Este trabajo se refiere a algunos de los pioneros que llegaron a la
Argentina en la segunda mitad del siglo XIX y se trasladaron hacia las
provincias, donde a veces no encontraron cuanto les habían prometido,
y donde sufrieron el asedio indígena.
“La colonización no siempre
fue orgánica, pues en muchos casos los colonos, por falta de organización,
sufrieron verdaderas penurias, cuando no se habían tomado las medidas
necesarias para recibirlos” (1).
Fuente
textos de investigadores, novelistas y poetas que escribieron sobre
este tema.
En 1844, llegó a la Argentina el danés Juan Fugl,
pionero que se estableció en Tandil cuando los indios asolaban la región.
Él “relató que después del sitio
indígena de Tandil en el mes de noviembre de 1855, ‘Al
fin de cuentas, los soldados que llegaron no habían resultado mucho
mejor que los salvajes, pues en las casas abandonadas que encontraron,
robaron todo lo que pudieron y les fuera útil’. Resultaba
notorio que la Guardia Nacional por lo general llegaba después de que
los indios habían hecho los peores destrozos”.
Señala John Lynch que “Los
pioneros, en muchos casos, fueron los colonos inmigrantes y desde el
comienzo de la década de 1880 la cría de ovejas también llegaría a Tandil.
(...) Los inmigrantes también podían convertirse en víctimas de la especulación
con la tierra; cuando los especuladores compraban tierras a bajo costo
y las vendían a los recién llegados a precios más altos o cuando se
subdividían o arrendaban las grandes propiedades”
(2)
“Baradero se convirtió en asiento de una de las primeras colonias,
fundada por familias suizas, el 4 de febrero de 1856” (3).
El 24 de diciembre de 1877 llegó a Buenos Aires un grupo
de alemanes del Volga, integrado por ocho familias y tres hombres jóvenes.
“De inmediato se lo envió por tren hasta
Azul, punta de rieles en el centro de la provincia. Aparentemente, ésta
era la región que habían preferido, de entre las que les fueron ofrecidas;
aunque no es descartable que hayan sido influidos en su elección por
indicaciones de los funcionarios de gobierno.
Una vez allí recorrieron, en carros tirados por bueyes, 35 km hasta
el arroyo Hinojo a donde llegaron el 5 de enero de 1878. Fundaron de
esta forma lo que la colectividad considera su ‘colonia madre’,
Hinojo, en las afueras de Olavarría. (...) Cuando los colonos llegaron
a Hinojo ya contaban con casillas provisorias instaladas y, cumpliendo
con lo prometido, el gobierno les cedió animales y un arado como así
también medios para su manutención por un año”
(4).
En De aquí hasta el alba,
novela de Zappietro cuya acción transcurre en 1879,
varios inmigrantes comparten con los criollos y los indios un destino
aciago. Hubert Leroy, el cirujano belga, ha debido huir de Francia,
pues durante una operación mató intencionalmente a un
ministro asesino. De Buenos Aires, donde se había establecido,
debe huir también, ya que se ha conocido su pasado y eso sirve
para la extorsión. La opción era partir o morir, y él
escoge marchar hacia el sur.
El flamenco Roger Bary, era “mercader
en aquella esquina del infierno” y entra en tratativas con
los indígenas, aún a costa de la vida de sus hijas, sólo
para salvar el pellejo: “Bary había
negociado con los indios, en especial con Kachipué, cuya
devoción por su hija Paula era conocida en todo el sudoeste;
ese amor animal del bárbaro por la muchacha había dejado
muy buenos beneficios en las arcas del comerciante; ahora, el negocio
tocaba a su fin y debía disponerse a levantar su tienda. Había
exprimido a soldados y paganos, vendiéndoles por igual armas
y municiones. Ginebra y vicios. Y todos los elementos que necesitaba
una tribu en constante movimiento, amenazada por la última campaña
nacional contra las tolderías”.
“Cuando llegó al sur de la enorme
extensión que alguna vez sería la provincia de Buenos Aires, eran pocos
los pioneros que se aventuraban más allá de la precaria línea de fortines.
