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Los españoles de la Argentina
Por Gerardo Álvarez.*

  A partir del último tercio del siglo XV, en el admirable tiempo del Renacimiento, el de las dudas acuciantes, las respuestas atrevidas y las mutaciones inesperadas, transcurrió en España el prolijo reinado de Isabel y de Fernando  -a través de cuyo matrimonio se había alcanzado la unificación del país-, el que estuvo signado por logros políticos muy ponderables, ya que ellos organizaron el Estado, adoptaron medidas muy sensatas en lo económico-social, impusieron su autoridad sobre la nobleza y fueron capaces de terminar con ocho siglos de dominación islámica en suelo hispano.

  Pero el impensado arribo al Nuevo Mundo, el 12 de octubre de 1492, daría más brillo aún a la gestión de los Reyes Católicos y, con esa saludable intuición que tienen los pueblos para identificar inmediatamente los momentos definitivos y concluyentes de su historia, los europeos de entonces no demorarían mucho en tomar conciencia de cuanto significaba para la humanidad el sorprendente resultado de la audacia de Cristóbal Colón.

  De allí que el cronista López de Gomara, en unas precisas expresiones transcriptas por por José Luis Busaniche en su "Historia Argentina", tradujese con acierto ese significado al concluir que "la mayor cosa desde la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte de quien lo creó, es el descubrimiento de este nuevo mundo que Indias se llama".

  La Corona de Castilla y León, en cuyo nombre se había formalizado el descubrimiento, fue la encargada de conducir, desde el Consejo de Indias y la Casa de Contratación de Sevilla, el contundente proceso de implantación de la cultura española en un interminable territorio que para los grandes "devoradores de distancias", como denominó Pierre Chaunu a los primeros conquistadores, constituía una incógnita pero además un desafío.

  En 1516, año de la muerte de Fernando de Aragón, ellos ya habían llegado al Río de la Plata, cuya conquista y colonización cobró su primer impulso durante los años en que reinaron Carlos V y Felipe II. Detrás de los nombres de esos grandes capitanes de la conquista arribados a partir del siglo XVI, se ocultan miles de europeos, en su mayoría españoles, que los secundaron en las largas travesías, en las exploraciones y descubrimientos y en las fundaciones de ciudades.

  Y junto con los hombres también vendrían hábitos, costumbres, actitudes, creencias religiosas, leyes, conocimientos, instituciones políticas, todo un espléndido conjunto de bienes culturales entre los cuales no sería menos trascendente ese tesoro común de la hispanidad que es la lengua castellana. Sin olvidar, por supuesto, que cualquier conquista es susceptible de las más fundadas objeciones y reservas, y que en el caso de la española es posible cuestionar el abuso de muchos encomenderos, la destrucción de muchas cultura indígenas, el monopolio comercial, el absolutismo oprimento de los Austrias . . . Pero más allá de los excesos de ciertos hombres alienados por la codicia y amparados en la impunidad que les brindaba el alejamiento de la metrópoli, es preciso admitir que ninguna de las colonizaciones de la historia tuvo normas más justas que las contenidas en ese preciado monumento jurídico que honra a España y que estuvo constituido por las viejas Leyes de Indias.

  Un nuevo período de la presencia hispana en estas tierras se abrió en 1776, tuvo la lucidez de advertir que imperiosas razones geopolíticas indicaban la necesidad de crear el Virreynato del Río de la Plata. Ya con anterioridad a esta oportuna decisión, desde que el trono de España había pasado a manos de los Borbones, se apreciaba un espíritu más abierto y progresista, tal como lo pretendía el pensamiento de la Ilustración, que tuvo en España a figuras tan prominentes como Gaspar Melchor de Jovellanos, los Condes de Aranda y Floridablanca y el Marquez de Campomanes.

  Por entonces se habían implementado en el Río de la Plata medidas que en lo político exhibían el signo del despotismo ilustrado, como la expulsión de jesuitas (1767), cuya concepción religiosa  del poder y creciente influencia económica y política desafiaban la autoridad real, o como la Real Ordenanza de Intendentes (1782), que apuntó a una mayor centralización política y diluyó la preeminencia detentada hasta entonces por los cabildos, que contituyen un indispensable antecedente para encontrar los más lejanos orígenes de la democracia argentina.

