Judíos procedentes de Rusia.

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                                                                      Bandera de Israel
A los que en Argentina se los llamó "Rusos"
Esta es una prolija recopilación e investigación de la
Licenciada María González Rouco.

  En este trabajo me refiero a la presencia en testimonios, memorias, biografías, obras literarias y espectáculos, de los inmigrantes que en la Argentina fueron conocidos como “rusos”, aunque provenían de diferentes naciones. Incluyo asimismo a Witold Gombrowicz y Stephan Erzia, quienes, aunque regresaron a sus países de origen, vivieron aquí durante décadas.

Í n d i c e


1. Introducción 6. En novelas infantiles y juveniles 11. En teatro
2. En testimonios 7. En cuentos 12. En cine
3. En memorias 8. En cuentos infantiles y juveniles 13. En televisión
4. En biografías 9. En poesía 14. En historietas
5. En novelas 10. En milongas 15. Colaboraciones
     

   “(...) se desató la caza del ruso. Asi lo llamó la prensa. Eso del ruso... es un término muy amplio, que alude al judío, el polaco, el húngaro, al que se supone comerciante, o bolchevique, o terrorista, no importa lo incongruentes que parezcan estos términos... (...) los jóvenes que poco después serían organizados en la Liga Patriótica, armados, tomaron al asalto el barrio de Once, el barrio judío, identificándose con un brazalete celeste y blanco, apedreando tiendas y deteniendo a cuanto peatón con barba se les pusiera a tiro”

Horacio Vázquez-Rial


   “Había llegado a un país de tanos y gallegos y de rusos y turcos, y todo lo que no entrara en el dos por cuatro de esa conclusión elemental era una rareza de apellido pero nunca de nacionalidad”

Gabriel Báñez


   “Doy gracias, Argentina
por tu marco social, único
pese a que de vez en cuando éramos rusos
que en argentino era decir judíos”

Guiora Reichler


1 - Introducción

   “Hubo judíos en nuestro país desde la época virreinal. En 1862 fue fundada la Congregación Israelita Argentina; sin embargo la colectividad era muy pequeña aún.

  Pero en 1881, bajo la inspiracion de Carlos Calvo, el Presidente Roca -gran benefactor de los judíos- dicta un decreto específico, designando un agente de inmigracion para que alentara la venida a nuestro suelo de los israelitas radicados en el territorio del imperio ruso”.

    “Enterados de esta buena predisposicion argentina, los primeros colonos lIegaron en 1888, por decision espontanea; y nuevos grupos se les sumaron en los años siguientes.

   EI 14 de agosto de 1889, 824 inmigrantes judios de Rusia fundaron Moisesville, en Santa Fe, primera colonia agricola judia. Llegaban de Ucrania, asesorados en Paris”.

   “Al año siguiente, Guillermo Loewenthal propuso al gran filántropo israelita, el Baron Mauricio de Hirsch, que ayudara a los emigrantes judíos a dirigirse a la Argentina.

   Ese fue el origen de la Jewish Colonization Association, fundada en Londres por el Baron de Hirsch, entidad filantrópica destinada a facilitar la emigración, que concretó sus afanes en la Argentina y en Palestina durante varias décadas. Su propósito fue la creación de colonias agrícolas”.

  “Fruto de la acción de esa entidad fue la creación de la Colonia Mauricio (Pcia. de Bs. As., 1892), de la Colonia Clara (Entre Rios, 1892) - 200.000 hectáreas donde se radicaron 3500 personas-, de la Colonia San Antonio (Entre Ríos, 1892), de la Colonia Lucienville (Entre Ríos, 1894) - 370 familias, de las cuales surgió la fundación de la Sociedad Agrícola de Lucienville, primera cooperativa agraria-, de la Colonia Montefiore (Santa Fe, 1902) -20.075 hectáreas-, de la Colonia Barón Hirsch (80.266 hectáreas en Buenos Aires v 30.000 en La Pampa, 1905), de las colonias Lopez y Berro, Santa Isabel y Curbello-Moss (todas en Entre Ríos), de la colonia Narcisse Leven (La Pampa, 1909), de la Colonia Dora (Santiago del Estero, 1911) -que posee obras de riego y canales-, y de las colonias Palmar Yatay y Louis Oungre (Entre Ríos, 1912 y 1925). Dos nuevas colonias se sumaron en 1936 y 1937: Avigdor -con colonos procedentes de Alemania- y Leonard Cohen, ambas en Entre Ríos”.

   “Hubo, también, colonias independientes, como Villa Alba (La Pampa, 1901) y Médanos (Pcia. de Bs. As., 1906), que se produjeron por migraciones internas, y la Colonia "Rusa" (General Roca), del valle de Río Negro (1906) o la Colonia EI Chaco (Chaco, 1923), fruto de inmigraciones espontáneas”.

  “En 1895 llegó a Buenos Aires un colono de Rajíl. De pequeño había venido con su familia, desde Proskuroff hasta Moisesville; desde allí fue a Rajíl, cerca de Villaguay. En Entre Ríos fue labrador; en Buenos Aires trabajo en talleres y fábricas, fue periodista y notable escritor. Se llamaba Alberto Gerchunoff.

  En su libro, "Los gauchos judíos", de 1910, inmortalizó a estos colonos que vinieron a cobijarse bajo el cielo despejado de nuestro país y bajo las garantías de nuestra Constitución”.

   “Gauchos judíos. Colonos judíos. de Entre Ríos, La Pampa, Buenos Aires y del Chaco. Muchos hijos de aquellos colonos fueran escritores, cientificos, filósofos y músicos . Muchos son, hoy, importantes hacendados. Otros muchos, agricultores. Trabajan alrededor de 650.000 hectáreas, el 2% del área sembrada del país”.

   “Gauchos judíos., estancieros, agricultores. Cultivaron el suelo, sirvieron a la Patria, y agrandaron nuestro patrimonio espiritual” (1).

Notas
1. S/F: “Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Buenos Aires, Clarín.


2 - Testimonios

  Alberto Gerchunoff protagoniza una anécdota relatada por Manuel Mujica Láinez: “Mejor periodista que escritor (aunque poseía el don envidiable del adjetivo insólito) y mejor conversador que periodista, fue Alberto Gerchunoff, mi gran amigo y maestro de La Nación. Sus réplicas han sido célebres. La que le dio a la Princesa Puczyma es perfecta. La princesa, perteneciente a la gran nobleza polaca, trabajaba en el archivo de nuestro diario. Odiaba a los judíos. Un día, estaba en un cocktail, rodeada de gente cuando lo vio entrar a Alberto. --Díganos, Gerchunoff –lo interrogó con su autoritaria voz hombruna- ¿es cierto que usted es judío? Y él, enseguida, sin vacilar: --Sí, Princesa, y cuando usted quiera puedo poner la prueba en sus manos” (1)

  La escritora María Esther de Miguel conservaba en su casa un samovar que había pertenecido a sus antepasados. Ella dijo a Cristina Pizarro: “por parte de madre era más bien de las colonias que rodeaban a Basavilbaso, las moscas (...) En mi familia no eran católicos pero casi toda la familia después se hizo católica. Pero tengo una hermana que no es bautizada, mi única hermana”. Entre los objetos que atesora, se cuentan “esa dulcera con todas las cucharitas, era de la familia de mi madre. Por ahí teníamos un samovar ruso de la familia. Un banco de mi abuela materna” (2).

  Escribe Perla  Suez: “Nací en Córdoba. Me crié en Basavilbaso, un pueblo de la provincia de Entre Ríos. (...) Soy nieta de inmigrantes judíos que escaparon de Rusia en la época en que el zar Nicolás II los perseguía” (3).

  Federico Andahazi tenía:   “abuelos amorosos pero mayores –Margarita y Samuel Merlin, llegados de Rusia después de la guerra- que recibían al nieto cada tarde, después del colegio” (4).

