Ingleses y Escoceses
Introducción
Entre los inmigrantes que llegaron a la Argentina
vinieron los ingleses y los escoceses.
“En 1824 el primer ministro George Canning
logró el reconocimiento de la independencia Argentina
por el Reino Unido, y en 1825 fue suscripto el primer tratado
comercial y de inmigración.
Pero ya desde antes, Rivadavia había
intentado alentar la llegada de colonos, y es así
como, entre 1810 y 1860, el 68% de los que llegaron al país,
eran británicos. En 1854, la mayoría de los
18.800 habitantes de ese origen eran profesionales, empresarios
y comerciantes, pero muchos tenían establecimientos
rurales. Algunos, como Paroissien o Billinghurst, habían
optado, ya, por la ciudadanía argentina.
Los ingleses y escoceses se dedicaron en nuestro
país a tareas vinculadas con el progreso agropecuario
e industrial y al desarrollo de su infraestructura física
y de servicios. Trajeron su experiencia técnica y
científica y el idealismo de la producción
y el comercio. Construyeron ferrocarriles, abriendo vías
a nuestra prosperidad y esparciendo progreso a ambos lados
del riel. Construyeron puertos, por los que nuestras cosechas
se abrieron a los mercados más exigentes. Realizaron
obras de riego, incorporando llanuras y valles al cultivo
productivo.
Organizaron empresas de distribución
de frutos y fueron consignatarios de hacienda y aseguradores
de empresas audaces y exitosas. Fundaron obrajes, saladeros
y frigoríficos. En 1905, la Exposición Anglo
Argentina realizada en el Prince George's Hall de Buenos
Aires, fue un buen balance del enorme aporte de la imaginación
y constancia emprendedoras de los ingleses y escoceses argentinos.
En 1825 partieron de Glasgow colonos británicos
que, después de llegar a San Pedro, se trasladaron
a Santa Catalina, colonia organizada por Guillermo Parish
Robertson, lugar donde medio siglo después se crearía
la primera Escuela Agronómica del país. En
ese mismo año de 1825, se constituyó, en Londres, la "Asociación
Agrícola del Río de la Plata" y 200 colonos
llegaron a Entre Ríos provenientes de Liverpool y
Manchester.
Hubo colonos ingleses en el Chaco y otras provincias argentinas.
Ingleses fueron los primeros colonizadores de Río
Gallegos. Los ingleses y escoceses fueron hacendados: estancieros
y cabañeros.
Ya había ganaderos ingleses antes
de la independencia, pero en la época de Rivadavia
es cuando se acentúa su presencia. Uno de ellos,
John Miller, con estancia en Cañuelas, fue el precursor
de los cruzamientos de ganado criollo con animales de pedigree.
En 1836 importó de Inglaterra un toro de raza Shorthorn
llamado Tarquino, primer reproductor que llegó al
Rio de la Plata.
Estancieros fueron Wilfredo Lathan (Los
Álamos), A. Bell (Estancia Chica), Sidnev Bell (La
Tercera), el escocés Drysdale (que llegó a
tener 250.000 hectáreas) y muchos más.
Cabañeros, Juan Harrat (autor de un
Tratado de Ganadería), Pablo Sheridan y Tomás
Whitfield, que en 1826 trajeron un cargamento de 150 merinos
para el mejoramiento de los planteles, y Guillermo Carlos
Thompson, llegado en 1832, e introductor del primer caballo
"pura sangre".
El mejor ejemplo del aporte realizado a nuestro
campo fue la fundación de la Estancia "Los Ingleses"
por la familia Gibson: llegados de Escocia en 1819, introdujeron
la esquila anual, el análisis meteorológico,
la explotación racional y científica, la organización
industrial, la vinculación entre la producción
y la exportación. Habían construido un observatorio
en sus campos. Dirigía el establecimiento agropecuario,
Richard Newton, luego socio fundador de la Sociedad
Rural Argentina. Su hijo, Richard B. Newton introdujo
el alambrado en la Argentina.
Ingleses y Escoceses
Trajeron a nuestro suelo las enseñanzas de la revolución
agraria y de la revolución industrial.
Ayudaron a nuestro país a entrar de lleno en el mundo
de la producción y del progreso. Fueron grandes propulsores
de nuestra ganadería lanar y bovina. Tuvieron campos
y los sembraron racionalmente para mejorar la alimentación
de la hacienda. Cultivaron el sueIo. Sirvieron a la Patria
y ampliaron nuestro patrimonio espiritual” (1).
Fundaron sus periódicos, influyeron en la enseñanza
y en la alimentación. Trajeron su religión y sus costumbres.
Se los evoca en investigaciones, testimonios,
artículos periodísticos, memorias, biografías, obras literarias
y muestras fotográficas, que evidencian la importancia de
esta colectividad en la sociedad argentina.
Notas
1. S/F: “Los ingleses
y escoceses”, en Para todos los hombres
del mundo que quieran habitar el suelo argentino. Buenos
Aires, Clarín.
En testimonios
Ingleses
En Masacre
en las pampas (1), John Lynch incluye
el testimonio del colono Seymour: “Si el gaucho odiaba
a los gringos -sostiene Lynch-, estos devolvían el mismo
sentimiento. Los colonos ingleses llegaron a desconfiar
del gaucho y a ver en él la encarnación de todos los defectos
de la Argentina Rural, donde la violencia era una forma
de vida y los principios no significaban nada.
Desde su estancia de Fraile Muerto,
Richard Seymour expresó su desprecio por el concepto
del ‘gaucho noble’. Superficialmente los gauchos
eran más civilizados que los peones ingleses pero cuando
se llegaba a las cosas esenciales, su carácter moral era
inferior: ‘Me parecía que
ninguna medida de amabilidad o confianza lograba generar
reciprocidad con alguna señal de agradecimiento y la mera
carencia de moral es suficiente para convocar una maldición
sobre cualquier nación’.
El capataz del mismo Seymour, supuestamente uno de los paisanos
gauchos de Mansilla, lo engañaba cada vez que se le presentaba
la ocasión y no hacía ningún trabajo que pudiera evitar”.
Jorge Luis Borges se refirió
en reiteradas oportunidades a la inmigración de sus
mayores. Lo hizo en reportajes, en los que aludió
a su condición de descendiente de ingleses y criollos
(2). Ricardo Piglia considera que “Apoyada
en la diferencia de los sexos, la familia se divide en dos
linajes, habría que decir es forzada a encarar dos
linajes: la rama materna, de ‘buena
familia argentina’, descendiente de fundadores
y conquistadores (‘Tengo
ascendencia de los primeros españoles que llegaron aquí.
Soy descendiente de Juan de Garay y de Irala’), de
guerreros y de héroes. La rama paterna, de tradición
intelectual, ligada a la literatura y a la cultura inglesa
(‘Todo el lado inglés de la familia fueron
pastores protestantes, doctores en letras, uno de ellos
fue amigo personal de Keats’)”
(3).
En Borges, biografía
verbal (4), Roberto Alifano escribe cuanto
el escritor le dijo sobre uno de sus antepasados: “El
abuelo materno de mi padre, Edward Young Haslam,
editó uno de los primeros periódicos ingleses
de la Argentina, Southern Cross, y se había doctorado
en Filosofía y Letras en la Universidad de Heidelberg.
Sus medios no le permitían estudiar en Oxford o Cambridge,
por lo que marchó a Alemania, donde obtuvo su título
después de haber realizado todos sus cursos en latín.
Murió en Paraná, la capital de la provincia
de Entre Ríos”.
Cuando Borges recibió el Premio Jerusalén,
recordó en una entrevista a la hija de Edward
Haslam, su “abuela inglesa,
protestante, que sabía de memoria la Biblia”
(5).
A ella se referirá también en un reportaje
realizado por Noemí Ulla, recordándola como
una persona estrechamente ligada a los libros con los que
se inició literariamente. Dijo a la escritora que
su verdadera educación fue la biblioteca de su padre,
“en gran parte de libros ingleses. (...) Yo recuerdo
sobre todo la Enciclopedia Británica, que sigo releyendo
y que no he agotado aún. Mi padre era profesor de
Psicología en Lenguas Vivas, él tenía
que dar las lecciones en inglés –mi abuela
era inglesa- y era secretario en un Juzgado Civil de los
Tribunales, pero él era además profesor de
Literatura Inglesa” (6).