Llevó allí a sus hijas no para quitarlas del paso del pecado, sino porque
temía quedarse solo y le enamoraban las comodidades que da el dinero.
Bary era un pirata de sí mismo, que moriría el día en que sus hijas
siguiesen a su hombre. Así era de débil quien había cruzado las dos
Américas buscando un rincón bajo el sol, una isla para bien morir”.
Bonhomía y vileza aparecen confrontadas –al
igual que en Leroy y Bary- en otra dupla de inmigrantes. Son
ellos un irlandés, que llegó al desierto en 1866, y el
socio granadino que lo traicionó. La posta en la que vivían
los Bary había sido construida por O’Flaherty, quien
“juraba que Argentina era el país
del futuro. No se equivocó por mucho en cuanto a la tierra; se
equivocó de hombres, pero una lanza araucana había terminado
con él para evitarle la amargura de comprobarlo”.
El granadino le robó el negocio, y quiso robarle también
a su compañera, a la que mató por no aceptar la relación.
Luego, cambió al irlandés por un caballo. O’Flaherty
resistió el asedio de sus “compradores”
durante diez días, “hasta que
se quedó sin municiones. Entonces, fabricó una lanza con
un cuchillo toledano, recuerdo de su ex socio, atándolo fuertemente
al cañón del Sharp”. Así,
mató a los araucanos que quedaban y, cuando se enfrenta al caudillo,
después de haber perdido un brazo, es el granadino quien lo entrega,
pues “El araucano no bajó su brazo armado de
cuchillo; estaba considerando que aquel pelirrojo hombre blanco era
un dios; ni en toda la historia de su nación alguien había
despachado a seis bravos con aquella terrible celeridad”.
El cacique termina con el traidor: “la
gratitud era un sentimiento menor en el indio; la admiración
podía más. Metió su lanza entre las costillas del
español y los enterró a ambos junto a la muchacha de Glasgow.
Desde entonces –era leyenda ya- vagaba sin poder pegar ojo en
torno a la posta, como si quisiera resucitar al hombre que había
liquidado a su brigada”.
El desierto alberga también los restos de un estadounidense:
“Un hombre delgado y macilento que era
ingeniero del ejército, había llegado para estudiar la
posibilidad de trasladar el asiento de las tropas un poco más
hacia el mar. Se había llamado Jewison y era un americano de
Tejas, muy golpeado por la enfermedad que había contraido al
atravesar la Florida. Jewison tenía treinta y cinco años y un
Colt Frontier a la cintura; vestía levitón Príncipe
Alberto y fumaba cigarrillos muy suaves, ambarinos, de Virginia”.
Una noche, “quedó con
los ojos abiertos, mirando el techo de paja trenzada, inmóvil
como una piedra. Había muerto sonriendo, cara a un cielo extraño,
tal vez muy semejante al de las interminables noches de su Tejas natal”.
En esta evocación de los pioneros inmigrantes, debemos
mencionar a "el portugués que
se ofrece como voluntario para defender el fuerte 36 del Ejército
Nacional Argentino. Lucharían doscientos bomberos de lanza contra
veintidós idiotas", en una contienda que tendría
como héroes al capitán Cárdenas, a Paula Bary y
a un indio converso. Era Martins, el portugués, “a
quien las bajamares habían hecho recalar allí, como último
puerto”, un hombre “delgado,
macilento, comido por la malaria”, que tenía
un poderoso motivo para luchar: “-Me
mataron una china en Italó–dijo-. Me dije que iba a arrancarle
las tripas a cien puercos de ésos. Todavía no cumplí”.
Seguramente, le llegó el fin antes de poder concretar su propósito
(5).
La acción de "Los dones del tiempo",
de Rubén Benítez, se desarrolla en Bahía Blanca, en Pelicurá.