  Cantan los gitanos rusos. Algunas de sus composiciones han sido recopiladas por Perla Miguelí y transcriptas musicalmente por Pedro Leguizamón. Escribe Miguelí: “las canciones nuestras están basadas siempre en hechos reales, en acontecimientos que han pasado. Son anécdotas cantadas, inspiradas por el protagonista o por algún antepasado que transmitió el caso como canción. Pequeñas historias que pueden haber parecido importantes sólo para el grupo, en el momento de componerse, pero que con el paso de las generaciones adquieren una grandeza especial, una ternura, una bella sencillez, una frescura que nos cautivan a los que tenemos en nuestros oídos mucho más material de música (por discos, casettes, compactos, radio, televisión, etc) que los que se podrían tener en otras épocas. Muy ocasionalmente, hoy en día en alguna fiesta o reunión se entonan canciones gitanas, para sorpresa y deleite de los presentes” (5).

  La actriz Mariana Briski recuerda que en Córdoba, su abuela tenía unas tacitas de té que había traido desde Rusia.

  Era hijo de rusos Manuel Sadosky: “Uno de los siete hijos de una pareja de inmigrantes rusos (sus padres llegaron en 1905 huyendo del creciente antisemitismo), Manuel es en cierto modo la encarnación de un país pujante y ambicioso: aunque su padre era zapatero, él y sus hermanos varones estudiaron el magisterio y se graduaron en la Universidad de Buenos Aires” (6).

  Francis Korn incluye en su último libro el testimonio de Cecilia Litichver: “Una tarde calurosa de mediados de enero de 1919, el ‘mundo’ que hasta ese momento se había formado en la mente de Cecilia Litichver, argentina, de 6 años, hija de rusos y domiciliada en el conventillo de Sarmiento al 2200, cerca de la plaza Once de Septiembre de la ciudad de Buenos Aires, cambió radicalmente” (7).

  Ester Gabriel de Falcov y Nylda Gonzalez de Trumper escriben, acerca de Aromas y sabores de las bobes de Moisés Ville: “La idea de presentar este libro, que ahonda en recetas, surgió a requerimiento de personas no judías que visitan el Museo Histórico Comunal y de la Colonización Judía Rabino Aarón Halevi Goldman de Moisés Ville. Pero también es un homenaje a las bobes pioneras que trajeron sus usos y costumbres de la Rusia zarista de donde provinieron. A las primeras, que en 1889 vinieron y constituyen el asentamiento que dio origen a Moisés Ville. A las que siguieron cuando en 1891, nace la Empresa Colonizadora del Barón de Hirsch” (8).

  El doctor Nicolás Rapoport narra sus recuerdos de la época en la que, siendo estudiante de medicina, colaboraba en la atención de los recién llegados en el hospital del Hotel de Inmigrantes. El relata: “Los que cursábamos medicina, a diario comprobábamos la angustia de los infelices, ignorantes del idioma, no entendiendo las preguntas que les dirigían los médicos en sus habituales interrogatorios. Los ojos tristes de los cuitados, las miradas despavoridas de los enfermos, nos sumían en íntima congoja y conmiseración. Todos los días los cuatro o cinco estudiantes judíos que asistíamos a los hospitales servíamos de intérpretes para llenar las historias clínicas. Era conmovedor ver cómo se iluminaban los ojos de los míseros al oír una palabra en idish o ruso. Revivían, lloraban dando escape a su dolor moral” (9).

  Entrevistado por Mario Diament, dice Máximo Yagupsky: “El casamiento judío consistía de grandes celebraciones. Se improvisaba una gran tienda hecha con las lonas que se usaban para proteger las parvas de las lluvia. Se hacía un alegre festín con todo el ritual, la jupá, es decir, el palio nupcial, la música y danzas. Y naturalmente había mucha comida y había también comida para los gauchos vecinos, los cuales se reunían afuera a saborear los manjares y dulces. Y mientras los músicos ejecutaban melodía judías o rumanas, los gauchos, afuera, tocaban el bandoneón o la guitarra y bailaban también. En algunas ocasiones se cruzaban las rondas del freilej o la tijera, con el chamamé, el tango y el pericón” (10).

“La música klezmer recoge la tradición melódica judía fundiéndola con el jazz, el tango y el folklore ofrece una propuesta universal. A su vez, la poesía proyecta al plano de la palabra esa universalidad”, afirma Santiago Kovadloff . Esta vertiente tiene diestros exponentes en nuestro país.

   César Lerner y Marcelo Moguilevsky
destacan: “La interpretamos con el derecho que nos corresponde por nuestro pasado polaco y ruso” (11). Ellos son autores de “un tríptico notable que da cuenta de la riqueza con que abordan la música klezmer. ‘Klezmer en Buenos Aires’ marcó la primera mirada, fresca e intuitiva, sobre este género surgido en las comunidades judías de la diáspora. En ‘Basavilbaso’, el dúo –que se vale del piano, el acordeón, instrumentos de viento y la voz para interpretarlo- demostró que habían llegado hasta la médula misma del klezmer”. La tercera parte, “Shtil”, “es el cierre de este círculo perfecto y coherente” (12).

  Acerca de Basavilbaso, expresó René Vargas Vera: “Así, como desde la sangre, desandan este camino inverso hacia su ancestro judío mesopotámico los talentosísimos César Lerner, en piano, acordeón y percusión, y Marcelo Moguilevsky en saxo soprano, flautas dulces, clarinete y claron. (...) La imaginería que produce en Lerner y Moguilevsky la memoria ancestral es descomunal. Pero no por lo grandioso sino por las infinitas sutilezas en las melismas orientales, por los mil adornos, los acentos rítmicos, los climas esotéricos de alucinantes introspecciones, por la enorme carga milenaria que encontramos en ese escondite –Basavilbaso- de Entre Ríos. Esta música es como el vuelo de los pájaros: imprevisible, sorprendente” (13).

  A sus antepasados evoca Alicia Steimberg, autora de "Cuando digo Magdalena", novela distinguida en 1992 con el premio Planeta Biblioteca del Sur: “en esa época mis héroes estaban en Rusia, en Ucrania y en Rumania. Y después se convirtieron en pobres inmigrantes que vivían en conventillos. Pobres, pobres, pobres. (...) Recuerdo un viejo comedor donde había fotos ovales de los que vinieron en el barco: la bisabuela con el pañuelo en la cabeza que le cubre la frente, el bisabuelo con la gran barba y el sombrero. Hasta un samovar y un candelabro de siete brazos. Un piano vertical y olor a té y a naftalina. Como decía la canción de La vieja dama indigna: Faut-il-pleurer? / Faut-il-en-rire? Me cito a mí misma (los versos son inéditos y no sé dónde fueron a parar): Nací hermanos, en esta dulce tierra argentina, / pero el recuerdo nítido de mi infancia es éste:/ una hoja de diario escrito en caracteres hebreos/ usada para envolver los higos de aquella higuera” (14).

   Alejandro Kokocinski manifestó: “ ‘Yo tengo una gran pasión por la Argentina. Me siento muy argentino (...) Mis padres eran dos refugiados corridos por la guerra, un polaco y una judía rusa’. (...) Los dos tuvieron la gran fortuna de que descarrilara el tren que los llevaba al campo de exterminio nazi de Treblinka ‘porque si no yo no estaría aquí’. Huyeron entre mil peripecias, estuvieron un año escondidos y llegaron a un campo de refugiados en Italia. (...) ‘En ese contexto dramático yo vine al mundo en 1948’. (...) Papá Kokocinski organizó con otros soldados la liberación de su pareja. Escaparon todos. Llegaron a Génova y se escondieron. Querían ir a la Argentina. ‘El cónsul se apiadó y les dio un salvoconducto’. Una carreta del mar los trajo a Buenos Aires” (15).

  Entrevistada por Susana Yappert, relata Ana María Schenfeldt: “Mi mamá llegó a la Argentina con siete años; venía de Rumania, aunque había nacido en Bulgaria. Mi papá llegó con catorce y había nacido en Rusia. El era ruso alemán y hablaba un dialecto diferente al de mi mamá. Nosotros hablábamos como él y así se hablaba en casa y entre los vecinos. Mi mamá también terminó hablando ese dialecto, tanto que sus hermanos que vivían en La Pampa se reían cuando la escuchaban”.

