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La
colonización en
Entre Ríos
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En el año 1857 llegó el primer contingente de
inmigrantes que se ubicó donde hoy es la Colonia San José en la provincia
de Entre Ríos. Eran terrenos del General Justo José de Urquiza, quien
no tuvo problemas en destinarlos a la colonización.
Estos pioneros valesanos, saboyanos y piamonteses, originariamente destinados
a Corrientes, sufrieron desventuras: “Fueron
ubicados en el Ibicuy, al Sur de la provincia, pero al ver que eran
terrenos inundables e impropios para la agricultura, remontaron el Uruguay
en barcazas y fueron radicados en mejor lugar, o sea, el actual, con
el beneplácito de Urquiza.
Mientras Sourigues trazaba las concesiones, el grupo
recién llegado improvisó viviendas debajo de los árboles mientras que
las mujeres se alojaron en el galpón que Spiro tenía en la costa. Esto
ocurría en julio de 1857, bajo el rigor del invierno”
(16).
Johann Bodemann y su familia emigran desde Valais,
rumbo a Entre Ríos, en 1857. El relata que en el Maasland: “Si
no fuera por el capitán, no hubiéramos tenido nada para comer. Un buen
hombre ese capitán, igual que los marineros. Los alimentos que habíamos
comprado, no llegaron, de tal forma que tuvimos que conformarnos para
el desayuno, de tomar café de malta sin azúcar.
En cuanto al almuerzo, nunca fue bueno: carne salada o jamón también
muy salado, con arroz, habichuelas, papas o arvejas. Para la cena teníamos
que conformarnos con un plato de sopa con arroz. Para el día entero
no teníamos más que una galleta, que no era otra cosa que un pedazo
de pan negro. Este era el modelo de comida que tuvimos a bordo, desde
el principio hasta el fin. En breve, no hemos comido como comíamos en
casa. No había vino. Si queríamos tomarlo, hubiéramos tenido que pagarlo
tres veces su precio. La botella de vino costaba cuatro francos, y la
manteca dos francos la libra. Pueden entender que nos abstuvimos de
comprar con semejantes precios”.
“Nuestro barco era nuevo, flamante, andaba rápido pero era muy
pequeño, de manera que vivíamos muy incómodos. Dormíamos hasta seis
en la misma cama. Claro que las camas eran más grandes que las de casa
y eran empaquetadas en los baúles. Cuando el tiempo era lindo, nos quedábamos
sobre el puente, pero cuando el tiempo era feo, nuestra vida a bordo
se volvía miserable: el olor, el calor, los gritos de los chicos. ¡Qué
música! Muchos lloraban, otros cantaban, otros reían, o se disputaban”.
“Había muchos enfermos. Todo cambiaba cuando mejoraba el tiempo:
se bailaba, se cantaba, se jugaba. El tiempo pasaba pronto. Con nosotros
viajaban jóvenes alegres, quienes cantaban muy bien, más que todo al
anochecer, cuando la luna hermosa alumbraba el mar tranquilo, y la brisa
agradable soplaba del océano. Hemos visto una gran variedad de animales
marinos. A veces bailábamos farándulas dando vueltas por todo el barco.
Hemos pasado así muchas noches sobre el puente, hasta las doce o la
una de la mañana, tan era eso hermoso”.
En plena travesía, una mujer dio a luz. Relata Bodemann:
“Les tengo que indicar que durante el
mareo, la mujer de Heimen, de Niederwal, tuvo familia, una hermosa niña.
No pudimos ayudarla porque todos estábamos enfermos, nadie podía tenerse
parado, y menos, caminar. Fueron los marineros quienes tuvieron que
hacer de partera. El doctor mismo estaba enfermo. Menos mal que todo
pasó pronto. En todo caso, a ese doctor le importaba un comino los pasajeros.
Sin nuestro buen capitán el servicio hubiera sido muy miserable”.
Al pasar la línea del Ecuador –agrega-, los pasajeros debían someterse
a una costumbre marinera: “El trece
de junio habíamos pasado el ecuador, y estábamos del otro lado del hemisferio.
