Ingleses y Escoceses

Inicio de Pampa Gringa - Pueblos y Ciudades
Ingleses y Escoceses




Introducción

   Entre los inmigrantes que llegaron a la Argentina vinieron los ingleses y los escoceses.
“En 1824 el primer ministro George Canning logró el reconocimiento de la independencia Argentina por el Reino Unido, y en 1825 fue suscripto el primer tratado comercial y de inmigración.

   Pero ya desde antes, Rivadavia había intentado alentar la llegada de colonos, y es así como, entre 1810 y 1860, el 68% de los que llegaron al país, eran británicos. En 1854, la mayoría de los 18.800 habitantes de ese origen eran profesionales, empresarios y comerciantes, pero muchos tenían establecimientos rurales. Algunos, como Paroissien o Billinghurst, habían optado, ya, por la ciudadanía argentina.

   Los ingleses y escoceses se dedicaron en nuestro país a tareas vinculadas con el progreso agropecuario e industrial y al desarrollo de su infraestructura física y de servicios. Trajeron su experiencia técnica y científica y el idealismo de la producción y el comercio. Construyeron ferrocarriles, abriendo vías a nuestra prosperidad y esparciendo progreso a ambos lados del riel. Construyeron puertos, por los que nuestras cosechas se abrieron a los mercados más exigentes. Realizaron obras de riego, incorporando llanuras y valles al cultivo productivo.

   Organizaron empresas de distribución de frutos y fueron consignatarios de hacienda y aseguradores de empresas audaces y exitosas. Fundaron obrajes, saladeros y frigoríficos. En 1905, la Exposición Anglo Argentina realizada en el Prince George's Hall de Buenos Aires, fue un buen balance del enorme aporte de la imaginación y constancia emprendedoras de los ingleses y escoceses argentinos.

   En 1825 partieron de Glasgow colonos británicos que, después de llegar a San Pedro, se trasladaron a Santa Catalina, colonia organizada por Guillermo Parish Robertson, lugar donde medio siglo después se crearía la primera Escuela Agronómica del país. En ese mismo año de 1825, se constituyó, en Londres, la "Asociación Agrícola del Río de la Plata" y 200 colonos llegaron a Entre Ríos provenientes de Liverpool y Manchester.

  Hubo colonos ingleses en el Chaco y otras provincias argentinas. Ingleses fueron los primeros colonizadores de Río Gallegos. Los ingleses y escoceses fueron hacendados: estancieros y cabañeros.

   Ya había ganaderos ingleses antes de la independencia, pero en la época de Rivadavia es cuando se acentúa su presencia. Uno de ellos, John Miller, con estancia en Cañuelas, fue el precursor de los cruzamientos de ganado criollo con animales de pedigree. En 1836 importó de Inglaterra un toro de raza Shorthorn llamado Tarquino, primer reproductor que llegó al Rio de la Plata.

   Estancieros fueron Wilfredo Lathan (Los Álamos), A. Bell (Estancia Chica), Sidnev Bell (La Tercera), el escocés Drysdale (que llegó a tener 250.000 hectáreas) y muchos más.

   Cabañeros, Juan Harrat (autor de un Tratado de Ganadería), Pablo Sheridan y Tomás Whitfield, que en 1826 trajeron un cargamento de 150 merinos para el mejoramiento de los planteles, y Guillermo Carlos Thompson, llegado en 1832, e introductor del primer caballo "pura sangre".

   El mejor ejemplo del aporte realizado a nuestro campo fue la fundación de la Estancia "Los Ingleses" por la familia Gibson: llegados de Escocia en 1819, introdujeron la esquila anual, el análisis meteorológico, la explotación racional y científica, la organización industrial, la vinculación entre la producción y la exportación. Habían construido un observatorio en sus campos. Dirigía el establecimiento agropecuario, Richard Newton, luego socio fundador de la Sociedad Rural Argentina. Su hijo, Richard B. Newton introdujo el alambrado en la Argentina.

Ingleses y Escoceses

    Trajeron a nuestro suelo las enseñanzas de la revolución agraria y de la revolución industrial.

   Ayudaron a nuestro país a entrar de lleno en el mundo de la producción y del progreso. Fueron grandes propulsores de nuestra ganadería lanar y bovina. Tuvieron campos y los sembraron racionalmente para mejorar la alimentación de la hacienda. Cultivaron el sueIo. Sirvieron a la Patria y ampliaron nuestro patrimonio espiritual” (1).

   Fundaron sus periódicos, influyeron en la enseñanza y en la alimentación. Trajeron su religión y sus costumbres.

   Se los evoca en investigaciones, testimonios, artículos periodísticos, memorias, biografías, obras literarias y muestras fotográficas, que evidencian la importancia de esta colectividad en la sociedad argentina.

Notas
1. S/F: “Los ingleses y escoceses”, en Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.



En testimonios

Ingleses

   En Masacre en las pampas (1), John Lynch incluye el testimonio del colono Seymour: “Si el gaucho odiaba a los gringos -sostiene Lynch-, estos devolvían el mismo sentimiento. Los colonos ingleses llegaron a desconfiar del gaucho y a ver en él la encarnación de todos los defectos de la Argentina Rural, donde la violencia era una forma de vida y los principios no significaban nada.

  Desde su estancia de Fraile Muerto, Richard Seymour expresó su desprecio por el concepto del ‘gaucho noble’. Superficialmente los gauchos eran más civilizados que los peones ingleses pero cuando se llegaba a las cosas esenciales, su carácter moral era inferior: ‘Me parecía que ninguna medida de amabilidad o confianza lograba generar reciprocidad con alguna señal de agradecimiento y la mera carencia de moral es suficiente para convocar una maldición sobre cualquier nación’.

  El capataz del mismo Seymour, supuestamente uno de los paisanos gauchos de Mansilla, lo engañaba cada vez que se le presentaba la ocasión y no hacía ningún trabajo que pudiera evitar”.

   Jorge Luis Borges se refirió en reiteradas oportunidades a la inmigración de sus mayores. Lo hizo en reportajes, en los que aludió a su condición de descendiente de ingleses y criollos (2). Ricardo Piglia considera que Apoyada en la diferencia de los sexos, la familia se divide en dos linajes, habría que decir es forzada a encarar dos linajes: la rama materna, de ‘buena familia argentina’, descendiente de fundadores y conquistadores (‘Tengo ascendencia de los primeros españoles que llegaron aquí. Soy descendiente de Juan de Garay y de Irala’), de guerreros y de héroes. La rama paterna, de tradición intelectual, ligada a la literatura y a la cultura inglesa (‘Todo el lado inglés de la familia fueron pastores protestantes, doctores en letras, uno de ellos fue amigo personal de Keats’)” (3).

   En Borges, biografía verbal (4), Roberto Alifano escribe cuanto el escritor le dijo sobre uno de sus antepasados: “El abuelo materno de mi padre, Edward Young Haslam, editó uno de los primeros periódicos ingleses de la Argentina, Southern Cross, y se había doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de Heidelberg. Sus medios no le permitían estudiar en Oxford o Cambridge, por lo que marchó a Alemania, donde obtuvo su título después de haber realizado todos sus cursos en latín. Murió en Paraná, la capital de la provincia de Entre Ríos”.

   Cuando Borges recibió el Premio Jerusalén, recordó en una entrevista a la hija de Edward Haslam, su “abuela inglesa, protestante, que sabía de memoria la Biblia” (5).

