidas típicas y libros sobre el lugar. ‘El primer encuentro con Pedro, primo segundo, de 65 años, fue impactante por el parecido con mi padre. Nos recibieron como una verdadera familia. Valió la pena el esfuerzo’, contó Marcelo” (10).

Sebastián Batista escribe, en “Periodistas de Mar del Plata” acerca de Félix de Ayesa, quien “nació el 18 de mayo en Olite (España). Llegó a nuestra ciudad en 1910 y con su familia se radicó en Mar del Plata. Vecino del barrio "La Estación" de trenes desde temprano tuvo apego por la lectura y la historia. Egresado del Instituto Peralta Ramos, Don Félix fue durante su vida hombre de campo, obrero, periodista, librero, funcionario público, docente y en sus últimos años de vida, historiador. Félix de Ayesa Arismendi y Rubio, como era su nombre completo, defendió con énfasis los momentos históricos de la ciudad, principalmente el Oratorio del Instituto Unzué. Fue declarado ciudadano ilustre de la ciudad por el Honorable Consejo Deliberante en 1989 y falleció el 7 de abril de 1996” (11).

Irene L. de Vicuña se refiere a la emigración de Nikomedes Iguain Azurza, a quien tuve el gusto de conocer en la década del 90: “Hijo del músico Pedro J. Iguain y de Natalia Azurza, parte en el año 1952 a la Argentina, donde se reencuentra con sus padres y sus siete hermanos, quienes dos años antes habían arribado al país sudamericano buscando guarecerse del régimen franquista” (12).

Sobre Juan Manuel García Salazar escribe Roxana Badaloni, en “El coleccionista”: “Con minuciosidad histórica, este inmigrante vasco radicado en Mendoza fue reuniendo valiosos sellos postales hasta alcanzar 250 estampillas y 70 sobres que en agosto se expuso como patrimonio histórico cultural de Mendoza” (13).

Lolita Torres manifestó: “No puedo explicar el por qué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando” (14).

El actor Alberto de Mendoza “nació en enero del 21, en el barrio de Belgrano, hijo de un andaluz y una vasca. No tuvo lo que se dice una infancia idílica: cuando tenía cinco años, se quedó huérfano y fue llevado a España, donde lo crió su abuela Isidra. (...) ‘Mi nona murió a poco de empezar la Guerra Civil, donde perdimos todo –dice a Diego Heller-. Fue ahí cuando empecé a laburar y a conocer la calle, a los 15 años empecé a gastar suelas’. Un buque –el Tucumán- lo devolvió al Río de la Plata en 1939, junto a un grupo de refugiados cansados de tanta guerra” (15).

"¿Quién es Carlos Uría? Desde su manera de extender y apretar la mano en el saludo, es un típico descendiente de vascos. En su mirada franca y encendida y en su fervor por la rama de la plástica en la cual pone sus mejores energías, se presenta el artista. Egresado de la Escuela Superior de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, donde se formó, hoy ejerce allí como profesor y también en su taller emplazado en pleno barrio de Belgrano" (16).

Notas
1. Fernández Moreno, Baldomero: Poesía y Prosa. Prólogo de Jorge Lafforgue, selección de Nora Dottori y Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Pujol, Sergio: Historia del baile. Buenos Aires, Emecé, 1999. 440 pp.
3. S/F: “Aldo Sessa. País de estancias”, Fotos: Aldo Sessa, en La Nación Revista, 12 de diciembre de 2004.
4. Mujica Làinez, Manuel: Placeres y fatigas de los viajes. Crònicas andariegas. Buenos Aires, Sudamericana, 1993.
5. Pérez Arango, María José: en “Tendencias. La vuelta al origen”, en Clarín, Buenos Aires, 17 de octubre de 1999.
6. Flores, Daniel: “A boca de jarro. José Luis Alvarez Fermosel ‘La caballerosidad no tiene que ver con la geografía’ “, en La Nación, Buenos Aires, 21 de septiembre de 2003.
7. S/F: en www.dunken.com.ar
8. Martina, Angeles de Dios de: Vascos en el Chaco: historias de vida. Buenos Aires, Dunken, 1999.
9. Aramburu, Enrique: La lengua más antigua de Europa: el vasco en su literatura y apellidos. Buenos Aires, Biblos, 2001. 127 pp.
10. Linares Calvo, Ximena: “Los hermanos que encontraron sus raíces”, en La Nación, Buenos Aires, 29 de septiembre de 2002.
11. Batista, Sebastián: “Periodistas de Mar del Plata”, 20 de septiembre de 2001, www.deporteaedu.com.ar.
12. Vicuña, Irene L. “Necrológica”, en www.euskalkultura.com, 3 de marzo de 2005.
13. Badaloni, Roxana (texto) y Yañez, Jorge (fotos): “El coleccionista”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 14 de noviembre de 2004.
14. Freire, Susana: “Lolita Torres. Una voz que le cantó a los corazones”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de septiembre de 2002.
15. Heller, Diego: “Alberto de Mendoza. El último dandy”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López.
16. S/F: "Carlos Uría maestro vitralista", en Fame magazine, Nº 18, Mayo de 2006.

Sin mención de origen

L. A. Truchero Onís escribe una carta al diario La Nación, en la que manifiesta: “soy colega del Perito Moreno, español, topógrafo... Hace 25 años que llegué a este país. He entregado mi vida profesional útil relevando los ríos La Leona, Santa Cruz, Neuquén, Limay... infinidad de lagos, montañas y caminos” (1).

Recuerda Roberto Arlt: ‘Siendo reporter policial del diario Crítica en el año 1927, tuve una mañana del mes de setiembre que hacer una crónica del suicidio de una sirvienta española, soltera, de veinte años de edad que se mató arrojándose bajo las ruedas de un tranvía que pasaba frente a la puerta de la casa donde trabajaba, a las cinco de la madrugada. Llegué al lugar del hecho cuando el cuerpo despedazado había sido retirado de allí. Posiblemente no le hubiera dado ninguna importancia al suceso (en aquella época veía cadáveres casi todos los días) si investigaciones que efectué posteriormente en la casa de la suicida no me hubieran proporcionado dos detalles singulares. Me manifestó la dueña de casa que la noche en que la sirvienta maduró su suicidio, la criada no durmió. Un examen ocular de la cama de la criada permitió establecer que la sirvienta no se había acostado, suponiéndose con todo fundamento que ella pasó la noche sentada en su baúl de inmigrante (hacía un año que había llegado de España). Al salir la criada a la calle para arrojarse bajo el tranvía se olvidó de apagar la luz. La suma de estos detalles me produjo una impresión profunda. Durante meses y meses caminé teniendo ante los ojos el espectáculo de una muchacha triste, que sentada a la orilla de un baúl, en un cuartujo de paredes encaladas, piensa en su destino sin esperanza, al amarillo resplandor de una lamparita de veinticinco bujías” (2).

Entrevistada por Cristina Pizarro, María Esther de Miguel contó: “por parte de madre era más bien de las colonias que rodeaban a Basabilbaso, las moscas (...) mi papá tenía la usina de Larroque, la usina eléctrica. Yo me acuerdo de que en mi casa había un gran diploma que decía ‘A Victoriano De Miguel, (así se llamaba) benefactor del progreso argentino’ porque él había dado esa fuente. A mí y a mi hermana nos decían en Larroque "las chicas de la luz", cosa que nos divertía mucho. Éramos las chicas de la luz. A mi casa le decían ‘El palacio de colores y de luces’ porque teníamos mucha luz y porque ‘Como no pagan la luz, tiene encendido todo’ (...) mi casa era un barco porque al caer la tarde se oía chuc chuc chuc que era el ruido de los motores, como tenía muchos vidrios de colores, desde el jardín miraba. Yo en mi casa de la infancia era muy muy feliz. Porque era un espacio muy alegre” (3).
Entrevistada por Alejandra Correa, recordó: “En mi casa se hablaba mucho de historia porque mi padre que era un inmigrante español, era muy curioso e inteligente. Siempre quería saber la historia del lugar y se preguntaba sobre Urquiza y yo escuchaba” (4).
En Un dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere a propósito de unas monedas, el motivo que llevó a su padre a emigrar y la situación económica en la que debió hacerlo: “todas habían pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (5).

Sobre Imperio Argentina escribe Xavier Quiñones: “Magdalena Nile del Río nace el 26 de diciembre de 1906 en Buenos Aires, en el barrio de San Telmo. Hija de padres españoles y de ascendencia inglesa debuta en el teatro de la Comedia de aquella ciudad con el nombre artístico de Petit Imperio, apadrinada por la bailarina y cupletista española Pastora Imperio. Estudia danza en España donde adoptará el nombre artístico de Imperio Argentina y debutará en el teatro Romea de Madrid en 1924” (6). En una entrevista, la bailarina recordó su formación: “En Argentina hay unos profesores estupendos, y en España, no le digo más. Joaquina Ortiz al piano, Juanita Castelao, que era una verdadera maravilla, y Anna Pavlova, con la que estuve bailando clásico un par de años, cuando enseñaba en el Teatro Colón de Buenos Aires” (7).

Juan José Campanella relata: “Aída (Bortnik) nos contaba que un tipo que ella pensaba, hasta los 11 años, que era familia de sangre en realidad era un español que habìa llegado en el barco con su abuelo” (8).

En Río Grande, Patagonia, Sulko Romero Roberts relata que “cuando su padre llegó a estas lejanísimas tierras para trabajar en un aserradero jamás pensó que se quedaría para siempre. Era un español que, claro, pensaba ‘hacerse la América’. Y se la ‘hizo’ “ (9).

Carlos Szwarcer cuenta que una familia española había aprendido de los turcos una receta: “Pepe cuenta que su ‘hermano trabajaba en la pollería de la calle Gurruchaga, pelaba pollos y mi mamá me mandaba a comprar allá. Los huevos rotos los vendían más baratos y yo iba con una ‘lechera’ y le decía a Gallizy - el dueño del local - ‘Hola, don Juan, dice mi mamá si me puede dar una docena de huevos rotos’. Y él me contestaba ‘Sí, claro, andá, decile al Cholo’. Y yo le decía a mi hermano, que se iba al fondo, agarraba los huevos sanos, los golpeaba y los tiraba a la lechera, pero en vez de 12 tiraba como 50 huevos y cuando salía yo le decía ‘Dice mi hermano que ya está don Juan’. ‘A ver, qué te voy a cobrar si están todos rotos’ y no me cobraba nada’. Con el rostro encendido y nostálgico por el recuerdo de esa artimaña Don Pepe continúa: ‘Y mi mamá pisaba todo, con cáscara y los colaba y hacía una masita que le enseñaron los turcos (sefaradíes), que le llamaban ‘pan esponyado’, pan de España, después con lo que le quedaba le agregaba un poco de harina y estiraba la masa con una cuchara y se hacía como un huevo frito y hacía unas masitas: ‘Mulupitas’ y llevaba la fuente a la panadería para que se la hornearan. Aprendimos de los turcos... comíamos a cuturadas’.(3). Ríe a carcajadas” (10).

Trincado, un inmigrante que llega de España en 1910, construye su casa en Villa Pueyrredón: “Aquella casa era una pieza de madera y forrada por afuera de zinc, sobre una plataforma a 40 cm del piso, ya que estaba cerca del arroyo Medrano y se inundaba con frecuencia. La cocina estaba separada y el baño al fondo. Sin necesidad de televisión o radio para acostarse a dormir, bastaba con que las gallinas comenzaran a discutir dormidas desde el fondo o que, cuando empezaba a llover, las ranas se convirtieran en una orquesta sensacional para entretener a todos los ‘oyentes’. (...) Era una zona de quintas y los chicos jugaban en la calle. Aquel Pueyrredón era un gran campo con lagunas donde se cazaban ranas. Había casas bajas, con calles de tierra, cuna de tantas travesuras” (11).

Dora Schwarsztein escribe que el 5 de noviembre de 1939, a bordo del Massilia, llegaron exiliados con destino a Chile, Paraguay y Bolivia: “ ‘No permiten ni asomarse a los ojos de buey a los intelectuales españoles en trànsito’, titulaba el diario local Noticias Gráficas la noticia del arribo del Massilia al puerto de Buenos Aires, ‘Las medidas adoptadas contra el grupo de intelectuales y artistas españoles son de un rigorismo que sólo tratándose de peligrosos confinados se hubieran aceptado.... Un marinero nos informó que los españoles refugiados tenían orden de que nadie se aproximara a ellos y menos que se asomaran por los ojos de buey. Es lamentable lo que ha ocurrido. No sabemos ni nos interesa saber quién ha dado la orden terminante de que ese grupo de gente que representa de modos distintos a la cultura y el cerebro de España permanezca en la sombría situación de los delincuentes incomunicados’ ” (12).

Dora Schwarsztein presenta el testimonio de una española que llegó al Hotel. Dice la mujer: “Nos metieron en el Hotel de Inmigrantes. Salas muy limpias, pero, claro, una tristeza enorme. Nos agolpamos todas las mujeres españolas por un lado. Yo recuerdo las señoras más mayores que había, todas estaban tristes. Allí por primera vez vi un mate” (13).

José Arias expresó sus vivencias en el hotel de Puerto Madero, al que llegó en el 30: “Quiero dejar aquí constancia del trato y de la atención que las autoridades tenían con los inmigrantes. Nos daban comidas sanas y abundantes; para dormir, camas limpias y cómodas; en mi caso han pasado sesenta y ocho años, yo entonces tenía trece, pero nunca podré olvidar mi paso por el Hotel de Inmigrantes. Y como si esto fuera poco las autoridades de inmigración le sacaban el pasaje a destino y se lo pagaban, y hasta lo acompañaban hasta las estaciones, por lo menos en mi caso” (14).

Escribe Horacio Spinetto: “Todos los barrios tuvieron, y todavía quedan algunos, su taller de compostura de calzados, el "zapatero remendón" como se lo llamó popular y cariñosamente. Me acuerdo de uno que había en Villa del Parque; cuando yo era chico, allá por fines de los 50 y principio de los 60; que tenía su pequeño taller en la calle Pedro Lozano casi Nazca, Don Alfonso, un español muy agradable y de muy pocas palabras, siempre tenía en su boca un cigarrito del tipo de los "Avanti". Su esposa, doña María, también española, simpática y muy locuaz lo ayudaba en las tareas, se ocupaba de poner los zapatos en la horma. Hace ya varios años que el local cerró, las planchas brillantes de cuero para las suelas desaparecieron, hoy en su lugar atiende un kiosco” (15).

En “Los Armenios de Río Negro y Neuquén”, escribe Aram Barceghian: “los Ojunian son descendientes del bisabuelo Simón que vino de Erzrum escapando de las matanzas turcas y se afincó en Bahía Blanca contrayendo matrimonio con una española. De este matrimonio, hay decenas de Ojunian en esta ciudad” (16).

Escribe Marina Aizen: "A unos 20 kilómetros de San Nicolás, en el límite entre las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, aparece La Emilia, que tuvo el orgullo de albergar a la hilandería más grande de América latina. Los casimires de La Emilia volvían de Londres convertidos en trajes. Hoy, en el predio se fabrican motos.
"La Emilia" fue la esposa de Leodegario Córdova, un español que instaló esta fábrica textil en 1892, aprovechando la energía de un molino de agua que alimentaba el Arroyo del Medio. Alrededor de la planta había sólo campo. Pero a medida que más y más kilómetros de hilo y tela comenzaron a salir de sus galpones, el pueblo fue creciendo y creciendo. Llegó a tener un cine con 2 mil butacas mientras San Nicolás no tenía sala para ver una película. Tuvo una pileta olímpica, también un bowling. La compañía construyó la iglesia, las casas, le dio razón de ser al pueblo. Sus habitantes no dependían sólo económicamente de la empresa. Cuando a alguien se le rompía el cuerito de la canilla, iba un operario de planta para arreglarlo. Los teléfonos de las casas eran internos de la fábrica.
Ahora, el edificio principal del establecimiento, que de tan imponente hace las veces de Empire State en un pueblo de casas bajas, está lleno de guano de palomas. Y donde había un ruido ensordecedor de telares pasan constantemente chicos en moto, a los bocinazos. Son los bisnietos de los trabajadores textiles que hoy arman los rodados de la empresa Motomel. Carlos Spangenberg, el vicedirector de operaciones industriales de la empresa, todavía cree sentir el olor a los hilados donde hoy sólo hay depósitos de motos. Así de traicionera es la memoria.
La Emilia trabaja otra vez, pero claro que no con 5 mil trabajadores, sino con 300. En lo peor de la crisis llegaron a ser media docena. Su historia es un ilustrativo ejemplo no sólo de la zigzagueante realidad argentina, sino también de los efectos colaterales de tanta globalización. Los trajes de lana, cuya materia prima abastecía la fábrica, cada vez se usan menos. Meller, la compañía de alfombras que adquirió la empresa quebrada en los años '80, decidió cambiar de rubro en una visita de sus ejecutivos a la India. Allí compraban el yute y vieron cuán prósperos eran los fabricantes de ciclomotores. Así fue cómo este rincón de la Pampa Húmeda aprendió a andar sobre dos ruedas" (17).

Elías Scherbacovsky escribe: "En el invierno de 1936 les nací en La Plata a Paulina Himmel, Pesia de Lwow (Lemberg), y a Jacobo Scherbacovsky, otro de los que huyeron por la Gran Rusia con el tio David Sobol en su carro de sal para recalar un dia en el puerto de Buenos Aires. A poco de nacer en la ciudad de las diagonales ennaranjadas, donde mi padre fue sifonero y ocasionalmente modelo de una sastreria -el hombre cargaba su pinta-, me llevaron a Quilmes. Mi padre iba con la ilusión de que lo admitieran como obrero en la cerveceria de Otto Bemberg. Adolfo Hitler llevaba tres años en el poder y a Ernest Kolman, el padre de los monos, lo buscaban en los bosques de Viena para internarlo en el campo de Dachau. El español picado de viruelas y sudado que le vendia los billetes de loteria en Quilmes llamaba a mi padre Jacovito. A veces, al marcharse de su tienda, le gritaba en broma ¡jodío errante!" (18).

Notas
1 Truchero Onís, L. A.: “Por error ajeno”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 12 de diciembre de 1999.
2 Arlt, Roberto, citado por Orgambide, Pedro: “Roberto Arlt, cronista de 1930”, en Arlt, Roberto: Nuevas aguafuertes porteñas. Buenos Aires, Librería Hachette S. A. 1960. (El pasado argentino, dirigida por Gregorio Weimberg).
3 Pizarro, Cristina: “Con María Esther de Miguel”, en El Tiempo, Azul, 14 y 21 de septiembre de 2003.
4 Correa, Alejandra: “María Esther de Miguel: la novela histórica”, en Magazine Actual, Año 2 N° 8, Diciembre de 1997.
5 Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta, 1999.
6 Quiñones, Xavier: “Imperio Argentina”, Extraído del CD BMCD 7601, sello Blue Moon, serie "Cancionero de Oro", editado en España, en www.todotango.com.
7 Mediavilla, Manu (texto); Marina del Mar (fotos): “Imperio Argentina - Cantante y actriz”, 5 de noviembre de 2001, en www.canales.laverdad.es.
8 Trzenko, Natalia: “Con destinos cruzados”, en La Nación, Buenos Aires, 21 de mayo de 2006.
9 González Toro, Alberto (texto) y González, Ricardo (fotos): “La Patagonia de Kirchner”, en Clarín Viva, Buenos Aires, 2 de noviembre de 2003.
10 Szwarcer, Carlos: “Hechizo Sefaradí”, en SEFARaires, Nº18, 2003.
11 Quirney Aguirre, Carla: “Don Elías Trincado”, en El Barrio Villa Pueyrredón, Buenos Aires, Septiembre de 2003.
12 Schwarsztein, Dora: “La llegada de los republicanos españoles a la Argentina”, en Estudios Migratorios Latinoamericanos, Nº 37, CEMLA, Buenos Aires, 1997.
13 Schwarsztein, Dora: Entre Franco y Perón. Memoria e identidad del exilio republicano español en la Argentina. Crítica, 2001.
14 Arias, José: “Disqueprensa”, en La Prensa, Buenos Aires, 1998.
15 Spinetto, Horacio: “El zapatero remendón. Los oficios. Entre el olvido y el rescate”, en wwww.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.
16 Barceghian, Aram: “Los Armenios de Río Negro y Neuquén”, en IAN (INTERNATIONAL ARMENIAN NETWORK), septiembre de 2006.
17 Aizen, Marina: "El alma del pueblo", en Clarín, Viva, 17 de septiembre de 2006. Fotos: Rubén Digilio.
18 Scherbacovsky, Elías: El padre de los monos. Buenos Aires, Milá, 2007. 340 páginas. (Imaginaria)


Varios

Sergio Pujol cita el testimonio de un inmigrante asturiano famoso: “en los ambientes copados por inmigrantes, quien desee tutearse de vez en cuando con el tango deberá aceptar el espectáculo de otras danzas; la jota hace furor en el Velódromo y en el Pabellón se bailan todos los ritmos, según ordene el maestro de turno. Escribirá años más tarde el dibujante Alejandro Sirio en su libro De Palermo a Montparnasse: ‘Bajo hileras de banderitas españolas, en medio de una babélica algarabía de baladros ‘iujujús’ y ‘aturuxos’ y al son de la jeremíaca gaita, la gimiente chirimía, la zumbona guitarra, del insistente bombo, el redoblante tambor y la intermitente pandereta, brincan y saltan estos romeros sus jotas, zortzicos, sardanas, muñeiras y seguidillas, hasta quedar extenuados. Bailan para descansar del agobiador trabajo cotidiano” (1).

Lolita Torres manifestó: “No puedo explicar el por qué del acento español. No sé, me viene de adentro, y eso que mis padres eran argentinos. Mis abuelos paternos eran navarros y los de mamá eran gallegos. Por un tiempo, todos creyeron que yo era española y eso provocó el estallido en la comunidad hispana. Cuando se enteraron de que era argentina no tuvieron el menor prejuicio y me siguieron apoyando” (2).

Eladia Blázquez agradece que sus padres hayan sido tan amplios de criterio, aunque su formación terminó siendo autodidacta: “En mi casa aprendí a ser libre. Mis padres eran españoles, él obrero y ella ama de casa. Podían haber sido muy cerrados pero no. Vieron pronto que tenían una hija artista, desde que me dieron el primer juguete musical: tuve mis xilofones, mis pianitos, que venían con la escala completa y afinada. Y no me obligaban a sentarme a comer si prefería encerrarme a hacer música. (...) Mis padres, dentro de sus humildes medios, me pusieron profesores de música que al poco tiempo aconsejaban: ‘Déjenla, déjenla cantar y tocar sola, tiene algo innato’ ” (3).
En "Un recuerdo a Eladia" escribe Antonio Rodríguez Villar:
"Había nacido «en un barrio donde el lujo era un albur», allá en Avellaneda. Por eso, siempre, tenía «el corazón mirando al Sur». Como el Gordo Troilo -de quien era muy amigo y se tenían una gran admiración mutua- nunca dejó su barrio. Lo sentía y allí tenía calados sus afectos primeros a los que convocaba para pensar, para estar con familiares, para recordar sus raíces.
Su madre era de Granada y su padre de Salamanca, dos ciudades mágicas de nuestra España. Cuando nos reuníamos con Eladia, siempre nos acordábamos de aquella copla del poeta mexicano Antonio de Icaza: «Dale limosna mujer,/ que no hay en la vida nada,/ como la pena de ser,/ ciego en Granada».
Eladia era una excelente intérprete. Sus grabaciones lo atestiguan. Pero prefería componer, «Si el oficio de cantar es hermoso porque permite la comunicación directa y rápida, -decía-, mucho más lo es el de la creación. Esa condición sin tiempo, esa fuga de la realidad, ese transmutarse en miles y miles de seres que piensan y sienten como nosotros, y que esperan encontrar en nuestro leguaje el idioma de su sensibilidad». Y vaya si dominó esa sensibilidad creativa.
Fue autodidacta, si bien una mujer finamente culta. Ella misma decía que había sido muy mala alumna y que terminó el ciclo primario a los ponchazos. «Después, -comentaba-, traté de cultivar la lectura, las amistades y mis propias experiencias para suplir en parte esa falta de información. Por lo tanto, -agregaba con cierta sorna-, si no escribo mejor no es porque no sé es porque no puedo».
Era alegre, vivaz, sarcástica, con un finísimo sentido del humor y de la ironía. Pero también era retraída. Quiso estar siempre distante del halago, quizá por tener que sobrellevar una gran timidez, la timidez del talento que sabe que todo es perfectible. Quienes no la conocían bien, podían pensar que era callada o distante. Nada de eso. En reuniones pequeñas, -las que prefería-, era una castañuela: graciosa, alegre, ocurrente, simpática, mordaz, burlona. Surgían allí, como una avalancha incontenible, todos sus ancestros andaluces" (4).

Un sombrerero es hijo de españoles: “En Gaona al 1200, se encuentra la tradicional sombrerería "Winter", que funciona allí desde hace 63 años bajo la batuta de don José "Pepe" Ferro, porteño de casi "90 pirulines", hijo de padre gallego, de Lugo, y de madre leonesa. Eduardo, su hijo se da una vuelta todos los días para ayudar en todo lo que haga falta. "Aquí de los 40 hasta el 60, había un trabajo bárbaro, los sábados la gente hacía cola en la puerta del local, es que los muchachos tenían que ir a bailar al vecino Club Buenos Aires (y sin sombrero era una vergüenza). También tenía una importante clientela de la colectividad israelita. Pero hoy la actividad está muerta, a lo sumo se vende alguna que otra gorra". En las vitrinas los elegantes orión lucen junto a los chambergos de fieltro "de primera calidad", negros, marrones y grises, "los negros siempre con forro, los de otro color no". Junto a ellos vemos la horma, con la que se tomaban las medidas de la cabeza del cliente y así poder hacerle su sombrero. "En verano se usaba panamá, y también ranchos", recuerda don José, y agrega: "Muchas veces los muchachos que iban al hipódromo, a las carreras, y acertaban una fija, revoleaban su sombrero por el aire". Esto situación de euforia, le venía muy bien al negocio, porque los apostadores volvían a comprar nuevos sombreros. Ferro conoció el oficio siendo joven, desde los 18 años hasta los 23 trabajó en la fábrica de sombreros "Dominoni", que quedaba en Monroe 1683/ 87, entre Montañeses y Arribeños, con salida también por Blanco Encalada. "Recuerdo una casa que continúa, como yo en esta lucha tan despareja, "Maidana", en Rivadavia al 1900. En fin, cosas de la vida, -murmura mientras acaricia a su perro Colita-. Pasa todo tan rápido..." (5).

El actor Alberto de Mendoza “nació en enero del 21, en el barrio de Belgrano, hijo de un andaluz y una vasca. No tuvo lo que se dice una infancia idílica: cuando tenía cinco años, se quedó huérfano y fue llevado a España, donde lo crió su abuela Isidra. (...) ‘Mi nona murió a poco de empezar la Guerra Civil, donde perdimos todo –dice a Diego Heller-. Fue ahí cuando empecé a laburar y a conocer la calle, a los 15 años empecé a gastar suelas’. Un buque –el Tucumán- lo devolvió al Río de la Plata en 1939, junto a un grupo de refugiados cansados de tanta guerra” (6).

"Los hermanos Lucia y Joaquín, pertenecen a una familia de origen español en donde el canto y el baile, fueron la excusa suficiente, para exteriorizar sus sentimientos y emociones. Así entre cumpleaños, Navidades, o simples reuniones de amigos, comenzaron a cantar informalmente, sin siquiera imaginar, que ya se estaba gestando lo que un día se daría a llamar PIMPINELA.
Nacieron en Buenos Aires, pero desde chicos viajaban permanentemente a España, donde pasaban temporadas de 6 meses visitando familia. Fueron sus padres Joaquín y María Engarria, asturiano y leonesa respectivamente, los primeros en aconsejar a sus hijos para iniciarse en la carrera de cantantes, siendo mas adelante, él interprete y autor Luis Aguijé, el que a través de su opinión profesional, termino de disipar las dudas de los jóvenes artistas, induciéndoles con su entusiasmo, a emprender el difícil camino hacia el éxito" (7).

Cecilia Figaredo “Habla con voz fuerte y remite a sus orígenes: ‘Figaredo es español; mi abuelo era de Oviedo y mi abuela, de Galicia. Por parte de mamá son italianos, así que en mi casa cada vez que nos reunimos es hablar a los gritos, todos juntos. Es un bardo y nadie se escucha’ ” (8).

“En 1936, cuando en España comenzaba la Guerra Civil –relata Miguel Schapire-, mi padre creó la Editorial Schapire, (...) Mi padre solía decir que los exiliados eran hombres que habían perdido el barco, y ese barco era la República, es decir, la patria, sus ideales y esperanzas, y que él trataba de ayudarlos como podía, editando sus obras. Con casi todos ellos nos encontrábamos los veranos, en un hotelucho de la vieja Punta del Este, en la Punta punta, donde al anochecer se cantaba, se recitaba, se dibujaba, se interpretaban fragmentos de piezas teatrales a medida que se iban escribiendo. Era una especie de taller fabuloso. Yo era muy chico, pero todo eso me marcó” (9).

Notas
1. Pujol, Sergio: Historia del baile. Buenos Aires, Emecé, 1999. 440 pp.
2. Freire, Susana: “Lolita Torres. Una voz que le cantó a los corazones”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de septiembre de 2002.
3. Madrazo, Cecilia: “Eladia Blázquez: 10 cosas que sé”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
4. Rodríguez Villar, Antonio: "Un recuerdo a Eladia", en http://www.todotango.com/Spanish/biblioteca/cronicas/cronica_eladia.asp.
5. Spinetto, Horacio: “El sombrerero”, en “Los oficios. Entre el olvido y el rescate”, en www.dgpatrimonio.buenosaires.gov.ar.
6. Heller, Diego: “Alberto de Mendoza. El último dandy”, en Clarín Viva, 5 de junio de 2005. Fotos: Alejandra López.
7. S/F: "Biografía", en http://www.pimpinela.net/html/bio.asp.
8. Demare, Silvina: “Cecilia Figaredo METIDA EN EL BAILE”, Fotos: Alejandra López, en Clarín Viva, Buenos Aires, 18 de diciembre de 2005.
9. Aubele, Luis: “A boca de jarro Miguel Schapire ‘Los porteños nos parecemos a los griegos’ “, en La Nación, Buenos Aires, 31 de julio de 2005.

En conjunto

En febrero de 2005, el Presidente de España, Don José Luis Rodríguez Zapatero, escribió al Centro Gallego de Azul. En esa misiva expresó: “ (...) Estuve encantado de visitar el país hermano que ha acogido a tantos ciudadanos españoles, que en muchas ocasiones y por las dolorosas circunstancias que todos conocemos, no tuvieron más remedio que dejar España para refugiarse en otros países, de entre los que cabe destacar muy especialmente la República Argentina, en donde fueron recibidos con tanta solidaridad y cariño. (...) “ (1).

Notas
1 S/F: “El Centro Gallego de Azul recibió el agradecimiento del Presidente de España”, en El Tiempo, Azul, 27 de febrero de 2005.


Españoles y otros

Según lo que comían, Santiago de Estrada podía reconocer la procedencia de los habitantes de los conventillos: “Encienden carbón en la puerta de sus celdillas los que comen pucheros: esos son americanos. Algunos comen legumbres crudas, queso y pan: esos son los piamonteses y genoveses. Otros comen tocino y pan: esos son los asturianos y gallegos. El conventillo es el reino de la ensalada cruda” (1).

Los inmigrantes trabajaron en el adoquinado de las calles. Lo recuerda José Luis Corsetti, quien afirma: “De las canteras de Tandil salió gran parte del empedrado de las calles de nuestro país. Los picapedreros españoles, italianos, montenegrinos y yugoslavos fueron, desde 1870, personajes entrañables que dejaron cuerpo y alma, cuando no la vida, en cada cincelada” (2).

Hugo Nario describió la dura vida de los picapedreros: “Despeñarse, quedar aplastado por el desprendimiento de piedras o cascajo, perder un ojo reventado por una escalla o por un pinchote mal templado, morir destrozado por una voladura imprevista, caer bajo las ruedas de las zorras que bajaban cargadas de material desde lo alto de la pendiente, o carros cuyo control de descenso se perdía, y volcando arrastraban por el precipicio a caballos y conductor. Y en todo tiempo, el arresto, el allanamiento, las redadas, días y meses de encierro, la amenaza de la deportación, a veces sin proceso” (3).

Escribe Nélida Boulgourdjian-Toufeksian: “En la localidad de Berisso estaba el frigorífico Armour La Plata S.A. que inició sus operaciones en 1915. Entre dicho año y 1930, el 60% de su población obrera estaba constituida por hombres y mujeres provenientes de Europa y Asia. Los armenios compartieron con los italianos, españoles, rusos y árabes, las pesadas tareas en desfavorables condiciones de trabajo” (4).

En “Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espíritu vive en una banda”, Jorge Iglesias se refiere al belga Julio Steverlynck; presenta, además, el testimonio de personas que estuvieron vinculadas a la Algodonera Flandria. Iglesias escribe: “Por cierto, en la Argentina de finales de los veinte, encontrar un obrero textil calificado era tarea de cíclopes. Así, Steverlynck le abrió las puertas de la fábrica a gran cantidad de inmigrantes españoles e italianos. Toda gente que había dejado sus raíces. Gente que venía a ‘hacer la América’. Mejor, ¿por qué no?: a hacer la Flandria... Pero, como la gente trabajando se hace, de los telares no sólo salieron telas, como se verá, también salieron ‘hombres de Flandria’ “ (5).

Aurora Alonso de Rocha se refiere a los editores de periódicos de Olavarría, localidad bonaerense: “Los españoles, dueños de un buen idioma hablado y, seguramente, monopolizadores del español escrito en un país babélico, eran los editores obligados” (6).