Los marineros hicieron un gran fuego para festejarlo. Al día siguiente
nos hicieron saber que todos debíamos someternos al bautismo de la línea,
como era la costumbre sobre todos los barcos que cruzaban la línea del
ecuador.
Las personas adultas tenían que sentarse sobre una silla, mientras los
marineros llegaban disfrazados: uno como cura con un gran libro en las
manos, otro como peluquero con una navaja de madera, seguido por tres
o cuatro hombres con grandes baldes de agua, y un último con una sábana
mojada que arrollaba de esta manera: el peluquero pintaba de negro el
cuerpo del bautizado y lo rascaba con un cuchillo de madera. De pronto
surgían detrás de él, los hombres con baldes de agua que vaciaban sobre
la cabeza del bautizado. Después el cura inscribía el nombre y el apellido
en el gran libro.
Una vez esto cumplido, el capitán llegaba y le hacía beber aguardiente.
Fue así con cada uno de los hombres, fueran presidentes de la comuna
o simples ciudadanos. Después le tocó el turno a los marineros, y para
terminar, al capitán. Muchos rehusaron este juego, pero fueron más maltratados
que los voluntarios. En cuanto a las personas del sexo femenino se les
pedía solamente descalzarse y mojarse los pies en un balde de agua fría.
A los chicos no se les hizo nada. Después los marineros nos pidieron
la propina, se vistieron con trajes de fiesta y se divirtieron”.
Bodemann relata: “Hemos
pasado la primera noche al aire libre, a pesar del invierno, que es
fácil de soportar. Al segundo día cada familia recibió una pequeña choza
de madera y bambú para protegerse de la lluvia. Todos los días se mata
ganado. La carne es buena. Cada familia recibió también dos libras de
harina y un poco de sal, proveniente de la ciudad. Nos quedamos diez
días al borde del río y esperamos durante seis semanas la distribución
de tierras y nuestra instalación. (...) Hace seis semanas que hemos
entrado en la colonia.
Al principio tuvimos que construir una choza de urgente necesidad para
abrigarnos. La he hecho con agua y tierra de arcilla. Levanté las cuatro
paredes y un techo de bambú, nuevo y sólido. Muchos han construido sus
chozas únicamente con bambú. Después hice el establo para el ganado
y el jardín, revuelto a mano, donde sembré la cebada. Me hice un jardín
de una hectárea aproximadamente. (...) Ahora que hemos sembrado todo,
empezamos a juntar la madera y el bambú para la construcción de una
casita más grande y más linda que la primera, y a la cual dedicaríamos
más tiempo y trabajo”
(17).
Antoine Bonvin, inmigrante valesano llegado en el contingente
anterior, escribe: “Nuestro embarque
ha tenido lugar el 22 de marzo. Desde entonces hemos sido conducidos
por un tal Martín Chafter, hombre de un carácter duro
y cruel, quien nos ha tratado malévolamente durante todo el tiempo de
nuestro viaje; podemos decir que sin la Bondad Divina, habríamos perecido
de miseria. Cuando no permitía que se le escapara una gota de agua para
aliviar a un enfermo, lo consolaba diciendo que en el mundo había bastantes
de ellos; éste era el auxilio que se tenía de él. Fuera de ésto, hemos
hecho una feliz travesía, no hemos sufrido grandes peligros sobre el
mar. Yo he tenido todo el tiempo buena salud. Hemos viajado 74 días
sobre el mar...”.
En Buenos Aires, Bonvin escribe: “Desde
acá, nos han embarcado sobre un vapor para transportarnos al Ibicuy,
sin que nadie haya podido posar sus pies en tierra. Llegamos al tercer
día; se nos desembarcó en una vasta llanura que no tenía más que un
poco de buen terreno; no se veían ahí más que grandes pantanos o bosques,
pero de madera toda espinosa. El agua era mala y llena de toda clase
de insectos; un país muy malsano donde jamás nadie podía prosperar.
