LA INMIGRACIÓN EUROPEA Y SU IMPACTO
SOBRE LA VIDA RELIGIOSA Y PASTORAL SANTAFESINA
Presbítero Edgar Gabriel STOFFEL


Con posterioridad a este enjundioso trabajo que gentilmente nos enviara el autor para su inclusión en nuestro sitio www.pampagringa.com.ar, hecho que nos alaga profundamente, hemos recibido otros no menos valiosos por lo que decidimos agregar aquí el menú de los nuevos envíos que ahora fraccionamos en documentos separados para su mejor acceso y análisis por parte de los estudiosos que sin duda sacarán buen provecho de estas serias investigaciones y completísimos informes.

INTRODUCCION

  Tal vez esta disertación pueda parecer un atrevimiento ya que no provenimos del campo de la Geografía, sino del de la Historia de la Iglesia. Una historia eclesial que, leída desde la Fe y sin descuidar los aspectos que la acreditan como Ciencia, en nuestro caso apunta a la adquisición de una sensibilidad histórica en el campo pastoral.

  La inculturación del Evangelio, en un pueblo, implica de parte del pastor un conocimiento amoroso del mismo, de su evolución, de su cultura, de su geografía.

  Juan Pablo II ha señalado en la “Pastores Dabo Vobis” que “... la teología pastoral o práctica es una reflexión científica sobre la iglesia en su vida diaria, con la fuerza del espíritu, a través de la historia “, “... no es solamente un arte o una técnica, sino que posee una categoría teológica plena ya que “recibe de la Fe los principios y  criterios de la acción pastoral de la Iglesia en la historia” y entre  sus principios y criterios se encuentra el discernimiento evangélico sobre la situación socio cultural (nº  57).

          Y quien esto enseña ha demostrado tener una especial sensibilidad histórico pastoral, lo cual se pone de manifiesto en decenas de homilías, entre las que se destacan las pronunciadas durante sus viajes a su tierra natal y en esta sensibilidad especial, ocupa un lugar fundamental el marco geográfico.

           Así se expresaba con motivo de su visita a Wadowice, a su Parroquia natal: “Sabemos lo importante que son los primeros años de su vida de la infancia, de la adolescencia, para el desarrollo de la personalidad humana del carácter. Precisamente estos años me unen indisolublemente a Wadowice, a la ciudad y a sus alrededores. Al río Skawa, a las cadenas de los Beskidy “.

  En virtud de lo precedente, consideramos que es imposible un estudio correcto de la vivencia religiosa si no tenemos en cuenta el espacio en el que se desarrolla.

   Por esta razón precisábamos en nuestro trabajo “Orientaciones y sugerencias para la investigación sobre las comunidades católicas en pueblos y barrios de la arquidiócesis de Santa Fe de la Vera Cruz y datación de sus orígenes”: “En orden a que la investigación sea fructífera es necesario entonces enmarcar la historia de la comunidad cristiana en el marco social y eclesiástico en que se haya inserta, evitando caer así en ese “parroquialismo” que tanto ha limitado los horizontes de los creyentes.

  Se impone así un estudio de los aspectos geográficos y poblacionales de la comunidad en la cual se ha desarrollado, en orden a descubrir las influencias que la sociedad y el hábitat natural han tenido en la vida parroquial y viceversa.

  En el aspecto histórico es importante determinar la fecha de fundación de la población o datos significativos para la identidad del barrio, las fuerzas sociales que influyeron en dicho proceso y la evolución que siguieron las mismas las instituciones políticas y las asociaciones culturales y sociales.

  Tocante a la geografía se recuerda que, en el caso de las parroquias rurales, tienen su sede en una población de mediana importancia y desde allí se extiende la acción pastoral hacia las colonias vecinas.

  Así será necesario un mapa que incluya la sede parroquial y las colonias o pueblos que de ella dependan; o varios, según las transformaciones que puedan haberse dado (división de parroquia o ampliación de jurisdicción, etc.), los cursos de agua que la surcan, los ferrocarriles y caminos principales y secundarios que la atraviesan, las distancias entre la sede parroquial y las colonias dependientes y la sede parroquial a la sede diocesana, como así también otros lugares ocasionales de culto (capillas particulares, ermitas, etc.).

  En el caso de las urbanas, lo geográfico presenta algunas características peculiares ya que, lo más importante a considerar, no son tanto los accidentes que puedan facilitar o perjudicar la atención pastoral, sino el fenómeno urbanístico. Se impone aquí la elaboración de planos generales de la ciudad en los que se pueda ubicar el sector que se quiere estudiar, como el sector en particular, ya en la evolución que ha tenido internamente, ya en la dependencia respecto a otros sectores más antiguos. Por cierto aquí tampoco deben faltar el trazado de vías férreas y avenidas que muchas veces en vez de comunicar, incomunican a sectores enteros de un mismo barrio, las instituciones sociales que existen y la tipificación sociológica de los diversos sectores poblacionales que se asientan en la jurisdicción parroquial.

  Visto esto es necesario penetrar en los aspectos que hacen a la vida de la parroquia y justifican su existencia como comunidad de fe, culto y caridad y signo de la presencia del Señor y de la Iglesia en la historia de los hombres y de los pueblos”.


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I.               ESPACIOS, PROTAGONISTAS Y ESTRUCTURAS

         El territorio de nuestra provincia, Santa Fe, abarca parte de lo que geográficamente se denomina llanura chaco pampeana. Se trata de una llanura de vastas proporciones, que si bien posee dos denominaciones diferentes, sin embargo no es más que una sola unidad estructural en la que la distinción la producen la variación climática, el tipo de vegetación, los suelos y la especial apropiación que el hombre hace del paisaje.

  Así encontramos con el “Gran Chaco” que comenzaba algunas leguas al norte de la tierra de los Quiloazas, atravesada por el río Salado, brazo San Javier y el Arroyo Rey -entre los más importantes- y en el cual se entremezclan una profusa vegetación arbórea de gran porte y altos pastizales.

  Hacia el sur y hacia el oeste de la actual ciudad de Santa Fe, nos encontramos con la “pampa” o “pampa húmeda”, extensa planicie de clima templado, de buenos pastos y escasos árboles, atravesada por varios ríos y arroyos como el Carcarañá, Ludueña, Pavón y del Medio, entre otros, y es escenario principal del proceso inmigratorio y colonizador.

  Junto a esta somera descripción, no se puede obviar una breve referencia a la región ribereña aquello que, al decir de Felipe Cervera no es llanura ni Chaco, constituida por la zona de islas situadas sobre el Paraná y una pequeña franja de tierra que se conoce como albardón ribereño y que tuvo una importancia fundamental a partir de la ocupación territorial por parte de españoles y criollos entre los siglos XVI y XVIII.