Víctor Dorsch se refiere a las diferentes actitudes que se manifestaban hacia los inmigrantes: “Surge en mi memoria la evocación maternal de la señora Beatriz, como la llamábamos todos los que fuimos sus alumnos (...) en aquellos años de su permanencia en Hernández, que por cierto no fueron pocos. (...) a nosotros (...) se nos conocía por el mote despectivo de rusos (pero) aquella buena maestra no hacía ningún distingo entre los así llamados y los que, por su ascendencia española, italiana o nativa, no pertenecían a esa casta un tanto despreciable (sic)” (7).

A partir de la historia de una pareja de inmigrantes judíos, Alicia Dujovne Ortiz se refiere a los españoles, entre otros. Ella afirma: “En el respeto mutuo estaba la clave del entendimiento entre esas dos personas valerosas que habían abandonado sus aldeas natales y llegado a la Argentina solos, casi adolescentes. Lo demás –pasar por el siniestro Hotel de Inmigrantes y por el patio del conventillo que calentaba el alma con sus olores y sus idiomas mezclados, aprender un castellano cuyo diptongo en ue jamás pudieron pronunciar, pero al que igual domaron e hicieron suyo- equivale a la historia de todo inmigrante, cualquiera que haya sido su nombre: Marcello, Manolo, Moishe o Mustafá” (8).

Una exiliada española brinda su testimonio a Schwarsztein: “En el Massilia iban muchos artistas, escritores y periodistas españoles. Con ellos viajaban numerosos refugiados judíos polacos e italianos. Juntos compartían la tercera clase en condiciones deplorables de hacinamiento y promiscuidad. El viaje fue largo. Ver por última vez las costas españolas fue muy triste, pero era la libertad. El grupo se integró maravillosamente, no se conocían de antes ni tenían en definitiva nada en común, salvo la guerra. Todos sintieron un profundo odio hacia la tripulación francesa que los trataba mal, y que tanto odiaban a los rojos como a los judíos. Fueron horribles las peripecias vividas a bordo ante la amenaza constante de los submarinos nazis. Finalmente, el Massilia atracó en Buenos Aires, desde donde seguirían viaje a sus destinos finales en otros países. MC recuerda que, mientras los pasajeros esperaban a bordo el inicio de la nueva etapa de su viaje, se presentó en el puerto Natalio Botana, director del periódico Crìtica, que, sorpresivamente, ofreció a los españoles una suma importante de dinero para facilitar su asentamiento en la Argentina”. Consiguió, además, “del presidente Ortiz el permiso para que ese puñado de hombres, mujeres y niños pudieran afincarse legalmente en el país” (9).

En septiembre de 2000, se inauguró Casa FOA en el Hotel de Inmigrantes. El estudio de Laura Ocampo y Fabián Tanferna, que tuvo a su cargo la ambientación de uno de los dormitorios, “antes que una reconstrucción histórica, prefirió hacer un homenaje a todos aquellos que vinieron con el coraje de iniciar una nueva vida” (10). Para ello, contaron con la colaboración de algunos de los inmigrantes que se hospedaron en el Hotel, quienes narran sus historias en sendas grabaciones. Son estos hombres y mujeres los húngaros Antonieta Rubido Zichy de Eicket, Américo de Gosztonyi, Esteban Bergner y Eugenio Weisz; Ana Wasinger de Schaab, nieta de ruso alemanes, y el español José Pereira Barros.

“Piratas, gauchos, damas antiguas, marqueses versallescos, zorros (negros y blancos), diablitos, hadas, aldeanas, lagarteranas, baturros, tiroleses y andaluces, gitanas y pajes medievales aparecían en esas páginas como un convite a la consagración y apoteosis del hermoso período anual. (...) Vacaciones no tenía, pero disfraces sí, ¡y qué disfraces! Payaso, pollito, holandés, bailarín ruso, gaucho, mexicano, sargento americano y teniente argentino. Las fotos atestiguan mi felicidad y las poses son las de un gordito decidido a ser estrella” (11).

Ignacio Escribano pregunta a Enrique Pinti y Guillermo Francella “¿Creen que existe una comicidad típicamente nuestra?”. Pinti responde: “Creo que nuestro humor responde a una mezcla de razas. Está el grotesco italiano, esa autoagresión propia del humor judío, eso fantástico que tiene la gracia española. Aunque me parece que predomina lo italiano y lo judío. Y tenemos los regionalismos: el humor cordobés o el correntino, por ejemplo” (12).
Chola recuerda que su hermano, Carlos Alberto Barberio, era muy travieso de niño. Pero esos recuerdos de la infancia chocan con la realidad. Hoy es un hombre de 76 años en sillas de ruedas y cuadripléjico, aunque con una fe inquebrantable para -desde su mundo- intentar cambiar al mundo. Nacido en Villa Pueyrredón en 1929, Carlitos sufrió un terrible accidente en la esquina de Artigas y Cochrane cuando sólo tenía cuatro años. Allí fue atropellado por un colectivo de la línea 4, hoy 127, que le provocó múltiples heridas. Si bien al principio pareció un susto, con el correr del tiempo fueron apareciendo síntomas que marcarían su vida. (...) Carlitos es el único varón de siete hermanos. Luego del accidente sus padres Lucas, un italiano de Taranto, y Pilar, una española de Madrid, lo cuidaron con devoción en la casa de la calle Terrada al 5100, en donde todavía vive” (13).

Notas
1. Estrada, Santiago: Viajes y otras páginas literarias. 1889. Citado por Jorge Páez en El conventillo, Buenos Aires, CEAL, 1970.
2. Corsetti, José L.: “Lejos del corralito, cerca de la naturaleza”, en La Nación, 27 de enero de 2002.
3. Nario, Hugo: “Cortando piedra”, en Todo es historia, N°178, Marzo de 1982.
4. Boulgourdjian-Toufeksian, Nélida: Los armenios en Buenos Aires. La búsqueda de la identidad (1900-1950). Buenos Aires, Centro Armenio, 1997.
5. Iglesias, Jorge: “Flandria, la ciudad-fábrica cuyo espíritu vive en una banda”, en La Nación, Buenos Aires, 28 de enero de 2001.
6. Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
7. Weyne, Olga: El último puerto. Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos Aires, Editorial Tesis/Instituto Torcuato Di Tella, 1986.
8. Dujovne Ortiz, Alicia: “La memoria de las mujeres”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 28 de noviembre de 2004.
9. Schwarsztein, Dora: “La llegada de los republicanos españoles a la Argentina”, en Estudios Migratorios Latinoamericanos, Nº 37, CEMLA, Buenos Aires, 1997.
10. Ocampo, Laura y Tanferna, Fabián: “Testimonios”, folleto escrito para Casa FOA 2000.
11. Pinti, Enrique: “La Argentina según Enrique Pinti. Carnavales eran los de antes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 6 de marzo de 2005.
12. Escribano, Ignacio: “Enrique Pinti – Guillermo Francella: El humor es cosa seria”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 28 de agosto de 2005. Fotos: Martín Lucesole.
13. Perpignan, Javier: “CARLOS BARBERIO ES UNO DE LOS VECINOS MAS SOLIDARIOS DE VILLA PUEYRREDON El rey que no necesita corona”, en El Barrio, Buenos Aires, Diciembre de 2005.


En memorias


Andaluces

José María Torres, nacido en Málaga en 1823, falleció en Entre Ríos en 1895. En Juvenilia, Miguel Cané lo evoca con gratitud: “En cuanto a mí, creo haber contribuido no poco a hacerle la vida amarga, y le pido humildemente perdón, porque sin su energía perseverante, no habría concluido mis estudios, y sabe Dios si el ser inútil que bajo mi nombre se agita en el mundo no hubiera sido algo peor”.

Notas
1 Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980.

Asturianos

Niní Marshall, hija de asturianos, escribió sus memorias. Afirma Fernando Noy: “Previsora, para disipar dudas sobre sus procesiones por los laberintos de la memoria, ella nos legó, acicateada por su amigo y representante Lino Patalano, la invalorable Autobiografía donde emerge, con astucia de autora consumada y en una sesión de magia interminable, tan verosímil y viva como siempre, quizás de un modo inconciente desdiciendo aquella frase-consigna en uno de sus libretos radiales: ‘Déjenos contarle algo, déale. Si no va a parecer una mujer demasiado misteriosa, de esas que salen al cine y después les agarra la mamesia al cerebro’. Y si era necesaria mucha ‘propicacia’ para hacerlo, sospecho que sólo quiso recompensarnos con estas páginas a modo de despedida” (1).

Notas
1 Noy, Fernando: “A los ‘pieses’ de la Marshall”, en Clarín, Buenos Aires, 24 de mayo de 2003.


Cántabros

Baldomero Fernàndez Moreno nació en Buenos Aires en 1886; falleció en esta misma ciudad en 1950. Evocó sus años de infancia, una edad escindida entre dos tierras, Argentina y España. Recuerdos de estos años se encuentran en su poesía, y también en su libro en prosa titulado La patria desconocida (1), publicado por primera vez en 1943, como anticipo. Quince años más tarde, esta obra se publica en la Biblioteca Menèndez y Pelayo, de Santander, con estudio preliminar de Gerardo Diego. En Argentina, La patria desconocida se edita en un solo tomo con otro volumen, Vida y desapariciòn de un mèdico, que habìa visto la luz en 1935. Ambos volùmenes se unifican bajo el tìtulo de Vida. Memorias de Fernàndez Moreno.
En el prólogo a sus memorias, Fernández Moreno se refiere a la relación de las mismas con sus dos patrias, y deslinda la incidencia que España y la Argentina tienen en ellas: “Son páginas, pues, españolas por el recuerdo que las informa, argentinas por la mano que las trazó. Por eso este libro cobra un sentido vernáculo, americano. Y todo aquello en medio del suspirar por mi patria, por curiosidad, por exotismo, por poesía naciente, y, por lo que es lo cierto, por indefinible amor hacia ella”.

Notas
1. Fernández Moreno, Baldomero: La patria desconocida.


Gallegos

En Juvenilia, Miguel Cané se refiere a inmigrantes de ese origen: “Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra don José M. Torres, vicerrector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo. Al salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la tiranía da Torres (!las escapadas habían concluido!) y otros motivos de queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos, haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de trompadas. El celador, que, como Jerjes, había presenciado el combate de lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando el a su vez a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución” (1).

En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los gallegos realizaban el viaje hacia América: “El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos” (2).

Luis Varela, octavo de catorce hijos, recuerda en De Galicia a Buenos Aires: “En aquella época las familias gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros padres sólo nos enseñaban a labrar las tierras y luego, de mayores, no alcanzaban las tierras para todos, era habitual mandar a algunos para el convento, otros para curas, uno se quedaba en la casa con los padres y los demás veníamos para América. Muchas veces yo le reproché a mi padre por tener tantos hijos, porque habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres o cuatro, yo no hubiera nacido y la mejor riqueza sería no tener que luchar con un truhán como yo”.
“A la Argentina –señala en otro pasaje- no se podía emigrar sin un contrato de trabajo, pero se hacía responsable de nosotros mi tío José, hermano de mi madre, que nos estaba esperando en el puerto, acompañado de la hija, mi prima Norma, que lucía un gorrito de punto muy blanco, y con una sonrisa y un beso nos levantó un poco el ánimo, sintiéndonos ya amparados en casa de nuestra familia americana, mis tíos habían emigrado hacía ya 30 años y, por supuesto, los hijos eran criollos. (...) La habitación también estaba lista para los dos huéspedes. Dos camitas plegables entre la pila de cajones de cerveza en la cocina del bar, que era además depósito de mercadería. Desfilaban las cucarachas de 5 ó 6 en fondo, pero yo ya desfilare varias veces con otros bichos, y si bien estaba familiarizado con las pulgas, había que acostumbrarse a convivir con todo bicho viviente” (3).

Mito Sela evoca, en Babilonia chica, a un inmigrante pintoresco: “Creo que su nombre era Fermín o Félix o Fernández. O algo parecido. No queda ya nadie que pueda proporcionarme la información. Era gallego, viudo, con una hija fea y petisa como el padre, cuya función principal era servirle mate mientras él cortaba el pelo a un cliente. Recuerdo al peluquero no sólo porque era muy feo y su cara arrugada que daba miedo, sino por el hedor del cigarro que siempre, siempre estaba en su boca y las bocanadas de humo que despedía y yo recibía en plena cara. Mis recuerdos, la verdad sea dicha, se basan más en el olfato que en la persona” (4).


Gladys Onega escribió Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa (5), convencida de que “todos tenemos derecho a escribir nuestra historia” (6).

Su historia se inicia en Acebal, provincia de Santa Fe, donde nace en 1930, y continúa en Rosario, ciudad a la que se mudan en 1939. Sus primeros años transcurren en el seno de una familia integrada por un gallego tan esforzado y ahorrativo como autoritario; una criolla apasionada por la hija mayor, la lectura y la costura; y dos hermanos, que acaparan la atención que la pequeña reclamará para sí. Junto a ellos encontramos la familia de la casa da pena –los gallegos que quedaron en su tierra-, los parientes gallegos que emigraron y los parientes criollos de la madre, y los inmigrantes –en su mayoría italianos- que viven en el pueblo.
Los días de la infancia son descriptos con nostalgia y visión crítica. Las peleas entre los padres, los accesos de tos convulsa, las comidas inmigrantes y nativas, el aprendizaje de las primeras letras, los internados católicos para varones y mujeres, la tolerancia ante la conducta infantil y los castigos que imponía cada uno de los progenitores, son recordados en el marco que proporcionan a esta familia los avatares de la vida en la Argentina y en Europa; la Guerra Civil en España y el fraude político en Santa Fe son episodios evocados detenidamente por esta narradora.

En “Mínima autobiografía de la exiliada hija”, María Rosa Lojo se refiere a su vida como hija de un gallego y una madrileña exiliados en la Argentina. Sobre su padre, exiliado gallego, escribe: “El auto exiliado abandona un mundo donde cree que ya no podrà crecer humanamente, donde la violencia ha cambiado todas las reglas del juego para instalar un nuevo orden al que se siente ajeno. No lo sabe aùn, pero de todas formas quedarà cautivo de la tierra que deja. Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para èl ya habìa pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la càrcel, la ‘redenciòn de penas por el trabajo’. Sin embargo, se despidiò de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cediò a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia numerosa-, hizo las valijas y cruzò el ocèano. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me enteré después de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de ‘mala cabeza’, y de playboy coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra persona” (7).

Notas
1. Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Mansilla, Lucio V.: Mis memorias. París, Casa Editorial Garnier Hermanos, 1904.
3. Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.
4. Sela, Mito: Babilonia chica. Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria).
5. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
6. Duche, Walter: “Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia”, en La Prensa, Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
7. Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio Al Margen Revista Digital. Noviembre de 2002.



Vascos

Miguel Canè relata que los estudiantes encontraban diversas distracciones en la quinta de Colegiales; una de ellas, vinculada a unos inmigrantes. “En la Chacarita estudiábamos poco, como era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatìs y sobre todo, organizar con una estrategia científica, las expediciones contra los ‘vascos’ “.
Describe el escenario y las virtudes de la fruta de esos quinteros: “Los ‘vascos’ eran nuestros vecinos hacia el norte, precisamente en la dirección en que los dominios colegiales eran más limitados. Separaba las jurisdicciones respectivas un ancho foso, siempre lleno de agua, y de bordes cubiertos de una espesa planta baja y bravía. Pasada la zanja, se extendía un alfalfar de una media cuadra de ancho, pintorescamente manchado por dos o tres pequeñas parvas de pasto seco. Más allá (...) en pasmosa abundancia, crecían las sandías, robustas, enormes, (...) allí doraba el sol esos melones de origen exótico (...) No tenían rivales en la comarca, y es de esperar que nuestra autoridad sea reconocida en esa materia. Las excursiones a otras chacras nos habían siempre producido desengaños, la nostalgia de la fruta de los ’vascos nos perseguía a todo momento, y jamás vibró en oído humano en sentido menos figurado, el famoso verso de Garcilaso de la Vega” (1).

Carlos Ibarguren describe, en La historia que he vivido, el Buenos Aires de su infancia, en la década de 1880. En ese entonces, “en los barrios residenciales veíanse de mañana a los lecheros, casi todos vascos, que llevaban en los costados de su cabalgadura sus clásicos tarros de latón, o a los que arriando algunas vacas con sus mamones, al son tintineante de un cencerro, ofrecían leche recién ordeñada” (2).

En El merodeador enmascarado, Carlos Gorostiza “nos habla de su infancia en el barrio de Palermo, junto a sus padres vascos y un hermano mayor. No eran ricos pero disfrutaban de una situación que les permitió en 1926 realizar un viaje por la tierra de los ancestros” (3).

En ANECDOTAS Y VIVENCIAS de mi buena y larga vida, relata Norberto Brodsky: "En 1934, mi padre es avisado por su amigo el Jefe de Policía Don Martín Zabalzagaray, que un simpatizante del nazismo estaba preparando en el campo con vino y asado una horda de gauchos alzados para un asalto en Villaguay, donde atacarían a los judíos. Don Martín le informa que con sus ocho milicos no podría hacer nada para detener a una manga de mamaos llevados por la nariz. Le insiste que viaje de inmediato a Paraná y recomendado por él al jefe del regimiento, traiga un destacamento del ejército para frenar ese desastre. Ya habían pintado cruces svásticas en las casas judías. (...) Papá regresó a Villaguay con el regimiento y ya se había corrido la voz de esta llegada, por lo que el petit pogrom felizmente abortó (4)".

Notas
1. Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Ibarguren, Carlos: La historia que he vivido. Buenos Aires, Dictio, 1977.
3. Requeni, Antonio: “El teatro, la escritura, lo vivido”, en La Nación, Buenos Aires, 5 de diciembre de 2004.
4. Brodsky, Norberto: ANECDOTAS Y VIVENCIAS de mi buena y larga vida. Buenos Aires, Editorial Milá, 2007, 93 págs.

Sin mención de origen

Escribe Adolfo Bioy Casares:
"Joaquín, el portero de casa, era un español acriollado, un muchacho de Buenos Aires. Se peinaba para atrás, con gomina, tenía buenas camisas, le gustaban las mujeres. Una mañana, cuando yo miraba la vidriera de una juguetería, Joaquín me dijo:
- Ya sos un hombre. No te interesan los juguetes. Te interesan las mujeres.
Para presentármelas, me llevó a la sección vermouth, a las seis y media de la tarde, de un teatro de revistas. Probablemente influido por la vidriera anterior, recuerdo ese primer escenario, con las bataclanas alineadas, como una vidriera deslumbrante. Fuimos a teatros de revistas casi todas las tardes. Mi madre se enteró. Dejó ver su disgusto, pero nos perdonó, sin por eso dejar de reprocharnos el ocultamiento" (1).

Raúl G. Fernández Otero escribió Ausencias, presencias y sueños (2), autobiografía en la que evoca su infancia en un barrio porteño, allá por el 30. El rememorar sucesos de su vida personal lo obliga a describir la época en que transcurren y el modo de vida de esos tiempos que -en la pluma de Fernández Otero- parece mucho más humano que el agitado vivir del presente. Los padres y el hermano españoles, los vecinos, los carnavales, las anécdotas que pueblan toda historia a lo largo de una dilatada existencia, son la materia de la primera parte del libro.

Notas
1 Bioy Casares, Adolfo: Memorias. Buenos Aires, Tusquets Editores, 1994.
2 Fernández Otero, Raúl: Ausencias, presencias y sueños. Buenos Aires, Tu Llave.


Españoles y otros

En Babilonia chica, escribe Mito Sela: “Crecí y me desarrollé en un barrio fuera de la Capital, ya provincia, sólo cruzando la Av. Gral. Paz. Este barrio –otro mundo- reunía en sus calles fábricas y galpones de la industria textil, que funcionaban sin descanso 24 horas diarias durante seis días a la semana. Junto a la industria se desarrolló un proletariado textil, formado por italianos, españoles y judíos, fervientes sindicalistas, que en su mayoría se identificaban con los distintos matices de la izquierda hasta la llegada del peronismo” (1).

Notas
1. Sela, Mito: Babilonia chica. Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria).


En biografías

Asturianos

María Esther Vázquez se refiere, en Victoria Ocampo (1), a una empleada española:
"Fani entró 'para todo trabajo' al servicio de una tia de Victoria. Cuando la familia Ocampo en 1908 partió hacia Europa, la tía Ana se la cedió a los padres, La Morena y Manuel, a fin de que se ocupara de 'las niñas', ya que era 'trabajadora como mula y fiel como perro'.
Cuando Victoria se casó, la madre se la "regaló" (esplendido regalo) para que cuidara de Victoria.
Fani era asturiana; decepcionó a sus tíos, frailes esculapios, al no ingresar en una orden religiosa y en cambio salir a trabajar, porque no sólo no tenia vocacion, sino que desconfiaba de 'curas y clerigos'; para ella Dios era 'el ser de la persona', definicion críptica e impresionante. Tenía el aspecto tipico de la campesina del norte de España. Sufrida hasta límites increíbles, el dia que se enfermó, fue para morir. Su moral estrictísima, propia de puritana española, cuenta Victoria, sumada a su "candido afán de protegerme de peligros imaginarios la volvían arbitraria e injusta, como suelen ser los padres. Transformaba, por momentos, mi casa en la de Bernarda Alba y yo aborrecía ese españolísimo resabio. Era demasiado joven para tomarlo a broma; ( ... ) que manía de meterse en todo, pensaba"9.
La relacion entre Victoria y Fani fue extraña, relación que sólo la rica economía de la Argentina permitía florecer. Si bien Fani era la servidora, gobernaba muchos aspectos de la vida de su patrona en forma despótica. Generosa por naturaleza, se brindaba con alegria, excediendo en mucho sus 'obligaciones'. Ese excederse le dio bastantes dolores de cabeza a Victoria, considerada una eterna adolescente por Fani; sin embargo, a medida que esta última envejecía, perdida toda esperanza de perfeccionar a la otra segun sus canones, bastante primarios, se dedicó a mimar a Victoria.
Debido al mal oido para los idiomas, característico de los españoles, nunca logró Fani pronunciar correctamente ciertos vocablos: 'Continuaba diciendo mórfora en vez de atmosfera, asenoria en vez de zanahoria, manopolio en vez de monopolio, anelso en vez de anexo, archiprestes en vez de cipreses, reumatismo asiatico en vez de ciatica' 10. Sin embargo, pese a sus dificultades fonéticas, sabía pedir el colador en cuatro idiomas porque a Victoria le desagradaba profundamente encontrar 'nata' en el cafe con leche".

En Los dones del tiempo (2), Rubén Benítez relata la historia de la asturiana Cecilia Caramallo. En esa obra, el escritor trata el tema abordado diez años antes en La pradera de los asfódelos (3): la inmigración y, más específicamente, la vida de los inmigrantes en Bahía Blanca, sus expectativas cumplidas y fallidas, sus recuerdos, sus abnegaciones.
América aparece –al igual que en todas las obras de emigración- como el destino soñado, que desconcierta a los extranjeros con su forma de entender la vida y las distancias. Para una asturiana, las tierras son enormes, la cantidad de ganado es tal que debe dormir a la intemperie. Son realidades difíciles de aceptar para quienes vienen acostumbrados a lo exiguo, a lo mínimo. Recuérdese al respecto la sensación de la protagonista cuando ve que tiran comida. Piensa qué hubieran hecho en su aldea con aquello que derrochaban los argentinos.


La vida de su madre es el tema que Jorge Fernández Díaz eligió para su libro. Mamá (4). La asturiana Carmen Díaz, nacida en 1932, a los quince años viaja hacia América. La pasó mal en el viaje. Aquí la esperaban sus tíos, con los que vivió haciendo las veces de hija adoptiva y criada. Sus tíos “importaron a una hija de España porque el médico que operó a Consuelo de un fibroma tuvo al final que extirparle los ovarios. (...) Pedía una niña, y prometía cuidarla y educarla hasta que mi abuela pudiera viajar”.
La narración, estructurada en capítulos con nombres de los personajes, surge del reportaje que Jorge Fernández Díaz, director de la revista Noticias, efectuó a su madre durante más de cincuenta horas; “Comencé a garabatear frases e ideas sobre su azarosa biografía en un cuaderno Rivadavia de tapa dura cuando me contó que hacía lagrimear a su psiquiatra”, escribe el hijo.
Ese dolor de la inmigrante, y su fe en el futuro, que la hizo salir adelante en un mundo en el que poco apoyo tenía, son homenajeados por Fernández Díaz en una obra que nos hace sentir admiración por esta mujer que logró tanto contando sólo con su tenacidad.

Susana Degoy es la autora de Niní Marshall, La máscara prodigiosa (5), biografía de la actriz hija de asturianos. Degoy afirmó: “De la mano de Niní, los argentinos nos reímos de nosotros mismos, de la prepotencia y la cursilería, de la mezquindad y la picardía. También de su mano aprendimos a respetar la melancolía y los caprichos de los abuelos inmigrantes” (6).

Niní Marshall es también la protagonista de dos biografías aparecidas recientemente: “Los festejos por los 100 años que cumpliría Niní Marshall este 1° de junio incluyen dos libros biográficos (...) Las biografías que aparecen en estos días son ¡Niní está viva!, de la periodista Patricia Narváez (...) Cuenta con materiales inéditos del archivo familiar de Angelita Abregó, hija de la actriz (...) Por otra parte se publica Niní Marshall. El humor como refugio, de Marily Contreras” (7).

Notas
1. VICTORIA OCAMPO, por María Esther Vázquez. Buenos Aires, Planeta, 1991. 239 páginas.(Colección Mujeres Argentinas, dirigida por Félix Luna). Foto de tapa: Man Ray, 1930. Investigación y edición fotográfica: Marisel Flores, Graciela García Romero Felicitas Luna. Reproducciones: Filiberto Mugnani.
2. Benítez, Rubén: Los dones del tiempo. Buenos Aires, GEL, 1998.
3. Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1989.
4. Fernández Díaz, Jorge: Mamá. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.
5. Degoy, Susana: Niní Marshall, La máscara prodigiosa. Manrique Zago, 1997.
6. Ulanovsky, Carlos: “Niní Marshall Genia y figura”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 25 de mayo de 2003.
7. Noy, Fernando: “A los ‘pieses’ de la Marshall”, en Clarín, Buenos Aires, 24 de mayo de 2003.


Catalanes

“Fray Salvador Solá Vilalta ofm, Retazos de su vida y de su ingenio” es un relato testimonial del Padre Fray Pedro Audet Fabré, del convento franciscano de Río Cuarto, en el que se unen vivencias y circunstancias especiales de la fructífera vida y obra del recordado Fray Solá, constructor del actual templo de san Francisco Solano, que ganara a través de sus visitas por una extensa región, innumerables amigos y colaboradores que lo siguen recordando con respeto y admiración.
A través de diez breves capítulos el autor recorre los primeros años de Fray Solá, su ingreso a la Orden de san Francisco y más tarde, el arribo a la Argentina y los lugares y trabajos previos a su llegada a Río Cuarto, convocado ante el derrumbe
del antiguo templo. Las anécdotas se suceden en medio de los trabajos y las idas y venidas de este verdadero personaje que logró levantar el que es hoy uno delos templos más grandes de la región, a partir de la constancia, el buen humor, la conquista de innumerables colaboradores que encontró en el campo y en la ciudad, aún de lugares alejados como los de San Luis y la Pampa; luego, sus años en la portería y su imprevisto final.
El autor, R. P. Fray Pedro Audet Fabré, compartió con Fray Solá los juegos de la niñez en el sitio natal de Vic, en Barcelona, y luego, la vocación que los llevó a vestir el hábito de la Orden Franciscana, así como en los últimos años, ya en el convento de Río Cuarto, la extraordinaria obra del nuevo templo a la que Fray Solá dedicó más de quince años de trabajos y trajines.
Ha escrito con verdadero afecto estas páginas, entrelazando recuerdos y vivencias con una excelente memoria y no poca experiencia, con sus ya celebrados 85 años de edad. Es una figura relevante del franciscanismo local, con casi cuarenta años de residencia en nuestro país; durante veinte años fue párroco de El Palomar; desempeñó cargos de importancia como el de Definidor Provincial, Custodio de la Comisaría de Río Cuarto y La Pampa y luego, Presidente de la Federación Franciscana Argentina, entidad ésta antecesora de la actual Provincia San Francisco Solano.
Se encuentra en Río Cuarto desde 1995; actualmente es asistente espiritual de la Fraternidad Inmaculada Concepción, de la Orden Franciscana Seglar, de Banda Norte y miembro y asesor de otras instituciones de apostolado. Se destaca también su dedicación a la dirección espiritual y a la predicación. El Padre Pedro Audet ha preparado con mucho esmero estas sencillas páginas, que sin duda serán bien recibidas por las innumerables personas que conocieron y siguen recordando a Fray Solá, constructor de iglesias y muy carismático Hermano franciscano.
En la biografía, se afirma: “Fray Salvador Solá nació en Ripoll, España, el 4 de enero de 1911; su verdadero nombre es Pedro Solá Vilalta, pero al ingresar a la orden de San Francisco cambió su nombre por el que se lo conoció. (...) ‘Ciudadano Ilustre’ de Río Cuarto, y una de las figuras más preclaras del franciscanismo en el último medio siglo, ha ingresado con la fuerza de sus obras, en el capítulo de la historia Regional que cierra con el propio siglo que le tocó vivir, una de las páginas más edificantes por el propio testimonio de vida que desde la sencillez, la humildad, la alegría en el servicio, la fe que le hizo mover y de su entrega. Si bien Fray Solá será siempre recordado por esta obra magnífica del templo, es cierto que mostró una personalidad que le hizo ganar la admiración de cuantos le trataron y conocieron. Dotes espirituales que le consagraron como legítimo " Ciudadano Ilustre ", reconocimiento que le fuera otorgado por el Honorable Concejo Deliberante el 27 de setiembre de 1995, por Ordenanza 816 / 94 ; también " por su ejemplo de honradez y sacrificio " fue distinguido el 22 de octubre de 1997 con el premio a la Excelencia, por el Instituto Argentino de la Excelencia. Junto a estos públicos reconocimientos, está el de la gente. Que le recuerda enhebrando sus rosarios con cuentas de las propias plantas que él mismo cultivaba, su espíritu alegre y servicial, su fidelidad a la iglesia y al espíritu franciscano de pobreza y humildad, al entero servicio de los demás”.
(información enviada desde Córdoba por el investigador Eduardo Tyrrell)

Notas
”FRAY SALVADOR SOLA VILALTA OFM, RETAZOS DE SU VIDA Y DE SU INGENIO, por P. Fray Pedro Audet Fabré. 2006. “Historia y vida de Fray Salvador Solá (Pedro Solá Vilalta). Idea y realización: Directora Archivo, Lic. Arch. Inés I. Farías. Fray Daniel Sánchez Grgona, sobre documentos y fotografías del archivo Convento San Francisco Solano Río Cuarto. Fuentes: Bodas de Plata de la congregación de la Iglesia San Francisco Solano 1969 - 1994 ( publicación Gentileza: Fray J Rafael Colomer Barber, Archivo Histórico "Fray José Luis Padrós" (Convento San Francisco Solano) Fotos exterior nueva Iglesia: Gentileza Fotógrafa Sra. Teresa Scherrer. Trabajo Recopilación de datos y fotos: Eduardo. M. Tyrrell.

Gallegos

Manuel Castro es el autor de la biografía de Manuel Dopazo. En ese trabajo, escribe: “La llegada de una compañía de zarzuela a Buenos aires que ofreciera Maruxa, requería la presencia de un gaitero. Manuel Dopazo era el elegido. Su actividad artística lo hizo llevar la gaita al Teatro Colón que es a lo máximo a lo que se puede aspirar. Fue la noche del 12 de octubre de 1930 estando presente en esa ocasión el Presidente de la República Argentina, don Hipólito Yrigoyen. Dopazo y sus músicos también recorrieron Brasil y Uruguay. Participó en la película ‘Cándida’ con la famosísima Niní Marshall y en ‘La calle junto a la luna’ con Marisa Ibáñez Menta y Juan Carlos Thorry. Además de ser un eximio ejecutante, Dopazo fabricaba gaitas, generalmente para vender y fue aquí en Buenos Aires donde aprendió a tornear. Manuel Dopazo vivió de la gaita y mantuvo una familia de once hijos. Fue el único que pudo hacer eso, otros gaiteros tenían otros trabajos. Soldaba las gaitas con plata, soplando y eso lo llevó a la tumba” (1).

Notas
1 Castro, Manuel: “Manuel Dopazo”, en Viajero Celta, 1996.


Vascos

En “Florencio Constantino: Breve Biografía”, leemos: “Como en el caso de tantos otros inmigrantes que llegaron a nuestro país, Florencio Constantino emigró a América siendo muy joven para labrarse un porvenir. (...) Hijo de Antonio Constantino Sánchez, natural de Valleval, Asturias, y Antonia Carral Ruiz, santanderina de Arredondo, Mariano Florencio Constantino Carral nace en Ortuella el 9 de abril de 1868. (...) Florencio aprende con entusiasmo a tocar la “vigüela” y rápidamente agrega a su repertorio de canciones vaskas y españolas el canto de ‘aires criollos’, que lo harán conocido y apreciado en cuanta reunión festiva se dé en Bragado y aún en las manifestaciones políticas. (...) El año 1895 ha de ver a Constantino trasladado a Buenos Aires, dispuesto a ser cantante. (...) trajinó los máximos escenarios líricos del mundo. En Buenos Aires se presentó en el Teatro de la Opera, en el Teatro Odeón, en el Teatro Avenida, en el Hotel París, en el Orfeón Español, en el Centro Vasco Laurak Bat, en el Teatro Coliseo y en el Teatro Colón en varias oportunidades. Hizo actuaciones en otras ciudades como Rosario, La Plata, Bahía Blanca, Córdoba y por supuesto en Bragado. (...) murió el 16 de noviembre de 1919, solo, triste y casi olvidado. Pero con la certeza, más allá de su delirio, de que había cumplido aquel sueño de desenterrar el tesoro que llevaba en su garganta. Sus restos descansaron en el Panteón Vasco del cementerio de la ciudad de México D.F y fueron repatriados a la Argentina en 1986, donde esperan su último destino en Bragado, el pueblo de sus amores” (1).

