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En busca de las raíces

Investigación y recopilación de la Lic. María González Rouco.


   A veces, son los descendientes los que regresan, en busca del paisaje añorado por sus mayores.

   Acerca de esta clase de travesía, dice Juan Bedoian: “Quizás ese viaje es como mirarse al espejo por primera vez, recuperar una parte nuestra que nunca puede desaparecer: las semillas de lo previo. Y es también el viaje más importante que uno puede hacer porque es un viaje que nos nombra, un viaje que no cesa en el tiempo ya que siempre estuvo en nuestros sueños y quedará allí para siempre, sin adioses, intocado como el relato de un viejo que cuenta cómo era su casa en su aldea de Italia, qué hacía en el campo, cuándo y con quién llegó a la Argentina. Ese viaje es una vuelta al seno materno, a un espacio casi sagrado, lleno de afectos, risas o pesares que nuestro bisabuelo le contó a nuestro abuelo y nuestro abuelo a nuestros padres y nosotros a nuestros hijos. En un país de inmigrantes que desciende de los barcos como éste, ese viaje cierra el círculo de nuestro destino: anuda los lazos familiares, sociales, geográficos, culturales y especialmente emocionales que ligan nuestra historia con la historia original. Como si fuese un hilo invisible en el que están unidos todos los mundos, los viejos relatos, los gestos ya cumplidos y todos los tiempos” (1).

   El viaje se relaciona en algunas oportunidades con la creación literaria, a la que precede o de la cual es consecuencia. En un reportaje, afirma Roberto Raschella, autor de Si hubiéramos vivido aquí: “Viajé a Italia, el pueblo de mis antepasados, y al volver empecé a escribir la que fue mi segunda novela. La época anterior y posterior al viaje va a ser la base de mi tercera novela” (2).

   En la tierra incomparable, el italiano Dal Masetto narra la visita de una emigrante a su pueblo, cuarenta años después. En una entrevista, aclara quién viajó: “En realidad, fui yo el que regresó. Allí se dio algo interesante desde el punto de vista del oficio: me propuse contarlo desde la visión de Agata y mi esfuerzo fue tratar de ver todo con los ojos de ella. Ese cambio de personalidad me obligaba a cierto tipo de asombro. Mi mamá -por ejemplo- nunca subió a un avión” (3).

   Griselda Gambaro también escribió remitiéndose a sus vivencias. Para El mar que nos trajo, “En lo que respecta a Italia, acudí a mis propios recuerdos de los lugares que se mencionan: (...) Recordaba particularmente la isla de Elba, donde sucede el relato cuando se traslada a Italia. La había visitado hacía muchos años, conocido a los descendientes de Agostino, quienes me acompañaron al pueblo bajo cercano a la playa y al alto, sobre la cumbre de una colina, a ‘la playa de arena y piedras romas’ ” (4).

   A Italia viaja Atilio Betti en 1967. También lo hace el protagonista de "La noche lombarda", su novela, premiado por el Gobierno de la península. El personaje vive su premio como una revancha: “Mi padre me había negado la educación. Me había condenado, por no querer trabajar bajo su mando, en su fabrica, a una juventud de lucha. A defenderme a puñetazos por las calles y las oficinas, con tal de salir con la mía. Y ahora me hallaba allí, en viaje hacia Italia, en calidad de invitado y futuro huésped de su patria. Libre y solo. Solo, sí, pero libre y triunfante” (5).

   Paulina Vinderman habla a su padre en un poema:

“-Anoche soñé que sacaba un pasaje para Bulgaria-/
quiero decirle./
Llego a una ciudad amplia y resuelta, apoyada en un/
mar interior (un mar de manual, con muchos barcos enhiestos.)/ Inexplicablemente la ciudad está callada/
y resuenan mis pasos sobre las calles./
Universidad, dice un cartel,/
y otro me envía a las ruinas de un templo griego/
que instala la armonía en mi ceguera”
(6).

   Canta a su padre, asimismo, Alberto Perrone, cuando llega a la casa europea del inmigrante:

“Padre hoy conocí tu tierra de vides y olivos./
Conocí a tu hermana y encontré tu joven retrato/
que aún preside allá, la casa”
(7).

   Estar en la tierra de los mayores es un aliciente para la labor intelectual. En una conferencia dictada en 1994, afirma Aurora Alonso de Rocha que un recuerdo de 1978 le da “a la tarea de investigar, una cuota mayor de entusiasmo”.