  Al fundarse la colonia “Esperanza” en el año 1856, el gobierno de la provincia de Santa Fe ejercía su dominio sobre menos del 10% de su territorio, en tanto su población no alcanzaba a los 40.000 habitantes.

  Los centros urbanos de cierta importancia se reducían a tres (Santa Fe, Rosario y Coronda), más algunas villas como San José del Rincón, a lo que habría que sumarle las reducciones que comenzaban a restaurarse y se situaban en lo que entonces era la frontera norte de Santa Fe.

  Políticamente la provincia se dividía en cuatro departamentos: Santa Fe o La Capital, Rosario, Coronda y San José y sus habitantes se dedicaban a la ganadería, la función pública, o la milicia. Cuatro décadas después, aquella Santa Fe ya no existía y así en 1895, época del II Censo Nacional de la República Argentina, el gobierno santafesino ejercía un dominio real sobre los 397.188 habitantes. Para entonces, la provincia había sido dividida políticamente en dieciocho departamentos, y sus habitantes estaban distribuidos en 260 centros de población (antiguas ciudades, pueblos, colonias o establecimientos agrícolas), dedicándose en su mayor parte a la agricultura, el comercio o el transporte ferroviario o actividades convexas.


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El fenómeno inmigratorio y la transformación santafesina

  La transformación radical vivida por nuestra provincia implicó un cambio cultural originado, no sólo en las nuevas concepciones políticas y de la organización del trabajo de la clase dirigente, sino en el sujeto humano que llevó adelante dicha transformación: el inmigrante. Como señalaba Florencio Molinas, Comisario de Inmigración, en el año 1898, “... desde que se inició la verdadera corriente inmigratoria a la República, Santa Fe ha sido siempre el punto de mayor atracción para esa corriente... ”

  Tímida en sus comienzos y en el marco de la denominada colonización oficial o artificial, a partir de 1870, como inmigración espontánea, se volverá imparable, y así miles de extranjeros se desparramarán sobre toda la provincia ocupando los campos desiertos o afincándose en los pequeños centros de población, los cuales en 1872 llegaban a 72 y en 1887 superaban los 190. Numerosos en proporción los suizos, al comienzo del proceso inmigratorio irán cediendo su lugar a los italianos y a los españoles. Para el año 1887, los extranjeros alcanzan el 38,2 % de la población de la provincia, siendo mayoría entre ellos los italianos, consignando al respecto Gabriel Carrasco: “La inmigración italiana predomina de un modo extraordinario, formando por sí sola el 70% del total, y siguen en orden decreciente los franceses, españoles, suizos y alemanes.” La mayoría de estos inmigrantes darán origen a decenas de colonias en diversos puntos de la provincia, como Cavour (1860), Las Tunas (1865), Frank (1867), Matilde (1874), Santa Teresa (1875), al igual que Nuevo Torino y Susana (1881), Saguier (1889), Rey Humberto y Reina Margarita (1884) y Avellaneda (1879), por no citar sino algunas. No pocos inmigrantes de origen italiano, como así también de origen español, se afincarán en los centros urbanos, especialmente en Rosario, donde darán una fisonomía particular a la ciudad del sur.

  La presencia de tan numerosas gentes, que en el año 1895 llegan a 166.487, frente a 230.701 de origen argentino, aunque a éstos habría que restarles los hijos de inmigrantes, quienes en la primera generación no se distinguen para nada de sus padres, originará el surgimiento de centenares de los pueblos, como de la noche a la mañana.

  En el año 1887 señalaba Gabriel Carrasco: “¿Cómo se han formado esos 90 pueblos? ¿Y cómo es que en este plano (señalando el de Santa Fe de 1886) cuya fecha es moderna, faltan sin embargo 15 ó 20 pueblos que ya existen? ” [...] “Se han formado de una manera muy sencilla.” “Un día señores, se anuncia, por ejemplo que el ferrocarril de Rosario a Sunchales va a pasar por tal o cual punto; el dueño de aquel terreno empieza por declarar colonia el sitio o paraje donde pone una fonda, que ha de proveer alimento a los trabajadores.” “Inmediatamente la noticia circula.” “Todos los colonos de los alrededores empiezan a llevar allí sus trigos, sus cereales de todo género.” “Se forma ya un pequeño núcleo; al poco tiempo llega el herrero infaltable  porque tiene trabajo; llega el carpintero que va a hacer las puertas de las casas, y llegan cientos de hombres que empiezan a cavar la tierra y pisarla para hacer ladrillos”. ”A la primera población, que es de carpas, sucede la segunda, que es de hornos de ladrillos, llegan carros con madera, si no hay allí cerca, y con zinc; se levantan sobre cuatro postes las chapas de zinc, y ya están las casas donde se ponen los primeros establecimientos mercantiles.” “Quien quince días antes hubiera pasado por aquel territorio, se encontraría asombrado al ver una población formada...”.

  Hasta el año 1887, este proceso será desordenado y dejado en manos de los particulares, limitándose el Gobierno a aprobar el trazado del pueblo o colonia, pero a partir de ese momento se legisla que los fundadores de la colonia, si quieren ser exceptuados de la contribución directa, deben entre otros, “... destinar en cada centro de la población los terrenos necesarios a juicio del poder Ejecutivo para templo, escuela, juzgado de paz, hospitales, lazaretos y plazas públicas”.

Situación de la Iglesia en Santa Fe en la segunda mitad del siglo XIX.

  Al comenzar el proceso de colonización, la provincia de Santa Fe dependía eclesiásticamente del Obispado de Buenos Aires, circunscripción que se encontraba en estado calamitoso, lo cual se agravaba por las largas distancias que separaban a la sede episcopal de los curatos y a éstos entre sí.

  Para esta época, Santa Fe contaba con tres parroquias, erigidas durante el período hispánico, siendo la más antigua la de Santa Fe (1573), siguiéndole Rosario (1730) y la de Coronda (1749), que era la más reciente. De este modo, a fines del siglo XVIII, habían quedado delineadas las jurisdicciones parroquiales de Santa Fe, las que a pesar de algunos intentos de erigir curatos en diversas épocas y puntos de la provincia, se mantendrían inalterables hasta el año 1858.

  En el año 1856, el entonces delegado eclesiástico de la provincia de Santa Fe, Pbro. José María Gelabert y Crespo, después de haber recorrido parte del curato de Rosario, se dirige al gobierno de Santa Fe para solicitar la construcción de dos templo y su provisión con sacerdotes “... que las administren, autorizados plenamente para ejercer las funciones de Cura, cual si invistiesen el carácter de tales...”. Los lugares más adecuados o necesarios para estas erecciones serían Cerillos, San José de la Esquina y Pueblo San Lorenzo. Y en nota similar del año siguiente señala como lugares factibles de nuevo la Esquina, agregando Puerto Piedras, que funcionarían como parroquias.