   Una extensa y dolorosa sequía les cambió el rumbo y en 1917 partieron hacia el sur de la provincia de Buenos Aires, donde el gobierno ofrecía tierra para colonizar, en Stroeder. Sus padres llegaron casados y con una niña de días. “Mi hermana mayor había nacido el 1 de marzo de ese año y el 17 llegaron a Stroeder. Acá era todo monte -relata Ana María- El gobierno daba tierras a matrimonios jóvenes. Vinieron con un grupo de ruso alemanes, aunque había de otras nacionalidades. Yo siempre me acuerdo de que los domingos se veían sulkys aperos pintados de colores, porque en aquella época no había autos; el primer Ford T lo tuvo mi papá-. Eramos muchos chicos en el lugar, porque en esa época tenían muchos hijos; nunca estábamos entre personas grandes ni sabíamos de qué hablaban los grandes. Nosotros éramos catorce hermanos, yo era la tercera, así es que casi todos los años teníamos un bebé nuevo para cuidar”.

  Ana María muestra una foto en la que está junto a sus hermanos. Cabecitas muy rubias, ojos que de tan celestes parecen transparentes, ropa de fiesta y el día inolvidable de haber posado para aquella fotografía. De los catorce hermanos, a los que enumera uno por uno, sólo una hermana murió joven. “Yo nací en el campo -continúa el relato-. Tengo recuerdos muy lindos de mi infancia. (...) Todos trabajábamos -recuerda Ana María-. Nos mandaban a la escuela, pero cuando empezaba la cosecha no nos mandaban más. Teníamos que cuidar a los hermanos menores y a los animales. En ese tiempo había un ‘púa’ bajito y teníamos que cuidar que no se fueran los animales para lo de los vecinos. Cerca de mi casa se hizo una capilla y una vez por mes venía un cura. Mi mamá iba a la primera misa y yo iba a la segunda con mi papá; mientras tanto mi mamá ordeñaba. ¡Cómo trabajaba mi mamá! ¡Ordeñaba cinco o seis vacas por día! Hacía una huerta enorme... ¡hasta sembraba maní, sacaba un fuentón lleno de maní! Además, hacía la comida para todos, lavaba, nos hacía muñecas de trapo, nos enseñaba a tejer y casi siempre estaba embarazada” (16).

Notas
1. Mujica Láinez, Manuel: “Mis fotografías”, en La Nación, Buenos Aires, 18 de abril de 2004.
2. Pizarro, Cristina: “Con María Esther de Miguel”. Entrevista realizada el 25 de febrero de 2003.
3. Suez, Perla: en www.perlasuez.com.ar.
4. Guerriero, Leila: “¿Quién es Andahazi?”, en La Nación, Revista, Buenos Aires, 11 de diciembre de 2005. Fotos Daniel Pessah.
5. Miguelí, Perla: “Introducción”, en Miguelí, Perla y Leguizamón, Pedro: Primer cancionero gitano de la Argentina. Recopilación y notación musical. Mar del Plata, 1995.
6. Bär, Nora: “Manuel Sadosky El maestro”, Fotos: Martín Lucesole. Buenos Aires La Nación Revista, 16 de mayo de 2004.
7. Korn, Francis: Buenos Aires, mundos particulares. Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
8. González de Trumper. Lilí y Gabriel de Falcov, Ester: Aromas y sabores de las bobes de Moisés Ville Buenos Aires, Editorial Milá, 2006. 88 pp. (Gastronomía).
9. Jankilevich, Angel: “Historia de los Hospitales de Comunidad de la Ciudad de Buenos Aires”, en www.aadhhosorgar.htm.
10. Diament, Mario: Conversaciones con un judío. Buenos Aires, Fraterna, 1986.
11. S/F: “Poesía y música klezmer en tiempo de diluvio”, en La Nación Revista, 25 de agosto de 2002.
12. Liut, Martín: “Shtil”, en “La Compactera”, en La Nación, Buenos Aires, 1° de julio de 2001.
13. Vargas Vera, René: “Basavilbaso”, en “La Compactera”, La Nación, 22 de agosto de 1999.
14. Steimberg, Alicia: “Teatro con debate: ‘Tras el paso de los grandes’ “, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
15. Algañaraz, Julio: “Pintor y aventurero”, en Clarín Revista, Buenos Aires, 8 de junio de 2003.
16. Yappert, Susana: “Nueces pintadas para adornar el árbol”, en Río Negro, www.unrein.com.ar


3 - Memorias y autobiografías

  Entre los inmigrantes que arribaron a nuestro país llegó Alberto Gerchunoff, de origen ruso, nacido en Tulchin, Vinnitsa, en 1883, quien se estableció con su familia en una colonia de Villaguay, Entre Ríos, después de que el padre fuera asesinado en Moisés Ville, Santa Fe. “En aquellos años ya distantes –recuerda en su “Autobiografía” (1), escrita en 1914-, los judíos no emigraban, y la tentativa de colonización del Barón Hirsch iluminaba a los israelitas de Tulchin, como la esperanza mesiánica del retorno al reino de Israel”.

   En sus páginas autobiográficas, se describe a sí mismo vestido a la usanza de la nueva tierra: “como todos los mozos de la colonia, tenía yo aspecto de gaucho. Vestía amplia bombacha, chambergo aludo y bota con espuela sonante. Del borrén de mi silla pendía el lazo de luciente argolla y en mi cintura, junto al cuchillo, colgaban las boleadoras”.

   En la colonia entrerriana a la que se trasladan luego de que el padre es asesinado, manifiesta un profundo gusto por el folklore: “En Rajil fue donde mi espíritu se llenó de leyendas comarcanas. La tradición del lugar, los hechos memorables del pago, las acciones ilustres de los guerreros locales llenaron mi alma a través de los relatos pintorescos y rústicos de los gauchos, rapsodas ingenuos del pasado argentino, que abrieron mi corazón a la poesía del campo y me comunicaron el gusto de lo regional, de lo autóctono, saturándome de esa libertad orgullosa, de ese amor a lo criollo, a lo nativo que debió, más tarde, fijar mi inclinación mental. En aquella naturaleza incomparable, bajo aquel cielo único, en el vasto sosiego de la campiña surcada de ríos, mi existencia se ungió de fervor, que borró mis orígenes y me hizo argentino”.

  A sus padres evoca Etel Chromoy, hija de rusos que inmigraron a la Argentina: “La pasión de mi madre por los ideales de la Ilustración, y la seguridad sin fisuras de mi padre por los Ideales de la Emancipación, hicieron de mi infancia un torrente de alegrías y descubrimientos. Yo vivía en un tiempo inexistente y pertenecía a un fascinante pueblo sobreviviente, que depositaba su confianza en palabras escritas miles de años atrás. Mi fortaleza y mi seguridad se nutrían en 2000 años a.e.c. y 2000 años e.c.” (2).

Notas
1. Gerchunoff, Alberto: “Autobiografía”, en Alberto Gerchunoff, judío y argentino. Selección y prólogo de Ricardo Feierstein. Buenos Aires, Milá, 2001.
2. Chromoy, Etel: Un barco azul y blanco. Buenos Aires, Milá, 2006. 300 pp. (Imaginaria)


4 - Biografías

  Sobre la vida y la obra del artista ruso Stephan Erzia, escribió Ignacio Gutiérrez Zaldívar. En su libro Erzia, leemos: “En el mes de abril de 1927 Stephan Erzia, con 50 años de edad, llegó a la Argentina. El Presidente de la Nación Marcelo Torcuato de Alvear, que lo conoció y admiró en París facilitó su entrada al país. Así lo expresó el artista en una carta dirigida al Ministro de Educación de Rusia, en mayo de ese mismo año: ‘Acá en Buenos Aires, me recibieron muy bien, tienen gran interés por el arte ruso. Quiero hacer acá una gran exposición que se abrirá a principios de junio. Los críticos de arte me ofrecieron un muy buen lugar para la exposición en forma gratuita y hasta el Presidente de la República aceptó estar en la inauguración. Nosotros llegamos primero a Montevideo, sin tener la visa para entrar en la Argentina, pero la prensa nos dio tanta atención que recibimos muchas invitaciones’ ”.