Cesareo Bernaldo de Quirós, protagonista de El portentoso sueño de Cesáreo Bernaldo de Quirós (2), la novela biográfica de Isaac, nació en Gualeguay, provincia de Entre Rios, en mayo de 1881. Un día de 1945, en el apogeo de su fama, abandonó sorpresivamente su mansión en esa provincia y nunca más volvió a ella. Cerró la puerta como si se ausentara por un breve lapso, y se marchó definitivamente. Basándose en dos cartas que tiene en su poder, Isaac inicia una investigación para conocer el motivo que hizo que el pintor tomara tan drástica decisión.
La novela cuenta lo sucedido a partir del momento en que Isaac se presenta, con dos cartas escritas par Quirós, en el despacho de un coleccionista de documentos, que los remata en importantes ciudades del mundo. A partir de la conversación con el especialista, surge en el dueño de las cartas la necesidad de saber a qué aluden. En un principio, quiere obtener una ganancia económica, pero después, dicho interés se transformará en un objetivo filantrópico.
El biógrafo se basa en una investigación exhaustiva, en la que menciona los diarios Clarin de Capital y EI Diario y EI Tiempo, de Entre Ríos, así como tambien la revista Caras y Caretas y a los críticos Rafael Squirru y José León Pagano. A los datos de que dispone sobre el pintor, se suman los que recaba sobre la compra y venta de documentos, terreno en el que se desenvuelve con indudable solvencia. Sus afirmaciones al respecto resultan lógicas y muestran a quienes no conocíamos la actividad, un abanico de posibilidades que no hubiéramos pensado.
Se ve tambien a Isaac mezclado con la gente de su pueblo. En su afán de lograr información conversa con profesores, periodistas, pescadores, en fin, con todos aquellos que aseguran haber visto a Bemaldo de Quirós aunque mas no fuera desde la acera de enfrente. Entonces, con los datos vivos aportados por sus comprovincianos, con los que extrae de los diarios y revistas y de los expedientes gubernamentales, forja una historia que nos habla sobre el pintor, pero también sobre la sociedad de su tiempo y sobre las ideas del propio biógrafo. Porque, como en sus novelas anteriores, Isaac es un retratista de la sociedad. Brinda información, pero brinda asimismo su personal punto de vista, el cual, presente en el relato, constituye un juicio de un intelectual hacia una época y una idiosincrasia.
Por otra parte, es muy interesante su manejo del suspenso, que nos hace interiorizamos en la vida de un artista destacado como si leyeramos una excelente novela de detectives. Completan el volumen diversas ilustraciones.

Escribe Andrew Graham-Yooll: “Postal de Corrientes. No la avenida, sino la esquina de Batalla de Salta y San Martín, en Mercedes, provincia de Corrientes. Del caserón en esa intersección surgió una biografía, modestamente magnífica, que debería ser el libro del año. Es la historia de un hacendado correntino, José Antonio Ansola, pronto a cumplir 91 años. Nieto de vascos, sus recuerdos de vida y familiares se extienden desde la guerra contra el Paraguay (1865-1870) hasta nuestros días. (...)”
“Che patrón, el título de la crónica de este ‘hacendado de Corrientes, la provincia guaraní’, es producto de muchas horas de grabaciones y cientos de epístolas a Magdalena Capurro, una uruguaya instalada en Mercedes, interesada en el patrimonio intangible y directora de la biblioteca popular. Doña Magdalena, profesora de literatura y escritora, ha ordenado y escrito esta vida de Ansola (editada por Literature of Latin America, LOLA, un sello angloargentino de Buenos Aires, especializado en historia y botánica locales), que es una delicia, un canto a una época y a una cultura profundamente argentinas, que reúne lo rural heroico, lo noble en la política (Ansola es apasionado por el Partido Liberal y entusiasta de la Sociedad Rural) y lo europeo, la buena lectura y las cabalgatas interminables en Corrientes y el Chaco. (...)”
“Su trayectoria tiene una gran tristeza, que consigna en el libro. ‘Perdí mis campos, los que fueron de mis abuelos. Me derrotó la naturaleza, inundando, y los hombres, cobrando impuestos a las tierras bajo el agua’. Pese a esto, qué hombre, qué historia, qué hermosa tierra” (3).

Notas
1. S/F: “Florencio Constantino: Breve Biografía”, en Municipalidad de Bragado.
2. Isaac, Jorge: El portentoso sueño de Cesáreo Bernaldo de Quirós. Editorial Lumen. Buenos Aires, 1993. 271 paginas.
3. Graham-Yooll, Andrew: “Desde Corrientes”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de junio de 2005.


En periodismo

Andaluces

Alvaro Abós se refiere a la ascendencia de Regina Pacini: “Ella había sido llamada Regina por haber nacido el Día de Reyes de 1871. Vino al mundo en la rua de Loreto. Era hija de una andaluza, Felicia Quintero, y de un italiano, Pietro Pacini, director escénico del Real de San Carlos y autor de noventa óperas”. Al enterarse de que Regina se casaría con Alvear, “También Felicia estuvo en contra de la boda porque no quería que su hija dejara de cantar. La tirantez entre suegra y yerno duró toda la vida” (1).

El diario mendocino Los Andes recuerda que, en 1993, “Murió Miguel de Molina, cantante español. Famoso tonadillero en su patria, debió exiliarse en la nuestra en 1942, prácticamente expulsado por el franquismo, quien no veía de buen grado su manifiesto homosexualismo y su simpatía por la causa republicana. Vino a la Argentina, donde también pasó algunas penurias, aunque finalmente optó por quedarse. Poco antes de morir aquí, fue homenajeado en la embajada española con la Orden de Isabel la Católica. De algún modo la saga fílmica ‘Las cosas del querer’ cuenta su historia. Había nacido en 1907”, en Málaga (2).

Notas
1. Abós, Alvaro: “Grandes pasiones argentinas. Regina Pacini y Marcelo Torcuato de Alvear. El dandy y la diva del canto”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 9 de enero de 2005. Pp. 38-41.
2. S/F: “Un día como hoy”, en Los Andes, Mendoza, 4 de marzo de 2002.


Asturianos

Aguafertes Gallegas y Asturianas “reúne los artículos que Arlt envió desde Europa al diario El Mundo, entre septiembre y noviembre de 1935” (1).

Notas
1 Arlt, Roberto: Aguafertes Gallegas y Asturianas. Buenos Aires, Losada, 1999. 184 pp.

Gallegos

César Cisnero Luces, “fundador del primer periódico gallego en Sudamérica”, “nació el 22 de setiembre de 1849. Aparte de extensas actividades literarias, viajes a Cuba, Uruguay, participación en la guerra y finalmente llegada a la Argentina, fue el fundador del periódico ‘El Gallego’. Cisneros había participado de una campaña galleguista en el diario ‘El Correo Español’ de Buenos Aires y había incentivado así a un grupo de gallegos residentes que hicieron circular una convocatoria –de la cual Cisneros participó- que daría como resultado la fundación del primer Centro Gallego de América fundado en Buenos Aires en 1879. La participación de Cisneros fue importantísima y pocos días después, el 27 de abril de 1879, aparecía su periódico semanal ‘El gallego’. Deseoso de alentar al recién nacido Centro Gallego, puso a su disposición a ‘El Gallego’ de manera gratuita –a pesar de que le habían ofrecido un sueldo. (...) Reproducía en él poesías de los mejores vates gallegos; contaba con la colaboración de los escritores dispersos por América e insertaba las reseñas de todos los actos del Centro Gallego. Pero El gallego ocasionaba más pérdidas que ganancias a su fundador y propietario, director y redactor, César Cisnero Luces. (...)” (1).

José Bouchet nació en 1853 en Pontevedra, “pero se educó y formó en nuestro país. Pintor autodidacta, obtuvo una beca para estudiar en Florencia. Fue profesor en el Colegio Nacional de Buenos Aires y descolló entre los pioneros del arte local”. A criterio de Juan José Cresto, “La obra de José Bouchet es numerosa y tiene dos aspectos: motivos históricos y retratos de personalidades de su época, que a veces resultan de invalorable testimonio representativo. Es el autor de El malón, Una caravana de indios, San Martín en el Plumerillo y La primera misa en Buenos Aires. Las dos últimas obras integran el patrimonio del Museo Histórico Nacional” (2).


Roberto Arlt viajó a Europa en 1935, enviado por el diario El Mundo, y remitió desde allí sus “Aguafuertes gallegas” (3), serie de notas sobre los gallegos y su relación con América, en las que tiene gran importancia el tema de la inmigración a la Argentina.
En estos artículos de Arlt son frecuentes las comparaciones: entre dos localidades gallegas, entre los gallegos y los andaluces, entre los gallegos y los argentinos. De esta última, no salimos bien parados, ya que el periodista advierte que nuestra inferioridad en cuanto a capacidad de sacrificio y laboriosidad es la que hace que un sector de nuestro pueblo desestime al gallego. El cronista nos habla de las duras condiciones en que se desenvuelve la vida en el noroeste español y le resulta lógico que para el gallego inmigrante todo sea sencillo en las Américas: “No se siembra sobre piedras. La tierra es tan tierna que en verano se la cruza en ferrocarril entre grandes nubes de polvo. Aquí, en España –agrega-, la tierra es tan dura, que en pleno verano, cruzando la llanura de la Mancha, que no es llanura sino una sucesión de suaves colinas, después de seiscientos kilómetros de travesía, conservamos la ropa limpia. (...) ¿Qué significa el esfuerzo en la gran llanura –se pregunta-, comparado con la lucha en la mar traidora o en la montaña empinadísima?”.
Otra edición, publicada dos años más tarde, reúne las Aguafertes Gallegas y Asturianas (4).

En “Temas de la patria anterior” (5), escribe González Carbalho: “Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía. El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo, la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo niño. Y yo volví por donde él partió, siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria anterior”.

En “Los gallegos en Olavarría”, Aurora Alonso de Rocha se refiere a los editores de periódicos de esa localidad bonaerense: “Establecer la presencia de los gallegos en los primeros tiempos de Olavarría no es difícil. Estuvieron, fueron muchos, se integraron, son conocimientos intuitivos. Menos sencillo es determinar la entidad del grupo en cada época, la composición del contingente, su extracción social, los modos de inserción. (...) Para empezar, buscamos en los registros de primeros pobladores (...) Por fin, los periódicos, muchos de ellos editados por gallegos y casi todos por españoles, que son la pista de aterrizaje después de haber sido la fuente primera de presunciones. Desde los años citados hubo en Olavarría por lo menos cuarenta periódicos distintos, de duración superior a un año de publicaciones y de los que dos duraron por larguísimo tiempo: ‘Democracia’ de 1905 a 1983 y ‘El Popular’, desde 1899 hasta hoy. Los españoles, dueños de un buen idioma hablado y, seguramente, monopolizadores del español escrito en un país babélico, eran los editores obligados. Entre ellos Segundino Couso y Lucas Gracia son gallegos, pero no fueron los únicos, a juzgar por el material literario que incluían y los giros idiomáticos” (6).

Ramón de Valenzuela (1914-1980), en vida y obra, -afirma Rodolfo Alonso- “resulta un testimonio cabal de aquella digna generación de intelectuales y artistas gallegos que, habiendo soñado con el resurgimiento de una Galicia aplastada, en lo más íntimo de su ser, por siglos de sometimiento y represión, tuvieron que enfrentarse con el alzamiento militar contra el legítimo gobierno de la República, que liquidaría también aquellas ilusiones al desencadenar la sangrienta guerra civil española que, merced a la directa intervención de la Italia fascista y la Alemania nazi, iba a culminar en la interminable dictadura franquista. Y, por si fuera poco, se trata además de una historia que continúa en ultramar. (...) Entre ellos, Valenzuela no fue de los primeros, pero sí de los más significativos. (...) Valenzuela sólo iba a escribir en dos publicaciones argentinas: Galicia emigrante, dirigida por el impar Luis Seoane, entre 1955 y 1957, y la prestigiosa página literaria del diario La Gaceta, de Tucumán, entre 1956 y 1960. En ambas publica, por primera vez, muchos de los relatos que luego se integrarían en la primera edición de O. Naranxo, realizada por el sello gallego Brais Pinto en 1974. (...) O Naranxo marcaría también el imaginario de otro artista gallego asilado en Buenos Aires: Laxeiro (autodefinido como ‘un anarquista indolente’), cuyos cuadros y dibujos sobre el tema se reproducen en esta feliz reedición, y que incluso acompañaron aquellas pioneras publicaciones de Valenzuela en La Gaceta” (7).

Raúl Alonso, “Cuando murió, a los setenta años, dejó 2300 obras entre óleos, pasteles, aguafuertes, tintas y dibujos. (...) De su padre, Juan Carlos Alonso (que capitaneó la publicación Caras y Caretas y la editorial Plus Ultra), heredó los genes para el arte. Dicen que Raúl dibujó desde muy chico, y que existieron precoces retratos suyos de Horacio Quiroga, de Alfonsina Storni y Baldomero Fernández Moreno. Alonso dirá que tuvo una infancia y adolescencia envueltas en un mundo intelectual: ‘La vida de hogar estaba comunicada con muchas personas que daban sangre al universo de aquella época: Quiroga, Alfonsina, Leopoldo Lugones, Roberto Arlt” (8).

Acerca de Eduardo Blanco-Amor, afirma María Rosa Lojo: “Desde una España atrasada y empobrecida, Buenos Aires, verdadera Reina del Plata, aparecía entonces como el más brillante escenario intelectual en las Américas de lengua hispana y La Nación como una tribuna literaria y periodística privilegiada en la que publicaban ilustres compatriotas: entre ellos José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno. En un medio que le garantiza la más vasta repercusión, Blanco Amor se propone presentarles a los argentinos aferrados a estereotipos despectivos (perpetuados aún en los chistes de gallegos), a una Galicia que es la cuna de la poesía peninsular en lengua romance, una nación doblegada por el imperialismo de Castilla (no deja de comparar el ‘problema gallego’ con el ‘problema irlandés’), pionera en el campo de la doctrina autonómica, que después repercutiría sobre el resto de España. (...) Voz fundamental de la ‘Galicia exterior’, no por haber ingresado a La Nación dejó de participar activamente en la prensa específica de la comunidad en la Argentina, donde encuentra el lugar para un debate político mucho más difícil de exponer en las páginas del matutino porteño” (9).

“El artista plástico Manuel Amigo nació en Lugo, España, en 1946. Vivió en la Argentina desde los 3 años y falleció en Buenos Aires en 1992. Artista polifacético, fue fundador y director de la revista Posta y Nudos en la cultura argentina. Participó de las tendencias artísticas ligadas al movimiento popular, militando activamente en la lucha antigolpista de 1974 a 1976 y en la resistencia a la dictadura” (10).

Notas
1 S/F: “El Gallego”, en Viajero Celta, Año I, N° 9, Julio de 1996.
2 Cresto, Juan José: “La primera misa en Buenos Aires / Cómo ver la obra”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de marzo de 2005.
3 Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Santa Fe, Ameghino, 1997. Selecciòn, pròlogo y notas por Rodolfo Alonso.
4 Arlt, Roberto: Aguafertes Gallegas y Asturianas. Buenos Aires, Losada, 1999. 184 pp.
5 González Carbalho, José: “Temas de la patria anterior”, en La Prensa, Buenos Aires, 21 de abril de 1957 Citado en Requeni, Antonio: “Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho”. Separata del Boletín Galego de Literatura.
6 Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
7 Alonso, Rodolfo: “La Galicia del Plata”, en El Tiempo, Azul, 1º de diciembre de 2002.
8 Piotto, Alba: “El pintor insomne”, en Clarín Viva, 31 de agosto de 2003.
9 Lojo, María Rosa: “Exilio, periodismo y literatura”, en La Nación, Buenos Aires, 3 de abril de 2005.
10 S/F: “Muestra plástica ‘Un arte contra el horror’ “, en El Barrio Villa Pueyrredón, Abril 2006, Año VIII, Ed. Nº 84.

Madrileños

Ulpiano Checa (Colmenar de la Oreja, Madrid, 1860 – Francia, 1916), “que fue contemporáneo de Sorolla, Pissarro y Moreno Carbonero, está considerado uno de los pintores más destacados de su tiempo. Tras una estada en París, donde contrajo matrimonio con una argentina, Matilde Chaye Courtez, hizo varios viajes a nuestro país que marcaron su trayectoria. En el último de ellos, realizado en 1906, pintó un monumental retrato ecuestre del general Bartolomé Mitre (1821-1906), que recientemente fue restaurado. (...) En Madrid, Checa cursó sus estudios en la Escuela de Artes y Oficios y en la Escuela de Bellas Artes. Entre 1884 y 1888 vivió en Roma, donde recreó escenas de la vida durante el imperio, con sus circos, carreras de cuadrigas y batallas. Su visión realista de la Roma de los Césares hizo que sus imágenes sirvieran de inspiración para las grandes producciones de Hollywood, como "Ben-Hur", "Espartaco" y "Gladiador. (...)" (1).
“ ‘Pinturas brillantes, de buen colorido y buena técnica’, así define a la pintura de mercado decimonónica Roberto Amigo, historiador del arte y docente de la Universidad de Buenos Aires. ‘La obra de Checa, como la de muchos otros del período, tuvo un lugar importante en el mercado del siglo de fines XIX. En Buenos Aires existía un sector de la burguesía que estaba integrado por miembros de la colonia española. Comerciantes, banqueros, médicos que se enriquecieron en el Río de Plata y que eran los que adquirían sus cuadros y solicitaban los retratos. A esto último se lo llamó ‘la gira de retratos’ y era que un pintor europeo pasaba un tiempo en América y la gente hacía cola para que la pinte. (...)” (2).

Notas
1 Lehmann, Graciela: “Muestra itinerante La obra de Ulpiano Checa llegó al Museo de Bellas Artes”, en La Nación, Buenos Aires, 10 de febrero de 2006.
2 Isola, Laura: “Ulpiano Checa vuelve a Buenos Aires después de un siglo La República Checa”, en Pagina12, 5 de Febrero de 2006.

Vascos

Abel Posse “cuenta la historia de Casimiro Aín, que bailó ante Pío XI el Ave María, de Canaro”. “A las 9 de la mañana del 1° de febrero de 1924, Casimiro Aín (el Vasco o el Lecherito), pálido y seguramente un poco aterido (invierno), sale del hotelito de la vía Torino que le reservó la embajada y sube a un taxi. Lleva una modesta valija con los elementos esenciales: botines abotonados, pantalón de fantasía con trencilla, chaqueta negra con vivos, pañuelo al cuello, o lengue de seda japonesa y un puñal de madera que le parecerá conveniente no agregar al atuendo. Lleva puesto el invariable chambergo borsalino, el gacho gris arrabalero, de cinta ancha y ribete negro en el ala. Símbolo del malevaje ríoplatense” (1).

En “BURGOS el descuartizador de Constitución”, escribe Alvaro Abós: “El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos” (2).

Notas
1 Posse, Abel: “Lejanas batallas del tango (I) 1924. El vasco Aín en la Santa Sede”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de octubre de 2003.
2 Abós, Alvaro: “BURGOS el descuartizador de Constitución”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 2006. Fotos: Archivo Graciela García Romero. Ilustración: Nuno.

Sin mención de origen

En “Un río de trigo llega a Europa”, Miguel Angel De Marco recuerda al pionero Carlos Casado, “un tesonero inmigrante español, fue el principal impulsor de la importación del cereal al viejo continente, que él inició en 1878 y convirtió Rosario en principal puerto de embarque, primera etapa de una actividad que convertiría a la Argentina en ‘el granero del mundo’ “ (1).

Notas
1 La Nación, Buenos Aires, 4 de abril de 2004.

Varios

En una de sus aguafuertes porteñas, titulada “Elogio del lavacopas”, Roberto Arlt homenajea a los inmigrantes españoles:
“Quiero hacer hoy el elogio del lavacopas, del lavacopas como elemento de progreso nacional, del lavacopas como ejemplo de honestidad, de contracción al trabajo, del lavacopas cuya filosofía se la enseñaron los borrachos al borde del mostrador, y cuya feroz y dulce pasión por el dinero se la enseñó la miseria del terruño y la ejemplar conducta del patrón, del patrón que, como los antiguos patrones griegos, sentaba a su mesa al esclavo y le zurraba cuando hacía falta.
En el 80 por ciento de los casos, el lavacopas del almacén porteño es español. Vino de Mondoñedo, de Alcalá de Henares, de cualquier rincón perdido en la montaña. Con pantalón de pana y saco de terciopelo, y una gorra pesada con orejeras, cubriéndole la salvaje cabeza greñuda. Unos duros anudados en la punta del pañuelo, y un deseo infinito de llegar a esa América, a esa América tan linda, tan rebonita a través de la gordura de los indianos, y de los señorones que salieron hechos unos miserables y volvieron con la familia después de cuarenta años de ausencia a darle un banquete a todo el pueblo” (1).

Notas
1. Arlt, Roberto: Nuevas aguafuertes porteñas. Buenos Aires, Hachette, 1960. 329 páginas. Estudio preliminar de Pedro G. Orgambide.

Españoles y otros

En “Tiendas de ultramarinos” escribe Enrique González Tuñón: “El personaje de Proust por el aroma de una taza de té, reconstruye todo un tiempo perdido, pasado. Huela, huela usted cuando pase por una tienda de ultramarinos. Huele a Centenario, ¿verdad? a 1910. La Infanta Isabel. El Presidente Montt. Roque Sáenz Peña. Las primeras huelgas y manifestaciones. El abigarramiento en el Hotel de Inmigrantes, las terceras, la carta de España, la Exposición, las tiendas de ultramarinos” (1).

En “El siglo disfrazado”, Mauricio Kartun analiza la relación del Carnaval con la inmigración: “Fue con el vendaval inmigratorio de principio de siglo que la farra desbordó todo orden institucional, la mascarita se independizó, y el disfraz pasó a ser un atributo de fenomenal creatividad individual, un orgullo familiar en el que las mujeres de la casa lucían su solvencia con el molde y la aguja”.
Una vez disfrazado el niño, debía fotografiárselo, para enviar esa imagen al país de origen: “Colas de una cuadra en Foto Bixio, o en Pascale, bajo el sol calcinante de febrero, ese que aseguraba con el resplandor de la primera tarde los mejores contrastes en la vidriada galería de pose del estudio. ¿Cómo testimoniar sino allá en el terruño el prodigio de costura, las costumbres, el crecimiento y la belleza de los chicos, engalanados y maquillados?”
El afianzamiento de la inmigración hizo que cambiaran los disfraces elegidos por las madres para sus hijos: “Viejas fotos. Sólo eso queda de aquella magnífica pasión por el disfraz. De pierrot, sobre todo, hasta los años 20 en que las colectividades tomaron peso propio. De allí en más predominaron los baturros, toreros y gaiteros asturianos, las majas, las gitanas, y los vascos pelotaris con sus paletas en miniatura, o su versión lechera con los tarros también a escala” (2).

Notas
1 González Tuñón, Enrique: “Tiendas de ultramarinos”, en González Tuñon, Enrique: Viaje al fondo de una calle y otras páginas. Antología. Selección, prólogo y notas por Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1980 (Capítulo).
2 Kartun, Mauricio: “El siglo disfrazado”, en Clarín Viva, 20 de febrero de 2000.


En costumbrismo

Andaluces

En la revista Caras y Caretas se lee que por la Avenida de Mayo transitaba el vendedor de cigarrillos, un andaluz que pregonaba: “¡Qué distraídos, andéis! ¡Qué distraiídos!/ ¡Miraise bien los bolsillos!/ ¡Habéis orvidao los cigarriyos!” (1).

Notas
1 En Caras y Caretas, 1901.


Gallegos

En “Carnavalesca”, Fray Mocho desliza la crítica social, al afirmar que a la doméstica gallega, la patrona la explota. De la abusadora señora dice el personaje: “se aprovecha de que sos d’España para sacarte el jugo por unos cuantos centavos”. El retrato que hace del temible gallego hermano de la joven, es despectivo, ya que pone en boca de la doméstica este concepto: “Yo lo conozco a mi hermano y sé que a bruto y terco no le han de ganar muy fácil...” (1).

Félix Lima es el autor de “Otra vez en la milonga, trágico doblete”, artículo en el que incluye su “Carta pra alá”, la cual dice:
“ ‘Señora Guesusa Pérez de Jarcía y Jrejores.
‘Viju.
‘Querida prima:
‘Por aquí con a jerra, nos ponemus jordus, pues o que no suben os mayoristas, os subimus nosotros, por más que el jobiernu aprieta el torniquete a los especuladores y el hornu no está para janancias desmesuradas, pero tú sabés que aquí como en Lojroñu, en Londón como en Juacintón, en Hamburju comu en Ríu de Ganeiro, echa a ley, echa a trampa.
‘Te comunico una noticia que te llenará de gubilu: primu Jabriel ya sentó plaza de rentadu en el ayuntamiento, pues el concegale Iñiju, pariente leganu de tíu Jaspare, le consijió esa canonjía, 160 pesiñus mensuales, con gubilación y otros previleguius, con a única condición de votar siempre por los amijotes del susodichu Iñiju.
‘Primo Jabriel Sánchez Jerra ya maneja el escobillón edilicio con jarbu y empuga a carretilla con donaire, y en cuantu al uniforme, llévalo con elejancia que se la envidiaría Eduardu de Juinsur, ese tipo yoni que para mí tein guente en a azotea.
‘Deseamus que a jerra sea larja para convertir nuestra actual despensiña en almacén por mayore, con siete camiones de repartu.
‘Cariñus pra ti y para todos de tu prima que gamás te olvida-
Benita Fuentes de Sanjrador”

Un galleguito aparece en un texto costumbrista de Ricardo Lorenzo (Borocotó), sosteniendo este diálogo:
“-Uno debe cantar bajo y otro alto –aconsejó El Galleguito”.
“-¿Alto como las montañas de tu aldea? -¿Te juego a quién las tiene más altas?... El día que vengas a mi provincia te vas a agarrar un empacho de montañas... –interrumpió Rompehuesos, que jamás transaba en que hubiera montañas más altas que las de sus pagos. Hasta decía que las de la geografía estaban mal medidas”.

Notas
1 Alvarez, Sixto A. (Fray Mocho) Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
2 Lima, Félix: “Otra vez en la milonga, trágico doblete”, en Caras y Caretas, Año XLII, N° 2137, Buenos Aires, 23 de septiembre de 1939.
3 Lorenzo, Ricardo (Borocotó): “El Diario de Comeuñas”, en R. Arlt, R. Gache, Borocotó y otros: El costumbrismo (1910-1955). Buenos Aires, CEAL, 1980. Pág. 37. (Capítulo, vol. 68).


Vascos

La conversación que Fray Mocho reproduce en “Nobleza del pago” evidencia en qué medida se confundían los orígenes de los habitantes de nuestro país. Una mujer cree que su abuela es vasca. A esa convicción, le responde una parienta: “Más bien tirab’a pampa o a correntina por l’habla... ¡Si era bosalísima! El viejo parece que se juntó con ella cuando andaba de picador de carros, p’allá, pa la cost’el Salao, que fue de an’de comenzó a internarse pa l’Azul...” (1).

Godofredo Daireaux es el autor de “Matufia”, en el que escribe: “Después del confortable almuerzo, se fue don Narciso a siestear, y se sentaron a la sombra de los preciosos aromas que rodeaban la estancia de don Carlos Gutiérrez, hacendado de la vecindad, don Julio Aubert, francés acriollado y mayordomo de una gran estancia vecina y un vasco, ovejero rico de por allá, que llegado a comprar carneros, a la hora de almorzar, había sido convidado por el dueño de casa” (2).

Notas
1. Alvarez, Sixto A. (Fray Mocho) Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.
2. Daireaux, Godofredo: “Matufia”, en Fray Mocho, Félix Lima y otros: Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
Sin mención de origen

“Diego Corrientes” es uno de los textos que Francisco Grandmontagne escribió para su “Galería de inmigrantes”, publicada en Caras y Caretas. No manifiesta que su personaje sea un inmigrante español; lo suponemos, por el nombre y la descripción de su tierra de origen. En esa estampa, publicada en 1899, leemos: “La falta de pan y la sobra de hijos arrojaba a Dieguillo del hogar nativo. Tenía 12 años, saludables como las vetas de joven encina; cual aguilucho, ágil y fuerte, y bello además, como engendro de dos cuerpos torneados por duro trabajo” (1).

En “¡Ficate-in-poco; ficate!”, texto de 1908, Santiago Dallegri presenta a una española que quiere comprar ligas de seda. Uno de los personajes dice a la mujer: “-No s’enoje misia España, que dispués de todo, no lo hago porque me deba un par de nales sino por hacerle un bien. Pues dígame, ¿pa qué v’á gastar dinero en ligas de seda, si naides se las v’á ver?” (2).

Notas
1. Grandmontagne, Francisco: “Diego Corrientes”, en Fray Mocho, Félix Lima y otros: Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Dallegri, Santiago: “¡Ficate-in-poco; ficate!”, en Fray Mocho, Félix Lima y otros: Los costumbristas del 900. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).


En historietas

Gallegos
En “La historia del comic en la Argentina”, trabajo “realizado por Néstor G. Giunta, en el año 2004, basándose en un texto original del profesor Oscar De Majo, quien autorizó las modificaciones y agregados efectuados aquí sobre el artículo aparecido en ‘Signos Universitarios’ (Bs. As., Universidad del Salvador, Año XV N° 29, en el año 1996)”, el autor se refiere a una inmigrante española: “La historieta pasa a la prensa diaria recién en 1920, cuando el diario La Nación empieza a publicar tiras, con gran enojo de muchos de sus lectores, que pensaban que con estas "frivolidades" se desmerecía la "seriedad" de la publicación. (...) debuta con sus personajes, en los periódicos, Lino Palacio, que crea a "Ramona" (...), en 1930, para ‘La Opinión’ " (1).
“Cuenta la anécdota que Palacio se inspiró en una mucama gallega que trabajaba en la casa de su abuelo para crear a Ramona. Observador como todo humorista, el autor crea un personaje que es un estereotipo derivado de la inmigración poco instruida que llegó a Argentina a principios de siglo. Como tantos otros inmigrantes, Ramona es empleada doméstica. Ignorante y algo bruta, inocente y demasiado sincera, tales las características que detonan la comicidad de este personaje. Ramona es el primero de los grandes personajes de Lino Palacio, al que seguirían Don Fulgencio, Avivato y Cicuta, entre otros. Estos personajes, como los de otros autores de la época, se caracterizan por basar su humor en una cualidad que produce el efecto cómico, recurso que se repite de tira en tira. En el caso de Ramona, su ignorancia produce todo tipo de malentendidos. La interpretación literal de lo que le dicen, su incapacidad para el doble sentido, provocan las situaciones que sufren sobre todo sus patrones. Su inocencia y simpleza la llevan a una sinceridad extrema, que desemboca en algo parecido a la insolencia. Pero Ramona no tiene malicia, todo lo que hace es sólo consecuencia de lo bruta que es. Ramona fue el primer gran personaje argentino que apareció en los diarios. Comenzó a publicarse en 1930, en La Opinión, diario oficialista que salió apenas por un año. A partir de 1938 se publica en el diario La Razón, donde se hace exitosa. Varios autores se hicieron cargo de la tira: Toño Gallo, Guillermo Guerrero, Dobal y Faruk (hijo de Lino Palacio). A partir de 1958 Ramona es continuada por Cecilia, hija de Lino Palacio” (2).

En Locuras de Isidoro, historieta de Dante Quinterno, aparece un mayordomo gallego. “Quién no disfrutó alguna vez –pregunta Marcelo Benini- de los enredos protagonizados por Isidoro, ese porteño de vida disipada que rehuía a cualquier esfuerzo físico, incluido el trabajo, y pasaba sus horas en casinos, hipódromos y boites? Imposible olvidarlo: casi siempre vestía saco cruzado, polera, mocasines y tomaba whisky importado. Vivía disgustando a su pobre tío, el coronel Urbano Cañones, quien sólo confiaba en él cuando estaba acompañado por Cachorra Bazuka, una hermosa rubia de aparente compostura que en realidad era su compañera de juergas. Su otro aliado era Manuel, el mayordomo gallego, que lo apañaba ante el severo militar cuando Isidoro metía la pata. Autos deportivos, ruletas, cartas de póker, cigarrillos y noche componían la iconografía de Locuras de Isidoro, la popular revista que el inolvidable Dante Quinterno (1919-2003) publicó entre 1968 y 1976, año en que empezó a reeditarse” (3).

Quino creó al almacenero don Manolo y su hijo Manolito, personajes de Mafalda (4).

Notas
1. Giunta, Néstor G.: “La historia del comic en la Argentina”, en www.todohistorietas.com.ar
2. S/F: “Ramona”, en www.historieteca.com.ar.
3. Benini, Marcelo: “Isidoro Cañones era de Villa Pueyrredón”, en El Barrio. Periódico de noticias, Agosto de 2003.
4. Ver “Testimonios: Castellanos”.


Sin mención de origen

Un hombre dice a su mujer, en una historieta de Emilio Ferrero: “Pensar que voy a ser papá y le voy a contar las historias que me contaba mi abuelo... Como esa de cuando vino de España siendo muy joven y se encontró con un país rico y lleno de oportunidades...”. La reflexión es amarga: “¡¡Claro que ahora, visto a la distancia, parecería que el pobre nono desde chico ya tenía arterosclerosis!!” (1).

Notas
1 Ferrero, Emilio: “S.O.S: Somos primerizos”, en La Capital, Mar del Plata, 14 de mayo de 2000.


