Alfonsina Storni
(29/05/1892 - 25/10/1938)
La familia Storni -el padre de Alfonsina y varios hermanos mayores- llegó a la provincia de San Juan desde Lugano, Suiza, en 1880. Fundaron una pequeña empresa familiar, y años después, las botellas de cerveza etiquetadas «Cerveza Los Alpes, de Storni y Cía», circulan por toda la región.
Los padres de Alfonsina viajaron a Suiza en el año 1891, junto con sus dos pequeños hijos. En 1892, el 29 de mayo, nació en Sala Capriasca Alfonsina, la tercera hija del matrimonio Storni. Llevó el nombre del padre, de un padre melancólico y raro. Más tarde le diría a su amigo Fermín Estrella Gutiérrez: «me llamaron Alfonsina, que quiere decir dispuesta a todo».
Alfonsina aprendió a hablar en italiano, y en 1896 vuelven a San Juan, de donde son sus primeros recuerdos. «Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta».
En 1901, la familia se trasladó nuevamente, esta vez a la ciudad de Rosario, un próspero puerto del litoral.
Paulina, la madre, abrió una pequeña escuela domiciliaria, y pasa a ser la cabeza de una familia numerosa, pobre y sin timón. Instalaron el «Café Suizo», cerca de la estación de tren, pero el proyecto fracasó. Alfonsina lavaba platos y atendía las mesas, a los diez años. Las mujeres comenzaron a trabajar de costureras. Alfonsina decide emplearse como obrera en una fábrica de gorras.
En 1907 llega a Rosario la compañía de Manuel Cordero, un director de teatro que recorría las provincias. Alfonsina reemplaza a una actriz que se enferma. Esto la decide a proponerle a su madre que le permita convertirse en actriz y viajar con la compañía. Recorre Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán. Después dirá que representó Espectros, de Ibsen, La loca de la casa, de Pérez Galdós, y Los muertos, de Florencio Sánchez.
En sus cartas al filólogo español don Julio Cejador Alfonsina resume algunos momentos de su vida. Refiriéndose a esta época, le dirá: «A los trece años estaba en el teatro. Este salto brusco, hijo de una serie de casualidades, tuvo una gran influencia sobre mi actividad sensorial, pues me puso en contacto con las mejores obras del teatro contemporáneo y clásico (…). Pero casi una niña y pareciendo ya una mujer, la vida se me hizo insoportable. Aquel ambiente me ahogaba. Torcí rumbos…». Luego, en un reportaje de la revista El Hogar, contará que al regresar escribió su primera obra de teatro, Un corazón valiente, de la que no han quedado testimonios.
Cuando volvió a Rosario se encuentra con que su madre se ha casado y vive en Bustinza. (Ver este enlace donde se relata la permanencia de Alfonsina en Bustinza por unos pocos meses y donde se cuentan detalles desconocidos. Su autor, Cayetano Daneri, agregó estos datos en 1956, en una reedición de una historia lugareña que había escrito en 1925, con motivo del Cincuentenario de la fundación del pueblo) La poeta decide estudiar la carrera de maestra rural en Coronda, y allí recibe su título profesional. Gana un lugar sobresaliente en la comunidad escolar, consigue un puesto de maestra y se vincula a dos revistas literarias, Mundo Rosarino y Monos y Monadas. Allí aparecen sus poemas durante todo ese año, y si bien no hay testimonio de ellos, sí sabemos de otros publicados al año siguiente en Mundo Argentino, y que tienen resonancias hispánicas.
Poeta en Buenos Aires
Al terminar el año de 1911, decide trasladarse a Buenos Aires. «En su maleta traía pobre y escasa ropa, unos libros de Darío y sus versos». Así, con nostalgia, evoca su hijo Alejandro la llegada. Pobre equipaje para enfrentarse con una ciudad que estaba abierta al mundo, con las expectativas puestas en esa inmigración que traería nuevas manos para producir y nuevas formas de convivencia.
El nacimiento de su hijo Alejandro, el 21 de abril de 1912, define en su vida una actitud de mujer que se enfrenta sola a sus decisiones. Trabaja como cajera en la tienda «A la ciudad de México», en Florida y Sarmiento. También en la revista Caras y Caretas.
Su primer libro, La inquietud del rosal, publicado con grandes dificultades económicas, apareció en 1916. En un homenaje al novelista Manuel Gálvez, por primera vez en Buenos Aires, en esta clase de reuniones, aparece Alfonsina recitando con aplomo sus propios versos. En junio de 1916, aparece en Mundo Argentino un poema titulado «Versos otoñales». Aunque los versos son apenas aceptables, sorprende su capacidad de mirarse por dentro, que por entonces no era común en los poetas de su generación.
Al mirar mis mejillas, que ayer estaban rojas
He sentido el otoño; sus achaques de viejo
Me han llenado de miedo; me ha contado el espejo
Que nieva en mis cabellos mientras caen las hojas.
Sus amigos los poetas modernistasAmado Nervo, el poeta mejicano paladín del modernismo junto con Rubén Darío, publica sus poemas también en Mundo Argentino, y esto da una idea de lo que significaría para ella, una muchacha desconocida, de provincia, el haber llegado hasta aquellas páginas.
En 1919 Nervo llega a la Argentina como embajador de su país, y frecuenta las mismas reuniones que Alfonsina. Ella le dedica un ejemplar de La inquietud del rosal, y lo llama en su dedicatoria «poeta divino».
Vinculada entonces a lo mejor de la vanguardia novecentista, que empezaba a declinar, en el archivo de la Biblioteca Nacional uruguaya hay cartas al uruguayo José Enrique Rodó, otro de los escritores principales de la época modernista, autor de Ariel y de Los motivos de Proteo, ambos libros pilares de una interpretación de la cultura americana.