  Se refiere a su viaje a Galicia: “de pronto, estuvimos en la mítica tierra. A terra, la de los cuentos mil veces recreados. (...) ¿Cómo pudieron irse? –preguntó mi hija de quince años. ¿Cómo, de un lugar mágico? Era el lugar del encantamiento, recibido en los relatos y los silencios dolidos, el lugar donde el mar era la mar y había puertos de tierra” (8).

   Volver puede ser el tema de un texto premiado. Sobre su viaje a Prepezzano, “un pueblito de la provincia de Salerno que no figura en ningún mapa”, escribe Mónica López Ocón su “Interior italiano”, uno de los textos ganadores del certamen “El mito del viaje”, organizado por la Asociación Premio Grinzane Cavour y los diarios Clarín y La Repubblica: En esas páginas expresa: “Mi viaje era en realidad un regreso. El pueblo que me mostraron era una réplica del que yo llevaba dentro. Paradójicamente, era el pueblo el que me habitaba desde mucho antes de que pudiera habitarlo yo. Por eso, reconocí de inmediato el olor, el sabor y la textura de las uvas negras que Alfredo cortó del huerto. Bajo su piel enlutada guardaban un sol escandaloso. Parecían arrancadas de la sombra por el luminoso pincel de Caravaggio y tenían el sabor indescriptible que sólo pueden tener las uvas que se añoran” (9).

   En el pueblo del que partieron los ancestros, se encuentran latentes las raíces. Dijo Julia Zenko: “Un instante puede mostrarte lo que pesan tus antepasados. Eso lo vi en esta última gira: conocí Letonia y Lituania, y también Estambul, donde vivió varios años una de mis abuelas, y reconocí olores de las comidas de mi casa, músicas, acentos. Es que soy una argentina tanguera sin una gota de sangre criolla” (10).

   Para Eduardo Pietkiewicz, “Conocer Lituania era una ilusión de toda la vida. Es que en ese país había nacido su madre, pero ella nunca había podido regresar. Entonces, cuando finalmente este año se ajustó el cinturón de seguridad del avión que lo llevaría a esa tierra tan deseada, Eduardo Pedro Pietkiewicz sintió que de ese modo cumplía con su sueño más importante. Pero también concretaba el anhelo de mamá Cecilia, que seguramente sonreiría feliz desde esa ventanita tan misteriosa por donde nos siguen mirando, orgullosas, las mamás que ya se han ido” (11).

“Sesenta años después del clímax del Holocausto –el asesinato de seis millones de judíos pergeñado por los nazis-, ochenta chicos de la comunidad Hashomer Hatzair llevan sus por qué a Polonia. Vienen de todo el mundo. Viajan en busca de sí mismos, de rastros de sus abuelos, de alguna respuesta” (12).

   A Ottobiano, “un pueblito de Lombardía que ni siquiera puede dar pruebas de su existencia: no hay trenes que pasen por ahí y fue olvidado hasta por los cartógrafos”, viajó Miguel Frías. De allí partió su abuelo en 1913, a los doce años. El nieto se aproxima al pueblo: “Verlo acercarse por fin en una mañana de bruma, entre árboles sin hojas y campos labrados por fantasmas, no lo hace más real: la cúpula de la iglesia está a salvo de la niebla, pero el resto tiene el contorno de un sueño. Acabamos de recorrer el breve paraíso de mis cuentos infantiles” (13).

   En 1991, Gabriel Corrado viajó a Italia para grabar en Roma y Sicilia. Años más tarde, expresa lo que sintió cuando una pareja lo reconoció en la Vía Condotti: “Se me vino encima el abuelo, que había hecho el camino inverso, los doce mil kilómetros, Zamudio 4230...” (14). Por una circunstancia fortuita, se reencontró espiritualmente con su antepasado.

   Una tía de Enrique Eusebi “pudo volver a la tierra de sus padres, con tanta mala suerte que estalló la guerra. ‘Y nosotros le mandábamos café y azúcar a mi tía. Mire ahora’. Cuando por fin volvió, la tía no paraba de comer” (15).

   Los alumnos del colegio porteño Marie Manooguian eligieron la tierra de sus mayores como destino de su viaje de egresados. Organizan cenas para recaudar los fondos que les permitirán viajar; “el objetivo es que todo lo aprendido por los jóvenes en los años de formación académica (historia, geografía, idioma y cultura) concluya con la rica experiencia de visitar Armenia. Y también tienen la posibilidad de visitar otros países pertenecientes a la comunidad europea” (16).