Evoca el ambiente literario de su casa, relacionado
con la extranjera: “Había un excelente ambiente
en casa, un ambiente literario. Mi abuela era muy lectora,
mi abuela inglesa sabía de memoria la Biblia. Ellos
habían sido predicadores metodistas, gente de clase
media en Inglaterra,
de modo que Ud. citaba un versículo bíblico
y ella decía: Libro de los Reyes, capítulo
tal, versículo tal. O Libro de Job, capítulo
tal, versículo tal, o El Evangelio según Marcos,
capítulo tal, versículo tal, y seguía
adelante. En alemán se dice Bibelfest, es una persona
que está firme en la Biblia. Creo que Hafiz sabía
de memoria el Corán, que Hafiz quiere decir ‘el
recordador’. Hay mucha gente que sabe de memoria el
Corán y sé que muchos protestantes, como mi
abuela, saben de memoria la Biblia. Se sigue la única
lectura, puede ser aprendida”.
Acerca del arribo de la inglesa a nuestro país,
escribe Alifano: “La abuela paterna de Borges, Frances
Haslam Arnett, llegó a la Argentina por una serie
de curiosas circunstancias. Su única hermana, mayor
que ella, se había casado con un ingeniero ítalojudío,
llamado Jorge Suárez. Al fallecer su madre, los Suarez
la hicieron viajar a América del Sur. Llegó
a Paraná, la capital de Entre Ríos, después
de un accidentado viaje (el barco estuvo a punto de naufragar
en las costas del Brasil), a mediados de 1867. En Paraná
fue donde Frances Haslam conoció al coronel Francisco
Borges”.
La ascendencia de Jorge Luis y su hermana,
Norah, determinó en qué idioma se expresarían:
“En casa de los Borges se usaba corrientemente tanto
el inglés como el castellano –afirma el biógrafo.
Los niños sabían que con la abuela materna, Leonor
Acevedo, tenían que hablar español; pero con Fanny
Haslam lo debían hacer en inglés. ‘Con
el tiempo descubrí que esas dos maneras de hablar
de un nieto se llamaban la lengua castellana y la lengua
inglesa’, completó Borges”.
La abuela Fanny no sólo le legó
el idioma y la afición a la lectura; le dejó
también material del que surgiría algún
texto: “Siendo niño –evoca Borges- escuché
a Fanny Haslam muchas historias de la vida de fronteras
de aquellos tiempos. Ella había vivido experiencias
terribles y maravillosas al mismo tiempo, ya que, en los
primeros años de la década del setenta, mi abuelo
fue comandante en jefe de las fronteras norte y oeste de
la provincia de Buenos Aires. Una de esas historias sirvió
de base para mi relato Historia del guerrero y la cautiva.
Mi abuela había conocido a varios caciques indios:
Namuncurá, Simón Coliqueo, Pincén
y Catriel”.
Lo criollo y lo europeo, mundos diferentes
en los que se escindió la existencia de Borges, aparecieron
en las entrevistas que se le realizaron, demostrando que
la inmigración fue un tema importante, también,
para uno de los máximos escritores argentinos.
Nieto de un escocés y una irlandesa, en el prólogo a El
Grimorio, Enrique Anderson Imbert se cuestiona:
"¿Estará mal que diga que mis cuentos fantásticos fueron
anteriores a la moda, que mis fuentes literarias son las
de la biblioteca inglesa de mi casa, (...)?" (7).
Una destacada escritora dió a conocer
las cartas de su abuela inglesa. “La abuela de María
Elena Walsh, llamada Agnes, llegó a la Argentina con
veinte años recién cumplidos, a trabajar como gobernanta.
Se casó, y la vuelta a Inglaterra se fue retrasando. Estas
cartas que le envió a su padre -bisabuelo de María Elena-
llegaron nuevamente a la Argentina a manos de su papá, por
intermedio de un pariente, y éste se las regaló a María
Elena cuando niña para que recortara las estampillas. Pasaron
mas de 50 años en sus manos antes de que sintiera curiosidad
por las mismas y decidiera hacerlas traducir, para luego
incorporarlas en su libro Novios de Antaño”.
En una de estas cartas, fechada en 1878, la
abuela Agnes escribe a su padre: “Lamentamos saber
que usted no ha estado bien, debe cuidarse querido papá
y no tomar frío. Espero encontrarlo sano y gordo cuando
vaya, aunque no se cuando llegará ese día, espero que sea
el año próximo, y quizás le lleve algo para mostrarle...
Mi hermano Walter consiguió su primer trabajo, espero que
se porte bien y lo conserve. David dice que el de plomero
es muy buen oficio, al menos en este país. Me sorprendo
cada vez que recibo una carta suya, ya que aquí no es como
en Inglaterra: a los carteros no les importa extraviar la
correspon-dencia, y sólo por casualidad se recibe la que
viene dirigida a domicilios particulares.
Le ruego, papá, que escriba como antes a las
oficinas de The Standard, ya que los editores son muy amigos
de David y disponen de un buzón. ¡Hemos celebrado una gran
Fête!, el centenario de un héroe argentino, el Gral. San
Martín. Le envío un recorte de The Standard. El próximo
domingo empieza el Carnaval y parece que será grandioso.
David va a mandarle un recuerdo de La Plata” (8).
Andrew Graham-Yooll evoca a uno
de sus antepasados: “Miles recuerdan la estación Constitución
cuando funcionaba. Hay abundantes memorias, pero el añorado
tren ya se fue. La fachada sobre la calle Brasil data de
1885 (la que da sobre Hornos es de 1925), cuando se transformó
la primera estación frente a la playa de carretas que muestran
las fotografías de 1872. De una estación Constitución anterior,
de una planta, el 14 de agosto de 1865 salió el primer tren
que abría caminos nuevos en el campo. En diciembre, la línea
llegó a Chascomús.
El trazado fue hecho en parte por mi bisabuelo,
un dibujante inglés llegado a Buenos Aires en 1863. Tuvo
a su cargo la traza de la extensión del Ferrocarril Sud
hasta Dolores y en mayo de 1870, el bisabuelo fue contratado
para construir el pequeño tramo del tren de la Exposición
Nacional de Córdoba. En 1887 pasó a ser jefe de Ramales
del Ferrocarril Central Entrerriano, y en ese cargo construyó
las líneas a Victoria, Villaguay, Gualeguay y Gualeguay-chú.
Atesoro su correspondencia de esa época, porque de los ramales
queda poco” (9).
En otro artículo, relata: “En el antiguo
bar inglés de Thomas Dawson, en la calle Nueva York, en
Berisso, zona que se debate entre el recuerdo de frigoríficos
y actividad portuaria y la decadencia urbana, hay un bello
y original mosaico en el piso con la leyenda comercial del
propietario” (10).
Andrew Graham Yooll afirma que “los británicos
se negaron tenazmente a ser categorizados como inmigrantes,
lo que significaba un descenso en la clase social”
(11).
El Bar Británico, en Barracas, cuando abrió
“se llamaba La Cosechera. Pero empezó a ser frecuentado
por ex combatientes ingleses de la Primera Guerra Mundial
y entonces pasó a tener acento inglés” (12).
María Luisa Hadeler brinda su testimonio
acerca del matrimonio Morris. Ella “es, con
sus joviales 83 años, una ex alumna de las escuelas de Morris.
‘Fue el maestro de mi vida, después de Jesús. Siempre
estaba vestido de negro, con sombrerito y valija. Era amoroso
y al humilde le daba todo’, evoca la mujer. Admiradora
de la obra de este filantrópico inglés, nos cuenta que ‘era
anglicano pero en la escuela no hablaba de religión. Daba
ropa dos veces al año, a las chicas vestiditos y zapatos
y a los varones trajecitos a la cazadora.