El uruguayo escribía, como ella, en Caras y Caretas y era, junto con Julio Herrera y Reissig, el jefe indiscutido del nuevo pensamiento en el Uruguay. Ambos contribuyeron a esclarecer los lineamientos intelectuales americanos a principios de siglo, como lo hizo también Manuel Ugarte, cuya amistad le llegó a Alfonsina junto con la de José Ingenieros.
Su voluntad no la abandona, y sigue escribiendo. En mejores condiciones publica El dulce daño, en 1918. El 18 de abril de 1918 se le ofrece una comida en el restaurante Génova, de la calle Paraná y Corrientes, donde se reunía mensualmente el grupo de Nosotros, y en esa oportunidad se celebra la aparición de El dulce daño.Los oradores son Roberto Giusti y José Ingenieros, su gran amigo y protector, a veces su médico. Alfonsina se está reponiendo de la gran tensión nerviosa que la obligó a dejar momentáneamente su trabajo en la escuela, pero su cansancio no le impide disfrutar de la lectura de su «Nocturno», hecha por Giusti, en traducción al italiano de Folco Testena.También en 1918 Alfonsina recibe una medalla de miembro del Comité Argentino Pro Hogar de los Huérfanos Belgas, junto con Alicia Moreau de Justo y Enrique del Valle Iberlucea. Años atrás, cuando empezó la guerra, Alfonsina había aparecido como concurrente a un acto en defensa de Bélgica, con motivo de la invasión alemana.
Comienzan sus visitas a la ciudad de Montevideo, donde hasta su muerte frecuentará amigos uruguayos. Juana de Ibarbourou lo contó años después de la muerte de la poetisa argentina: «En 1920 vino Alfonsina por primera vez a Montevideo. Era joven y parecía alegre; por lo menos su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía… Un núcleo de lo más granado de la sociedad y de la gente intelectual la rodeó siguiéndola por todos lados. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina».
La amistad de Quiroga, el escritor de la selva
En 1922, Alfonsina ya frecuentaba la casa del pintor Emilio Centurión, de donde surgiría posteriormente el grupo Anaconda. Allí conoció, seguramente, al escritor uruguayo Horacio Quiroga, que había llegado de su refugio en San Ignacio, Misiones, durante el año 1916. Su personalidad debió atraer a Alfonsina. Un hombre marcado por el destino, perseguido por los suicidios de seres queridos, que, además, se había atrevido a exiliarse en Misiones, e intentado allí forjar un paraíso. En 1922, era ya el autor de sus libros más importantes, Cuentos de la selva, Anaconda, El desierto. Vivía modestamente de sus colaboraciones en diarios y revistas y desempeñó un papel protagónico en el intento de profesionalizar la escritura. Alfonsina había publicado sus libros Irremediablemente (1919) y Languidez (1920).La amistad con Quiroga fue la de dos seres distintos. Cuenta Norah Lange que en una de sus reuniones, adonde iban todos los escritores de la época, jugaron una tarde a las prendas. El juego consistió en que Alfonsina y Horacio besaran al mismo tiempo las caras de un reloj de cadena, sostenido por Horacio. Este, en un rápido ademán, escamoteó el reloj precisamente en el momento en que Alfonsina aproximaba a él sus labios, y todo terminó en un beso.
Quiroga la nombra frecuentemente en sus cartas, sobre todo entre los años 1919 y 1922, y su mención la destaca de un grupo donde había no sólo otras mujeres sino también otras escritoras. Sin embargo, cuando Quiroga resuelve irse a Misiones en 1925, Alfonsina no lo acompaña. Quiroga le pide que se vaya con él y ella, indecisa, consulta con su amigo el pintor Benito Quinquela Martín. Aquél, hombre ordenado y sedentario, le dice: «¿Con ese loco? ¡No!».
Un nuevo camino para la poesíaEn el año 1923, la revista Nosotros, que lideraba la difusión de la nueva literatura argentina, y con hábil manejo formaba la opinión de los lectores, publicó una encuesta, dirigida a los que constituyen «la nueva generación literaria». La pregunta está formulada sencillamente: «¿Cuáles son los tres o cuatro poetas nuestros, mayores de treinta años, que usted respeta más?».
Alfonsina Storni tenía en ese entonces treinta y un años recién cumplidos, es decir, que apenas bordeaba la cifra exigida para constituirse en «maestro de la nueva generación». Su libro Languidez, de 1920, había merecido el Primer Premio Municipal de Poesía y el Segundo Premio Nacional de Literatura, lo que la colocaba muy por encima de sus pares. Muchas de las respuestas a la encuesta de Nosotros coinciden en uno de los nombres: Alfonsina Storni.
Mil novecientos veinticinco fue el año de la publicación de Ocre, un libro que marca un cambio decisivo en su poesía. Desde hace dos años es profesora de Lectura y declamación en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, y su postura como escritora está absolutamente afianzada entre el público y sus iguales. Por aquella época muere José Ingenieros, y esto la deja un poco más sola.
Hasta la casa de la calle Cuba llega una tarde la chilena Gabriela Mistral. El encuentro debió ser importante para la chilena, ya que publicó su relato ese año en El Mercurio. Llamó por teléfono a Alfonsina antes de ir, y le impresionó gratamente su voz, pero le habían dicho que era fea y entonces esperaba una cara que no congeniara con la voz. Por eso cuando la puerta se abre pregunta por Alfonsina, porque la imagen contradice a la advertencia. «Extraordinaria la cabeza, recuerda, pero no por rasgos ingratos, sino por un cabello enteramente plateado, que hace el marco de un rostro de veinticinco años». Insiste: «Cabello más hermoso no he visto, es extraño como lo fuera la luz de la luna a mediodía. Era dorado, y alguna dulzura rubia quedaba todavía en los gajos blancos. El ojo azul, la empinada nariz francesa, muy graciosa, y la piel rosada, le dan alguna cosa infantil que desmiente la conversación sagaz y de mujer madura».La chilena queda impresionada por su sencillez, por su sobriedad, por su escasa manifestación de emotividad, por su profundidad sin trascendentalismos. Y sobretodo por su información, propia de una mujer de gran ciudad, «que ha pasado tocándolo todo e incorporándoselo» (1).