  A ella se referirá también en un reportaje realizado por Noemí Ulla, recordándola como una persona estrechamente ligada a los libros con los que se inició literariamente. Dijo a la escritora que su verdadera educación fue la biblioteca de su padre, “en gran parte de libros ingleses. (...) Yo recuerdo sobre todo la Enciclopedia Británica, que sigo releyendo y que no he agotado aún. Mi padre era profesor de Psicología en Lenguas Vivas, él tenía que dar las lecciones en inglés –mi abuela era inglesa- y era secretario en un Juzgado Civil de los Tribunales, pero él era además profesor de Literatura Inglesa” (6).

   Evoca el ambiente literario de su casa, relacionado con la extranjera: “Había un excelente ambiente en casa, un ambiente literario. Mi abuela era muy lectora, mi abuela inglesa sabía de memoria la Biblia. Ellos habían sido predicadores metodistas, gente de clase media en
Inglaterra, de modo que Ud. citaba un versículo bíblico y ella decía: Libro de los Reyes, capítulo tal, versículo tal. O Libro de Job, capítulo tal, versículo tal, o El Evangelio según Marcos, capítulo tal, versículo tal, y seguía adelante. En alemán se dice Bibelfest, es una persona que está firme en la Biblia. Creo que Hafiz sabía de memoria el Corán, que Hafiz quiere decir ‘el recordador’. Hay mucha gente que sabe de memoria el Corán y sé que muchos protestantes, como mi abuela, saben de memoria la Biblia. Se sigue la única lectura, puede ser aprendida”.

   Acerca del arribo de la inglesa a nuestro país, escribe Alifano: “La abuela paterna de Borges, Frances Haslam Arnett, llegó a la Argentina por una serie de curiosas circunstancias. Su única hermana, mayor que ella, se había casado con un ingeniero ítalojudío, llamado Jorge Suárez. Al fallecer su madre, los Suarez la hicieron viajar a América del Sur. Llegó a Paraná, la capital de Entre Ríos, después de un accidentado viaje (el barco estuvo a punto de naufragar en las costas del Brasil), a mediados de 1867. En Paraná fue donde Frances Haslam conoció al coronel Francisco Borges”.

   La ascendencia de Jorge Luis y su hermana, Norah, determinó en qué idioma se expresarían: “En casa de los Borges se usaba corrientemente tanto el inglés como el castellano –afirma el biógrafo. Los niños sabían que con la abuela materna, Leonor Acevedo, tenían que hablar español; pero con Fanny Haslam lo debían hacer en inglés. ‘Con el tiempo descubrí que esas dos maneras de hablar de un nieto se llamaban la lengua castellana y la lengua inglesa’, completó Borges”.

   La abuela Fanny no sólo le legó el idioma y la afición a la lectura; le dejó también material del que surgiría algún texto: “Siendo niño –evoca Borges- escuché a Fanny Haslam muchas historias de la vida de fronteras de aquellos tiempos. Ella había vivido experiencias terribles y maravillosas al mismo tiempo, ya que, en los primeros años de la década del setenta, mi abuelo fue comandante en jefe de las fronteras norte y oeste de la provincia de Buenos Aires. Una de esas historias sirvió de base para mi relato Historia del guerrero y la cautiva. Mi abuela había conocido a varios caciques indios: Namuncurá, Simón Coliqueo, Pincén y Catriel”.

   Lo criollo y lo europeo, mundos diferentes en los que se escindió la existencia de Borges, aparecieron en las entrevistas que se le realizaron, demostrando que la inmigración fue un tema importante, también, para uno de los máximos escritores argentinos.

  Nieto de un escocés y una irlandesa, en el prólogo a El Grimorio, Enrique Anderson Imbert se cuestiona: "¿Estará mal que diga que mis cuentos fantásticos fueron anteriores a la moda, que mis fuentes literarias son las de la biblioteca inglesa de mi casa, (...)?" (7).

   Una destacada escritora dió a conocer las cartas de su abuela inglesa. “La abuela de María Elena Walsh, llamada Agnes, llegó a la Argentina con veinte años recién cumplidos, a trabajar como gobernanta. Se casó, y la vuelta a Inglaterra se fue retrasando. Estas cartas que le envió a su padre -bisabuelo de María Elena- llegaron nuevamente a la Argentina a manos de su papá, por intermedio de un pariente, y éste se las regaló a María Elena cuando niña para que recortara las estampillas. Pasaron mas de 50 años en sus manos antes de que sintiera curiosidad por las mismas y decidiera hacerlas traducir, para luego incorporarlas en su libro Novios de Antaño”.

   En una de estas cartas, fechada en 1878, la abuela Agnes escribe a su padre: “Lamentamos saber que usted no ha estado bien, debe cuidarse querido papá y no tomar frío. Espero encontrarlo sano y gordo cuando vaya, aunque no se cuando llegará ese día, espero que sea el año próximo, y quizás le lleve algo para mostrarle... Mi hermano Walter consiguió su primer trabajo, espero que se porte bien y lo conserve. David dice que el de plomero es muy buen oficio, al menos en este país. Me sorprendo cada vez que recibo una carta suya, ya que aquí no es como en Inglaterra: a los carteros no les importa extraviar la correspon-dencia, y sólo por casualidad se recibe la que viene dirigida a domicilios particulares.

   Le ruego, papá, que escriba como antes a las oficinas de The Standard, ya que los editores son muy amigos de David y disponen de un buzón. ¡Hemos celebrado una gran Fête!, el centenario de un héroe argentino, el Gral. San Martín. Le envío un recorte de The Standard. El próximo domingo empieza el Carnaval y parece que será grandioso. David va a mandarle un recuerdo de La Plata” (8).

    Andrew Graham-Yooll evoca a uno de sus antepasados: “Miles recuerdan la estación Constitución cuando funcionaba. Hay abundantes memorias, pero el añorado tren ya se fue. La fachada sobre la calle Brasil data de 1885 (la que da sobre Hornos es de 1925), cuando se transformó la primera estación frente a la playa de carretas que muestran las fotografías de 1872. De una estación Constitución anterior, de una planta, el 14 de agosto de 1865 salió el primer tren que abría caminos nuevos en el campo. En diciembre, la línea llegó a Chascomús.

   El trazado fue hecho en parte por mi bisabuelo, un dibujante inglés llegado a Buenos Aires en 1863. Tuvo a su cargo la traza de la extensión del Ferrocarril Sud hasta Dolores y en mayo de 1870, el bisabuelo fue contratado para construir el pequeño tramo del tren de la Exposición Nacional de Córdoba. En 1887 pasó a ser jefe de Ramales del Ferrocarril Central Entrerriano, y en ese cargo construyó las líneas a Victoria, Villaguay, Gualeguay y Gualeguay-chú. Atesoro su correspondencia de esa época, porque de los ramales queda poco” (9).

   En otro artículo, relata: “En el antiguo bar inglés de Thomas Dawson, en la calle Nueva York, en Berisso, zona que se debate entre el recuerdo de frigoríficos y actividad portuaria y la decadencia urbana, hay un bello y original mosaico en el piso con la leyenda comercial del propietario” (10).

   Andrew Graham Yooll afirma que “los británicos se negaron tenazmente a ser categorizados como inmigrantes, lo que significaba un descenso en la clase social” (11).

   El Bar Británico, en Barracas, cuando abrió “se llamaba La Cosechera. Pero empezó a ser frecuentado por ex combatientes ingleses de la Primera Guerra Mundial y entonces pasó a tener acento inglés” (12).