El mismo ayudaba a vestir a algunos pibes’.
María Luisa recuerda la escuela de la Avenida Triunvirato:
Era hermosa, tenía un patio para el alumnado y otro donde
enseñaban corte y confección. Era de nivel primario. Me
acuerdo que la directora se llamaba Leguía y la maestra
María Bordería. Antonia López era la directora de
la escuela de Bebedero, en donde la esposa de Morris era
la maestra de música. Yo terminé la escuela en 1930. Ese
año se acabó el subsidio del Estado” (13).
Carlos Garro escribe al diario La Nación:
“En el Correo de la Revista del 3/10/04, el doctor
Enrique Belocopitow señaló aspectos de la quinta presidencial
de Olivos que le dejaron el mejor de los recuerdos de su
infancia. He tenido sus mismas vivencias, pero mis recuerdos
se remontan a fines de la década del 40 y principios de
la del 50. Entonces, el presidente Perón y su esposa,
Eva Duarte, recorrían a pie la colonia de vacaciones
de Olivos, ya que vivían al lado, en la quinta. Nuestro
profesor de gimnasia era José D’Amico, todo un lujo,
y compartíamos el espacio con los niños de la colonia
Mi Esperanza, del pedagogo William C. Morris,
de los cuales aprendí lo que es la verdadera camaradería”
(14).
Graciela Montes asistió a una escuela
inglesa: “De la adolescencia, que pasé no en Florida
sino más al norte, en Martínez (mi padre ya no era empleado
de Bunge & Born, como cuando yo nací, ahora trabajaba
en Squibb, un laboratorio medicinal que fue donde se inauguró
la primera fábrica de penicilina, y había llegado a director
ejecutivo, de modo que la situación económica de la familia
había mejorado mucho: de una casita alquilada en Florida
a una casa propia, grande y con jardín, en Martínez), recuerdo
el contacto con dos lectoras influyentes. Una profesora
de literatura inglesa (yo ya no iba a la escuela de monjas
sino al San Pedro, o Saint Peter School, una escuela inglesa
laica que estaba cerca de mi casa) muy joven, que murió
cuando yo estaba en cuarto año, antes de que terminara el
curso, en el parto de su segunda hija. Se llamaba Ruth
Rosenmeyer y era una lectora formidable, muy estimulante.
Leíamos Chaucer, Shakespeare, Milton, Shelley, Coleridge
y demás clásicos de manera formal (porque a fin de año había
un examen riguroso) pero al mismo tiempo de una manera apasionada
(por lo brillante y muy caliente lectora que era ella).
Yo sentía que los textos se me abrían, literalmente, que
se inflaban y se me abrían. No sabría describirlo mejor:
levaban” (15).
Dennis Clifford Crisp, hijo de ingleses,
relató: “Mis padres vinieron a la Argentina en 1910.
Mi padre era empleado de La Forestal y se radicó
en el Chaco Santafecino. Yo nací en Guillermina y mi hermano
(que es veterano de la RAF) en Tartagal, así que mi primer
idioma fue el guaraní” (16).
Fu Manchú, el mago que se llamaba en
realidad David Bamberg, nació en Inglaterra en 1904;
falleció en 1974. “Alcanzó la fama en Argentina, cuando
deslumbró al público con sus representaciones. Quienes lo
vieron recuerdan todavía su más festejado acto, denominado
‘El bazar de magia’, en el que Fu Manchú
actuaba de dueño de un negocio y confrontaba con un cliente
que le pedía distintos trucos, que se podían ver pero no
comprar” (17).
Entrevistada por Luis Aubele, Marilen Stengel
recuerda a su abuela paterna: "Daphne, una inglesa alta
y de ojos muy verdes, estaba cargada de afecto, pero le
costaba expresarlo. Entonces, tenía a mano siempre un títere,
al que llamaba el Negrito Pedro. Y a través de él nos daba
dulces, hacía chistes y nos decía todo lo que nos amaba"
(18).
Notas
1. Lynch, John: Masacre en las pampas La matanza de inmigrantes
en Tandil, 1872. Buenos Aires, Emecé, 2001. 320 pp. (Hechos
Reales). Traducción de María Teresa La Valle. Pág. 39.
2. Reportaje incluido en Mujica Láinez, Manuel: Los
porteños. Buenos Aires, La Ciudad, 1979.
3. Piglia, Ricardo:
4. Alifano, Roberto: Borges. Biografía verbal. Barcelona,
Plaza & Janés, 1987.
5. S/F: en Borges e Israel. El asiduo manuscrito”.
Buenos Aires, Embajada de Israel en Buenos Aires, 1987.
6. Ulla, Noemí:
7. Anderson Imbert, Enrique: Prólogo a El grimorio (1961),
en Narraciones completas, Vol. I. Buenos Aires, Corregidor,
1990.
8. Walsh, María Elena: "Novios de antaño". Buenos Aires,
Editorial Sudamericana, 1990. En María_Elena_Walsh La abuela
Agnes.htm, página preparada con la colaboración de Mirta
Toledo y Luis Mandel
9. Graham Yooll, Andrew: “Perdimos el tren”,
en La Nación Revista, Buenos Aires, 7 de marzo de 2004.
10. Graham Yooll, Andrew: “Propiedad pública y privada”,
en La Nación Revista, 5 de octubre de 2003.
11. Graham Yooll, Andrew: “Los ingleses en la Argentina”,
en Clarín, Buenos Aires, 18 de diciembre de 2000.
12. S/F: “Parque Lezama”, en Clarín Viva, 21
de diciembre de 2003.
13. S/F: “William Morris, guía y maestro”, en
El Barrio. Periódico de Noticias. Año 6, N° 62. Buenos Aires,
Mayo de 2004.
14. Garro, Carlos: “Olivos”, en La Nación Revista,
Buenos Aires, 17 de octubre de 2004.
15. Montes, Graciela: en www.gracielamontes.com.
16. Castrillón, Ernesto y Casabal, Luis: “Un argentino
en Birmania”, en La Nación, Buenos Aires, 6 de junio
de 2004.
17. Sigal, Pablo: “Fu Manchú: 100 años y la magia
sigue intacta”, en La Razón, Buenos Aires, 18 de febrero
de 2004.
18. Aubele, Luis: "A boca de jarro Marilen Stengel 'Hice
un descubrimiento asombroso, tenía tres abuelas'", en La
Nación, Buenos Aires, 8 de octubre de 2006.
Escoceses
De los escoceses dice Andrew Graham Yooll
que son “unos melancólicos de su tierra. Partían porque
su país los expulsaba y se refugiaban en éste añorando sus
pagos. A pesar de esta añoranza, sabían que su lamento sería
inútil, ya que jamás tendrían la oportunidad de volver a
sus montañas”.
Manifiesta que “tanto los irlandeses
como los escoceses se reunían en las respectivas fechas
de sus comunidades para cantar, emborracharse y llorar por
sus aldeas perdidas, asumiendo como podían a éste como su
lugar de residencia” (1).
Carlos Prebble resume la historia de
los Prebble argentinos: “Mi tatarabuelo Charles Prebble
vino a la Argentina en el siglo XIX para trabajar en el
ferrocarril. Le fue tan bien, que cuando volvió a Escocia
hizo edificar una mansión a la que llamó ‘Temperley’,
en homenaje al barrio en el que había vivido. Su hijo Edwin
vino años después a trabajar él también en los ferrocarriles.
Se casó con una española, y tuvo tres hijos. Edwin murió
joven. Entonces, Charles Prebble ofreció a su nuera, Inés
Ajamus, costear el viaje de ella y los tres hijos del matrimonio,
para que los niños se educaran en la tierra de su padre,
a expensas del abuelo. Ella no aceptó, y así fue como los
Prebble se quedaron en la nueva tierra”.
