LOS PESCADORES DE TRONCOS
Por Héctor Aldo Valinotti.
- Yo estaba en el fondo de la picada cuando supe de la huelga.
- ¿Huelga...? les dije- ¿Qué es eso de huelga...? Y los que habían venido de Santa Felicia, donde estaba la fábrica de tanino, me dijeron que había que dejar el hacha, para que nos paguen más por el trabajo; que así no podíamos seguir; que con lo que ganábamos no era vida de cristianos. ¡Y eso era cierto!
- Y entonces deje la arranchada donde estaba y caminando por el monte me di cuenta de que ya no se escuchaba el hacha. Me vine para el Sindicato del Tanino, donde estaban los afederados. Es así como le cuento y pasó en el año mil novecientos diecinueve. Fue en noviembre, me parece.Así comenzaban los recuerdos del viejo que yo, un niño de 9 años, escuchaba junto al rincón donde ha puesto su parrilla.
Mientras mastica su tabaco, da comienzo con la ceremonia de prender el fuego. Raspa su fósforo "Ranchera" y falla. Saca otro y lo arrima, despacito, al pasto seco sobre el cual ha colocado leña de espinillo. Reseca, la paja comienza a arder.
- Para ese tiempo Vera ya estaba muy adelantada -continuaba-. Mucho más cuando el riel llegaba hasta allí, nada más. Era uno de los lugares más lindos del monte. Sí, más después hicieron el ramal hasta La Sabana. Pero, para entonces, ya no había leña buena a menos de dos leguas del pueblo. Sí -piensa-, fue para el mil novecientos cuando comenzaron a venir las primeras estancias, en los claros que iba dejando la tala...
- ¿Usted conoció al Coronel Jobson fundador del pueblo?
- Sí. Era un cuatrero que se quedaba con los animales sueltos de la gente pobre.
Evidentemente no era la historia que me habían enseñado en la escuela. Hilario Medina es así. Memorioso, lento y rumiador para los recuerdos. Comerá con suerte a las nueve de la noche, pero ha comenzado a hacer su fueguito a las seis. Enjuto, muestra un cuerpo consumido y un rostro de marcas profundas, con ojos entrecerrados a fuerza de mirar sol. Habría sido alguna vez un mozo criollo fuerte pero ahora ya está débil por la carga de sus años. No se sabe que cabello habrá abajo de la gorra que nunca se quita, su bigote es escaso y canoso. Saca otro cigarro y después de encenderlo en las brazas comienza a masticarlo. Escupe y sigue:
- Jodida, sí, la vida del hachero. Por día, un jornalero que trabaja en la "playa", ganaba hasta uno con ochenta. Pero el alquiler de un rancho podía salirle hasta quince pesos. En los obrajes, si el contratista era bueno, podía llegar a ganar hasta tres pesos, de sol a sol. Si el hachero es guapo puede hacer hasta dos toneladas por día. Los mejores hacen dos y media en diez, once horas. Gente muy sufrida. ¿Sabe...? La mayoría correntinos, paraguayos y hasta santiagueños había. Los santiagueños eran los únicos que llevaban con ellos a su familia...?
En el cielo de la tarde, la "V" de una bandada de patos cruza -alta- para el naciente.
- El verano se viene con sequía -dice-, los patos chiflones buscan el Paraná.
Y se agacha para aumentar el fuego con unas ramas de algarrobo.
- ... ya van dos veranos sin lluvia.
Criado en el norte y aunque niño todavía, yo también sabía que hacía dos años que los esteros estaban secos.
- El playero y el obrajero -retoma Medina- empiezan su trabajo con el sol. Uno con el guinche, en la "playa". El otro con el hacha, en el monte. Terminan cuando se va la luz, o más... Cuando ya casi no pueden ver? (¿Que es difícil, dice...?) No tanto, un buen hachero sabe siempre de qué lado caerá un quebracho: Le hace al tronco cuatro cortes y, con el último hachazo, el árbol caerá siempre en su sitio...
Chambón tiene que ser el hombre para errarle...- ¿Y después? -pregunta de niño intrigado-.
- Hay que pelar el árbol, trozarlo, sacarle la leña chica. El tronco del quebracho colorado tiene hasta media cuarta de pulpa blanca, que hay que sacar porque la parte colorada, el corazón, donde está el tanino es la que sirve. Pero en el monte, lo que el obrajero hace es sacar el blanco.