El 20 de marzo de 1927 se estrena su obra de teatro, que despertaba las expectativas del público y de la crítica. El día del estreno asistió el presidente Alvear con su esposa, Regina Pacini. Al día siguiente la crítica se ensañó con la obra, y a los tres días tuvo que bajar de cartel. El diario Crítica tituló «Alfonsina Storni dará al teatro nacional obras interesantes cuando la escena le revele nuevos e importantes secretos». La escritora se sintió muy dolida por su fracaso, y trató de explicarlo atribuyéndole la culpa al director y a los actores.
Años de equilibrioAlfonsina intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y su participación en el gremialismo literario fue intensa.
En 1928 viajó a España en compañía de la actriz Blanca de la Vega, y repitió su viaje en 1931, en compañía de su hijo. Allí conoció a otras mujeres escritoras, y la poeta Concha Méndez le dedica algunos poemas.
En 1932, publicó sus Dos farsas pirotécnicas: Cimbelina y Polixene y la cocinerita. Está tranquila, colabora en el diario Crítica y en La Nación; sus clases de teatro son la rutina diaria, y su rostro empieza a cambiar. Las canas cubren su cabeza y le dan un aire diferente.![]()
En 1931, el Intendente Municipal nombró a Alfonsina jurado y es la primera vez que ese nombramiento recae en una mujer. Alfonsina se alegra de que comiencen a ser reconocidas las virtudes que la mujer, esforzadamente, demuestra. «La civilización borra cada vez más las diferencias de sexo, porque levanta a hombre y mujer a seres pensantes y mezcla en aquel ápice lo que parecieran características propias de cada sexo y que no eran más que estados de insuficiencia mental. Como afirmación de esta limpia verdad, la Intendencia de Buenos Aires declara, en su ciudad, noble la condición femenina», afirma Alfonsina en un diario al referirse a su designación.
En la Peña del café Tortoni conoció a Federico García Lorca, durante la permanencia del poeta en Buenos Aires entre octubre de 1933 y febrero de 1934. Le dedicó un poema, «Retrato de García Lorca», publicado luego en Mundo de siete pozos (1934). Allí dice: «Irrumpe un griego /por sus ojos distantes (…). Salta su garganta /hacia afuera /pidiendo /la navaja lunada /aguas filosas (…). Dejad volar la cabeza, /la cabeza sola /herida de hondas marinas /negras…».El 20 de mayo de 1935 Alfonsina fue operada de un cáncer de mama.
En 1936 se suicida Horacio Quiroga y ella le dedicó un poema de versos conmovedores y que presagian su propio final:
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
Que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías…
Allá dirán.
El final
El veintiséis de enero de 1938, en Colonia, Uruguay, Alfonsina recibe una invitación importante. El Ministerio de Instrucción Pública ha organizado un acto que reunirá a las tres grandes poetisas americanas del momento, en una reunión sin precedentes: Alfonsina, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral.
La invitación pide «que haga en público la confesión de su forma y manera de crear». Tiene que prepararse en un día y, llena de entusiasmo, escribe su conferencia sobre una valija que ha puesto en las rodillas. Divertida, encuentra un título que le parece muy adecuado: «Entre un par de maletas a medio abrir y las mancillas del reloj».
Hacia mitad de año apareció Mascarilla y trébol y una Antología poética con sus poemas preferidos. Los meses que siguen fueron de incertidumbre y temor por la renuencia de la enfermedad.
El 23 de octubre viajó a Mar del Plata y hacia la una de la madrugada del martes veinticinco Alfonsina abandonó su habitación y se dirigió al mar. Esa mañana, dos obreros descubrieron el cadáver en la playa.
A la tarde, los diarios titulaban sus ediciones con la noticia: «Ha muerto trágicamente Alfonsina Storni, gran poetisa de América». A su entierro asistieron los escritores y artistas Enrique Larreta, Ricardo Rojas, Enrique Banchs, Arturo Capdevila, Manuel Gálvez, Baldomero Fernández Moreno, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Alejandro Sirio, Augusto Riganelli, Carlos Obligado, Atilio Chiappori, Horacio Rega Molina, Pedro M. Obligado, Amado Villar, Leopoldo Marechal, Centurión, Pascual de Rogatis, López Buchardo.
El 21 de noviembre de 1938, el Senado de la Nación rindió homenaje a la poeta en las palabras del senador socialista Alfredo Palacios. Este dijo:«Nuestro progreso material asombra a propios y extraños. Hemos construido urbes inmensas. Centenares de millones de cabezas de ganado pacen en la inmensurable planicie argentina, la más fecunda de la tierra; pero frecuentemente subordinamos los valores del espíritu a los valores utilitarios y no hemos conseguido, con toda nuestra riqueza, crear una atmósfera propicia donde puede prosperar esa planta delicada que es un poeta».
Alfonsina Storni está en ese intermedio epocal y estético que a veces ha querido verse como simple acotación entre dos ismos: el modernismo y la vanguardia. Pero el postmodernismo no sólo hizo fundaciones, sino que apresó, en medio de sus rechazos, mucho de lo que el modernismo daba de turbulencia creadora a la vanguardia poética.
En ese plazo histórico crece cualitativa y cuantitativamente el discurso femenino con la certeza de que la mujer no sólo es guardadora, sino individuo pensante. No es extraño entonces que la voz femenina sea tan representativa a partir de la década del 10 del siglo XX y que en la primera fila se destaque,
como iniciadora en la poesía, Alfonsina Storni, junto a Delmira Agustini,Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Eugenia Vaz Ferreira,Dulce María Loynaz.En medio de las tensiones comunicativas y las propias íntimas, Alfonsina debe buscar un ajuste, reacomodar la voz y colocarla en una perspectiva del discurso. Entre esos movimientos reflexiona críticamente y se autorreflexiona como en una subjetividad escindida, es una manera de aparecer y encubrirse, de proyectar la imagen infractora y mediatizarla.