Se tenía el peligro de verse devorado por las bestias feroces, tal como
el tigre, los cocodrilos y otros.
Puedo decir que en este momento estábamos todos desesperados de vernos
engañados de esta manera. Reclamábamos inútilmente la promesa que nos
había sido hecha antes de nuestra partida: pero todo eso ya era inútil,
ya no se podía escapar, uno se creía exiliado en esta isla”.
Embarcan por tercera vez. Después de viajar trece días, “Se
nos desembarcó en un bosque donde hemos quedado más de cuarenta días
esperando que se organicen para instalarnos en la colonia: a una legua
del bosque, en uno de los más hermosos lugares que se pueda ver, en
medio de vastas praderas de un admirable verdor con pastos en abundancia,
el suelo fértil y país muy sano...” (18).
Los primeros días de los inmigrantes en esa provincia son evocados por
el francés Alejo Peyret, en 1878: “Hace
veinte años, os encontrábais acampados en la selva que cubría la margen
del Uruguay, en el lugar donde hoy se levanta la villa Colón.
Hacía frío; un sol de invierno calentaba a duras penas vuestros miembros
ateridos, el pampero silbaba en la arboleda y de noche la helada hacía
tiritar hasta las piedras. Nada se había preparado para recibiros. Os
fue necesario tomar vuestras hachas para talar el monte y cortar paja
a fin de prepararos albergue, construir algo parecido a una tienda de
campaña apoyada al tronco de los algarrobos y ñandubays en un recoveco
del terreno. Un hacha y una azada bastan al hombre para domar la naturaleza
y conquistar al mundo.
Y bien. A pesar de aquellos sinsabores, recuerdo que vosotros
estabais contentos y pletóricos de esperanzas. La alegría reinaba soberana
en vuestros vivaques y las canciones resonaban en la espesura del bosque.
Esperábais pacientemente que el agrimensor trazara las ‘concesiones’.
Cuando llegó el momento de instalaros en los terrenos que se os destinaban,
se cargaron en carretas de las estancias vuestros equipajes, se os dejó
en medio del campo, se os dijo: ¡Ya no tengáis cuidado!”
(19).
El español Francisco Izquierdo escribe en 1882: “Los
primeros días que pisamos la playa de Colón formado en ese entonces
por un verdadero bosque salvaje, sin más habitantes que los nativos
de semejantes sitios, sin entrar en los detalles de las especies porque
creemos que el lector se dará cuenta de la clase de habitantes, y puede
imaginarse cuál sería la primera impresión después de un viaje terrible
en el mar, y los trasbordos cuando se navegaba puramente en buques de
vela, teniendo para calmar nuestra primera mala impresión que recurrir
al librito o contrato lleno de ofertas por el General Urquiza, en vista
de los cuales nos resignábamos en parte pues el tiempo pasaba y nos
encontrábamos como tribus salvajes, apiñados bajo los árboles, con nuestros
hijos, sin más techo que el de la naturaleza, y ni una visión de simples
ranchos en una estancia de algunas leguas a nuestro alrededor, teniendo
de voz solo cuando la visita de uno que otro poblador de los alejados
contornos (...) Así pasamos los primeros meses hasta que nos empezaron
a indicar los terrenos limpios donde debíamos edificar nuestras chozas
pues los materiales de construcción nos eran completamente desconocidos
. (...) teníamos que luchar contra elementos formados por la naturaleza,
que son más formidables que los fraguados por el hombre”
(20).