   María Luisa Hadeler brinda su testimonio acerca del matrimonio Morris. Ella “es, con sus joviales 83 años, una ex alumna de las escuelas de Morris. ‘Fue el maestro de mi vida, después de Jesús. Siempre estaba vestido de negro, con sombrerito y valija. Era amoroso y al humilde le daba todo’, evoca la mujer. Admiradora de la obra de este filantrópico inglés, nos cuenta que ‘era anglicano pero en la escuela no hablaba de religión. Daba ropa dos veces al año, a las chicas vestiditos y zapatos y a los varones trajecitos a la cazadora.

    El mismo ayudaba a vestir a algunos pibes’. María Luisa recuerda la escuela de la Avenida Triunvirato: Era hermosa, tenía un patio para el alumnado y otro donde enseñaban corte y confección. Era de nivel primario. Me acuerdo que la directora se llamaba Leguía y la maestra María Bordería. Antonia López era la directora de la escuela de Bebedero, en donde la esposa de Morris era la maestra de música. Yo terminé la escuela en 1930. Ese año se acabó el subsidio del Estado” (13).

   Carlos Garro escribe al diario La Nación: “En el Correo de la Revista del 3/10/04, el doctor Enrique Belocopitow señaló aspectos de la quinta presidencial de Olivos que le dejaron el mejor de los recuerdos de su infancia. He tenido sus mismas vivencias, pero mis recuerdos se remontan a fines de la década del 40 y principios de la del 50. Entonces, el presidente Perón y su esposa, Eva Duarte, recorrían a pie la colonia de vacaciones de Olivos, ya que vivían al lado, en la quinta. Nuestro profesor de gimnasia era José D’Amico, todo un lujo, y compartíamos el espacio con los niños de la colonia Mi Esperanza, del pedagogo William C. Morris, de los cuales aprendí lo que es la verdadera camaradería” (14).

   Graciela Montes asistió a una escuela inglesa: “De la adolescencia, que pasé no en Florida sino más al norte, en Martínez (mi padre ya no era empleado de Bunge & Born, como cuando yo nací, ahora trabajaba en Squibb, un laboratorio medicinal que fue donde se inauguró la primera fábrica de penicilina, y había llegado a director ejecutivo, de modo que la situación económica de la familia había mejorado mucho: de una casita alquilada en Florida a una casa propia, grande y con jardín, en Martínez), recuerdo el contacto con dos lectoras influyentes. Una profesora de literatura inglesa (yo ya no iba a la escuela de monjas sino al San Pedro, o Saint Peter School, una escuela inglesa laica que estaba cerca de mi casa) muy joven, que murió cuando yo estaba en cuarto año, antes de que terminara el curso, en el parto de su segunda hija. Se llamaba Ruth Rosenmeyer y era una lectora formidable, muy estimulante. Leíamos Chaucer, Shakespeare, Milton, Shelley, Coleridge y demás clásicos de manera formal (porque a fin de año había un examen riguroso) pero al mismo tiempo de una manera apasionada (por lo brillante y muy caliente lectora que era ella). Yo sentía que los textos se me abrían, literalmente, que se inflaban y se me abrían. No sabría describirlo mejor: levaban” (15).

   Dennis Clifford Crisp, hijo de ingleses, relató: “Mis padres vinieron a la Argentina en 1910. Mi padre era empleado de La Forestal y se radicó en el Chaco Santafecino. Yo nací en Guillermina y mi hermano (que es veterano de la RAF) en Tartagal, así que mi primer idioma fue el guaraní” (16).

   Fu Manchú, el mago que se llamaba en realidad David Bamberg, nació en Inglaterra en 1904; falleció en 1974. “Alcanzó la fama en Argentina, cuando deslumbró al público con sus representaciones. Quienes lo vieron recuerdan todavía su más festejado acto, denominado ‘El bazar de magia’, en el que Fu Manchú actuaba de dueño de un negocio y confrontaba con un cliente que le pedía distintos trucos, que se podían ver pero no comprar” (17).

   Entrevistada por Luis Aubele, Marilen Stengel recuerda a su abuela paterna: "Daphne, una inglesa alta y de ojos muy verdes, estaba cargada de afecto, pero le costaba expresarlo. Entonces, tenía a mano siempre un títere, al que llamaba el Negrito Pedro. Y a través de él nos daba dulces, hacía chistes y nos decía todo lo que nos amaba" (18).

Notas
1. Lynch, John: Masacre en las pampas La matanza de inmigrantes en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé, 2001. 320 pp. (Hechos Reales). Traducción de María Teresa La Valle. Pág. 39.
2. Reportaje incluido en Mujica Láinez, Manuel: Los porteños. Buenos Aires, La Ciudad, 1979.
3. Piglia, Ricardo:
4. Alifano, Roberto: Borges. Biografía verbal. Barcelona, Plaza & Janés, 1987.
5. S/F: en Borges e Israel. El asiduo manuscrito”. Buenos Aires, Embajada de Israel en Buenos Aires, 1987.
6. Ulla, Noemí:
7. Anderson Imbert, Enrique: Prólogo a El grimorio (1961), en Narraciones completas, Vol. I. Buenos Aires, Corregidor, 1990.
8. Walsh, María Elena: "Novios de antaño". Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1990. En María_Elena_Walsh La abuela Agnes.htm, página preparada con la colaboración de Mirta Toledo y Luis Mandel
9. Graham Yooll, Andrew: “Perdimos el tren”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
10. Graham Yooll, Andrew: “Propiedad pública y privada”, en La Nación Revista, 5 de octubre de 2003.
11. Graham Yooll, Andrew: “Los ingleses en la Argentina”, en Clarín, Buenos Aires, 18 de diciembre de 2000.
12. S/F: “Parque Lezama”, en Clarín Viva, 21 de diciembre de 2003.
13. S/F: “William Morris, guía y maestro”, en El Barrio. Periódico de Noticias. Año 6, N° 62. Buenos Aires, Mayo de 2004.
14. Garro, Carlos: “Olivos”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 17 de octubre de 2004.
15. Montes, Graciela: en www.gracielamontes.com.
16. Castrillón, Ernesto y Casabal, Luis: “Un argentino en Birmania”, en La Nación, Buenos Aires, 6 de junio de 2004.
17. Sigal, Pablo: “Fu Manchú: 100 años y la magia sigue intacta”, en La Razón, Buenos Aires, 18 de febrero de 2004.
18. Aubele, Luis: "A boca de jarro Marilen Stengel 'Hice un descubrimiento asombroso, tenía tres abuelas'", en La Nación, Buenos Aires, 8 de octubre de 2006.

Escoceses

   De los escoceses dice Andrew Graham Yooll que son “unos melancólicos de su tierra. Partían porque su país los expulsaba y se refugiaban en éste añorando sus pagos. A pesar de esta añoranza, sabían que su lamento sería inútil, ya que jamás tendrían la oportunidad de volver a sus montañas”.

   Manifiesta que “tanto los irlandeses como los escoceses se reunían en las respectivas fechas de sus comunidades para cantar, emborracharse y llorar por sus aldeas perdidas, asumiendo como podían a éste como su lugar de residencia” (1).

