A los grandes hombres, a aquellos
que pasaron por la tierra para bien de sus semejantes, la posteridad
les tributa el homenaje del recuerdo como testimonio de admiración
y de gratitud, por las virtudes ejemplares que los adornaron y por los
rumbos que perennemente siguen señalando a las sucesivas generaciones.
La escuela es el taller donde
se forja la sociedad del mañana y, en consecuencia, le corresponde
honrarlos, exaltarlos y nutrirse de sus enseñanzas. Ellos son
la savia que la vitaliza, son numen inspirador de sus sueños
esperanzados, son parte esencial de su razón de ser, porque configuran
los paradigmas superiores que deben ofrecerse a los alumnos, a fin de
su formación en los años escolares primero, y para que
más tarde, infundidos de sus ideales y virtudes, sean capaces
de afrontar con fortaleza y honradez las contingencias de la vida adulta,
imitando sus nobles pautas de conducta.
El doctor Esteban Laureano
Maradona es uno de los modelos ejemplares más perfectos que con
ese propósito pueden destacarse, y si tenemos en cuenta su proximidad
en el tiempo, uno de los más apropiados para estos momentos.
En efecto, corren vientos polvorientos
sobre el suelo de la patria, vientos que oscurecen y vician el ambiente,
vientos de desaprensión y de afanes puramente materiales, que
extravían a muchos compatriotas y les hacen perder la más
deseable posibilidad que brinda el destino: la realización de
una vida que se justifique por su dignidad, por sus virtudes, por su
valor trascendente.
La pureza de la vida de Maradona
y su obra filantrópica demuestran que aún hoy puede disponerse
de espacio y de ocasión para cultivar las más altas
virtudes individuales y colectivas y constituirse en un prócer
de la patria o en un benefactor de la sociedad.
Consecuentemente con estas
convicciones y con el afán educativo que se ha expresado, la
Dirección y el Personal Docente de la Escuela Nº 591 han
querido rendir a ese médico y filántropo - hijo y orgullo
de nuestra tierra - un sentido homenaje, en cumplimiento de un acto
de la más estricta justicia, y con el designio de brindar al
alma y la inteligencia de nuestros niños un luminoso modelo de
vida.
Como corresponde a la naturaleza
del tema y al carácter del propósito, la Escuela se ocupó,
además, por obtener sobre Maradona y su obra una versión
que fuera incuestionablemente fidedigna. Ese deseo, afortunadamente,
se ha visto concretado de una manera que colmó las más
ambiciosas aspiraciones, pues el trabajo que se obtuvo, y que ofrecemos
a continuación, fue escrito por el amigo al que Maradona confió
una honrosa custodia póstuma: "a usted, que conoce mi vida
mejor que nadie, le encargo que si después que yo muera se habla
de mí, cuide que siempre se diga la verdad. Si se afirmara alguna
inexactitud, aunque esa inexactitud me favorezca, desmiéntala".
Verdaderas frases de oro, que patentizan la honestidad cabal de Maradona,
y que a la vez, obligan al amigo a cumplir una insoslayable responsabilidad.
El trabajo del comandante Bassanese
- fiel trasunto del cariño y la emoción que inspiraba
Maradona - reúne, entonces, todos los requisitos para ser reconocido
y aceptado como serio y exacto. Tiene, además, -vale recalcarlo-
la importancia capital del testimonio directo, madurado a través
de una relación estrecha y prolongada, pues se conocieron en
la selva formoseña cuando el autor era alférez de la Gendarmería
Nacional con destino en la zona, y desde entonces mantuvieron una amistad
entrañable. Es el más íntimo amigo que tuvo Esteban
Maradona en los últimos 35 años de su vida, y en virtud
de esa condición, representando a los amigos del doctor
Maradona, habló en su sepelio.
El presente relato contiene
algunos pasajes de su libro inédito "El Médico de
la Selva", que a nuestro pedido, él mismo adaptó
para el uso escolar, deferencia que sinceramente agradecemos.
LA DIRECCIÓN DE LA ESCUELA Nº 591.
Maggiolo, Julio de 1996.