“En 1857, al llegar a nuestro país el
primer grupo de ‘Alemanes del Volga’, fue suscripto, entre
ellos y el Comisario General de Inmigración –Juan Dillon- un convenio
de radicación sumamente alentador, que fue un gran aliciente para la
instalación, en la Argentina, de un gran número de familias de aquellos
agricultores alemanes que, en el siglo XVIII, habían emigrado a Rusia,
asentándose en la cuenca del Volga. El convenio les otorgaba tierras
fiscales (6 millas de campo), manutención por un año, madera para construir
sus casas, arados, bueyes, vacas lecheras y la semilla necesaria. Sin
embargo, no fueron necesarias demasiadas facilidades para que este pueblo
esforzado y emprendedor de empeñosos labriegos, se arraigara definitivamente
en el campo argentino” (21)
“El arribo de la primera columna realmente numerosa de alemanes
del Volga a la provincia entrerriana tuvo lugar (...) entre el 5 y el
6 de enero de 1878. (...) Después del accidentado arribo al puerto de
Buenos Aires, las autoridades permitieron al contingente alojarse en
el Hotel de Inmigrantes donde, de acuerdo a las memorias obtenidas,
fueron muy bien atendidos. (...) A raíz de la demora en la asignación
de los lotes, un grupo de Wiesenseiter –que luego se agruparían
aquí en Valle María- decidió adelantarse a los hechos y, retirándose
del campamento provisorio donde el resto practicaba aún su ‘resistencia
pasiva’, comenzaron a construir viviendas subterráneas con techo
de paja, a la manera de las zimlingas de los tártaros, reiterando la
misma respuesta de sus antepasados en 1763.
Posteriormente, una vez aclimatados, el término siguió siendo, para
los más viejos, sinónimo de tapera –según la denominación criolla-
asimilando las funciones de viviendas provisorias que ambas cumplían.
En ese momento tales construcciones fueron, al mismo tiempo, una manera
de protesta ya que las levantaron en el área que deseaban para su futura
aldea, cuya construcción todavía les era negada por Navarro”
(22).
Relata el pampista Mauricio Chajchir, en sus
memorias: en 1891 “se abrió el comité
del Barón de Hirsch. Fue una salvación para los judíos
y empezó el registro de las familias. Aceptaban solamente familias con
hijos varones. Los que no los tenían, se daban maña. Hacían inscribir
a un soltero como hijo y la cosa marchaba”.
El Galatz, buque de carga de bandera francesa alquilado
por el Barón Hirsch, emprende su viaje hacia la Argentina. El cuarto
día “empezó la tormenta con lluvia huracanada.
El buque se hamacaba cada vez más fuerte. En la bodega el pasaje empezó
a rodar mezclándose con los bultos y fardos. Se levantaban olas de casi
ocho metros de alto que barrían la cubierta y se metían en la bodega,
cubriendo con agua salada a los niños y mayores. (...) De repente llegó
una orden urgiendo a todos los barones a subir a cubierta para rezar.
Rezaron los Teilim (salmos) de memoria, con tanto fervor como nunca
más he visto en mi vida. Entre nosotros venían tres hermanos
Kaplán. El menor de ellos estaba entre los mástiles, seguramente agarrado
para no caerse, y al romperse un palo le pegó en la cabeza y lo mató.
Después de tres días cesó la tormenta y amaneció un día de sol. Salimos
a cubierta a secar las ropas, mientras los marineros barrían y limpiaban
los objetos destrozados”.
Los inmigrantes dejan el Galatz para continuar el viaje
en tren, y luego abordan el Pampa, el cual “llevaba
unas 5 o 6 vacas en cubierta para ser faenadas por el Shoijet y tener
carne kosher cada tanto, pero muchos no la comían pues las ollas eran
treif (impuras)”.
Cuando llegaron fueron alojados en el Hotel de Inmigrantes:
"No sé de dónde surgió la versión que los
cocineros y el personal eran judíos españoles y por consiguiente todo
era kosher. Y ¡ah! Por primera vez durante todo el viaje, todo el pasaje
disfrutó de una buena cena. Al día siguiente una comisión de mujeres
fue a investigar a la cocina para ver si salaban la carne y se encontraron
con una cabeza de cerdo sobre la mesa. Volvieron amargadas y tratando
de vomitar lo que habían comido la noche anterior”.