En textos escolares

Españoles y otros

Cien lecturas se titula el libro destinado a alumnos de quinto grado, que publicó la Editorial Guillermo Kraft Limitada. Son sus autores José Mazzanti e I. Mario Flores. La lectura n° 41 de esas cien, es “Los inmigrantes”. Transcribo un fragmento de la misma: “¿Quiénes son los que se han atrevido a desafiar así las penurias de la travesía, abandonando su hogar y su patria? Son los inmigrantes. A medida que van desembarcando, les oímos hablar veinte idiomas distintos. Ved aquel italiano, que baja, de amplio pantalón de pana y raro sombrero; aquel español, de chaqueta corta y ajustada; aquel alemán, rubio y mofletudo... Y desfilan así, con sus trajes y rasgos característicos, rusos, franceses, turcos, belgas... ciudadanos de todos los países que vienen en procura del pan y del bienestar que ofrece nuestro pródigo suelo a todos los hombres de buena voluntad que deseen habitarlo”.

En ese mismo libro se incluye “La visión del puerto de Buenos Aires”, texto del guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. En él expresa: “¡La Argentina! ¿Hay alguna lengua humana en la cual estas sílabas dejen de tener la sonoridad de metal precioso? La Argentina se dice en Rusia lo mismo que en España, en Gran Bretaña lo mismo que en Oriente, en la China lo mismo que en Grecia, y siempre el alma percibe imágenes de grandeza y de trabajo, imágenes salvadoras para el que no puede contentarse con la vida de su pueblo natal; imágenes halagüeñas y generosas para todos” (2).

Notas
1. Mazzanti, José y Flores, I. Mario: “Los inmigrantes”, en Mazzanti, José y Flores, I. Mario: Cien lecturas. Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft Limitada, 1956. 19° edición. 249 pp.
2. Gómez Carrillo, Enrique: “La visión del puerto de Buenos Aires”, en Mazzanti, José y Flores, I. Mario: Cien lecturas. Buenos Aires, Editorial Guillermo Kraft Limitada, 1956. 19° edición. 249 pp.
En novelas

Andaluces

En El juguete rabioso, de Roberto Arlt, relata el protagonista: “Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia” (1).

Eugenio Juan Zappietro es el autor de la novela De aquì hasta el alba (2), en la que narra lo acontecido a colonos, soldados e indios durante la Conquista del Desierto, en el año 1879. Bonhomìa y vileza aparecen confrontadas en una dupla de inmigrantes. Son ellos un irlandés, que llegó al desierto en 1866, y el socio granadino que lo traicionó. La posta en la que vivían los Bary había sido construida por O’Flaherty, quien “juraba que Argentina era el país del futuro. No se equivocó por mucho en cuanto a la tierra; se equivocó de hombres, pero una lanza araucana había terminado con él para evitarle la amargura de comprobarlo”.

En La madriguera, escribe Tununa Mercado: "la guerra era también salvarse de la guerra, emigrar y buscar tierra de exilio (...)habían cuerpeado un destino los que antes huyeron de otras guerras acalladas por remotas e innombrables, como los pogroms, y la muerte también los alcanzaba en los sueños con aldeas devastadas por el fuego y sótanos de barcos sin rumbo declarado; cuerpeaban un destino refugiados de toda laya que se avecindaban en colonias, atolondrados por la fuerza de la lengua ajena y la incomunicación, y la muerte del ghetto se repetía en el silencio de los nuevos ghettos del destierro. Poco podíamos saber las niñas de ese estado de guerra y entreguerras pemanente: los fuegos de la guerra para muchos no eran más que la danza de Manuel de Falla aporreada por madres y tías en los cumpleaños y otras fiestas familiares, y cada cual asentía interiormente como diciendo qué destino el de este republicano, aislado en su casita de Alta Gracia, un gran músico, fíjese usted qué destino" (3).

En La fuga (4), film basado en la novela homónima de Eduardo Mignogna distinguida con el Premio Emecé 1998/99, Camilo Vallejo, uno de los anarquistas, habla con acento español y, al evadirse, es esperado por dos hombres con boinas vascas que lo ocultan en un carro lechero. En el film –al igual que en la novela- aparecen otros inmigrantes; entre ellos, Aldo Mazzini, el catalán Escofet, el mozo andaluz.

Belén Gache es la autora de Lunas eléctricas para las noches sin luna (5). En esa obra, relata la protagonista: “En 1890 mis abuelos llegaron a ese puerto, provenientes también de Sevilla. Junto con ellos traían a sus dos jóvenes hijas, que se habían pasado todo el viaje encerradas en sus camarotes vomitando. Venían a Buenos Aires porque mi abuelo, que trabajaba en el Banco de España, había sido transferido a esta sucursal del fin del mundo”.

“Editorial Losada publicó Mientras la luz se va, novela de Noemí Cohen (216 pp). Esta es la historia de Elena, una joven sefardí que viaja desde Alepo a la Argentina, a principios del siglo XX, para encontrarse con su futuro y desconocido esposo. Pero es también la parábola de Setti, a quien Elena conoce en el interminable viaje hacia América y que se ha embarcado para restañar la herida de haber sido repudiada por su marido y haber perdido contacto con su única hija. Y es, además, la peripecia de Amparo, una andaluza alegre pero sumida en la desgracia de un novio muerto por amor a la anarquía en el sur argentino. Y es, entre otras, la historia de Elenita, la nieta adorada de Elena que, víctima de la última dictadura militar argentina, repite el camino de exilio de su abuela. Noemí Cohen ha creado, con esta novela admirable, un delicado tapiz donde se traman los destinos de un puñado de mujeres de ayer y de hoy. Las separan la edad, la lengua, la cultura o la religión, pero las une sutilmente una similar voluntad de conocimiento, de libertad, de belleza y de justicia” (6).

Notas
1 Arlt, Roberto: El juguete rabioso. Buenos Aires, CEAL, 1981. Prólogo de Jorge Lafforgue. Pág. 5. (Capítulo).
2 Zappietro, Eugenio Juan: De aquì hasta el alba. Barcelona, Hyspamèrica, 1971.
3 Mercado, Tununa: La madriguera. Buenos Aires, Tusquets, 1996.
4 Mignogna, Eduardo: La fuga. Buenos Aires, Emecé, 1999.
5 Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
6 S/F: “Novela de Noemí Cohen en Losada”, en Raíces, www.revista-raíces.com. Noviembre de 2005. 216 pp.


Aragoneses

Manuel Gálvez presenta, en Nacha Regules, a un aragonés encargado de un conventillo: “El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Su pequeña cabeza desgonzábase sobre un cogote interminable. El tronco, angosto en los hombros, ensanchábase hasta las caderas, cuya anchura contrastaba ridículamente con la longitud de las flacas piernas, movedizas y simiescas. La expresión adusta del semblante y la nariz de perro, caricaturizábanle aún más. Reía explosivamente, empalmando la agonía de una carcajada con el brusco estallido de otra, lleno de gesticulaciones, agitándose íntegro, dando al cuerpo la línea oblícua y caídos los brazos que temblequeaban chocando contra los flancos y subían y bajaban sin ritmo, como émbolos descompuestos. Gustaba hacerse el gracioso, hablando a lo andaluz” (1).

Notas
1 Gálvez, Manuel: Nacha Regules. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.


Asturianos

En Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, aparece una sirvienta asturiana. Narra el protagonista, un niño hijo de rusos: “Otra clase de confidencias inició una tarde, al referirse al reciente casamiento de Rosario quien seguía sirviendo allí y compartía ahora con su marido la misma habitación que antes ocupaba sola, pegada a la de él, que aplicaba el oído a la puerta que las separaba. Creyó al principio que se divertiría con lo que imaginó sólo podían ser cómicas parodiasde amor, pero lo que oía no lo hizo reír precisamente sino que lo indujo a inevitables y manuales desahogos, terminando por sentir miedo a la propia actuación de excitado testigo invisible, que lo perturbaba intensamente, y aún más allá de su papel de escucha pues ahora, le confesó, miraba con otros ojos las piernas blancas como la leche de la asturiana” (1).

En Las libres del Sur, de María Rosa Lojo, dice Victoria Ocampo, refiréndose a Fani, la empleada nacida en Oviedo: “me trata como a una menor de edad. Pero como su tiranía es útil, protesto un poco y la dejo hacer su voluntad. Igual que los pueblos cómodos, como el nuestro” (2).

Notas
1 Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
2 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.


Castellanos

Rubén Benítez, autor de La pradera de los asfódelos, me dijo en un reportaje: “El pueblo real es el de mi madre. Allí tomé el escenario, personajes, anécdotas y muchos elementos que me permitieron completar la historia de la cual yo tenía la faz americana. Me conmovió ver el puente sobre el Agueda del que tanto hablaba mi abuela. Me impactó la visión mítica de la Patagonia –que intenté traducir- que tienen muchos de los que quedaron aguardando a os que viajaron a América y no regresaron. O la imagen de la cigüeña, con sus inmensos nidos en los campanarios, ave migratoria que regresa siempre, por un misterioso vínculo, y está identificada con el renacer primaveral” (1).
En ese libro, un hombre que se marchó cuando llamaron a su quinta, escribe a una madre española: “Cuando el muchacho crezca, mándamelo. Hay campos inmensos sin labrar que pueden dar dos o más cosechas al año. Los animales, que no se cuentan sino de tanto en tanto, andan sueltos. Aquí hará fortuna. Cuando convoquen a su quinta mándalo. Y si quieres venir tú con él, vente. No te arrepentirás. Sobra lugar y faltan manos”. La madre exclama: “No, hermano. Prefiero que lo manden a Marruecos antes de que escape a la Patagonia. De Marruecos regresan todos, de la Patagonia no vuelve ninguno” (2).

El viajero de Agartha (3), de Abel Posse, fue distinguida con el Premio Internacional de Novela Novedades y Diana 1988-1989 en México. El protagonista de la novela es Walther Werner, graduado en lenguas orientales y arqueología, teniente coronel de las fuerzas especiales nazis, quien se define como “el mensaje de salvación arrojado al mar enfurecido”. “Soy un SS –afirma-: mi primer mandato es matar o morir matando esa sucia rémora hija de una cultura pestilente y sentimental: la nostalgia, la roñosa humanidad y su engendro bastardo, el mentado ‘humanismo’ “. Es justamente esa postura ante la vida la que hace que se desvincule del hijo que tuvo con una española, que apareció muerta en Burgos “cuando entraron las fuerzas vencedoras de Franco”. Recuerda el momento en el que, en Madrid, cortó el débil lazo que lo unía al niño; entonces aparecen las referencias a la Argentina, país en el que se cría el pequeño, lejos de su padre.

En Las libres del Sur, Una novela sobre Victoria Ocampo (4), de María Rosa Lojo,. aparece un castellano. Uno de los personajes ”no supo decirles nada nuevo, salvo pedirles que esperasen al patrón, un gallego de Logroño que conocía probablemente a todos los españoles de la zona”.

Notas
1 González Rouco, María: “Rubén Benítez: el regreso a la entrañable tierra”, en El Tiempo, Azul, 10 de septiembre de 1989.
2 Benítez, Rubén: La pradera de los asfódelos. Bahía Blanca, Siringa, 1988.
3 Posse, Abel: El viajero de Agartha. Buenos Aires, Emecé.
4 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur, Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.


Catalanes

En la adolescencia, el protagonista de La gran aldea (1), de Lucio V. López, acude a la escuela de dos maestros. Uno de estos maestros era inmigrante: “Don Josef era oriundo de Cataluña y se vanagloriaba de haber nacido en el castillo Monjuich, de haber salvado la vida a varias personas, de haber presenciado un naufragio y de haber sido casi víctima del hambre de una tigra mansa; preciábase de haber conocido a la reina de España, doña Cristina, de haberla visto comer una olla podrida en un día de toros. Hacía sacrificio de confesarse descendiente de don Gonzalo de Córdoba, pero no se prestaba a pregonar mucho el parentesco, y lo repudiaba con majestad, porque no quería que nadie sospechase que él aprobaba las rendiciones de cuentas de su poco escrupuloso antepasado. Vivía crónicamente colérico, sin que esto importe decir que no supiera interrumpir sus accesos para hablar con fruición, de los tesoros de Potosí y de fortunas colosales como las de los cuentos de hadas, porque el buen viejo tenía altamente desarrollada la nota de la codicia”.

María Angélica Scotti evoca, en Diario de ilusiones y naufragios (2), la vida de una inmigrante española, desde que, en la infancia, deja España con su madre; a ellas se unirá un italiano que la mujer conoce a bordo. “El primer recuerdo que me aparece es el viaje”, dice la protagonista de la novela que mereció el premio Emecé 1995/6. “En verdad, es más lo que me contaron que lo que vi con mis propios ojos –continúa. No sólo porque era muy pequeña sino también porque hice la travesía encerrada en un camarote muy especial: viajé oculta bajo las faldas de mamita”, porque “apenas zarpamos de Barcelona, mamita notó que yo tenía el cuerpo y las mejillas repletos de manchuelas coloradas. Ella ya había oído decir que a los enfermos los obligaban a bajar en el primer puerto, y por eso resolvió esconderme” .

En Lunas eléctricas para las noches sin luna, de Belén Gache (3), la protagonista se refiere a un canillita de ese origen: “A unos metros, un grupo de muchachos se reúne alrededor de una caja de zapatos. Son los canillitas. Llevan medias largas y pantalones cortos y sus cabezas se encuentran cubiertas con boinas. Cargando pesadas pilas de diarios, se encaraman a los tranvías en movimiento de forma tan descuidada que, más de una vez, han provocado accidentes. Ya varias veces he visto cómo los agentes de policía les llaman la atención. Entre los muchachos, reconozco a Gregorio, un chico de origen catalán, amigo de Mirko”.
El padre de Gregorio, imprentero, es anarquista: “Hoy por la tarde por fin me decidí y fui a buscar el reloj de papá a la relojería. Estaba por llegar al local de Copelius cuando vi que de ahí salía un policía. Pocos segundos después, salían dos agentes más llevando a la rastra a don Antonio, el padre de Gregorio, ataviado con su mameluco gris manchado de tinta”.

En El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, Vittorio “salió a buscar a Julián Soto, el hombre que le había indicado el Catalán. Si, tal como prometió, el Catalán había enviado un telegrama, los compañeros tenían que estar aguardándolos” (4).

Notas
1. López, Lucio V.: La gran aldea. Costumbres bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Scotti , María Angélica: Diario de ilusiones y naufragios. Buenos Aires, Emecé, 1996.
3. Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
4. Drucaroff, Elsa: El infierno prometido. Una prostituta de la Zwi Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas). Pág. 265.


Gallegos

En la novela En la sangre (1), de Eugenio Cambaceres, el protagonista y su madre “se detuvieron frente a la Universidad en cuya puerta, mostrando un grueso manojo de llaves colgado de la cintura, estaba de pie el portero, un gallego ñato de nariz y cuadrado de cabeza”.

En La gran aldea, Lucio V. López presenta gallegos trabajando junto a los criollos: “daban las cuatro y, no bien había entrado el gallego cotidiano con las viandas, don Narciso se engolfaba en los antros profundos de la trastienda”. Lucio V. López menciona otro gallego relacionado con la tienda: “Caparrosa, el cadete de Bringas, un galleguito ladino y vivaracho” (2).

Escribe Manuel Gálvez, en Nacha Regules: “Monsalvat imaginó que sus palabras engendrarían entusiasmo y agradecimiento. Pero no fue así. Unos torcieron el rostro, otros cuchichearon. Una vieja se puso a hacer pucheros, y un gallego protestó contra el abuso de querer echarles de la casa para después subir los alquileres”. El gallego decía que “Si ellos se encontraban bien, ¿por qué obligarles a aceptar lo que no pedían? ¿Qué vivían como los cuerpos? ¡Bah! Acaso vivieron antes de otra manera? Eso que decía el patrón: la higiene y el aire, era bueno para los ricos. ¡Los pobres estaban tan conformes sin aire! Y respecto de la higiene, maldita la falta que les hacía. Además, si la vida de los pobres era dura, no correspondía a los ricos pretender mejorarla. Y que no les dijeran que sus ofrecimientos eran desinteresados, porque no lo creerían. Ya conocían demasiado a los ricos. Todos iguales. Si a veces cedían por un lado, era para reventarlos por otro. Podía, pues, el patrón marcharse con sus rebajas de alquiler y la reforma del conventillo. No aceptaban la rebaja, no. ¡Ellos no se moverían de allí!” (3).

En un conventillo reúne a sus discípulos José Luna, personaje de Megafón, novela de Leopoldo Marechal: “En la sala única del púgil se juntaban sin armonizar el comedor, el dormitorio y una cocina de leña, cuyo tiraje pésimo fue un manantial de humo que, sin embargo, nunca molestó en adelante ni a José Luna ni a sus tres discípulos, en las discusiones que mantuvieron sobre las metáforas del Apocalipsis. Los tres discípulos eran Juan Souto, llamado ‘el gaita’, Vicente Leone, o ‘el tano’, y Antenor Funes, conocido por ‘el salteño’ “ (4).

En Hacer la América (5), Pedro Orgambide evoca, entre otros inmigrantes, a una familia gallega.
Manuel Londeiro junta trabajosamente el dinero para traer de Galicia a su familia. En la fonda “pide pan y tocino. Después, una sopa con carne, porotos y papas. Se promete ir al almacén de su primo, y firmar una letra, un documento, lo que sea a cambio del dinero para los pasajes. Si comes tanto no podrás ahorrar, dice su primo, si sólo piensas en comer, si El pan de Manuel Londeiro no llega a la boca. Lo coloca en un pañuelo y lo anuda. Ya tiene su cena”.
Al gallego, “El albanés lo desafía a una pulseada. Uno es fuerte como un caballo, piensa Manuel, pero uno no tiene ganas de pulsear. El albanés ha puesto su dinero sobre la mesa. No, yo no juego por plata. No me importa que mis amigos piensen que el albanés es más fuerte que yo. Yo no me juego el jornal”. Sin embargo, lo hace: “Manuel Londeiro le dobla el brazo contra la mesa y caen las monedas en el suelo entre el jolgorio y el griterío de los estibadores".
Al fin, reúne el dinero que posibilita tan ansiado encuentro. Su mujer, Carmen, viajando con los hijos, piensa: “Es como si nunca hubiera tenido una casa, Manuel. Como si nunca más pudiera pisar la tierra firme y Dios nos condenara a vagar por el mundo en este barco. No pienses que estoy loca, Manuel. A otras mujeres que viajan aquí les ocurre lo mismo. Extrañan el olor de sus cocinas y el calor de sus camas. Una vieja me contó que todas las noches soñaba con su corral y sus puercos; otra, con un jardín de Andalucía. En América ¿tú sueñas con la casa, Manuel? Los hombres se ríen de esos sueños, son cosas de hembras, dicen, haremos otras casas allí, sembraremos el trigo, cuidaremos las viñas, vamos a trabajar en los aserraderos, en los muelles... Es que los hombres son más parecidos al mar, les gusta andar de un lado a otro. Algunos, sin embargo, se asoman al océano como si trataran de ver o que dejaron. Una les ve las caras de viudos de la tierra, caras de hombres como tú, Manuel, trabajadas por el sol y el granizo, por los días de labranza ¿no se extraña la tierra, Manuel? ¿el olor de la tierra?”
Llegan Carmen y los hijos, Paco y María. En el patio del conventillo, la niña juega a las estatuas con las hijas del árabe: “se quedaba inmóvil con un pie en el aire. (...) -¡Míralas! Se creen unas reinas... pero tarde o temprano van a parir como nosotras –vaticina la Carmen y apoya su mano en el hombro de Magdalena”.
Paco, que no quiso sufrir lo que su padre sufrió por motivos políticos, se dedicó a la música. María, en cambio, inspirada en el espíritu paterno, fue líder en el movimiento de las costureras.

María Rosa Lojo define a Canción perdida en Buenos Aires al oeste -novela premiada por el Fondo Nacional de las Artes en 1986-, como “la historia de una familia narrada a través de siete personajes, de siete voces: la voz central es la de Irene, que en sus treinta años rescata ese nudo de vidas que conforma sus propios orígenes, como quien canta una canción. Una canción perdida porque es la de la infancia y la adolescencia, la de la vida tramada por el amor, la dicha, la desdicha, la enfermedad, la muerte, los extravíos y las recuperaciones que constituyen el tiempo irrestañable e incorruptible, como el agua fluyente, que la palabra, por un momento, crea la ilusión de retener” (6).
Después de muchos años de exiliados, los padres de Irene sufrían el mismo desarraigo que los acompañaría hasta el final de sus días. En su hogar del oeste, “era el sol de la casa nativa que iluminaba sus rostros. Los rasgos de mi madre, silenciosos y bellos, como una estampa antigua; los ojos de mi padre, tristes de mar, empañados de tiempo recorrido. La mesa del domingo, cuando comíamos callados y mi padre, sólo mi padre recitaba, tácitamente, como para sí: ‘Donde yo me he criado...’ Y ya no escuchábamos; lo demás se perdía en la bruma nebulosa de un mito siempre repetido, desesperado y patético como una plegaria inútil. La única plegaria que papá se permitía decir” (7).


Horacio Vázquez-Rial es el autor de Frontera Sur. “Prostitutas, fantasmas, jugadores, gallos de riña, socialistas primitivos, héroes del trabajo, anarcosindicalistas o músicos que se cruzan en la vida de tres generaciones de emigrantes gallegos, van tejiendo la trama de Frontera Sur y la historia de Buenos Aires, entre 1880 y 1935. Roque Díaz Ouro, que llega viudo y con un hijo a la capital argentina, que se enamora de una prostituta de alto vuelo y que recibe en su carrera ascendente la ayuda del espectro de un compadrito degollado, es protagonista de este relato épico, junto al alemán Hermann Frisch, portador de un bandoneón y de los principios de la organización obrera. Pero también aparecen en él figuras legendarias como Yrigoyen, Durruti o el propio Gardel, que definieron el espíritu de una época y de una ciudad apasionantes” (9)

Graciela Cabal, en Secretos de familia (10), recuerda su aprendizaje de muñeira: “A mi amiga Rodríguez tampoco la dejan estudiar baile, pero ella igual sabe bailar la muñeira, porque la muñeira se la enseñó la madre. (La madre de Rodríguez es de un lugar donde todos saben bailar la muñeira desde que nacen, sin que nadie se la enseñe). Me da mucha vergüenza, pero igual voy y le digo a la mamá de Rodríguez si por favor, por favor, me enseña a mí a bailar la muñeira. La mamá de Rodríguez dice que ella con mucho gusto me enseñaría, pero hace tanto tiempo que no baila... ’Sea buena, mamita’, le dice Rodríguez a la madre, y la arrastra al patio. Y entonces la madre empieza a cantar bajito mmmmm mmmmm mmmmm y a dar unos pasos. Y después se ve que se anima porque se pone a cantar fuerte y se mueve rápido y hasta se saca las chancletas y el delantal, y sigue, sigue, sigue. Y justo llega el papá del trabajo y primero se asusta y pregunta qué es lo que está pasando en esa casa, y después se ríe y se pone a bailar enfrente de la madre. Y yo ya no aguanto y le digo a Rodríguez si quiere bailar, porque algo aprendí, de mirar. Y todos bailamos, cantamos y nos reímos, hasta la mamá de Rodríguez, que nunca se ríe. A la mamá de Rodríguez, cuando baila la muñeira ni se le notan los bigotes”.

En Agua de nadie –novela distinguida con el Premio “Dr. Alfredo A. Roggiano” de la Municipalidad de Chivilcoy, 1993-, Mabel Pagano evoca a dos sastres gallegos: “Porque era muy chico y recién se iniciaba en el oficio junto a los gallegos López y García, propietarios de un gran taller, no tuvo ocasión de conocer a don Hipólito, aunque quizás Yrigoyen no hubiera gastado en un traje lo que él llegó a cobrar, decían que era tan raro el Peludo... (...) La tarde anterior, los gallegos habían insistido en su intento de llevarlo a Mar del Plata para la inauguración de la tan soñada sucursal y nuevamente él rechazó la invitación, hablando de compromisos impostergables, aunque sin aclarar sobre la naturaleza de los mismos y tratando de que no se ofendieran, ya que era forzoso que lo reconociera, él les debía mucho a los dos. Esa noche, cuando estaba a punto de retirarse del taller, los patrones lo invitaron a comer en un restaurante de Sarandí, donde había ido varias veces acompañándolos. Quiso negarse diciendo que estaba muy cansado de la tarea de toda la semana, cosa que era rigurosamente cierta, pero López insistió, vamos hombre, nos comemos la paella y regresamos temprano, al mismo tiempo que García lo palmeaba empujándolo hacia la puerta” (11).

En Latas de cerveza en el Río de la Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con el Premio Emecé 1994/95- aparece un padre gallego que oculta a su hijo, desertor en la Guerra de las Malvinas. Relata el protagonista: “Aunque no podía verle la cara al gallego porque me había quedado esperando en la planta baja, oía su voz retumbando a través de la escalera y me imaginaba la vena saltándole en la frente como una lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (12).

En Virgen (13), novela de Gabriel Báñez que resultó finalista en el premio Planeta, aparece un titiritero gallego: “Sara lo había encontrado deambulando medio muerto de hambre a los costados de la aduana, sin documentación y con unas pocas pesetas en el bolsillo que guardaba como rezago de un viaje de cuarenta días desde su Pontevedra natal hasta Santos, donde desembarcó. En Brasil se había dedicdo al incipiente negocio de refinar aceite de coco, pero por muy poco tiempo, ya que en apenas tres meses tuvo la fulminante certeza de que su arte jamás se adaptaría al portugués. No por él, sino por sus títeres, que extrañaban horrores el castellano y no se adaptaban a ese idioma pegajoso y transpirado. Filadelfio Pérez era un trotamundos infatigable, aunque en su juventud se había dedicado al deporte de los guantes sin mayor fortuna, (...) Durante las representaciones se hacía llamar Maese Pérez, y se valía de su arte para desbocar argumentos y acomodarlos a su pasión republicana con ogros franquistas y brujas de la Falange. Pero las mejores obras las escribía él, y resultaban de una belleza conmovedora, lo mismo que sus muñecos, enormes y con ojos siempre idénticos: de foca o de mujer intensa y húmeda, tristísmos, los más hermosos del mundo”.


Guillermo Saccomanno es el autor de El buen dolor –novela distinguida con el Premio Nacional de Literatura en 2002-, obra en la que escribe sobre su abuela gallega, la que le contaba cuentos de su tierra: “Aunque la abuela era madrugadora y de acostarse temprano, sufría de insomnio. Por la noche ella y vos, acostados en su pieza, en la oscuridad, escuchaban Radio Porteña, que transmitía desde los teatros. La obra predilecta de la abuela era La Malquerida, interpretada por Lola Membrives. Ay, esa madre, se desgarraba la Membrives en la oscuridad de la pieza. Ay, repetía la abuela. Apenas terminaba la obra, la abuela apagaba la radio. Y como no podía dormir, te contaba un cuento” (14).

En La fuga, distinguida con el Premio Emecé 1998/99, Eduardo Mignogna presenta a Adela y Angel Villalba, una pareja de carboneros que tiene un sobrino en Mendoza: “En la esquina de Coronel Díaz y la avenida Las Heras había un bar y al lado un corralón y después una ferretería. El barrio se llamaba, o le decían, Tierra del Fuego, y en el sitio donde estaba la ferretería había en 1928 una casa de venta de carbón y leña atendida por un matrimonio mayor de españoles petisitos y reservados, oriundos del pueblo gallego de Betanzos. El comercio era angosto y con piso de tierra, y en el aire flotaba eternamente un polvillo oscuro que emanaba de las bolsas de arpillera” (15).

Ochoa, uno de los personajes de Hotel Edén, de Luis Gusmán, “recuerda entonces la iglesia de San Nicolás de Bari. La historia de su familia materna está escrita en esa iglesia. Su abuelos, inmigrantes, primos hermanos casados con primos hermanos, provienen de Galicia. Ochoa dispone de poca información, y por lo tanto ignora por qué terminaron viviendo en la calle Carlos Pellegrini. Su abuelo administraba una casa, que nunca quedó claro si era de inquilinato, a la que llamaba ‘las oficinas’ “ (16).

Jorge Torres Zavaleta, en La noche que me quieras, presenta un vasco y un gallego. Este último es evocado como un trabajador, en su clásica ocupación de dueño de bar, desconfiado ante los pedidos de sus clientes sin dinero: “era como si todos nosotros fuéramos miembros de una barra y los mayores solamente aquellos a los que teníamos que engañar. Como el gallego que nos dará un whisky o un café a cuenta, mirándonos de reojo por debajo de las cejas pobladas mientras se ocupa de asuntos serios” (17).

En La logia del umbral, Ricardo Feierstein recuerda a algunos de los gallegos que vivían en Villa Pueyrredón, a mediados del siglo pasado: “Cruzando la avenida Mosconi estaba la farmacia (...) Luego el negocio de medias del gallego Alvarez, cuya hija sería directora de televisión; (...) Después del bar, ya en esta vereda, venía mi casa y, siguiendo el recorrido, el almacenero González (gallego de ley), (...) Por las mañanas, en la escuela pública donde todos concurríamos, conviví (...) con el galleguito Pérez” (18).

La casa de Myra (19), de Aurora Alonso de Rocha, fue distinguida en 2001 con el Segundo Premio para Autores Inéditos, en el “Concurso organizado por la Fundación El Libro, en el marco de la 27ª Exposición Feria Internacional de Buenos Aires ‘El libro del Autor al Lector’ ”. En esa obra, protagonizada por una gallega tomada cautiva por los indígenas, narra un personaje: “En unos meses se le puso la piel del color del cuero sobado, se le hicieron unos manchones del solazo debajo de los ojos y como no los tiene oscuros como las otras se ven como gemas transparentes. En lo que se ve del descote es pura mancha y peca y tiene el pelo cerdoso, enrulado y reseco de tanta agua e intemperie. Igual que las chinas va mexclada de cristiana y de india: le cuelgan unas ajorcas pesadas, se ata las clinas con seda trenzada y las botas son las de media caña, de pata de potro pero finísima, muy retobada (¡Que las quisiera para mí!), con lazos de colorines y bordados. Por arriba usa un vestidito de percal que ha de ser el que traía cuando la encontré en el puerto, según recuerdo, así que va medio disfrazada pero tan cargada de lazos y joyas como una princesa”.

En Los gallegos, una novela inédita, Gloria Pampillo evoca la inmigración de sus mayores. El abuelo de Gloria Pampillo era comerciante, y había elegido el mismo nombre para todos sus negocios: “Celta, como el nombre que mi abuelo le ponía a cada uno de los bienes que acá se iba ganando, desde su barco hasta los toros. Un toro negro, morrudo, que ahora le dibujo en su escudo de comerciante, como tantos otros dibujaron una espiga en el almacén o en la panadería: La flor de Galicia”. Gloria Pampillo recuerda la voluntad de unión de los emigrantes gallegos: “Lo que van a hacer ahora es lo mismo que hizo mi abuelo cuando llegó a la Argentina en 1870. Van a agruparse en cofradías. Que esas cofradías formen un ejército o una Sociedad de Socorros Mutuos, poco importa. Lo que tienen en común es que lejos de la tierra, ‘da mía terra’, como dijo una mujer en el seminario con un dolor que me volvió de barro el corazón, van a buscarse entre ellos”.

Las Ingratas de Guadalupe Henestrosa Guadalupe Henestrosa ganó en 2002 el V Premio Clarín de novela, con Las ingratas (20), novela en la que evoca la inmigración de cinco hermanas españolas y la hija de una de ellas. Seis gallegas, recién bajadas del barco, llegan a una pensión en la que la mayor se empleará como cocinera. Allí las asalta la nostalgia: “Esa noche entre esas paredes húmedas, escuchando las palabrotas que venían desde el patio, las chicas extrañaron la casa de piedra en las montañas. Por primera vez desde aquella madrugada cuando dejaron a su padre, Vicente, solito junto al fogón, se sintieron lejos de todo, perdidas, a merced de unas gentes desconocidas, con quién sabe qué costumbres. ¿Cómo encontrar el alma en una tierra donde todas las cosas tenían otro olor?”.

En Los jardines del Carmelo, escribe Ana María Guerra: “El campo se subdividió; la casa y unas parcelas quedaron en manos de los Ruiz, tres hermanos venidos de Galicia, que aconsejados por Marga, establecieron un burdel. Las dificultades de los primeros tiempos fueron incontables; los carros se empantanaban, los jinetes entraban con barro hasta en las fajas, y apenas caían unas gotas la gente se acobardaba, quedando el prostíbulo vacío. Finalmente, los Ruiz decidieron deshacerse de él” (21).

En Amor migrante, de Stella Maris Latorre, un empleado del Hotel de Inmigrantes agrede a un gallego. Le dice: “-Ya te oí, crees que soy sordo gallego sucio, muerto de hambre. Avelino, Manuel y todos cruzaron sus miradas: ‘Este era el recibimiento que le hacían los habitantes de ese país que prometía tanto, todos apretaron los labios y endurecieron sus puños, todos... para no responder a esa provocación; pero a todos también se les partió el corazón y quisieron estar en Galicia aunque no encontraran el oro tan prometedor, pero ya era tarde, ahora había que ser fuerte, apechugar ya estaban en el tablao, había que zapatear. Avelino tomó su pequeña valija, un bolsito pequeño también Manuel hizo lo propio, juntos lentamente recorrieron ese largo pasillo, jurando no voltear la cabeza para no ver a sus paisanos, que realmente si estaban mal presentados; pero eran honrados, y venían a trabajar, a poner la espalda para que este país al cual recién llegaban floreciera a fuerza del sacrificio de ellos, que en ese momento necesitaban; la guerra, la mala situación de su país los llevó a cruzar el mar en busca de un futuro mejor, pero en el interior de esos hombres, de esas mujeres de rostros sufridos, existía un rubí en bruto, sí, en bruto, como lo siguieron llamando y muchas veces se mofaron de ellos, haciendo bromas de mal gusto, chistes donde siempre, el tonto, el bruto era el gallego; pero si de algo no podían mofarse era de su honradez, de su fortaleza para el trabajo y la voluntad a pesar de a veces tragarse las lágrimas que estaban prestas a salir de sus pupilas, pero las sujetaban, no fueran a pensar que eran débiles, no, no lo eran, eran más fuertes que un roble” (22).