ESTEBAN LAUREANO MARADONA,
UNA VIDA EJEMPLAR.
I
En el mes de enero se ha cumplido
el primer aniversario del fallecimiento del doctor Esteban Laureano
Maradona, médico, naturalista, escritor y filántropo,
que por su vida singularmente virtuosa, por sus contribuciones científicas
y por las obras que realizó en favor de sus semejantes, se hizo
acreedor a honores de organismos nacionales e internacionales y de encumbradas
corporaciones académicas, y a un sitial prócer en el respeto
y la estimación de la totalidad del pueblo.
Vidas ejemplares como la suya
exornan e iluminan las páginas de la historia, y marcan derroteros
de conducta, especialmente para los jóvenes de las generaciones
futuras. Justo y conveniente será, entonces, que en tal aniversario,
aunque sea a grandes rasgos, recordemos hechos correspondientes a ella.
II
Maradona nació
en Esperanza (Santa Fe) el 4 de julio de 1895. Descendía, por
parte de su padre, de una familia gallega que llegó al país
procedente de Chile en la época colonial, en los días
inmediatos a cuando Juan Jufré fundó la ciudad de San
Juan. En esta ciudad se radicó la familia Maradona, que a través
de los años, durante la dominación española primero,
dio funcionarios de relevancia, y figuras de talla histórica
luego, en los albores de nuestra nacionalidad. Un Maradona fue Alférez
Real bajo los Borbones y apenas producida la Revolución de Mayo
diputado por San Juan a la Junta Grande de 1810/1811. Sobre esta familia
(originariamente Fernández de Maradona) hay referencias en varios
libros de historia lugareña, entre ellos, "Recuerdos de
Provincia" de Sarmiento.

Retrato al lápiz del Dr. Maradona,
obra del
artista Ernesto Demagistris. Expuesto en la
galería iconográfica de la Escuela nº 591 de
Maggiolo, Pcia. de Santa Fe.
En la segunda mitad
del siglo XIX, uno de sus miembros, Waldino Maradona, siendo jovencito
emigró de su terruño, hizo alto en Rosario y en seguida
comenzó a ejercer la docencia particular por los campos de los
entonces incipientes pueblos del sur de Santa Fe. Un día fue
llamado para enseñar las primeras letras en la estancia "Los
Aromos" cerca de Barrancas, perteneciente a Esteban Villalba, un
criollo santiagueño y a Agustina Sosa, bonaerense, de los pagos
de Azul. Allí conoció a una hija de éstos, Petrona
de la Encarnación Villalba, que era también apenas una
jovencita, y con ella contrajo enlace en 1875.
Waldino y Petrona
de la Encarnación fueron los progenitores de una familia numerosa,
y uno de sus hijos fue Esteban Laureano. Éste nació en
Esperanza porque su padre - hombre múltiple, como muchos de los
de aquellos años -, además de maestro fue coronel de guardias
nacionales, periodista, productor rural y, sobre todo, político.
Esta última actividad lo llevó a cambiar varias veces
de domicilio, conforme las necesidades y conveniencias de su militancia
y de su Partido. Fue amigo de Sarmiento -que visitaba su casa- y de
Nicasio Oroño, entre otros.
Esteban Laureano,
de muy niño fue llevado a la estancia "Los Aromos",
junto a sus hermanos, y allí, con ellos y sus padres, en contacto
íntimo con la naturaleza, pasó los mejores días
de su vida. Siendo ya muy anciano, todavía los recordaba con
romántica nostalgia: la música del piano que ejecutaban
sus hermanas mayores, la hermosura y la fragancia de las flores, el
canto contagiosamente alegre de los pájaros y la mansedumbre
del río Coronda, que pasaba junto a la casa como una cinta interminable.
Sin embargo, antes de entrar en la adolescencia, se vio obligado a dejar
su paraíso, pues la familia se trasladó a vivir a Buenos
Aires. En ella se recibió de médico dos décadas
después, en 1928.
Se instaló
unos meses en la Capital Federal y luego en Resistencia, capital del
entonces Territorio Nacional del Chaco. Estaba allí en 1930,
cuando una revolución depuso al presidente Hipólito Yrigoyen.