De Buenos Aires viajaron a Miramar y fueron hospedados en el Hotel Atlántico,
donde permanecieron hasta que se inició el traslado a Entre Ríos. Chajchir
escribe en sus memorias: “Lo que recuerdo
de allí y lo conservo aún hoy día, es el gusto del té recocido y endulzado
con azúcar negra, la que no era refinada y que hoy la llaman azúcar
rubia. Ah! Hasta me parece que siento el gusto y el olor del té recocido
con azúcar negra”.
Recuerda en otro pasaje: “Nos
habían dado matze para cuatro días, por lo que una delegación viajó
a Villaguay y regresó al otro día en el tren con 5 bolsas de harina.
De inmediato, al primer día hábil de la semana de Pésaj, jal-amoed,
o mejor dicho la noche antes, calentaron y amasaron con palos improvisados.
Una espuela de bota que se quitó un peón sirvió para cortar las hojas”.
Cuenta una travesura que hizo con otros compañeros: “Yo
sí que tomé clandestinamente un vaso de leche. Un día nos juntamos tres
muchachos y fuimos por una senda a una casita, de la que habíamos oído
que convidaban con leche a los visitantes. Fuimos repitiendo todo el
camino la palabra leche para no olvidarnos. Llegamos, el más grande
de nosotros dijo –leche-, largaron una carcajada y nos dieron
un vaso de leche a cada uno. Como no sabíamos cómo decir gracias, hicimos
una reverencia en señal de agradecimiento. Y hubo más carcajadas”.
Luego de pasar un tiempo en Miramar, los inmigrantes fueron conducidos
a Entre Ríos: “En 8 carretas tiradas
por tres yuntas de bueyes nos trasladaron a los lotes que después se
llamaron Rosh-Pina. Era un día de mayo, de mucho calor y sofocante.
Se acomodaron a los gringos en las carretas, mujeres, hombres, niños,
cachivaches, leña y además 8 chapas de zinc para cada familia, para
hacer las viviendas, porque en el lugar no había absolutamente nada.
Todos iban arriba en las carretas. (...) No había alambrado alguno.
La primera carreta volteaba los cardos altos que crecen en tierra virgen.
La última ya marchaba por una huella. (...) Se armaron las carpas, una
para cada familia. A eso de la medianoche se largó a llover. Por suerte
no era fría. El temporal siguió como unos ocho días. Cuando paró el
temporal, la JCA mandó maderas de sauce y blanquillo, también paja.
Un capataz con varios peones empezaron a hacer los ranchos.
Las paredes tenían que hacerlas los mismos colonos con adobes o de chorizos
según el gusto. Algunos se ingeniaron para hacer las paredes cortando
directamente de la tierra húmeda y colocándolos con las raíces y pastos
que aún tenían. Y estos transformados en paredes seguían creciendo”
(23).
.....
Así vivieron los pioneros en las provincias. Durmieron a la intemperie,
comieron lo que encontraron, y aún así, prosperaron, valiéndose de su
esfuerzo y su optimsmo ante las circunstancias más duras.
Notas
(16) Vernaz, Celia: La
Colonia San José.
Santa Fe, Colmegna, 1991.
(17) Bodemann, Johann: “Viaje
sobre el mar”, en Vernaz.
(18) Bonvin, Antoine: “En
el Ibicuy”, en Vernaz.
(19) Peyret, Alejo: “Palabras
de Alejo Peyret en el 21° aniversario de la
fundación de la colonia
San José (22 de julio de 1878)”, en Vernaz.
(20) Izquierdo, Francisco: “Los
primeros momentos de los inmigrantes” en Vernaz.
(21) S/F: Para todos los hombres
del mundo que quieran habitar suelo argentino.
Buenos Aires, Clarín.
(22) Weyne; Olga:
El último puerto.
Del Rhin al Volga y del Volga
al Plata. Buenos Aires, Tesis, 1986.
(23) Chajchir, Mauricio: “Viaje
al país de la esperanza. Relato de un viajero del Pampa”,
en La Opinión, Buenos Aires, 8
de agosto de 1976, reproducido en Asociación de
Genealogía Judía de Argentina,
Toldot #8. Noviembre de 1998.
Junio de 2003