Desde Konstanz, Alemania, Juan Delius,
editor de www.pampa-cordobesa.de, nos envía copia de una
reseña que encontró, en la que aparecen datos precisos:
"Renglón* *N*
Este último renglón consiste principalmente
de una serie de suertes numeradas 31* a 25* que forman una
parte de la antigua merced Arrascaeta (ver renglón L), cada
una de las cuales se extiende ambos costados de la línea
del FC. Mitre entre Arias y La Carlota. En 1886 Charles
Trew Prebble, ingeniero civil, (*1827, Berkshire, Inglaterra
-^+ 1919, Gloucestershire, Inglaterra; en 1883 era administrador
de una mina de cobre Río Tinto, Huelva, España; figura casando
a una hija nacida en Riga, Letonia, entonces Rusia, en 1887
en Buenos Aires y residiendo en el suburbio Temperley; cuando
volvió a Inglaterra bautizó a su residencia Temperley; tuvo
10 hijos, uno de ellos Edwin P. volvió a la Argentina a
trabajar con un ferrocarril) y Edward Ware son autorizados
para construír un ferrocarril que uniera el ya completado
-en 1886- de Buenos Aires a Rosario por el FC Buenos Aires
y Rosario con Venado Tuerto y con La Carlota, provincia
Córdoba. Hubo prórrogas y la concesión al final pasó a ser
de Christopher) Fredrik (=Cristóbal Federico) Woodgate,
ver F 83. Este en 1889 se la cedió al Gran Ferrocaril del
Sud de Santa Fe y Córdoba, mas precisamente a la Santa Fe
and Cordoba Great Southern Railway Construction Co. Ltd.
que construyó la línea desde el puerto de Villa Constitución
a Venado Tuerto y a La Carlota. ...".
Notas
1. Roca, Agustina: “Peripecias británicas”,
en La Nación, Buenos Aires, 24 de diciembre de 2000.
Ambos (Ingleses
y Escoceses)
Eduardo Morley, quien sobrevivió a treinta
y cinco misiones sobre cielo alemán, “nació en Río
Gallegos. Su padre era escocés y su madre inglesa. A los
diez años fue a estudiar a las islas británicas y volvió
con la edad justa para el servicio militar. Una vez concluido,
se incorporó a la RAF. (...) Todavía conserva la libreta
en la que dejó constancia de todos los vuelos y destinos”
(1).
Notas
1. Malamud, Luciana: “Para ir a combatir hay que ponerse
un corazón de mármol”, en La Nación, Buenos Aires,
7 de marzo de 2004.
Memorias
y autobiografías
Ingleses

En su Autobiografía,
Jorge Luis Borges recuerda a su abuela inglesa: “Frances
Haslam era una gran lectora. Cuando ya había pasado los
ochenta, la gente le decía, para ser amable con ella, que
ya no había escritores como Dickens y Thackeray. Mi abuela
contestaba: ‘ Sin embargo, yo prefiero a Arnold Bennett,
Galsworth y Wells’ ” (1).
Notas
1. Borges, Jorge Luis: Autobiografía, citado en Hadis, Martín:
LITERATOS Y EXCÉNTRICOS Los ancestros ingleses de Jorge
Luis Borges. Buenos Aires, Sudamericana, 2006.
Escoceses
Maggie Pool es la autora de Where the
devil lost his poncho (1) obra en la que evoca el medio
siglo que transcurre a partir de su llegada a la Argentina,
“no bien terminada la guerra, como modesta secretaria
de un organismo británico, casi con lo puesto y con sólo
doce libras esterlinas, que era la máxima cantidad de dinero
que se permitía sacar de Inglaterra en aquel momento de
crisis”.
En la nueva tierra, Pool “queda deslumbrada
por la riqueza que ve en Buenos Aires, por el tamaño de
los bifes y los postres de un simple restaurant, donde se
come lo que ninguna familia inglesa veía desde hacía años”
.
“Nada disminuye su amor por la segunda patria. Con
los años se traslada a vivir a Bariloche y, por fin, al
valle de El Bolsón. La Patagonia la atrapó y parece ser
su punto de residencia definitiva en su larga vida iniciada
–allá lejos y hace tiempo pero al revés que Hudson-
en Irlanda y Escocia. ‘Aquí está el paraíso’,
resume sobre el final. Lo transmite con la certidumbre de
quien ha sabido ver mucho más allá de las vicisitudes de
la vida cotidiana” (2).
María Rosa Oliver se refiere en sus
memorias a su institutriz escocesa. Relata un episodio María
Rosa Lojo: “Similar susceptibilidad muestra ante
otros personajes que se consideraban superiores –étnica
y culturalmente- a los argentinos, aunque se encontraran
muy por debajo de ellos en la escala de la sociedad.
No perdía una palabra de las charlas que mantenía Lizzie,
su niñera escocesa, con sus colegas british que servían
en casas de las afueras, a las que iban de visita y donde
tomaban el té de las cinco con scons calientes y sandwiches
de berro. Nunca faltaban, en aquellas sesiones, las críticas
a los, y sobre todo las, natives: mujeres descuidadas y
haraganas, que malcriaban a sus hijos y no se tomaban el
trabajo de aprender a preparar un buen té a la inglesa.
Las murmuradoras la miraban, ‘pero al parecerles que
sus juicios se hundían, sin eco, en el pozo de mi ignorancia,
o de mi inocencia, continuaban criticando a los nativos’.
Los siete años de María Rosa no obstaron para que una tarde,
harta ya de tanta crítica le recordara a Lizzie que después
de todo, ella era una native también, aunque de Escocia”
(3).
Notas
1. Pool, Maggie: Where the devil lost his poncho. Edimburgo,
The Pentland Press, 1997.
2. Sopeña, Germán: “Tierra lejana”, en La Nación,
Buenos Aires, 13 de julio de 1997.
3. Lojo, María Rosa: “Cuando la plenitud nace de la
carencia”, en La Nación, Buenos Aires, 31 de agosto
de 2003.
En biografías
Ingleses
En Soy
Roca, por Félix Luna, el protagonista
se refiere a un viaje que hizo en 1899: “Nos detuvimos
en la desembocadura del río Santa Cruz, visité algunas estancias
de los alrededores, casi todas de ingleses, y seguimos a
Río Gallegos, donde me hospedé en la casa del gobernador.
(...)
Cuando íbamos llegando a Ushuaia me llamaron la atención,
en cierto punto de la costa, rebaños de ovejas y construcciones
muy prolijas entre macizos de flores y espacios de césped;
me dijeron que era la estancia de Thomas Bridges,
el pastor anglicano que anteriormente había estado a cargo
de la Misión en la isla; en 1886 renunció a su puesto y
se vino a Buenos Aires a solicitar tierras allí.
Me lo presentó el senador Antonio Cambaceres y lo
recomendaba calurosamente el perito Moreno.
Tuve el gusto de promover, pocas semanas antes de dejar
la presidencia, una ley concediéndole 20.000 hectáreas en
propiedad en Harberton, a unas quince leguas de Ushuaia
hacia el este. Bridges había fallecido meses antes pero
su estancia era la mejor de la isla, superando en actividad
a la que había establecido al norte, en Río Grande, el
asturiano José Menéndez. Me dieron ganas de visitar
Harberton y lo hice en el acorazado de río ‘Independencia’,
más chico que el ‘Belgrano’.
Allí fui recibido por la viuda del antiguo misionero y su
familia. En el jardín tomamos el té con sandwiches y frutillas
de la zona con crema. Fue una tarde gloriosa para Gramajo,
que decía estar harto del rancho del ‘Belgrano’...
Por un momento no me pareció encontrarme en el confín del
mundo sino en una casa de Sussex, o más bien, de Devon-shire,
de donde era oriundo Bridges.
Después visitamos los campamentos de los indios yaganes
y onas que trabajaban en el establecimiento. Al menos aquí
no se los perseguía, como había hecho aquel aventurero
rumano Julio Popper, que en tiempos de mi concuñado
instaló un lavadero de oro en el norte de la isla, y como
también lo hacían, según los rumores que había escuchado,
algunos capataces de Menéndez” (1).
En otro pasaje, afirma: “me
impresionó lo que me dijo un inglés, empleado del ferrocarril.