Él nunca había sido yrigoyenista -por el contrario, cuando
estaba cursando la carrera de medicina, fue candidato a diputado nacional
por el "Partido Unitario", de vida efímera-, pero interpretó
que era su deber como ciudadano defender la democracia y el gobierno
constitucional; y lo hizo por medio de ardientes conferencias pronunciadas
en las plazas públicas. Debido a ello fue perseguido y molestado.
Entonces emigró al Paraguay, y ofreció sus servicios para
desempeñarse como médico en la "Guerra del Chaco"
-sostenida entre Bolivia y Paraguay, y que acababa de estallar-. Se
lo incorporó en la Armada y estuvo contento de que se le confiaran
enfermos y heridos de los dos países, pues según sus palabras,
"el dolor no tiene fronteras".
Terminada la guerra,
volvió a la Argentina, a pesar de que el gobierno paraguayo le
pidió que se quedara, pues era muy apreciado y había cumplido
abnegadamente con su misión. Empezó siendo aceptado como
un simple camillero y tres años después era Director del
Hospital Naval.
Había proyectado
las etapas de su viaje: regresaría a su país en barco,
hasta Formosa, y allí tomaría el tren que pasaba por Salta,
Jujuy y Tucumán; en esta ciudad visitaría a un hermano,
que era intendente; después llegaría a Buenos Aires, donde
vivía su madre. Empezó a realizarlo. Un grupo numeroso
de amistades, en testimonio de afecto, concurrió al puerto de
Asunción cuando se embarcó. Hubo lágrimas, signo
seguro de emociones profundas. A la tardecita arribó a Formosa.
Allí permaneció unos días, hasta que resolvió
continuar el trayecto.
Era el 2 de noviembre
de 1935. La cristiandad conmemoraba el día de sus Fieles Difuntos.
Maradona vio que unas mujeres subían al tren con ramilletes de
flores artificiales, como se usaban en la zona, por imposición
de un sol abrasador: seguramente iban a visitar el pequeño camposanto
de alguno de los pueblecitos de la línea.
El tren partió
de Formosa al despuntar la aurora, rumbo a Embarcación, donde
se hacía el trasbordo, y en seguida se internó en el monte.
Pocas horas después comenzó a notarse que el día
iba a ser de intenso calor. A la media tarde, a través de abras
y arboledas, Maradona seguía su viaje según lo previsto,
sin demoras ni sorpresas. Todo aparentaba, todavía, continuar
su rutina.
Pero al llegar a
la pequeña localidad de Estanislao del Campo, ocurrió
un episodio muy difundido en nuestro tiempo por la prensa, y que lo
retendría por muchos años. Una joven parturienta estaba
desde hacía tres días sin poder alumbrar y muy próxima
a la muerte. Al saberse que en el tren viajaba un médico, se
le requirió para que la atendiera, y él logró salvar
a la madre y a la niña. Pero el tren siguió su camino.
El próximo pasaba a los tres o cuatro días.
En ese intervalo,
la gente del lugar y de los campos vecinos acudió a hacerse asistir,
y todos le pidieron insistentemente que se quedara, ya que no había
ningún médico en muchas leguas a la redonda.

Casa que habitó el Dr. Maradona
en Estanislao del Campo, declarada
por tal motivo monumento histórico.
Dibujo realizado por la Sra. Mabel Motta.
Convencido de que
lo necesitaban, decidió quedarse a vivir en ese paraje que aspiraba
a ser pueblo y permaneció allí 51 años. Curó
a todos los que llegaron hasta él, sin importarle ningún
tipo de retribución. Fue, preferentemente, el médico de
los pobres y de los aborígenes.
En los dos años que
pasó en Resistencia había tenido ocasión de tomar
contacto con algunos aborígenes, que poblaban un barrio marginal
de esa ciudad. Pero el interés que éstos podían
suscitar era relativo, pues su primigenio modo de vida ya había
empezado a experimentar modificaciones, como consecuencia de los cambios
impuestos por los pueblos que los invadieron con éxito y se adueñaron
de sus dominios. Ahora, en Estanislao del Campo, iba a tener oportunidad
de conocerlos en su ambiente histórico y en su estado natural,
exentos de pautas culturales extrañas.
