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REVOLUCIONARIOS

  La derrota había sido aplastante. Se hacían comentarios jocosos sobre cierta frase de nuestro candidato: -Tengo un miedo bárbaro de tener unanimidad en el Colegio Electoral.

   Pero nosotros, los machadistas, estábamos con la sangre en el ojo. Había ganas de hacer un disparate. El escrutinio se había iniciado, y como la Junta anulará algunas actas, parecía que se iba á modificar el resultado. Un error en las de San Javier ya le había quitado un elector á los triunfadores. Se decía qué éstos estaban reuniendo gente en los comités para asaltar la Legislatura y voltear al gobierno. Yo dirigía "El Verbo", diario oficial. Me fui á verlo al gobernador.

-- Deme gente y armas. Si les da por meterse á locos hay que darles una lección.

  El gobernador Machado estaba sobre aviso; la policía también. Llegó el jefe político, y del bolsillo de atrás del pantalón sacó un gallardete de tres colores. Era el distintivo que serviría para reconocernos en caso de pelea. Se me prometió gente para la tarde.

  A las cinco llegó un coche con cuatro tapes, un fardo con varios remingtons y un tarro lleno de balas de mas de un geme de largo.

   Puse el armamento en una pieza vacía de la redacción y la cerré con candado. Los tapes se quedaron en el patio, mateando y churrasqueando.

   Gallo, el regente, observa á los negros. Luego me dirige una mirada de conmiseración. Gallo era mi brazo derecho. Cuando pasaban los manifestantes "lamonistas", espumarajeando, henchidos por la victoria, se ponía trás la puerta, cuchillo al cinto y garrote en mano: Generalmente, ya habia escrito, momentos antes, alguna frasecita alusiva en la pizarra de la calle.
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   Circulaban toda clase de rumores: Sombras siniestras caían sobre la ciudad.
Cerraba la noche cuando llega Álvarez, el dueño del Hotel Internacional.
-- ¿No sabe? ¡Ya empezó el bochinche! Están peleando en Barranquitas.

   Corro al patio y digo a gallo.
-- ¡Ha visto! ¡Ya se armó la gorda! Están peleando en Barranquitas.

   Los cuatro tapes me oyen. Pegan un brinco. Parece que tienen fuego en el trasero: Corren por el patio. Dan saltos. Atropellan la puerta donde se guardan las armas: Quieren echarla abajo á patadas y pechazos. Gallo los saca á empujones.
-- ¡Cha... que habían sido flojos!

   Momentos después se aclara la noticia. No había tal pelea en Barranquitas, sinó que en Barrancas, pueblo del departamento San Gerónimo, el jefe político Aldao había salido en persecución de un dirigente "lamonista", que se había alzado con gente armada por las islas.

Gallo se me acerca.
-- Don Alfredo. Vea; estos tipo no sirven pa´ nada. Ya los ha visto. Devuélvalos á la comisaría.

Hablo por teléfono. Quedan en mandarme otros mejores. Fleto los tapes en un placero.
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   A las diez de la noche cargo en un coche otros tres negros, Son de primera agua, Uno tiene tres muertes; otro acaba de salir de la cárcel. El más infeliz peleó dos veces con la policía.

Gallo nos ve llegar. No dice nada.
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   A las once, deliberamos. Si hay bochinche, la imprenta no se presta para nada. Es una casa baja, encajonada entre edificios altos. Hay que buscar un sitio estratégico.

   Decidimos posesionarnos del teatro, que está á la cuadra.  Voy á verlo al administrador, que á esa hora timbea en el Club. Invoco el nombre del gobernador.
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   Misteriosamente, con la carabina metida en una pierna del pantalón, entramos rengueando por la verja de la calle Garay. Los negros se ponen á hacer ejercicios en el escenario. Avanzan. Retroceden, mueven los cerrojos. De pronto, suena un estampido...

-- ¡Pero... la gran siete! ¡No les había dicho que vayan á ocupar su puesto en la azotea!

   Se oyen pitadas de auxilio. La gente del Club del Orden ha salido á la vereda. Algunos toman apresuradamente el rumbo de sus casas. Pasa un vigilante dando silbatos cerca de la verja. Lo chisto suavemente, oculto tras los arbustos del jardincillo.
-- ¡Cállese, hombre! ¿No sabe? El tiro fué aquí. Soy el diputado Grosso. Somos del Gobierno... Somos revolucionarios.

--Disculpe, señor. Yo no sabía...
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  Los negros recorren el teatro, penetran en los carnarines, se pierden entre las sombras, tropiezan con las escaleras, los palcos, las sillas. Oigo que uno de ellos comenta: -- ¡Qué vamos hacer aquí sínco hombre! Esto es muy grandote. Se necesitarían doscientos por parte baja, pa defender este edifisio.
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   Hace tres horas que estamos cuerpo á tierra, esperando el ataque. Los tres tapes en fila, sobre el frente de la calle San Martín. Gallo y yo, algo atrás, sobre Garay. Desde la azotea no se puede ver lo que ocurre en la calle. Los "lamonistas" pueden venirse tranquilamente, recostados á la pared, y penetrar en el teatro. El negro, pienso, tiene razón. Pero, en último caso haremos un combate en el interior.
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   Empieza á palidecer el naciente. Cantan los gallos. Está próximo el día.
-- Esta debe ser la hora elegida para el ataque; si es que lo va á haber -digo á mi compañero.
-- Vea, Don Alfredo -me responde Gallo-. En cuantito suenen los primeros tiro tenemos que liquidar á estos tres individuos. Sinó, ellos nos van á matar á nosotros. Están cagados de miedo. Usté, tírele al de la derecha. Yo voy á despachar á los dos de la izquierda.


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