  En el año 1858, Mons. Marino Marini, delegado apostólico, expide un decreto por el cual se declara constituido el Vicariato Apostólico Paranaense que, junto con Entre Ríos y Corrientes, integrará Santa Fe; y al año siguiente, el Papa Pío IX expide la “Vel a Primis”, bula por la cual el vicariato es erigido en diócesis del Litoral. Poco después de la creación del Vicariato Apostólico, el gobierno provincial, a cargo del brigadier Juan Pablo López, comunica a Mons. Vidal “... el vivo interés de los vecinos o habitantes de las villas de San Lorenzo y de la Constitución (Las Piedras) de que ambos distritos se desmembren del Curato de la ciudad de Rosario a que pertenecen y se erijan en curatos separados haciendo tres del uno que los reúne”.

  El vicario apostólico accede a este pedido, erigiendo ambos curatos, los que tendrán como límites en el caso de San Lorenzo, al norte el río Carcarañá, al sur el arroyo Ludueña, al este el río Paraná y al oeste la provincia de Córdoba; en tanto el de Villa Constitución por el Norte, al arroyo Pavón, por el este, al río Paraná, y por el sur, el arroyo del Medio, o como señala el periódico “La Confederación”: “...toda la parte poblada entre los Arroyos del Medio y Pavón ”.

  Junto a estas parroquias existían algunas reducciones indígenas, que tras un período de decadencia, debido a la expulsión de los jesuitas primero y a las guerras de la independencia luego, habían comenzado a restaurarse al mismo tiempo que se creaban otras nuevas. De estas reducciones, la que tendrá un rol protagónico en la atención pastoral de los inmigrantes será la de San Jerónimo del Sauce, fundada en 1824 durante la gestión del brigadier Estanislao López y puesta al cuidado de los  padres franciscanos del convento de San Carlos en San Lorenzo. Décadas más tarde, se agregarán a esta labor, aunque no era su función específica, las situadas en el Chaco santafesino.

  Finalmente, no puede dejarse de hacer referencia al citado convento de San Carlos en San Lorenzo, cuyos frailes recorrían toda la provincia supliendo a los curas o administrando los sacramentos para los que estaban  autorizados.

  En nota al ministro general de la provincia de Santa Fe, Dr. Juan F Seguí, el padre Guardián manifiesta en 1857 que solo podrá enviar un sacerdote a la Esquina “... porque siendo tanta la necesidad de sacerdotes en toda la provincia, y tan repetidas las peticiones para varios puntos de ella, no se pueden ocupar dos en un solo lugar quedando otros en absoluto desamparo”. Asimismo, señala que si quedan pocos frailes en el convento “... es cosa imposible poder dar cumplimiento a las confesiones, por concurrir aquí en tiempo de Semana Santa más gente a confesarse que en toda la provincia junta”. Concluye el Padre Guardián sosteniendo que lo indicado respecto a San José de la Esquina “... lo cree extensivo a los demás puntos de esta provincia no menos que a este colegio de donde se atiende a todas partes, y con preferencia a las confesiones de campo que son tan frecuentes ”.

  A pesar de los cambios producidos en la estructura demográfica y poblacional a la que hemos hecho referencia y de que se erijan decenas de centros de culto y capellanías, de lo que ya hablaremos, las jurisdicciones parroquiales permanecerán inalterables.

  Recién en al año1887, Mons. Gelabert y Crespo erige una nueva parroquia, la de Santo Tomé, en el antiguo “Paso” que permitía el ingreso a la capital provincial. El obispo, que se sentía profundamente ligado a esta villa y en la cual pasará los últimos días de su existencia, le adjudicará una jurisdicción que por el sur llegaba hasta el Arroyo de los Padres.

  En el año 1888, en Rosario, que para entonces superaba los 50.000 habitantes por el flujo de extranjeros, Mons. Gelabert y Crespo erige la parroquia de Santa Rosa, sobre la base de la capilla que desde 1863 atendían los padres franciscanos de San Lorenzo en los extramuros de la ciudad, la que a partir de entonces quedará a cargo del clero secular.

  Al año siguiente, por similares razones es erigida la parroquia del Carmen en la ciudad de Santa Fe, cuyo primer párroco fue el Pbro. Gregorio Romero y tenía jurisdicción sobre la zona norte de la ciudad, hasta las actuales Guadalupe y Recreo, y se la consideraba parroquia de los “gringos”. Esta será la última parroquia erigida por Mons. Gelabert y Crespo, a pesar de que en el año 1888 era consciente de que el crecimiento de la población exigía nuevas parroquias, al punto de escribir al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública de la Nación que “... el rápido movimiento de la población de estas provincias(...) reclama continuamente la división de las antiguas parroquias, ya demasiado pobladas, y la erección de nuevos curatos”. En la zona de colonias no se erigió ninguna parroquia a pesar de la confusión que existe al respecto, aunque en algunos sitios como Rafaela, Cañada de Gómez o Pilar, se consideraba que poseían dicho rango.

  Al respecto informaba el capellán, Pbro. Gabriel Gardois, a una consulta que en 1898 realiza la nueva Curia de Santa Fe, donde a nuestro juicio se despeja toda duda en cuanto a la creación de parroquias en el interior provincial: “Aunque no lo hayan escrito, supongo que Pilar es, como las demás colonias, Capilla independiente de toda parroquia, si bien el primer Libro del Bautismo y el sello de dogma dice: parroquiales (creo erróneamente), lo positivo es que no hay constancia de que pertenezca a  parroquia alguna ”.

  Hecha esta salvedad, debemos señalar que desde estos curatos se intentará llevar adelante la atención espiritual de los nuevos centros de población, destacándose en este esfuerzo las parroquias de Rosario, Coronda y San Lorenzo, peor al correr los años y afianzarse dichos centros, pasarán  a constituirse en capellanías junto a otras que surgirán al margen de las antiguas estructuras eclesiásticas, como sucedió en la región oeste (Departamento Castellanos, San Martín, Belgrano y San Cristóbal).


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 Una nueva sociedad

  El censo de 1895 nos muestra una provincia en la cual, a la par que se han ocupado la mayoría de las tierras cultivables, se consolida la tendencia a la urbanización. Las cifras al respecto son elocuentes:

Población total

Población urbana

Población rural

397.118 habitantes

196.269 habitantes

200.919 habitantes

  Por cierto, que la población urbana tiende a concentrarse en los dos centros importantes, que son Santa Fe y Rosario, alcanzando esta última una densidad de 58 habitantes por Km2, aunque paralelamente crecen otras poblaciones, algunas de las que figuraban en el censo de 1887 y que ahora, por su ubicación estratégica, han desplazado a pueblos tradicionales o colonias más antiguas, como se puede observar en el siguiente cuadro:

Año 1887

Año 1895

Pueblo o colonia

Hab.