En su poesía este forcejeo se evidencia en motivos reiterados como recursos tropológicos, tras los cuales se califica al sujeto. Estos elementos connotan el transcurrir poético, los pasos de su evolución, los tanteos del alma de aquella mujer que había llorado una lágrima cuadrada y bebido la de la madre como veneno de una ancestral resistencia ante el abuelo y el padre. Estos motivos pertenecen al mundo sensorial del cuerpo y la naturaleza.
Su poesía, en un comienzo sentimental e intimista, propia de un romanticismo tardío, fue evolucionando hacia formas más libres.
Luchó contra el ahogante rol de la mujer en la pacata sociedad de su época y fueron las mujeres quienes, influenciadas por el clero, menos la apoyaron.
No soportando el dolor que le producía el cáncer, se suicidó en Mar del Plata, en 1938, internándose en el mar desde la playa “La Perla”. La noche anterior escribió el poema de despedida “Voy a dormir”. Lo envió al diario La Nación, y lo publicaron junto con su nota necrológica.
Libros publicados:* La Inquietud del Rosal
* El Dulce Daño
* Irremediablemente
* Languidez
* Mundo de Siete Pozos
* Mascarilla y Trébol
La voz de Alfonsina Stornipor Diony Durán"Que dieran los saltimbancos,/ a poder; por agarrarme,/ y llevarme como monstruo/ por esos andurriales", decía Sor Juana Inés de la Cruz en el horizonte social del virreinato de la Nueva España. Mucho tiempo ha transcurrido entre la mexicana y la argentina Alfonsina Storni, más el mismo sino las encuentra en la certeza de que son transgresoras y su palabra poética crea un estremecimiento desusado en los otros.
Así, Alfonsina, en el horizonte social de 1918, publica en su segundo libro El Dulce Daño, el siguiente poema:
" ¿ Qué diría? "
Decidme, amigos míos: ¿la gente qué diría
Si en un día fortuito, por ultrafantasía,
Me tiñera el cabello de plateado y violeta,
Usara peplo griego, cambiara la peineta
Por cintillo de flores, miosotis o jazmines,
Cantara por las calles al compás de violines,
O dijera mis versos recorriendo las plazas
Libertado mi gusto de comunes mordazas?¿Irían a mirarme cubriendo las aceras?
¿Me quemarían como quemaron hechiceras?
¿Campanas tocarían para llamar a misa?En verdad que pensarlo me da un poco de risa.
El último verso mediatiza la propuesta de Alfonsina, la burla y el calificativo de "ultrafantasía" condenan a sueño el desafío en una especie de "si es no es" en el que se juega al ocultamiento, pero se apuesta a la verdad. En ese trasiego está apresada Sor Juana, entre los clarososcuros de los códigos barrocos y los círculos del silogismo.Ella también es, dice ... "diversa de mí misma / entre vuestras plumas ando, / no como soy, sino como / quisisteis imaginarlo".
La palabra de estas escritoras está atrapada en una lógica epocal que les es adversa, ocultarse es más bien una estrategia comunicativa, aunque dolorosa, para quienes erigen la palabra en acto liberador.
Sor Juana se expresa desde la celda de un convento, tras las contradicciones que le trae el ser monja; Aurora Dupin tras el nombre de George Sand, como Enma de la Barra, tras el de Cesar Duayen; Virginia Woolf y Victoria Ocampo se convierten en editoras de sí mismas. ¿Es que Alfonsina también se oculta? ¿Cómo hace para expresarse? Ella podría responder : "Gasto una piel postiza que la listo de gris.../ me causa cierta risa mi pico fiero y torvo,/ que yo misma me creo para farsa y estorbo“. Sin embargo, el juego no es tan sencillo, la tensión no la oculta, sino la revela en lo diferente, entre consumidores que sólo hacen alianzas eventuales desde sus parapetos.
Alfonsina Storni está en ese intermedio epocal y estético que a veces ha querido verse como simple acotación entre dos ismos: el modernismo y la vanguardia. Pero el postmodernismo no sólo hizo fundaciones, sino que apresó, en medio de sus rechazos, mucho de lo que el modernismo daba de turbulencia creadora a la vanguardia poética. En ese plazo histórico crece cualitativa y cuantitativamente el discurso femenino con la certeza de que la mujer no sólo es guardadora, sino individuo pensante.
No es extraño entonces que la voz femenina sea tan representativa a partir de la década del 10 de nuestro siglo y que en la primera fila se destaque, como iniciadora en la poesía, Alfonsina Storni, junto a Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, Gabriela Mistral, Eugenia Vaz Ferreira, Dulce María Loynaz.
Como fundadora, Alfonsina remodela la colocación de la voz femenina que se ocultaba antes entre telas barrocas, o bajo la idealización romántica, más bien como objeto delicado que en pocos momentos se objetiva a sí mismo como sujeto problematizado, como es el caso singular de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Pero tras la idealización de la mujer imposible del romanticismo, el modernismo había erigido la idealización de la mujer posible, con aquella onda expansiva de erotismo que estalla en Rubén Darío: "Carne, celeste carne de la mujer" "Arcilla/ -dijo Hugo-, ambrosía más bien, ¡oh maravilla!"
Mujer como fruto, más que como semilla, es la idea persistente, aunque se produzca la impresión de una cierta distancia, de una contemplación de la mujer de mármol, como aquellas Dianas de formas mórbidas, pero estáticas. Acaso lo que ocurre es que aquella Diana se mueve y baja de su pedestal; ella misma hablará desde su carne o desde su espíritu y contemplará al hombre. Las confesiones de amor en la voz de la mujer desconciertan a la crítica, irrumpen en el pudor establecido, no encajan en los valores comunicativos. Es insólito que las Dianas hablen, pero aquella se sabía hacer oír.