  Pero las actitudes más liberales se manifestarían en otros campos, como el reglamento económico, a través del Reglamento de Libre Comercio (1778), o el de la política educativa y cultural, que alcanzó su mejor momento durante la gestión de Vértiz. Al concluir esta etapa, criollos y españoles lucharían juntos contra los invasores ingleses y compartirían la gloria de la Reconquista.

  Los inicios del siglo XIX se presentaron muy duros para España, porque tras la destrucción de su armada en Trafalgar, que presagiaba el ocaso del imperio ultramarino, su territorio fue ocupado por el ejército francés, contra el cual se levantarían los madrileños aquel heroico 2 de mayo de 1808. Dos años más tarde, con la Revolución de Mayo y el proceso de emancipación política, se desarrollaría el período más conflictivo de los españoles del Plata, durante el cual ellos no pudieron, obviamente, permanecer ajenos a las guerras de la Independencia, y así, mientras algunos combatían a los patriotas, otros adherían convencidos a la causa revolucionaria.

  Pero, según Joaquín V. González, se daba la  paradoja no tan extraña de que mientras las Provincias Unidas enfrentaban a las tropas realistas, sus gobernantes "reproducían aquí la legislación reformista de Carlos III y por resolución de sus primeros congresos revolucionarios, seguían rigiendo los códigos españoles de derecho común y las costumbres municipales del régimen monárquico". Y dado que las nuevas ideas habían inspirado los dos movimientos emancipadores de mayo, el matricense de 1808 y el porteño de 1810, es comprensible que al recuperar su trono el mediocre Fernando VII algunos de los más esclarecidos liberales de la Península se trasladasen al Río de la Plata, en busca de un clima más afín a sus convicciones y actitudes.

  Como lo ha puntualizado Vicens Vives "el hecho fundamental es que España se incorporó tardíamente a la gran corriente humana de Europa a América iniciado hacia 1820", debido a las tremendas epidemias de cólera y fiebre amarilla que diezmaron su población en la primera mitad del siglo XIX. Hacia 1822-23  las Cortes incluyeron la emigración entre los "males de la patria" y recién en 1836, al término de la "ominosa década" antiliberal y reaccionaria, unas reales órdenes permitieron los traslados de españoles a Hispanoamérica, aunque limitándoles a Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

  En 1853 el gobierno de la cuestionada Isabel II autorizó las migraciones de los pobladores de las Canarias, donde el crecimiento demográfico era considerable, al tiempo que en la Argentina entraba en vigencia la Constitución Nacional, que ofrecía a todos los hombres de todos los pueblos del mundo la posibilidad de radicarse en el despoblado suelo del país. Y a esas decisiones políticas, que alentaron la emigración ibérica al Río de la Plata, se sumó el reconocimiento hispano de nuestra soberanía, gestado trabajosamente a partir de 1854 por Juan Bautista Alberdi, encargado de negocios de la Confederación Argentina ante el gobierno de Isabel II, y consolidado por los tratados de 1857 y 1859 y por el definitivo del año 1863, suscripto durante la presidencia de Mitre. A través del mismo se dio un importante paso para que ambas naciones comenzaran a superar medio siglo de desencuentros, a los que no poco habían contribuído el antihispanismo del mismo Alberdi, de Juan María Gutierrez y de otros intelectuales de la generación de 1837.

  En la décado de 1870 se sumaron otras circunstancias positivas para la radicación de los inmigrantes españoles en la Argentina, pues mientras en ella se aprobaba la generosa Ley de Inmigración, cuando era presidente Avellaneda, España otorgaba a sus habitantes la libertad de emigrar, a través de una real orden que suprimía los depósitos requeridos hasta ese momento para hacerlo y que privaba al centralismo madrileño de la facultad para extender los pasaportes, delegándola en las autoridades locales. Como por entonces abundaban en ese país las motivaciones para abandonarlo, porque debido al escaso desarrollo económico y al litifuncio las fuentes de trabajo eran insuficientes, los jornales magros y las condiciones laborales humillantes, en especial en los medios rurales, y como a esas causas se sumaron otras, entre las que estaban las evasiones al servicio militar y los exilios que se produjeron tras la caída de la Primera República y la Restauración, es comprensible que este haya sido el tiempo de mayor emigración en toda la historia de España.