Erzia, pensaba quedarse aquí una corta temporada, pero finalmente se radicó por 23 años... Aquí descubrió, al poco tiempo de llegar, la madera que se convirtió en su material predilecto para sus esculturas: el quebracho, que venía desde el Chaco para ser utilizado como combustible de las cocinas y calderas porteñas; madera que por su dureza fue bautizada por los ingleses como ‘hulla roja’. Dijo el artista en una nota publicada en la revista ‘Aquí está’, en abril de 1938: ‘Adiviné al instante las posibilidades que ofrecía para la escultura. La variación de sus coloraciones, rojo, negro, blanco, dan a las figuras un encanto especial…’ “.

   El afirmó, en otra oportunidad: ‘Pero yo soy buen ruso y buen argentino. Y quiero a este país que me ha dado su hospitalidad y me ha brindado el material más hermoso que pude obtener para mi trabajo’ “ (1).

   En "Tío Boris, un héroe olvidado de la Guerra Civil Española, biografía de un descendiente de rusos nacido en la Argentina, Graciela Mochkofsky se refiere a sus antepasados José y Moisés Mochkofsky: “El primer Mochkofsky que llegó a la Argentina, José, un judío ruso nacido en Ekaterinovka (así lo certifica su partida de defunción; nadie recuerda ya si el dato es correcto), era mecánico. Uno de los últimos inventos de su vejez fue una aguja de coser que se enhebraba fácilmente. Moisés, hijo de José, nacido, según sus papeles, en Slenin, provincia de Grodne, Rusia, aprendió ebanistería en el colegio de carpintería de la Casa Real de Inglaterra, donde vivió en los primeros años del siglo XX, antes de emigrar a la Argentina con sus padres. Montó su carpintería en los fondos de su casa de la calle Santa Rosa 465, en el centro de Córdoba. (...) Renunció al ruso y al idish; hablaba castellano como un cordobés de nacimiento. Con la lengua, también renunció al judaísmo” (2).

“Tío Borís cuenta el extraordinario rescate de un personaje perdido en el tiempo. Enterada de la existencia de un tío abuelo, cuyo recuerdo había permanecido oculto en su familia por décadas, la narradora emprende su búsqueda a través de memorias que se borran, documentos que se desvanecen, y una cultura del secreto que permanece viva casi un siglo después. El libro indaga en un conflicto central de la era moderna: las dimensiones perdidas de la política y la guerra, pero también en las historias que nos circundan cotidianamente. Una mirada aguda, irónica, tierna sobre el valor de la memoria y el olvido, y un vibrante alegato sobre la naturaleza, trágica y conmovedora, del heroísmo” (3).

Notas
1. Gutiérrez Zaldívar, Ignacio: Erzia. Buenos Aires, Zurbarán Editores, 2003.
2. Mochkofsky, Graciela: Tío Borís: un héroe olvidado de la Guerra Civil Española. Buenos Aires,
    Sudamericana, 2006. 272 pp.
3. en www.editorialsudamericana.com.ar


5 - Novelas
   Mario, el protagonista de Hermana y Sombra (1), de Bernardo Verbitsky, es hijo de inmigrantes rusos. El se refiere a la pobreza que los agobiaba: “Dejamos en Bahía Blanca varias cuentas impagas, pero la que realmente nos preocupaba era la del lechero, (...). Teóricamente, le pagábamos mensualmente los cinco litros que nos dejaba cada día pero siempre fue tolerante para el cobro, aceptando los pretextos con que explicábamos nuestra condición de deudores morosos. En los últimos meses no pudimos darle un centavo sin que él suspendiera el suministro de nuestro principal alimento. Nuestra convicción, reafirmada más de una vez por mamá, era que a ese pequeño español bondadoso debíamos el no haber muerto de hambre, sobre todo nuestra hermanita a quien no le faltaron nunca varias mamaderas diarias para suplir los pechos casi secos de mamá”.

   A criterio de Pedro Orgambide, Verbitsky “es, de manera bien explícita, el novelista del alud inmigratorio de la Argentina, de los inmigrantes y de sus hijos, porque en estos prevalece todavía, por imperio de la sangre, la vital intimidad de los padres” ” (2).

  Pedro Orgambide escribió la trilogía integrada por "El arrabal del mundo", "Hacer la América" y "Pura memoria" (1984-1985). En Hacer la América (3) evoca a los inmigrantes que llegaban a nuestro puerto, alentados por la consigna que da título a la obra. Españoles, italianos, judíos, griegos, son los protagonistas de este relato que muestra la faceta más cruda del fenómeno social que conmovió al paíís al iniciarse el siglo XX. La novela narra sucesos acaecidos en las postrimerías del siglo XIX y en los primeros años de la centuria siguiente.

   En esa novela, evoca un carnaval de la década del 20: “Sonaban las gaitas de los gallegos. Los vascos (pantalón y camisa blanca, pañuelo al cuello, boinas, alpargatas) bailaban golpeando sus palos, combatiendo en una esgrima de pies que se lanzaban al aire y volvían en un paso de danza. Los cosacos desenvainaban sus sables, degollaban a Israel Mitzer en la puerta de la sinagoga y gritaban, sudados y coléricos, fidelidad al zar y a la zarina. Bailaban los capoeiras del Brasil y los gitanos y los muchachos de Barracas. Bailaban los hombres disfrazados de osos, de monos, de tigres, de gigantescos perros y caballos. Bailaban los hombres disfrazados de mujeres y las mujeres disfrazadas de hombre; bailaba el disfraz hermafrodita: mitad hombre, mitad mujer, mitad novio, mitad novia; danzaba el lanzador de dardos, el salvaje que besaba al explorador en la boca; bailaban los enanitos, los viejos, los enclenques. En el palco, las orquestitas de Retiro, de las viejas romerías, tocaban los tanguitos de otro tiempo, puro flautín, pura guitarra, pero ahora subía una orquesta típica nacional que dirigía el maestro Arrieta.

¿Qué es lo que uno cuenta cuando está contando?
se pregunta Orgambide- Seguramente, algo más que una historia, una anécdota, un hecho, una realidad imaginada en algún momento de nuestra vida. Lo que uno cuenta, casi siempre tiene que ver con nuestra ‘novela Familiar’, con nuestro origen, con nuestra identidad, al Fin” (4).

   Afirma el escritor: “La presencia de una tipología judía es más notoria en la novela Hacer la América (1984) donde aparece David Burtfishtz y Raquel, su mujer y su hija Liuba; la imagen patriarcal de su suegro, Israel Mitzer, las figuras de la picaresca judía como la señorita Yurkovsky o el actor Iehuda Midlin o el señor Katz, profesor de teatro. La vida de los inmigrantes judíos en una colonia judía o en la ciudad, revivió en mí una ‘memoria olvidada’ y fui muy feliz al poder escribirla” (5).

   En Aventuras de Edmund Ziller, Orgambide presenta –además de muchos inmigrantes de diferentes nacionalidades- a un narrador nieto de un ruso, quien afirma: “descubro que Ziller se parece de una manera cruel a mi propio abuelo, al pobre abuelo loco, al chiflado que vivía en un triste y oscuro cuartito cercano a la terraza, donde, a los cinco años yo lo vi sin comprender la tempestad y el desgarramiento del exilio (...) oculto por la enfermedad y la locura del mundo que arrastra a los hombres lejos de su tierra, y que un día los devuelve, créame, como las olas de la `playa” (6).

  En "Donde sopla la nostalgia" (7), novela de Mauricio Goldberg, Max Gurovitz, su esposa Fany y su hijo David emigran de Polonia –donde habían emigrado anteriormente- porque “Otra vez los gritos de ‘yid’ atronaban la calle. El viaje había sido inútil. Se culpó por haberla dejado sola mientras él iba al mercado. Aún tenía el uniforme ruso de inválido, si no ya estaría hecho pedazos. Para ellos la guerra había terminado pero no su odio por los judíos”.