Justamente, a poco de vivir
allí, vio aparecer a los aborígenes de las cercanías.
Llegaban de cuando en cuando a los comercios y viviendas de los límites
del poblado, ofreciendo canjear plumas de avestruces, arcos, flechas
y otras artesanías por alguna ropa o alimento que necesitaban.
Eran tribus de tobas y de pilagás. Habían sido soberanos
en esos montes; pero ahora deambulaban por ellos como espectros en fuga:
derrotados, miserables, desnutridos, enfermos y heridos de muerte por
las invasiones extranjeras, que los castigaron sin razón ni piedad.
Se conmovió hasta los
más profundo de su ser cuando advirtió la desventura que
flagelaba el espíritu y el cuerpo de esos semejantes, y entendió
que era su obligación moral aportar algún esfuerzo que
contribuyera a beneficiarlos. En cumplimiento de esa demanda que sintió
avasallante, sin hesitación alguna pero con absoluta serenidad,
resolvió en el momento intervenir como protagonista. Fue
al encuentro de los nativos y habló amablemente con algunos de
ellos. No lo aceptaron enseguida; le tuvieron recelo, porque a través
del tiempo otros blancos se les habían acercado, pero para engañarlos,
explotarlos y maltratarlos. Él, insistiendo en su propósito,
se ofreció para asistirlos como médico. Unos pocos, aunque
con tibieza, accedieron,, y con ello le dieron pie para que concurriera
a las tolderías.
Tuvo al principio muchas dificultades
con los curanderos de las tribus, a quienes su ciencia desplazaba, y
corrió, por esa causa, hasta riesgos físicos. Pero su
bondad, su amor y su desinterés, se impusieron al fin. Y logró
entablar amistad con algunos caciques, que aceptaron su colaboración
y facilitaron su tarea.
Debe resaltarse que fue entonces
cuando este hombre demostró toda la riqueza espiritual que lo
animaba, ya que su empeñosa y abnegada labor por mejorar la suerte
y condición de esos grupos de aborígenes, constituye uno
de los hitos más importantes en el historial de su obra filantrópica.
En efecto, no se circunscribió solamente a la asistencia sanitaria;
conviviendo con ellos, se interiorizó de las múltiples
necesidades que padecían y trató de ayudarlos también
en todos los aspectos que pudo: económicos, culturales, humanos
y sociales.
En ese cometido, realizó
gestiones ante el Gobierno del Territorio Nacional de Formosa y obtuvo
que se les adjudicara una fracción de tierras fiscales. Allí,
reuniendo a cerca de cuatrocientos naturales, fundó con éstos
una Colonia Aborigen, a la que bautizó "Juan Bautista Alberdi",
en homenaje al autor de "Las Bases . . .", colonia que fue
oficializada en 1948. Les enseñó algunas faenas agrícolas,
especialmente a cultivar el algodón, a cocer ladrillos y a construir
sencillos edificios. A la vez, los atendía sanitariamente, todo,
por supuesto, de manera gratuita y benéfica, hasta el extremo
de invertir su propio dinero para comprarles arados y semillas. Cuando
edificaron la Escuela, enseñó como maestro durante tres
años, hasta que llegó un docente nombrado por el gobierno.
Además de esas
tareas filantrópicas, Maradona, que era un apasionado de las
ciencias naturales, realizaba investigaciones sobre la gea, la flora
y la fauna del lugar y anotaba sus observaciones, sus impresiones y
sus ideas. Escribió muchos libros, en su mayor parte todavía
inéditos. Entre ellos podemos mencionar "A través
de la selva", "Recuerdos campesinos", "Historia
de la ganadería argentina", "Plantas cauchígenas",
"Una planta providencial", (el yacón), "Vocabulario
Toba pilagá", "La ciudad muerta" (historia de
los primeros días de la ciudad de Concepción del Bermejo"),
"Páginas sueltas" (recopilación periodística),
"Historia de los Obreros de las Ciencias Naturales (de Botánica
y Zoología Americanas)", "Dendrología",
y varios más.