En medio de las tensiones comunicativas y las propias íntimas, Alfonsina debe buscar un ajuste, reacomodar la voz y colocarla en una perspectiva del discurso. Entre esos movimientos reflexiona críticamente y se autorreflexiona como en una subjetividad escindida, es una manera de aparecer y encubrirse, de proyectar la imagen infractora y mediatizarla. En su poesía este forcejeo se evidencia en motivos reiterados como recursos tropológicos, tras los cuales se califica al sujeto. Estos elementos connotan el transcurrir poético, los pasos de su evolución, los tanteos del alma de aquella mujer que había llorado una lágrima cuadrada y bebido la de la madre como veneno de una ancestral resistencia ante el abuelo y el padre. Estos motivos pertenecen al mundo sensorial del cuerpo y la naturaleza.
En sus primeros libros La Inquietud del Rosal y El Dulce Daño (1918), Alfonsina parece más bien una pintora primitiva, por la alusión a un mundo primigéneo de nobleza y frescura. "¿Dónde estará lo que persigo ciega?/ -dice- Jardínes encantados, mundos de oro/ Todo lo que me cerca es incoloro/Hay otra vida. ¿Allí cómo se llega?" Un mundo anhelado se vislumbra en otro espacio espiritual y metafórico: es el lugar para florecer.
Alfonsina parece que no quiere nombrar la plenitud de los encuentros con el amado o su discordia, la metáfora sensorial se ocupará de esconderlos tras enlaces entre elementos a los que da un significado común: manos y panales, dedos y flores, miembros y alas. Estos son vehículos de la metáfora que hermosean los encuentros y le dan al amor un sentido trascendente, como si quien habla se asustara de la carnalidad de su deseo.
Al propio tiempo el cuerpo se esconde tras los ojos, la lengua, las manos, la boca. La parte representa a la totalidad del cuerpo presentido, como las flores y los frutos al árbol. "Soy esa flor perdida que brota en tus riberas", dice en su libro de 1919 Irremediablemente. En ese poemario medita su responsabilidad histórica de lograr la plenitud, como ser flor; se acendra el énfasis en la boca como abismo, la boca como umbral del amor: "No me miréis la boca porque podéis quemaros", y se convence de "Quedarse es una forma de la altura".
La mujer de esos versos ha estado forcejeando con su erotismo. Ambos, agazapados se transparentan, pero no intentan escabullirse, sino saltar afuera. El ocultamiento devela entonces una búsqueda más sutil, la de unificar en un solo anhelo plenitud espiritual y carnal, largamente sancionada esta última por los códigos sociales si de la mujer se trata y, expresar aquel encuentro en la unidad del sujeto con palabras conocidas, pero que eran potestad de un logos masculino.
Descubrirse es una reconciliación de las partes escindidas de sí misma y en su libro de 1920 Languidez, aparece el verso contundente, de resonancias lorquianas: "Era un cuerpo de luna sin gobierno". Así, mostrar el cuerpo y atrapar la totalidad del esfuerzo espiritual son cosas que se producen al unísono; y cuando el salto hacia afuera empieza a realizarse, esa mujer no se compara con motivos florales, sino con un animal enjaulado, ella es como el león, dice: "Como tú contra aquella jaula mil veces he saltado./ Mil veces, impotente, me he vuelto a acurrucar."
Fiera o mujer en desafío, empieza a prescindir del lenguaje embozado en la naturaleza y cuando reaparece en Ocre, su libro de 1925, se presenta así: "Heme otra vez aquí, pomo vaciado". Ella misma hace notar el cambio entre la obra que inicia este poemario y la anterior, que califica de ". . . mi primer modo, sobrecargado de miles románticas . . ." Su lenguaje se desplaza hacia los objetos contagiándose con la cosificación que ya usaba la vanguardia poética.Cierta imaginería que recuerda Lunario Sentimental de Leopoldo Lugones, asalta a este libro, antes que fuentes ultraístas, que aparecerán en los dos últimos libros. Pero aquí se opera una desnudez cuidadosa en el detalle, sensual en sus registros aunque se refiera a una estatua: "Tallado en mármol, la cintura fina,/ los muslos estallantes...". Y, cuando describe el cuerpo femenino dice:
Un bosque de oro crece en sus blancas axilas.
De los árboles rompe la yema fina y nueva.
Su boca es de la muerte la tenebrosa cueva.
Su risa daña el pecho de las aves tranquilas.Pasó ayer a mi lado, las caderas redondas,
Los duros muslos tensos soliviando las blondas,
Los labios purpurados, y miedo tuve al verla...
Alfonsina mantiene su miedo a la energía física donde no aliente el alma, es una dura lucha y antigua, que casi paralelamente vive también Ramón López Velarde en su poesía, aunque con otras fuentes y tonos. Ella revela sus desacuerdos:"Soy superior al término medio de los hombres que me rodean, y físicamente, como mujer soy su esclava, su molde, su arcilla. No puedo amarlo libremente: hay demasiado orgullo en mí para someterme. Me faltan medios físicos para someterlo"
Superioridad seguramente manifiesta en sensibilidad e inteligencia que ronda sus definiciones cuando ya no es "tronco de árbol", ni "flores de cardo", ni "pelusilla dorada", sino "... planta humana ..." por donde "se escapan y me cubren los alocados versos". La palabra sensible e inteligente la salva en un ámbito de liberaciones y por ella se desplaza nueve años después hacia Mundo de siete pozos (1934), para potenciar la imagen casi impresionista de la cabeza humana.