   Señala Reiner Kornberger: “Tanto el protagonista de Donde sopla la nostalgia como también su autor, Mauricio Goldberg, adelantan su aliá para prestarle servicios a una Israel agredida por los países árabes en junio de 1967. Los 114 párrafos de la novela narran alternativamente las vivencias del protagonista Mario en Israel desde su llegada hasta su retorno a Buenos Aires (capítulos pares) y la historia de sus padres en Polonia/Rusia antes de la Segunda Guerra Mundial hasta su emigración a la Argentina (capítulos impares)” (8).

  Hay rusos en el Chaco. Magdalena Kramenenko, uno de los personajes de Mempo Giardinelli en "Santo Oficio de la Memoria", se interesa por los platos de diferentes colectividades y, cuando los cocina, es digna de elogios: "Todas cosas judías, deliciosas, bien condimentadas. Arenque ahumado, y unos blintzes, madre mía, para chuparse los dedos. Y no solamente judías porque también hacía unas paellas que te dejaban de cama. Y no te cuento las mermeladas que preparaba: de rosa mosqueta, de grosellas, de granadas, de higos. O las ravioladas con salsa a la bolognesa o la Príncipe di Nápoli, mamma mía. También hacía unos guisos carreros que le enseñó tu papá, muy delicados, porque tenían las dosis exactas de hierbas, especias exótica, pizcas de esto y de lo otro, todo hecho con amor, el morfi con amor es otra cosa” (9).

  En El árbol de la gitana, de Alicia Dujovne Ortiz (10), los Dujovne “Se vistieron de negro riguroso, él con un hongo redondito en la cabeza, ella con un pañuelo y, de inmediato, se encontraron extraños. Parecían vestidos con ropa ajena. La crispación del hombro o la cadera hacía chingar la falda o la chaqueta. Se las habían puesto miles de veces, pero lo que ahora las hacía diferentes era la actitud de los cuerpos con el adiós adentro: nadie se para del mismo modo cuando parte para siempre. Al marcharse perdían su familia y su país pero también su nombre. Nadie más los llamaría Dujovne con el matiz exacto de la e, esa e tan ambigua, de origen tártaro, que se desliza entre la e y la y, mientras la lengua, casi pegada al paladar, deja pasar el aire. Lo sabían tan bien, que ya apartaban de sus rostros, como espantándose una mosca, la tentativa de explicar cómo se pronunciaba el apellido, admitiendo de entrada que Dujovnie se volviera Dujovne, con una e castellana sosa y desabrida como matse sin té. (...) No se iban solos a la Argentina Sara y Samuel. La caravana rumbo al Sur era nutrida, vibrante y esperanzada. Muchos otros Dujovnes con sus perdidas letras finales viajaban para afincarse en aquel sitio del mapa de forma nadadora, pero trunca, sin brazos ni piernas: Entre Ríos”.

   Ricardo Feierstein es el autor de La logia del umbral (11), novela sobre la inmigración judía a lo largo de cien años. En ella cuenta el proyecto de cuatro generaciones de una familia, que se propone llegar a caballo desde Moisesville, provincia de Santa Fe, mediante postas de dos jinetes por vez, con una caja de madera de cerezo que contiene tierra de la primera colonia judía en la Argentina y ‘una mezuzá, estuche de hueso con un trozo de papel escrito con letras hebreas’, hasta la Plaza de Mayo, donde la enterrarán bajo la Pirámide.

   Cuando el miembro más joven de este grupo está por concretar la iniciativa de su familia y de él mismo, al pasar frente a la AMIA, una terrible explosión lo “revolea por el aire. Todo se vuelve negro –rememora-, el rugido ensordecedor parece indicar que, con la oscuridad de un eclipse gigante, ha llegado el fin del mundo. En ese instante, cien años de vida familiar y comunitaria se atropellan para desfilar ante los ojos desorbitados de mi conciencia en fuga”.

   Entre los personajes se encuentran los fundadores de Moisésville. No acompañó la suerte a los pioneros. Cuando fueron al campo, pasaron “Días y días sin masticar. Los niños enfermaban...”. Se refiere el escritor a la colonia santafesina a la que se trasladaron desde el Hotel. Allí comprobaron que no tenían alimento ni dónde guarecerse: “Nada hay donde todo debiera estar: ni carpas, ni elementos de labranza, ni semillas. Ni siquiera un hombre del lugar, en representación del propietario, para entregar esas tierras tan laboriosamente adquiridas a través del cónsul comercial argentino en París, que actuaba en nombre del terrateniente”.

  María Inés Krimer es la autora de La hija de Singer (12), obra en la que –escribe Damián Tabarovsky- (13). La novela fue distinguida con el Premio del Fondo Nacional de las Artes,“cuenta una historia sencilla pero potente: la muerte del padre y el duelo de treinta días que según la tradición judía deben transcurrir hasta la despedida”

  Perla Suez es la autora de la Trilogía de Entre Ríos (14): “Las tres nouvelles reunidas en este libro -Letargo, El arresto y Complot- comparten un territorio: aquel ubicado en una zona de la provincia de Entre Ríos, y que es al mismo tiempo el que se halla entre los ríos de la memoria. Esos espacios son a la vez la excusa y el fin de estas tres narraciones excepcionales” (15). El libro ha sido traducido al inglés por Rhonda Dhal Buchanan; actualmente se traduce al italiano, francés y al alemán.

   En El Arresto, “El canto del cosaco, el ciclo de maduración del arroz, la palabra sólida del padre signan  la vida de Lucien Finz durante sus primeros años y para siempre. Cuando la ciudad sea su nuevo ámbito, los recuerdos como voces traerán las palabras con que se nombra el miedo a la plaga de la lagarta militar, el peligro de las isocas, el arrozal anegado, la paciencia del calor del verano, los graznidos de las tijeretas.

   El viaje de Villa Clara a Buenos Aires no es más que un tramo que completa o simplemente continúa el recorrido más extenso y moroso de una familia de inmigrantes judío rusos que buscan convertirse en habitantes del suelo que pisan sus pies. Por ello, se arraigan al trabajo de la tierra primero y, cuando las lluvias continuas arruinan el sueño, el hijo reanuda el camino hacia las ilusiones que augura la capital. Pero el año 1919 dicta también su propio ritmo y la ciudad es una quimera convulsionada por el cruce violento de las ideas políticas” (16).

  Acerca de Letargo se ha escrito: “Lete es uno de los ríos del infierno, cuyas aguas hacían olvidar el pasado. Lete es también el nombre de una mujer que pierde a uno de sus hijos y se sumerge en los días desolados para siempre. Queda una niña: Déborah. ¿Con qué voz puede explicar ese letargo que se dibuja en el nombre de su madre como un destino irrevocable? ¿Cómo se narra la enfermedad cuando aún no hay palabras infantiles que la nombren? Para reconstruir lo que se ha roto en la memoria, ella deberá vagar entre sus voces, desdoblarse en niña y en mujer, en sombra y niebla.

   A través del recuerdo y de la tierra, Déborah marcha hacia un pueblo de Entre Ríos, donde moran el dolor de un padre taciturno y la bobe que aplasta con su mirada. Nada explica lo que una niña no debe oír, lo que una niña debe callar. Ni siquiera el iddish de la bobe, el silencio del padre. Un viaje al lugar donde la muerte sigue sucediendo como una acción impuntual, constante. El desafío de volver a esa casa donde la soledad crece cada vez que el viento deja de azotar las ventanas; la necesidad de ir a buscar a la niña que fue, cuyo rostro se esfuma en la bruma plomiza del pasado” (17).

   Deborah, la protagonista, recuerda “las historias que le contaba su bobe, recolecciones que llevan al lector una gran distancia en el espacio y el tiempo, a la ciudad de Odessa a fines del siglo diecinueve. En aquel entonces, la familia de su abuela huyó de los pogroms del Zar Nicolás II, buscando refugio en Lyon, Francia antes de emigrar a la Argentina, donde se establecieron en una de las colonias agrícolas de Entre Ríos, como miles de otros judíos refugiados, incluso los antepasados de la autora” (18).

   Con esta novela, Perla Suez fue Finalista del Premio Mundial de Literatura Rómulo Gallegos en 2001.