Pueblo o colonia

Hab.

Esperanza

2.652

Casilda

4.241

Cañada de Gómez

2.365

Cañada de Gómez

3.786

Coronda

2.255

Esperanza

2.649

San Lorenzo

1.852

Rafaela

2.208

Casilda

1.745

Gálvez

1.957

San Carlos

1.908

Reconquista

1.906

Reconquista

1.499

San Lorenzo

1.906

Villa Ocampo

1.457

Villa Constitución

1.843

Carcarañá

1.081

Coronda

1.743

Helvecia

1.072

San Carlos

1.657

Jesús María(Timbúes)

980

Jobson(Vera)

1.140

San José de la Esquina

925

Las Rosas

1.094

  El próximo cuadro, que transcribimos del censo de 1895,  permite apreciar la distribución de la población urbana y rural en cada departamento, pudiéndose notar en algunos como Las Colonias, Castellanos, Gral. López, que tienen una población que supera los 2.000 habitantes, pero con mayoría rural; Rosario y La Capital son los más poblados con mayoría urbana y otros, como Vera y San Javier, con baja población, o Reconquista, que entonces tenía una densidad de 0,9 habitantes por km2.

Departamento

Población

Urbana

Rural

Total

Belgrano

3.052

6.541

9.593

Caseros

7.689

8.679

16.368

Castellanos

8.596

21.194

29.790

Las Colonias

10.514

24.023

34.573

Constitución

3.947

12.665

16.369

Garay

2.410

5.524

7.934

Iriondo

6.172

9.510

15.682

Gral. López

5.854

14.780

20.634

Reconquista

3.553

8.675

1.228

Rosario

94.025

13.934

107.959

San Cristóbal

3.888

8.374

12.262

San Gerónimo

7.460

14.176

21.636

San Javier

1.878

3.381

5.259

San Justo

1.118

7.853

8.971

San Lorenzo

6.400

8.771

15.171

San Martín

2.591

17.586

20.177

La Capital

24.755

10.661

35.416

Vera

2.340

4.592

6.932

  En al ámbito rural se desarrollaban con mayor o menor éxito más de dos centenares de colonias, campos colonizados y establecimientos agrícolo-ganaderos que habían transformado a nuestra provincia en una de las más importantes productoras de cereales, pasturas y ganados.

  Ligados a la explotación triguera, existían más de 70 molinos harineros que molían miles de toneladas semanalmente y brindaban trabajo a los vecinos de las pequeñas poblaciones que comenzaban a afianzarse. La explotación forestal, que estaba en sus inicios y se basaba fundamentalmente en el quebracho colorado, ocupaba a unos 5.000 trabajadores distribuidos en unos 160 obrajes.

  Las industrias, radicadas especialmente en Rosario, alcanzaban el número de 2.678 establecimientos, con unos 16.000 operarios, muchos de los cuales vivían en condiciones deplorables y daban origen a la llamada “cuestión obrera”.

  Hacia el año 1900, el panorama santafesino no distaba demasiado de lo anterior y seguía su firme crecimiento, aunque algunas pequeñas colonias ya comenzaban su declinación definitiva.

  Recorriendo los departamentos, se puede apreciar realidades disímiles, algunas coyunturales y otras que los determinan para siempre. En el caso de Las Colonias, su población se calcula en 40.000 habitantes, destacándose la ciudad de Esperanza como cabecera, con 8.000 y algunas industrias que responden a las necesidades de la zona. En importancia sigue San Carlos, con sus tres centros de población que albergan unos 5.000 y Pilar con 2.300 y el ferrocarril que la une a Córdoba y Rafaela. Humboldt y San Jerónimo Norte se aproximan a los 1.500 habitantes y el resto de las colonias no superan los 600. El departamento San Justo tiene para esa época un solo centro de importancia que es la capital del mismo, con 1.000. La población se aproxima a los 10.000 habitantes, distribuida en pueblos de poca importancia, colonias y establecimientos rurales, y dedicada fundamentalmente a la ganadería ya que la agricultura pasa por momentos difíciles. Garay, sobre la costa, alcanza a los 8.800, con una agricultura de poca importancia y carente del ferrocarril que atraviesa el anterior. Su comunicación es por el río y su capital- Santa Rosa- ha abandonado todo vestigio de ranchada y, en su lugar, se han construido edificios de buen porte.

  Hacia el norte, San Javier ha crecido poco (6.000 habitantes) debido a la escasa inmigración. La sede departamental tiene 1.200. También este departamento carece de ferrocarril, la agricultura es pobre y la riqueza se asienta en la ganadería desarrollada en las grandes estancias. Distinto es el caso de Reconquista, donde la población ronda los 15.000 habitantes, aumentada por la presencia de extranjeros y de correntinos que vienen a trabajar a los obrajes. El ferrocarril permite la comunicación entre los pueblos y la salida de la producción de los ingenios azucareros. También en esta zona es importante la explotación ganadera.

  En lo que toca a Vera, el aumento de  la población se ve favorecida por la presencia de hacheros correntinos. Calchaquí cobra importancia y hacia el norte se desarrollará la Forestal, que ocupará un vasto territorio, al que ordenará urbanística y laboralmente según sus propios criterios. La explotación forestal será el centro de la actividad económica de este departamento. San Cristóbal, que hasta 1890 es prácticamente un desierto, cuenta una década después con 14000 habitantes, siendo importante para el desarrollo del mismo la presencia del ferrocarril aunque buena parte de la población se dedicará a la agricultura y a la ganadería. Castellanos asciende a los 35.000 habitantes debido a la atracción que ejercen algunos de sus centros, como por ejemplo Rafaela, que tiene 4.000 y se ha visto favorecida por la existencia de tres líneas férreas y numerosas casa de comercio e industrias.

  Le siguen en importancia Sunchales, con 1.000 habitantes, y luego Vila, Humberto I, Lehmann, Susana y Esmeralda (entre 900 y 600). Otras poblaciones como Clucellas, María Juana, Santa Clara de Saguier y Zenón Pereyra, no superan los 600. En algunas zonas rurales dedicadas fundamentalmente a la agricultura, la población alcanza los 2000 habitantes.