Don Medina aparta algunos tizones y pone la pava a hervir. De su bolsa saca el mate, la yerba y la bombilla. Agachado, camina hasta el pico del agua y se lava la cara con el agua fresca. Lo hace caminando con las piernas combadas, típico de quien ha montado a caballo desde muy chico y se ha criado sobre él.
- Cuando llueve seguido -sigue- no se puede trabajar. Los carros no pueden ni andar por la "playa". En tiempo llovedor solíamos pasar una miseria espantosa. Para entonces las estivas ferroviarias no aumentan, la gente no puede hachar, el obrajero, cansado de esperar, se va. Y es una de ver a la gente con sus pilchas al hombro, con sus ollas y tarros, la mujer y los chicos por detrás. En esos tiempos la única ayuda es el mate y algún pan que dan los que son menos pobres.
El viejo se levanta para ir a ver donde están los caballos. Vuelve y separa las brasas dejando en el medio un círculo de tierra calcinada y caliente. Justo allí pone su parrilla de alambres torcidos. Mira el sol, que se pone detrás de las hileras de eucaliptos y espera...
- Brava, sí, la huelga del diecinueve. El Sindicato del Tanino pidió a La Forestal ocho horas de trabajo y un sueldo, lo más bajo, de l20 pesos por mes. También pidieron descansar los días domingos, sí, no se ría. Y como días feriados se pidió primero de año y al primero de mayo. En ese tiempo La Forestal no daba feriados ni los veinticinco de mayo, ni los nueve de julio, ni nada. Decían, sí, que los empleados del escritorio tenían franco el día del cumpleaños de la reina de Inglaterra... Le pedimos también a la empresa, un médico y más bajos precios para la mercadería que era una estafa como se vendía. Y esto que le digo no sólo en Santa Felicia, sino en todo el norte. Había también fábriicas en La Gallareta, Villa Ana, Tartagal y Villa Guillermina. En Golondrina y Colmena había aserraderos que hacían vigas, tablones y durmientes para el ferrocarril. La gente allí también entró en la huelga. Lo mismo que los de los puertos Piragua, Piraguacito y Florencia...
Hilario Medina tiene setenta y un pico largo de años pero, mirándolo bien, con mis ojos que recién comenzaban a ver el mundo, parece que tuviera cien. En las primeras sombras de la noche su figura se confunde con el aire tibio que comienza a soplar. Pañuelo negro, nudo ceñido al cuello, saco viejo de color indefinido, tirando al gris. Pantalón negro con muy desteñidas rayas blancas... Se echa para atrás la gorra color tierra por las lluvias y las polvaredas...
- Para que se vaya calentando, dice, mientras pone su carne sobre las alambres, mejor si despacio...
A partir de ese momento, Hilario Medina trata a ese "soquete" de carne dura y sucia, de animal cansado y carneado a campo, como si fuera el mejor corte de exportación del Frigorífico Swift. Con pausada táctica, repetida en el tiempo, irá arrimando el fuego, brasa a brasa, para dar el calor necesario con que rematar -no le preocupa cuando- con su objetivo estratégico final, de su churrasco listo para comer.
- No sea cosa que se arrebate, -conversa, mientras apaga un rescoldo. Detrás de ese rito esta toda su historia.
Una historia de hombres fuertes que fueron al sacrificio -ya olvidado- que doblegó al bosque virgen de Argentina hasta reducirlo a tablones con los cuales se hicieron casas de "palo a pique", a durmientes sobre los cuales se tendieron los rieles, a astillas que puestas a hervir en grandes "domos" destilaban el tanino para curtir los cueros ingleses. Ahora Medina está terminando sus días en las afueras de Vera, en el barrio "de las latas", junto al Tiro Federal.
Sobre su carrito flojón, Medina guía una yunta de caballos flacos y recorre el camino viejo, "vichando" los troncos que por superar la medida de la boca de la caldera (lapachos, algarrobos, guayacanes) los foguistas arrojan fuera del "tender".