En 2004 se editó Las libres del Sur, Una novela sobre Victoria Ocampo (23), de María Rosa Lojo. En esa obra, aparecen varios gallegos. Los principales son Carmen Brey Moure y su hermano Francisco. Acerca de Carmen, escribe: “El casquito de fieltro con un capullo de gasa, las mejillas redondas, el tailleur liso y el talle bajo acentuaban su aspecto cándido de colegiala en vacaciones. Un toque de rouge y de polvo Arlette sobre la nariz no la cambiaron mucho. Se encontró ligeramente similar (aunque más delgada, y más joven) a una poetisa de moda: Alfonsina Storni”. Francisco era “un hombre robusto y curtido, en quien Carmen fue reconociendo, a medida que se acortaba la distancia, y como quien despeja las capas superficiales de un palimpsesto, los rasgos de su hermano”.

En 2005 apareció Finisterre, también de María Rosa Lojo. Rosalind Kildaire Neira, nacida en Galicia, llega a la Argentina en 1832. Ella recuerda: “Buenos Aires era entonces una ciudad blanca y baja, quizá sólo atractiva desde la lejanía. Ilusionaba los ojos a la distancia pero a medida que los barcos iban acercándose a la entrada del río ancho y playo, donde resultaba imposible fondear, cedía el encantamiento. (...) Las calles eran irregulares y sucias, pantanosas de a trechos. Animales muertos y montones de desperdicios se acumulaban en algunas esquinas” (24).

En El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, el Loco va a la pensión en que vivía Vittorio. “La desconfianza de la dueña se esfumó cuando el Loco le contó que era periodista de Crítica. Le convidó con mate, bizcochitos de grasa, y contó con marcado acento gallego que el señor Comencini no vivía más en esa pensión”. La gallega se entusiasma: “¡Ayudar a la prensa! (...) anote mi nombre y apellido: María Dolores Pontevedra, con ve corta. Pensión Pontevedra. ¿Va a venir un fotógrafo?” (25).

Cristina Bajo es la autora de La trama del pasado (26). “1840, Vigo, Galicia. Una joven aristócrata, Ignacia Arias de Ulloa, abandona a su marido y huye con una criada llevándose muy poco: su estuche de esgrima, y el halcón preferido de aquél. Al llegar a la casa solariega de su madre se encuentra con que ésta ha decidido regresar a las provincias del Río de la Plata, su tierra de nacimiento, para ajustar viejas cuentas. Sin pensarlo, Ignacia se embarca con ella. Mientras el país se desangra en la guerra civil, don Fernando Osorio y Luna, descendiente de un antiguo linaje, emprende con sus hombres un viaje a caballo desde la Córdoba americana hacia Buenos Aires con un mensaje secreto para don Juan Manuel de Rosas, jefe de los federales. A mitad de camino, y en una de las batallas más cruentas de la historia argentina, Ignacia y Fernando se encontrarán, sin saber que sus lazos provienen del pasado, de trágicos misterios familiares que, desde los orígenes de su estirpe, parecen alcanzarlos como una maldición. Acechado por enemigos desconocidos que atacan salvajemente a su mujer y a su hijo, involucrado en venganzas y reencuentros, amenazado con la expropiación de sus tierras, Fernando encontrará que la mayoría de los privilegios que los suyos mantuvieron por siglos han desaparecido; que los Osorio han caído en desgracia, y que aquella joven del halcón, Ignacia, pertenece al círculo de los enemigos de su familia. ¿Podrá un hombre de acción como él, valiente, fiel a sus ideas y a su gente, permanecer indiferente ante la matanza y las injusticias a que todos los días se ve sometida su ciudad, por aquellos que se decían sus aliados? En esta nueva entrega de la saga de los Osorio, no será una mujer de la familia la protagonista, sino un hombre: Fernando, el Payo, hermano de Luz y primo de Laura. Junto a él, personajes históricos y ficcionales desentrañarán una trama urdida con sangre, secretos y ausencias: La trama del pasado, una novela vibrante, estremecedora, que confirma una vez más el talento narrativo y la pluma avezada y mágica de Cristina Bajo” (27).
Notas
1. Cambaceres, Eugenio: En la sangre. Buenos Aires, Plus Ultra, 1968.
2. López, Lucio V.: La gran aldea. Costumbres bonaerenses. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3 Gálvez, Manuel: Nacha Regules. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
4 Marechal, Leopoldo: Megafón. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
5 Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984. Pág.20.
6 González Rouco, María: “María Rosa Lojo: la inmigración gallega”, en El Tiempo, Azul 17 de marzo de 1991.
7 Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1987.
8 S/F: en Vázquez-Rial, Horacio: Frontera sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
10 Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
11 Pagano, Mabel: Agua de nadie. Buenos Aires, Editorial Almagesto, 1995.
12 Stamadianos, Jorge: Latas de cerveza en el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995. 229 pp.
13 Bañez, Gabriel: Virgen. Buenos Aires, Sudamericana, 1998.
14 Saccomano, Guillermo: El buen dolor. Buenos Aires, Planeta, 1999.
15 Mignogna, Eduardo: La fuga. Buenos Aires, Emecé, 1999.
16 Gusmán, Luis: Hotel Edén. Buenos Aires, Norma, 1999.
17 Torres Zavaleta, Jorge: La noche que me quieras. Buenos Aires, Emecé, 2000.
18 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Galerna, 2001.
19 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001.
20 Henestrosa, María Guadalupe: Las ingratas. Novela Sentimental. Buenos Aires, Clarín-Alfaguara, 2002.
21 Guerra, Ana María: Los jardines del Carmelo. Buenos Aires, Corregidor, 2003.
22 Latorre, Stella Maris: Amor migrante. Buenos Aires, De los Cuatro Vientos Editorial, 2004.
23 Lojo, María Rosa: Las libres del Sur, Una novela sobre Victoria Ocampo. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
24 Lojo, María Rosa: Finisterre. Buenos Aires, Sudamericana, 2005. 192 pp. (Narrativas)
25 Drucaroff, Elsa: El infierno prometido. Una prostituta de la Zwi Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas). Pág. 242.
26 Bajo, Cristina: La trama del pasado. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 384 páginas (Biblioteca Cristina Bajo)
27 S/F: en www.edsudamericana.com.ar

Madrileños

En 1955, Marco Denevi es distinguido con el Premio Kraft por Rosaura a las diez. En esa obra, declara “la señora Milagros Ramoneda, viuda de Perales, propietaria de la hospedería llamada ‘La madrileña’, de la calle Rioja, en el antiguo barrio del Once”. “Todo esto (...) empezó hace doce años, cuando vino a vivir a mi honrada casa un nuevo huésped que confesó ser pintor y estar solo en el mundo. Aquellos eran otros tiempos, ¿sabe usted?, tiempos difíciles, sobre todo para mí, viuda y con tres hijas pequeñas. Los pensionistas escaseaban, y los pocos que habían eran, hablando mal y pronto, de culo mal asentado, quiero decir, que hoy estaban en una pensión y mañana en otra y en todas dejaban un clavo, o, apenas usted se descuidaba, le convertían su honrada casa en un garito o alguna cosa peor, de modo que a los dueños de hospederías decentes nos era necesario si queríamos conservar la decencia y la hospedería, un arte nada fácil, ahora desconocido y creo que perdido para siempre: el arte de atraer, seleccionar y afincar, mediante cierta fórmula secreta, hecha a base de familiardad y rigor, una clientela más o menos honorable” (1).

Notas
1. Denevi, Marco: Rosaura a las diez. Buenos Aires, Corregidor, 1999. 319 pp. Estudio preliminar y glosas de Juan Carlos Merlo.

Valencianos

En La canción de las ciudades, Matilde Sánchez evoca la inmigración alicantina. En esa obra –afirma Juan José Becerra-, “Alicante es un relato familiar de una familia anterior a la narradora, quien, excluida de los pormenores del relato paterno (que siempre es un arcano), intenta ajustarlos a su manera” (1).
Una hija de españoles acompaña a sus padres a visitar su tierra natal. Al regresar, la joven señala: “Después de un tiempo de descanso en Barcelona –mamá, siete días para pulir borradores, una semana de caligrafía china-, todos nos volvimos. Ante sus vecinos, ellos ponderarn la acelerada modernización de España. Pero yo sabía que su patria no era ésa sino el piso de la avenida Callao, ese alto contrafrente que los abstraía de todas las vicisitudes, suspendido en regiones del recuerdo. España había dejado de pertenecerles. El origen ya era un lugar desconocido” (2).

Notas
1 Becerra, Juan José: “Mapa familiar”, en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 1999.
2 Sánchez, Matilde: “Alicante, 84”, en La canción de las ciudades. Buenos Aires, Planeta, 1999.


Vascos

Lucio V. López relata cómo trataba a sus clientas vascas uno de los tenderos criollos: “Si él distinguía que era vasca, francesa, italiana, extranjera, en fin, iniciaba la rebaja, el último precio, el ‘se lo doy por lo que me cuesta’, por el tratamiento de madamita. ¡Oh!, ese madamita lanzado entre 7 y 8 de la mañana, con algunas cuantas palabras de imitación de francés que él sabía balbucir, era irresistible. Durante el día, los tratamientos variaban entre hija e hijita, entre tú y usted, entre madamita y madama, según la edad de la gringa, como él la llamaba cuando la compradora no caía en sus redes” (1).

Pedro Antón, protagonista de una novela de Julián de Charras, añora cuanto dejó: “Veía, allá lejos, como en una neblina, las escarpadas pendientes de los Pirineos, las casetas ruinosas de los montañeses, las miserables veladas, con pan negro y escaso y luz humeante de candil de aceite; el padre, con su rostro anguloso y cetrino, en un rincón, con la barba en la mano, mirando fijamente la pared, como pensando en algo indefinido; la madre hilando, hilando en la penumbra, diestros los dedos, aunque fatigada la vista... Y él, rapaz, sin raciocinio, raídas las ropas, que remendaba la mano materna, al lado del fuego, hurgándose la nariz, recordando las consejas del oso negro, de las brujas sabáticas, del ahorcado...” (2).

En Secretos de familia (3), Graciela Cabal evoca al vasco que les vendía la leche: “El que sí viene con carro y caballo es el lechero. Cada vez que el carro se para delante de la ventana, el caballo, que tiene sombrero con claveles y dos agujeros para las orejas, hace pis. Un chorro que suena más fuerte que cuando mi papá va al baño. El lechero tiene pelo colorado, usa boina y nunca hace chistes porque es extranjero. Mi mamá deja la lechera en la puerta y el lechero, que viene con un tarro grande y un tarro chiquito, pasa la leche de un tarro al otro y después a la lechera, sin derramar una gota. Al rato viene mi mamá y derrama todo, porque a ella siempre le tiemblan las manos, pobre mi mamá”.

Jorge Torres Zavaleta evoca, en La noche que me quieras, a los inmigrantes vascos (4).

Notas
1 López, Lucio V.: La gran aldea, Costumbres bonaerenses. Buenos Aires, CEAL. (Capítulo).
2 Charras, Julián de: “La historia de Pedro Antón”, en La novela semanal, Año VII, N° 294, Buenos Aires, 2 de julio de 1923.
3 Cabal, Graciela Beatriz: Secretos de familia. Buenos Aires, Debolsillo, 2003.
4 Torres Zavaleta, Jorge: op. cit.


Sin mención de origen

Narra el protagonista de Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, de Roberto J. Payró: “Acabé por acostumbrarme un tanto a la escuela. Iba a ella por divertirme, y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias a mí, se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma o en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo o la nariz bolitas de pan o de papel cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar el salto o lanzar el chillido provocados por la pluma, o levantarse con la silla pegada a los fondillos, o llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesinos, veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que para atreverse a tanto era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y de posición” (1).

En Barrio Gris, Joaquín Gómez Bas presenta a una española que vende leche en Sarandí: “El agua cubre ya la mitad de la calle. La gente comienza a utilizar el puente esquinero para atravesarla. Es un artefacto endeble y cimbreante que se yergue a más de cinco metros sobre el nivel del camino ordinario. Representa una hazaña ascender la escalera de carcomidos peldaños de madera, recorrer su piso de tablas inseguras y bajar por el extremo opuesto aferrándose a la barandilla resquebrajada por el sol y las lluvias. (...) Doña Micaela sube trabajosamente la escalera del puente acarreando un tarro de leche en cada mano. Trastabilla en los tramos y acompaña el peligroso tambaleo con imprecaciones más sucias que su indumentaria. Es grotesca como una vaca que bailara sobre sus patas traseras” (2).

Mario, protagonista de Hermana y sombra, de Bernardo Verbitsky, recuerda al español que les vendía leche: “Dejamos en Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente nos preocupaba era la del lechero, un español bajito y menudo, a quien se le formaban unas arruguitas alrededor de los ojos al sonreír, lo que hacía con frecuencia. Vestía algo parecido a un chaleco oscuro, sin magas, usaba faja, y un chambergo negro echado ligeramente hacia la nuca. Teóricamente, le pagábamos mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con que explicábamos nuestra condición de deudores morosos. En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento. Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por mamá, era que a ese pequeño español bondadoso debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias para suplir los pechos casi secos de mamá” (3).

En El infierno prometido, de Elsa Drucaroff, Vittorio “Siguiendo las instrucciones de Beppo, el estibador del puerto de Buenos Aires, encontró a Julián en El Marinero Negro, uno de los bodegones de la calle Roca, frente al río. Era un hombre sombrío y corpulento de más de treinta años, usaba boina azul y chaleco de cuero sobre la camisa. Estaba sentado en el mostrador cuando se lo señalaron, Vittorio se abrió paso hasta él entre los marineros. Julián lo escuchó con el ceño fruncido, sin mover una ceja ni sacarse el cigarrillo de la boca”. El español dice a Vittorio y Dina que es necesario que ella aprenda a tirar: “Si mi mujer hubiera sabido usar un arma, ahora estaría viva aquí conmigo. (...) me la mataron en Asturias los carabineros de Primo de Rivera. Habíamos tomado las minas, yo estaba en la toma y ella estaba sola en casa. Yo tenía un arma, ella no, y no tenía cómo defenderse. Lo hicieron a propósito, fueron por ella porque era el modo de matarme a mí... Saben lo que hacen... Bueno, basta pues, pasaron ya más de tres años y sin embargo aquí estoy, ¿no?” (4).

Notas
1. Payró, Roberto J.: Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira. Prólogo y notas por Graciela Montes. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Gómez Bas, Joaquín: Barrio Gris. Buenos Aires, Compañía General Fabril Editora, 1963.
3. Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
4. Drucaroff, Elsa: El infierno prometido. Una prostituta de la Zwi Migdal. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 336 pp. (Narrativas históricas). Pág. 265.


Varios

Santo Oficio de la Memoria de Mempo Giardinelli. Mempo Giardinelli escribió Santo oficio de la memoria, obra galardonada con el VIII Premio Internacional "Rómulo Gallegos" en 1993. En esa obra -a la que Carlos Fuentes se refiere como a una “saga migratoria tan hermosa, tan conmovedora, tan importante para estos tiempos de odio, racismo y xenofobia”-, habla de un oficio que desempeñaban algunos españoles. En 1886, “Había muchos policías, allí. Casi todos asturianos, gallegos. No sé por qué. También usaban bigote de manubrio y llevaban pistolas al cinto, capote invernal, quepís duro y alzado y linterna en mano. Cuando se hizo la noche, los policías se movían como luciérnagas nerviosas” (1).

En “Noticias secretas de América”, Eduardo Belgrano Rawson evoca a los inmigrantes gallegos: “Cantabas un himno más light, como regía desde principios de siglo. Lo habían lijado un poco. ¿Qué otra cosa podían hacer? Necesitaban cortarla con los insultos, como explicó en su momento un operador del Ministro. ‘Tigres sedientos de sangre’ y todo eso. Culpa del himno el embajador no pisaba la presidencia, sobre todo los 9 de julio. A decir verdad, tampoco mostraban mucho aspecto de tigres los vascos y los gallegos que desembarcaban todos los días frente al Hotel de Inmigrantes, pero ésta era otra cuestión” (2).

En Lunas eléctricas para las noches sin luna, escribe Belén Gache: “Bordeando el convento, la calle Viamonte se extiende alternando fondas llenas de marineros con casas de remates, regenteadas por catalanes, gallegos o andaluces que venden objetos dorados por oro fino y piedras transparentes por diamantes” (3).

Notas
1 Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
2 Belgrano Rawson, Eduardo: Noticias secretas de América. Buenos Aires, Planeta, 1998.
3 Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.

Españoles y otros

A criterio de Delfín Garasa, “Una de las más cumplidas descripciones de un heterogéneo desembarco es la que ofrece Luis Pascarella en su novela-alegato documental, El conventillo. Llega el Christoforo Colombo y primero bajan los hombres de negocio con su apoplética cerviz, con el paso resuelto de los acostumbrados a dar órdenes y ser obedecidos, los turistas ingleses con sus máquinas fotográficas y algunas señoras un tanto perplejas por no ver en el muelle indios con plumas y taparrabos. Por ese entonces, el viaje a Europa empezaba a otorgar prestigio social, y los argentinos que regresan cambian opiniones en alta voz sobre los modelos de París, el mobiliario inglés o la sinfonía escuchada en la Opera de Viena. Y, finalmente, aparecen los inmigrantes, tan fustigados en los azares de las proclamas políticas, un ‘enorme hormiguero’ que había viajado en el mayor hacinamiento. Rostros curtidos, exhaustos, azorados. En todos se presiente la pregunta: ¿Qué les deparará esta nueva tierra? De pronto, una mirada se ilumina o un brazo se agita en alto porque se ha reconocido a alguien en la muchedumbre que espera. Van bajando los hebreos de desgreñadas barbas y gastados levitones, los ‘turcos’ con sus espaldas combadas, los nórdicos enjutos, los napolitanos pequeños y retorcidos como raíces, los andaluces gárrulos, los gallegos pacientes, los holandeses esponjosos, los genoveses de músculo recio e insaciable voracidad. Una mujer besa la tierra que los acoge y tras su actitud ritual se adivina un pasado de penurias y recelos. Y agrega Pascarella: ‘La gran ciudad de calles dirigidas hacia el Oeste recibe en su seno aquella semilla que purificada en un ambiente de libertad (...) se reproducirá en su inmensidad desierta” (1).

En La gran aldea aparecen inmigrantes, vistos desde la perspectiva de un escritor que añora un pasado que no volverá. López compara a los tenderos de antaño con los del presente: “¡Y qué mozos! ¡Qué vendedores los de las tiendas de entonces! Cuán lejos están los tenderos franceses y españoles de hoy de tener la alcurnia y los méritos sociales de aquella juventud dorada, hija de la tierra, último vástago del aristocrático comercio al menudeo de la colonia” (2).

En la Bolsa de Comercio, Julián Martel encuentra “Promiscuidad de tipos y promiscuidad de idiomas. Aquí los sonidos ásperos como escupitajos del alemán, mezclándose impíamente a las dulces notas de la lengua italiana; allí los acentos viriles del inglés haciendo dúo con los chisporroteos maliciosos de la terminología criolla; del otro lado las monerías y suavidades del francés, respondiendo al ceceo susurrante de la rancia pronunciación española” (3).

Pedro Orgambide escribió la trilogía integrada por El arrabal del mundo, Hacer la América y Pura memoria (1984-1985). En Hacer la América (4), evoca a los inmigrantes que llegaban a nuestro puerto, alentados por la consigna que da título a la obra. Españoles, italianos, judíos, griegos, son los protagonistas de este relato que muestra la faceta más cruda del fenómeno social que conmovió al país al iniciarse el siglo XX. La novela narra sucesos acaecidos en las postrimerías del siglo XIX y en los primeros años de la centuria siguiente; sin embargo, mediante un recurso de ficción, el autor avanza en el tiempo hasta la década del 50. Los vaticinios de uno de los personajes permiten al novelista señalar una perspectiva, un desarrollo ulterior de los hechos que está describiendo como presente.
No obstante conformar un grupo social, los inmigrantes poseen características propias que los diferencian. Orgambide no presenta tipos –sociales o nacionales- sino individualidades con su personal manera de encarar la existencia. Algunos inmigrantes sólo cuentan con sus hombros y su fuerza como instrumento de trabajo; otros, en cambio, poseen una habilidad innata para moverse en el mundo de los negocios, habilidad que puede transformarse, en ciertos casos, en oportunismo e insensibilidad. La obra describe incidentes cotidianos, vistos desde la perspectiva del hombre que llega sin otro capital que sus ambiciones. El lenguaje, adaptándose perfectamente a la singular visión propuesta por el autor, nos permite adentrarnos más en esta novela que presenta una realidad harto diferente de la evocada por los aristocráticos hombres del 80.

En Una ciudad junto al río (5), Jorge E. Isaac evoca la inmigración que llegó a la Argentina. El Gobierno de Entre Ríos la declaró, por iniciativa del Consejo General de Educación, de lectura complementaria en las escuelas superiores de la provincia, a partir del séptimo grado, recomendando su utilización en la enseñanza.
La acción transcurre durante el año 1925. El protagonista describe el desembarco de italianos, alemanes, españoles, judíos y árabes, señalando las peculiares características de cada grupo. Acerca de los españoles, escribe: “llegan solos o en parejas. De ellos, más bien habría que decir: siguen llegando. Se muestran desenvueltos, casi altaneros como si –por razones históricas- aún se sintieran un tanto dueños del país, del que en verdad lo han sido. No son pocos los que traen dinero suficiente como para establecerse en ésta u otras ciudades, villas o poblaciones con algún negocio de comestibles –las más de las veces ‘por mayor’- que es una de sus actividades preferidas. Si hay algo que en mí más llame la atención es su manejo preciso del idioma. Se me antoja que, en ellos, lo recibo en estado de real pureza, sin la contaminación que aquí ya está sufriendo por la influencia de los italianos que parecieran confabularse todos para deformarlo”.

En Moira Sullivan (6), de Juan José Delaney, la protagonista escribe una carta fechada en 1932, en la que expresa:
“Debo decir que pese a que los hijos de Erín se jactan de haberse integrado con el resto de la población, la verdad no es exactamente así. Tienen sus propios colegios, sus propios templos y clubes, y quien comete la osadía de casarse con un “nap” (¿napolitano y por extensión italiano?) o con un “gushing” (derivado, probablemente, del verbo inglés to gush, que significa hablar con excesivo entusiasmo y que es un neologismo para aludir a los gallegos y también por extensión a los españoles), se aíslan o son lenta pero inexorablemente segregados. En verdad esto ocurre con casi todas las comunidades extranjeras que se han radicado acá: árabes, armenios, ucranios y, muy especialmente, judíos. Para no hablar de los británicos que a su injustificado desdén agregan cierto cinismo ancestral”.

Tínkele, bielorrusa sobreviviente de Auschwitz, es uno de los personajes de Hija del silencio, de Manuela Fngueret. A ella “Se le mezclan las historias con la suya. La llegada a Buenos Aires, el primer día de trabajo en la fábrica de camisetas a unas cuadras de la casa de sus primos. Allí emplean también a otras mujeres inmigrantes como ella: italianas, españolas o polacas, con las que casi no intercambian palabra en agotadoras jornadas de trabajo. Una Babel de rostros e idiomas” (7).

En La última carta de Pellegrini, de Gastón Pérez Izquierdo, escribe el protagonista: “La afluencia de inmigrantes seguía transformando la fisonomía física y social de la metrópoli con sus gritos, sus palabras mal pronunciadas, sus risas y sus nostalgias por la tierra dejada. En ese fragor positivista algunas pequeñas señales cada tanto advertían que éramos de carne y hueso y no estábamos en el Paraíso Terrenal. Las condiciones deficientes de alojamiento de los inmensos contingentes de extranjeros que desembarcaban pronto causaron una alarma general: un brote de cólera amenazaba con expandirse como epidemia y salirse de control. Para una ciudad que todavía guardaba en su memoria colectiva los horrores de la fiebre amarilla la noticia cayó como el anuncio de la llegada de los cuatro jinetes. El Presidente convocó de urgencia al gabinete y concurrí a la reunión para proponer medidas intrépidas, como las que se recordaban de los tiempos de la epidemia maldita” (8).

En Lunas eléctricas para las noches sin luna, escribe Belén Gache: “Al igual que Mirko y mis padres, han llegado a estas tierras personas provenientes de Hong Kong, de Túnez, de Madeira, de Angola y del Orinoco. Si uno juntara los nombres de todas ellas, seguro se formaría, a su vez, un océano, un gran océano de nombres” (9).

Notas
1. Garasa, Delfín Leocadio: La otra Buenos Aires. Paseos literarios por barrios y calles de la ciudad. Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1987.
2. López, Lucio V.: op. cit.
3. Martel, Julián: La Bolsa. Buenos Aires, Huemul, 1979.
4. Orgambide, Pedro: Hacer la América. Buenos Aires, Bruguera, 1984.
5. Isaac, Jorge E.: Una ciudad junto al río. Buenos Aires, Marymar, 1986.
6. Delaney, Juan José: Moira Sullivan. Buenos Aires, 1999.
7. Fingueret, Manuela: Hija del silencio. Buenos Aires, Planeta, 1999.
8. Pérez Izquierdo, Gastón: La última carta de Pellegrini. Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
9. Gache, Belén: Lunas eléctricas para las noches sin luna. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.


En novelas infantiles y juveniles

Gallegos

Stéfano, el protagonista de una de las novelas de María Teresa Andruetto, está alojado en el Hotel de Inmigrantes: “Cuando el sol baja, Pino y Stéfano salen a caminar por la ribera, hasta el muelle de los pescadores. Es la hora en que el organito pasa: lo arrastra un viejo de barba y gorra marinera que lleva un loro montado sobre el hombro. A veces, junto a las barcazas, se detienen a oír el mandolín que suena en una rueda y las canciones que cantan los hombres de mar. Pero no sólo hay italianos en el puerto. Ya el segundo día se habían hecho amigos, ni saben cómo, de unos gallegos que limpian pescado junto a la costa y van por la mañana a verlos, ayudan un poco, y regresan, los tres días siguientes, con algunas monedas” (1).

Cecilia Pisos es la autora de Como si no hubiera que cruzar el mar (2), novela con la que resultó Finalista del Premio Jaén de Narrativa Infantil y Juvenil (Alfaguara y Caja General de Ahorros de Granada), Granada, España, 2003 (3). En esa obra, “Carolina tiene doce años y viaja por primera vez sola en avión hacia Madrid, donde la espera su tío. La acompañan las cartas de María, su bisabuela, que también cruzó el mar sola, pero en barco y desde España hacia la Argentina. Aunque las épocas son muy distintas y las historias se cruzan, las vivencias se parecen mucho y esas cartas le sirven a Carolina para crecer y entender tantas cosas que le suceden en ese país tan distinto y a la vez tan similar al suyo. Cartas, relatos, canciones, chistes, charlas telefónicas, recetas de cocina y muchos otros géneros pueblan esta novela inteligente y emotiva, que atrapa página tras página” (4).
En una de las cartas, escribe la bisabuela María del Pilar, que dejó su Santa Cruz de Portas: “Buenos Aires es muy grande. Tiene ruidos y olores extraños y las voces que se escuchan son de muchas partes, así que todos hablan pero no creo que ninguno se entienda. A mí me cuesta: dos o tres veces tengo que intentar hasta que encuentro a alguien que me hable en español y a quien yo pueda preguntar por una calle o un sitio cualquiera”.

Notas
1 Andruetto, María Teresa: Stéfano. Buenos Aires, Sudamericana, 2001.
2 Pisos, Cecilia: Como si no hubiera que cruzar el mar. Ilustraciones: Eugenia Nobati. Buenos Aires, Alfaguara, 2004. 216 pp. (Serie azul).
3 S/F: “Datos biográficos”, en Imaginaria, 28 de septiembre de 2005.
4 S/F: en Pisos, Cecilia: Como si no hubiera que cruzar el mar. Ilustraciones: Eugenia Nobati. Buenos Aires, Alfaguara, 2004. 216 pp. (Serie azul).


Varios

Fernando de Querejazu publica El pequeño obispo (1), una novela “absolutamente autobiográfica, aunque parezca un disparate lo que ocurre allí”, surgida de “la necesidad de homenajear a mis padres, que eran admirables” (2).
El 10 de febrero de 1926 llegó a América el hidroavión Plus Ultra, piloteado por Ramón Franco, concretando así una proeza histórica. Ese mismo día, en un pueblo de inmigrantes de la provincia de Córdoba, veía la luz el protagonista de esta novela. Sus padres, de origen español, lo llamaron Fernando en homenaje a la isla Fernando de Noronha, en la que se produjo el aterrizaje. La evocación del escritor, que se inicia en la fecha de arribo del hidroavión, tiene como escenario el querido paisaje de Canals, provincia de Córdoba, donde “se vivía bien, atrayendo a las poblaciones cercanas, en un gran radio a la redonda, que buscaban los atractivos de este centro vitalizador”. En esta localidad, fundada por un naviero valenciano, no se conocían las desdichas; la naturaleza, pródiga, brindaba a los hombres todo lo necesario para ser felices. Su tesón y fe en el futuro de la nueva patria eran una fuerza vital y fecunda.

Notas
1 Querejazu, Fernando de: El pequeño obispo. Buenos Aires, Lumen, 1986.
2 Prebble, Carlos: “Fernando de Querejazu: la experiencia personal en la novela”, en El Tiempo, Azul, 30 de abril de 1988.

En cuentos

Andaluces

Francisco Montes es el autor de Leyendas y Aventuras de Alpujarreños. En “El desafío” relata que, para las fiestas patrias, se realizaba una competencia de doma. Esa vez, la ganó un andaluz de dieciséis años: “El domador con carita de extranjero, flaco, velludo y colorado, de ojos azules era el mismo que desde las Alpujarras había llegado con dos años de edad en la búsqueda de insondables destinos” (1).

En un cuento de Marta Lynch, “Chola, la hija del sastre, de la misma edad de Rosa, entró como si estuviera en su casa, con la pollera de volados de española en una mano y unas castañuelas alquiladas en la otra” (2).

Carmela, personaje de un cuento de María del Carmen García, era “una gitana como toda gitana, morena y habladora, activa y vigorosa, que criaba a sus siete hijos como si no le costara esfuerzo. La ropa siempre limpia y ordenada, la pieza pulcra donde no faltaba un altarcito para la Virgen del Rocío y una guitarra que a veces su Rafael sonaba con melancólicos rasguidos andaluces” (3).

Pierre Cottereau es el autor de “La abuela Augusta”, cuento en el que evoca un episodio de la ancianidad de un inmigrante andaluz. En los recuerdos del hombre, “Las mesetas se extienden hacia un horizonte claro, lejano; desde muy lejos llega el perfume de las manzanas en flor y los almendros son ramos blancos por doquier. Más allá, las praderas que bordean la ría están salpicadas de florecillas, desborda la primavera sobre toda Andalucía” (4).

En "La tierra del olvido", escribe Nisa Forti Glori: "Con tu Andalucía en la sangre a la que siempre quisiste conocer y no sé por qué no te decidiste puesto que los medios no te faltan, pero papi, claro, tiene su edad y siempre hay alguna razón en las familias... Bueno, el hecho es que de tanto verte armar patios y fuentes con cerámicas azules y amarillas y cancelas de hierro labrado, Laís y yo nos ilusionamos con una expedición al 'territorio de los antepasados' ".

Notas
1 Montes; Francisco: “El desafío”, en Leyendas y Aventuras de Alpujarreños, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera. 163 pp.
2 Lynch, Marta: “Entierro de Carnaval”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967. Pág. 129.
3 García, María del Carmen: “Ojos gitanos”, en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
4 Cottereau, Pierre: “La abuela Augusta”, en El Tiempo, Azul, 12 de octubre de 1997.


Asturianos

En “Carroza y reina”, cuento que da título al libro de Isidoro Blaisten premiado en el Concurso Literario de la Fundación Fortabat, aparece el asturiano Alvarez, mozo del café y bar El Aeroplano: “Los parroquianos empujan para llegar hasta las mesas del privilegio y arrastran al mozo, Alvarez el asturiano, el de los enormes pies, que se escurre entre los cuerpos con la bandeja en alto cargada de choppes, express y especiales de matambre que son la especialidad de la casa” (1).

María del Carmen García presenta, en el cuento al que nos referimos anteriormente (2), a unos asturianos: “Algún tiempo atrás habían llegado a Buenos Aires como otros tantos inmigrantes, esperanzados en un futuro sin miseria ni guerras. Primero llegó él; un año después ella. Ella era joven y bonita, pequeña y ágil en sus movimientos, alegre de carácter. El era alto y hosco, de hablar poco y trabajar mucho. Se habían conocido de niños en la aldea de Asturias en la que nacieron y se encontraron en Buenos Aires gracias a los oficios del padrino Manuel y como era de suponer se casaron en un septiembre lluvioso de 1910”.

Es asturiano un personaje de uno de los relatos de Hilel Resnizky: “En 1870 su abuelo, José Molinas, era el propietario de grandes estancias, de casas de comercio, e incluso de buqyes y astilleros en la Patagonia. En 1870 apareció un judío ruso, Jacobo Alter Grun, quien se convirtió y casó a su hijo Marcos con la hija de Molinas (...) -El viejo José Molinas era testarudo y, para decirte la verdad, tacaño. Por muchos años alejó de sí a su yerno judío, enfrentándose con el rencor de su hija. Al final se rindió y lo hizo socio. Molinas & Grun. ‘San Jacobo’. Así llamó Marcos Grun a la estancia que compró en Santa Cruz, en recuerdo de su padre” (3).

Notas
1 Blaisten, Isidoro: “Carroza y reina”, en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986.
2 García, María del Carmen: “Ojos gitanos”, en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
3 Resnizky, Hilel: Puentes de papel. Buenos Aires, Milá, 2004.