  El departamento San Martín alcanza los 23.000 y comparte características similares con el anterior, aunque sus centros importantes no alcanzan la magnitud de aquellos. San Lorenzo tiene por aquel entonces 19.000, y su capital, 2.500. El resto se distribuye en varios pueblos importantes y ocho colonias, en tanto que, su vecino Iriondo llega a los 18.000. Belgrano cuenta con 12.000, su centro principal es Las Rosas y la población se distribuye en unas 12 colonias. Por su parte, su vecino Caseros tiene 19.000 habitantes distribuidos en 23 colonias.

  En el sur provincial, Constitución no posee un gran desarrollo, llegando a los 18.000 habitantes y con solo tres centros importantes(Villa Constitución, Máximo Paz y Alcorta, éstos dos últimos de formación tardía) y su población dedicada a la ganadería. General López posee 24.000 y unas 30 colonias, aunque una buena parte de sus pobladores trabajan en las grandes estancias de la zona.

  La población rural, dedicada a la agricultura y a la ganadería, estaba asentada en chacras que poseían las siguientes dimensiones:

Número de chacras

Hectáreas

1.086

1 a 25

1.541

26 a 50

2.410

51 a 75

1.688

76 a 100

1.751

151 a 200

952

201 a 250

308

351 a 300

284

301 a 400

73

401 a 500

46

501 a 1.000

3

+ de 1.000


elemento que nos que permite palpar el dinamismo de la época que está dado,  a nuestro juicio, por el movimiento ferrroviario, tal como podemos apreciar a continuación  sobre la base de datos correspondientes la primer semestre de 1900.  

Ferrocarril

Pasajes

       Encomiendas (kg)

      Mercaderías (kg)

Cía.      Francesa de Sta. Fe

182.970

468.000

436.900.000

            FFCC. Bs. As. y Rosario

1.496.432

4.201.820

6.492.717.710

            FFCC. Oeste Santafesino

64.379

410.865

175.866.610

            FFCC. Gran Sud Sta.Fe-Cba

65.533

556.200

204.418.320

            FFCC. Argentino

     

            FFCC. Central Argentino

1.775.924

5.812.940

96.322.900

            FFCC. Córdoba y Rosario

38.017

292.120

225.532.770

  Poco más de un lustro después, la provincia continuaba su crecimiento poblacional, registrándose en 1907, 747.000 habitantes y al año siguiente 800.350.

  Sobre 13.000.000 de hectáreas útiles, se dedicaban 3.800.000 a la agricultura, y en ese mismo año habían ingresado 27.000 inmigrantes, muchos de los cuales se dirigían hacia zonas rurales.

  Manuel Chueco señalaba que para esta época, en la ciudad de Santa Fe tanto el gobierno como los habitantes, “… se han ocupado afanosamente en convertirla en una ciudad moderna, quitándole el aspecto colonial que hasta la última década del siglo pasado presentaba”. En el caso de Rosario, sus progresos podían equipararse al de las grandes urbes europeas, destacándose la magnificencia de sus edificios públicos y privados, la pavimentación de sus calles y la higiene. El autor citado la califica de “…gran emporio de actividad, de riqueza, y de cultura, por la magnificencia de sus edificios, por el movimiento comercial y bancario es la segunda ciudad y el segundo puerto de la República Argentina”.

  Un informe del año 1907 resalta un aspecto que los panegiristas del progreso y de la grandeza de nuestra provincia prefieren ignorar, pero que importa mucho para nuestro trabajo: Santa Fe y Rosario, contrariamente a sus dos hermosísimos nombres que llevan, son dos ciudades las peores de la República Argentina después de Buenos Aires. Ellas son el centro de la inmigración, especialmente italiana. Allí, en Rosario predominan elementos sectarios, socialistas revolucionarios, anárquicos.

  Sobre los últimos tiempos del período estudiado, la provincia presentaba el siguiente panorama. Rosario continuaba su preponderancia, dándose un fuerte desarrollo de los barrios y grandes mejoras como la pavimentación de las calles, y servicio eléctrico en 983  manzanas. En lo tocante a la población, todavía se daba una alta presencia de extranjeros: 46%, y dentro de ellos un alto porcentaje de analfabetos. Existían 18.000 propietarios y 500 vecinos que habitaban hacinados en conventillos y hoteles de baja categoría.

  Referente a la actividad laboral de sus habitantes, el 14,1 % de la llamada población económicamente activa trabajaba en el ferrocarril, el 10,6 % en la actividad comercial y el 10,2% en servicios varios. Para la atención de los problemas sanitarios, existían cinco hospitales y una Asistencia Pública por la cual pasaban unas 65.000 personas. También funcionaban 18 establecimientos de caridad y 36 entidades de socorros mutuos, de los cuales 12 eran argentinos y 14 eran extranjeros, lo que se explica por la diversidad de orígenes y colectividades.

  Santa Fe, con su rol de ciudad gubernamental, y con una población dedicada mayoritariamente a la actividad pública, le confiere a la misma rasgos muy particulares. El escritor Enrique Banchs, que la visita en 1910, deja algunas apreciaciones críticas pero que reflejan dicha mentalidad: … tiene este pueblo el ansia de la fortuna rápida, y como no existen industrias, ni artes en él, el ansia es mal sana. […] Estamos a días de recambio de gobierno y la ciudad presenta un movimiento inusitado y una efervescencia general […]. Se trata de rendir la pleitesía de práctica y de asegurar el puesto. […] Es de advertir que la ciudad se integra  en dos modalidades definidas con bastante certeza: el barrio norte y el barrio sur. Las localidades más importantes  del interior provincial arrojan las siguientes cifras de habitantes:

Localidades

Habitantes

Localidades

Habitantes

Reconquista

4.500

Esperanza

8.000

San Cristóbal

4.000

Rafaela

5.800

Las Rosas

11.000

Cañada de Gómez

7.500

Casilda

11.000

Villa Constitución

6.000

Arroyo Seco

5.000

Rufino

4.500

Firmat

4.550

Gálvez

4.500

Irigoyen

1.550

   

           En cuanto a la actividad económica, todavía tiene preeminencia la agricultura, siendo Santa Fe la más subdividida en medianos y pequeños productores.

  El cultivo de trigo, fundamentalmente en la zona central, ocupa 1.324.459 hectáreas; el maíz en la zona sur, 888.430, el lino en el norte 649.327, y la alfalfa en el oeste, 830.689. A la ganadería se dedican aproximadamente 5.000.000 de hectáreas, predominando el ganado vacuno, la caña de azúcar se desarrolla en la zona norte, mientras que unos 3.000.000 de hectáreas de bosques se destinan a la explotación forestal.