  En cuanto a la procedencia de los migrantes, sabido es que unas pocas regiones españolas suministraron buena parte de los contingentes: Canarias, Galicia, Asturias, Santander y también Barcelona y el país vasco, detectándose entre catalanes y eúskaros una mayor calificación profesional. Y en lo que respecta al destino elegido por esos españoles, no hay duda de que la "obsesión por Argentina", según la feliz expresión de una memoria del Consejo de Emigración de España de principios del siglo XX aludida por Juan Antonio Oddone, prevaleció en la mayor parte de ellos seguramente porque, como infiriera el mismo historiador, "los países del Plata poseen el atractivo de una comunidad de costumbres, idioma, lazos culturales y la existencia de importantes colonias de las distintas regiones de España ya afincadas de antiguo".

  De allí que desde la década de 1880 el aumento del número de residentes hispanos fuera constante y progresivo, lo que se reflejó en su activa presencia en todos los empleos, oficios y profesiones, en la vida intelectual y artística del país y en la constitución de innumerables entidades hispanas en los principales núcleos urbanos y también en humildes localidades de provincia.

  Para 1895 ellos eran más de ciento noventa y ocho mil, representando un cinco por ciento de la población, y luego de 1898, cuando España perdió Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam, ese porcentaje se incrementó sensiblemente. Transcurrían entonces los años en que miles de inmigrantes españoles vivían emociones idénticas a las que transmitió Baldomero Fernández Moreno cuando evoca en sus memorias el regreso a la patria con sus padres, luego de residir cierto tiempo en una aldea de Asturias: "El Cataluña, por fin, atraca con lentitud, como si tuviese miedo de romperse... Todo el mundo está arriba. El gentío se apiña, busca, señala con los brazos extendidos. Hay lágrimas y pañuelos desde el aire a la tierra, desde una ausencia a otra".

  Durante los tres primeros lustros del siglo XX, antes y después del Centenario, época de la definitiva reconciliación con España, la Argentina continuó recibiendo considerables aportes de migrantes de ese país, quienes para el censo de 1914, sumaban ochocientos treinta mil -algo menos que los italianos- y constituían el diez por ciento del total de la población. Pero como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, desde ese año y hasta el fin de la contienda se produjo la repatriación de miles de españoles y se interrumpió la corriente migratoria hacia América.

  Después, durante la década de los años '20, se reanudó la inmigración hispana a la Argentina, pero ella nunca mas recobraría el vigor que había tenido en años anteriores. La guerra civil de 1936-39 daría motivo a un nuevo período, signado por la perceptible suspensión de las migraciones, aunque desde que se insinuó la derrota republicana ellas fueron sustituídas por los innumerables exiliados que se afincaron entre nosotros. En la década de los años '40 -cuando vivían en la Argentina unos seiscientos sesenta mil españoles, (un cinco por ciento de la población)- , ella continuó siendo el destino preferido por los inmigrantes hispanos, cuya radicación alentó un acuerdo suscripto en 1948.

  Diversas circunstancias han contribuido a diluir en las últimas décadas, la tradicional "obsesión por la Argentina" que alentó a nuestros abuelos a establecerse en este suelo. Pero otras más recientes, como el afín camino democrático que han elegido ambos países, sus coincidencias entorno a grandes objetivos políticos, las estrechas y crecientes vinculaciones culturales y ese pasado entrañable que impulsa a compartir experiencias de presente y proyectos de futuro, dan testimonio de uno de los mejores momentos de las relaciones hispanoargentinas iniciadas cuando hace poco menos de cinco centurias, muchos españoles comenzaron a hacer suyas estas tierras, a las que inicialmente vinieron tras un mítico sueño de riquezas y en la que después contribuyeron a gestar la nacionalidad, a la que a veces los trajo un destino de exilio y otras la admisible esperanza individual de "hacer la América", y en la que desde siempre estuvieron entre los protagonistas de esa apasionante y ardua empresa común que es la de hacer la Argentina.


* Director de Museo Histórico Municipal de Cañada de Gómez.
Dpto. Iriondo - Prov. de Santa Fe - Argentina.


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