6 - Novelas infantiles y juveniles

   Acerca de su novela Memorias de Vladimir (19), escribe Perla Suez: “Nací en Córdoba. Me crié en Basavilbaso, un pueblo de la provincia de Entre Ríos. Muy cerca de donde transcurre una etapa de la vida de Vladimir. A medida que la historia avanzaba me reencontraba con espacios vividos. Sabía que estaba escribiendo un episodio de mi vida. Buscaba dentro mío una voz propia que naciera de mis palabras. Soy nieta de inmigrantes judíos que escaparon de Rusia en la época en que el zar Nicolás II los perseguía. Durante el tiempo en que trabajé en este libro estuve muy preocupada por la suerte de mi personaje. Sentí ternura por él y esa ternura no me abandonó hasta el final. Mi personaje habla en esta historia como lo hacía mi abuelo. Vladimir tiene un aire a mi padre. Vera, el gran amor de Vladimir se me figura a mi madre” (20).

   Relata el protagonista: “Nací en la aldea de Porskurov hace mucho tiempo. El zar mandaba en Rusia, el zar Nicolás II. No conocí a mis padres. Fui criado por mi tío Fedor. A los diez años hachaba leña de la mañana a la noche por apenas un copec. (...)Tío Fedor era colchonero, guardaba la máquina de cardar en el cobertizo. A veces para soportar el miedo yo cardaba lana. Cuando oía chirriar el cerrojo de la puerta y reconocía sus pasos, mi corazón volvía a su remanso”.

   La novela fue galardonada con el White Ravens, 1992, Biblioteca Internacional de la Juventud de Munich, Alemania, y ALIJA, Asociación Argentina de Literatura Infantil, Sección Nacional del IBBY.

  Dimitri es el nieto de Vladimir. En Dimitri en la tormenta (21), “Dimitri y su abuelo ayudan a Tania, que viene escapando del nazismo, a entrar al país. A través de lo que la mujer cuenta, el chico irá descubriendo el horror de la guerra. Comprenderlo se le hace difícil, muy difícil. Una novela donde se entrelazan sin tapujos tristeza, odio y dolor con momentos de intensa felicidad. Any, el amor y la emoción profunda de cumplir trece años y festejar el barmitzvá” (22).

   Relata Tania: “Con el anillo de brillantes de mi madre compré a uno de los comandantes y escapé. Vagué por cloacas, estuve en una iglesia donde un sacerdote me ayudó. Disfrazada de mendiga, pude llegar a la bahía de Gdansk. Y logré esconderme en el barco carguero en el que llegué”.

   Esta novela fue seleccionada por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil Argentina (ALIJA) y por la Fundación de Lectura, Fundalectura, Bogotá, Colombia, entre los mejores libros para jóvenes.

Notas
1. Verbitsky, Bernardo: Hermana y Sombra. Buenos Aires, Editorial Planeta Argentina, 1977.
2. S/F: en “Bernardo Verbitsky Nagasaki mon amour”, en Abanico de la Biblioteca Nacional, Mayo de 2005, www.abanico.edu.ar.
3. Orgambide, Pedro: Hacer la América. Bruguera, 1984.
4. Orgambide, Pedro: “La literatura en tiempos de intolerancia. Identidad y narración”, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
5. ibídem
6. Orgambide, Pedro: Aventuras de Edmund Ziller. Buenos Aires, Editorial Abril, 1984.
7. Goldberg, Mauricio: Donde sopla la nostalgia. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1985.
8. Kornberger, Reiner: “Construir y reconstruirse: la experiencia kibutziana en la literatura judeoargentina”, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina/2 Literatura y artes plásticas Tomo 2. Buenos Aires, AMIA/ Editorial Milá, 2004.
9. Giardinelli, Mempo: Santo Oficio de la Memoria. Buenos Aires, Seix Barral, 1991.
10. Dujovne Oriz, Alicia: El árbol de la gitana. Buenos Aires, Alfaguara, 1997.
11. Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Galerna, 2001.
12. Krimer, María Inés: La hija de Singer.
13. Tabarovsky, Damián: “La hija de Singer, por María Inés Krimer”, en Clarín, Buenos Aires, 29 de junio de 2002.
14. Suez, Perla: Trilogía de Entre Ríos. Buenos Aires, Editorial Norma, 2006. (La otra orilla)
15. S/F: en www.perlasuez.com.ar
16. ibídem
17. ibídem
18. Buchanan, Rhonda Dahl: “La madriguera de la memoria en ‘Letargo’ de Perla Suez”, en Feierstein, Ricardo y Sadow, Stephen A. (comp.): Recreando la cultura judeoargentina / 2 Literatura y artes plásticas. Buenos Aires, Editorial Milá, 2004.
19. Suez, Perla: Memorias de Vladimir. Buenos Aires, Editorial Colihue, 1993. (Libros del malabarista)
20. Suez, Perla: en www.perlasuez.com.ar.
21. Suez, Perla: Dimitri en la tormenta. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1997. (Primera Sudamericana)
22. S/F: en www.perlasuez.com.ar


7 - Cuentos

“La siesta” (1) se titula uno de los cuentos que Alberto Gerchunoff incluyó en Los gauchos judíos. Así comienza: “Sábado, día del santo reposo, día bendecido por los escritos rabínicos y saludado en las oraciones de Yehuda Halevi, el poeta. La colonia duerme en una tibia modorra. Blancas las paredes y amarillos los techos de paja, las casuchas lucen al sol, sol benigno de la primavera campestre. Del cielo, lavado por la lluvia de la víspera, desciende una paz religiosa, y de la tierra se elevan rumores apacibles”.

   Alberto Gerchunoff dejó, en el cuento “El día de las grandes ganancias”, testimonio de su época de vendedor ambulante, durante la adolescencia. “Necesitaba poco para abandonar el comercio a que me dedicaba. Era yo entonces alumno del colegio nacional. Había dado examen de primer año, encontrándome imposibilitado para continuar los cursos. Me faltaba el dinero para la matrícula, carecía de libros, del traje de cierta apariencia, a fin de que los camaradas de aula no se burlasen demasiado de mi aspecto gringo” (2).

  En “Mate amargo”, escribe Samuel Glusberg: “Las alpargatas criollas y el mate amargo fueron los primeros síntomas de adaptación del tío Petacovsky. Pero la prueba definitiva, la evidenció dos meses más tarde, concurriendo al entierro del general Mitre. Aquella imponente manifestación de duelo popular, lo conmovió hasta las lágrimas, y durante muchos años la recordó como la expresión más alta de una multitud acongojada por la muerte de un patriarca”.

   Glusberg evoca en ese cuento, a propósito de la circuncisión del hijo del inmigrante llegado a la Argentina en 1905, un hecho luctuoso: “Sabido es que: de cien judíos que llegan a juntar algunos miles de pesos, noventa y nueve gustan instalarse como verdaderos ricos. De ahí que el tío Petacovsky, que no era de la excepción, amueblara regiamente su casa, comprara piano a la pequeña Elisa, y con motivo del nacimiento de un hijo argentino, celebrara la circuncisión en una digna fiesta a la manera clásica. Era justo. Desde el asesinato del primogénito, en Rusia, el tío Petacovsky esperaba tamaño acontecimiento. Igual que Jane Guitel, él había soñado siempre un hijo varón que a su muerte dijera en su recuerdo esa oración del huérfano judío, que el mismo Heine recordaba en su tumba de lana: Nadie ha de cantarme misa,/ Nadie ‘cádish’ me dirá,/ Sin cantos y sin plegarias/ Mi aniversario fatal...” (3).

  En “Las noches de Goliadkin”, H. Bustos Domecq –seudónimo de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares- evoca el exilio argentino de una princesa rusa. Goliadkin relata su historia: “pretendió haber sido caballerizo, y después amante, de la princesa Clavdia Fiodorovna; con un cinismo que me recordó las páginas más atrevidas de Gil Blas de Santillana, declaró que, burlando la confianza de la princesa y de su confesor, el padre Abramowicz, le había sustraído un gran diamante de roca antigua, un nonpareil que, por un simple defecto de talla, no era el más valioso del mundo. Veinte años lo separaban de esa noche de pasión, de robo y de fuga; en el interín, la ola roja había expulsado del Imperio de los Zares a la gran dama despojada y al caballerizo infidente”.