  En el ámbito industrial, está tomando cuerpo la industria lechera ligada todavía al proceso de autoabastecimiento, y existen unas veinte fábricas de manteca y queso, como contrapartida, se observa la decadencia de los molinos harineros, que han pasado de 72 en 1895 a solamente 42, crece la industria azucarera y aceitera y la estrella de la Forestal, que abarca entre 500 y 600 leguas de superficie destinadas a la explotación del quebracho y a la industria taninera.


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Los desafíos que plantea la religiosidad de los inmigrantes

  El fenómeno inmigratorio planteará una serie de desafíos en el aspecto religioso, la mayoría de los cuales deberá ser resuelto por la iglesia católica, ya que las comunidades protestantes carecían de historia en la religión y estaban demasiado ligadas a la nacionalidad de origen, además de ser poca numerosa, comparativamente hablando, la nueva población que profesaba esas confesiones.

  Menor incidencia todavía tuvo la población de origen hebreo que concentró sus asentamientos en la zona de Moisés Ville donde construyó su propio hábitat cultural-religioso. En el caso concreto de la Iglesia Católica, significa lo siguiente:

  a)     La presencia de una masa inmigrante en su mayoría católica requería de templos para sus prácticas cultuales, especialmente la dominical y sacerdotes que los atendieran.

  b)        La existencia de otras confesiones, implicó la búsqueda de nuevas formas de relación.

  c)      La llegada de elementos anticlericales o irreligiosos entre los inmigrantes que se establecían por lo general en los centros urbanos introducía una cuestión hasta entonces desconocida.

   d)      El hecho de que los inmigrantes accedieran a la tierra, se estableciera en la misma y formaran familias, implica la necesidad de renovar las estructuras pastorales, en el contexto de una iglesia pobre en recursos y ministros, y hasta cierto punto aletargada.


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II. DE QUÉ MANERA EL CATOLICISMO RESPONDIÓ A LOS DESAFÍOS

         Una primera respuesta tuvo que darse en el plano de las estructuras pastorales, con cierta provisoriedad hasta 1898 y de manera definitiva a partir de entonces.

 Las capellanías. Una solución provisoria

         El crecimiento de la población y la estabilización de los numerosos pueblos y colonias y a la par la construcción de iglesias o capillas por parte de los vecinos en dichos asentamientos, fueron generando en los mismos pobladores el deseo de una atención más particularizada.

         Esto que hemos denominado “el clamor de los pueblos”, era imposible de corresponder desde los antiguos curatos en que estaba dividida la Provincia de Santa Fe.

         La dinámica social y económica que vivía la región requería, en vistas al cuidado pastoral, una división de las viejas jurisdicciones y la consecuente creación de viceparroquias, lo cual no se llevaría a cabo, como ya hemos señalado, hasta el episcopado de Monseñor Juan A. Boneo.

         Mons. José María Gelabert y Crespo, en una praxis que se repite en Entre Ríos, creará en lugar de parroquias, capellanías, que no son sino “iglesias no parroquiales”.

         El papel asignado por el obispo del Paraná a estas capellanías supera con creces lo que la legislación canónica de aquel tiempo permitía, ya que si bien debían guardarse de hacer la menor cosa contraria a los derechos parroquiales, en la práctica funcionaban como si fuesen parroquias, ya que los capellanes por lo general se comunicaban directamente con el Obispo, obviando al párroco, llevaban registros propios de los sacramentos administrados y usufructuaban de los beneficios que éstas producían.

         Esta situación motivará protestas de parte del mismo gobierno nacional, que considera que la provisión de los curatos no se realiza de acuerdo con el Patronato Nacional, e incluso de algunos párrocos afectados en sus derechos, como el de Coronda, quien propone un “Proyecto de reforma sobre jurisdicción parroquial de la Iglesia de San Jerónimo de Coronda”, destinado a reordenar la acción pastoral y clarificar los derechos y deberes de los ministros sagrados, lo cual se lo considera de suma necesidad “… tanto en razón de la pobreza de esta parroquia, como para evitar los atropellos y nulidades que con más o menos frecuencia se están cometiendo por los señores capellanes de las capillas del Departamento”.

La explicación de este particular funcionamiento, a nuestro juicio, está dada por la imposibilidad de parte del Obispo de llenar los requisitos impuestos por el Patronato Nacional y debido a la escasez de clero propio o “nacional”, que lo llevaba a aceptar sacerdotes europeos, los cuales muchas veces carecían de la idoneidad suficiente y que gracias a esta figura canónica podían ser removidos fácilmente, procedimiento que no era posible en el caso de los párrocos.

         Un convenio firmado entre Mons. Gelabert y Crespo y el gobierno entrerriano, si bien no obliga a la provincia de Santa Fe y nada hay similar, nos aproxima al espíritu del Obispo en materia tan delicada. Así, en el Artículo 1° señala que “… los curatos serán servidos por curas interinos que no tendrán otro derecho a la posesión de sus curatos que el que pueda darles su buena conducta y el fiel desempeño de sus deberes parroquiales”; y en el 3° sobre las remociones, “… cuando el gobierno lo pida por graves causas que tenga para ello o cuando el Prelado por causas graves también crea deberlo hacer”.

         Una solución parecida había ofrecido el mismo Gelabert y Crespo siendo delegado eclesiástico de Santa Fe en 1857, cuando proponía al gobierno provincial establecer “… por ahora dos viceparroquias y proveerlas inmediatamente de sacerdotes que las administren autorizados plenamente para ejercer las funciones de curas como si invistiesen el carácter de tales y cuidándoles como medios para su subsistencia todos los emolumentos parroquiales de sus respectivos distritos”.

Ya en el año 1860, el primer obispo de Paraná, Mons. Segura y Cubas, había propuesto algo similar al Pbro. José de Amenábar, cura de Santa Fe, respecto a la colonia Esperanza que estaba bajo su jurisdicción, a quien le solicita que realice “… un traspaso de la plenitud de sus cuidados y derechos sobre esos individuos” de la colonia, a quien deben “… extenderle los títulos necesarios (como teniente cura) para la buena administración de esa parte de la feligresía”.

También José V. de Lynch, en representación del delegado apostólico en el año 1881, autoriza al guardián de los franciscanos “… para que como si fuese vicepárroco de la colonia Avellaneda, pueda casar, bautizar solemnemente y ejercer todas las facultades de cura y vicario propio, que son las necesarias para que esos pobres colonos glorifiquen a Dios y salven sus almas”.

          Además, le solicita “… que recogiendo la limosna que sea posible entre los colonos la destine para comprar libros parroquiales en que se ande asentando las partidas de los que se casen, oleen, mueran y los demás que se crea necesario a su vez, cuidando el archivo eclesiástico en la mejor prolijidad”.