Era el encargado de medir las tierras, una legua a cada
lado de la vía, que por concesión se le había otorgado en
propiedad a la empresa. En un castellano arrevesado, el
gringo me contó que estaban expulsando a los pobladores
que vivían en aquellos campos para venderlos en grandes
fracciones una vez que la línea hubiera llegado a Córdoba.
Sería un negocio enorme –me decía- y se llenaba la
boca describiendo las miles de cabezas de ganado que podrían
criarse allí y los millones de fanegas de trigo que se cosecharían”
(2).
Escoceses
Alicia Jurado escribió El
escocés errante (3), obra acerca de la que comenta
Rubén Loza Aguerrebere:
"Miembro de una familia noble escocesa, Robert Cunninghame
Graham nació en 1852 y murió, por azar, en Buenos Aires,
en 1936. Fue un viajero incansable. Hacia 1870, llegó a
Buenos Aires. Hizo dos viajes a caballo al Paraguay; allí
conoció las misiones jesuíticas en ruinas y sobre ellas
escribió La Arcadia perdida.
Se estableció en la Argentina en una estancia
en Sauce Chico. Saqueado por los indios más de una vez,
salvó su vida y volvió, empobrecido, a Europa. En París
se casó con Gabrielle. Se marcharon a Texas y México, donde
no les fue bien. En Inglaterra una vez más, se instaló en
Glasgow, donde frecuentó a Hudson, Conrad, Oscar Wilde,
William Morris y Bernard Shaw.
Los dos últimos, lo estimularon a militar en
política; como don Roberto era un tribuno destacado, en
1887, obtuvo una banca en el Parlamento. Luego luchó por
un parlamento en Escocia; fue fundador, con Keith Hardie,
del Partido Laborista Escocés. Se alejó de la política.
Enviudó. Volvió a recorrer el mundo.
Durante la Primera Guerra Mundial, con la misión
de comprar caballos para su Gobierno, volvió a la Argentina.
Y retornó en 1936 para conocer dos célebres caballos criollos,
"Mancha" y "Gato", propiedad de un entrañable amigo suyo.
Ese año, octogenario, murió en Buenos Aires y los dos caballitos
criollos acompañaron el cortejo fúnebre. Enterrado en Escocia,
en su tumba, además de las fechas de nacimiento y muerte,
se estampó el dibujo de su marca de hacienda entrerriana.
Dandy, resero gaucho, guía de carretas en Texas,
maestro de esgrima en México, don Roberto (como le decían
habitualmente) conoció las dos Américas y África del Norte.
Sentía atracción por el peligro y por las causas perdidas.
Fue también un diestro jinete y un narrador amenísimo, irónico
y punzante, y entre otros libros, escribió Los caballos
de la conquista y La conquista del Río de la Plata.
Pero, de todos modos, como observó Sir John Lavery, 'la
obra maestra de Cunninghame Graham fue él mismo'
" (4).
Ingleses y escoceses
Rubén Benítez escribió Los
dones del tiempo (5), libro en el que narra la
vida de la asturiana Cecilia Caramallo. En esta biografía
novelada, América aparece como el destino soñado, que desconcierta
a los extranjeros con su forma de entender la vida y las
distancias.
Para un portugués, para una asturiana, las
distancias son enormes; la cantidad de ganado - tanta que
debe dormir a la intemperie - resulta asombrosa. Son realidades
difíciles de aceptar para quienes vienen acostumbrados a
lo exiguo, a lo mínimo. De ahí la reacción de la protagonista
cuando ve que tiran comida; piensa qué hubieran hecho en
su aldea con aquello que derrochaban los argentinos.
En Bahía Blanca, en Pelicurá, se desarrolla la acción y
esta circunstancia la vuelve de especial interés para quienes
habitan la ciudad y para quienes, desde cualquier parte
del mundo, quieran saber sobre la forma de vida de los inmigrantes
en ese punto de la Argentina. Benítez aporta datos sobre
la vida de portugueses, asturianos, escoceses e ingleses
en la provincia de Buenos Aires a partir de fines del siglo
pasado y hasta nuestros días, en que la anciana, al volante,
espanta a transeúntes y automovilistas.
Notas
1 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991,
pp. 322-3.
2 Luna, Félix: Soy Roca. Buenos Aires, Sudamericana, 1991,
p. 76.
3 Jurado, Alicia: El escocés errante. Emecé, Buenos Aires.
4 Loza Aguerrebere, Rubén: "RESEÑAS. El escocés inquieto",
en La ilustración Liberal Revista española y americana,
Nº 12.
http://www.libertaddigital.com:83/
5 Benítez, Rubén: Los dones del tiempo. Buenos Aires, GEL,
1998.
En
periodismo
Escoceses
Acerca de Margarita
Weild, escribe Cristina Bajo: “Durante
casi toda su vida, Margarita, aunque pertenecía a un grupo
privilegiado de vecinos de Córdoba, tuvo que sufrir la suerte
de las mujeres de los perseguidos, los encarcelados y los
exiliados. Había nacido en 1814 y, quizá por su educación,
tenía ciertos rasgos de carácter que se atribuyen a la mujer
cordobesa: valor, terquedad, dominio de las emociones en
público, austeridad. Su madre fue María del Rosario Paz,
y su padre, un médico escocés llamado Andrew Weild.
La bautizaron Agustina, pero se la llamó, en recuerdo de
su abuela británica, por el muy escocés nombre de Margarita.
Su padre murió cuando era muy chica, pero aceptó con cariño
al segundo esposo de su madre, Juan José de Elizalde”
(1).
Notas
1 Bajo, Cristina: “Grandes pasiones, Margarita Weild
y el general José María Paz. Juntos para siempre”,
en La Nación Revista, Buenos Aires, 27 de febrero de 2005.
En
costumbrismo
En “Nobleza
del pago”, Fray Mocho hace referencia
a un inmigrante inglés que no era trigo limpio. Recordando
la historia de su familia, dice un personaje: “Yo
no sé, che, si eran nobles, pero sé que les caían y que
con algunos hasta tuvo que ver l’autoridá, como le
pasó a tu tío Ramón, que al fin se quedó en la calle, y
a tu tía Robustiana, mal casada con un inglés que tenía
el finao de mi padre de puestero y que lo pilló cerdiándole
las yeguas, a medias con el juez de paz...” (1).
Notas
1 Alvarez, Sixto (Fray Mocho): Cuentos. Buenos Aires, Huemul,
1966.
En
libros de viaje
Roberto J. Payró escribió La
Australia Argentina, “producto de sus misiones
periodísticas a la Patagonia como corresponsal de La Nación,
diario al que estuvo vinculado desde 1891 hasta su muerte”
(1), acaecida en 1928.
En esa obra aparece una inmigrante que viene
a la Argentina a casarse con un inglés establecido aquí
(2):
“Miss Mary X venía de Londres, se había detenido en
Buenos Aires sólo para aguardar la partida del transporte,
y se dirigía a Río Gallegos, también en busca de una posición
social.
Iba a casarse. Ella misma nos hizo la confidencia:
en la capital del territorio de Santa Cruz la aguardaba
un prometido, un inglés, mister M., bien colocado, estanciero,
a cuyo lado pensaba ser feliz. Lo conocía desde muchos años
atrás, y no lo había visto hacía largo tiempo. El compromiso
se contrajo por medio del correo: ‘Si usted quiere
casarse...’ ‘Sí señor; quiero...’ ‘Entonces
venga, que la aguardo...’ E iba.
“Iba sola, defendida únicamente por su valor de inglesa
acostumbrada a manejarse por sí misma en el mundo, y por
el natural respeto de los demás; los sajones han observado
bien y prácticamente: mejor defensa es la educación que
el cerrojo, y la mujer modesta y enérgica lleva una égida
en que se embota, en medio de la sociedad naturalmente,
la grosería y el apetito de los hombres”.
Notas
1 S/F: “Biografía de autores”, en www.web@filiados.com.ar.
2 Payró, Roberto J.: La Australia argentina, fragmento incluido
en Wolf, Ema (texto) y Patriarca, Cristina (investigación):
La gran inmigración. Ilustraciones de Daniel Rabanal. Buenos
Aires, Sudamericana, 1997. Sexta edición. 226 páginas. (Sudamericana
Joven Ensayo).