   Carlos Prebble resume la historia de los Prebble argentinos: “Mi tatarabuelo Charles Prebble vino a la Argentina en el siglo XIX para trabajar en el ferrocarril. Le fue tan bien, que cuando volvió a Escocia hizo edificar una mansión a la que llamó ‘Temperley’, en homenaje al barrio en el que había vivido. Su hijo Edwin vino años después a trabajar él también en los ferrocarriles. Se casó con una española, y tuvo tres hijos. Edwin murió joven. Entonces, Charles Prebble ofreció a su nuera, Inés Ajamus, costear el viaje de ella y los tres hijos del matrimonio, para que los niños se educaran en la tierra de su padre, a expensas del abuelo. Ella no aceptó, y así fue como los Prebble se quedaron en la nueva tierra”.

   Desde Konstanz, Alemania, Juan Delius, editor de www.pampa-cordobesa.de, nos envía copia de una reseña que encontró, en la que aparecen datos precisos:

"Renglón* *N*

   Este último renglón consiste principalmente de una serie de suertes numeradas 31* a 25* que forman una parte de la antigua merced Arrascaeta (ver renglón L), cada una de las cuales se extiende ambos costados de la línea del FC. Mitre entre Arias y La Carlota. En 1886 Charles Trew Prebble, ingeniero civil, (*1827, Berkshire, Inglaterra -^+ 1919, Gloucestershire, Inglaterra; en 1883 era administrador de una mina de cobre Río Tinto, Huelva, España; figura casando a una hija nacida en Riga, Letonia, entonces Rusia, en 1887 en Buenos Aires y residiendo en el suburbio Temperley; cuando volvió a Inglaterra bautizó a su residencia Temperley; tuvo 10 hijos, uno de ellos Edwin P. volvió a la Argentina a trabajar con un ferrocarril) y Edward Ware son autorizados para construír un ferrocarril que uniera el ya completado -en 1886- de Buenos Aires a Rosario por el FC Buenos Aires y Rosario con Venado Tuerto y con La Carlota, provincia Córdoba. Hubo prórrogas y la concesión al final pasó a ser de Christopher) Fredrik (=Cristóbal Federico) Woodgate, ver F 83. Este en 1889 se la cedió al Gran Ferrocaril del Sud de Santa Fe y Córdoba, mas precisamente a la Santa Fe and Cordoba Great Southern Railway Construction Co. Ltd. que construyó la línea desde el puerto de Villa Constitución a Venado Tuerto y a La Carlota. ...".

Notas
1. Roca, Agustina: “Peripecias británicas”, en La Nación, Buenos Aires, 24 de diciembre de 2000.


Ambos (Ingleses y Escoceses)
  Eduardo Morley, quien sobrevivió a treinta y cinco misiones sobre cielo alemán, “nació en Río Gallegos. Su padre era escocés y su madre inglesa. A los diez años fue a estudiar a las islas británicas y volvió con la edad justa para el servicio militar. Una vez concluido, se incorporó a la RAF. (...) Todavía conserva la libreta en la que dejó constancia de todos los vuelos y destinos” (1).

Notas
1. Malamud, Luciana: “Para ir a combatir hay que ponerse un corazón de mármol”, en La Nación, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.


Memorias y autobiografías

Ingleses

  En su Autobiografía, Jorge Luis Borges recuerda a su abuela inglesa: “Frances Haslam era una gran lectora. Cuando ya había pasado los ochenta, la gente le decía, para ser amable con ella, que ya no había escritores como Dickens y Thackeray. Mi abuela contestaba: ‘ Sin embargo, yo prefiero a Arnold Bennett, Galsworth y Wells’ ” (1).

Notas
1. Borges, Jorge Luis: Autobiografía, citado en Hadis, Martín: LITERATOS Y EXCÉNTRICOS Los ancestros ingleses de Jorge Luis Borges. Buenos Aires, Sudamericana, 2006.

Escoceses

   Maggie Pool es la autora de Where the devil lost his poncho (1) obra en la que evoca el medio siglo que transcurre a partir de su llegada a la Argentina, “no bien terminada la guerra, como modesta secretaria de un organismo británico, casi con lo puesto y con sólo doce libras esterlinas, que era la máxima cantidad de dinero que se permitía sacar de Inglaterra en aquel momento de crisis”.

   En la nueva tierra, Pool “queda deslumbrada por la riqueza que ve en Buenos Aires, por el tamaño de los bifes y los postres de un simple restaurant, donde se come lo que ninguna familia inglesa veía desde hacía años” .

“Nada disminuye su amor por la segunda patria. Con los años se traslada a vivir a Bariloche y, por fin, al valle de El Bolsón. La Patagonia la atrapó y parece ser su punto de residencia definitiva en su larga vida iniciada –allá lejos y hace tiempo pero al revés que Hudson- en Irlanda y Escocia. ‘Aquí está el paraíso’, resume sobre el final. Lo transmite con la certidumbre de quien ha sabido ver mucho más allá de las vicisitudes de la vida cotidiana” (2).

   María Rosa Oliver se refiere en sus memorias a su institutriz escocesa. Relata un episodio María Rosa Lojo: “Similar susceptibilidad muestra ante otros personajes que se consideraban superiores –étnica y culturalmente- a los argentinos, aunque se encontraran muy por debajo de ellos en la escala de la sociedad.

  No perdía una palabra de las charlas que mantenía Lizzie, su niñera escocesa, con sus colegas british que servían en casas de las afueras, a las que iban de visita y donde tomaban el té de las cinco con scons calientes y sandwiches de berro. Nunca faltaban, en aquellas sesiones, las críticas a los, y sobre todo las, natives: mujeres descuidadas y haraganas, que malcriaban a sus hijos y no se tomaban el trabajo de aprender a preparar un buen té a la inglesa. Las murmuradoras la miraban, ‘pero al parecerles que sus juicios se hundían, sin eco, en el pozo de mi ignorancia, o de mi inocencia, continuaban criticando a los nativos’. Los siete años de María Rosa no obstaron para que una tarde, harta ya de tanta crítica le recordara a Lizzie que después de todo, ella era una native también, aunque de Escocia” (3).

Notas
1. Pool, Maggie: Where the devil lost his poncho. Edimburgo, The Pentland Press, 1997.
2. Sopeña, Germán: “Tierra lejana”, en La Nación, Buenos Aires, 13 de julio de 1997.
3. Lojo, María Rosa: “Cuando la plenitud nace de la carencia”, en La Nación, Buenos Aires, 31 de agosto de 2003.


En biografías

Ingleses

   En Soy Roca, por Félix Luna, el protagonista se refiere a un viaje que hizo en 1899: “Nos detuvimos en la desembocadura del río Santa Cruz, visité algunas estancias de los alrededores, casi todas de ingleses, y seguimos a Río Gallegos, donde me hospedé en la casa del gobernador. (...)

  Cuando íbamos llegando a Ushuaia me llamaron la atención, en cierto punto de la costa, rebaños de ovejas y construcciones muy prolijas entre macizos de flores y espacios de césped; me dijeron que era la estancia de Thomas Bridges, el pastor anglicano que anteriormente había estado a cargo de la Misión en la isla; en 1886 renunció a su puesto y se vino a Buenos Aires a solicitar tierras allí. Me lo presentó el senador Antonio Cambaceres y lo recomendaba calurosamente el perito Moreno.

  Tuve el gusto de promover, pocas semanas antes de dejar la presidencia, una ley concediéndole 20.000 hectáreas en propiedad en Harberton, a unas quince leguas de Ushuaia hacia el este. Bridges había fallecido meses antes pero su estancia era la mejor de la isla, superando en actividad a la que había establecido al norte, en Río Grande, el asturiano José Menéndez. Me dieron ganas de visitar Harberton y lo hice en el acorazado de río ‘Independencia’, más chico que el ‘Belgrano’.