   En “Temas de la patria anterior”, González Carbalho escribe: “Quienes fueron antes que yo en mi sangre, partieron por donde yo entré en España. Recuerdo que en algún coloquio de lembranzas, hablóme mi padre de cuando se echaba a nadar en la radiante bahía de Vigo. Eran intentos para irse. Estaba haciendo la práctica para la gran travesía. El alma navegante se estaba familiarizando con la onda, el yodo, la brisa que blanquea de sal la cara. Así partió siendo niño. Y yo volví por donde él partió, siendo ya varias veces hombre. Es decir: hombre y experiencia, hombre y afán de indagar en la raíz, de sentirme en la fuente de la savia. Hombre que necesita respirar los aires de su patria anterior” (17).

   Adolfo Pérez Esquivel  “parte para Galicia en breve a dejar él también su huella escultórica.  ‘Voy a hacer un monumento a la memoria en Combarro, el pueblo donde nació mi padre, en un parque al que le van a poner mi nombre, comentó” (18).

   Javier Villafañe   “En los '80 cumplió el sueño del descendiente: ‘regresar’ a tierra de los padres.   Y allí, en España, llevó su arte también de pueblo en pueblo” (19).

   A Eibar llegaron los hermanos Sarrasqueta, a conocer a sus parientes vascos, de los que no tenían noticias desde 1902. El encuentro fue posible gracias a la Asociación para la Cooperación Mundial entre Vascos, que ayudó a localizarlos. “Regresaron la semana última, con las valijas llenas de fotografías, comidas típicas y libros sobre el lugar. ‘El primer encuentro con Pedro, primo segundo, de 65 años, fue impactante por el parecido con mi padre. Nos recibieron como una verdadera familia. Valió la pena el esfuerzo’, contó Marcelo” (20).

El viaje permite, en algunas oportunidades, vivir de cerca la dura vida que se llevaba antes de emigrar. En un reportaje, afirma Guillermo Saccomano, autor de El buen dolor: “Yo recuerdo cuando fui a España por primera vez, en el setenta y pico. En la casa de los parientes, en Santiago de Compostela, un familiar me mostraba emocionado el baño: había llegado a tener sanitarios y después de trabajar en el campo, podía pegarse una ducha. Si esto era así en los años setenta, pensá lo que sería en 1910, 1920” (21).

  “Cuando finalmente llegué a Galicia –escribe Gladys Onega- sólo reconocí y sólo recuerdo el olor ácido a estiércol y la moscas ennegreciendo los cuencos, de lo que nunca me había hablado. Los trabajos eran más aliviados, las penurias menos pesadas, y las nieblas tan vagorosas y pobladas de brujas temibles como las inventadas por los hermanos Grimm, que allí se llamaban as meigas” (22).

   Sirve para comprender más a quienes emigraron. Esther Goris conoció Pontevedra a los veinte años. En diciembre de 1999, cuando evoca ese viaje, escribe: “Recién al disfrutar de cerca de esa belleza incomparable entendí por qué a mi padre lo ponía triste la inmensa llanura de la Argentina” (23).

  Otro tanto sucede a Beatriz Pérez Leiro, marplatense que en 1999 viajó a España. Ella dijo: “Desde pequeña escuchaba a mi madre hablar de un extraño camino, que siempre se llamó ‘francés’, senda única y concreta hacia un sepulcro milagroso. Su voz se apagó y puse su sueño en mi mente y en mi corazón” (24).

   Arroja luz sobre la propia existencia, a la que completa y da sentido. “Yo viajé a España –cuenta Pepe Fernández Balado- porque sentía que tenía que recuperar algo que se me escapaba, que se me había escapado en la infancia. (...) yo nací en el ’46 y en el ’50 y tantos, había un horario en el que la radio no se podía tocar: la hora de la audición española... y yo reconozco todas las canciones de esa época, como si fuera un español más. Es más, cuando viví en España, con un español, hacíamos competencias, él empezaba un pasodoble, yo lo seguía y así... y él no podía creer que yo me hubiera criado en Argentina...” (25).

   Algo así sentía la protagonista de mi cuento “Volver a Galicia”, basado en una anécdota familiar. Acerca de esta mujer, digo: “Hasta que no lograra pisar esa tierra, nada tendría valor para ella, porque le faltaba su punto de partida, el origen que la había llevado a ser quien era” (26).