Allí, la boca largamente acariciada antes con sensualidad es ahora "... el cráter de la boca/ de bordes ardidos/ paredes calcinadas y resecas;/ el cráter que arroja/ el azufre de las palabras violentas ...".
Ese viaje hacia la cabeza marca una intelectualización del mundo, y un cambio en la metáfora que transita de los enlaces sensoriales a los afectivos, cuando se produce el encuentro con un cuerpo más abarcador como el de la ciudad, presentida en el poema de su segundo libro, "Cuadrados y ángulos". Entonces los términos usuales se llenan de otro sentido: "florecen puntas de acero...", la "Boca perdida en el vaivén del tiempo..." y la naturaleza designa recintos de enajenación: "la selva de casas"... "Moles grises que caminan/ hasta que los brazos/ se les secan/ en el aire frío del sur".
Por ello su último libro, Mascarilla y trébol (1938), es pavorosamente hermoso en sí mismo y en la consideración del tránsito poético de Alfonsina; su encuentro es con un cuerpo-mundo, pero ella va sin miedo y descubierta, aunque las bocas sean "negras", "rotas", "acartonadas", "la garganta de nieve" y se presienta en el sueño una "Máscara tibia de otra más helada".
Nada sería más injusto ahora que dejarla fija en un veredicto, cuando ella los desafió a todos y mucho de lo que defendió aún debe ser defendido. Ella soñó cantar "por las calles al compás de violines", como después haría Violeta Parra con su guitarra solitaria; y soñó el peplo griego que más tarde usarían las recitadoras, propagando con voz femenina los versos femeninos de Alfonsina, y aires de adas y serpientes doradas mordiéndoles el brazo; y soñó el cabello plateado y violeta que luego enarbolarían las muchachas Punk. Alfonsina gravita en las aguas del tiempo, entró por la boca de esas aguas, iba con su voz completa, y florece.
Literatura Sor Juana Inés de la Cruz: Obras completas, Tomo I, FCE. México, 1957.
Sor Juana Inés de la Cruz: Obras escogidas, Ed. Bruguera S.A., Barcelona, 1972.Alfonsina Storni: Antología Poética, Colecc. Austral, Buenos Aires, Argentina, 1944.
Los primeros poemas de Alfonsina tienen una lejana resonancia de los españoles Campoamor, Nuñez de Arce o Marquina. Su primer libro, La inquietud del rosal, de 1916, comienza a delinear los contornos de un rol de mujer al que ella contribuirá a esclarecer como pocas mujeres de su época supieron hacerlo.
Por aquel entonces, uno de los poemas de Alfonsina que empezó a correr de boca en boca, difundido por las recitadoras, fue el que le garantizó la adhesión de las mujeres. Algo así como el «Hombres necios, que acusáis…», de la mejicana Sor Juana Inés de la Cruz, al que recuerda por la invectiva contra las desmedidas e injustas pretensiones de virginidad. Se trata de «Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar», en el que no sólo reconviene a los hombres por la desigual exigencia que plantea, sino que les señala su propia libertad como algo que de lo que hay que volver luego de una etapa de purificación en que «las carnes les sean tornadas» y luego de recuperar «el alma que por las alcobas se quedó enredada». Sólo así, dice Alfonsina, se podrá pretender una virginidad primigenia.
Ocre, uno de sus libros principales, se publica en 1925. Con este título Alfonsina abandona la retórica rubendariana y en él hay verdaderos hallazgos. Como otras veces, vuelve a identificarse con la muerte: «Yo soy la mujer triste /a quien Caronte ya mostró su remo», y no puede evitar la voluptuosa soberbia de afirmar, en el mismo poema, «Me salí de mi carne, gocé el goce más alto /oponer una frase de basalto /al genio oscuro que nos desintegra» («La palabra»).
En relación con su tema de siempre, la lucha con el sexo masculino, hay algo nuevo: el reconocimiento de que contra el hombre no vale la pena luchar, porque la naturaleza ha repartido arbitrariamente los emblemas, la cota y el sexo, la guerra y la maternidad. No está aquí, sin embargo, el reconocimiento de que cota y guerra, y aún el emblema del sexo, son productos culturales. «Con mayúscula escribo tu nombre y te saludo, Hombre».
Pero esta aceptación tiene su contradicción en los poemas «Epitafio para mi tumba» y «Dolor». En ellos desea «ver que se adelanta, la garganta al aire /el hombre más bello; no desear amar…», pero también advierte que «la mujer, que en el suelo dormida, /y en su epitafio ríe de la vida /como es mujer, grabó en su sepultura /una mentira aún: la de su hartura».
En 1938, cuando ella misma selecciona los poemas para su antología, declara sentir alguna preferencia con el sector de su obra que empieza con Ocre, y su búsqueda estética allí iniciada la llevaría a la libertad expresiva de Mundo de siete pozos, de 1934. Al concluir su vida, un nuevo libro, Mascarilla y trébol, inicia una nueva manera de concebir la poesía. Los poemas dedicados a la naturaleza son allí sobrios y descarnados, con imágenes más bien identificadas con una retórica descarnada y rotunda.
«La personalidad literaria de Alfonsina Storni tiene, todavía, algunos aspectos que no han sido investigados. Sus trabajos periodísticos, si bien carecen del valor literario que ella misma, sagazmente, adjudicó a los que incluyó en su Antología, sirven para seguir el rastro de un pensamiento que fue, para su época, de avanzada.Y lo fue por el hecho de que, por un lado, en la poesía escrita por mujeres, nadie tomó con su claridad de juicio la defensa de un orden más justo y menos ambiguo para la mujer. En su poesía, esta defensa se lleva a cabo a través del despliegue de los sentimientos; en cambio, en sus colaboraciones periodísticas -cuentos y notas-, y pese a las limitaciones con las que seguramente contaría, se permite desarrollar algunas ideas.