  Allí fui recibido por la viuda del antiguo misionero y su familia. En el jardín tomamos el té con sandwiches y frutillas de la zona con crema. Fue una tarde gloriosa para Gramajo, que decía estar harto del rancho del ‘Belgrano’... Por un momento no me pareció encontrarme en el confín del mundo sino en una casa de Sussex, o más bien, de Devon-shire, de donde era oriundo Bridges.

  Después visitamos los campamentos de los indios yaganes y onas que trabajaban en el establecimiento. Al menos aquí no se los perseguía, como había hecho aquel aventurero rumano Julio Popper, que en tiempos de mi concuñado instaló un lavadero de oro en el norte de la isla, y como también lo hacían, según los rumores que había escuchado, algunos capataces de Menéndez” (1).

   En otro pasaje, afirma: “me impresionó lo que me dijo un inglés, empleado del ferrocarril. Era el encargado de medir las tierras, una legua a cada lado de la vía, que por concesión se le había otorgado en propiedad a la empresa. En un castellano arrevesado, el gringo me contó que estaban expulsando a los pobladores que vivían en aquellos campos para venderlos en grandes fracciones una vez que la línea hubiera llegado a Córdoba. Sería un negocio enorme –me decía- y se llenaba la boca describiendo las miles de cabezas de ganado que podrían criarse allí y los millones de fanegas de trigo que se cosecharían” (2).

Escoceses

   Alicia Jurado escribió El escocés errante (3), obra acerca de la que comenta Rubén Loza Aguerrebere:

"Miembro de una familia noble escocesa, Robert Cunninghame Graham nació en 1852 y murió, por azar, en Buenos Aires, en 1936. Fue un viajero incansable. Hacia 1870, llegó a Buenos Aires. Hizo dos viajes a caballo al Paraguay; allí conoció las misiones jesuíticas en ruinas y sobre ellas escribió La Arcadia perdida.

   Se estableció en la Argentina en una estancia en Sauce Chico. Saqueado por los indios más de una vez, salvó su vida y volvió, empobrecido, a Europa. En París se casó con Gabrielle. Se marcharon a Texas y México, donde no les fue bien. En Inglaterra una vez más, se instaló en Glasgow, donde frecuentó a Hudson, Conrad, Oscar Wilde, William Morris y Bernard Shaw.
   Los dos últimos, lo estimularon a militar en política; como don Roberto era un tribuno destacado, en 1887, obtuvo una banca en el Parlamento. Luego luchó por un parlamento en Escocia; fue fundador, con Keith Hardie, del Partido Laborista Escocés. Se alejó de la política. Enviudó. Volvió a recorrer el mundo.

   Durante la Primera Guerra Mundial, con la misión de comprar caballos para su Gobierno, volvió a la Argentina. Y retornó en 1936 para conocer dos célebres caballos criollos, "Mancha" y "Gato", propiedad de un entrañable amigo suyo. Ese año, octogenario, murió en Buenos Aires y los dos caballitos criollos acompañaron el cortejo fúnebre. Enterrado en Escocia, en su tumba, además de las fechas de nacimiento y muerte, se estampó el dibujo de su marca de hacienda entrerriana.

   Dandy, resero gaucho, guía de carretas en Texas, maestro de esgrima en México, don Roberto (como le decían habitualmente) conoció las dos Américas y África del Norte. Sentía atracción por el peligro y por las causas perdidas. Fue también un diestro jinete y un narrador amenísimo, irónico y punzante, y entre otros libros, escribió Los caballos de la conquista y La conquista del Río de la Plata. Pero, de todos modos, como observó Sir John Lavery, 'la obra maestra de Cunninghame Graham fue él mismo' " (4).

Ingleses y escoceses

   Rubén Benítez escribió Los dones del tiempo (5), libro en el que narra la vida de la asturiana Cecilia Caramallo. En esta biografía novelada, América aparece como el destino soñado, que desconcierta a los extranjeros con su forma de entender la vida y las distancias.

   Para un portugués, para una asturiana, las distancias son enormes; la cantidad de ganado - tanta que debe dormir a la intemperie - resulta asombrosa. Son realidades difíciles de aceptar para quienes vienen acostumbrados a lo exiguo, a lo mínimo. De ahí la reacción de la protagonista cuando ve que tiran comida; piensa qué hubieran hecho en su aldea con aquello que derrochaban los argentinos.

  En Bahía Blanca, en Pelicurá, se desarrolla la acción y esta circunstancia la vuelve de especial interés para quienes habitan la ciudad y para quienes, desde cualquier parte del mundo, quieran saber sobre la forma de vida de los inmigrantes en ese punto de la Argentina. Benítez aporta datos sobre la vida de portugueses, asturianos, escoceses e ingleses en la provincia de Buenos Aires a partir de fines del siglo pasado y hasta nuestros días, en que la anciana, al volante, espanta a transeúntes y automovilistas.

Notas
1 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991, pp. 322-3.
2 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991, p. 76.
3 Jurado, Alicia: El escocés errante. Emecé, Buenos Aires.
4 Loza Aguerrebere, Rubén: "RESEÑAS. El escocés inquieto", en La ilustración Liberal Revista española y americana, Nº 12.
http://www.libertaddigital.com:83/
5 Benítez, Rubén: Los dones del tiempo. Buenos Aires, GEL, 1998.


En periodismo

Escoceses

   Acerca de Margarita Weild, escribe Cristina Bajo: “Durante casi toda su vida, Margarita, aunque pertenecía a un grupo privilegiado de vecinos de Córdoba, tuvo que sufrir la suerte de las mujeres de los perseguidos, los encarcelados y los exiliados. Había nacido en 1814 y, quizá por su educación, tenía ciertos rasgos de carácter que se atribuyen a la mujer cordobesa: valor, terquedad, dominio de las emociones en público, austeridad. Su madre fue María del Rosario Paz, y su padre, un médico escocés llamado Andrew Weild. La bautizaron Agustina, pero se la llamó, en recuerdo de su abuela británica, por el muy escocés nombre de Margarita. Su padre murió cuando era muy chica, pero aceptó con cariño al segundo esposo de su madre, Juan José de Elizalde” (1).

Notas
1 Bajo, Cristina: “Grandes pasiones, Margarita Weild y el general José María Paz. Juntos para siempre”, en La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de febrero de 2005.


En costumbrismo

   En “Nobleza del pago”, Fray Mocho hace referencia a un inmigrante inglés que no era trigo limpio. Recordando la historia de su familia, dice un personaje: “Yo no sé, che, si eran nobles, pero sé que les caían y que con algunos hasta tuvo que ver l’autoridá, como le pasó a tu tío Ramón, que al fin se quedó en la calle, y a tu tía Robustiana, mal casada con un inglés que tenía el finao de mi padre de puestero y que lo pilló cerdiándole las yeguas, a medias con el juez de paz...” (1).

Notas
1 Alvarez, Sixto (Fray Mocho): Cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1966.

En libros de viaje

   Roberto J. Payró escribió La Australia Argentina, “producto de sus misiones periodísticas a la Patagonia como corresponsal de La Nación, diario al que estuvo vinculado desde 1891 hasta su muerte” (1), acaecida en 1928.

   En esa obra aparece una inmigrante que viene a la Argentina a casarse con un inglés establecido aquí (2):
“Miss Mary X venía de Londres, se había detenido en Buenos Aires sólo para aguardar la partida del transporte, y se dirigía a Río Gallegos, también en busca de una posición social.