En
novelas
Ingleses
“Con El agua
publicada póstumamente en 1968, culmina la importante producción
de Enrique Wernicke (1915-1968)” (1). En este
libro, el escritor evoca el menosprecio que un personaje
evidencia por su descendencia: “Era una casa para
vivir bien. Ahora que las chicas crecían, tal vez hubiese
venido bien otro baño o, por lo menos, un toilette. Pero
don Julio pensaba que las chicas algún día se iban a casar
y además, no olvidaba, él también tendría que morir. Un
baño es suficiente cuando se convive con gente bien educada...
como él. O Julito. No se podía decir lo mismo de las nietas,
hijas de una hija de un judío polaco, sin eso imperceptible,
casi diríamos inexplicable, que se llama ‘tener sangre
inglesa en las venas’. (...)
El viejo, esta noche, duerme solo. Julio está
en el Norte. Bertita, su nuera, y las dos nietas, han ido
al centro. Se quedarán ‘donde vive la polaca’
(nunca osó decirlo en voz alta don Julio). Y lo dejarán
tranquilo” (2).
En Fuegia,
de Eduardo Belgrano Rawson, un sacerdote afirma:
“Uno llega repleto de ilusiones. Como usted dice:
con la Revista del Misionero en el bolsillo. Al final nos
contentábamos con que juntaran las manos y repitieran Misericordia,
Jesús, varias veces. Pero no era seguro que lo recordaran
al día siguiente”. Acerca de los anglicanos expresa:
“Pobres diablos. ¿Cómo no van a sentirse desengañados?
Ya sabemos cómo hacen para reclutarlos. ¿Acaso no les pintan
todo esto como un paraíso repleto de aldeas? Me imagino
las fantasías que traen. ¿Y qué encuentran a su llegada?”.
La viuda del reverendo Dobson evoca
los planes que hacían sobre la emigración,
alentados por noticias tendenciosas: “Después
de pasar una tarde en la Unión Misionera, volvían
a casa con su marido por un sendero de gramilla perfumada.
Llevaba seis meses de casada con Dobson. Hicieron un alto
en el parque y abrieron un paquete de bollos. Charlaron
del futuro viaje a Sudamérica. Dobson dibujó
la misión sobre el papel de los bollos. Había
un grupo de canaleses entonando sus himnos y un paquebote
en el horizonte.
Los canaleses figuraban como ‘naturales
amistosos’ en todas las publicaciones del Almirantazgo,
de modo que agregó un nativo haciendo cabriolas.
Su mujer le suplicó que dibujara una huerta. Dobson
puso la huerta y metió algunas ovejas. Estuvo tentado
de añadir el cementerio, pero desistió a último
momento. Ella estudió bien el dibujo y concluyó
que nada faltaba. Trató vanamente de hallarle algún
parecido con su aldea de Sussex. Pero igual le propuso:
‘Pongámosle Abingdon’. Pensó emocionada:
‘El Señor es mi pastor’ ” (5).
Un personaje de
Frontera sur, novela de Horacio Vázquez-Rial,
dice que a Sarmiento le parecía mal que se abrieran escuelas
italianas, o alemanas, o inglesas”. Otro interviene:
“Era lógico que le pareciera mal. (...) No estaba
loco. (...) Un Estado. Quería un Estado, con mayúscula.
Y eso se hace con la escuela pública. Esto no puede ser
eternamente un centón mal cosido. La gente que llegue tiene
que adaptarse, recomponerse, mezclarse para formar una raza
argentina” (6).
Carlos
Pellegrini,
protagonista de la novela escrita por Gastón Pérez Izquierdo,
recuerda a Bridges: “Un predicador inglés, Mr.
Thomas Bridges, había pasado una larga temporada en la Tierra
del Fuego como misionero de la Iglesia Anglicana
y de paso criando lanares que había introducido desde las
Islas Malvinas. Estaba en Buenos Aires preparándose para
embarcar a Inglaterra –y disfrutar una temporada de
sus buenos negocios- de manera que no rehusó una invitación
de la Sociedad Literaria Inglesa para pronunciar una conferencia
sobre su inquietante experiencia” (7).
En La
logia del umbral, de Ricardo Feierstein,
narra uno de los personajes, que vivía en Villa Pueyrredón,
a mediados del siglo pasado: “Por
las mañanas, en la escuela pública donde todos concurríamos,
conviví con el inglés Stanley y el italiano Badaracco, protagonistas
de una pelea memorable donde vi correr sangre por primera
vez; con el galleguito Pérez y un francés medio raro que
se hacía dibujos en las manos con hojitas de afeitar”
(8).
El inglés
se titula una novela de Susana Cella. En 1892, Jimmy
–“nacido James Radburne”- llegó a la Patagonia,
“huyendo de la pobreza y los prejuicios ingleses,
y pasó toda una vida improvisando oficios para sobrevivir
y métodos para huir de las policías argentina y chilena”.
Se dirigió a esa región pensándola
“como garantía de anonimato para pasados difíciles”
(9).
En La
casa de Myra (10), obra distinguida con el
Segundo Premio Xerox para autores inéditos, escribe Aurora
Alonso de Rocha: “Al cura que lo quiere adoctrinar
el cacique le recordó que uno de los ingleses que están
enterrados en la parte de disidentes era tenido por hombre
santo aunque vivía con una reunión de mujeres nunca bien
contadas por los cambios que hubo, y muchas hijas y sobrinas
que complicaban la cuenta, pero que no eran menos de cuatro
esposas y una de ellas inválida. (Y ahí es donde se prueba
cómo los argumentos de los curas tienen anverso y reverso.
Esa mujer que había perdido una pierna por una infección
siendo niña y que tuvieron que amputarla, llevaba un artefacto
de madera y metal que rechinaba al andar y era horrible
de verse para los que lo habían visto, y se decía tanto
que el pastor era un refinado monstruo que oía como música
el sonar del artificio aquel y se complacía en la desnudez
mecánica, como que era un santo porque la amaba y era capaz
de cohabitar con tal aparato”.
En otro pasaje, leemos: “Hace poco estaba en mi
casa de negocio un inglés de los que vinieron al Azul para
la obra del ferrocarril, contando que en el puerto se le
habían puesto los días al revés: dormía con luz y de noche
velaba. Amás, como enseguida lo pusieron en un tren a Las
Flores, bajó en un boliche con su reloj, que lo había puesto
en la hora argentina, y diz que se le cambiaba por sí solo
a la hora de Liverpool, y unos paisanos le aseguraron que
era la fuerza de los elementos en la pampa. El inglés es
un hombre culto, vestido con elegancia de ciudad, y ha terminado
por creer que el magnetismo de la llanura trastorna las
cosas naturales. Veo, cuando habla, que aún vestido y de
cadena de oro y sombrero duro parece un patán al lado de
los que todo lo confían al caballo”.
Notas
1 S/F: en Wernicke, Enrique: El agua. Buenos Aires, CEAL,
1980. (Capítulo)
2 Wernicke, Enrique: El agua. Buenos Aires, CEAL, 1980.
(Capítulo).
3 Molina, Enrique: Una sombra donde sueña Camila O'Gorman.
Buenos Aires, Losada, 1973.
5 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia. Buenos Aires, Sudamericana,
1991.
6 Vázquez Rial, Horacio: Frontera Sur. Barcelona, Ediciones
B, 1998.
7 Pérez Izquierdo, Gastón: La última carta de Pellegrini.
Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1999.
8 Feierstein, Ricardo: La logia del umbral. Buenos Aires,
Galerna, 2001.
9 Cristoff, María Sonia: “Inglés en fuga”, en
La Nación, Buenos Aires, 19 de noviembre de 2000.
10 Alonso de Rocha, Aurora: La casa de Myra. Buenos Aires,
Fundación El Libro, 2001.