En ellas no es complaciente con la mujer, sino que le exige ponerse a la altura de sus posibilidades y entregarse de lleno al cultivo de una personalidad que desdeñe los rasgos de infantilismo e indefensión que la han consagrado como víctima perpetua del hombre».
«La poesía de Alfonsina tiene todavía posibilidades de ser pensada. Una lectura acorde con la intención de esta biografía debe reconocer que el tema principal en la poesía de Storni es la crítica a la concepción patriarcal del amor hombre/mujer, con todas sus variantes, pero poniendo el acento en las dificultades que a la relación le traen la soberbia masculina y su incapacidad de lealtad. «El hombre sombrío», «El hombre sereno», pero sobre todo «Hombre pequeñito», dibujan la figura de un hombre altivo, dedicado a los placeres en algunos casos, pero siempre seguro de su destino y alternando mujeres y amores. «Hombre pequeñito» es un poema en el que, por única vez, Alfonsina reconoce que el hombre puede ser indefenso y necesitar de ella».«Pero el motivo literario al que le da mayor preeminencia es el de la naturaleza, motivo que va desde el cliché del modernismo (cisnes, claros de luna, primavera como edad joven) hasta esa naturaleza potente y que despierta todos los instintos, donde cantan chicharras y la pelusilla dorada se transforma en el cabello de la poetisa. La naturaleza se funde con la mujer y le dice que tiene un cuerpo y que debe oírlo, y en el poema «Capricho» es la poeta misma. Mundo de siete pozos es, en relación con la naturaleza, el libro que presenta las imágenes más audaces: mariposas ebrias, blancos lobeznos en lugar de dientes».
Josefina Delgado, Alfonsina Storni. Una biografía, Buenos Aires, Planeta, 2001."Alfonsina Storni en Bustinza"He creído conveniente escribirlo, como un modesto homenaje tributado a la memoria de quien vivió en este pueblo por espacio de varios meses, en una época de su vida en que nadie hubiera sido capaz de prever la notoriedad que le reservaba el destino; y también porque cuando alguien hace mención de esa circunstancia, no son pocos los que manifiestan sus dudas al respecto, pretendiendo ver en esa realidad, una simple leyenda.
Que esta nueva edición sea recibida con el mismo cariño con que fue acogida la otra, son mis únicas y sencillas aspiraciones.
Alfonsina Storni en Bustinza
La noche del 24 de Agosto de 1908, el Juez de Paz de Bustinza, Don Bartolomé Escalante, festejaba con un baile su día onomástico. Mi madre y yo concurríamos, invitados.
Yo permanecí en la pieza contigua, en la que, a ratos, entraba el dueño de casa; conversaba conmigo por breve espacio de tiempo, y se alejaba. En una de sus entradas, tomó con una de sus manos mi brazo derecho imprimiéndole una ligera presión, como invitándome a caminar unos pasos; juntos lo hicimos, al tiempo que, con voz muy baja, me decía, al oído: -La hija de Perelli.Fuí hasta la puerta, miré a la sala del baile y ví a una joven que estaba sentada, de una edad, al parecer, de 17 años. Delante de ella, de pié, estaba un individuo de una estatura algo menos que mediana, de ancho cráneo cubierto por cabellos lacios y finos y ligeramente rubios, que el peinaba con raya a un costado. Usaba breches, polainas de color amarillo obscuro, y saco abotonado hasta el cuello. Había extendido el brazo izquierdo, con la mano hacia arriba, y sobre las yemas de los dedos tenía colocado un pañuelo de manos cuyas extremidades apuntaban hacia abajo. No observé más, y volví al lugar que ocupaba anteriormente.
De regreso, en nuestra casa, mi madre me dijo que aquel hombre durante el baile había estado atendiendo a aquella joven cuyo nombre aún no conocíamos. Bailaba o conversaba con ella o le hacía algunas demostraciones de sus conocimientos de prestidigitación, haciendo desaparecer de su vista, un anillo o una caja de fósforos, sirviéndole el pañuelo para sus escamoteos.
Al día siguiente estuvo en nuestra casa José Martínez, quien nos dió las primeras noticias que conocimos respecto de aquella joven. Así supimos que, poco antes de promediar el día anterior, ella había descendido de un breack de alquiler procedente de Cañada de Gómez. Se llamaba Alfonsina Storni y era hija de Doña Paulina, una señora italiana que vivía en la misma acera que nuestra casa, y estaba casada con Don Juan Perelli, de igual nacionalidad, quien ocupaba el puesto de Tenedor de Libros en una casa de negocio local.
Hacía pocos días que Alfonsina había puesto término a su actuación en jira artística que había estado realizando un elenco teatral de aficionados. El punto terminal, para ella, había sido la ciudad de Mendoza, en la cual, después de cumplir sus compromisos, habíase embarcado para Cañada de Gómez, como lo demostraban los rótulos puestos en su equipaje.
En cuanto al forastero que tantas atenciones le había prodigado la noche del baile, se supo, poco después, que había sido llevado hasta la casa de Escalante, por el comisario de Santa Teresa (Totoras), donde, como en Bustinza, había conseguido cierto número de suscripciones para un importante diario de Buenos Aires. Como los ejemplares del rotativo nunca llegaron, se cayó en la sospecha de que aquello era una nueva y evidente demostración de sus habilidades de escamoteador.
Por aquel entonces, la señora Paulina tenía establecida una escuela particular, en cuyas tareas docentes su hija prestóle su ayuda, con verdadero tesón. Al término del año escolar, madre e hija pusieron en práctica un programa festivo, sencillo pero demostrativo del grado de preparación alcanzado por los alumnos de ambos sexos, que recitaron composiciones que les habían sido enseñadas por la joven maestra.
A la terminación del programa, que se había desarrollado en salón galantemente proporcionado por mi tía Clementina Vda. de Daneri, Alfonsina cantó, acompañada por música de guitarra que estuvo a cargo de Tiburcio Sozaya, muchacho de nuestro pueblo, "La piedra del escándalo", canción en boga entonces, y que pertenece, como se sabe, a la obra teatral del mismo nombre, escrita por Don Martín Coronado.