   Para Vicente Muleiro, viajar al pueblo de su abuela fue muy importante: “Lo que se veían eran unas chozas de piedra, una isla del pasado enclavada en la Galicia europeizada. Sin embargo, ese pueblo tosco por donde trajinaron los pastores que me anteceden significaba mucho para mí” (27).

   Al protagonista de la canción de Alberto Cortez lo llevó la promesa que hiciera a su abuelo: “Y el abuelo un día cuando era muy viejo/ allende Galicia/ me tomó la mano y yo me di cuenta/ que ya se moría/ Y entonces me dijo, con muy pocas fuerzas/ y con menos prisa: ‘Prométeme hijo que a la vieja aldea/ irás algún día/ Y al viento del Norte dirás que su amigo/ a una nueva tierra, le entregó la vida” (28).

   En “Al contrario de lo que dicen”, escribe Julio César Barros: “Mi abuelo era un gaita nacido en Monforte de Lemos y llegado a estas comarcas cuando tenía un poco más de 18 años. Como otros tantos millones de españoles, se abrió camino aprovechando honestamente las oportunidades que ofrecía el país, en aquellos mejores días. Se casó con una argentina, aumentó cuanto pudo la prole, compró su chalecito y se jubiló despues de haber cinchado no sé cuantos años en el Roca. Una vida tan modesta, que mal hubiera podido despertar la curiosidad de nadie. (...) Ahora, ya devenido en inmigrante yo también, comprendo su ternura” (29).

   El padre de la escritora María Rosa Lojo había plantado un castaño: “Mi padre no solamente intentó compensar con imágenes míticas la llamada ‘pérdida de los objetos tangibles’. El, que no creía en Dios, creía en los árboles. Como lo hiciera Rafael Alberti, fuimos a vivir a Castelar, donde había muchos, y las casas tenían (y tienen aún hoy) amplios jardines. En el parque trasero de la nuestra ya había un ciruelo, y varios árboles frutales. Pero mi padre plantó, también, un joven castaño. Era su árbol fundador, después de todo, un verdadero ‘árbol madre’, árbol de la vida, árbol del mundo, eje cósmico capaz de abastecer las necesidades de toda una familia, y por extensión, de la especie humana. En sus hojas rejuvenecía, cada primavera, la esperanza del reencuentro. Pero los castaños no se avienen con el clima de Buenos Aires: los frutos eran muy malos, casi raquíticos, ni siquiera valía la pena extraerlos de su coraza puntiaguda. Sin embargo el castaño dio otro fruto mejor y más esperado”.

   Cuenta la hija lo que sucedió con ese árbol, símbolo de un anhelo “Cuando ya mi padre había muerto pude, por fin, ‘volver’ a la tierra que yo aún no conocía y donde él no llegó a retornar nunca. A mi regreso, el castaño comenzó a morir, irremediable y violento. En un mes se había secado de la copa a las raíces. Comprendí que simplemente daba por cumplida su misión terrena, que siempre había estado allí sólo para encarnar la fuerza del deseo, la poderosa pulsión de la nostalgia, el primer mandamiento que se le impone al exiliado hijo” (30).

   Ruben Servia recuerda el viaje a la tierra de sus mayores: “en 10 minutos llegamos a A Coruña... Noia... Lousame... bajé del auto... y lo que caminé desde ese auto hasta los brazos de mi tía... no puedo explicarte, no podré expresarte qué me pasaba, era como caminar volando... liviano... sin nada adentro... ahogado... alegría... La abracé, lloré como hacía mucho no lo había hecho, recordé a mi papá, a mis abuelos, estaban ahí, en medio de nosotros dos...” (31).

   Leonor Manso destaca la importancia que tuvo para ella el viajar a Segovia, tierra de su padre, “que se había ido de allí a los once años y sólo había vuelto de visita a fines de los 60”. En Carbonero El Mayor, a unos cien kilómetros de Madrid, encuentra a sus tíos y recorre todo el pueblo “lleno de Mansos”. Sobre esta experiencia afirma en 2000: “Me fui viendo y reconociendo en cada uno de ellos. También empecé a sentir cada vez más fiebre: era un golpe fuerte verme puesta frente a mis orígenes de una manera brutal” (32).