Baleares

En “La niña de Ibiza” (1), Jorge Alberto Reale refleja la emigración y la nostalgia de una familia oriunda de esa localidad: “Esta historia comenzó un poco antes de la Guerra Civil Española del Año 36, en la baleárica isla de Ibiza, que es cuando los Ramallets decidieron abandonar su terruño y emigrar a Sud América. Fue así que un día del mes de febrero del año siguiente recalaron en Buenos Aires. No conocían a nadie. Estaban solos. Debían comenzar de nuevo. Primero se alojaron en el Hotel de Inmigrantes, después en otros albergues aún menos confortables hasta que Don Diego, el padre, consiguió un empleo remunerado y una casa” (1).

Notas
1 Reale, Jorge Alberto: “La niña de Ibiza”, en el grillo, N° 42, Noviembre-Diciembre 2005.


Castellanos

En “Fuera de juego”, cuento de Horacio Vaccari, el hijo de un italiano zapatero habla a su padre muerto: “Cuando conocí a Julia, tardé meses en explicarle cómo era mi familia y dónde vivía yo. A ella nada pareció importarle. Me presentó a los suyos. Su padre era dueño de una confitería del centro, un local deslumbrante de luces. Hablaba un español rotundo, aprendido en su pueblo castellano. Me apabullaba su seguridad. Lo sentí tan superior, que no supe explicarle cómo era usted” (1).

Notas
1. Vaccari, Horacio: “Fuera de juego”, en Cuentos elegidos. Buenos Aires, Troquel, 1978. 138 pp.


Catalanes

H. Bustos Domecq es el seudónimo con el que firmaban Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares algunas obras escritas en conjunto. En uno de estos textos, que se titula “Las noches de Goliadkin”, un personaje expresa: “-Comparto su aversión a la radio. Como siempre me decía Margarita -Margarita Xirgu, usted sabe- los artistas, los que llevamos las tablas en la sangre, necesitamos el calor del público. El micrófono es frío, contra natura. Yo mismo, ante ese artefacto indeseable, he sentido que perdía la comunión con mi público” (1).

En “Las señoritas de la noche”, Marta Lynch presenta un almacenero catalán: “El almacenero arreció en su reyerta milagrosa, recrudeció en los gritos y en los golpes con su férrea y antigua furia de anarquista; los vecinos oían ahora incomprensibles vocablos catalanes y su recia decisión de no dejar al cura aquel que hiciera un marica de su hijo. La cabra, esa piojosa de almacén, su mujer que seguía siendo linda todavía pasó a un segundo plano. Por una vez en la vida, marido y mujer concordaron en mortificar al chico tapado hasta la cabeza en su diván cama, detrás del tabique, en la pieza, junto al gallinero. Ahora gritaban los dos en cada ocasión en que se establecía una tregua y gritaban contra el catecismo, contra el cura piojoso y contra todos los curas del mundo. Porque era preferible haber ahogado a Arturo antes de nacer que verlo convertido en una rata de la iglesia” (2).

Patricio Pron, escritor santafesino, es el autor de “La espera”. El protagonista “era porteño. Había nacido allá por 1908 en La Boca, en el Hotel de Inmigrantes, un día de lluvias frías. Sus padres, llegados hacia días de Cataluña, le habían transmitido casi sin saberlo esa sensación de ya no pertenecer a ninguna parte, ni a Cataluña ni a Buenos Aires”. El padre muere a poco de llegar a la Argentina. El hijo pregunta por qué murió. “ ‘Porque sus ojos estaban acostumbrados a mirar el cielo azul de Cataluña’ le dijo su madre, y a Juan Vera le bastó esa mentira para confirmarse, sereno, que Dios lo había olvidado” (3).

Notas
1 Bustos Domecq, H. (Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares): “Las noches de Goliadkin”, en H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selecc. de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
2 Lynch, Marta: “Las señoritas de la noche”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967.
3 Pron. Patricio: “La espera”, en De manos abiertas... Cuentos por adolescentes. Buenos Aires, Tu Llave, 1992.


Gallegos

Relata el narrador, en “El convite de Barrientos”, texto de Santiago Estrada de 1889: “Pero todo lo que llevo referido habría sido tortas y pan pintado, si el portero de mi alojamiento, desconociéndome la voz y tomándola entre sueños por la de un pariente que acababa de morir en El Ferrol, no se hubiera negado a abrirme la puerta, conjurándome a que, ánima en pena, volviera al sitio de donde había salido, en la seguridad de que en cuanto amaneciera daría de limosna a un pobre los cuartos que me adeudaba al embarcarse para América” (1).

En “Departamento para familias”, cuento incluido en el volumen Pasos del gran bailarín, el sevillano Guillermo Guerrero Estrella presenta a Inés, una criada gallega (2).

Enrique Méndez Calzada incluye, entre los personajes de su “Cuento de Navidad”, a un ordenanza, “el leal Lavandeira”, quien “extrajo de su vieja maleta de inmigrante un haz de folletines amarillecidos ya por el tiempo y corcusidos con hilo negro en su margen izquierdo, a guisa de doméstica encuadernación. Se trataba, según pude observar, de El judío errante, pacientemente coleccionado, y recortado de las hojas de El Heraldo de Madrid, periódico que publicó en folletín esa lata inmortal hace cosa de doce o catorce años” (3).

En “La Casa Cerrada 1807”, de Manuel Mujica Láinez, el protagonista escribe una carta a un sacerdote, en la que manifiesta: “La circunstancia de haber nacido en Orense, aunque mis padres me trajeron a Buenos Aires cuando empezaba a caminar, hizo que después de la primera invasión inglesa me incorporara al Tercio de Galicia. Intervine con esas fuerzas en acontecimientos que ahora, tantos años después, su osadía torna mitológicos” (4).

“Juan José Saer, en “Verde y negro”, cuento incluido en Unidad de lugar, Saer escribe: “Eran como la una y media de la mañana, en pleno enero, y como el Gallego cierra el café a la una en punto, sea invierno o verano, yo me iba para mi casa, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, caminando despacio y silbando bajito bajo los árboles. Era sábado y al otro día no laburaba” (5).

En “El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, Héctor Tizón presenta un cura gallego: “El cura comienza a pasearse despaciosamente por el salón. Está pensativo, cabizbajo y dice por ahí (sólo el Capataz y el Turco pueden escucharlo, los otros no están en este momento) aludiendo quizás a su pobreza: -Me ha tocado una parroquia estéril como una mula. Y poblada de locos” (6).

En “El Antonio”, cuento incluido en La manifestación, Jorge Asís escribe: “Cómo no recordarlo, cómo olvidar los picados en las calles, y de la gallega neurótica que no daba la pelota cuando caía en su casa, o la devolvía cortada, y los piedrazos que caían de noche en su techo de chapa” (7).

A un personaje de Marta Lynch, “una rabia sorda, tan feroz como sus oscuros orígenes de india y de gallego la espantó de la prefabricada donde José dormía su mona cotidiana” (8).

Cuando “Doña Conce”, la gallega del cuento de Jorge Dietsch, ve que se acerca su fin, pide sus zapatos, “e incorporándose en la cama, comenzó a bailar. Bailaba para adentro, se veía en la mirada y la sonrisa, con una gracia joven y movimientos que debían ser de tal agilidad que en la habitación entró un viento fresco de montañas, con olores de campo y de menta. Tarareaba al mismo tiempo una música tan extraña y bella que quienes escuchaban, a pesar de la gravedad de las circunstancias, no pudieron evitar acompañarla con movimientos de pies. Luego, agotada de tanta danza, apoyó la cabeza en la almohada, respiró profundo varias veces, y cerró los ojos sin dejar la sonrisa, como soñando un buen sueño” (9).

Elsa Gervasi de Pérez es la autora de “Carta a Galicia” (10), texto que mereció una Mención en el Certamen que el Rotary Club de Ramos Mejía organizó en el año 1994. Así empieza la carta: “Meus quiridos pai y miña nai Lorenzos. Y les dijo Lorenzos quirido pai prablar poco ya que usté y miña nai se llaman ijual y no es cosa dandar ripitiendo dos veces los nombres dustedes. Les escribo para dicirles que hemos llejado bien a la Arjintina. Nos acompañó la soerte a la Paca y a mí y a nuestra rapaza la Paquita”.

El protagonista de “Esperanza”, de Santiago Korovsky, “Con la gente del conventillo se había ido encariñando, había cinco polacos, una pareja de gallegos, una pareja de judíos con un hijo, tres italianos y dos alemanes. Era gente humilde, cariñosa, generosa y solidaria. Algunos habían probado suerte como él, pero, también, habían perdido” (11).

En “Los amigos”, escribe Natalia Kohen, acerca de su personaje José Manolo Pérez Ortigueiras: “También Pepe consiguió su media naranja, pero no por medio de la agencia, que le parecía onerosa. Se había propuesto no gastar una sola peseta (como diría su padre) en este trámite, ni al contado, ni en cuotas. Recordó la época en que de adolescente había sido repartidor de ‘Al pan crocante’. En una de las casas adonde llevaba diariamente pan y facturas, trabajaba Amparito, una galleguita recién llegada –de un lugar de Galicia que nadie pudo encontrar jamás en el mapa- donde ella había sido la reina de las romerías” (12).

Escribì mi cuento “Volver a Galicia”, basàndome en una anécdota familiar. Acerca de esta mujer, digo: “Hasta que no lograra pisar esa tierra, nada tendría valor para ella, porque le faltaba su punto de partida, el origen que la había llevado a ser quien era” (13).
En “Un cielo para el gallego” (14), evoco los últimos días de mi abuelo materno. El cuento fue distinguido con una Mención Especial en el Concurso de Literatura convocado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Capital Federal, en noviembre de 1999. Integraron el Jurado María Angélica Bosco, Eduardo Gudiño Kieffer y Jorge Masciángioli.
Antonio González, nacido en Lugo en marzo de 1890, protagoniza “El regreso del indiano” (15), cuento en el que inventé para mi abuelo paterno una vida más feliz que la que realmente tuvo. Este cuento fue distinguido con una Mención del Jurado en el Concurso de Literatura convocado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de la Capital Federal, en noviembre de 1999. Integraron el Jurado María Angélica Bosco, Eduardo Gudiño Kieffer y Jorge Masciángioli.

En “La aventura olvidada de Sandokan”, María Rosa Lojo escribe acerca de la relación entre Sandokan y una inmigrante gallega, en Buenos Aires: “Ninguno, tampoco, sentía ni hacía sentir de tal manera el dolor de la patria distante. En nada se asemejaban las intrincadas selvas de Borneo, el húmedo árbol del pan y el gigantesco sicomoro, a las sobrias castiñeiras y los ásperos pinares de los montes gallegos. (...) Pero la nostalgia por lo amado y lo perdido era la misma” (16).

En “El residente”, de Teresa C. Freda, aparece una gallega, “pobre y santa enfermera, medio bruta pero buenaza” (17).

“El Orensano” protagoniza “Se abrió el cielo”, de Jorge Alberto Reale. El inmigrante “es de Orense el pueblo de la chispa y los dulces arpegios. Enjuto, desdentado, recóndito. El pobre está un poco arqueado, su cara afilada, parece disecarse. Nadie sabe si tiene familia. Cuando se lo indaga, dice con orgullo: -Soy descendiente de Rosalía de Castro-, más aún, afirma, ser de cuna noble, dijéramos de escudos y blasones, no solamente porque se lo crea buena persona. Dice de paso y por lo bajo: -Ser bueno no quiere decir ser inofensivo, la bondad sin talento no vale nada. Y así va, así viene y así pasa con su anticuada armadura, entre esmeriles y calderones. Es todo uno con algo de músico y filósofo trashumante” (18).

En “El sueño de Dyusepo”, de Luis León, se hace referencia a un inmigrante que tenía un horno en el fondo de su casa; “Un antiguo horno de ladrillos, lleno de pequeñas puertas de hierro ya oxidadas, donde un gallego muerto al llegar el siglo, hacía pan para vender” (19).

Notas
1 Estrada, Santiago: “El convite de Barrientos”, en Varios autores: 20 relatos argentinos. 1838-1887. Selección y prólogo de Antonio Pagés Larraya. Ilustraciones en colores de Horacio Butler. Buenos Aires, Eudeba, 1969.
2. Guerrero Estrella, Guillermo: “Departamento para familias”, en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione.Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3. Méndez Calzada, Enrique: “Cuento de Navidad”, en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Sel. y pról. de Eduardo Romano, notas de Alberto Ascione. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
4. Mujica Láinez, Manuel: “La casa cerrada 1807”, en Misteriosa Buenos Aires. Buenos Aires, Sudamericana, 1977. Séptima Edición. (Colección Piragua). Pp. 184-5.
5. Saer, Juan José: “Verde y negro”, en J. J. Hernández, H. Tizón, Isidoro Blaisten y otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Selección, prólogo y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
6. Tizón, Héctor: ““El mundo, una vieja caja de música que tiene que cantar”, en J. J. Hernández, H. Tizón, Isidoro Blaisten y otros: El cuento argentino 1959-1970** antología. Selección, prólogo y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
7. Asís, Jorge: “El Antonio”, en A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros: El cuento argentino 1959-1970* antología. Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz (sel., pról. y notas). Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
8. Lynch, Marta: “Entierro de Carnaval”, en Los cuentos tristes. Buenos Aires, CEAL, 1967. Pág. 129.
9. Dietsch, Jorge: “Doña Conce o la despedida”, en El Tiempo, Azul, 14 de marzo de 1999.
10. Gervasi de Pérez, Elsa: “Carta a Galicia”, en Rotary Club de Ramos Mejía. Comité de Cultura. Buenos Aires, 1994.
11. Korovsky, Santiago: “Esperanza”, en “Bienvenidos al Concurso Literario 1997”, El Jardín de la Esquina / Aequalis.
12. Kohen, Natalia: “Los amigos”, en Todas las máscaras. Buenos Aires, Temas, 1997.
13. González Rouco, María: “Volver a Galicia”, en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998.
14. González Rouco, María: “Un cielo para el gallego”, en Josefina en el retrato. Buenos Aires, el grillo, 1998.
15. González Rouco, María: “El regreso del indiano”, en El Tiempo, Azul, 16 de enero de 2005.
16. Lojo, María Rosa: “La aventura olvidada de Sandokan”. Publicado en la revista SIBILA, 12, Revista de Arte, Música y Literatura, Sevilla, Abril 2003, pp. 43-47.
17. Freda, Teresa C.: “El residente”, en El Tiempo, Azul, 26 de junio de 2002.
18. Reale, Jorge Alberto: “Se abrió el cielo”, en el grillo, N° 36, Noviembre-Diciembre 2003.
19. León, Luis: “El sueño de Dyusepo”, en León, Luis et al.: Rostros de una identidad. Relatos premiados del Concurso Internacional de Cuentos de Temática Judía. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004. 96 pp.


Madrileños

En “Invocaciones a la dama del espejo”, de María Rosa Lojo, un personaje escribe sobre su madre: “Erase una vez una reina, venida de un lejano país a otro caído en el extremo del mundo, casi allí donde empiezan los grandes hielos. Era orgullosa y nostálgica, y la devoraba el temor secreto de haber perdido su rostro verdadero. Para eso se miraba todos los días en el gran espejo de su cuarto regio, para reconocerse. En realidad –desdichada reina-, ella nunca supo cuál era ese rostro suyo buscado y preservado y lo que con tanto afán perseguía, lo quiso en vano” (1).

Notas
1 Lojo, María Rosa: “Invocaciones a la dama del espejo”, en el grillo, N° 41, Julio-Agosto de 2005.


Vascos

En “La pesquisa” (1), de Paul Groussac, aparece una sirvienta vasca. La mujer es descripta por el empleado de correo: “joven aún, vestida como sirvienta y de aspecto extranjero, había retirado una carta, exhibiendo un pasaporte español a su mismo nombre”.

En “El Hombrecito” (2), escribe Benito Lynch: “A fuerza de transpirado y jadeante, Bustingorri casi no habla, y recuerda, por su aspecto, a un gran buey cansino y sudoroso volviendo del trabajo”.

En “Una conversación interesante”, de Conrado Nalé Roxlo, uno de los personajes se refiere a un turco que se va a casar, y afirma que un vasco piensa frustrar ese matrimonio: “creo que se le va a aguar la fiesta porque el vasco Indurrimendi se ha enterado de que Flores es casado en Turquía y, como usted sabe que tienen rivalidad por los negocios, ha dado parte al comisario y al registro civil y hasta creo que les ha mandado el pasaje a las esposas turcas del turco para que se presenten el día del casamiento y armen un escándalo. Si vienen todas va a ser divertido” (3).

En “Hotel Comercio”, Bernardo Kordon presenta un comerciante vasco: “Efraín Gutiérrez, el dueño de ‘El Vasquito’ ” (4).

En "El fin", por Jorge Luis Borges, aparece Recabarren, el pulpero, acerca del que afirma el narrador: "A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América" (5).

En “Los trotadores”, de Elías Carpena, dice uno de los personajes: “-¡Mire, patrón: de los troteadores que ahí, en la Coronel Roca, corrieron el domingo, ni los que corrieron antes, le hacen ninguna mella... : ni siquiera el del vasco Estévez, que ganó sobrándose por el tiro largo, ni el de la cochería Tarulla, que ganó con el oscuro a la paleta! ¡Usted tiene el oro y lo confunde con el cobre!” (6).

Es vasco un personaje de “Mundo, mundo” (7), de Cristina Siscar.

En Los viejos cuentos de la tía Maggie (Una irlandesa anida en las pampas), Susana Dillon evoca al tío Pancho, el vasco criador de caballos de carrera, casado con la irlandesa (8).

En “La fotografía”, Celia Matilde Caballero relata que un vasco logra ingresar a la foto en la que estaban su esposa y sus hijos (9).

En la provincia de Buenos Aires se afinca el protagonista de un cuento de Arturo M. García: “Don Javier Echegaray y Tarragona, oriundo de San Sebastián en el país vasco y como su nación, fuerte de temperamento, férrea voluntad, constante en el trabajo y perseverante en sus ideas había llegado a la Argentina a los doce años con unas ansias inconmensurables de hacerse la América. Recaló en Buenos Aires, pero la ciudad que crecía no le brindaba muchas ilusiones y esperanzas, eran los resabios de la generación del 80 con su crisis económica, financiera y social y Javier evocando las praderas vascuences y las montañas pirenaicas, solo, se exilió de nuevo. Viajaba como linyera en trenes de carga hacia el Sur, comenzó a admirar las extensas pampas, se asombraba contemplando la cantidad de ganado pastando a la vera de los rieles del ferrocarril, asentándose por fin como peón en las regiones de Pigüé, Coronel Suárez y Saavedra. Trabajó mucho y fuerte, ahorró dinero y junto con las pocas pesetas que le mandaban los tíos desde la patria, fue haciendo un capital que le permitió comprar primero unas pocas hectáreas, luego más terrenos, una granja después y por fin una estancia en la zona de Tornquist” (10).

Arturo M. García relata, en “Ella eligió así”, lo sucedido a Raquel Amanda Olascoaga, hija de vascos tomada cautiva por Biguá, con quien pidió contraer matrimonio cristiano, rehusando volver a la sociedad. Cuando la llevaron los indios, ella era una “mujer de treinta años de edad, dama de recio temple y extraordinaria hermosura, hija única de un matrimonio de origen vasco, que después de haber habitado muchos años en el Río de la Plata, donde cosecharon una ingente fortuna a través de negocios de importación de bebidas espirituosas, traídas de Europa, se volvieron a su país natal, dejando a su hija ya madura, al frente de sus casas en Buenos Aires y Montevideo” (11).

En "El comisario Gorra Colorada", de Alberto E. Azcona, relata uno de los personajes:
"Yo fuí amigo también del comisario 'Gorra Colorada'. Lo conocí en la batalla de La Verde, era alsinista como yo. En esa ocasión éramos menos, pero nos salvaron los rémington, y además el coronel Arias colocó a la tropa muy bien protegida en el monte de la estancia. Una noche, mientras comíamos un asado a la orilla de la laguna, me contó este vasco Aldaz, que en Navarra durante las 'carlistadas', estuvo preso en setenta y dos cárceles. Consiguió escapar y llegar a la Argentina, donde peleó contra López Jordán".
'Después -continuó el dueño de casa- se hizo famoso en toda la Provincia de Buenos Aires. Lo llamaban 'Gorra Colorada', no sé si por la 'chapela gorri' de los carlistas, por el distintivo de los conservadores, o porque en aquella época el quepis colorado formaba parte del uniforme de los comisarios'.
Sorbió el mate meditativamente, y continuó: 'Limpió todo el sur de la Provincia de vagos y criminales, y una vez él solo atropelló a facón al 'Tigre del Quequén, un tal Felipe Pachecho, que debía catorce muertes. Lo desarmó y lo ató'.
'Sí, -concluyó mirando más allá de las glicinas-, fuimos muy amigos con Luis Aldaz. Era un hombre de esos antiguos, muy capaz y, sobre todo, de pocas palabras...' " (12).

Notas
1 Groussac, Paul: “La pesquisa”, en H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selecc. de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
2 Lynch, Benito: “El hombrecito”, en Lynch, Benito: Cuentos. Selección, prólogo y notas por Ana Bruzzone. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo, vol. 70).
3 Chamico (Conrado Nalé Roxlo): El muerto profesional. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
4 Kordon, Bernardo: “Hotel Comercio”, en R. Arlt, J. L. Borges y otros: El cuento argentino 1930-1959*** antología. Selección y prólogo de Eduardo Romano, notas de Marta Bustos. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
5 Borges, Jorge Luis: "El fin", en Ficciones. Buenos Aires, Emecé, 1944.
6 Carpena, Elías: Los trotadores. Buenos Aires, Huemul, 1973.
7 Siscar, Cristina: “Mundo, mundo”, en Reescrito en la bruma. Buenos Aires, Per Abbat, 1987.
8 Dillon, Susana: Los viejos cuentos de la tía Maggie (Una irlandesa anida en las pampas). Ilustración de tapa e interiores: Angel Vieyra. Río Cuarto, Córdoba, Universidad Nacional de Río Cuarto, 1997. 91 páginas.
9 Caballero, Celia Matilde: “La fotografía”, en Fantasía y amor. Buenos Aires, Ediciones Arlequín de San Telmo, 1998.
10 García, Arturo: “El cóctel”, en el grillo N° 22. Buenos Aires, 1999.
11 García, Arturo M.: “Ella eligió así”, en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte El tema es la libertad, N° 18, 2004.
12 Texto inédito

Sin mención de origen

En “La pesquisa” (1), de Paul Groussac, aparece un español que había logrado un buen pasar: “La señora de C., viuda de un comerciante español, después de liquidar la sucesión había colocado en diferentes bancos el importe de su modesta fortuna, para retirarse a aquella casita-quinta de su propiedad”.

Ante la posibilidad de que su hija se case con un cristiano, dice a la joven el protagonista de “Mate amargo”, de Samuel Glusberg: “-Es imposible. No se van a entender. En la primera pelea –y son inevitables las primeras peleas- él a manera de insulto, te llamará judía, y tú le gritarás cabeza de goi. Y puede que hasta se burle de cómo tu padre dice ‘noive’... él, que ha oído decir siempre al suyo: ‘Madriz’ “ (2).

En “El hombre de la radio a transistores”, cuento incluido en El yugo y la marcha, Andrés Rivera relata que al restorán Aguila llegó El Español: “A las ocho menos cuarto de la noche de ese martes se levantaron las persianas del restorán; se prendieron las luces; llameó, pálida, la pantalla del televisor. A la ocho y media llegó El Español. Era fuerte y alto, la nuca rapada en una cabeza pequeña; los ojos verdes, estrechos, jóvenes. La piel del rostro, quemada por el sol, tenía un color rojizo, vestía overall y saco, camisa de algodón, oscura, boina y borceguíes. Saludó a Pichón y a otros amigos desparramados por el local, y se sentó cerca del mostrador” (3).

En “Historia de José Montilla”, Fernando Sorrentino da vida a un tendero inmigrante: “don José Montilla era, pues, un próspero comerciante español. No era panadero, no era almacenero, no atendía una casa de comidas: queden esos menesteres para los compatriotas de Galicia. En donde mostró escasa originalidad fue en el nombre que eligió para su tienda: Al Caballero Elegante. Aunque en realidad no sé si lo eligió don José o el comercio ya se llamaba así antes de que él lo comprara. Era un local profundo y ancho: brillaban las largas maderas de los pisos y brillaban las olorosas maderas de los cajones y de las estanterías, y brillaban los metales de manijas y llaves y esquineros, y brillaban los cristales y los espejos. «Todo para el caballero elegante»: medias, ropa interior, camisas, corbatas, trajes, sobretodos, sombreros, cinturones, tiradores, billeteras” (4).

Para conjurar la nostalgia, algunos inmigrantes traen de su tierra algo que les resulta especialmente querido: un retrato, un mantón, fotos... O el olivo que la española plantó en el fondo de su casa, en el cuento “Don Paulino”, de Marita Minellono (5).

En “El encuentro”, de Jonatan Gastón Nakache, encontramos un mozo español. (6).

El protagonista de “La foto”, de Alicia Pombar de Tourón, es un descendiente de hispanos: “Se llamaba Juan Carlos, era argentino, porteño, y había nacido en Versalles (...) Era nieto de inmigrantes españoles, agricultores por parte paterna, que buscaron alejar a sus hijos mayores de la guerra, y dejaron sus campos soñando volver. Su padre, uno de los menores, no compartía ese sueño. Había hecho de Argentina su patria y, pese a que desde los catorce años tuvo que empezar a trabajar para ayudar a sus padres, se convirtió en un autodidacta, esforzado por inculcar en sus hijos el apego por el estudio” (7).

Notas
1 Groussac, Paul: “La pesquisa”, en H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selección, Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
2 Glusber, Samuel (“Enrique Espinoza”): “Mate amargo”, en La levita gris. Cuentos judíos de ambiente porteño. Buenos Aires, BABEL.
3 Rivera, Andrés: “El hombre de la radio a transistores”, en A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros: El cuento argentino 1959-1970* antología. Selección, prólogo y notas del Seminario Crítica Literaria Raúl Scalabrini Ortiz. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo).
4 Sorrentino, Fernando: “Historia de José Montilla”, en www.badosa.com.
5 Minellono, Marita: “Don Paulino”, en Reunión. Buenos Aires, Corregidor.
6 Nakache, Jonatan Gastón: “El encuentro”, en Escritura Joven III Concurso Literario para Jóvenes “Clara Kliksberg”. Buenos Aires, Milá.
7 Pombar de Tourón, Alicia: “La foto”, en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte El tema es la libertad, N° 18, 2004.

Españoles y otros

El protagonista de “Unisex”, de Francisco Montes expresa: “Yo, Tufic Farjat Gurruchaga (hijo de libanés y catalana) funcionario municipal de la noble San Luis de la Punta de los Dos Venados, mercedino de nacimiento, categoría 22 en el escalafón municipal, con tres años de filosofía (que no me sirven para nada) y tres de francés en la Alianza Francesa (que de algo me sirven ahora), tomé la excursión a Europa con mi mujer y dos parientes, antes de jubilarme y quedar anclado por secula seculorun” (1).

En “El hijo de Butch Cassidy”, escribe Osvaldo Soriano: “La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido” (2).

Notas
1. Montes, Francisco: “Unisex”, en Unisex. Buenos Aires, Bruguera.
2. Soriano, Osvaldo: “El hijo de Butch Cassidy”, publicado originalmente en el diario Página/12, forma parte de "Cuentos de los años felices", Editorial Sudamericana, 1993. Incluido en Letrópolis (www.letropolis.com.ar), Diciembre de 2006.


En cuentos infantiles y juveniles

Catalanes

Había catalanes entre los personajes de “No hagan olas”, de Elsa Bornemann: “En aquel conventillo de Buenos Aires, cercano al puerto y donde vivían hace muchos años, los inquilinos argentinos tenían la costumbre de poner apodos a los extranjeros que –también- alquilaban alguna pieza allí. No eran nada originales los motes, y errados la mayoría de las veces, ya que –para inventarlos- se basaban en el supuesto país o región de procedencia de cada uno. Tan supuesto que –así, por ejemplo- don José era llamado ‘el Ruso’, aunque hubiera nacido en Ucrania... A Sabadell, Berenguer y sus esposas les decían ‘los gallegos’, si bien habían llegado de Barcelona sin siquiera pisar Galicia... Apodaban ‘los turcos’ al matrimonio de sirilibaneses; ‘los tanos’, a la pareja de jóvenes italianos de Piamonte que jamás habían conocido Nápoles e –invariablemente- ‘el Chino’, a cualquier japonés que diera en fijar allí su transitorio domicilio. Sin embargo, podríamos deducir un poco más de conocimientos geográficos, de información y hasta cierto trabajo imaginativo por parte de aquellos pensionistas argentinos, de acuerdo con los sobrenombres que les habían adjudicado a la dueña de la casona y a su hijo. Ambos eran griegos. Por lo tanto ‘la Homera’ y ‘el Homerito’, en clara alusión al autor de La Ilíada y La Odisea, el genial Homero. Por supuesto, a todas las criaturas que habitaban esa construcción tipo ‘chorizo’ (cuartos en hilera, cocina y bañitos ídem, abiertos a ambos lados de un patio), los `rebautizaban’ con los mismos motes que sus padres, sólo que en diminutivo” (1).

Notas
1 Bornemann, Elsa: No hagan olas (Segundo pavotario ilustrado. 12 cuentos). Ilustraciones: O´Kif. Buenos Aires, Alfaguara, 1998.

Gallegos

Elena Guimil es la autora de “Mi búho” (1), uno de los seis relatos del Premio La Nación 1999 de Cuento Infantil. En ese relato, la escritora recuerda la oportunidad en que su padre, “un gallego fornido” le trajo un pichón. Acerca del texto premiado, afirma la autora: “Este cuento nació en un momento muy especial de mi vida, donde los recuerdos de la niñez se hacen vívidos, provocados por un hecho sutil: encontrarme de frente con los grandes ojos amarillos de un pichón de lechucita, parado en un alambre de un camino de tierra rumbo a un campo”.

Notas

 

1 Guimil, Elena: “Mi búho”,
en El desafío. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.


En poesía

Andaluces

En su poema “En el patio”, Evaristo Carriego elogia a una inmigrante de este origen:

Me gusta verte así, bajo la parra,
resguardada del sol de mediodía,
risueñamente audaz, gentil, bizarra,
como una evocación de Andalucía.

Con olor a salud en tu belleza,
que envuelves en exóticos vestidos,
roja de clavelones la cabeza
y leyendo novelas de bandidos.

Notas
1 Carriego, Evaristo: “En el patio”, fragmento incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo). Pág- 53.


Asturianos

En “Los pájaros ciegos” (1), escribe José Portogalo:

Junto a un charco de sangre estaba yo,
Juan Pérez, asturiano, profesión panadero,
veinte años de Argentina, con tres hijos,
un río de esperanza entre mis manos,
el corazón del mundo en mi garganta
y una copla en mi pecho.

La primavera, ciega, se amontonó en mi sangre.
Desde entonces mi copla perdura entre los pájaros.

Notas
1 Portogalo, José: “Los pájaros ciegos” (Fragmento), en Portogalo, José: Los pájaros ciegos y otros poemas. Selección: José Portogalo. Prólogo: Josefina Mercado Longhi. Buenos Aires, CEAL, 1982. Pág. 72. (Capítulo, Vol. 132).

Cántabros

A su abuela española canta Baldomero Fernández Moreno, en “Inicial de oro”:

“Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,
pero el primer recuerdo nítido de mi infancia
es éste: una mañana de oro y de neblina,
un camino muy blanco y una calesa rancia.

Luego un portal oscuro de caduca arrogancia
y una abuelita toda temblona y pueblerina,
que me deja en la cara una agreste fragancia
y me dice: -¡El mi nieto, que caruca más fina!-

Y me llenó las manos de castañas y nueces,
el alma de leyendas, el corazón de preces,
y los labios recientes de un divino parlar.

Un parlar montañés de viejecita bruja
que narra una conseja mientras mueve la aguja.
El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar (1).


El poeta y ensayista César Fernández Moreno es el autor del poema “Argentino hasta la muerte”, en el que se refiere a su condición de descendiente de españoles:

a buenos aires la fundaron dos veces
a mí me fundaron dieciséis
ustedes han visto cuántos tatarabuelos tiene uno
yo acuso siete españoles seis criollos y tres franceses
el partido termina así
combinado hispanoargentino 13 franceses 3
suerte que los franceses en principe son franceses
si no que haría yo tan español (2).

Notas
1 Fernández Moreno, Baldomero: “Inicial de oro”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2 Fernández Moreno, César: “Argentino hasta la muerte”, en L. Lugones, B. Fernández Moreno, R. Molinari y otros: La poesía argentina. Antología, prólogo y notas por Alberto M. Perrone. Buenos Aires, CEAL, 1979. (Capítulo).


Castellanos

En “Regreso”, Rubén Benítez canta a su madre española:

Nuestra madre,
la pobre exclamaría
Has vuelto muy cambiado
como si fueras otro.
Jamás serás el mismo
que se ha ido.
Naciste con silencio
de abismo
en tu costado
y cuando te mecía
velaba ya en tu piel la indiferencia.
Tu cuna ya era un barco
de mares demorados
y de ausencias.

Pobre madre,
portaba en su mirada
distante y abatida
la luz del desencanto
triste flor de su tierra prometida (1).

Notas
1 Benítez, Rubén: “Regreso”, en La Nueva Provincia, Bahía Blanca, 3 de septiembre de 1998.


Gallegos

Federico García Lorca es el autor de la Cantiga do neno da tenda (1), que dice así:

Bos Aires ten unha gaita
Sobro do Río da Prata,
Que toca o vento do norde
Coa súa gris boca mollada.
¡Triste Ramón de Sismundi!
Aló, na rúa Esmeralda,
Basoira que te basoira
Polvo d’estantes e caixas.
Ao longo das rúas infindas
Os galegos paseiaban
Soñando un val imposibel
Na verda riba da pampa.