“En la frontera misma empezó la triple odisea: la de la princesa, en busca del pan cotidiano; la de Goliadkin, en busca de la princesa, para restituirle el diamante; la de una banda de ladrones internacionales en busca del diamante robado –en implacable persecución de Goliadkin. Este, en las minas del Africa del Sur, en los laboratorios de Brasil y en los bazares de Bolivia, había conocido los rigores de la aventura y de la miseria; pero jamás quiso vender el diamante, que era su remordimiento y su esperanza. Con el tiempo, la princesa Clavdia fue para Goliadkin el símbolo de esa Rusia amable y fastuosa, pisoteada por los palafreneros y los utopistas. A fuerza de no encontrar a la princesa, cada día la quería más; hace poco supo que estaba en la República Argentina, regenteando, sin abdicar su morgue de aristócrata, un sólido establecimiento en Avellaneda. Sólo a último momento, sacó el diamante del secreto rincón donde yacía escondido; ahora, que sabía el paradero de la princesa, hubiera preferido morir a perderlo” (4).

  En “Permiso, maestro”, de Isidoro Blaisten, el narrador cuenta: “Estaba cortando un kilo de colita para la Raquel porque era viernes. (...) La Raquelita, maestro, la de la tiendita, la hija del ruso Mauricio. Todos los viernes me compra colita. La religión de ellos. Los jueves compran marucha, los miércoles entraña de adentro o tortuguita, o entraña finita. Los otros días no compran nada. Le dan al pescado. La religión de ellos” (5).

   En “Carroza y reina”, Blaisten escribe: “conseguí que el ruso Kaminski donase las banderas y los banderines” (6).

   En “El baile”, Sebastián Jorgi relata:  “Había sido Mariuska, hija de una princesa rusa con veleidades de artista plástica, la que lo inició en pormenores del arte. Con tal de conquistarla al fin, le siguió el tren. Después de haberla conocido –recién finalizada la Segunda Guerra Mundial- en un bailongo de la Boca, simuló interesarse por la pintura”. (7)

  El bisabuelo de Zahira Juana Ketzelman llegó a Azul con su familia, pero, molesto por la actitud de unos lugareños para con sus hijas casaderas, se fue de esa localidad: “Desde atrás de unos árboles, varios hombres observaban. Los ojos renegridos les ardían al ver a las rusitas, apetecibles como frutas pulposas y brillantes, blanqueadas de leche y miel. De improviso, el paisano más audaz se adelantó, asió a la rusita mayor por la cintura, se la echó al hombro y salió corriendo a campo traviesa. El bisabuelo era fuerte como un buen labrador; logró recuperar a su hija. A pesar de ello, la decisión fue tan súbita como el rapto. Subió a las tres (¿o cuatro?) hijas al carro, miró fijamente a la bisabuela, y sin decir palabra, del carro al tren con bultos y samovar, regresó a la capital. En la lejanía de los imposibles se habían diluido para siempre los campos de Azul” (8).

  En uno de sus relatos, narra Hilel Resnizky: “En 1870 su abuelo, José Molinas, era el propietario de grandes estancias, de casas de comercio, e incluso de buques y astilleros en la Patagonia. En 1870 apareció un judío ruso, Jacobo Alter Grun, quien se convirtió y casó a su hijo Marcos con la hija de Molinas” (9).


8 - En cuentos infantiles y juveniles

  Acerca de Cuentos de la bobe, escribe Susana Goldemberg: "El presente libro es netamente histórico. No me he apartado un ápice de la verdad. La totalidad de su contenido es auténtico, real; ha ocurrido tal cual como se narra. Por respeto a los niños. Por respeto a los protagonistas. Y porque son tan bellas y profundas sus experiencias, que no cabe ninguna modificación que las altere, ni en favor de la poesía, ni en pro de la fantasía".

   Uno de los cuentos incluidos en este volumen escrito "Por y para sus hijos", es “Papá”. En él, Goldemberg recrea una despedida: “Argentina. El nombre raro. Otro país. Del otro lado del mar. Papá trató de explicarme: -Es un país grande, rico, generoso. Allí respetan a todos los hombres del mundo que quieran trabajar sus tierras. No importa en qué templo o en qué idioma le hablen a Dios. Enseguida papá me alzó en sus brazos. Con torpes manos, recorrió mi cara: los rulos sobre la frente, las cejas, el dibujo de mi nariz, la línea de los labios. Y pellizcó mi mentón, como siempre lo hacía cuando me daba el beso de las buenas noches” (10).

  El pequeño protagonista de “Historia con tango y misterio”, de Oche Califa, pregunta por qué sus abuelos emigraron de Rusia. El padre le contesta: “Por el ejército del zar. Cada vez que aparecían por la aldea donde vivía era para llevarse a los jóvenes a pelear en alguna guerra en la otra punta del país” (11).

Notas
1. Gerchunoff, Alberto: “La siesta”, en Los gauchos judíos. Incluido en R.J.Payró, J.C.Dávalos, R.Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Selección y prólogo por Eduardo Romano, notas por Alberto Ascione. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo, vol. 60).
2. Gerchunoff, Alberto: “El día de las grandes ganancias”, en Cuentos de ayer. Buenos Aires, Ediciones Selectas América, Tomo I, Nº 8, 1919.
3. Espinoza, Enrique (Samuel Glusberg): “Mate amargo”, en La levita gris Cuentos judíos de ambiente porteño. Buenos Aires, BABEL.
4. Bustos Domecq, H.: “Las noches de Goliadkin”, en H. H. Bustos Domecq, A. Pérez Zelaschi y otros: El cuento policial. Selección de Jorge Lafforgue y Jorge B. Rivera. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo, vol. 104).
5. Blaisten, Isidoro: “Permiso, maestro”, en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986.
6. Blaisten, isidoro: “Carroza y reina”, en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986.
7. Jorgi, Sebastián: “El baile”, en Fuga y vigilia. Buenos Aires, Ediciones del Valle, 1996.
8. Ketzelman, Zahira Juana: en el grillo, Suplemento: Gabinete de Letras y Arte. N° 9, 2000.
9. Resnizky, Hilel: Peregrinación entre patrias. Buenos Aires, Milá, 2001.
10. Goldemberg, Susana: "Papá", en Cuentos de la bobe. Santa Fe, Librería y Editorial Colmegna, 1976 (Colección Entre Ríos). Prólogo de César Tiempo. Foto de tapa: Pedro Luis Raota (E. FIAP).
11. Califa, Oche: “Historia con tango y misterio”, en Un bandoneón vivo. Buenos Aires, Sudamericana, 2002.


9 - Poemas

  Leopoldo Lugones, en “la ‘Oda a los ganados y las mieses’ muestra una expansión jubilosa en la exaltación de la tierra, los hombres y los frutos, sin rehuir prosaísmos certeros de cordial resonancia.
   Desde el diálogo pintoresco que sitúa con felicidad en su medio al criollo o al extranjero hasta el cuadro familiar a veces íntimo y conmovido de recuerdos, Lugones hace explícita una convivencia con el mundo humano, animal o de humildad biológica que sorprende por la extrema y sutil observación. Hay ternura y gracia en el diminutivo y las imágenes justas multiplican ante el lector la hirviente variedad de ese vivo universo”
(1).

   En esa oda, Lugones canta al ruso Elías, que vive en paz en la nueva tierra:

Pasa por el camino el ruso Elías
Con su gabán eslavo y con sus botas,
En la yegua cebruna que ha vendido
Al cartero rural de la colonia,
Manso vecino que fielmente guarda
Su sábado y sus raras ceremonias,
Con sencillez sumisa que respetan
Porque es trabajador y a nadie estorba.

  En su poema “En el día de la recolección de los frutos” (2),
Alfredo Bufano homenajea a los rusos con estos versos:

Salud, hijos del Volga y de Siberia,
y de todas las tierras que ayer fueron del Zar;
salud, mas no al que viene
haciendo tremolar
banderas empapadas de sangre, fuego y muerte
sino al que viene a amar y a trabajar,
y al que llega con sed de justicia
o fatigado en busca de un regazo cordial;
porque esta tierra nuestra, grande, sagrada y bella,
también la damos para descansar.