El novelista bahiense aporta datos sobre la vida de portugueses, asturianos,
escoceses e ingleses en la provincia de Buenos Aires, a partir de fines
del siglo XIX y hasta nuestros días. La zona de la frontera aparece
en la novela como el escenario de una gesta heroica que tuvo por objeto
expulsar al indígena, cuya crueldad se destaca. Los malones y
sus terribles consecuencias son evocados por Benítez quien, relatando
la historia de la Iglesia del Carmen, pinta un cuadro patético
de esas tenebrosas épocas. El relato dentro del relato aparece
relacionado con la religión y la caridad (6).
“En mayo de 1889, el vapor Leerdam
trajo a los primeros inmigrantes holandeses a la Argentina. En este
barco llegó, a los 10 años, Diego Zijlstra, quien en su libro, Cual
ovejas sin pastor, recuerda su llegada: ‘Desde
el vapor hasta la costa tuvimos que navegar en lancha y carro unos diez
kilómetros soplando un viento de invierno que nos penetraba hasta la
médula de los huesos. Ya estábamos en la tercera semana de junio...
Verano en el hemisferio Norte. Pero invierno aquí... Engarrotados de
frío y medio hambrientos pisamos por fin tierra argentina'. Desde
Buenos Aires, y previo paso por el Hotel de Inmigrantes, un grupo llegó
en tren hasta Tres Arroyos, mientras que otros se instalaron en Cascallares,
en la llamada Colonia del Castillo” (7).
En 1889 arribó el SS City of Dresden, con alrededor de dos mil
pasajeros irlandeses. “The episode was
a total fiasco. When the ship docked, the Hotel de Inmigrantes was full
and the parched, starving passengers were forced to sleep in the open”.
Se dirigieron a Napostá, cerca de Bahía Blanca, desde donde, en 1891,
quinientos veinte colonos regresaron a Buenos Aires, “broken
in spirit, uterly destituted”. Los adultos quedaron librados
a su suerte. Las niñas fueron enviadas al orfanato irlandés y los varones
a la primera Fahy School (8).
Marcos Alpersohn fue pionero en la colonia Mauricio, en la provincia
de Buenos Aires, y primer cronista de un asentamiento judío en la Argentina.
“Dejó escrito su interesante testimonio
sobre la llegada al país, en 1891”, en el que manifiesta:
“el vapor alemán Tioko me trajo a Buenos
Aires de Hamburgo, junto con otros trescientos inmigrantes, después
de una travesía de treinta y dos días. Aún antes de que el barco entrara
en el puerto, al divisar desde lejos la ciudad envuelta por palmeras,
nos sentimos dominados por la alegría. Las madres levantaban en alto
a sus pequeñuelos, diciéndoles jubilosamente: -Miren, chicos; ahí está
el paraíso, la tierra bella y verde que el bondadoso Barón de Hirsch
ha comprado para vosotros” (9).
Días después advertirían que la realidad poco tenía que
ver con sus expectativas.
Notas
(1) S/F: “Las corrientes inmigratorias
en Argentina”,
La aventura de los pioneros.htm, Argentinaexplora.com,
2001.
(2) Lynch, John: Masacre
en las pampas.
La matanza de inmigrantes en Tandil, 1872.
Buenos Aires, Emecé, 2001.
(3) S/F: “Las corrientes
inmigratorias en Argentina”,
La aventura de los pioneros.htm, Argentinaexplora.com,
2001.
(4) Weyne, Olga: El último
puerto.
Del Rhin al Volga y del Volga al Plata. Buenos
Aires, Tesis, 1986.
(5) Zappietro, Eugenio Juan: De
aquí hasta el alba.
Buenos Aires, Hyspamérica, 1987.
(6) Benítez, Rubén: Los
dones del tiempo.
Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano,
1998.
(7) S/F: “Historia
de pioneros”, en Clarín,
Buenos Aires, 2 de febrero de 2002.
(8) Geraghty, Michael John: “Land,
lambs, churches... and schools”,
en Buenos Aires Herald, 15 de septiembre
de 1998.
(9) Alpersohn, Marcos: Memorias
de un colono argentino, en Judaica N° 50.
Tomado de Senkman, Leonardo: La colonización
judía. Buenos Aires, CEAL, 1984.
Junio de 2003