LOS INGLESES FORESTALES
En un tren especial arribaban “los accionistas de Londres”. Los coches-dormitorios permanecían cerrados hasta que el sol se ponía detrás del chalet de la estancia, a miles de km. de donde los accionistas concurrían para canjear sus cupones y cobrar sus dividendos en libras esterlinas contantes y sonantes.
A diferencia DE OTROS GRINGOS, los londinenses nunca tomarían un arado, sacarían un litro de agua para mover al transporte o guiarían una trilladora. A miles de kms., ellos viajaban para “reconocer” sus posesiones, con cuyas rentas bursátiles vivían junto al Támesis.
Cuando, al final, los accionistas descendían ocupaban 200 metros a todo el ancho de una calle que llevaba al portón del chalet, casco de la estancia.
Muchedumbre multicolor con parasoles y sombrillas, allí recibían el saludo del mayordomo, un inglés que pasaba su tiempo matando a balazos los perros del gauchaje o en beber cantidades industriales de whisky.
A diferencia de los ingleses propietarios de la Patagonia tan bien pintados por Hudson en ALLÁ LEJOS Y HACE TIEMPO, el inglés funcionario de las compañías de tierras del centro y norte de Argentina, La Forestal, La Bovril y similares impidieron el fraccionamiento de la tierra, lo que hubiera permitido una expansión de la pampa gringa. El mayordomo era un CAPANGA DE PEONADA, un sátrapa que ejercía su poder apoyado en una burocracia de jueces de paz y comisarios que todavía usaban el “cepo”.
Cuando fueron repatriados, los ingleses dejaron tras de sí un campo yermo con una hacienda cimarrona. Y un innúmero conjunto de hijos ilegítimos, que nunca reconocieron. Dejamos para otra oportunidad la depredación que ellos realizaron sobre el bosque autóctono que convirtieron e leña para sus locomotoras VIGAS, TANINO y en carbón.
Héctor Aldo Valinotti.
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