De Rusia parte Jacobo Fijman, a los cuatro años de edad, en 1898.
Mucho tiempo después escribiría (3):

¡Ah! Yo soy uno de esos caminantes
Que aún no han encontrado su camino;
Pero he gustado un luminoso vino
en huertos generosos y fragantes.

Kehos Kliguer escribió “Las cenizas de mi hermanita” (4), texto incluido en un poemario referido por completo a la Shoá:

Tráeme viento las cenizas de mi hermanita,
quiero enterrarlas en mi corazón;
búscalas bien, están mezcladas
con cenizas de ancianos y ancianas.
Voy a guardar esas cenizas como un talismán,
hasta el fin de mis días.
Después voy a dárselas
al Señor del mundo como obsequio.

Tamara Kamenszain, descendiente de rusos, es la autora de El ghetto.
Ese libro, dedicado a su padre, incluye el poema “Arbol de la vida” (5), en el que expresa:

Mi duelo, lo que estoy viendo
es el Gran Buenos Aires desde un cementerio judío.
(...)
Mi duelo, lo que estoy viendo
será de aquí en más este verdor que te dedico.
Hoy florecen en las copas de los árboles todas mis raíces.

Guiora (Jorge) Reichler, en uno de sus poemas (6)
se refiere a su condición de descendiente de inmigrantes:

Doy gracias, Argentina
por tu marco social, único
pese a que de vez en cuando éramos rusos
que en argentino era decir judíos,

Carlos Paoli es el autor de estos versos (7):

Me procuro primero un compadrito
un ruso, un francés, un cocoliche,
una vieja chismosa, un garabito,
un conventillo, una calle y un boliche.
Con estos elementos y una mina
que la va de cascarrienta y coqueta
que se cree gran señora y es una rea,
un taita que afila y un obrero,
que atrás de ella con el taita la camina
y se charla por la paica y es cabrero.
Ya con eso tiene bastante el sainetero.

En “Canción a Berisso” (8), Matilde Alba Swann recuerda las escuelas de esa localidad:
Yo le canto a tus niñas saliendo de la escuela:
alemanas, rusitas, italianas, armenias,
distintas lenguas todas e idéntico candor;
y canto a las pequeñas hijas de mi tierra
"made in argentina" levadura extrajera,
raíces que se prenden a un destino mejor.

Le canto al influjo de tus academias
alimentando el sueño de tu adolescencia
por salir del hollín;
y canto a tus escuelas nocturnas para adultos
donde padres y abuelos aprenden a escribir.

Notas
1. Lugones, Leopoldo: “Oda a los ganados y las mieses”, en Antología Poética. Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1965.
2. Bufano, Alfredo R.: “En el día de la recolección de los frutos”, en Para todos los hombres que quieran habitar el suelo argentino, Buenos Aires, Clarín.
3. Fijman, Jacobo: “Caminante” (poema inédito) en Clarín, Buenos Aires, 14 de diciembre de 2002.
4. Kliguer, Kehos: “Las cenizas de mi hermanita”, en Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu: “La rama argentina de la literatura ídish, y rama ídish de la liteatura argentina”, en Weinstein, Ana E. y Toker, Eliahu: La letra ídish en tierra argentina Bío-bibliografía de sus autores literarios. Buenos Aires, Milá, 2004. Traducción de Eliahu Toker.
5. Kamenszain, Tamara: “El árbol de la vida”, en El ghetto. Buenos Aires, Sudamericana, 2003.
6. Reichler, Guiora: “Doy gracias, Argentina”, en Reichler, Guiora: En nombre de todas las soledades. Buenos Aires, Milá, 2005. 80 pp. (Poesía).Notas
7. Paoli, Carlos: “Sainetes argentinos”
8. Swann, Matilde Alba: “Canción a Berisso”, en Canción y grito, 1955. Incluido en www.matildealbaswann.com.ar


10- En Milongas (En preparación).
11 - En teatro

“La urbe no consigue absorber del todo el aluvión tumultuoso que avanza desde el puerto –afirma Luis Ordaz-, y si bien el inmigrante se va incorporando al medio que habita e integra. Éste (el medio) se conforma, asimismo, con dicha participación e incidencia. El inmigrante se adapta o no, pero, a la vez, impone un nuevo sentido a las cosas y hasta las nombra y condimenta con vocablos y giros que componen una nueva jerga de frontera. Italianos y españoles, particularmente, pero también ‘turcos’, polacos, ‘rusos’ (judíos de variadas procedencias), animan una población pintoresca por el enfrentamiento, habitualmente apacible y sin prejuicios de ninguna índole, de todas las nacionalidades, razas y credos. Todo esto resalta, de manera natural, en el ‘sainete porteño’” (1).

“En Mustafá, sainete que Armando Discépolo y Rafael José De Rosa escriben en colaboración, y estrenan en 1921, don Gaetano (tano típico del género) se entusiasma ante la fusión, la ‘mescolanza’, que se logra en las bulliciosas casas de vecindad porteñas” (2).

  Conversando con el turco que da nombre a la obra destaca el clima amistoso del conventillo: “E lo lindo ese que en medio de esto batifondo nel conventillo todo ese armonía, todo se entiéndano: ruso co japonese; francese con tedesco; italiano co africano; gallego co marrueco. ¿A qué parte del mondo se entiéndono como acá: catalane co españole, andaluce co madrileño, napoletano co genovese, romañolo co calabrese? A nenguna parte. Este e no paraíso. Ese ne jauja. ¡Ne queremo todo!” (3).

   A criterio de Ordaz, Don Gaetano se refiere, efusivo, a una parte verdadera e importante del conventillo, mientras la otra parte, que sirve para completar la visión, queda soslayada: ¿Quiénes habitan las enormes casonas, cómo se vive en un conventillo?” (4).

Notas
1. Ordaz, Luis: “Armando Discépolo o el ‘grotesco criollo’ “, en Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
2. ibídem
3. Discépolo, Armando y De Rosa, Rafael: Mustafá, citado por Páez, Mario, en El conventillo. Buenos Aires, CEAL, 1990.
4. Ordaz, Luis: op. cit.


12 - En cine

  Alberto Gerchunoff escribió Los gauchos judíos en 1910, para celebrar un momento culminante de nuestra historia. Décadas más tarde, el libro fue llevado al cine. Al respecto, Jorge Miguel Couselo afirma que “La briosa versión de Los gauchos judíos (Jusid, 1975), con la originalidad de una interrelación folclórica nunca tocada por el cine argentino, sufrió el torpe tronchamiento de la censura, que no admitió en imágenes pasajes que cuatro generaciones de estudiantes leyeron en la prosa de Alberto Gerchunoff” (1).

  Sobre el film escribe Ricardo Manetti: “La pantalla también devuelve (...) el retrato nostálgico y épico de la gesta de los inmigrantes” (2).

  En abril de 2001 se estrenó Un amor en Moisésville (3), film dirigido por Antonio Ottone –que también escribió el guión- y protagonizado por Víctor Laplace y Cipe Lincovsky. Sobre esa película se afirmó: “Antonio Ottone regresa al cine de la mano de una historia ambientada en tiempos en los que un contingente de la colectividad judía procedente de Europa desembarcaba a principios de siglo en la provincia de Santa Fe. Víctor Laplace y Cipe Lincovsky hacen un homenaje desde sus personajes” (4).

Notas
1. Couselo, Jorge Miguel: en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980.
2. Manetti, Ricardo: “El cine de la digresión”, en Cien años de cine. Buenos Aires, La Nación Revista, Tomo II.
3. Ottone, Antonio, dir.: Un amor en Moisés Ville. Abril de 2001.
4. S/F: “Un amor en Moisés Ville”, en Película Cinemark archivos/Cinemark-Ottone.htm


13 - En Televisión (En preparación)
14 - En historietas (En preparación)
15 - Aquí colocaremos las colaboraciones que aporten nuestros visitantes a la página. (documentos, fotografías, etc..)


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