Dice Vacarezza en un conocido soneto (2):

La escena representa un conventillo.
Personajes: un grébano amarrete,
un gallego que en todo se entromete,
dos guapos, una paica y un vivillo.

En “El espiante” (3), escribe Bartolomé R. Aprile:

Se junaban con bronca las viejabas
-gaitas tolas, cabreras por un cuento-
y se fajaban a lo potro biabas
al lado ‘e la pileta del convento

Una decía: -¡Se le van las tabas
a ese reo por m’hija de contento!-
Otra decía: -¡Se le caen las babas
a esa lora por m’ hijo y le da vento!-

Se fajaban de nuevo: el amasijo
para los ‘cosos’ era espiant’en fija
hacia el nido de amor que cabuliaron.

Y al gritar una: -¡M’hija nos pa su hijo
y la otra: -¡Qué más quisiera su hija!
los chingolos el vuelo levantaron.


Arturo Capdevila escribió su Canto Gallego para rendir “...Homenaje a tantos y tantos gallegos de ejemplares virtudes como cruzaron el Océano para ser fundadores de dignísimas familias en mi patria argentina.”. (4).


En el poema “Cuando mi padre habló de su infancia” (5), José González Carbalho enumera las posesiones que el niño inmigrante tenía en Galicia: un río, un monte, un horizonte, su perro y sus canciones. En América, ya nada tiene de eso, y se lamenta:

Ay, el dueño de valles
y misteriosos bosques
por el que andaba yo
mi perro y mis canciones.
Mis canciones que vuelven
sólo para que llore.
Mi perro ya olvidado
de obedecer al nombre.
Yo, que perdí mis cielos,
¡y soy tan pobre!.


Francisco Luis Bernárdez llora a su madre gallega (6):

Nuestras pequeñas bicicletas iban por aquella carretera de España.
Detrás quedaba Carballino, con sus casas envueltas por la madrugada.
Dejando mi corazón mucho más a obscuras, el amanecer despuntaba.
¿Era posible que pudiera venir, como todos los días, la mañana?
El silencio de mis hermanos era el eco de la soledad de sus almas.
Yo sentía sobre mis hombros algo parecido al peso de una montaña.
El paisaje abría los ojos como si no se hubiera enterado de nada.
Nunca olvidaré que en el monte de Corzos había un ruiseñor que cantaba.
Al llegar a Dacón oímos el nombre querido en la voz de la campana.
Mamá y el mundo habían muerto para siempre y sólo aquella voz los lloraba.


En “Tríptico a Galicia” (7), Enrique Urbina García canta la nostalgia del inmigrante de esa región:

Y aquel que por Vigo, apabulló su sombra;
en su misterio –pompas de luna- ocultará olvido
y por las vides de Galicia como raíz sangrante
tendrá su mente endulzando retornos válidos.
(...)
Todo el que con un gallego trata, alcanza
sólo un poco lo que el corazón de ese hombre
desparrama, porque el amor, vive en su España.


Carlos Penelas es el autor del poema “Los trasterrados” (8), que dedica a sus abuelos Pedro Penelas y Tomás Abad. En él dice:

Se ocupaban de las cosas comunes:
del trabajo, del pan, de los hijos.
No expresaron fatiga ni dolor. Morían en silencio.
Llevaban en la sangre
el honor, la palabra, la brisca.
Bebían vino tinto. No reclamaron nada.
Caminaban el tiempo de otro tiempo.

En “Aldea” (9), manifiesta:

Hay sepulturas horadadas en la piedra.
Y una espadaña que es extraña en la tierra.
Hubo batallas, nobles y normandos.
Hubo tégulas, molinos de mano.
Y mitos y hembras y dioses paganos.
Canes pétreos sostienen el alero
de las ruinas de un cenobio.
Aquí un hombre decidió su exilio
por la hambruna.

En uno de los poemas incluidos en Elogio a la rosa de Berceo (10), expresa:

Este hombre que nació entre meigas y lloviznas
regresa por las noches a recordar el canto de las aves.
Habla de la melancolía, del pasado.
De una casa muerta,
de la siesta preñada de caldenes.


Manuel Castro Cambeiro y Eliseo Mauas Pinto son los autores de Legado Celta. En el poema “Soy el llamado ancestral” (11), incluido en ese libro, expresan:

Son a voz que pradica, incansabele
antre os do meu pobo
lonxe da terra,
a qu’os exhorta
a non anuzar de si mesmos.


“De España” es uno de los tres poemas que presenté en 1995 en el Concurso Literario convocado por el Consejo Profesional de Ciencias Económicas de Buenos Aires, Categoría Familiares de Profesionales. Esos poemas fueron distinguidos con el Segundo Premio, por el Jurado que integraron María Angélica Bosco, Nicolás Cócaro y Eduardo Gudiño Kieffer. Transcribo el fragmento referido a Galicia:

Rosalía, triste,
junto a la ventana,
escribe al amor
de la antigua llama.

Hermosa y doliente,
la tierra gallega,
crece entre sus manos,
libre, sin fronteras.


“El señor Santiago” (12) se titula uno de los poemas de tema gallego de María Rosa Lojo: “Por todos los caminos -te han dicho- se llega a Santiago. Pero las brujas siempre llegan antes, montadas en antiguas escobas de toxo y cubiertas con el sombrero redondo de las campesinas. El Apóstol las espera encaramado en el Pórtico de la Gloria y en la Quintana Dos Mortos, y sentado en el altar mayor y acostado en la urna de su sepultura, y ofrecido como una estatuita de piedra molida en las mesas de recuerdos turísticos, y pintado en las marquesinas de los restaurantes”.


En su poema “Madre gallega” (13), Ricardo Ares escribe:

Madre gallega,
Pestañas como arcos de ceniza
Sobre ojos de pájaro en vuelo,

(...)
Noche infinita
encastrada en la singer,
bajo la parra encendida de enero
viajabas a Lugo,
montada en tu infancia
y te perdías...

Notas
1. García Lorca, Federico: “Cantiga do neno da tenda”, en Alposta, Luis: Lorca en lunfardo. Los “Seis poemas galegos” en ediciòn bilingûe. Traducciòn de Luis Alposta. Estudio preliminar de Antonio Pèrez-Prado. Buenos Aires, Corregidor, 1996.
2. Vacarezza, : “Un sainete en un soneto”, en Cantos de la vida y de la tierra. 1944.
3. Aprile, Bartolomé R.: “El espiante”, citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
4. S/F: en www.superlibro.com.
5. González Carbalho, José: “Cuando mi padre habló de su infancia”, en Requeni, Antonio: Un poeta arxentino en Galicia: González Carbalho. Separata del Boletín Galego de Literatura.
6. Bernárdez, Francisco Luis: “Poema de las cuatro fechas”, en Cielo de tierra. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1948. Ilustraciones de Horacio Butler.
7. Urbina García, Eugenio: “Tríptico a Galicia”, en La Capital, Mar del Plata, 28 de febrero de 1999.
8. Penelas, Carlos: “Los trasterrados”, en El mirador de Espenuca. Buenos Aires, Torres Agüero Editor, 1995.
9. Penelas, Carlos: “Aldea”, en Desobediencia de la aurora. Buenos Aires, Ediciones del Valle, 2000.
10. Penelas, Carlos: “XXIX”, en Elogio a la rosa de Berceo. Buenos Aires, Ediciones del valle, 2002.
11. Castro, Manuel, y Mauas Pinto, Eliseo: Legado Celta. 1993.
12. Lojo, María Rosa: “El señor Santiago”, en Esperan la mañana verde. Buenos Aires, El Francotirador, 1998.
13. Ares, Ricardo: “Madre Gallega”, en El Barrio Villa Pueyrredón, Año VI, Septiembre 2004, N° 65.


Vascos

En Martín Fierro, de José Hernández, aparece el vasco pulpero:

Se tiró al suelo; al dentrar
le dio un empellón a un vasco
y me alargó un medio frasco
diciendo: «Beba, cuñao».
«Por su hermana», contesté,
«que por la mía no hay cuidao».

Fernando Sorrentino alude al inmigrante, analizando otra cuestión:”¿Cómo debe interpretarse esta magnífica escena literaria, de vividez cinematográfica? La actitud insolente del gaucho, con su entrada ampulosa de meter el caballo hasta casi dentro del boliche, darle un empujón a uno —el consabido vasco pulpero— de los dueños del local, etcétera, sirve de contexto para que la palabra cuñado, que solía tener un matiz afectuoso, se cargue de agresividad” (1).


Leopoldo Lugones, en la “Oda a los ganados y las mieses” (2), canta al vasco:

¡Oh alegre vasco matinal, que hacía
Con su jamelgo hirsuto y con su boina
La entrada del suburbio adormecido
Bajo la aguda escarcha de la aurora!
Repicaba en los tarros abollados
Su eclógico pregón de leche gorda,
Y con su rizo de humo iba la pipa
Temprana, bailándole en la boca,
Mezclada a la quejumbre del zorzico
que gemía una ausencia de zampoñas.
Su cuarta liberal tenía llapa,
Y su mano leal y generosa,
Prorrogaba la cuenta de los pobres
Marcando tarjas en sus puertas toscas.

De María Cristina Azcona es el poema "Vasco argentino" (3), que dice:

El agro se esfera, esmeralda del agro...
en los ojos preclaros del abuelo vasco.

La boina está al sesgo, las cejas son pueblo,
las ideas son rectas planeando milagros.

Severa figura de porte fornido,
las manos de acero, el corazón de estío.

Temperamento de estirpe tribal.
Guerrero en la vida, referente en el hogar.

Un día, blandiendo designios
partió aquella nave.

Estrella nativa colmó sus anhelos
con brillos tan suaves.

Hoy crece aquí, valiente y sincera
la flor de raíces criolla y euskera.

Familia y trabajo es el norte.
Es férreo su temple y aquel mismo porte.

Pasado, presente y futuro destino.
Abuelo que alienta en la sangre del

vasco argentino.


Notas
1. Sorrentino, Fernando: “El trujamán Por su hermana»:no confundir una burla con un brindis (II)”, Centro Virtual Cervantes, 29 de diciembre de 2004.
2. Lugones, Leopoldo: “Oda a los ganados y las mieses”, en Antología poética. Buenos Aires, Espasa, 1965.
3. Azcona, María Cristina: "Vasco argentino", en Dos talles menos de cerebro.

Sin mención de origen

En un poema que dedica a su madre (1), escribe Cristina Pizarro:

Dones por doquier
pasos silenciosos
recorren la distancia
y en el alejamiento
se instauran las pasiones,
la nostalgia y la melancolía del paisaje aquel donde jugábamos
a las escondidas
y éramos
bailarinas españolas con novios.

Notas
1. Pizarro, Cristina: “Sólo ella es real en la vorágine”, en Poemas de agua y fuego, 1993.


Varios

En su Canto a la Argentina (1), expresa el nicaragüense Rubén Darío:

Hombres de España poliforme,
finos andaluces sonoros,
amantes de zambras y toros,
astures que entre peñascos
aprendisteis a amar a la augusta
Libertad, elásticos vascos
como hechos de antiguas raíces,
raza heroica, raza robusta,
rudos brazos y altas cervices;
hijos de Castilla la noble,
rica de hazañas ancestrales;
firmes gallegos de roble,
catalanes y levantinos
que heredásteis los inmortales
fuegos de hogares latinos;
íberos de la península
que las huellas del paso de Hércules
vísteis en el suelo natal:
¡he aquí la fragante campaña
en donde crear otra España
en la Argentina universal!

Enrique Larreta canta, en “Las criadas y el niño” (2), a las domésticas españolas:

Que otros digan de escuelas y de universidades.
Yo canto el cuarto aquel de plancha y de costura
y sus buenas mujeres. ¡Galicia! ¡Extremadura!
y las que me enseñaban a palmear soledades.

España de las tierras y no de las ciudades.
También las castellanas de grave catadura.
La blanca, la trigueña; la moza, la madura.
De todas las pellejas, de todas las edades.

¡Ay, qué cuentos aquellos! Fablas de romería.
Consejas de la lumbre. ¡Y qué linda manera
de nombrar cada cosa! ¡Cuánta sabiduría

entre aquellos refajos! Erase que se era
un juglar que les debe toda su nombradía.
Gaita sentimental y sonaja parlera.


En su poema “En el día de la recolección de los frutos” (3), Alfredo Bufano homenajea a la inmigración española:

¡Salud, nietos sin mengua de Francisco Pizarro
y de Ruy Díaz de Vivar;
hijosdalgo de Avila de los Caballeros,
sudorosos hacheros de Ontoria del Pinar,
labriegos de las rudas mesetas castellanas,
pescadores galaicos de las rías y el mar,
hortelanos de Murcia, vascos roblizos, fuertes
extremeños: ¡larga gloria tengáis
todos vosotros, hijos de las viejas Españas,
hombres de eterna y recia y heroica mocedad,
en cuyas venas corre la misma sangre nuestra
y cuyas bocas se abren con nuestro mismo hablar!.

Leonie J. Fournier (4) evoca a los hispanos en un poema:

La Avenida donde están
Las agencias del lotero,
Los hoteles, los cafés
Donde nunca van de acuerdo
Los que discuten ‘sus cosas’,
andaluces, madrileños
que la Avenida de Mayo
es como la casa de ellos.

A sus abuelas, inhumadas en tierra americana, canta Ricardo Adúriz (5):

Dulces abuelas trashumadas
desde estos cielos
a aquellos cementerios.
Que vuestros nombres, en medio del océano
de sombra, sajados vivos de la noche larga,
os devuelvan la luz de un tiempo suave
en Freas de Eiras –tierra de Galicia-y en el Madrid de fin de siglo.

Vuestras son estas últimas luciérnagas,
fragmentos puros de un espejo roto,
donde brillan los rostros del olvido.

En “Madre Patria” (6), Silvia Isjaqui Sereno evoca a sus abuelos:

Un abuelo catalán
El otro de sangre euskera
Otros, moros perseguidos
Y devueltos a sus tierras
¡Ay mis abuelos dormidos
En otras tumbas de América
Pensando un día volver
Pero ese día no llega

¡Ay que profundo dolor
Caminar por otras sendas!
Uno huyó por ser carlista
El otro por la miseria
Y al resto lo fue llevando
de un lado a otro la guerra

Notas
1 Darío, Rubén: “Canto a la Argentina”, en Obras completas. Buenos Aires, Editorial Anaconda, 1949. 347 pp.
2 Larreta, Enrique: “Las criadas y el niño”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
3 Bufano, Alfredo: “En el día de la recolección de los frutos”, en Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
4 Fournier, Leonie J.: “Mi Argentina”, incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo). Pág. 48.
5 Adúriz, Ricardo: Torre del homenaje. Madrid, Ediciones Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación, 1979.
6 Isjaqui Sereno, Silvia: “Madre Patria”, en SEFARAires Nª 50, Junio de 2006.


Españoles y otros

De Leopoldo Díaz es el poema “Tierra prometida” (1), en el que expresa:

¡América! te anuncia el nuevo día
en que el arte y la ciencia te den gloria.
Serás del pensamiento la victoria,
no la victoria de la guerra impía.

La voz del porvenir es la voz mía;
mi palabra augural no es ilusoria;
hecha de luz y lágrimas tu historia
habla en mí con fervor de profecía.

El viejo mundo se desploma y cruje...
El odio, entre la sombra acecha y ruge...
Una angustia mortal tiene la vida...

Y como leve arena que alza el viento,
a ti vendrán el paria y el hambriento
soñando con la Tierra Prometida.


En su poema “En el conventillo” (2), Jevel Katz alude a los españoles.

Mi novia Reizl vive en un conventillo
y en Lavalle, al lado, en pleno centro,
también yo vivo en un conventillo,
siempre ruidoso, como una feria,
gente y más gente.

Cuartitos, cuartitos, cuartitos,
y nunca falta algo de barro.
Hay gente allí de todo el mundo
árabes, españoles, turcos, italianos,
todos apiñados en un mismo patio;
y no faltan judíos de Lituania,
y polacos, y galitzianos.

Cada uno habla allí su propia lengua,
no sea que otro la entienda.
sólo hablan entre sí castellano
cuando se mandan a los antepasados.
Y da gusto cuando empiezan a pelearse
no hay entonces pobres ni ricos,
grandes ni chicos,
entonces están todos igualados.


Al inmigrante canta Carolina de Grinbaum, en “Llegaste” (3):

Barco de peltre, acero o cucurucho,
mole de mundo,
cargado de niñez, hombres y tumbos,
arribaste.
Estrenaste el chocolate,
la delicia de mazorcas tiernas...
Alimentaste sed de tierra,
Abiertas
para manos rocosas,
temples tristes.


En su poema “Inmigrante” (4), Cristina Pizarro evoca la desolación de quien ve frustradas sus expectativas:

Yo era el que no tenía título,
ni un doble apellido,
el que deseaba vivir en un chalet de dos pisos
con jardín
y revestimientos de piedra Mar del Plata.
Era uno de esos
originarios de tierras
devastadas.
Ahora
soy
este aire ambiguo
este daño
que regresa
y este adiós
menoscabado.


Los agricultores inmigrantes también fueron tema de poesías. En “Ese inmigrante” (5), Virginia Rossi canta:

Se llenaba de espigas
los puños y los brazos
y su paso medía
la soledad del campo.


La nostalgia los embargaba; canta Cristina Assenato en “País de inmigrante” (6):

-porque comimos el pan triste
y la sal quemó ciertas noches
porque tu hijo y el mío
caben en el proyecto del pájaro
y están allí reunidos
en la curva del trigo,
en el signo abierto de la gran ciudad.


Manuel Conde González, pontevedrés que emigró a la Argentina en 1949, es el autor del “Poema al emigrante universal” (7), que comienza con estos versos:

Con el corazón transido
rebosante de ilusión
sale el emigrante un día
a tierras de promisión.

Deja la patria a su espalda
tal vez, su primer amor
la madre queda llorando
el padre con su dolor.

Notas
1 Díaz, Leopoldo: “Tierra prometida”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2 Katz, Jevel: “En el conventillo”, en Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu: “La rama argentina de la literatura ídish, y rama ídish de la liteatura argentina”, en Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu: La letra ídish en tierra argentina Bío-bibliografía de sus autores literarios. Buenos Aires, Milá, 2004.
3 Grinbaum, Carolina de: “Llegaste”, en Inmolación. Buenos Aires, el grillo, 2002.
4 Pizarro, Cristina: en La voz viene de lejos. Buenos Aires, Ayala Palacio, 1996.
5 Rossi, Virginia: “Ese inmigrante”, en Capítulos, Editorial Nueva Generación.
6 Assenato, Cristina: “Paìs de inmigrante”, en El Tiempo, Azul, 21 de febrero de 1999.
7 Conde González, Manuel: “Poema al emigrante universal”, leído en “Gente de buena pasta”, Radio Cultura FM 97.9, el 17 de agosto de 2005.


En letras de tango

Gallegos

Alfredo Plácido Navarrine, escribió la letra de “Galleguita” (1), tango de 1925, con música de Horacio Pettorossi:

Galleguita
la divina
la que a la playa argentina
llego una tarde de abril
sin más prendas
ni tesoros
que tus bellos ojos moros
y tu cuerpo tan gentil.
Siendo buena
eras honrada
pero no te valió nada
que otras cayeron igual.
Eras linda galleguita
y tras la primera cita
fuiste a parar a Pigall.


“Un gallego” (2), tango con música de H. Fréderic y letra de Armando Tagini, evoca al inmigrante de ese origen:

América fue la tierra qu'él
soñó conquistar con su labor...
Y un día de otoño
en Buenos Aires desembarcó.
El rubio metal, bella ilusión,
llenaba de fe todo su ser.
Lo vieron pasar, rumbo al taller,
la lluvia invernal... el día de sol.

Notas
1 Navarrine, A. y Petorossi, H.: “Galleguita”, citado por Gustavo Cirigliano, en El Tiempo.
2 Tagini, Armando: “Un gallego”, en www.todotango.com.


En canciones

El protagonista de una canción (1) de Alberto Cortez conoció Galicia cumpliendo la promesa que hiciera a su abuelo:


El abuelo un día
cuando era muy joven
allá en su Galicia,
miró el horizonte
y pensó que otra senda
tal vez existía.
Y al viento del norte
que era un viejo amigo,
le habló de su prisa,
le mostró sus manos
que mansas y fuertes,
estaban vacías,
y el viento le dijo:
"Construye tu vida
detrás de los mares,
allende Galicia".

Notas

 

1 Cortez, Alberto
(letra y música): “El abuelo”,
en www.albertocortez.com.


En teatro

Andaluces

En Los políticos, “sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso”, escrito por Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, aparece un barbero andaluz que canta: “Con el vito vito vito/ con el vito vito va/ no me haga usted cosquillas/ que me pongo colorá”. El se identifica como “Benito Pérez y Ciudad Real, barbero, soltero, extranjero, con tres años de residencia en el país” (1).

En Bohemia criolla (2), de Enrique de María, aparecen un Andaluz que canta “San José fue carpintero,/ según la historia lo anuncia.../ y por eso es que los Pepes.../ (no hay regla sin excepción)/ y por eso es que los Pepes/ ¡suelen ser unos virutas!...”.

Notas
1. Trejo, Nemesio: Los políticos en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. María, Enrique de: Bohemia criolla, en Varios autores: El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).


Catalanes

En Canillita, de Florencio Sánchez, aparece un mercero catalán, que pregona su mercadería: “¡Toallas, peinetas, jabones, cinta de hilera, agujas, camisetas, botones de hueso, carreteles de hilo, madapolán, pañueletas! (...) Pañueletas, calzoncillos, alfileres, festones, sombreros de paja, servilletas, libros de misa. (...) Libros de misa, esponjas, corbatas, cortes de vestido, tarjetas postales, jabón...” (1).

Notas
1 Sánchez, Florencio: Canillita, en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).


Gallegos

En Los políticos, “sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso”, escrito por Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, aparece un almacenero gallego que pregunta a un vasco por qué le está cobrando cinco centavos más por litro (1).

En Bohemia criolla (2), de Enrique de María, aparecen gallegos. Uno de ellos es José, que dice: “Métase uno a hacer servicius.../ Pur defender a esos pobres/ amigus de Pata Blanca,/ que para mí son unos jóvenes/ buenos... vamos... como el pan/ mi mujer me mata a golpe...”.

“¡Al campo!, de Nicolás Granada (1840-1915), se estrena en el Teatro Apolo el 26 de setiembre de 1902, tras del éxito obtenido por La piedra del escándalo, de Martín Coronado. La animación de ¡Al campo! está a cargo de Lea Conti (Gilberta), Herminia Mancini (Dolores), María C. De Muez (doña Fortunata), Pablo Podestá (quien con 27 años interpreta a don Indalecio, de 58), José J. Podestá (Gabriel), Ubaldo Torterolo (don Timoteo), Antonio Podestá (Fernández), Pepito Petray (Palemón), etc” (3).
En esa pieza aparece Santiago, un criado gallego. El autor lo hace hablar en esta forma: “Este señor prejunta por las señoras. (...) –Usted dispense; un lu sabía. Que no estaban en casa, esu sí; pero que estuvieran en el monte... Si usted quiere que se lu dija...” (4).

En ¡Jettatore!, de Gregorio de Laferrere, aparece Benito, un criado gallego, de Pontevedra. El inmigrante tiene muy pocas luces, y vive en una “pocilga de conventillo” (5).

Escrita por Florencio Sánchez, “En familia sube por primera vez al escenario del Teatro Apolo, el 6 de octubre de 1905, animada por la Compañía Podestá Hermanos” (6).
Uno de los personajes de esa pieza confiesa: “Todavía no me doy cuenta de cómo he podido amoldarme a semejante vida. Con decirte que yo, tu madre, que fue siempre una mujer de orden y delicada, ha llegado hasta robarle a una pobre gallega sirvienta... (...) Hasta robarle, sí señor; hasta robarle a una pobre mujer los ahorros que me había confiado” (7).

En Los primeros fríos, de Alberto Novión, uno de los actores expresa: “-Ahora me voy a conversar con una mucamita que trabaja en la Legación de España, es galleguita y sin primo, ¿se da cuenta?” (8).

En La comparsa se despide, escribe Vacarezza: “Un patio de conventillo,/ un italiano encargao/, un yoyega retobao,/ una percanta, un vivillo,/ un chamuyo, una pasión,/ choque, celos, discusión,/ desafío, puñalada,/ aspamento, disparada,/ auxilio, cana... telón” (9).

Una noticia publicada en 2003 anunciaba: "La Compañía "María de Marco" del Teatro Colonial, dirigida por Adrián Di Stefano, se presentará este verano en el "Patio Moreno" de la Manzana de las Luces (Perú 272/294), al aire libre con el "Sainete" de Alberto Vaccarezza: "El Conventillo de la Paloma", (...). Vuelve de esta manera a la Cartelera Teatral de Buenos Aires, la clásica historia del pintoresco Conventillo de Villa Crespo en donde se dan cita los personajes típicos y característicos de la oleada inmigratoria de principios del siglo pasado, que fueron poblando los barrios porteños sumándose a los personajes netamente locales, para dar lugar a un paisaje por demás atractivo, pintado con singular maestría por uno de los autores más significativos del género. Así conviven y se entremezclan, un italiano encargado del Patio del Conventillo, gallegos, turcos, una percanta, malevos, curiosos y entrometidos y por encima de todos la humanidad, la emoción, la alegría y el sabor de Buenos Aires guardado en un rincón del corazón. Integran el elenco: Aurora Floris, Déborah Fideleff, Jorge Vizioli, Jorgelina Jasso, Julián Márquez, Leonardo Floris, Manoli Ozores Muñoz, Andrés Montorfano, Nicolás Heredia, Omar Sellaro, Pablo Vaievurd, Mariano Durá, Federico Ventosa Fernández; Vestuario de Olga Coronel, Producción Ejecutiva de Daniel Rodríguez Viera; Puesta en Escena y Participación Actoral de Adrián Di Stefano" (10).

En Volvió una noche, de Eduardo Rovner, “Fanny hará todos los cambios posibles en su personalidad y sus convicciones, de modo que su transformación interior la lleve al amor y unión con su hijo, quien se casará con una ‘gallega’ “ (11).

Un personaje de Lejos de aquí, de Roberto Cossa y Mauricio Kartun, de vuelta en España, dice a un argentino: “¿Cómo te creés que la pasé yo en tu tierra? Trabajaba en un bar dieciocho horas por día... ¡Dos turnos! Sirviendo a tus argentinos... soberbios... maleducados, ¡coño! ¡Dieciocho horas por día! Sin sueldo. Sólo por las propinas y la comida. Dormía en el sótano con una escoba en la mano para espantar las ratas... Treinta años juntando plata... ¡plata y odio! ¿Entendés lo que es eso? ¡Treinta años juntando plata y odio! ¿De qué solidaridad me hablás?” (12).

En 2002, se estrena Temperley. “Con una crítica excelente por parte de varios medios, la obra de Luciano Suardi y Alejandro Tantanian, denominada Temperley, está por estos días en cartel en el Teatro Sarmiento. La pieza se basa en las experiencias de Amparo, una gallega que encuentra en nuestra ciudad un sitio ideal para sus sueños, aunque las penurias lleguen de todas maneras. Destacan el clima general de la obra, con un logro especial en materia de escenografía y sonido” (13).
“Anónima y en apariencia tan impersonal como una estación en la que los trenes descargan pasajeros, cambian de vías y vuelven a salir siempre rumbo al sur. Así es T. C., una mujer de casi 90 años que llegó de España a los 17, pasó por el Hotel de los Inmigrantes, se casó con un muchacho bueno y trabajador y armó su casita con un jardín que serviría de cobijo a su descendencia. Allí, en Temperley, por supuesto. Ahora, su vida es una obra de teatro. Un espectáculo en el que T.C. –ahora rebautizada como Amparo– resulta un paradigma de su generación, la de los inmigrantes que llegaron en busca de sus sueños de progreso. Aquellos que dos generaciones más tarde ven a sus nietos escapar de estas tierras que fueron cobijo y que ahora resultan demasiado ásperas.” (14).

Notas
1 Trejo, Nemesio: Los políticos en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2 María, Enrique de: Bohemia criolla, en Varios autores: El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3 Ordaz, Luis: en Granada, Nicolás: ¡Al campo!, en Varios autores: El teatro argentino 3.Afirmación de la escena nativa. Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
4 Granada, Nicolás: ¡Al campo!, en Varios autores: El teatro argentino 3.Afirmación de la escena nativa. Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
5 Laferrere, Gregorio de : ¡Jettatore!. Buenos Aires, CEAL, 1968.
6 Ordaz, Luis: en Sánchez, Florencio: En familia, en El teatro argentino 4.Florencio Sánchez. Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
7 Sánchez, Florencio: En familia, en El teatro argentino 4.Florencio Sánchez. Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz.Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
8 Novión, Alberto: Los primeros fríos, en Varios autores: El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Buenos Aires, CEAL, 1980.
9 Vacarezza: La comparsa se despide. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.
10 S/F: “Se presenta "El conventillo de la Paloma" durante el verano en la Manzana de las Luces, en www.ensantelmo.com.ar, Buenos Aires, 2003.
11 Holte, Matilde Raquel: Teatro Contemporáneo Judeoargentino Una perspectiva feminista bíblica. Buenos Aires, Milá, 2004. (Ensayos).
12 Cossa, Roberto y Kartun, Mauricio: Lejos de aquí, en Teatro 5. Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1999.
13 S/F: “Artes y espectáculos”, en www.temperleyweb.com.ar, agosto de 2002.
14 S/F: “Para entendidos”, en www.gcba.gov.ar.

Madrileños

En Babilonia, de Armando Discépolo, aparecen varios criados españoles. La mucama madrileña “es limpia, espumosa en su tualé de mucama, bella. Se sienta ante su puerta en silla baja y mirándose a un espejo de mano canturrea algo de su tierra, su cintura y sus muslos inquietos” (1).

Afirma Delaney que “a partir de la pelicula de Soffici, la primera novela de Denevi supo de adaptaciones para el teatro y la television (...). La teatral, interpretada por la compañía La Farsa en la Casa del Teatro, con libreto del autor, quien eliminó personajes y endosó el crimen al pequeño Camilo Canegato, no tuvo mucha suerte. Estrenada el 10 de mayo de 1961, con direccion de Salvador Accorinti, la pieza fue criticada por altibajos de interpretacion y porque “( ... ) el teatro exige una síntesis y una concision que es muy dificil de lograr cuando el argumento no ha sido teatralmente concebido”. En 1962, en Estados Unidos, se informó sobre una version inglesa que se produciria en Broadway; abortado, el proyecto da al menos una idea del impacto que la obra lograba en el exterior. De hecho hubo, por parte de realizadores europeos, varias intenciones de hacer una remake. Ninguna prosperó. Tampoco la gestion de China Zorrilla para convencer a su amigo Dustin Hoffman de que asumiera el papel de Camilo Canegato” (2).

Notas
1 Discépolo, Armando: Babilonia. Una hora entre criados. En Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2 Delaney, Juan José: Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura: una biografía literaria. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 244 pp.


Vascos

Solané (1), de Francisco F. Fernández, fue escrita en 1872, y se refiere a la Masacre de Tandil, de la que pudo salvarse Ramón Santamarina. Escribe Angela Blanco Amores de Pagella: “El protagonista de esta obra es Jerónimo Solané, un chileno hijo de una araucana y un francés, que existió en la realidad y que llegó a los pagos de Tandil con fama de curandero. El asunto se refiere a un hecho real: el asesinato de un comerciante de Tandil fue atribuido injustamente a Solané (...) Solané fue preso, pero no se le pudo probar nada. Entonces fue muerto a través de los hierros de la ventana de la prisión” (2).

Un vasco creado por Carlos Mauricio Pacheco para su “sainete lírico-dramático en un acto” titulado Los disfrazados dice, por ejemplo: “¿Y no manya ni medio?”, “No vaya a ser cosa que se retobe el grévano...” y “Me han hecho ráir...qué infeliz el gringo este...” (3).

De Nemesio Trejo, con música de Antonio Reynoso, es el “sainete cómico-lírico en un acto y tres cuadros, en prosa y verso” que se titula Los políticos. En él, aparece un vasco que habla dificultosamente castellano, quien dice que tuvo que aumentar el precio de la leche “Porque el Municipalidad hacerme comprar tapos de lata. Si yo casas intendente verá que tapos poner; ¡gran siete!”. Y canta “Agurneré biotreco/ amacho maitiá/ laiste recorri conaiz/ consola saítea” (4).

En Bohemia criolla, de Enrique de María aparece un personaje con esta indumentaria: “Román, sentado sobre un cajón, tiene una libreta en la que figura escribir, viste gorra de vasco, un saco viejo y un diario (La Prensa) colocado como chiripá de mantilla, en vez de pantalones”. En otra escena, aparecen “Un gallego, un Vasco, un Andaluz, un Criollo y Coro de hombres. Traen guitarra, acordeón, bandurria, etc., etc.”; el vasco canta: “¡Ay, ay, ay! Mutilá.../ ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja!/ ¡Qué lindo es lo que sigue/ en lengua es h’aldurriá!/ ¡Ay!... ¡Ay... ay... mutilá/ chapela gurriá!...” y finaliza gritando “¡Aurrerá nescacha polita!” (5).

Alberto Novión es el autor de El vasco de Olavarría (6), comedia en tres actos presentada en el Politeama. El inmigrante siente nostalgia; dice la hija: “papá, a pesar de que ya está viejo y que ha formado en esta tierra su hogar, su fortuna, su tranquilidad; viera Ud. cuántas veces lo he sorprendido cantando bajito los aires de su tierra natal, y cuántos suspiros, mensajeros de muchos besos, han ido desde sus labios hasta sus montañas, para morir en los muros de su casa, allá en la aldea de la falda”.