En 1981 un jurado
compuesto por representantes de organismos oficiales, de entidades médicas
y de laboratorios medicinales, lo distinguió con el premio al
"Médico Rural Iberoamericano". El mérito que
conlleva el galardón lo hizo trascender al ámbito del
conocimiento público. Había trabajado muchos años
en silencio, sin ninguna pretensión ni ansia de nombradía,
cumpliendo con lo que consideraba sólo obligación hipocrática
y humana, y repentinamente se encontró con que su nombre había
echado a andar por varios países, vinculado a una vida que parecía
pertenecer a un pasado lejano y que adquiría en la mentalidad
de los pueblos contornos legendarios. Y así era.
A principios de
junio de 1986 - cuando ya desbordaba los 91 años - se enfermó.
Entonces un sobrino que reside en Rosario, el doctor José Ignacio
Maradona y su esposa Amelia, lo hicieron traer para que lo asistiesen
y se quedara a vivir con su familia. Cuando lo conducían pidió
que no lo llevaran a un nosocomio privado; quería que lo internaran
en un hospital público, "adonde va la gente pobre".
Accediendo a sus deseos se lo internó en el Hospital Provincial.
Los medios de difusión,
publicaron el regreso del filántropo, enfermo, envejecido y pobre,
pero aureolado de gloria. La noticia conmovió los corazones de
muchos de sus comprovincianos, que concurrieron al Hospital para conocerlo
y saludarlo. Ya de alta, fue llevado a la casa de su sobrino.
Mientras vivió
en ésta, recibió muchos homenajes más: "Miembro
de la Sociedad de Médicos Escritores", con sede en París;
"Premio Florián Paucke", de la Provincia de Santa Fe;
"Premio Estrella de Medicina para la Paz", de las Naciones
Unidas; "Doctor Honoris Causa", de la Universidad de Rosario.
También fue propuesto, por el gobierno de la provincia de Santa
Fe, para el "Premio Nobel de la Paz".
Pasó sus
últimos tiempos atendido y rodeado por sus deudos. El sobrino
tenía diez hijos, en su mayoría niños y jovencitas,
que constantemente le exteriorizaban su cariño. De una lucidez
asombrosa, que conservó hasta su muerte, estudiaba, con las de
más edad, cuestiones de Medicina y de Historia. En el día
anterior al de su deceso habían estudiado temas sobre el Virreinato
del Río de la Plata. Murió de vejez, sin sufrimientos
físicos ni morales -en la santa paz de los buenos y justos- poco
después de despuntar la mañana del 14 de enero de 1995;
le faltaban apenas unos meses para cumplir los cien años. Fue
sepultado en el panteón de la familia "Maradona Villalba",
en el cementerio de la ciudad de Santa Fe, junto a sus padres.
III
Maradona
era de físico pequeño, limitado por una talla de un metro
con cincuenta y tres centímetros y una constitución delgada.
Pero dentro de esa moderación, las proporciones hacían
evidente acto de presencia y con ellas, una sencilla y graciosa elegancia.
Además, conjuntábanse otras dotes que imprimían
a la generalidad de su persona un aspecto interesante y agradable. Así,
al cutis blanco lo recubrían unas facciones tan armoniosas y
regulares que de ellas no merece destacarse ningún detalle en
especial, como no sea violentando las leyes de la verdad y la justicia.
Su frente era apenas inclinada, sus ojos pardos y más bien chicos,
su nariz recta, delgada y mediana, su boca y orejas también medianas,
estas últimas contiguas a un cráneo cuya nuca se prolongaba
con la discreción de la justa medida. Todo ese conjunto, que
visto de frente era ligeramente oval, estaba coronado por una cabellera
lacia que fue de color castaño oscuro hasta que entró
en la madurez, pero que paulatinamente se fue decolorando, para llegar
a ser completamente blanca a poco de cruzar la línea del medio
siglo. Sin embargo, se le mantuvo abundante, hasta que comenzó
a ralearse un tanto en la senectud, acaso para estar a todo con la enjutez
de ese rostro de asceta.