En las fiestas patronales (4 de octubre) de aquel año, en honor de San Francisco de Asís, Alfonsina colaboró, como vendedora de cédulas, con la Comisión de Damas. Vestida con traje color de rosa, un tanto vaporoso, había ceñido a la cintura un ancho moño de igual color, y tocado su cabeza con sombrero de paja de un amarillo claro, con adornos que ella misma le había colocado. Era, según lo expresaron las damas de la comisión, la más activa y eficaz de las vendedoras.
Unos meses antes, ella había estado en mi casa en procuras de un texto de Gramática. Le facilité la conocida obra de Juan J. García Velloso. Durante el rato que estuvo allí, la conversación la sostuvo con mi madre, y versó sobre temas de enseñanza, a la cual parecía inclinarse, como lo corrobora la circunstancia de que, en aquellos días se preparaba para ingresar, como alumna, en la Escuela Rural de Coronda, cuya inauguración tuvo lugar en Marzo de 1909.
Por falta de libros, indudablemente, y de ocasión o facilidad de tenerlos al alcance de su mano, aún no se había entregado a la práctica de abundantes lecturas, lo que se colegía de su conversación, muy sencilla y desprovista de esos adornos literarios que, pocos años después, habrían de embellecer su prosa y sus versos.
Cabe suponer que la pequeña escuela que había establecido la madre, y en la que la hija hizo sus ensayos docentes, despertó en esta una marcada vocación por la carrera de maestra, en la que ella concentraba sus aspiraciones tendientes a asegurarse un mejor porvenir. Pero el destino la había señalado para escalar las más altas cumbres, y éstas se hallaban en las letras, y hacia ellas se lanzó en carrera vertiginosa y triunfal.
Exhumados recuerdos, y como una modesta contribución al estudio o conocimiento de su carácter, de cuya firmeza nos han hablado quienes de ella se han ocupado en diarios y revistas, desde antes y después de su muerte, diré que Alfonsina asistía a los principales bailes y reuniones de carácter social, en los que hacía su entrada con ese desparpajo al que debió más tarde, fuera de toda duda, gran parte de los éxitos conquistados en su carrera artística.
Así como cuando una persona asciende, por esfuerzos operosos, a las alturas de la gloria, se recuerda de ella hechos que antes parecieron no tener importancia, y luego la adquieren por el influjo de la notoriedad alcanzada por aquella; así consignaré dos anécdotas que reflejan la chispa y entereza de quién, un día ya lejano, va despacio distrayendo su aburrimiento por solitario camino; y años más tarde camina presurosa por entre apretadas filas de peatones, midiendo su tiempo por la multiplicidad de tareas y compromisos, en la urbe populosa.
He aquí esas anécdotas . . . Durante su permanencia en Bustinza, Alfonsina se había relacionado con la familia Anselmi, de la que recibía invitaciones para pasar parte de algunas tardes en la casa de campo donde esta familia vivía. Como a veces se quedaba hasta la noche, recitaba versos después de la cena.
Una tarde que iba hacia allá en un tílburi, ella y Félix, miembro de aquella familia, se cruzaron en el camino. Sonriente, y a modo de galantería, dijo él, al pasar: "Si yo fuese su caballo, con qué gusto tiraría". Ella contestó: "Y si yo lo manejase, que de azotes le daría". Con la respuesta, que ambos festejaron con fuertes carcajadas, y había sido dicha con rapidez y brillo de relámpago, había quedado completada una estrofa.
Acaso fueran éstas las prístinas luces de un alba que presagiara aquel amanecer que fue la aparición de "La inquietud del rosal", a cuyo resplandor se abrieron las primeras puertas de los cenáculos porteños, para que por ellas pasara la flamante poetisa.
Vivía Mardoqueo Contreras en un campo de su propiedad, situado a pocas cuadras de Bustinza. En apacibles y frescos atardeceres, en la hora en que la soledad empieza a acentuar su tristeza, como un anuncio de la proximidad del crepúsculo, Contreras dejaba el silencio del campo para ir en busca de ese otro menos pesado de la aldea, sólo turbado en aquellos instantes por los acompasados y sonoros pasos de su parejero pampa. Llegaba hasta la casa de la familia Perelli, donde desmontaba, pasando luego a conversar, entre otras personas, con Alfonsina.Tres lustros más tarde, Contreras, que estaba de paseo en Buenos Aires, se hallaba descansando en un banco de una plaza cuando fué sacado de su distracción por una voz de mujer que le endilgaba este saludo: "Adiós Contreras". Este, sorprendido, respondió maquinalmente: "Adiós nena", siguiéndola con la mirada y sin poder reconocerla, e intrigado por aquel saludo, se puso de pié y se lanzó en seguimiento de la desconocida. Varias cuadras había caminado detrás de ella, cuando esta hubo de detener su paso porqué el tráfico había quedado interrumpido en esos momentos, circunstancia que él aprovechó para acercársele y decirle:
-- "Disculpe, usted me ha saludado llamándome por mi nombre. ¿Puedo saber quién es?
-- Alfonsina Storni, fué la respuesta que despejaba aquella incógnita que había durado por espacio de varios minutos, y que él hubiera deseado, según expresó a quien refirió lo sucedido, que hubiera continuado envuelta en el misterio.
--"Disculpe, volvió a decir él, agregando: La he llamado nena . . ."
--"No se preocupe por eso, aclaró la poetisa, y añadió:
--"Vaya tranquilo, Contreras".
En aquel preciso momento un claro se abría entre la compacta fila de automóviles, que ella aprovechó para pasar por él como una flecha, dejando tras sí, como despedida la palabra Adiós, dicha con nerviosa premura.
Cayetano B. Daneri.Año 1956.