   Iba a casarse. Ella misma nos hizo la confidencia: en la capital del territorio de Santa Cruz la aguardaba un prometido, un inglés, mister M., bien colocado, estanciero, a cuyo lado pensaba ser feliz. Lo conocía desde muchos años atrás, y no lo había visto hacía largo tiempo. El compromiso se contrajo por medio del correo: ‘Si usted quiere casarse...’ ‘Sí señor; quiero...’ ‘Entonces venga, que la aguardo...’ E iba.

“Iba sola, defendida únicamente por su valor de inglesa acostumbrada a manejarse por sí misma en el mundo, y por el natural respeto de los demás; los sajones han observado bien y prácticamente: mejor defensa es la educación que el cerrojo, y la mujer modesta y enérgica lleva una égida en que se embota, en medio de la sociedad naturalmente, la grosería y el apetito de los hombres”.

Notas
1 S/F: “Biografía de autores”, en www.web@filiados.com.ar.
2 Payró, Roberto J.: La Australia argentina, fragmento incluido en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación): La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana Joven Ensayo).


En novelas

Ingleses

“Con El agua publicada póstumamente en 1968, culmina la importante producción de Enrique Wernicke (1915-1968)” (1). En este libro, el escritor evoca el menosprecio que un personaje evidencia por su descendencia: “Era una casa para vivir bien. Ahora que las chicas crecían, tal vez hubiese venido bien otro baño o, por lo menos, un toilette. Pero don Julio pensaba que las chicas algún día se iban a casar y además, no olvidaba, él también tendría que morir. Un baño es suficiente cuando se convive con gente bien educada... como él. O Julito. No se podía decir lo mismo de las nietas, hijas de una hija de un judío polaco, sin eso imperceptible, casi diríamos inexplicable, que se llama ‘tener sangre inglesa en las venas’. (...)

   El viejo, esta noche, duerme solo. Julio está en el Norte. Bertita, su nuera, y las dos nietas, han ido al centro. Se quedarán ‘donde vive la polaca’ (nunca osó decirlo en voz alta don Julio). Y lo dejarán tranquilo” (2).

  En Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson, un sacerdote afirma: “Uno llega repleto de ilusiones. Como usted dice: con la Revista del Misionero en el bolsillo. Al final nos contentábamos con que juntaran las manos y repitieran Misericordia, Jesús, varias veces. Pero no era seguro que lo recordaran al día siguiente”. Acerca de los anglicanos expresa: “Pobres diablos. ¿Cómo no van a sentirse desengañados? Ya sabemos cómo hacen para reclutarlos. ¿Acaso no les pintan todo esto como un paraíso repleto de aldeas? Me imagino las fantasías que traen. ¿Y qué encuentran a su llegada?”.

   La viuda del reverendo Dobson evoca los planes que hacían sobre la emigración, alentados por noticias tendenciosas: “Después de pasar una tarde en la Unión Misionera, volvían a casa con su marido por un sendero de gramilla perfumada. Llevaba seis meses de casada con Dobson. Hicieron un alto en el parque y abrieron un paquete de bollos. Charlaron del futuro viaje a Sudamérica. Dobson dibujó la misión sobre el papel de los bollos. Había un grupo de canaleses entonando sus himnos y un paquebote en el horizonte.

  Los canaleses figuraban como ‘naturales amistosos’ en todas las publicaciones del Almirantazgo, de modo que agregó un nativo haciendo cabriolas. Su mujer le suplicó que dibujara una huerta. Dobson puso la huerta y metió algunas ovejas. Estuvo tentado de añadir el cementerio, pero desistió a último momento. Ella estudió bien el dibujo y concluyó que nada faltaba. Trató vanamente de hallarle algún parecido con su aldea de Sussex. Pero igual le propuso: ‘Pongámosle Abingdon’. Pensó emocionada: ‘El Señor es mi pastor’ ” (5).

   Un personaje de Frontera sur, novela de Horacio Vázquez-Rial, dice que a Sarmiento le parecía mal que se abrieran escuelas italianas, o alemanas, o inglesas”. Otro interviene: “Era lógico que le pareciera mal. (...) No estaba loco. (...) Un Estado. Quería un Estado, con mayúscula. Y eso se hace con la escuela pública. Esto no puede ser eternamente un centón mal cosido. La gente que llegue tiene que adaptarse, recomponerse, mezclarse para formar una raza argentina” (6).

   Carlos Pellegrini, protagonista de la novela escrita por Gastón Pérez Izquierdo, recuerda a Bridges: “Un predicador inglés, Mr. Thomas Bridges, había pasado una larga temporada en la Tierra del Fuego como misionero de la Iglesia Anglicana y de paso criando lanares que había introducido desde las Islas Malvinas. Estaba en Buenos Aires preparándose para embarcar a Inglaterra –y disfrutar una temporada de sus buenos negocios- de manera que no rehusó una invitación de la Sociedad Literaria Inglesa para pronunciar una conferencia sobre su inquietante experiencia” (7).

   En La logia del umbral, de Ricardo Feierstein, narra uno de los personajes, que vivía en Villa Pueyrredón, a mediados del siglo pasado: “Por las mañanas, en la escuela pública donde todos concurríamos, conviví con el inglés Stanley y el italiano Badaracco, protagonistas de una pelea memorable donde vi correr sangre por primera vez; con el galleguito Pérez y un francés medio raro que se hacía dibujos en las manos con hojitas de afeitar” (8).

   El inglés se titula una novela de Susana Cella. En 1892, Jimmy –“nacido James Radburne”- llegó a la Patagonia, “huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses, y pasó toda una vida improvisando oficios para sobrevivir y métodos para huir de las policías argentina y chilena”.   Se dirigió a esa región pensándola “como garantía de anonimato para pasados difíciles” (9).

   En La casa de Myra (10), obra distinguida con el Segundo Premio Xerox para autores inéditos, escribe Aurora Alonso de Rocha: “Al cura que lo quiere adoctrinar el cacique le recordó que uno de los ingleses que están enterrados en la parte de disidentes era tenido por hombre santo aunque vivía con una reunión de mujeres nunca bien contadas por los cambios que hubo, y muchas hijas y sobrinas que complicaban la cuenta, pero que no eran menos de cuatro esposas y una de ellas inválida. (Y ahí es donde se prueba cómo los argumentos de los curas tienen anverso y reverso. Esa mujer que había perdido una pierna por una infección siendo niña y que tuvieron que amputarla, llevaba un artefacto de madera y metal que rechinaba al andar y era horrible de verse para los que lo habían visto, y se decía tanto que el pastor era un refinado monstruo que oía como música el sonar del artificio aquel y se complacía en la desnudez mecánica, como que era un santo porque la amaba y era capaz de cohabitar con tal aparato”.

  En otro pasaje, leemos: “Hace poco estaba en mi casa de negocio un inglés de los que vinieron al Azul para la obra del ferrocarril, contando que en el puerto se le habían puesto los días al revés: dormía con luz y de noche velaba. Amás, como enseguida lo pusieron en un tren a Las Flores, bajó en un boliche con su reloj, que lo había puesto en la hora argentina, y diz que se le cambiaba por sí solo a la hora de Liverpool, y unos paisanos le aseguraron que era la fuerza de los elementos en la pampa. El inglés es un hombre culto, vestido con elegancia de ciudad, y ha terminado por creer que el magnetismo de la llanura trastorna las cosas naturales. Veo, cuando habla, que aún vestido y de cadena de oro y sombrero duro parece un patán al lado de los que todo lo confían al caballo”.