Pero
es en la esfera moral donde resplandecían con toda magnitud las
más estimables cualidades de Esteban Maradona, aquéllas
que más lo singularizaban y ennoblecían; y a ellas debemos
referirnos.
Su
mente -propia para altas preocupaciones, tanto científicas como
humanísticas- era absolutamente libre, su carácter dulce
y jovial, su espíritu fino y bondadoso, su humildad extrema,
y su altruismo sublime.
La
política -que a tantos tienta y absorbe- no logró seducirlo.
Cuando joven, se acercó a ella, con la fe y el entusiasmo de
esos años de la vida. Pero la experiencia que vivió no
fue halagüeña ni promisoria. Sea por esto, o porque no sintió
en lo profundo el fuego del apasionamiento, se distanció en seguida.
Y como desencantado memorioso, o voluntario desentendido, prefirió
luego, para siempre, mantenerse fuera del alcance de los cánticos
de esa sirena.
En
sus últimos años -tanto había visto-, solía
opinar que la política, por más ambiciosos que fueran
los programas, era incapaz de solucionar la totalidad de los problemas
sociales. En consecuencia, comenzó a descreer, también,
de los hombres políticos en general. No obstante -y quizá
por eso mismo-, recordaba con respeto y admiración a algunas
figuras prominentes de nuestro pasado nacional: San Martín, Belgrano,
Rivadavia, Sarmiento eran sus próceres predilectos.
Como
médico, nunca se afanó tras los cargos públicos,
ni vivió de ellos, y atendió a todos sus enfermos con
afectuosa dedicación y generoso desinterés. Varias veces
le ofrecieron puestos; nunca prestó conformidad. Cuando ya era
anciano, el gobierno quiso destinarle una pensión vitalicia;
tampoco aceptó. Su norma inquebrantable de conducta rezaba "todo
para los demás, nada para mí".
Le
era ingénita e imperiosa la necesidad de prodigarse en el bien.
Por eso contribuyó con su ayuda cada vez que vio una estrechez
o imaginó una conveniencia para sus semejantes. El Premio al
Médico Rural se adjudicaba acompañado de importante suma
de dinero. Rechazó a ésta de plano, y en el mismo acto
de la entrega, logró que con ese fondo, se instituyeran becas
para estudiantes que aspiraran a ser médicos rurales.
Cuando
vivió en Asunción tuvo una novia, la única de su
vida. Se llamaba Aurora Ebaly y era una típica muchacha de pueblo,
que descendía de irlandeses radicados en el Chaco-í (*),
frente a Asunción, río Paraguay de por medio. Maradona
vio en la humildad de Aurora su cualidad sobresaliente, y por tener
en altísima estimación a esta virtud en la escala de sus
valores espirituales se enamoró de esa joven nacida en el Paraguay.
Pero ella falleció víctima de fiebre tifoidea, enfermedad
común en épocas de guerra. Su muerte lo sumió en
un dolor profundo, al que logró superar con fortaleza y resignación,
en un digno silencio y en total soledad. Pero después de ese
trance, y a pesar del transcurso del tiempo, no se preocupó de
buscar otro amor: nunca se casó ni volvió a noviar.
(*) En guaraní, la letra -" í "-
latina y acentuada, empleada como sufijo y precedida de un guión,
es diminutiva del sustantivo al que califica; "Chaco-í"
significa, entonces, Pequeño Chaco, Chaquito o Chaquillo. Era,
en esos años, zona de chacritas y obrajes, con alguna población
aborigen y un pequeño puerto. El padre de Aurora, a la vera del
río tenía un molino en el que se molturaban huesos de animales.
El polvo resultante, compactado en panes, era luego enviado a Inglaterra,
donde se lo utilizaba para la fabricación de porcelanas.