Escoceses
Eduardo Belgrano Rawson evoca el oficio
de los escoceses en Tierra del
Fuego: “Cuando les resultó evidente
que habían echado mano a los mejores campos del mundo, los
criadores de toda la isla resolvieron cruzar sus mediocres
ovejas con padrillos europeos. Para entonces ya nadie soñaba
con transformar a los lugareños en sus pastores perfectos.
En realidad, a los parrikens les sobraban condiciones para
el puesto: corrían treinta kilómetros de un tirón, podían
dormir al sereno en invierno y resistían sin probar bocado
como el más bruto de los galeses. Pero nada aborrecían más
en el mundo que el trabajo de ovejeros, de modo que los
criadores olvidaron por fin el asunto y junto con los padrillos
importaron pastores de Escocia, quienes trajeron hasta los
perros” (1).
Notas
1 Belgrano Rawson, Eduardo: Fuegia.
Buenos Aires, Sudamericana, 1991
En
cuentos
Ingleses
En “Nelly”,
de Eduardo L. Holmberg, uno de los personajes es
inglés: “El señor Phantomton era rubio y delgado,
usaba bigote caído, y en sus ojos vagaba una niebla de misteriosa
sugestión. Vestía correctamente, como todos los ingleses
acomodados, y conversaba con la franqueza de un hombre que
dice lo que piensa, lo cual no suele ser agradable para
los que no piensan lo que dicen” (1).
En “Un
sepelio atmosférico (Crónica de 1891)”,
Juan Carlos Dávalos relata el destino que
un astrónomo inglés radicado en Salta, eligió
para sus restos: “A toque de clarines, la ceremonia
dio comienzo a las 3, hora en que el globo, totalmente hinchado,
cerníase por encima de la muchedumbre apeñuscada.
Debajo del globo, sobre una mesa, notábase un bulto
largo, especie de túmulo cubierto por un amplio trapo
negro: ahí estaba el cadáver de Mr. Stop”
(2).
Un británico protagoniza “Mister
Meaney”, de Juan Carlos Dávalos:
“ ‘El gringo Meaney’ fue en el
Colegio Nacional de Salta una de las últimas víctimas de
nuestra incultura, en una época en que la buena crianza
de mucha gente bien nacida estaba lejos de alcanzar el excelente
nivel medio que observamos hoy” (3).
Un inglés protagoniza el relato que un personaje
narra en el cuento “Al
rescoldo”, de Ricardo Güiraldes:
“-Est’era un inglés –comenzó el relator-,
moso grande y juerte, metido ya en más de una peyejería,
y que había criao fama de hombre aveso para salir de un
apuro. (...) El inglés, poco amigo de alcagüeterías, prometió
cayarse y dejarlo al infelis yorando su amargura. Esto pasó
hase muchos años, y dicen que al inglés, como premio a su
güena alma, nunca le salió más redondo un negocio”
(4).
Uno de los cuentos reunidos en Carroza
y reina -libro de Isidoro Blaisten premiado
en el Concurso Literario de la Fundación Fortabat-, es “Lotz
no contesta”. En ese cuento, el narrador,
Pecheny, recuerda a Míster Donovan. Pecheny y Lotz “Desde
el veinticuatro que usaban el Longines. Desde el veintidós
que estaban juntos en el ferrocarril. En el veinticuatro
los ascendieron a los dos. Míster Donovan los hizo llamar
y él en persona les entregó el Longines. Cuando entraron
al despacho, Míster Donovan tenía ya los dos Longines encima
del escritorio. Los felicitó y los mandó en comisión especial”
(5).
Pedro Orgambide describe, en “La
señorita Wilson”, a una inmigrante inglesa,
acerca de la que manifiesta uno de los personajes: “Yo
he visto a la señorita Wilson en la terraza, escuchando
una sinfonía de Mozart que se empinaba por las paredes grises
y subía hasta los cables tendidos y las antenas de televisión
y las nubes de un atardecer en Buenos Aires. Y me pareció
que la señorita Wilson sonreía” (6).
El protagonista de “Huella
digital”, de Marta Celina Linardi, “Recordó
los años transcurridos en el White School. Su educación
había sido un privilegio. Y aquel comedor con enormes arañas
y las mesas de roble pulcramente cubiertas con manteles
almidonados. Las sillas eran muy pesadas para sus cuerpos
de niños pero había que aprender a correrlas sin hacer ruido.
Y las aulas. Y los jardines. ‘Eres afortunado’
decía mamá. Ella siempre me trajo regalos. Los mejores.
Claro que no era fácil tolerar los fines de semana allí
adentro. Por suerte Miss Focker me entretenía leyendo cuentos
en inglés” (7).
A Amy Stirling
–que “había sido inglesa, linda y joven”-
se refiere el narrador, en un texto de María Esther de
Miguel: “Como no hay males completos tuvo su
porción de dicha: murió una tía y la dejó heredera. Amy
Stirling, buscando defender su sueño hecho polvo, cerró
la casa de Liverpool y dispersó sus días por el ancho mundo.
Su meta fueron las ciudades con puertos: en ellos recorría
muelles y cafetines, días y noches, los ojos bien abiertos
y la foto del marinerito en la mano” (8).
En “La
noche de la cruz de plata” -uno de los cuentos
por los que Jorge Torres Zavaleta mereció el Premio
Fortabat en 1987-,“ la guerra, que parecía tan
lejana, tan europea, llegó a la Argentina. Tan argentino
se siente el hijo de Miss Lucy que, cuando se declara la
guerra de las Malvinas, se alista para combatir a los ingleses.
Muere en el combate, luchando contra los soldados de la
nación de sus padres. Miss Lucy, al enterarse de la muerte
del joven, “pensó que de lejos, sin advertirlo, sus
compatriotas la habían mutilado” (9).
En “El
hijo de Butch Cassidy”, escribe Osvaldo
Soriano: “La guerra en Europa había interrumpido
los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había
ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que
construían la represa de Barda del Medio en la Argentina
y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones
para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a
sol también había indios mapuches conocidos por sus artes
de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de
la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes
de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos,
franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles
de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los
argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego.
Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo
y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido”
(10).
Don Domingo, personaje creado por Fanny
Fasola Castaño para su cuento “Y
el paisano va”, recuerda su infancia: “Los
niños tenían una mesa aparte, alrededor de la cual podían
mezclarse en sus juegos. Y él se veía corriendo atrás de
sus primas, algunas criollas y otras gringas. Sí, porque
su madre era una de esas inglesas que habían llegado con
su familia buscando mejores horizontes, huyendo de conflictos
religiosos e intentando afianzarse en la campiña que tanto
les agradaba” (11).
En “Pleamar”,
Oscar González evoca al capitán Griffith George,
quien, tras naufragar en 1883, se radicó en la estancia
“Los Yngleses”, en el Partido de General Lavalle
(12).
Con “La
tarde que oscureció de tristeza”, Julio
Enrique Juárez obtuvo el Primer Premio Categoría Narrativa
2004 en el Concurso Literario Identidad, en la Ciudad de
Azul, Provincia de Buenos Aires. En ese texto se alude al
mal proceder de un inglés: “Don Carlos Azcona,
el hombre entrañable y admirado por la sociedad azuleña,
se había quitado la vida. En una nublada tarde de verano
de 1987 cuando aquel benemérito empresario pujante y exitoso,
se dejó vencer por la ira y sacando de un cajón del escritorio
el lustroso 38 Smith & Wesson que siempre lo acompañaba,
gatilló tres veces” (13).
Notas
1. Holmberg, Eduardo L.: “Nelly”, en Cuentos
fantásticos. Buenos Aires, Hachette, 1957.
2. Dávalos, Juan Carlos: “Un sepelio atmosférico (Crónica
de 1891)”, en Los buscadores de oro. Incluido en Dávalos,
Juan Carlos: La muerte de Sarapura Antología. Buenos Aires,
CEAL, 1980. Págs. 96 a 101. (Capítulo, vol. 66).
3. Dávalos, Juan Carlos: “Mister Meaney”, en
Los buscadores de oro. Incluido en Dávalos, Juan Carlos:
La muerte de Sarapura Antología. Buenos Aires, CEAL, 1980.
Págs. 102 a 106. (Capítulo, vol. 66).