La acción pastoral de Mons. Gelabert y Crespo, en orden a la atención espiritual, fue titánica, y en la medida de sus posibilidades y un realista sentido pastoral fue respondiendo a las solicitudes de los colonos, primero ordenando su atención desde las parroquias existentes, como ya hemos visto, y luego, a medida que dichas comunidades progresaban, creando las respectivas capellanías.

Hasta el año 1880, la erección de las citadas capellanías fue más bien lenta, pero a partir de entonces adquirió un dinamismo asombroso, tal como se observa a continuación:

-       1860: Esperanza;

-       1862: San Carlos;

-       1865: San Jerónimo Norte;

-       1870: Cayastá;

-       1879: San Agustín;

-       1881: Jesús María (Timbúes), Pilar;

-       1885: Providencia, Irigoyen, Cayastacito;

-       1886: Candelaria (Casilda), Gessler, Progreso;

-       1887: Lehmann, Felicia, Rafaela, Cañada de Gómez, Emilia, San Vicente, Susana, Hernandarias (de Entre Ríos, con jurisdicción sobre colonias santafesinas);

-       1888: Estación Gálvez y Colonia Margarita (Gálvez), San Genaro, Franck, Santa Teresa, Bustinza;

-       1889: Helvecia, Montes de Oca, San Martín de las Escobas, Enrique Sánchez, Clucellas, Sastre y Ortiz, Venado Tuerto;

-       1890: Carmen del Sauce, Sarmiento, Ataliva, Villa Gobernador Gálvez, Humboldt;

-       1891: San Carlos Norte, Santa Clara de Saguier, Humberto I, Sunchales, San José de la Esquina, Serodino;

-       1892: Estación Díaz, Vila, San Justo, Constanza, Jacinto Aráuz, Cavour, Santa Clara de Buena Vista;

-       1893: San Jorge, Armstrong, Saguier, Grutly, Llambi Campbell, Carlos Pellegrini, María Juana, Colonia Margarita, El Trébol, Las Rosas, Angeloni;

-       1894: Arroyo Seco, Chabás, Gaboto, Saa Pereyra, Máximo Paz, Teodelina;

-       1895: Presidente Roca, Colonia Ancalú, Colonia Belgrano, Carcarañá, Casas, Crispi.

Los capellanes además de atender sus lugares de residencia, extendían su acción pastoral a las colonias vecinas que iban surgiendo, como sucedía con el de Cayastá, a quien a partir del año 1879 se le encomienda la atención de las colonias Helvecia y las demás establecidas sobre el río Paraná al norte de la provincia de Santa Fe (California y Francesa).

En el caso de Esperanza, ya en 1878 se había concedido la jurisdicción sobre los vecinos de Humboldt y Pujol, y en épocas determinadas sobre los de Emilia y Cayastacito y al año siguiente se amplía a Grutly, Rivadavia y Larrechea.

En el año 1883, al capellán de San Agustín se le encomiendan las colonias San José, Francklin (Franck) y la parte de Las Tunas que no correspondía a San Jerónimo.

Un año de muchos cambios en las jurisdicciones de las capellanías es el de 1885, ya que se crea la providencia, a la que se le da como límites: al norte, la línea divisoria con el territorio nacional Chaco y la provincia de Santa Fe, al sur una línea recta que partiendo desde el extremo sur de la colonia Progreso llega hasta la frontera de Córdoba quedando comprendidas Grutly, Rivadavia, Felicia, Lehmann y Egusquiza; al este, el río salado, comprendiendo Emilio, San Justo, Cayastacito, y al oeste, la frontera de Córdoba.

Esta erección recorta las jurisdicciones de Esperanza y Pilar, como también la del prefecto de Misiones,  pero por razones que desconocemos, esta nueva jurisdicción dura muy poco, ya que tres meses más tarde algunas colonias (Rivadavia, Grutly, Emilia, Cayastacito, Sol de mayo y San Justo) vuelven a la jurisdicción de Esperanza, en tanto a providencia se le agregan algunas nuevas como progreso, María Luisa, Felicia, Lehmann y las colonias del norte.

Antes de que concluya el año, hay nuevas modificaciones, ya que con la erección de Cayastacito, Emilia, San Justo, y Sol de Mayo pasan a esta jurisdicción, en tanto Lehmann y Felicia se desprenden de providencia y pasan a integrar la de Pilar.

El año 1887 es también pródigo en reformas de jurisdicción debido a la erección de nuevas capellanías, comenzando por las de Progreso y Emilia, a quienes se les adjudica Sarmiento, Grutly y Campo Deuer a la primera y Bella Italia, Nuevo Torino y parte de Colonia Nueva a la segunda.

La colonia Pilar, por su parte estaba rodeada de colonias a su cargo, algunas de las cuales pasarían a nuevas jurisdicciones en meses posteriores. Así al este se encontraban Santa María y parte de Colonia Nueva; al oeste, Aurelia, Susana, Saguier, Santa Clara, Josefina, Clusellas, Iturraspe, Cello, San Francisco, Luxardo (estas últimas en la provincia de Córdoba y seguramente por errror), y al sur, Freyre (el mismo caso anterior), Angélica, Argentina, Merediz, San Vicente, María Juana, Garibaldi, Eustolia y Gálvez (actual colonia Margarita).

Del centro de la provincia (Dpto. Castellanos) bajamos más al sur, hasta el departamento Rosario, donde encontramos que el capellán de Candelaria (Casilda) se le anexan las colonias Clodomira y General Roca, para retornar de nuevo a Castellanos, donde creada la capellanía de Rafaela, se le da la jurisdicción sobre las colonias Roca, Castellanos y Vila.

En octubre se le concede al capellán de Irigoyen jurisdicción sobre una vasta zona aún no-poblada, y en noviembre, al capellán de Cañada de Gómez se le da la jurisdicción sobre todo el Departamento Iriondo.

A partir del mes de diciembre, las colonias Belgrano, San Martín, Angélica, Argentina, María Juana, Sartre, Romero, Merediz, Garibaldi, y Campo Quiñones pasan a depender de la capellanía de San Vicente, en tanto Aurelia, Saguier, Santa Clara, Clucellas, Iturraspe, parte de Vilay parte de Angélica, de la Capellanía de Susana, quedando en consecuencia la de Pilar, reducida a Santa María, Nuevo Torino, y Colonia Nueva.

A fines de 1888, se agrega (aunque provisionalmente) al capellán de Lehmann la atención de Sunchales, Aldao, Carolina y Raquel, en mayo de 1889, la capellanía de Sastre abarca las colonias de Ortiz, San Jorge, Concepción, María Juana, Garibaldi y tiene jurisdicción compartida con el capellán de San Martín de las Escobas sobre Ramona, Angélica, Argentina y Merediz; en agosto a la de Enrique Sánchez se le encarga la atención de Lorenzo Torres, Alvaro Istueta, Luis Viale y Santa Elena, jurisdicción que se amplia en octubre  con Constanza, San Cristóbal y la Verde, y también en agosto la de Clucellas con jurisdicción sobre Iturraspe, Cello y Eustolia.