En
Estanislao del Campo vivía solo en una modesta casita que adquirió
en 1939 en quinientos pesos. Tenía una sola habitación
(que hacía de alcoba, gabinete de estudio y consultorio), una
galería y una pequeña cocina, todo de pared y piso de
ladrillo y techo de zinc. Al retrete y al aljibe, que estaban en el
patio, los compartía con una familia vecina. No había
tampoco luz eléctrica.
Vale
la pena destacar todo esto, porque agiganta la dimensión espiritual
del hombre. Era hijo de una estanciera, médico de profesión,
y podría haber vivido como mimado de la suerte en medio de las
comodidades de una gran ciudad; sin embargo, prefirió las privaciones
de una zona agreste para el mejor servicio en favor del prójimo.
Pudo morir millonario, pero vivió donando sus bienes y provechos
para mitigar dolores y necesidades de los demás. Fue un verdadero
e inagotable fontanar de virtudes, y su vida todo un ejemplo de altruismo,
abnegación y filantropía.
Hoy,
en Formosa, en Rosario y en la ciudad natal hay escuelas y calles que
llevan su nombre, y su busto, vaciado en el bronce con que se recuerda
a los prohombres de intrínseco y auténtico valer -superiores
a las motivaciones e intereses de la política- hermosea la Plazoleta
de la Paz en la ciudad de Santa Fe. Además, su humilde vivienda
fue declarada monumento histórico por el gobierno de Formosa.
Ojalá estos reconocimientos tengan la virtud de despertar vocaciones
tan beneméritas como la suya. Se cumplirían sus anhelos,
y sería para beneficio y enaltecimiento de la especie humana.
ABEL BASSANESE - Cañada
de Gómez, febrero de 1996.
EN LA INHUMACIÓN DEL DOCTOR
MARADONA.
Maradona fue velado en el Palacio
de la Municipalidad de Rosario, ciudad que lo había nombrado
"ciudadano ilustre" y en la mañana del día siguiente
trasladado a Santa Fe.
Su inhumación tuvo lugar
el día 15 de enero de 1995 en la necrópolis de ésta.
Como expresión del duelo y de la adhesión oficial, concurrieron
al acto el gobernador de la Provincia y el intendente de Santa Fe. Sin
embargo, al igual que la vida del prohombre, la ceremonia fue sencilla
y humilde. Previa una misa de cuerpo presente celebrada en la capilla,
y ya frente al panteón, alguien que lo admiraba recitó
una poesía alusiva a la Muerte y seguidamente habló su
amigo Abel Bassanese, después de lo cual se depositó el
cadáver en el panteón de la familia.
Extraída de una grabación
magnetofónica, enviada por el señor Erasmo Trangoni, de
LT9 Radio Santa Fe, a la Escuela Nº 591, trascribimos a continuación
la oración fúnebre, que en representación de los
amigos del doctor Maradona, pronunció Abel Bassanese.
Señoras,
Señores:
No tengo representación de institución alguna, ni pública
ni privada, para hablar en este acto. Pero lo hago por dos razones:
primero, porque entiendo que en las exequias de los grandes hombres
cualquier ciudadano honesto puede hacer uso de la palabra, para expresar
sus ideas y sentimientos sobre el difunto y su vida. Y segundo,
porque si bien no tengo ninguna representación institucional,
sí poseo una que las resume a todas . . .:
Hablo en nombre de los más antiguos amigos del doctor
Maradona que aún permanecemos en vida. De aquéllos que
a lo largo de muchos años, en las tórridas jornadas del
interior de Formosa, tuvimos la dicha de ser iluminados con las luces
de su inteligencia, de disfrutar las delicias y bondades de su espíritu,
de ser enaltecidos con su cariño y amistad, sin falsías
ni retaceos, de conocer su desinterés por las cosas materiales
y de emocionarnos con las exteriorizaciones de su infinita filantropía.
Porque así, con todas esas virtudes, como un paradigma
del ser humano ideal, fue Maradona. Vivió con extrema sencillez,
trabajó con singular humildad e hizo el bien a cuantos pudo,
sin alardes ni estridencias de ninguna especie. Ejerció su profesión
como un verdadero y exigente apostolado, a tal extremo que quizá
haya superado a los mejores de todos los tiempos, a aquéllos
que dieron lustre y dignidad a la práctica de la medicina en
nuestra tierra.