4. Güiraldes, Ricardo; “Al rescoldo”, en R.
J. Payró, J. C. Dávalos, R. Mariani y otros: El cuento argentino
1900-1930 antología. Selección y prólogo por Eduardo Romano;
notas por Alberto Ascione. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo,
vol. 60).
5. Blaisten, Isidoro: “Lotz no contesta”, en
Carroza y reina. Buenos Aires, Emecé, 1986. 219 pp.
6. Orgambide, Pedro: “La señorita Wilson”, en
La buena gente. Buenos Aires, Sudamericana. Incluido en
A. Castillo, D. Sáenz, H. Conti y otros: El cuento argentino
1959-1970 antología. Buenos Aires, CEAL, 1981. (Capítulo,
vol. 107).
7. Linardi, Marta Celina: “Huella digital”,
en Varios autores: Nosotros el Sur. Selección de Nené D’Inzeo.
Buenos Aires, Tu Llave, 1992. 124 pp.
8. Miguel, María Esther de: “Amy Stirling”,
en el grillo, Buenos Aires, Marzo-Abril de 2003, Año 12,
N° 34.
9. Torres Zavaleta, Jorge: “La noche de la cruz de
plata”, en El palacio de verano. Buenos Aires, Grupo
Editor Latinoamericano, 1987.
10. Soriano, Osvaldo: “El hijo de Butch Cassidy”,
publicado originalmente en el diario Página/12, forma parte
de "Cuentos de los años felices", Editorial Sudamericana,
1993. Incluido en Letrópolis (www.letropolis.com.ar), Diciembre
de 2006.
11. Fasola Castaño, Fanny: “Y el paisano va”,
en “Cuentos de criollos”, en Cuentos de criollos
y de gringos, Breves historias con Historia, en colaboración
con María del Carmen García. Buenos Aires, Vinciguerra,
1996.
12. González, Oscar: “Pleamar”, en El Tiempo,
Azul, 1° de diciembre de 1996.
13. Juárez, Julio Enrique: “La tarde que oscureció
de tristeza”, en El Tiempo, Azul, 28 de noviembre
de 2004.
Escoceses
En “Un
hombre”, Víctor Juan Guillot evoca
al escocés Mc Dougall, “un
antiguo administrador de yerbales, del que se contaban en
voz baja muchas cosas” (1).
En “Revelación”,
Augusto Mario Delfino presenta a una institutriz
hija de escoceses: “Miss Eveline, la institutriz
–una joven de Quilmes, hija de escoceses- les recomendó
mientras los peinaba: ‘No olviden que en sociedad
es preciso tener mucho tacto’. Angélica sabe que tacto
es un sentido, como olfato y vista, y Ricardito ha comprendido
que tacto es callar cuando las personas mayores hablan,
comer la gelatina aunque no le agrade, refrenarse los deseos
de alcanzar con el tenedor una de las ciruelas negras olvidadas
en el borde de la fuente y no levantar el plato vacío en
demanda de otro pedazo de torta: recibir, en suma, la aprobación
del tío Braulio, al que considera más que como a un hermano
mayor de su mamá, como a un abuelo joven. (...) Miss Eveline,
que les habla de ‘un después maravilloso’, a
veces llora sin que se haya golpeado. Observó la niña que
la institutriz llora cuando mamá, como acordándose de algo,
le dice una frase amable, cariñosa. Entonces Eveline se
ruboriza y se encierra, tan pronto como puede, en el cuarto
de los niños” (2).
En “Elisa Brown”,
escribe María del Carmen García: “Cinco
días después Drummond se reintegró a su puesto de combate
con el espíritu reconfortado por el reconocimiento popular
recibido y porque finalmente sabía que alguien lo esperaba
para compartir el futuro, y que terminaría su inquieto vagabundear
en busca de emociones y fortuna. Buenos Aires le ofrecía
una vida más organizada, prestigio social y, por sobre todas
las cosas, una joven y amorosa esposa. Lo que Drummont no
sabía era que su futuro contaba con cuatro días solamente.
En las costas de Monte Santiago, en un enfrentamiento con
naves imperiales, fue cercado por ocho naves enemigas. Luchó
hasta que se agotaron las municiones y finalmente fue alcanzado
por una ráfaga mortal” (3).
Notas
1 Guillot, Víctor Juan: “Un hombre”, en Historias
sin importancia. Incluido en R. J. Payró, J. C. Dávalos,
R. Mariani y otros: El cuento argentino 1900-1930 antología.
Buenos Aires, CEAL, 1980. Pág. 105-109. (Capítulo, vol.
60).
2 Delfino, Augusto Mario: “Revelación”, en Cuentos
de Nochebuena.. Reproducido en Stang, Margarita R. de: América
habla. Buenos Aires, Gram Editora, 1975. Pág. 194.
3 García, María del Carmen: “Elisa Brown”, en
Cuentos de criollos y de gringos. Buenos Aires, Vinciguerra,
1996. En colaboración con Fanny Fasola Castaño.
En
poesías
En el Martín Fierro
(1), José Hernández se refiere a un inglés:
Hasta un Inglés sanjiador
Que decía en la última guerra,
Que él era de Inca la perra
Y que no quería servir,
Tuvo también que juir
A guarecerse en la Sierra.
Como puede habla castellano el inglés que evoca
Leopoldo Lugones en la ”Oda
a los ganados y las mieses” (2). No obstante,
ejerce una beneficiosa influencia en los ganaderos a los que
aconseja:
Lo cierto es que en su media lengua trajo
artes y ciencias que el paisano ignora.
El transformó los bárbaros corrales,
las torpes hierras, las feroces domas,
y aseguró en las chacras invernizas
que al pronto parecieron anacrónicas,
forraje fresco a los costosos padres,
que entienden sus maneras y su idioma.
En su poema “En
el día de la recolección de los frutos” (3),
Alfredo Bufano evoca a la inmigración inglesa, relacionándola
con el tendido de los ferrocarriles:
Hombre rubio de la isla de Kipling
que llenaste de sierpes de acero nuestra vasta heredad,
y que hendiste los aires con fragores de ruedas
y de émbolos y dínamos en hondo trepidar
y que llevaste el himno ronco de las locomotoras
por toda nuestra ubérrima
fecunda y proteiforme inmensidad.
Notas
1 Hernández, José: Martín Fierro. Buenos Aires, CEAL, 1979.
(Capítulo, vol. 23).
2. Lugones, Leopoldo: “Oda a los ganados y las mieses”,
en Antología poética. Buenos Aires, Espasa-Calpe, 1965.
3. Bufano, Alfredo: “En el día de la recolección de
los frutos”, en Para todos los hombres del mundo que
quieran habitar el suelo argentino. Buenos Aires, Clarín.
En
fotos
Ingleses
“La infancia en la Ramos Mejía natal de los años 30,
los éxitos teatrales con ‘Canciones para mirar’
o ‘Doña Disparate y Bambuco’, el viaje para
conocer a Juan Ramón Jiménez y el encuentro con artistas
como Joan Manuel Serrat o Madonna, son algunos de los momentos
capturados en ‘María Elena Walsh. Retrato(s) de una
artista libre’, la biografía gráfica autorizada que
saldrá a la venta en agosto. El libro de Sara Facio, cuyas
únicas palabras son los textos escritos por la propia María
Elena Walsh, propone una recorrida por la vida de esta artista
a través de 200 fotografía distribuidas en 160 páginas”
(1).
Notas
1 S/F: “Retratos de una vida dedicada al arte más
libre”, en La Nación, Buenos Aires, 11 de julio de
1999.
Escoceses
“De Escocia a las Pampas”
se tituló la “muestra de fotografías, planos,
obras pictóricas y documentos, testimonio de la presencia
de los primeros colonos británicos en la región”,
que se inauguró en Buenos Aires, en mayo de 1998, convocada
por la Asociación Amigos de la Capilla Escocesa, de Florencio
Varela.(1).
Notas
1 S/F: “De Escocia a las Pampas”, en Diario
del Viajero, Buenos Aires, 29 de abril de 1998.
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