Notas
1 S/F: en Wernicke, Enrique: El agua. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo)
2 Wernicke, Enrique: El agua. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
3 Molina, Enrique: Una sombra donde sueña Camila O'Gorman. Buenos Aires, Losada, 1973.
5 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
6 Vázquez Rial, Horacio: Frontera Sur. Barcelona, Ediciones B, 1998.
7 Pérez Izquierdo, Gastón: La última carta de Pellegrini. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999.
8 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires, Galerna, 2001.
9 Cristoff, María Sonia: “Inglés en fuga”, en La Nación, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.
10 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires, Fundación El Libro, 2001.

Escoceses

   Eduardo Belgrano Rawson evoca el oficio de los escoceses en Tierra del Fuego: “Cuando les resultó evidente que habían echado mano a los mejores campos del mundo, los criadores de toda la isla resolvieron cruzar sus mediocres ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya nadie soñaba con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos. En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para el puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado como el más bruto de los galeses. Pero nada aborrecían más en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los perros” (1).

Notas
1 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana, 1991

En cuentos

Ingleses

   En “Nelly”, de Eduardo L. Holmberg, uno de los personajes es inglés: “El señor Phantomton era rubio y delgado, usaba bigote caído, y en sus ojos vagaba una niebla de misteriosa sugestión. Vestía correctamente, como todos los ingleses acomodados, y conversaba con la franqueza de un hombre que dice lo que piensa, lo cual no suele ser agradable para los que no piensan lo que dicen” (1).

   En “Un sepelio atmosférico (Crónica de 1891)”, Juan Carlos Dávalos relata el destino que un astrónomo inglés radicado en Salta, eligió para sus restos: “A toque de clarines, la ceremonia dio comienzo a las 3, hora en que el globo, totalmente hinchado, cerníase por encima de la muchedumbre apeñuscada. Debajo del globo, sobre una mesa, notábase un bulto largo, especie de túmulo cubierto por un amplio trapo negro: ahí estaba el cadáver de Mr. Stop” (2).

   Un británico protagoniza “Mister Meaney”, de Juan Carlos Dávalos:‘El gringo Meaney’ fue en el Colegio Nacional de Salta una de las últimas víctimas de nuestra incultura, en una época en que la buena crianza de mucha gente bien nacida estaba lejos de alcanzar el excelente nivel medio que observamos hoy” (3).

   Un inglés protagoniza el relato que un personaje narra en el cuento “Al rescoldo”, de Ricardo Güiraldes: “-Est’era un inglés –comenzó el relator-, moso grande y juerte, metido ya en más de una peyejería, y que había criao fama de hombre aveso para salir de un apuro. (...) El inglés, poco amigo de alcagüeterías, prometió cayarse y dejarlo al infelis yorando su amargura. Esto pasó hase muchos años, y dicen que al inglés, como premio a su güena alma, nunca le salió más redondo un negocio” (4).

   Uno de los cuentos reunidos en Carroza y reina -libro de Isidoro Blaisten premiado en el Concurso Literario de la Fundación Fortabat-, es “Lotz no contesta”. En ese cuento, el narrador, Pecheny, recuerda a Míster Donovan. Pecheny y Lotz “Desde el veinticuatro que usaban el Longines. Desde el veintidós que estaban juntos en el ferrocarril. En el veinticuatro los ascendieron a los dos. Míster Donovan los hizo llamar y él en persona les entregó el Longines. Cuando entraron al despacho, Míster Donovan tenía ya los dos Longines encima del escritorio. Los felicitó y los mandó en comisión especial” (5).

   Pedro Orgambide describe, en “La señorita Wilson”, a una inmigrante inglesa, acerca de la que manifiesta uno de los personajes: “Yo he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció que la señorita Wilson sonreía” (6).

   El protagonista de “Huella digital”, de Marta Celina Linardi, “Recordó los años transcurridos en el White School. Su educación había sido un privilegio. Y aquel comedor con enormes arañas y las mesas de roble pulcramente cubiertas con manteles almidonados. Las sillas eran muy pesadas para sus cuerpos de niños pero había que aprender a correrlas sin hacer ruido. Y las aulas. Y los jardines. ‘Eres afortunado’ decía mamá. Ella siempre me trajo regalos. Los mejores. Claro que no era fácil tolerar los fines de semana allí adentro. Por suerte Miss Focker me entretenía leyendo cuentos en inglés” (7).

   A Amy Stirling –que “había sido inglesa, linda y joven”- se refiere el narrador, en un texto de María Esther de Miguel: “Como no hay males completos tuvo su porción de dicha: murió una tía y la dejó heredera. Amy Stirling, buscando defender su sueño hecho polvo, cerró la casa de Liverpool y dispersó sus días por el ancho mundo. Su meta fueron las ciudades con puertos: en ellos recorría muelles y cafetines, días y noches, los ojos bien abiertos y la foto del marinerito en la mano” (8).

   En “La noche de la cruz de plata” -uno de los cuentos por los que Jorge Torres Zavaleta mereció el Premio Fortabat en 1987-,“ la guerra, que parecía tan lejana, tan europea, llegó a la Argentina. Tan argentino se siente el hijo de Miss Lucy que, cuando se declara la guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses. Muere en el combate, luchando contra los soldados de la nación de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte del joven, “pensó que de lejos, sin advertirlo, sus compatriotas la habían mutilado” (9).

   En “El hijo de Butch Cassidy”, escribe Osvaldo Soriano: “La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido” (10).

   Don Domingo, personaje creado por Fanny Fasola Castaño para su cuento “Y el paisano va”, recuerda su infancia: “Los niños tenían una mesa aparte, alrededor de la cual podían mezclarse en sus juegos. Y él se veía corriendo atrás de sus primas, algunas criollas y otras gringas. Sí, porque su madre era una de esas inglesas que habían llegado con su familia buscando mejores horizontes, huyendo de conflictos religiosos e intentando afianzarse en la campiña que tanto les agradaba” (11).

   En “Pleamar”, Oscar González evoca al capitán Griffith George, quien, tras naufragar en 1883, se radicó en la estancia “Los Yngleses”, en el Partido de General Lavalle (12).

   Con “La tarde que oscureció de tristeza”, Julio Enrique Juárez obtuvo el Primer Premio Categoría Narrativa 2004 en el Concurso Literario Identidad, en la Ciudad de Azul, Provincia de Buenos Aires. En ese texto se alude al mal proceder de un inglés: “Don Carlos Azcona, el hombre entrañable y admirado por la sociedad azuleña, se había quitado la vida. En una nublada tarde de verano de 1987 cuando aquel benemérito empresario pujante y exitoso, se dejó vencer por la ira y sacando de un cajón del escritorio el lustroso 38 Smith & Wesson que siempre lo acompañaba, gatilló tres veces” (13).