Ese quehacer y esas virtudes ya le habían ganado, hace
años, el pedestal de la inmortalidad. Y últimamente, rodeado
del cariño de sus familiares, disfrutaba la tranquilidad de un
condigno retiro, al que ocupaba para perfeccionar y completar algunos
de los numerosos libros que escribió. Así pasó
sus días, hasta que se fue, silencioso y humilde como había
vivido. Fue fiel a su naturaleza hasta para llegar a la misma sepultura.
El destino pareció serle propicio. Tuvo una larga existencia,
como la de los antiguos patriarcas bíblicos, y como algunos de
éstos, sobrevivió a su obra y pudo comprobar la recompensa
de un reconocimiento unánime, traducido en muchos homenajes,
que nunca había buscado y ni siquiera soñado.
Querido Doctor Esteban:
Hoy, los argentinos de todas las edades estamos acongojados por tu deceso,
que no por tan natural, dada tu edad, es menos doloroso. Y en esa congoja,
además de tus familiares, estamos todos: los sabios y los no
tan sabios, los niños, los adultos, los pobres, los aborígenes,
tus amigos. Los sabios, porque hoy viste crespones la ciencia argentina,
que contigo ha perdido a uno de sus valores más representativos;
los que no son sabios, por todo lo que fuiste y todo el amor que brindaste
en tu vida cotidiana; los niños, por lo que de ello han oído;
los más grandes, por los ecos que les llegaron desde el teatro
mismo de tus desvelos; los pobres, por los beneficios que les prodigaste
con tu arte y tu ciencia de curar, noble y gratuitamente; tus amigos,
por lo que hemos visto, disfrutado y vivido junto a ti; los aborígenes,
esos pobres desterrados, perseguidos y destruidos en nombre de la civilización,
cuando se enteren de este día de luto, se acongojarán
también, y te honrarán y venerarán, quizá
más que nadie, por las tribulaciones que les mitigaste y las
mejoras materiales, morales e intelectuales que con tu sacrificio les
procuraste.
Y puedes estar seguro, doctor Esteban, que cuando la luna llena se eleve
sobre el horizonte de la selva, y llamado por sus ancestros, como adorándola,
sienta vibrar su corazón el indio formoseño e invoque
la ayuda de sus mayores y de sus grandes benefactores, estarás
en su memoria, ocupando el lugar donde se suscitan las mejores gratitudes
y esperanzas.
Querido doctor Esteban:
Tus amigos no esperábamos este desenlace. Nos habíamos
acostumbrado a verte sonriente, sabio y bueno, como siempre fuiste,
y nunca nos habíamos formado la idea de que un día llegaras
a dejarnos. Y en cierto sentido, acertamos; porque el alejamiento de
tu imagen física, no te habrá de separar nunca de entre
nosotros. Por eso no hay adioses, por parte de tus amigos, en esta ceremonia.
Mientras vivamos, estarás siempre, vitalmente sonriente y celosamente
guardado, en lo más íntimo de nuestros corazones. Amén.
HOMENAJE DEL CORREO
ARGENTINO
El 20 de abril de 1996 el Correo Argentino
emitió una serie de cuatro sellos postales, todos de igual valor,
en homenaje a otros tantos médicos que descollaron en la historia
del país: Francisco Javier Muñiz, Ricardo Gutiérrez,
Ignacio Pirovano y Esteban L. Maradona.
Cada sello tiene el retrato del homenajeado,
su nombre y apellido y una leyenda caracterizadora. La correpondiente
a Muniz dice: "Médico, naturalista y hombre público".
La de Gutiérrez: "Médico y escritor. Fundador del
Hospital de Niños". La de Pirovano: "Médico,
profesor prestigioso". En
el sello correspondiente a Maradona la leyenda lo caracteriza así:
"Médico
abnegado y generoso".
Justiciero homenaje para esas figuras que prestigiaron
la medicina argentina, y entre las cuales, por indiscutible derecho,
se encuentra el doctor Maradona.