   Martín, hijo de húngaros judíos, “ha viajado con frecuencia a Europa debido a su trabajo, y en esos viajes siempre ha pensado en acercarse a Hungría, pero lo ha detenido el temor a enfrentarse por sí solo con el pasado de su familia. Lo ha asediado una irracional fantasía de que los nazis lo apresarían y lo harían jabón. (...) Quería ir a Hungría a visitar la tierra de sus ancestros, pero había llegado a la conclusión de que no podía hacer ese viaje solo, necesitaría de la compañía de su padre para realizarlo. No tanto la de su madre, que también era húngara, sino sólo la de su padre. Quería que fuese un viaje de hombres, de amigos, de compañeros, en esta excursión a ese pasado. (...) El paso siguiente era cómo convencer a este hombre de ochenta y cuatro años, que siempre había expresado su desprecio por ese país que no había dudado en apoyar al invasor nazi y que había colaborado para mandar tantos judíos a la muerte. No iba a ser fácil” (33).

   Matilde Bensignor visita la tierra de sus mayores. Al regresar, escribe: “Turquía. Mis padres y mis abuelos vinieron a recibirme y me trajeron las imágenes de una vida que se fue. Y ellos aparecían y se borraban en mi memoria, haciéndome reír y llorar. (...) Era Iom Kipur, entré en la sinagoga de Estambul. Me sentí en casa. Abajo, los hombres, en la azará, las mujeres. Parecía el templo de Camargo. El Jazán cantaba en hebreo y en judesmo. Y llegó la hora de la Neilá y toda la congregación se levantó en un grito, un clamor a Dios, de alabanzas, de Aleluyas, de perdón. Lloré con mis parientes de Turquía, aquellos que, sin conocer, ya los quería. ¡Dije, adiós a Estambul. Me esperaba Izmir! Allí, descubrí una nueva alegría. Vibré de emoción, al ver el balcunico de Buduralí y, junto al borde del mar, azul, respiré, profundo, tratando de inspirar hasta el último de los recuerdos y llevarlos conmigo. Como joyas preciosas, los guardé en mi corazón” (34).

   A Siria viajó Alberto Mustafá, quien relata: “En un viaje que hice a Europa llevé conmigo la carta de un primo que me había escrito desde Siria, la tierra de mi padre y de mis abuelos. No me pregunten porqué tenía esa carta encima porque mi intención no era llegar hasta Siria. Pero estando en Madrid vi en TV un documental sobre los árabes y al otro día, casi sin pensarlo, compré un pasaje a Damasco. Desde ahí llegué a Wada Il Ellun, el pueblo de mi padre, donde un vecino me llevó hasta la casa de un señor bajito y muy parecido a mí a quien le mostró la carta. ‘Esa carta la escribí yo’, me dijo el señor y nos estrechamos en un fuerte abrazo. De todas las emociones que viví en aquellos días ninguna me pegó tan fuerte como haber conocido la casa donde vivió mi viejo” (35).

   Y, en los tiempos que corren, significa la posibilidad de empezar de nuevo, como sucedió a Horacio Fernández, quien viaja, desengañado de la Argentina, a la tierra de la que vinieron sus padres: “Horacio vive ahora en el lugar que siempre conoció a través de relatos. Todo está igual a como le fue contado. Pero todo, también, es diferente. Por empezar, la barba ya fijó su color de nube y el pasaje no tiene fecha de regreso. Igual que hace setenta y dos años, cuando Felipa y Antonio desembarcaban en Puerto Nuevo con un par de bolsos y un papel con la dirección de unos paisanos –porque en España amenazaba el hambre-, el hijo, ahora, llegaba a Barajas –porque en la Argentina se come tierra- con un bolso y una anotación: ‘Carretera Pandorado 7, Sopeña de Carneros, Astorga’ ” (36).

   Porque, como escribe el nicaragüense Sergio Ramírez, “Ahora que tantos argentinos descuajados de la normalidad de sus vidas se quieren subir a los viejos barcos en que sus antepasados llegaron desde Calabria, o desde Marsella, o desde Vigo, a buscar un refugio quizás imposible frente a la catástrofe que la repetida corrupción ha traido sobre la Argentina, el rollo de la película es echado a andar, pero hacia atrás” (37).

  “La tierra generosa se ha vuelto marchita –escribe Héctor Gambini. Y la nueva inmigración se está volviendo. Y muchos de los hijos de la vieja inmigración también se quieren ir. A la aventura de cruzar el océano al revés que los abuelos” (38).