Notas
1. Holmberg, Eduardo L.: “Nelly”, en Cuentos fantásticos. Buenos Aires, Hachette, 1957.
2. Dávalos, Juan Carlos: “Un sepelio atmosférico (Crónica de 1891)”, en Los buscadores de oro. Incluido en Dávalos, Juan Carlos: La muerte de Sarapura Antología. Buenos Aires, CEAL, 1980. Págs. 96 a 101. (Capítulo, vol. 66).
3. Dávalos, Juan Carlos: “Mister Meaney”, en Los buscadores de oro. Incluido en Dávalos, Juan Carlos: La muerte de Sarapura Antología. Buenos Aires, CEAL, 1980. Págs. 102 a 106. (Capítulo, vol. 66).
4. Güiraldes, Ricardo; “Al rescoldo”, en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Selección y prólogo por Eduardo Romano; notas por Alberto Ascione. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo, vol. 60).
5. Blaisten, Isidoro: “Lotz no contesta”, en Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986. 219 pp.
6. Orgambide, Pedro: “La señorita Wilson”, en La buena gente. Buenos Aires, Sudamericana. Incluido en A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros: El cuento argentino 1959-1970 antología. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo, vol. 107).
7. Linardi, Marta Celina: “Huella digital”, en Varios autores: Nosotros el Sur. Selección de Nené D’Inzeo. Buenos Aires, Tu Llave, 1992. 124 pp.
8. Miguel, María Esther de: “Amy Stirling”, en el grillo, Buenos Aires, Marzo-Abril de 2003, Año 12, N° 34.
9. Torres Zavaleta, Jorge: “La noche de la cruz de plata”, en El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1987.
10. Soriano, Osvaldo: “El hijo de Butch Cassidy”, publicado originalmente en el diario Página/12, forma parte de "Cuentos de los años felices", Editorial Sudamericana, 1993. Incluido en Letrópolis (www.letropolis.com.ar), Diciembre de 2006.
11. Fasola Castaño, Fanny: “Y el paisano va”, en “Cuentos de criollos”, en Cuentos de criollos y de gringos, Breves historias con Historia, en colaboración con María del Carmen García. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996.
12. González, Oscar: “Pleamar”, en El Tiempo, Azul, 1° de diciembre de 1996.
13. Juárez, Julio Enrique: “La tarde que oscureció de tristeza”, en El Tiempo, Azul, 28 de noviembre de 2004.
Escoceses

   En “Un hombre”, Víctor Juan Guillot evoca al escocés Mc Dougall, “un antiguo administrador de yerbales, del que se contaban en voz baja muchas cosas” (1).

  En “Revelación”, Augusto Mario Delfino presenta a una institutriz hija de escoceses: “Miss Eveline, la institutriz –una joven de Quilmes, hija de escoceses- les recomendó mientras los peinaba: ‘No olviden que en sociedad es preciso tener mucho tacto’. Angélica sabe que tacto es un sentido, como olfato y vista, y Ricardito ha comprendido que tacto es callar cuando las personas mayores hablan, comer la gelatina aunque no le agrade, refrenarse los deseos de alcanzar con el tenedor una de las ciruelas negras olvidadas en el borde de la fuente y no levantar el plato vacío en demanda de otro pedazo de torta: recibir, en suma, la aprobación del tío Braulio, al que considera más que como a un hermano mayor de su mamá, como a un abuelo joven. (...) Miss Eveline, que les habla de ‘un después maravilloso’, a veces llora sin que se haya golpeado. Observó la niña que la institutriz llora cuando mamá, como acordándose de algo, le dice una frase amable, cariñosa. Entonces Eveline se ruboriza y se encierra, tan pronto como puede, en el cuarto de los niños” (2).

En “Elisa Brown”, escribe María del Carmen García: “Cinco días después Drummond se reintegró a su puesto de combate con el espíritu reconfortado por el reconocimiento popular recibido y porque finalmente sabía que alguien lo esperaba para compartir el futuro, y que terminaría su inquieto vagabundear en busca de emociones y fortuna. Buenos Aires le ofrecía una vida más organizada, prestigio social y, por sobre todas las cosas, una joven y amorosa esposa. Lo que Drummont no sabía era que su futuro contaba con cuatro días solamente. En las costas de Monte Santiago, en un enfrentamiento con naves imperiales, fue cercado por ocho naves enemigas. Luchó hasta que se agotaron las municiones y finalmente fue alcanzado por una ráfaga mortal” (3).

Notas
1 Guillot, Víctor Juan: “Un hombre”, en Historias sin importancia. Incluido en R. J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología. Buenos Aires, CEAL, 1980. Pág. 105-109. (Capítulo, vol. 60).
2 Delfino, Augusto Mario: “Revelación”, en Cuentos de Nochebuena.. Reproducido en Stang, Margarita R. de: América habla. Buenos Aires, Gram Editora, 1975. Pág. 194.
3 García, María del Carmen: “Elisa Brown”, en Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra, 1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.

En poesías

En el Martín Fierro (1), José Hernández se refiere a un inglés:

Hasta un Inglés sanjiador
Que decía en la última guerra,
Que él era de Inca la perra
Y que no quería servir,
Tuvo también que juir
A guarecerse en la Sierra.


   Como puede habla castellano el inglés que evoca Leopoldo Lugones en la ”Oda a los ganados y las mieses” (2). No obstante, ejerce una beneficiosa influencia en los ganaderos a los que aconseja:

Lo cierto es que en su media lengua trajo
artes y ciencias que el paisano ignora.
El transformó los bárbaros corrales,
las torpes hierras, las feroces domas,
y aseguró en las chacras invernizas
que al pronto parecieron anacrónicas,
forraje fresco a los costosos padres,
que entienden sus maneras y su idioma.

   En su poema “En el día de la recolección de los frutos” (3), Alfredo Bufano evoca a la inmigración inglesa, relacionándola con el tendido de los ferrocarriles:

Hombre rubio de la isla de Kipling
que llenaste de sierpes de acero nuestra vasta heredad,
y que hendiste los aires con fragores de ruedas
y de émbolos y dínamos en hondo trepidar
y que llevaste el himno ronco de las locomotoras
por toda nuestra ubérrima
fecunda y proteiforme inmensidad.


Notas
1 Hernández, José: Martín Fierro. Buenos Aires, CEAL, 1979. (Capítulo, vol. 23).
2. Lugones, Leopoldo: “Oda a los ganados y las mieses”, en Antología poética. Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1965.
3. Bufano, Alfredo: “En el día de la recolección de los frutos”, en Para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.

En fotos

Ingleses

“La infancia en la Ramos Mejía natal de los años 30, los éxitos teatrales con ‘Canciones para mirar’ o ‘Doña Disparate y Bambuco’, el viaje para conocer a Juan Ramón Jiménez y el encuentro con artistas como Joan Manuel Serrat o Madonna, son algunos de los momentos capturados en ‘María Elena Walsh. Retrato(s) de una artista libre’, la biografía gráfica autorizada que saldrá a la venta en agosto. El libro de Sara Facio, cuyas únicas palabras son los textos escritos por la propia María Elena Walsh, propone una recorrida por la vida de esta artista a través de 200 fotografía distribuidas en 160 páginas” (1).

Notas
1 S/F: “Retratos de una vida dedicada al arte más libre”, en La Nación, Buenos Aires, 11 de julio de 1999.

Escoceses

“De Escocia a las Pampas” se tituló la “muestra de fotografías, planos, obras pictóricas y documentos, testimonio de la presencia de los primeros colonos británicos en la región”, que se inauguró en Buenos Aires, en mayo de 1998, convocada por la Asociación Amigos de la Capilla Escocesa, de Florencio Varela.(1).

Notas
1 S/F: “De Escocia a las Pampas”, en Diario del Viajero, Buenos Aires, 29 de abril de 1998.


Arriba - Inicio de Pampa Gringa - Pueblos y Ciudades