En el año 1890, el capellán de Altaliva tiene jurisdicción sobre  las colonias Sunchales, Raquel y Humberto I, y en 1892, al capellán Jacinto Aráuz se le agregan las colonias Adolfo Alsina, Colonizadora de Córdoba, Elisa y Clara.

Al crearse en 1893 varias capellanías, se les conceden no pocas colonias para su atención. Así, a Llambi Campbel se le otorga jurisdicción común con el capellán de Emilia sobre la población ubicada en un radio que tiene como límites al norte la Colonia Cabal, por el Sur el límite norte del campo y colonia Aldao, por el Este el Saladillo y por oeste el Salado, en tanto a Las Rosas se asignan La California, el Refango, Las Castañas, Las Tres Lagunas, La Independencia, La Argentina, Las Chilcas , La Germania, Santa Clara, El Chupino y Los Troncos, siendo la mayoría establecimientos de campo, a Angeloni, San Justo, Tres Reyes, Sol de Mayo y Emilia, y a El Trébol, Las Taperitas, Campo Los Laureles, 51 y 52, San Andrés, Tais, Santo Tomás, Colonia Cárcano, La Victoria, Los Cardos, Piamonte, compartido con el capellán de Carlos Pelegrini. Finalmente en el año 1885, a la capellanía de San Justo se le da la jurisdicción sobre Ramayón, Escalada, Campo de Saralegui y Tres Reyes.

Los continuos cambios, centralizados la mayoría en el ámbito de los departamentos Las Colonias, Castellanos y San Martín, se deben fundamentalmente al surgimiento de colonias que de tiempo en tiempo transformaban el panorama civil y afectaban a su vez el eclesiástico.

En relación con las capellanías, es importante determinar las funciones que tenían sus responsables y, de esta manera, determinar si en la práctica estaban realmente ligadas a alguna parroquia o en verdad eran independientes.

Un primer documento que analizamos data de mayo de 1860, está firmado por el Pbro. Miguel Vidal del vicariato apostólico de Paraná y dirigido al cura de Coronda, en el cual se le ordena supervisar lo actuado por el capellán de la colonia San Carlos, sobre todo en lo que se refiere a la administración de los sacramentos, y en otro del mismo mes se le comunica que la “razón y el derecho y esta nota dan a usted como párroco esa superintendencia y su vigilancia sobre cualquier sacerdote que entre los límites de su parroquia  funcione como tal.”

Nueve años después se sigue haciendo alguna relación a Coronda, pero en este caso el capellán de San Carlos actúa como vicario en comisión (en el caso de matrimonios) por lo cual puede realizar toda la tramitación pertinente.

Sin embargo en el mismo año de 1860, ya bajo el episcopado de Mons. Segura y Cubas, se realiza el primer acto de cierta “independencia” de una capellanía respecto a la parroquia en cuya jurisdicción se encontraba.

En el año 1862, al nombrarse a Fray Aurelio Luvisi capellán de Esperanza se le ordena: “… administre a los colonos católicos de la misma los santos sacramentos y ejerza los demás actos y oficios correspondientes a la parroquialidad, hasta tanto que con vistas a mejores antecedentes se provea lo mas conveniente.”

Al año siguiente, en el nombramiento de su sucesor, a lo anterior se agrega la facultad “… para que dispense a los contrayentes las amonestaciones, en casos necesarios, usando siempre de esta facultad con la debida prudencia”.

A partir de entonces, es común la idea de que el capellán de San Carlos en 1863, a quien se le dice: “…os damos poder cuanto sea necesario para que podáis administrar los santos sacramentos como si fuereis curas párrocos, de todos los fieles de la referida colonia y ejercer los demás actos y ministerios que podía y debía hacer el cura propio si lo hubiera  en cuyo lugar os subrogamos ”.

Asimismo se señala el ministerio de la doctrina cristiana, la predicación de la palabra divina y la confesión, facultándosele además para la absolución de ciertos pecados y censuras, como así también para la realización de ciertos actos, propios de la autoridad superior.

De no menos importancia es la autorización para abrir libros de registros sacramentales (Bautismo, Confirmación, Matrimonio, y entierro), como la facultad de labrar ante testigos las “Informaciones matrimoniales” de aquellos que quieran contraer matrimonio, ya que esto es privativo del párroco.

Respecto a esto último, habrá un pequeño retroceso hacia 1869, ya que al nombrar al capellán en el mismo San Carlos se le ponen restricciones a la administración del matrimonio para evitar perjuicio a la jurisdicción parroquial de Coronda.

La plenitud de poderes  reaparece en el nombramiento del Pbro. Luis Castronuovo, a quien se autoriza: “administrar los santos sacramentos de la Penitencia, y demás formalidades de derecho, a los vecinos de la colonia Esperanza y a las familias de Humboldt y de Pujol cuando se presenten a recibirlos y en épocas determinadas, a los de colonia Emilia y Cayastacito”. De modo similar se expresará el nombramiento del capellán de Pilar, quien en el caso de matrimonio podrá realizarlo “… previa la información y demás formalidades de derecho”.

Esta situación contraria a derecho (tanto canónico como patronal) era vivida con naturalidad por los diversos capellanes, quienes al final del período manifiestan una clara conciencia de su independencia respecto a los curatos canónicamente erigidos.

A guisa de ejemplo, la respuesta dada por el capellán de San Urbano, en los confines de la provincia, a un pedido de informes del año 1898,  y con la que coinciden la mayoría de los capellanes salvo alguna excepción: “… nunca hemos dependido de ninguna parroquia, sino de la curia del Paraná directamente”.


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Creación de la diócesis de Santa Fe. Solución definitiva

La posibilidad de que la provincia de Santa Fe fuese elevada a obispado comienza a vislumbrarse desde el poder civil en año 1887.

Con ocasión del proyecto de ley de creación de obispados enviada por el Poder Ejecutivo Nacional y que contemplaba la erección de las diócesis de la Plata y Tucumán en virtud del rápido aumento de la población, los senadores Elías Gollán (Santa Fe) y Pedro Lucas Funes (Córdoba) propiciaron la creación de una tercera que sería la de Santa Fe.

Al momento de discusión del proyecto de ley, Pedro Lucas Funes argumentó la necesidad de que Santa Fe fuese elevada al rango de obispado, ya que si bien no se contemplaba en el envío original, era necesario que así se lo hiciese. Aprobada por unanimidad la propuesta de la comisión de Legislación, p