Sin la envergadura legendaria de "El pescador de vigas" de Horacio Quiroga, Hilario Medina recolecta los troncos "rechazados" que quedan junto, al costado de las vías. Oficio de legalidad fronteriza porque, como todo el mundo sabe, esos troncos son todavía del ferrocarril. Medina recorre muchos kilómetros y los alza para luego hacharlos y venderlos porque los considera "leña perdida".
Con un norte forestal todavía sin límites, unos troncos, poco significan frente a los millones de toneladas que todos los días transitan rumbo al sur. La mía fue una niñés signada por el continuo pasar del bosque derribado.
El combustible esta racionado. Los ingleses han dejado de mandar carbón de piedra. Estamos quemando nuestros bosques en las calderas de todo el país. Llegará el momento en que las locomotoras se nutrirán con unas "tortas prensadas" donde se podrán distinguir semillas de maíz de lino, de girasol.
Convida el segundo mate y anota: - Matador es el obraje-. Medina piensa en voz alta más que conversa.
- Es lo mismo en todos lados, una arranchada de palo a pique, embarrada como se puede. En invierno uno la pasa bien pero está toda la sabandija del monte... En verano también hay más peligro del "pique" y de las víboras...? (¿Que si nunca me divertí...? ¡¡¡Y cómo no!!!) El domingo a la tarde es la fiesta del obrajero. Con el tren del ramal o con un caballito uno se arrima al pueblo y va al baile que, casi siempre, se hace en la misma "playa". Dicen que la gente dejaba allí su platita y es cierto. Aunque muchos juntaban algo para su familia. La bebida, la baraja y la taba son como una enfermedad. No dejan bolsillo entero. Se vuelve al monte, el lunes de mañana, sin un peso, después de hacer la "provista" (¿Dónde...?) Y donde ha de ser sino en la proveeduría de "La Forestal" o en el almacén del contratista. Allí las deudas se amontonan. Yo he visto gente, le garanto, que trabajando un mes ya estaba debiendo tres. Para colmo está el "aviador" -como le llaman- un tipo con plata que los sábados adelanta unos pesos al obrajero. Le da unas "Fichas" de lata que valían, suponga, un peso, o dos pesos. Con estas fichas el hombre compraba la mercadería en el almacén a precios de escándalo. Era muy difícil ahorrar así. De tal modo que el obrero lo que veían eran latas o mercadería. Plata verdadera, muy poco... Algunos decían, no sé que el "aviador" iba a medias con la administración. Esta gente se enriqueció en los obrajes. Igual que los turcos ambulantes...?
Las brasas, muy débiles, alumbran apenas las manos de Medina que -recién ha dado vuelta su carne. Manotea y se mata un mosquito de la mejilla que de tanto chupar ha quedado convertido en una esférica bolsita de sangre.
- Conocí un turco al que un contratista quería poner preso por vender demasiado barata la mercadería. O sea, querer vender a precios más bajos que los que el tenía en su almacén. Por eso le digo que aquí en el norte, no siempre el peor enemigo fue el comisario o el juez, aunque hubo algunos muy bravos o muy pillos. Yo le aseguro que detrás de los dos estaba el mayordomo de la estancia o el gerente de la fábrica. No hay comisario que dure si los tiene en contra. Sobre todo al Gerente, que como tiene amigos en Santa Fe, los hará sacar y rápido. Por eso se decía que el comisario tenía una oreja puesta aquí y otra en la Gerencia, para ver cómo suena el pito. Yo sólo le digo: Ha sido así.Y en algunos lados sigue siéndolo. El comisario es el encargado de que nadie se vaya del obraje sin arreglar sus cuentas, religiosamente. Conozco un caso donde el comisario -malo el hombre- ponía algunos por las noches en el "cepo" y los soltaba, por la mañana para que vayan al trabajo.
Desde la casilla, mi madre gritaba: -Se ha hecho tarde.
"Las tres Marías" ya estan altas en el cielo, cuando Hilario Medina, inca su diente en la parte más cocida de su asado.
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Héctor Aldo Valinotti es bioquímico y periodista.
Nacido en Santa Fe. Se considera cordobés por adopción
Fue corresponsal de LE MONDE, de Paris. Secretario de Redacción de EL TIEMPO DE CÓRDOBA y redactor de revistas y diarios mediterráneos. En periodismo radial realizó varias encuestas y pronósticos electorales. Se desempeñó como profesor de la Escuela de Ciencias de la Información de la U.N.C.