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¡SECUESTRADO!


  Cuatro días que la gente tabeaba y churrasqueaba en el corralón. Por fin, el pueblo iba á votar "libremente". Mi candidatura había sido un proceso fácil. Don Maclovio, el presidente del comité, me había dicho:

-- Mirá, muchacho. Vos vas á ser diputau por el departamento; pero acordate de que en el partido éramos un puñadito de hombres los que hemos luchau veinte años pa´ que nos diesen comicios libres. Tené presente, que si te hemos hecho nuestro candidato, es porque tu padre ha sido un gringo radical de toda la vida. El único gringo gente que ha habido en este pueblo.
-- Está bien, don Maclovio... Reconozco... Le estoy muy agradecido.
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   Humeaba día y noche el corralón. Los grandes asados de "con cuero" se iban reemplazando á medida que el criollaje los consumía. Para los "mocovíes" había carne de yegua.

   En las canchas, la taba daba vueltas y vueltas. Algunas viejas freían empanadas y pasteles. Las chinitas acarreaban mates á los jugadores.

   Se hacían monótonas las apuestas y las voces de los "aviadores".
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   Cuatro días que no me movía del corralón. Había que estar con el ojo alerta. En cuanto nos descuidábamos, se nos metía algún emisario de los coalicionistas para sonsacarnos la gente, sobre todo, la indiada.

¡Ojo con Genaro Rojas, que hablaba el mocoví! Y sobre todo... ¡Ojo con "el Mojarra", atrevido y cuentero sin abuela!
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   El sábado á la noche ya no daba más. A eso de las diez, puse de reemplazante á un hijo de don Maclovio... y me hice perdís.

   Llegué á la casa de doña Filomena.
--¿Cómo le va, ´ña Filomena?
-- Muy bien, gracias. ¿Vos por acá?
--¿Y Lucila?
--Ya se ha acostau. Levantate Lucila. ¡Mirá quién ha venido!
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   Doña Filomena empezó á cebar mate. Lucila me encandilaba con sus dos ojazos negros.
-- Tantos días sin venir...
-- No me dejan salir. Temen por mi vida. Dicen que los coalicionistas son capaces de asesinarme.
-- ¡Cómo es la política! Y ahora... que seas diputau ya no te voy á ver más.
--Perdé cuidau, Lucila. Si voy á venir seguido.
--¡Qué! ¡Si ya no te vas á acordar más de los pobres!

   En cuantito la vieja se fué á cambiarle la yerba al mate le tapé la boca con un beso.
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   Eran las doce, cuando enfilé por la vereda de la sombra. Había una luna alcahueta.
   Me iba hacia el corralón, cantando bajito.
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   Ocho, diez hombres, me rodean.
-- ¡Alfredo. Alfredito! ¿Sos vos?
-- ¿Qué ocurre? ¿Alguna desgracia?
--¿Dónde has estau, Alfredito?
-- Pero... díganme antes... ¿qué hay?
-- Andan cinco comisiones buscándote. Creíamos que te habían secuestrau los coalicionista. Tu padre y don Maclovio: desesperaus.
-- ¡No digan! ¡Pero cómo habían sido! Si estuve tomando mate en lo de doña Filomena.
-- ¡Han visto! ¡Si ya lo decía yo! - exclamó uno desde la sombra.

   En eso llega otra comisión.
-- ¡Pero, muchacho! -exclama don Maclovio, adelantándose- ¿Cómo se te ocurrió salirte del corralón? ¡Fijate si te secuestran! ¿Qué habría sido del partido?

   Yo sólo pensaba en Lucila. Por primera vez, me dí cuenta que la política me alejaría muchas veces en la vida de dos ojos negros.
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  ¡Pobre Lucila!... Dicen que se casó.

 


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