Notas
1 Bedoian, Juan: “El viaje sentimental”, en Clarín, 17 de octubre de 1999.
2 Ingberg, Pablo: “El amor a los vencidos”, en La Nación, Buenos Aires, 14 de febrero de 1999.
3 Roca, Agustina: “Historia de vida”, en La Nación, Buenos Aires, 12 de julio de 1998.
4 Gambaro, Griselda: “Crónica de una familia”, en Clarín, Buenos Aires, 25 de febrero de 2001
5 Betti, Atilio: La noche lombarda. Buenos Aires, Plus Ultra, 1974.
6 Vinderman, Paulina: Bulgaria. Biblioteca Virtual Beat 57.
7 Perrone, Alberto: “Amores por la vuelta. El que una vez partió”, en Hotel de Inmigrantes, 2002.
8 Alonso de Rocha, Aurora: “Los gallegos en Olavarría”, en El Tiempo, Azul, 30 de octubre de 1994.
9 López Ocón, Mónica: “Interior italiano”, en Clarín, 8 de diciembre de 2001.
10 Reportaje a Julia Zenko en La Nación Revista, 11 de agosto de 2002.
11 Navarra, Graciela: “Conocer la tierra de los ancestros Eduardo Pietkiewicz pudo llegar a Lituania”, en Varios autores: “Por qué 2005 valió la pena”, foto de tapa: Graciela Calabrese, fotos: Graciela Calabrese – Martín Lucesole, en La Nación Revista, Buenos Aires, 31 de diciembre de 2005.
12 Heller, Diego: “Un país hermoso, un gran cementerio”, en Clarín Revista, Buenos Aires, 4 de mayo de 2003.
13 Frías, Miguel: “Noticias del mundo”, en Clarín, 3 de septiembre de 2000.
14 Baduel, Graciela: “Por la vuelta”, en Clarín, 24 de octubre de 2000.
15 Piotto, Alba: “La Isla Maciel por dentro”. Fotos: Rubén Digilio, en Clarín Viva, Buenos Aires, 27 de junio de 2004.
16 A. A.: “Viaje de egresados con sabor a solidaridad”, en La Nación, Buenos Aires, 22 de agosto de 2002.
17 Gonzalez Carbalho, José: op. cit.
18 Zacharias, María Paula (texto); Roll, Mauro (fotos): “La vidriera cultural”, en La Nación Revista, 22 de agosto de 2004.
19 S/F: “Tristeza de pinochos”, en Microsemanario, Año 6, N° 233, 25 de marzo al 7 de abril de 1996. www.fcen.uba.ar.
20 Linares Calvo, Ximena: “Los hermanos que encontraron sus raíces”, en La Nación, Buenos Aires, 29 de septiembre de 2002.
21 Chiaravalli, Verónica: “Un corazón tomado por la memoria”, en La Nación, Buenos Aires, 15 de agosto de 1999.
22 Onega, Gladys: op. cit.
23 Goris, Esther: op.cit.
24 S/F: “Gozo y sacrificio en el camino de Santiago”, en La Capital, Mar del Plata, 30 de julio de 2000.
25 Ceratto, Laura: op. cit.
26 González Rouco, María: “Volver a Galicia”, en El Tiempo, Azul, 27 de diciembre de 1998.
27 Muleiro, Vicente: “El Mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
28 Cortez, Alberto: “El abuelo”, citado por Colegio Schönthal.
29 Barros, Julio César: “Al contrario de lo que dicen El abuelo de Cortez”, en La Unión Digital, Edición Número 2572, Lunes 1 de Marzo de 2004. www.launion.com.ar.
30 Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Revista Digital Sitio Al Margen. Noviembre de 2002.
31 Servia, Rubén: e-mails enviados a MGR en 2004.
32 Ini, Luis: “Mi mejor cumpleaños”, en La Nación, 16 de abril de 2000.
33 Weisz, José Martín: ...mientras los violines tocaban csárdás. Un viaje a Hungría. Buenos Aires, Milá, 2002.
34 Bensignor, Matilde: De Miel y Milagros (Evocaciones Sefardíes). Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
35 Moreno, Liliana: op. cit.
36 Palomar, Jorge: “Diario del exilio”, en La Nación Revista, 15 de septiembre de 2002.
37 Ramírez, Sergio: “Yo quería ser argentino”, en El Tiempo, Azul, 15 de septiembre de 2002.
38 Gambini, Héctor: “Cuando la historia se muerde la cola”, en Clarín, Buenos Aires, 16 de mayo de 2002.



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