Notas
1 Fernández, Francisco F.: Solané, en Blanco Amores de Pagella, Angela: Iniciadores del teatro argentino. Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1972.
2 Blanco Amores de Pagella, Angela: Iniciadores del teatro argentino. Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1972.
3 Pacheco, Carlos Mauricio: Los disfrazados, en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
4 Trejo, Nemesio: Los políticos en Sánchez, Trejo, Pacheco, Discépolo, Dragún: Canillita y otras obras. Selección, prólogo y notas por Jorge Lafforgue. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
5 María, Enrique de: Bohemia criolla, en Varios autores: El teatro argentino. 6.El sainete. Prólogo de Abel Posadas; selección y notas por Marta Speroni y Griselda Vignolo. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
6 Novión, Alberto: El vasco de Olavarría. En La Escena Revista Teatral N° 99. Buenos Aires, 1920.


Sin mención de origen

Doña Pilar es una inmigrante española casada con un italiano, ambos personajes de Pájaro de barro, de Samuel Eichelbaum. La inmigrante opina acerca de las mujeres argentinas: “En este país, las mujeres jóvenes no trabajáis. Eso está mal. En mi tierra... En mi tierra, cuando las mujeres tienen tu edad, las ponen a trabajar en los olivares...” (1).

Roberto Cossa expresó: “Escribí ‘Definitivamente, adiós’, un monólogo que no es de un solo personaje. Planteo toda una saga familiar de exiliados, que se presenta cuando llega un joven español a la tumba de sus antepasados para dejar las cenizas de su padre, un argentino que murió en España. El planteo de esta pieza de Roberto Cossa abarca a tres generaciones: el abuelo, que se fue de España en 1936, cuando comenzó la guerra civil y llegó a la Argentina para echar nuevas raíces y criar a sus hijos. Fue en esta tierra donde murió y fue sepultado. La segunda etapa se refiere al hijo de este español que, en la época de la dictadura militar argentina, debió irse del país y se radicó en España, donde fallece dejando instrucciones de que sus cenizas sean depositadas en la tumba del padre, enterrado en un cementerio porteño. Finalmente, la última etapa es el joven español, hijo del argentino, indiferente a cualquier ideología política y carente de utopías, que llega a Buenos Aires para cumplir el deseo del padre” (2).
En Pascua rea, de Patricia Zangaro, un español “lleva colgada de un brazo la canasta del pescado, vacía”, y dice: “¡Que se ha vendido todo, coño! ¡Los atunes me los sacaban de las manos! ¡Vamos, Lola, que no ha quedado ni para hacer empanada”! (3).

Notas
1 Eichelbaum, Samuel: Pájaro de barro. En El teatro argentino 10.Samuel Eichelbaum Selección, prólogo y notas por Luis Ordaz. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2 Freire, Susana: “Tres maestros de la dramaturgia”, en La Nación, Buenos Aires, 14 de septiembre de 2003.
3 Zangaro, Patricia: TEATRO y margen. Buenos Aires, Amaranta, 1997. 199 pp.


Españoles y otros

“En Mustafá, sainete que Armando Discépolo y Rafael José De Rosa escriben en colaboración, y estrenan en 1921, don Gaetano (tano típico del género) se entusiasma ante la fusión, la ‘mescolanza’, que se logra en las bulliciosas casas de vecindad porteñas” (1), en las que también viven españoles: “E lo lindo ese que en medio de esto batifondo nel conventillo todo ese armonía, todo se entiéndano: ruso co japonese; francese con tedesco; italiano co africano; gallego co marrueco. ¿A qué parte del mondo se entiéndono como acá: catalane co españole, andaluce co madrileño, napoletano co genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte. Este e no paraíso. Ese ne jauja. ¡Ne queremo todo! (2).

Notas
1 Ordaz, Luis: “Armando Discépolo o el ‘grotesco criollo’ “, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2 Discépolo, Armando y De Rosa, Rafael: Mustafá. Citado en Páez, Jorge: El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1970.


En cine

Algunos cineastas evocaron la inmigración española que llegó a tierra americana. en filmes en los que se evoca esa etapa de nuestro pasado y se pone al alcance del público testimonios de quienes protagonizaron un fenómeno social que dejó indelebles huellas.

Gallegos

Así es la vida, realizada por Francisco Mugica en 1939, proviene de una obra teatral de Nicolás de las Llanderas. Claudio España señala que en ese film, “con Enrique Muiño y Elías Alippi, el sainete pervive sólo en dos amigos de la familia, un gallego y el italiano –los de afuera; los de casa son porteños. Por su peso, gana forma la comedia familiar, apoyada en el sentido aglutinador de la mesa del comedor, blanca en extremo por la luz simbólica que le arrojan los directores de fotografía. Temporalmente, esta comedia se inicia en el patio y prosigue en la sala con piano y con una mesa amplia donde caben todos. Los inmigrantes mantienen el decir cocoliche; los otros son porteños y los novios, en sus encuentros, se hablan de tú” (1).

Niní Marshall creó, entre otros inolvidables personajes, a Cándida Loureiro Ramallada, “la gallega bruta y charlatana”, que fue su primera caracterización en Radio Municipal, en 1934. “En el film Cándida (1939, Bayón Herrera), sobre un barco y con sus ropas de campesina recién llegada, la gallega hace su jocosa presentación: ‘Vengo a este país a ganar cuarenta pesos, casa y comida. Salida, los domingos’. (...) “La voz de Niní es testigo del movimiento de los estratos sociales medios argentinos y de los desplazamientos culturales y de la flexibilidad de los grupos y colectividades, en el paso de los años treinta a cuarenta” (2).

En La fuga, film de Eduardo Mignogna sobre la novela homónima, aparece una pareja de carboneros, oriundos de Betanzos.

Un gallego aparece en Luna de Avellaneda, film estrenado en 2004, que dirigió Juan José Campanella. En ese film, don Aquiles recuerda su llegada a la Argentina, las circunstancias en las que surgió la idea de fundar un club y el por qué del nombre elegido.

Notas
1 España, Claudio: “Así es la vida”, en Cien años de cine. Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo I.
2 España, Claudio: “Llega Niní Marshall”, en Cien años de cine. Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo I.


Madrileños

La película Rosaura a las diez, basada en la novela de Marco Denevi y dirigida por Mario Soffici, “se estrenó el 16 de marzo de 1958 en el Cine Gran Rex, de Buenos Aires, y fue un exito inmediato. Roland, en el diario Critica del 7 de marzo de 1958 valoró la "dignidad e idoneidad" de la produccion toda y la consideró una "respuesta oportuna al espectador sensible y a la critica impaciente"; el mismo dia La Razon la juzgó un relato de "calidad y un acierto de realizacion", y La Nacion destacó su "autentica calidad" . Obtuvo el Primer Premio del Instituto Cinematografico Argentino (el segundo fue para El jefe, dirigida por Fernando Ayala sobre un texto de David Viñas, y el tercero para Una cita con la vida, de Hugo del Carril, con libro de Eduardo Borras, inspirado en la novela Calles de tango, de Bernardo Verbitsky). Tambien recibio el Premio de la Asociacion de Criticos. Susana Campos y Maria Luisa Robledo obtuvieron los premios a "Mejor actriz 1958" y "Mejor Actriz de Reparto" respectivamente. Como culminación, el film fue elegido para representar a la Argentina en el Festival de Cannes 1958, donde fue candidato al premio por mejor guión, galardón que finalmente le fue concedido a una película del italiano Pietro Germi” (1).

Notas
1. Delaney, Juan José: Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura: una biografía literaria. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 244 pp.


Sin mención de origen

De 1933 es el film El tango, el cine y el fútbol son los tres berretines, realizada por el Equipo Lumiton, a partir de una obra teatral de Arnaldo Malfatti. “Cada uno de los berretines –obsesiones- representa un hijo (Luis Sandrini, entre ellos), pero también están los padres, los abuelos y un cuarto hijo. Los mayores son inmigrantes españoles y casi seguro el padre también, aunque el actor Luis Arata disimula su acento tras una verba gangosa. El cuarto hijo (Florindo Ferrario), en realidad el mayor, se recibió de arquitecto, no halla trabajo y está enamorado de una chica (Luisa Vehil) de clase social más alta. Los inmigrantes conservan los modos –son anticuados, delatan su procedencia- del sainete más popular; los jóvenes desarrollan el decir y las costumbres del medio que frecuentan: el café, las películas, la cancha. Como en el sainete, la acción casi no sale del patio. La oposición paterna a los berretines no trata en volverse comprensión humana” (1).

Notas
1. España, Claudio: “Así es la vida”, en Cien años de cine. Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo I.


Españoles y otros

El 31 de mayo de 1943 se estrenó Juvenilia, un film sonoro, en blanco y negro, de 104 minutos de duración. Lo dirigió Augusto César Vatteone. Escribieron el guión Pedro E. Pico, Alfredo de la Guardia y Manuel Agromayor, según la novela homónima de Miguel Cané. La interpretaron Elisa Christian Galvé, José Olarra, Ernesto Vilches, Eloy Alvarez, Ricardo Passano (h), Marcos Zucker y Gogó Andreu, entre otros (1).

“En La Patagonia rebelde (1974), Héctor Olivera dramatiza las huelgas de los trabajadores anarquistas, en el sur de la Argentina, durante 1920 y 1921, según la investigación realizada por Osvaldo Bayer en Los vengadores de la Patagonia trágica”. Rodada en momentos de gran tensión política, intenta una lectura aleccionadora de la historia. Para eso, el film se constituye en un vasto flash back, que protagonizan los cabecillas Soto, Facón Grande y el alemán Schultze, seguido de la secuencia que marca el presente de la narración, con la muerte del teniente coronel Zabala (Varela, en la realidad). Completando este juego de tiempos, sobre el final, un plano detalle de la mirada desconcertada del militar, mientras le hacen oír una canción en inglés, envía al espectador a una reflexión sobre el futuro. La crítica especializada destacó la esmerada dirección del elenco, encabezado por Héctor Alterio (Zavala), Federico Luppi, Luis Brandoni, Pepe Soriano, Osvaldo Terranova, Pedro Aleandro, José María Gutiérrez, entre otros. Obtuvo el Oso de Plata en el Festival de Berlín, mientras la exhibición local fue demorada dos meses en espera de la calificación del Instituto Nacional de Cinematografía. Cuatro meses después del estreno fue levantada de las pantallas por amenazas de grupos violentos, en el país. Las crudas imágenes de este film emblemático, lamentablemente premonitorias, son el ejemplo de un cine histórico en el que no se niega el compromiso del realizador, expuesto en el punto de vista desde donde se cuentan los sucesos” (2).

Aller simple: Tres Historias del Río de la Plata se estrenó en video en Buenos Aires en 1998, en el cine Cosmos. Es una coproducción francoargentina de 1994, de 82 minutos de duración, codirigida por los franceses Noel Burch y Nadine Fischer y el uruguayo Nelson Scartaccini –a quien pertenece la idea original-, presentada por la productora Cine-ojo, de Marcelo Céspedes y Carmen Guarini.
El film “indaga en las peripecias de la inmigración en la Argentina y el Uruguay. (...) Aller simple (Pasaje de ida) elige un peculiar sesgo narrativo para adentrarse en esta larga historia. La cámara se planta fija en una calle cualquiera de Buenos Aires y vemos pasar gente mientras una voz describe la dura situación económica que atraviesa el país, haciendo pie en el peso de la deuda externa sobre cada uno de los argentinos. En un momento, la cámara se detiene y quedan tres rostros, elegidos al azar, que nos enfrentan. Dos hombres y una mujer. A partir de esas caras, la película se adentra en las ficticias historias familiares de cada una. Presuponen, los realizadores, que uno es francés, el otro italiano y la tercera española. Y arman mediante fotografías de época, películas históricas del cine argentino (como Pampa bárbara y Su mejor alumno) y material documental antiquísimo, una suerte de rompecabezas de la inmigración en la Argentina en el siglo que va de 1830 a 1930. Aller simple presenta, una por una, las historias familiares. La del francés, que se convirtió en un rico integrante de la Sociedad Rural; el italiano, que se fue al Uruguay y le costó levantar cabeza pese a la solidez económica comparativa de ese país respecto del nuestro; y, por último, la española, que se integró a la clase media cuentapropista poniendo una carnicería” (3).

En abril de 1998, anuncia una noticia de la agencia Télam: “La novela de Horacio Vázquez Rial, ‘Frontera sur’, finalmente fue elegida –después de cantidad de lecturas- por el cineasta español Gerardo Herrero para dar vida a una historia de inmigrantes. ‘La filmación se hará enteramente en la Argentina; hay muchas locaciones en Luján, donde el 27 de este mes empieza el rodaje, que durará ocho semanas’, confirmó el autor de ‘El soldado de porcelana’ a Télam. Entre los actores contratados figuran Federico Luppi, el alemán Peter Lomaier (conocido por su trabajo en ‘El enigma de Kaspar Hauser’, de Werner Herzog) y Maribel Verdú en los papeles principales. ‘Pero habrá varias sorpresas más’, dice el escritor, que prefiere no hacer adelantos. También dice que el guión de ‘Frontera...’ le pertenece: ‘Es una experiencia muy enriquecedora e intensa. Y es curioso, porque el director tiene un respeto por la novela mucho mayor que el autor’. ‘Me traiciona cada tres líneas, pero el resultado me gusta. Y, aunque no participo en el proceso (de producción, filmación, montaje, etc.), no iría nunca en plan Javier Marías quejándome porque me cambiaron la novela’, agrega. ‘Es un trabajo de ida y vuelta. Yo despojé la novela. Gerardo la devolvió. Después hicimos un trabajo de poda. En fin, agregamos cosas por indicación de los actores. El cine, en ese sentido, no tiene nada que ver con la literatura: es un trabajo en común’, dijo el escritor” (4).

En La fuga, film basado en la novela homónima de Eduardo Mignogna distinguida con el Premio Emecé 1998/99, Camilo Vallejo, uno de los anarquistas, habla con acento español y, al evadirse, es esperado por dos hombres con boinas vascas que lo ocultan en un carro lechero. En el film –al igual que en la novela- aparecen otros inmigrantes; entre ellos, Aldo Mazzini, el catalán Escofet, el mozo andaluz.
La fuga fue una coproducción de Argentina-España, estrenada en el año 2000, “dirigida por Eduardo Mignogna, con Ricardo Darín, Miguel Angel Solá, Gerardo Romano, Patricio Contreras, Inés Estévez, Facundo Arana, Arturo Maly, Norma Aleandro”.
A criterio de Juan Sasiain, “Es un lujo para el cine argentino contar con un narrador de historias cargadas de emoción, poesía y delicadeza de la talla de Mignogna. Su novela ganó el premio Emecé y su película ganará sonrisas y lágrimas de los deseosos espectadores. La historia original toma rasgos de sucesos verídicos acontecidos en nuestro país. ¿Puede ser verdad todo esto? El autor, identificado con el buen versero que está ávido de contar camelos, confiesa la verdad de todo gran mentiroso: "No todo lo que les he contado es falso. Palabra de estafador." Palabra de artista” (5).

Notas
1 Verbeke, Natalia: “Juvenilia”, en www.cinenacional.com.
2 Kriger, Clara: “La Patagonia rebelde”, en Cien años de cine. Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo II.
3 Lerer, Diego: “Tres caras de la historia”, en Clarín, Buenos Aires, 4 de julio de 1988.
4 S/F: “ ‘Frontera sur’ llega a la pantalla grande”, en El Tiempo, Azul, 12 de abril de 1998.
5 Sasiain, Juan: “La fuga”, en www.cineismo.com.


Videos

Gallegos

En la muestra “Luis Seoane. Pinturas, dibujos y grabados”, que se llevó a cabo en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, en el invierno de 2000, se exhibió un video que brindó al espectador la oportunidad de entrar en contacto con este espíritu y su singular obra. Con música de Milladoiro y Xeito Novo, y la interpretación de Walter Santana, quien lee fragmentos de ensayos y obras de teatro de Seoane, se muestra al artista como un peregrino que vive un doble extrañamiento: el del tiempo y el del espacio. Con estas palabras lo dice: “Soy un peregrino de la Edad Media, pero estoy varado en el siglo XX” y también “ir rumbo a Santiago de Compostela, mas estar varado en Buenos Aires”. La resignación que lo invade es resumida en la frase que afirma: “Soy y seré para siempre un desarraigado permanente. Lo seré aunque decida volver a mi país. Es el destino del exiliado”.
En dicho video se recuerda que el artista nació en 1910 en Buenos Aires, en el seno de una familia de inmigrantes. A los seis años volvió a España, de donde debió partir en los tiempos de la guerra. Veintisiete años tardó en regresar a la Madre Patria y, desde 1967, escindió su vida entre Galicia y la Argentina. Murió en La Coruña en 1979. Ana María Battistozzi lo define como “una de las figuras más destacadas de la comunidad gallega argentina y acaso la más interesada en promover y estrechar los vínculos culturales, en un momento en que esto implicaba un fuerte compromiso político”.


En conjunto

Integrando el Ciclo de conferencias 2006 organizado por el Centro de Betanzos, el 20 de octubre, en el Salón Geno Díaz, se exhibe, “A 70 años de la creación de las Brigadas Internacionales”, “ESOS MISMOS HOMBRES Voluntarios Argentinos en la Guerra Civil Española”, video documental realizado por el grupo de historia marplatense ‘HISTORIA DESDE ABAJO’ ".
Dicho video “Se basa en una investigación de varios años donde se entrevistaron voluntarios argentinos que viajaron a España a luchar junto al pueblo español contra los militares sublevados al mando del Gral Franco. Ellos fueron a defender a la República Española y a luchar contra el fascismo que avanzaba en toda Europa. Junto a testimonios de los protagonistas, más de 700 fotografías y con los relatos de poemas de Victor H. Morales , el Grupo de Historia desde Abajo, realizó este documental, el primero sobre el tema en la Argentina. Así mismo se deja reflejada la participación solidaria en esta causa de la ciudad de Mar del Plata, con testimonios y grandes aportes fotográficos”. Como conferencista invitado, se presenta Jerónimo Boragina, Licenciado en Historia y miembro del grupo Historia desde Abajo” (1).

Notas
1. S/F: en www.centrobetanzos.com.ar/ cultura@centrobetanzos.com.ar.
Españoles y otros

La Videoteca Educable incluyó entre los títulos referidos a la Historia Argentina, el video Los inmigrantes, una producción integral de Programas Santa Clara del año 1994. En él, María Sáenz Quesada se refiere a la historia de la inmigración desde los primeros tiempos de nuestro país, los motivos por los que los extranjeros llegaban a nuestra tierra, las cadenas migratorias, la estadía en el Hotel de Inmigrantes, el establecimiento de colonias y el afincamiento de inmigrantes en la ciudad de Buenos Aires.


Televisión

Asturianos

En 2006 se vio en la Argentina la miniserie Vientos de agua, una coproducción del canal Telecinco de España, Pol-Ka y Cien bares (la sociedad de Campanella y el autor Eduardo Blanco. La dirigen Juan José Campanella, Sebastián Pivotto, Paula Hernández y Bruno Stagnaro (1).
Sandra Russo entrevistó a Campanella: “La coproducción argentino-española, una historia de exilios cruzados entre inmigrantes de las primeras décadas del siglo XX y los argentinos que huyeron en el 2001 admite, según Campanella, una clara connotación: “Tenemos la fantasía de ser ‘apolíticos’, pero hacemos política permanentemente, hasta cuando miramos televisión”.(...) Cuenta Campanella que para los trece capítulos de Vientos de agua trabajaron dos años y medio. “Escribimos los dos primeros guiones cuatro autores juntos: Aída (Bortnik), Juan Pablo (Domenech), Aurea (Martínez) y yo. Fueron ocho meses. No sólo había que recrear la génesis de los personajes, sino el modelo de estructura sobre el que descansaría la historia. Mucho ida y vuelta, mucha reescritura. El resto de los guiones se llevó adelante desde marzo de 2004.” La idea de entrecruzar a un inmigrante asturiano analfabeto que abandona su tierra natal perseguido por la Guardia Civil con la de su propio hijo, un arquitecto que en 2001 cruza el Atlántico hacia España buscando cómo rearmar su vida y mantener a su familia, se le ocurrió al director mientras vivía en EE.UU., donde residió 18 años. “Un día, en Nueva York, me desperté a las cinco de la mañana para leer todos los diarios argentinos antes de ir a filmar, y pensé ‘pobre el abuelo, que no podía hacer esto’, pero después, destruido por la realidad argentina, me dije: ‘bueno, qué suerte que el abuelo pudo olvidarse de todo y empezar de cero’. O sea, el desarraigo, antes y ahora, es tremendo.” Y sobre el desarraigo cabalga Vientos de agua, porque tanto en el barco “Aquitaine”, que trae al asturiano Andrés Olalla a la Argentina, como en el piso madrileño en el que se hospeda muchas décadas más tarde su hijo, hay cubanos, húngaros, franceses, italianos, gente que por un motivo u otro tuvo que dejar su tierra y se hace mutuamente una compañía precaria pero al mismo tiempo férrea: la compañía que se hacen los desesperados. Allí nacen esas amistades que se mantendrán de por vida y los roces inevitables de los que intentan permanentemente mantener algún tipo de equilibrio”.
“¿Por qué Andrés es asturiano y no gallego? De las corrientes inmigratorias, la más identificable para los argentinos es la gallega. Quienes trabajaban en la miniserie dudaban. Hubo un par de elementos que inclinaron la balanza hacia Asturias. “La idea siempre fue serles fiel a todos los idiomas y dialectos. Se habla italiano, pero también genovés o comasco, por ejemplo. Y el bable, que es el dialecto asturiano, es menos cerrado y más parecido al castellano”, cuenta Campanella. “Pero además, Asturias es España, el resto es tierra reconquistada. Y hubo revueltas mineras en el ’34, que fueron la mecha que encendió la Guerra Civil. Así que tomamos el mundo minero de Asturias” (2).

Notas
1 Lamazares, Silvina: “DETRÁS DE ESCENA DE LA GRABACION DE ‘VIENTOS DE AGUA’ Una historia de inmigrantes en dos tiempos”, en Clarín, Buenos Aires, 2 de setiembre de 2005.
2 Russo, Sandra: “Vientos de agua”, la miniserie dirigida por Juan Jose Campanella “Antes y ahora, el desarraigo es tremendo”, en www.pagina12.com.ar, 11 de Junio de 2006.

Gallegos

En 1973, “Abel Santa Cruz tiene siete obras en tevé. Una de ellas es Carmiña, con María de los Angeles Medrano y Arturo Puig, y Raúl Rossi en el rol de Hipólito Yrigoyen. En radio se conoció como Tu nombre es María Sombra; en tevé en1969 como Nuestra galleguita. En el exterior se emitió como Natasha” (1).

Notas
1 Itkin, Silvia: “El Estado llega a la televisión”, en Ulanovsky, Carlos; Itkin, Silvia y Sirvèn, Pablo: Estamos en el aire. Buenos Aires, Planeta, 1999.


Madrileños

Rosaura a las diez, la primera novela de Denevi “supo de adaptaciones para el teatro y la television (en este medio hubo versiones locales en 1961, la dirigida por Narciso Ibañez Serrador, y luego en 1972, 1976 y 1997)”. La última adaptación televisiva “Fue el 28 de mayo de 1997 por Telefé. Dirigidos por Carlos Galletini y con adaptación de Luisa Ickowicz, los intérpretes Carolina Papaleo, Lorenzo Quinteros y Luisina Brando se situaron a gran distancia respecto de la vieja versión de Mario Soffici” (1).

Notas
1 Delaney, Juan José: Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura: una biografía literaria. Buenos Aires, Corregidor, 2005. 244 pp.


Sin mención de origen

En 1966 comenzó a emitirse por Canal 9 “Jacinta Pichimahuida”, también de Abel Santa Cruz, dirigida por Carlos Colasurdo y protagonizada por Evangelina Salazar. En ese programa aparecía Efraín (Vicente Ariño), el portero español, que llamaba a los escolares “blancas palomitas” (1).

Notas
1 Ulanovsky, Carlos: “1966 Todo el día frente a la pantalla”, en Ulanovsky, Carlos; Itkin, Silvia y Sirvèn, Pablo: Estamos en el aire. Buenos Aires, Planeta, 1999.


Españoles y otros

En 1984, “Con su monumental y multitudinario proyecto que quedarà trunco, Los gringos, David Stivel llega a ATC con la pretensiòn de contar en tres años el recorrido de los inmigrantes a travès de varias generaciones. ‘Es una saga –detalla Stivel a Clarìn, mientras su hija Andrea participa en la producciòn- de varias familias: dos italianas, una española y otra judìa, que llegan al paìs en 1890. Se trata de un homenaje a nuestro origen que nos permitirà detectar sus virtudes y sus defectos’. La idea inicial es del propio Stivel y de Aìda Bortnik, pero los libros los escribe Juan Carlos Genè y actùan Bàrbara Mujica, Julio de Grazia, Marta Bianchi, Emilio Alfaro, Luisina Brando y Miguel Angel Solà” (1).

A partir de abril de 2000, Canal “á” puso “en el aire ‘La otra tierra’ (historias de inmigrantes en un país que busca su identidad), una nueva versión del recordado ciclo televisivo”. Se llevó “a cabo en emisiones semanales de media hora de duración, poniendo en relieve el aporte cultural de cada una de las corrientes migratorias”. El ciclo contó “con la producción y dirección de la recordada Clara Zapettini y la conducción de Canela”. El equipo que respaldó el proyecto “estuvo compuesto por Adriana Ocón en la producción; Moira Soto en investigación, e Ivonne Fournery como guionista” (2).
Un año después, Ivonne Fournery se refirió en un reportaje a ambas versiones del ciclo: “En el año ’86 yo empecé a escribir... haciendo guiones en documentales periodísticos, en un programa muy lindo que se llamaba ‘La otra tierra’, que trataba de inmigrantes en un país que busca su identidad. El proyecto estaba dirigido por Clara Zapettini, una mujer muy talentosa... (...) Una mujer que siempre se destacó, y en esa oportunidad la convocaron para ‘La otra tierra’, y fue tal el impacto que, por ejemplo, el año pasado se firmó un contrato con canal A y se grabaron programas de media hora, con un único testimonio cada uno. La ideología, tanto en la primera oportunidad, en los ’80, como ahora, fue la misma, o sea, no poner el acento para nada en la colectividad o comunidad, sino en la síntesis de las culturas. Es decir, hacer hincapié en el aporte que significó a nuestra identidad esa cultura. Lo cual enriquece al programa, lo hace mucho más vivo y mucho más real. De lo contrario, se transforma en una cosa... te diría que pintoresca o turística... y no es ésa la intención. Además, te cuento... yo no hacía la investigación periodística, pero lo que yo aprendí de las culturas haciendo esto no te puedo explicar. Por otra parte, fueron muchos programas: en el ’86 se hicieron 55 y en este último año, 39. O sea que realmente fue un privilegio. Y ahí yo hacía los textos y la voz en off” (3).

En septiembre de 2002, se pudo ver por TN un programa del ciclo “En el camino”, de Mario Markic. Este programa, titulado “Hotel de Sueños” (4) se refería a la historia del Hotel de Inmigrantes, e incluía un reportaje al profesor Jorge Ochoa de Eguileor, Coordinador -junto con la arquitecta Graciela Seró Mantero- del Museo Nacional de la Inmigración, que tiene su sede en ese edificio entrañable e inauguró su primera etapa en octubre de 2001.
En esa emisión televisiva -que se reiteró en varias oportunidades-, periodista y especialista se refirieron a la inmigración y a la vida de quienes dejaban su tierra y se alojaban en el Hotel.

En agosto de 2003, el programa Escala Real, que se emite por Canal á, difundió un trabajo sobre el Hotel de Inmigrantes, en el que participaron el profesor Jorge Ochoa de Eguileor y la arquitecta Graciela Seró Mantero, Consultores Coordinadores del Programa Complejo Museo Hotel del Inmigrante, el arquitecto Carlos Pernaut y el licenciado Gabriel Miremont.

Notas
1 Sirvèn, Pablo: “La patota cultural”, en Ulanovsky, Carlos; Itkin, Silvia y Sirvèn, Pablo: Estamos en el aire. Buenos Aires, Planeta, 1999.
2 Hall, Annie: “Bambalinas”, en La Nación, Buenos Aires, 9 de enero de 2000.
3 Ceratto, Virginia: “La indiferencia, en un 94%, es falta de conocimiento”, en La Capital, Mar del Plata, 18 de marzo de 2001.
4 Markic, Mario: “En el camino: Hotel de sueños”, en TN, 12 de septiembre de 2002.


En radio

Gallegos

Radio del Pueblo. AM 750 Un canto a Galicia. Conduce Pepe Cobas.

Radio del Pueblo AM 750 Galicia Hoxe*

Radio Splendid AM 990 Con Vos (O Muxo)*

Radio Cultura FM 97.9 Gente de buena pasta. Conduce Patricia Magariños. Colaboran Fabián Contigli, Diego Valdecantos y Consuelo Bermúdez. Operador: Claudio Pérez. Teléfonos: Susi Caliyuri.

Vascos

Presencia vasca. FM Universidad. Paraná, Entre Ríos. Conduce Federico Borrás Alcain.

En conjunto

Radio Buenos Aires AM 820 Raíces de España*

Radio Carat FM 88.3 Cantares de España*
Ole! España estoy aquí*

Radio Ciudad AM 1450 España Nuestra*

Radio Ciudad AM 1450 Vivencias y Cantares de Nuestra España*

Radio del Centro AM 570 Cuando Canta España*

Radio Cultura FM 97.9. España sol y crisol. Conduce Prof. López y Diez

Radio Onda Latina AM 740 EspañAmerica*

Radio Gral. San Martín AM 610 Caminando por España*

Radio del Pueblo AM 750 España en el Mundo*

Radio del Pueblo AM 750 Bajo el Sol de España*

Radio El Mundo AM 1070 Recorriendo España*

Radio Excelsior AM 730 España Eterna*

En España por Unión FM 354*

Radio Republica AM 530 Furia Española*

Españoles y otros

Radio Cultura FM 97.9. Crisol de razas. Conduce Carlos Fortunato.

Notas
* CONSEJERÍA DE TRABAJO Y ASUNTOS SOCIALES ARGENTINA PRENSA DE ARGENTINA, URUGUAY Y PARAGUAY Programas de radio españoles

En fotos

Castellanos

Fernando de la Orden homenajea a su abuela en un ensayo que “fue expuesto en el Centro Cultural Recoleta y publicado en forma de libro en la Colección Orbital bajo el título ‘Pan y manteca’, con el texto de Raquel Garzón” (1).
La abuela Lola “nació en Logroño, Rioja, en 1916. Su padre era militar y pasó toda su infancia residiendo en diferentes lugares de España, a donde él era enviado. A poco de cumplir 18 años de edad se casó con el abuelo Gerardo, suboficial del arma de artillería y, dos años más tarde, estando ella embarazada la guerra los separa. Durante los tres años de la guerra, de 1936 a 1939, no se pudieron ver. Finalmente, en 1950, deciden emigrar a la Argentina. Tienen tres niñas y aquí nace la cuarta. En 1977 muere el abuelo Gerardo. Hoy, la abuela Lola tiene 85 años de edad, cuenta con orgullo nueve nietos, diecisiete bisnietos y dos tataranietos” (2).
En “Fernando de la Orden La abuela Lola”, escribe Raquel Garzón: “No hay neutralidad en las imágenes de Fernando ni objetividad fotográfica ni pretendida distancia. Más bien, un homenaje de orgullo y afecto, la nostalgia de cierto reino (¿el del pan con manteca, los abrazos, el rin-raje?) y la certeza íntima, secreta, corajuda de que existe todavía en algún punto del mapa un lugar que podemos llamar hogar, mientras soñamos con volver a casa (3).
El fotógrafo dijo a Leila Guerriero que cuando la anciana mira la fotografía de su familia: “para ella debe ser impresionante ver la foto, y saber que ella y el abuelo crearon toda esa gente, esta vida. En ese sentido, creo que no piensa en la familia que dejó en España, sino en la que está acá. Y somos todos tan unidos también por la abuela” (4).

Notas
1 S/F: en www.fotomundo.com
2 ibídem
3 Garzón, Raquel: “Fernando de la Orden La abuela Lola” (Del prólogo del libro Pan y Manteca, Colección Orbital), en www.fotomundo.com
4 Guerriero, Leila: “Pan & Manteca”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 5 de mayo de 2002


Gallegos

Silvia Marzochini es la autora de la foto mural de dos gallegas, que se exhibe en el Nuevo Banco Industrial de Azul.

Vascos

“Organizada por el Centro Vasco de Azul Gure Txokoa, del 23 al 28 de este mes se expondrá en el Salón Cultural de esta ciudad la muestra itinerante del fotógrafo vasco Paulino Oribe titulada “Pastores vascos en el Río de la Plata”. La exposición, que está dedicada a los inmigrantes vascos en su relación con el pastoreo en el Cono Sur Latinoamericano, consta de 42 fotografías que ya han recorrido numerosas ciudades de nuestro país y que desembarcará luego en Uruguay” (1).

Notas
1. S/F: “Pastores vascos en el Río de la Plata”, en El Tiempo, Azul, 20 de junio de 2004.

.....

Así vivieron los españoles en la Argentina, trabajando, reuniéndose, cultivando las tradiciones de su tierra y transmitiéndolas de generación en generación. En los testimonios que transcribimos parcialmente, en los artículos periodísticos, las obras literarias y los filmes y las fotos, se evoca su laboriosidad, su nostalgia y su esperanza, la lucha por sus ideales, y el afán de superación que se traduce en la relevancia alcanzada por muchos de sus descendientes.


Más info
Inmigración en la Argentina: Españoles (hasta 1975)

Gallegos
Cuentos y poemas sobre gallegos argentinos, artículos periodísticos, crítica bibliográfica

Blog
Cultura gallega en la nueva tierra

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